miedo reconciliado, partióse Cortés con su armada la costa de la mar
adelante, hácia el Poniente ó parte occidental, y fué á parar á la
isla del Sacrificio, que puso nombre Grijalva, donde halló un abrigo
de puerto, no muy bueno, y tampoco muy malo, el que agora se llama
el puerto de la Vera Cruz, y la isleta Sant Juan de Ulúa; y porque
parecia mucha gente por toda la costa, y no tenga puerta, y ser brava
y peligrosa, hizo Cortés allí echar todas las anclas. Los indios,
como Grijalva los habia dejado de paz y contentos, por los rescates
y conmutaciones que con ellos tuvo, dándoles agujas, y alfileres, y
cascabeles, y cuentas por oro, luégo vinieron dos canoas llenas de
gente á ver qué querian ó qué gente era, Cortés los rescibió con gran
placer, y todos los españoles hicieron gran regocijo, y por señas,
porque ninguna cosa los unos de los otros entendian, mostráronles
oro, dándoles á entender que lo amaban, y que si lo trujesen que se
lo trocarian. Tornáronse á tierra, segun parecia, muy alegres, y otro
dia vinieron muchas canoas con gente y cargadas de bastimentos, pan y
gallinas, y frutas, en especial potajes guisados de aves y venados, y
otras cosas que los nuestros no cognoscian mas de hallallas sabrosas,
que sin escrúpulo ni temor las comian. Trujeron muchas piezas de
oro, moscadores y rodelas, y otras cosas muy ricas de pluma, que
rescataron por de las de Castilla, y por la comida les recompensaron
con cascabeles, cuentas de diversas colores, agujas, alfileres,
espejuelos, cuchillos y tijeras, con que se reputaban haber engañado á
los españoles y quedar muy ricos. Tornados muy alegres á sus pueblos,
daban nuevas de haber venido cierta gente como la pasada, de quien
por poco precio, como era el oro, les daban de aquellas cosas tan
ricas, y así acudia infinita gente, porque á cuatro y cinco leguas,
y diez, de la costa de la mar, habia grandes y muy grandes pueblos;
pero aún no habia llegado la nueva de las obras que dejaban hechas
en Tabasco los nuestros, porque si lo hobieran oido, de creer es
que más se recataran éstos dellos. Visto Cortés bullir tanta gente,
y las muestras del oro que traian prometer grandes riquezas, como
en la verdad las habia, entendió presto la felicidad, y grandeza, y
poblacion de la tierra; determinóse á no pasar de allí, sino sacar
todo su poder á tierra y penetrar lo que en ella habia. Desembarcó
toda el artillería, los caballos y armas, y todo cuanto habia en los
navíos, y en el mejor lugar que le pareció hizo allí cerca de la mar
su asiento, luégo los indios que llevó de la isla de Cuba, y los pocos
negros, hacen de palos, y varas, y hierbas, las chozas que para el Real
fueron menester. Tenia el Rey de la ciudad de Méjico, que Moteczuma
se llamaba, por aquella tierra guarniciones y gente de guerra, y un
Gobernador ó Capitan general sobre toda ella: éste vino con mucha
gente acompañado, y muchos principales entre ellos, todos los más
bien vestidos de ciertas mantas de algodon, pintadas de colores, unas
mejores que otras, segun la dignidad de las personas; trujo muchos
indios cargados de comida, pan y carne de venado, y pescado, y frutas.
