Antes que vamos más adelante, conviene aquí referir tres cosas, que

cuasi han perdido ya su lugar porque un poco atrás parece que debieran

ser referidas. La una es, que sabidas las nuevas en Castilla de que

Francisco Hernandez habia descubierto la isla de Cozumel, donde dejamos

agora á Hernando Cortés y á su compañía (y éstas vinieron á Valladolid

estando el rey D. Cárlos para Aragon de partida), luégo el obispo

de Búrgos, D. Juan Rodriguez de Fonseca, procuró, aunque andaba ya

cerca de las cosas destas Indias un poco caido, pero muerto el Gran

Chanciller comenzó un poco á revivir, que se nombrase por Obispo de

la dicha isla de Cozumel un religioso de Sancto Domingo, llamado fray

Julian Garcés confesor suyo, maestro en teología y notable predicador,

y señaladamente muy latino, tanto, que se dijo el maestro Antonio

de Lebrija, viendo su habilidad y pericia en la lengua latina, _me

oportet minui hunc aut crescere_: creyóse luégo, descubierta la dicha

isla, en haber hallado edificios de cantería, que debia ser alguna

gran cosa, especialmente por estar junto á la tierra de Yucatán, que

cuasi ambas se pensaban ser una isla. La segunda es, que como llevó

el clérigo Benito Martinez, que envió Diego Velazquez, las nuevas del

mucho oro que Juan de Grijalva de rescate habia descubierto y traido,

de lo cual llevó por muestra ciertas piezas para el Rey, muy ricas,

como tocamos en el cap. 114, y llevó tambien relacion de la tierra que

habia descubierto adelante de Culuá, estimando tambien que era isla,

pidió al Rey por merced que le diesen el abadía della, que no salió

ménos que ser toda la Nueva España, que los indios Culuá llamaban y

llaman, la que nosotros estimábamos, ó al ménos el clérigo Benito

Martin, que era isla, y como despues salió ser cosa tan grande, y la

isla de Cozumel tan chica, hallóse burlado el padre maestro fray Julian

Garcés en haber sido hecho de cosa tan poca Obispo, y el padre Benito

Martin con mucho más de lo que habia pensado y pedido. Anduvo despues

sobre ésto mucha controversia; moderóse de cierta manera, que el padre

maestro fray Julian fuese primero obispo de Tascala, y al clérigo

Benito Martin se le hizo cierta recompensa, no me acuerdo en qué, mas

de que, tornando á la Nueva España por la mar, murió en el camino. Lo

tercero que aquí conviene decir es, que como se sonó el descubrimiento

y riqueza de la tierra que Juan de Grijalva habia corrido, Francisco

de Garay, que gobernaba la isla de Jamáica, por el almirante D. Diego,

de quien hobimos hablado en el primer libro, y que halló el grano

grande de oro, que pesó 3.600 pesos de oro, en compañía de Miguel

Diaz, determinó de enviar á un hidalgo, llamado Diego de Camargo, á

descubrir é continuar el descubrimiento que Grijalva habia hecho, con

uno ó con dos navíos; el cual descubrió la provincia de Panuco, ó, por

mejor decir, comenzó de allí donde Grijalva se habia tornado, que fué

desde Panuco, y anduvo navegando por la costa cien leguas hácia la

Florida, y, finalmente, atribuyó á su descubrimiento desde la provincia

y rio de Panuco, y, tornado Diego de Camargo á Jamáica, Francisco de

Garay envió á Castilla suplicando al Rey que le hiciese merced de

aquella gobernacion, y que á su costa conquistaria y poblaria aquellas

provincias. Pidió que le diese título de Adelantado y ciertas leguas

de tierra, con jurisdiccion ó sin ella, y otras mercedes; el Rey se

las concedió el año de 519, estando en Barcelona, electo ya Emperador,

para ir á rescibir las primeras coronas de partida. Este Francisco de