Dió el capitan á Cortés muchas joyas de diversa hechura, de oro, con
maravillosas cosas hechas de pluma. Cortés le hizo grandes gracias
por señas y meneos, y le dió en reagradecimiento una camisa labrada y
muchas sartas de cuentas, como collares, bien hechas, y otras muchas
cosillas de Castilla de las dichas. Mandó aquel Gobernador venir luégo
de los pueblos cercanos muchas mujeres con su aderezo para hacer pan de
maíz, que son unas piedras, y dejó más de 1.000 hombres, que hicieron
allí cerca sus chozas, para servir á los españoles, y otros, más de
1.000, que los proveyesen de los pueblos comarcanos de bastimentos, y
así estuvo el Real de Cortés más y mejor bastecido que si fueran en sus
casas, que tenian en Cuba. Hizo Cortés hacer alarde y escaramuzar los
de á caballo y tirar los tiros, de que los indios quedaron asombrados y
como atónitos de vello. Luégo, muchos oficiales pintores, por mandado
de aquel Gobernador, pintaron á los españoles y á los caballos, y á
los tiros de pólvora y ballestas, y á las espadas y lanzas, y todas
las otras armas, y no ménos á los navíos, al propio, como si toda su
vida lo hobieran hecho, y contaron el número cuántos eran, sin que los
españoles lo sintiesen, y despachó el Gobernador sus postas de indios
corriendo á la ciudad de Méjico, que desde allí hay 70 leguas, á dar
relacion al rey Moteczuma de todo lo que habian visto; el cual, dentro
de veinticuatro horas, tuvo noticia de todo ello, y así la tenia de
todas la cosas que los españoles hicieron. Hallóse una india, que
despues se llamó Marina, y los indios la llamaban Malinche, de las
20 que presentaron á Cortés en la provincia de Tabasco, que sabia la
lengua mejicana, porque habia sido, segun dijo ella, hurtada de su
tierra de hácia Xalisco, de esa parte de Méjico que es al Poniente,
y vendida de mano en mano hasta Tabasco; ésta sabia ya la lengua de
Tabasco, y aunque aquella lengua era diversa de la de Yucatán, donde
Aguilar habia estado, todavía entendia algunos vocablos. Visto Cortés
que la india entendia los mejicanos, dióla á Aguilar, que comunicase
mucho con ella, tratando de hablar y aprender vocablos para que se
entendiesen y pudiese por medio della entender los secretos de la
tierra, y poder dar noticia á los indios de lo que deseaba. Con
esta india comenzó á hablar con el Gobernador de aquella provincia;
Cortés hablaba á Aguilar, y Aguilar decia á la india, segun él podia
declarar por algunos vocablos, puesto que con mucha falta, dello por
palabras, dello por señas y meneos, con que los indios mucho más que
otras generaciones se entienden y se dan á entender, por tener muy
vivos los sentidos exteriores y tambien los interiores, mayormente
que es admirable su imaginacion. Finalmente, bien ó mal, díjole: «Que
él y aquellos cristianos venian del otro mundo, muy léjos, dese cabo
de la mar y que lo enviaba un gran Rey, su señor, para ver aquellas
tierras y á buscar de aquel metal que relucia, y á dalles de sus cosas
de Castilla, que eran muy preciosas.» Y, á lo que yo creo, poco se
pudieron entender por entónces del señorío, que algunos dicen que
Cortés dijo y encareció al Gobernador, de los reyes de Castilla, ni
del que pudo el Gobernador engrandecer de su señor y rey Moteczuma,
sino aquello que por señas bien se podia entender, como era el ansia
que mostraban de haber oro. Algunas ficciones pone por aquí Gomara,
que parecen desvaríos, como decir «que le enviaba el Emperador, mayor
señor del mundo, para visitarlo de su parte y decirle algunas cosas en
secreto que traia por escrito, y que él y sus compañeros tenian mal
de corazon, y que el oro era la medicina para lo curar, que enviase á
decir al rey Moteczuma les enviase dello.» Todas estas son ficciones
que ellas mismas se manifiestan ser lo que son, y la verdad que
contienen, con lo demas cuanto se atraviesa decir en favor de Cortés,
y excusa de lo que obró, porque ni lo entendian ni podian entender,
sino cuando mucho dos palabras, _daca_ y _toma_, y lo más era por
señas, mostrándoles oro y las cosas de Castilla que les ofrecian por
ello dar, y bastaba la aficion que manifestaban tener al oro. Luégo
que Moteczuma vido las pinturas que le llevaron los mensajeros, y oido
lo que habian visto que le dijeron, quedaron admirados de los caballos
y tiros de pólvora, y las armas y lo demas, y temiendo que de gente
tan proveida y feroz no le podia suceder sino mal, cognoscido que su
venida era por oro, luégo á mucha priesa mandó sacar de sus riquezas y
tesoros (grandes cierto y nunca otros se cree ántes de éstos haberse
visto ni oido), un presente de cosas tan ricas y por tal artificio