Garay fué de los primeros que con el almirante D. Cristóbal Colon,

que descubrió estas Indias, por criado suyo vino; siempre fué persona

honrada y siempre tuvo muchos indios que le servian, y así llegó muchas

riquezas, ó las que por entónces por muchas se tenian. Tuvo muchas

granjerías, y en especial de ganados, y estos eran puercos, que por

aquel tiempo eran de mucho provecho; decíase que Francisco de Garay

tenia ocupados en guardar puercos 5.000 indios; llegó á tener muchos

dineros. Fué á Castilla por Procurador desta isla Española para que

les concediese el repartimiento de los indios perpétuos, y alcanzóse

por tres vidas, puesto que á la media de la primera los tenian todos

muertos, como en el libro II se dijo. Desta ida vino, ó con voluntad

del Almirante segundo, D. Diego, ó contra ella, como Diego Velazquez,

por Teniente de gobernador de Jamáica, donde hizo muchas haciendas, con

indios hechas y de muchas granjerías, y así se hizo muy rico; y porque

habia de pagar, en este mundo ó en el otro, haber sido uno de los

principales que destruyeron las gentes desta isla, permitió Dios que se

metiese en descubrir é querer poblar (lo que más con verdad se puede y

debe decir no ir á poblar, sino á despoblar, como la perdicion de tan

grandes tierras es asaz testigo), á donde gastase toda su hacienda y

riqueza, y perdiese, como parecerá, la vida. Estos ofrecimientos, que

ofrecian al Rey, de ir á descubrir conquistar y poblar las tierras y

provincias destas Indias á su costa, desque se comenzaron, han sido

causa de grandes despoblaciones, y perdicion de grandísima parte

dellas, y de haber los Reyes de Castilla inmensos tesoros perdido, y la

conciencia, por ventura, puéstoles en grande peligro; y ésto causó la

ceguedad y error que siempre tuvo el Consejo de las Indias, estimando

que, porque el Papa las concediese á los Reyes para hacer predicar

el Evangelio y convertir las gentes dellas, que luégo les era lícito

enviar gente armada y tomar la posesion dellas por guerra, como si

fuera Túnez, ó Argel, ó Fez, ó otra tierra de la Berbería; é ignorar

la diferencia desto no tiene alguna excusa ni ante Dios ni ante el

mundo, porque no les daba el Rey de comer por más gentiles hombres,

ni por más esforzados para la guerra, sino por letrados juristas, y

por eso, ignorar el derecho, sin gran culpa suya, no les convenia,

y así son reos, cuanto á Dios y cuanto al Rey, de todos los males y

daños espirituales y temporales, y perdicion de tan infinitas ánimas,

y de infinitos tesoros, que los Reyes tuvieran si ellos hobieran la

verdad del derecho, como eran obligados, sabido. Pluguiera á Dios que

á los Reyes hubiera costado cualquiera descubrimiento y poblacion, en

cualquiera parte destas Indias, tantos dineros, que hobieran de ayunar

sus personas reales muchos dias, y no admitido á los que á su costa

descubrir é poblarlas se ofrecian, porque otro pelo tuvieran sus reinos

del que tienen y que quizá ternán hasta el dia del juicio. Ofrecíase

un tirano de aquellos, y aún se ofrece hoy, á gastar 20 y 30.000

ducados en el descubrimiento y poblacion, y áun solian claramente

decir en la conquista, de algun reino ó provincia, los cuales no eran

de las viñas y olivares que sus padres le habian dejado por herencia,

sino robados, y de la destruccion que habian ayudado á hacer en otras

tierras dellas adquiridos, y sabiendo ésto los del Consejo, y teniendo

manifiesta probabilidad, y áun ciencia experimental, que no lo pedian

sino para robar y hacerse ricos, y que para conseguir aquel fin habian

de asolar, y destruir, y despoblar, con gran infamia é injuria de Dios

verdadero, y en impedimento eficacísimo de la fe, y que no habian de

guardar ni cumplir ley, ni razon, ni limitacion, ni órden que les

pusiesen, dejándose á sabiendas cegar, les daban cuanto pedian; y,

dejados aparte los pecados que contra Dios cometian, y la infamia de

su fe y de su nombre, y los daños irreparables que á estas gentes en

cuerpos y en ánimas hacian, pero áun los deservicios que á los Reyes

hicieron el matalles tantos cuentos de gentes (que á maravedí que

les dieran de servicio, los privaron de las mayores y más ciertas

riquezas que Reyes ni Príncipes jamás en el mundo poseyeron); y lo

que más agravia el pecado y ceguedad y gravedad de los que para robar

y matar, licencia y autoridad pedian, y de los que se la concedian,

aunque en las instrucciones que les daban les pintaban por cumplimiento

que trabajasen de los tener de paz, por bien, etc., pero parece, y es

cosa de escarnio y barbarísima, que las matanzas y destrucciones que

hacian los tiranos representaban ante el Consejo por servicios hechos

al Rey, y el Consejo por tales los admitia, y daban armas, insignias y

privilegios de bien servidos. ¿Qué mayor insensibilidad pudo ser otra

que aquesta, no sentir que dándoles insignias, y armas, y privilegios

por las muertes violentas, robos, estragos y tiranías que cometian, las

aprobaban, y, por consiguiente, las hacian propias suyas, como si ellos

mismos las cometieran? Entre otras mercedes que se les hacian, era

comunmente hacellos Adelantados, y porque se adelantaban en hacer males

y daños tan gravísimos á gentes pacíficas, que ni los habian ofendido,

ni algo les debian con los mismos Adelantamientos que procuraron

hallaban y hallaron su muerte, como la gallina escarbando el cuchillo.

CAPÍTULO CXIX.

Tornemos al viaje de Cortés y de su sancta compañía, el cual, saliendo

de la isla de Cozumel con Jerónimo de Aguilar, muy contento por tener

persona que supiese alguna lengua para entenderse con aquellas gentes,

navegó hácia la tierra de Yucatán y pegado á ella, mandando á los

bergantines que se llegasen más á tierra por si ver hallasen el navío

que no parecia; finalmente, lo hallaron en un puerto metido, de que

los unos y los otros rescibieron grande alegría, porque ambas á dos

partes creian que la otra era perdida. Contaron cierta cosa de notar

los del navío, y fué, que vieron en llegando un perro andar por la

playa ladrando y escarbando en la tierra, cuasi llamándolos; saltaron

en tierra y vínose luégo á ellos haciéndoles con la cola mil halagos,

como si fuera una persona de razon, y, ésto hecho, váse corriendo al

monte y trae una ó dos liebres ó conejos, cuasi hospedando bien á los

huéspedes: no supe si lo recogieron y llevaron al navío, ni quién allí

le habia dejado de los descubridores de aquella tierra. Recogido su

navío, vánse todos al rio de Grijalva y provincia ó pueblo de Tabasco,

donde habia el Cacique vestido desde los piés á la cabeza de piezas de

oro á Grijalva, segun se dijo arriba en el cap. 111; surgieron echando

anclas á la boca del rio, porque la entrada es muy baja y combate el

agua de la mar con la del rio: por eso es muy peligrosa, donde yo tuve

alguna vez harto peligro. Dejó Cortés los navíos grandes á la boca del

rio, y entróse para ir á tierra con toda la más de la gente en los

bergantines y bateles, proveidos de armas y de artillería; desque los

indios de la tierra vieron los muchos navíos y que iba tanta gente á

saltar en tierra, salieron de un pueblo grande que allí tenian con

sus armas, arcos y flechas, para ver quién eran y lo que querian;