hechas y labradas, que parecia ser sueño y no artificiadas por manos
de hombres. Estas fueron diversidad de camisetas, y unas telas de
algodon delicadísimas y de muchas colores, para vestiduras de las que
ellos usaban vestirse, entregeridas con plumas de aves muy delicadas
y de diversas colores; un casquete, creo que de madera, muy sotil,
cubierto de granos de oro por fundir; un capacete de planchas de oro y
campanillas colgadas, y por encima unas piedras como esmeraldas; muchas
rodelas hechas de ciertas varas delgadas muy blancas, entregeridas
con plumas y con unas patenas de oro, y de plata otras, y algunas
perlas menudas, como aljófar, que no se puede expresar por escrito su
artificio, ni su lindeza, riqueza y hermosura; ciertos penachos de
diversas plumas y colores, grandes, con los cabos de argentería, de
oro, colgando; amoscadores de plumas muy ricas, con mil lindezas de
oro y plata, y por maravilloso artificio hechos; brazaletes y otras
armaduras de oro y plata, que debian usar en sus guerras, de tal
manera, con sus plumas verdes y amarillas, entrepuestas y cueros de
venados muy adobados y colorados, que no se puede bien su hechura y
hermosura expresar; alpargates de cueros de venado muy adobado, cosidos
con hilo de oro, y por suelas una piedra blanca y azul, cosa preciosa,
muy delgada, sobre suela muy delicada de algodon; espejos hechos de
margasita, que es un metal hermosísimo como plata muy resplandeciente,
y éstos, grandes como un puño, redondos, como una pelota, engastonados
en oro, que dejado el valor del oro, sólo la hechura y hermosura suya
se pudiera vender muy cara, los cuales se pudieran á cualquier señor
y Rey grande por cosa digna presentar; muchas mantas y cortinas para
camas, delgadísimas, de algodon, que parecia ser más ricas que si
fueran de seda, y de diversas colores; muchas piezas de oro y plata;
un collar de oro, que tenia más de cien esmeraldas, y muchos más
rubíes, ó que lo parecian, colgaban muchas campanillas de oro; otro con
muchas esmeraldas y ciertas perlas ricas y la hechura admirable; otras
piececitas de oro, como ranas y animalicos, y joyas, como medallas,
chicas y grandes, que solas las manos, como dicen, ó el primor del
artificio dellas valian más que el oro y plata, y mucho más; muchos
granos de oro por fundir, como se saca de las minas, como garbanzos y
mayores. Sobre todo ésto, envióle dos ruedas, la una de oro, esculpida
en ella la figura del sol, con sus rayos y follajes, y ciertos animales
allí señalados, creo que pesaba mas de cien marcos; la otra era de
plata, con la figura de la luna, de la misma manera que el sol
labrada, de cincuenta y tantos marcos, ternia de gordor como un toston
de á 4 reales, macizas todas, muy poco ménos tenian en redondo que una
rueda de carreta cada una. Estas ruedas eran, cierto, cosas de ver,
yo las vide con todo lo demas, el año de 520, en Valladolid, el dia
que las vido el Emperador, porque entónces llegaron allí enviadas por
Cortés, como abajo, placiendo á Dios, se verá; quedaron todos los que
vieron aquestas cosas tan ricas y tan bien artificiadas y hermosísimas,
como de cosas nunca vistas y oidas, mayormente no habiéndose hasta
entónces visto en estas Indias, en gran manera como suspensos y
admirados. Dijeron los indios que aqueste presente y dones enviaba
Moteczuma á los que allí habian venido los dias pasados, que eran Juan
de Grijalva y su compañía, sino que cuando llegaron con ello á la mar
eran ya partidos. Valdria el oro y la plata que allí habia 20 ó 25.000
castellanos, pero la hermosura dellas y la hechura, mucho más valia
de otro tanto. Dióse priesa Moteczuma en enviar respuesta y aquellos
dones á los españoles; mandó á su Gobernador que les dijese que se
fuesen, creyendo que eran niños que fácilmente se contentaban, porque
se tornasen á su tierra y saliesen de la suya, y teníalo mal pensado,
porque cuanto más oro les enviara, como despues les envió siempre
diciéndoles que se fuesen, fuera como fué mayor cebo para que fueran,
como fueron, á sacárselo de las entrañas. Desta priesa de echarlos era
la causa porque tenia por cierto, segun sus profetas ó agoreros le
habian certificado, que su estado, y riquezas, y prosperidad habia de
perecer dentro de pocos años, por cierta gente que habia de venir en
sus dias, que de su felicidad lo derrocase, y por ésto vivia siempre
con temor, y en tristeza, y sobresaltado, y así lo significaba su
nombre, porque Moteczuma quiere decir, en aquella lengua, hombre triste
y enojado. Tambien significa hombre grave y de grande autoridad, y que
es temido, todo lo cual en él se hallaba.
CAPÍTULO CXXII.
Dado el presente de las cosas susodichas por el Gobernador, en nombre
del rey Moteczuma, su señor, con las más ofertas que pudo ofrecerles de
comida y bastimentos para su tornaviaje, díjoles por señas y palabras,
que lo podian entender, que se volviesen á su tierra en buena hora,
pues ya para tornarse no les faltaba nada, y en todo este tiempo nunca
les faltó abundancia de comida de venados, y pescado, pan, y frutas,
y maíz, y hierba para los caballos, y gente hombres y mujeres que
los sirviesen, tanto que ellos todos estaban admirados. Pero Cortés,
cuyos pensamientos, cudicia y ambicion iban más adelante, dióle á
entender que deseaba mucho ir á ver al rey Moteczuma, y hablalle, y
dióle ciertas cosas de vestir, como camisas bien labradas, y un sayo
de seda, y gorra, y calzas, y collares hechos de cuentas de diversas
colores, y otras cosas de las mejores que llevaba para que le enviase.
El Gobernador las rescibió, aunque no con mucho placer, porque todo
aquello era estiércol para quien tanta magestad y señorío tenia, y de
todas las riquezas que se podian en el mundo, por hombre que carecia de
cognoscimiento de Dios, desear, tanta abundancia. Envió aquella ropa
el Gobernador á Moteczuma no de muy buena gana, por las malas nuevas
que le enviaba, de que Cortés y su gente no querian tornarse sino
pasar adelante. A cabo de seis ó siete dias, tornaron los mensajeros
que habian llevado el sayo y lo demas, y vinieron cargados de muchas
mantas muy ricas, de algodon y de pluma, y algunas joyas de oro y de
plata, para que las diesen á Cortés, pues tanta ánsia tenia de aquellos
metales, mandando al Gobernador que con toda diligencia les dijese que
se fuesen de su tierra y que bastase el buen acogimiento que le habia
hecho, y provisiones que con tanta abundancia les habia mandado dar,
y que si no se fuesen que no les diese más y los dejase. Lo cual dijo
por palabras y señas el Gobernador á Cortés, á la clara, despues que el
presente le hobo dado, conviene saber: «Que decia su señor Moteczuma,
que si otra cosa queria más de las que le habia dado, que, teniéndola,
se la daria, pero que luégo se fuesen él y su compaña.» Cortés le dió
á entender, que todavía queria ir á verlo, el Gobernador respondió:
«Que no lo habia de hacer, porque su señor así lo mandaba.» Quedando
así desconcertados, el Gobernador se fué y dejó mandado que toda la
gente de indios, hombres y mujeres, que allí estaban sirviendo á ellos
y á sus caballos, y trayéndoles la comida con tanta suficiencia que
sobraba, en viniendo la noche se fuesen y ninguno quedase. Hiciéronlo
así, é á la mañana halláronse todos los muchos ranchos que allí
habian hecho los indios, donde se cogian en tanto que aquel servicio
y proveimiento duraba, despoblados. Visto ésto, Cortés comenzó á
proveer su quedada por otra arte; despachó un navío de los pequeños,
la costa abajo, para que buscase algun mejor puerto, porque parecia
estar en peligro allí los navíos sí viniese algun temporal, y tambien
algun buen asiento para donde poblasen; y porque temió por la huida
de los indios, que les proveian que quizá vernian sobre ellos algun
ejército de Moteczuma, haciéndoles guerra para de la tierra echallos,
mandó meter todos los bastimentos y cosas que no eran para pelear en
los navíos, porque con la priesa no se perdiese algo. Volvió el navío
sin hallar puerto más de un peñon que entraba en la mar algo, donde
podia haber para los navíos algun abrigo ó mamparo, que estaba de allí
hasta siete ú ocho leguas; mandó ir allá todos los navíos, y él con 400