llegando en derecho del pueblo vieron que estaba cercado de una cerca

de madera muy alta y muy recia; los indios entran en sus canoas con

sus armas, saliéndoles al camino para impedilles que no saltasen en

tierra. Cortés les hace señal de paz y hace al Aguilar que les hable en

la lengua de Yucatán, que él sabia; no sabemos si aquella de Tabasco

era diversa, y creemos que no la entendia. Los indios les requerian

que no se llegasen á su pueblo, con sus meneos; Cortés con los suyos,

pedia de comer y agua; ellos mostrábanles el rio, que la tomasen, que

subiesen por ella un poco más arriba, donde era dulce; tornaron los

indios al pueblo y trujéronles ciertas canoas ó barquillos cargadas de

maíz, é pan, y frutas, y gallinas y de lo que más tenian; dice Cortés

que aquello no les bastaba, que les trujesen mucho más, porque traia

mucha gente. Los indios, desque vieron que ponian denuedo los españoles

á querer entrar en el pueblo, dijéronles que esperasen hasta otro dia,

porque ya era tarde, y que volverian con más comida; Cortés saltó con

su gente en una isleta que hacia el rio, donde aquella noche estuvieron

hasta que fué de dia. Los indios, temiendo que los españoles habian

de entrarles por fuerza en el pueblo, y que padecerian peligro, toda

aquella noche gastaron en poner en cobro sus alhajas, y mujeres, y

hijos, y aparejarse para resistilles. Cortés tampoco dormia toda la

noche, ántes mandó salir toda la gente de los navíos y envió algunos

que fuesen rio arriba á ver si hallaban vado; halláronlo no léjos de

allí, proveen que vaya gente y pase de la otra banda, y que se ponga

celada en los montes, cuan cerca del pueblo allegarse pudiesen, y

así lo hicieron. Tornaron los indios en amaneciendo y trujeron más

comida, diciendo que no tenian más ni podian darles más, porque la

gente del pueblo, de miedo dellos, se habia huido, y que tomasen

aquello y se fuesen con Dios de su tierra, ó con quien quisiesen,

porque se escandalizaba toda la tierra en vellos. Y es placer lo que

Gomara dice aquí para justificar las obras que Cortés en aquel pueblo

hizo; dice que respondió Cortés por Aguilar, la lengua, que si le

escuchasen la causa ó razon de su venida verian cuánto bien y provecho

se les seguiria, como, en la verdad, ni entendian ellos ni Aguilar,

como el mismo Gomara en el cap. 4.º de allí abajo dice, que muchas

cosas entre los nuestros y aquellos indios pasaron, que, como no se

entendian eran mucho para reir. Estas son sus palabras, y arriba, que

hablaba Cortés y decíales con Aguilar, la lengua, ésto y ésto. Dice más

Gomara: «Que replicaron los indios que no querian consejo de gente que

no cognoscian, ni ménos acogerlos en sus casas, porque les parecian

hombres terribles y mandones (mirad qué mal decian si ésto que dice

Gomara es verdad, pero yo creo que ni ésto ni lo demas entendian, como

él mismo dice allí), demás, que si querian agua, que la cogiesen del

rio, ó hiciesen pozos en tierra, que así hacian ellos cuando la habian

menester»; y que viendo Cortés que era por demas palabras, díjoles:

«Que en ninguna manera podia dejar de entrar en su pueblo y ver aquella

tierra, para tomar y dar relacion della al mayor señor del mundo que

allí le enviaba; por eso que lo tuviesen por bueno, pues él lo deseaba

hacer por bien, y sino que le encomendaria á su Dios, y á sus manos,

y á las de sus compañeros.» Los indios no decian más de que se fuesen

y no curasen de bravear en tierra ajena, porque en ninguna manera lo

consentirian salir á ella ni entrar en su pueblo, ántes le avisaban,

que si luégo no se iban de allí que le matarian á él y á cuantos con

él iban. Todo esto dice así formalmente Gomara en la Historia de su

amo Cortés. ¿Qué mayor insipiencia y disparates que dice aquí Gomara,

y áun qué más claras mentiras? Que sean claras mentiras y compostura

de Gomara parece, porque tantas pláticas y tan largas y particulares

no podian pasar entre gentes que no se entendian, como él confiesa

no entenderse, segun queda dicho; que sea gran insipiencia la suya,

tambien se muestra, querer fingir en para justificacion de la tiranía

é injusticia de Cortés, que hizo á aquellas gentes de aquel pueblo

y provincia. Justísimas causas y perentorias razones en favor de la

justicia, de los indios, y del derecho que tenian para los matar por

echallos de su tierra, que otra cosa no era sino defender y guardar

su república de gente tan nueva y que con tanta osadía decia que habia

de entrar en ella, y tomar relacion para dar á un gran señor del

mundo á su desplacer, ¿con qué milagros y mansedumbre y santa vida, y

de mucho tiempo experimentada, les probaba Cortés que tenia derecho

de entrar en tierra tan ajena dellos, y tomar relacion, y darla al

mayor señor del mundo? Y tambien que lo queria hacer y él venia para

su bien; ¿qué nacion del mundo oyera tales palabras, que con mucha

razon y justicia no trabajara y debiera trabajar de hacellos pedazos?

Luégo insipiencia grande fué la de Gomara fingir razones para excusar

y justificar las tiranías de Cortés, que las condenan y abominan á la

clara y que todas las naciones del mundo para contra él las admitirán

y aprobarán, como sean fundadas en la ley natural; pero, como dije,

todas son falsas é imprudentemente inventadas, sólo es, y parece ser

verdad, que los indios le requiriesen muchas veces que se fuesen de su

tierra y los dejasen en paz, porque de gente tan fiera y tan armada, y

que así porfiaba entrar en su pueblo por fuerza, contra su voluntad,

podian presumir é sospechar y áun tener por muy cierto que bien ninguno

les podia venir, sino muy mucho mal. Dice más Gomara, que no quiso

Cortés no hacer con aquellos bárbaros todo cumplimiento, segun razon y

conforme á lo que los reyes de Castilla mandan en sus instrucciones,

que es requerir una y dos y muchas veces con la paz á los indios, ántes

de hacelles guerra, ni entrar por fuerzas en sus tierras y lugares,

é así les tornó, dice él, á requerir con la paz y buena amistad,

prometiéndoles buen tratamiento y libertad, y ofreciéndoles la noticia

de cosas tan provechosas para sus cuerpos y almas, que se ternian

por bien aventurados despues de sabidas, y que si todavía porfiaban

en no le acoger ni admitir, que los apercibia y emplazaba para la

tarde, ántes del sol puesto, porque pensaba, con ayuda de su Dios,

dormir en el pueblo aquella noche, á pesar y daño de los moradores que

rehusaban su buena amistad, y conversacion, y la paz, etc... Todo ésto

dice Gomara, y todo es compuesto y falsedad; véase la justificacion

razonable que tuvieron aquellos requerimientos, y, por mejor decir, la

insipiencia é insensibilidad de los del Consejo del Rey, que ordenaron

que se hiciesen requerimientos á los indios, que rescibiesen á los

españoles, y si no que les pudiesen guerrear, en el cap. 57 y los

siguientes deste tercer libro, donde asaz largo queda declarado. Del

buen tratamiento y libertad, y paz y buena conversacion, que Cortés

y los otros apóstoles á él semejantes prometian y prometieron, ó

fingieron prometer, esta isla Española y las otras islas, y cuatro y

cinco mil leguas de tierra firme, que hasta hoy han despoblado, asolado

y destruido, como todo el mundo sabe y clama, son lamentables testigos.