hombres y los 15 caballos acordó ir á la tierra dentro, y descubrir
si habia gente de guerra, y los pueblos que por ella hallase, y, como
no se meneaba que no tuviese mil espías, sintiendo los pueblos que se
movia para entrar por la tierra, todos huyeron, dejando todas sus casas
desmamparadas, llevando á cuestas lo que podian y con priesa llevar.
Llegó á un pueblo que hallaron vacío de gente, pero harto lleno de
bastimentos y ropas de algodon, y cosas hechas de pluma, muy hermosas,
y algun oro y plata; las casas eran parte de piedra y parte de adobes,
y cubiertas de paja, pero muy buenos aposentos. Cortés mandó á todos
sus compañeros que ninguno tomase cosa de lo que allí habia, porque la
gente no se agraviase y escandalizase, y no los pusiesen en mayor odio
del que parecia que á tenerles comenzaban por no tornarse por donde
habian venido. Lo mismo hallaron en otros pueblos que en torno de cinco
ó seis leguas hallaron, conviene á saber, vacíos de gente y llenos
de comida y alhajas, y, sin tocar en ellos, se tornaron por la misma
causa; y porque luégo, á cabo de dos ó tres dias, y mayormente de diez
ó doce, que en ésto tardó Cortés despues de llegado, por toda la tierra
se supo su llegada, y áun de seis horas, porque los indios con tales
novedades, y en especial, ésta de dar aviso no se tardan, el Rey de la
ciudad de Cempoal, que de allí por siete ú ocho leguas distaba, envió
ciertas espías disimuladas, hasta 15 ó 16 hombres muy bien dispuestos,
para ver qué gente era y que viesen su manera y sus tractos, y quizá
si eran los dioses que muchos dias habia que sus profetas y adivinos
ó hechiceros les habian denunciado haber de venir de hácia donde el
sol sale. Díjose que Cortés barruntó, ó por ventura lo fingió, porque
segun su astucia bien lo podia fingir, aunque poco le podia excusar su
tiranía, que aquellos indios le dijeron que Moteczuma, rey de Méjico,
habia hecho tributario al Rey de aquella ciudad, Cempoal, de donde
aquellos habian venido, por violencia y tiranía, y que por aquella vía
tenia subjetos otros muchos señores y señoríos, y le tributaban. Y
dice Gomara cerca deste punto muchas vanidades y algunas falsedades,
para colorar las obras que por aquellas tierras hizo su amo Cortés,
como siempre hizo, como decir que con Marina ó Malinche les preguntó
por los señores que por aquella tierra habia, y otras muchas cosas que
por no experto intérprete y que apénas sabia hablar en vocablos de
aquella lengua comunes, como _daca pan_, _daca de comer_, y _toma ésto
por ello_, y todo lo demas por señas, no se sufria; y dice asimismo,
que Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos
de otros, para poder efectuar mejor su propósito y pensamientos. Que
fingiese aquesto, conviene á saber, que habia señores enemigos de
otros, ó que verdad fuese, pensamientos y deseos y fin de propio tirano
eran, porque fingia ó hallaba oportunidad en las discordias de aquellos
para mejor poder subjuzgar los unos y los otros tiránicamente, como lo
hizo. Ser tirano, y con mala consciencia desear y poner por obra lo
dicho, parece manifiestamente, porque todo tirano, como carezcan de
razon, de derecho y de justicia, segun el Filósofo en el libro V de la
Política, cap. 11, huélganse de las discordias, si las tienen los que
quieren tiranizar, y si no las tienen procuran que las tengan, porque
estén divididos, y así más fácilmente subjuzguen los unos y los otros;
saben que si todos fuesen juntos y conformes, con más dificultad, y á
las veces nunca, podrian subjetar ni tiranizar á ningunos, y si por
algun tiempo pudiesen prevalescer no duraria tanto su tiránico señorío.
Por aquesta misma vía Pompeyo, aquel Capitan romano, siendo enviado por
el pueblo romano contra Tigrano, rey de Armenia, Oscauro, gobernador
de Siria, como entendiese que habia bandos y disensiones entre dos
parcialidades, cuyas cabezas eran Aristobulo y Hircano, hermanos,
pretendiendo cada uno sólo reinar en Hierusalem, cognosció ser tiempo
aparejado para invadir la ciudad, y por fuerza de armas entralla y
tiránicamente subjetalla y hacella tributaria del Imperio romano, y
así lo hizo, y desde entónces, y por aquella vía injusta y tiránica,
Judea y sus habitadores, los judios, perdieron su libertad: _Pompejus
missus á Romanis, contra Tygratem regem Armeniæ et Iscaurum miserunt
præsidem Syriæ; qui, cum audisset dissenssiones fratrum in Judea, ratus
tempus esse quo de facili Judæam poneret sub tributo, in manu valida
fines intravit Judeæ_. Así lo testifican Josepho, en el libro de las
Antigüedades judáicas, Paulo Orosio, libro VI, cap. 6.º _De Ormesta
mundi_, y Pedro Comestor en la Historia Escolástica, en el libro II,
de los Machabeos, cap. 7.º, y otros historiadores. Desta manera y por
esta causa, Cortés se holgó mucho de que hobiese bandos y disensiones
entre los señores de aquella tierra, para tener color de engañar al
mundo, diciendo que ayudaba á los unos contra los otros, como si
hobiera oido á las partes, siendo juez competente, y determinara quién
tenia la justicia en juicio contradictorio, y no pecara mortalmente
ayudando á cualquiera de las partes, sin saber primero si tenia
justicia la parte á quien ayudaba, porque claro está que podian y
pudieron mentir los indios de Cempoal, diciendo que Moteczuma los
tenia por fuerza de armas, subjuzgados y hechos tributarios, y que
justamente pudo tenellos por súbditos y vasallos; luégo ayudando á la
una parte, poníase en peligro de dañificar contra justicia á la otra
parte; luégo duda ninguna hay en que pecase mortalmente Cortés y los
suyos, y fuesen obligados á restitucion de todos los daños que rescibia
la parte agraviada, y si acaso ayudaba á la que tenia justicia, no
por eso al ménos evitaba el pecado. Todo ésto cometió el Cortés y los
que le acompañaron en la provincia de Tlascala, como aparecerá cuando
della hablaremos, pero, en la verdad, destos escrupulos Cortés poco
curaba, con que hallase caminos y ayudas y colores para conseguir lo
que por fin buscaba, que era subjuzgar y tiranizar y robar unos y
otros, chicos y grandes, justos é injustos, si algunos habia injustos
poseedores, de lo cual él no era juez ni podia _de jure_ ni _de facto_
determinallo, ántes era obligado á presumir que cada uno de aquellos
señores era justo dueño y señor de la posesion en que los hallaba,
pues el derecho y la razon lo presume; y aunque alguno se quejase del
otro, no por eso luégo le habia de creer que tuviese de su querella
justa causa. Aun si Cortés hiciera con los de Cempoal, si con verdad
fueran del rey Moteczuma contra justicia subjuzgados y opresos, y
ésto le constara por legítima probanza de que no debiera dudar, lo
que Tito Quincio, Capitan del pueblo romano, con los de Corinthio y
otros pueblos y ciudades de Grecia, que teniéndolas Philipo, rey
de Macedonia, fatigadas y opresas, vencido por Tito, Philipo y sus
macedones, creyendo aquellos pueblos de Grecia que habian de vivir en
servidumbre de los romanos, mandó Tito apregonar, estando gran multitud