La verdad de toda esta violenta invasion y tirano acometimiento de

Cortés en aquella poblacion grande de Tabasco, que Gomara quiere

justificar, es que sin dilacion, cuanto él más presto pudo, visto que

los indios por señas y meneos les decian que se fuesen de su tierra,

y que no querian que en su pueblo entrasen, pues les habian dado la

comida que les pidieron, combatió el pueblo con sus tiros de pólvora,

que nunca los indios habian oido ni visto, y así, de miedo, cayeron en

tierra, creyendo que venia fuego del cielo, pero no por eso dejaron

de pelear con mucho ánimo, con aquellas sus flechas harto débiles;

entráronlos por fuerza, como al cabo estubiesen desnudos, y con las

espadas desbarrigaron inmensos. Salen del monte los españoles que

estaban en celada y dan por las espaldas en ellos, y todos juntos, los

españoles, fueron muy pocos los que huyeron, que no quedaron muertos de

los que se hallaron en defensa del pueblo. Muertos y huidos todos los

indios, andan los españoles á su placer á deshollinar y robar las casas

y lo que en ellas habia, halláronlas llenas de maíz é gallinas y otros

bastimentos; oro, ninguno, de lo que ellos no rescibieron mucho placer,

pero quedaron quietos señores del pueblo.

CAPÍTULO CXX.

De los indios que prendieron envió Cortés algunos para que fuesen á

decir al Cacique, señor dél, y á la otra gente, que fuesen amigos

y que no tuviesen miedo de allí adelante, que les harian mal, sino

buen tractamiento, y que el señor viniese á él porque le queria decir

muchas cosas de su provecho, y otros disparates y promesas frívolas

que les quisiera persuadir, é que á cualquiera prudente pudieran mover

á mayor odio é ira contra él y ellos, de quien tan grandes injurias é

injusticias y daños habian rescibido. ¡Mirad qué fianzas daban ó qué

seguridad y satisfaccion ofrecian, para que de los daños padecidos

fuesen recompensados y de los que les podian hacer pudiesen ser

seguros, habiéndoles así lastimado y atribulado tan sin culpa, y ofensa

que les hobiesen hecho ni cometido!; pero el señor y sus capitanes y

gente de guerra, ó por mejor decir guerrilla, como es toda guerra de

indios, trabajaron de apedillar toda la tierra y venir sobre ellos, y

no dejar, si pudiesen, hombre dellos á vida, pero para entretener á los

españoles hasta que se hobiesen allegado todos los que habian maherido,

envió el señor ciertos mensajeros á tratar de paz ó de treguas, y

rogándoles que se contentasen con el mal que les habian hecho, y que

no le quemasen el pueblo; respondió Cortés así lo haria, pero que les

trujesen comida. Vinieron otro dia con ella, disculpándose que no

traian más por estar la gente desparcida y huida; envió Cortés tres ó

cuatro cuadrillas de españoles por los montes á buscar bastimentos y

gente, y si pudiesen haber al señor ó Cacique. La una llegó á un pueblo

donde hallaron mucha gente de guerra, que debian estar esperando que

se allegase la demas para ir sobre ellos. Vistos los unos á los otros,

comenzaron á pelear, y los indios con tan gran esfuerzo y denuedo, que

hirieron, con sus armas y flechas, y lanzas de palos con las puntas

tostadas, y algunas con algunos huesos de pescado por casquillos,

muchos de los españoles, hasta que los encerraron en cierta casa, donde

los españoles se defendieron una buena pieza del dia, temiendo que no

les prendiesen fuego que los pudieran quemar vivos; y como la grita

que dan los indios cuando son muchos, que es cosa de grima, se sonase

por los montes, oyéronla los de las otras cuadrillas, ocurrieron al

sonido, y llegaron á tiempo, cuando ya los apretados tenian perdida la

esperanza de vida; llegados, descercáronlos, y juntos todos, dan muy

fieramente en los indios, pero los indios aunque vieron el socorro de

fresco venir sobre ellos, que serian por todos, los españoles, cerca de

200, no dejaron de pelear validísimamente aunque morian muchos dellos.