de gente presente, que el pueblo romano, y Tito en su nombre, otorgaba
libertad, como de ántes la tenian, á lo Corinthios, Locros, Phocenses,
Euboicos, Acheos, Phthiotas, Magnesios, Thesalos y Perthrebos, el cual
pregon oido y entendido, va la multitud corriendo á besar las manos y
dar gracias á Tito, clamando y diciendo, «Tito es hoy el salvador y
defensor de Grecia»; y fué tan grande el estruendo de placer, y voz
tan sonorosa de la multitud y fuerte el alharido, que como si fuera
saeta rompió el aire, y los cuervos que volaban por él cayeron sobre
ellos y en tierra faltándoles sobre que estribar. Desta manera lo
cuenta Plutarco en la vida del mismo Tito; y si así lo hiciera Cortés
con los cempoalenses, y si fuera verdad estar injustamente á Moteczuma
subjetos, perdida su libertad, pudiéransele deber con razon las gracias
y nombre de salvador y defensor dellos, pero hízolo por el contrario,
privando á los de Cempoal y tambien al gran Rey y señor dellos y de
otros muchos, Moteczuma, de todos sus señoríos, de todo su honor, de
las vidas, y no sólo de su libertad, como dello se gloría y escribe
Gomara, su criado y su historiador y todo el mundo sabe: y que de aquí
se siga debérsele nombre de puro tirano y usurpador de reinos ajenos,
y matador y destruidor de innumerables naciones, júzguelo cualquiera
hombre prudente, mayormente si es cristiano, y esta historia con verdad
lo irá más declarando. Llegó finalmente Cortés con su gente cerca de
la ciudad de Cempoal, muy grande, de más de 20 ó 30.000 vecinos, toda
de grandes edificios de cal y canto, y en cada casa su huerta, con su
agua de pié, que toda ella era un vergel y un Paraíso terrenal. Envió
tres ó cuatro de á caballo, á boca de noche que viesen la ciudad, y
porque los suelos de los patios hacen los indios de argamasa teñidos
con almagra y broñidos, que parecen como una taza de plata, y con los
rayos de las estrellas lucian y relumbraban, creyeron que los suelos
estaban cubiertos de chapas de oro ó de plata, y vuelven corriendo á
Cortés, afirmando que toda la ciudad era oro y plata. Entran en ella;
sale el mundo de gente á rescibillos, y ciertos señores ó personas
principales, que metieron al Cortés y cristianos por la ciudad, hasta
llegar á los palacios reales, á donde salió el Rey muy acompañado
de viejos, personas de autoridad, y habláronse el uno al otro sin
entenderse palabra; mandólos aposentar en unos aposentos muy grandes,
donde todos cupieron, y fueron bastecidos y servidos de muchas gentes
que dello tenian cargo, como si cada uno fuera su padre. Estuvieron
allí quince dias, muy á su descanso, dentro de los cuales dice Gomara
que se quejó á Cortés del rey Moteczuma que lo tenia tiranizado, pero
como está dicho, todo se ha de tener por artificio de Cortés y gran
maldad, y que el mismo Cortés los debia de alborotar y meter cizañas, y
decir que no acudiesen con los tributos á Moteczuma, y ellos, por miedo
de los tiros de pólvora y de los caballos, no osaban hacer cosa en
contrario, habiendo entendido los estragos que habian hecho en Tabasco.
¿Y con qué consciencia pudo Cortés persuadir y áun mandar que los
tributos á Moteczuma no se pagasen? ¿habia examinado la causa, y era
juez competente para lo averiguar y sentenciar? ¡pero como á ésto sólo
fué el triste obligado!
CAPÍTULO CXXIII.