Estando los primeros españoles en la casa metidos, y en el estrecho que

está dicho, ciertos indios de la isla de Cuba, que con ellos habian

ido, fueron á hacer mandado á Cortés de lo que habian visto; Cortés,

oidas tales nuevas, tomó cierta gente de la que tenia, y llevó algunos

tiros de artillería, y partióse á mucha priesa, porque no era hombre

que se dormia. Cuando llegó venian todos los españoles retrayéndose, y

los indios dando como leones en ellos, de los cuales muchos herian con

las flechas, pero en llegando hizo soltar algunos tiros de pólvora, y

por temor dellos los indios se retrujeron; Cortés no curó de seguillos,

porque andaban los españoles muy cansados, y muchos dellos mal heridos.

Volviéronse todos al pueblo, no muy alegres; proveyó Cortés que los

españoles heridos se fuesen á los navíos, y mandó sacar los caballos y

la gente que pudo sacarse dellos y toda su artillería; caminó Cortés

con más de 400 españoles y 12 caballos y su artillería hácia donde

habian peleado el dia pasado, y toparon á infinitos indios, que,

como habian sentido la ventaja que habian llevado aquel dia, venian

muy ufanos en busca dellos. Era toda la tierra llena de acéquias y

arroyuelos, por ser toda de cacaguatales, que son heredades entre todas

aquellas provincias muy preciosas, que son las almendras de que usan

por bebida y por moneda, que han menester cada hora regarse. Fué á los

españoles gran impedimento para de los caballos ayudarse, y por ésto

los indios pudieron hacer mucho daño á los españoles, y no rescibillo

como entónces lo rescibieran, puesto que desque vieron los caballos y

caballeros fué grande su espanto, creyendo que hombre y caballo era

todo una cosa, y la lanza no ménos, pero no por eso dejaron de pelear

contra ellos aunque se vian morir á sus piés; y aunque no mataban á los

españoles por ser sus armas tan débiles, hirieron muchos y pusiéronlos

en tanto estrecho que pensaron perecer. Salieron en fin á ciertos

llanos, sin tantos arroyos y acéquias, donde los de caballo pudieron

hacelles daño, los cuales alancearon innumerables, y díjose que habian

muerto en esta entrada sobre 30.000 ánimas; y ésta fué la primera

predicacion del Evangelio que Cortés introdujo en la Nueva España. Y

por los merecimientos suyos y de su compaña, dice Gomara, su criado,

que les apareció Sant Pedro, ó Santiago, encima de un caballo que hizo

en los indios aquel gran estrago; y, lo que más digno es de confusion

inmortal y eterno escarnio, dice Gomara, que Cortés hizo soltar algunos

indios de los presos que fuesen á decir al señor de la tierra y á todos

los demas, que le pesaba del daño hecho en entrambas partes, por culpa

y dureza dellos, que de su inocencia y comedimiento Dios le era buen

testigo, mas, no obstante todo ésto, él los perdonaba de su error, si

venian luégo ó dentro de dos dias á dar justo descargo y satisfacion

de su malicia, y tratar con él de paz y amistad, y los otros misterios

que les queria declarar, apercibiéndolos que, si dentro de aquel plazo

no viniesen, de entrar por su tierra dentro, destruyéndola, quemándola,

talándola, y matando cuantos hombres topase, chicos y grandes, armados

y sin armas. Estas son sus formales palabras. Veis aquí conqué tiene

Cortés engañado á todo el mundo, y no sin culpa de muchos de los que

lean su falsa historia, no considerando que aquellos estaban quietos

en sus casas, sin ofensa nuestra ni de nadie, y que no eran moros ni

turcos que nos infestan y maltratan, no mirando más del sonido, que

mató y que venció, y, como ellos dicen, conquistó tantas naciones, y

robó para sí é envió tanto oro á España, y llegó á ser Marqués del

Valle; y desta culpa los lectores della no son inmunes, al ménos los

que son letrados. Los desventurados indios, viéndose así tan disipados

y apocados de tanto estrago, todos fueron de parecer que, porque

aquellos hombres eran tan fuertes, y traian tan terribles armas, y

sobre todo aquellos animales que tanto corrian y alcanzaban, y sobre

ellos tan mal los trataban y los acabarian de asolar, el señor acordó

de les enviar ciertos indios viejos, que debian ser principales, á

tratar de paz y seguridad. Dice Gomara, que vinieron á pedir perdon de

lo pasado, como si de grandes agravios que les hobieran hecho, porque

veais la insensibilidad de Gomara, ó por mejor decir, el escarnio

que de la justicia y de la verdad hace. Rescibiólos bien Cortés, y

dióles cosillas de rescates de Castilla, diciéndoles por señas, como

se podia declarar, que tornasen á hablar á su señor y lo induciesen á

que viniese á verse con él, y que no tuviese miedo que no rescibiria

mal alguno, y otras señas semejantes; y para más mostrarles seguridad,

soltó á todos los indios que habian preso en la batalla y hizo curar

los que de heridas estaban maltratados. Fué, á lo que se juzgaba, el

señor y muchos principales á ver á Cortés, con mucha compañía, y á los

españoles, con harto dolor de su corazon, mostrando mucha tristeza y

no ménos con temor no los burlasen; dije, á lo que se juzgaba fué el

señor, porque cuasi siempre los señores de los indios no se muestran

ni van á los españoles cuando no están primero muy seguros, sino que

envian un indio que tenga persona de autoridad, y fingen que aquel es

el señor. Trujeron un buen presente de muchas gallinas, de las grandes

de papada, y pan, y frutas, y cacao, y ciertas joyas de oro, que

pesarian más de 300 castellanos, y 15 ó 20 mujeres, para que guisasen

de comer y hiciesen pan de maíz, que es lo más trabajoso de hacer, y

que sin mujeres no se puede amasar sino mal y con gran dificultad, para

los aplacar, porque no los acabasen de destruir. Rescibiólos Cortés

con mucha alegría y abrazó al que se decia ser señor, mostrándole

haber mucho placer con su venida, y ofreciéndoles seguridad y amistad

desde adelante todo por señas; porque ninguna cosa se entendian.

Preguntáronle si de aquel oro habia mucho y si se cogia por aquella

tierra; respondieron que no se cogia por allí, sino en otras partes,

señalando con los meneos, que léjos. Dice aquí Gomara, que quebraron

los ídolos por la doctrina que Cortés les predicó, enseñándoles los

misterios que contenia y se celebraron en la cruz, y lo que en ella el

hijo de Dios padeció, y que por estas exhortaciones la adoraron, puesta

en un templo de sus dioses; añade Gomara, que dieron la obediencia

y vasallaje al rey de España, en manos de Hernando Cortés, y se

declararon por amigos de españoles, y que aquestos fueron los primeros

vasallos que el Emperador tuvo en la Nueva España. Todas éstas son

falsedades y cosas inventadas por Cortés, ó fingidas por Gomara, su

criado, para lisonjear y vender su tiranía por servicio grande al Rey

y engañar al mundo, como lo tienen muchos dias há engañado, porque ni

los indios los entendian, ni ellos á los indios, como ya queda probado,

y ya que los entendieran, en siete ú ocho dias que allí estuvieron,

¿cómo les podian dar á entender los misterios de la Fe, de la Santísima

Trinidad y de la Pasion del Hijo de Dios, que todo se contiene en el

misterio de la Cruz, para que los indios sus ídolos derrocasen? Porque

no son los indios tan fáciles de dejar sus ídolos, cuya religion,

reverencia, devocion y culto, tienen de tantos años atrás en los

corazones arraigado, por diez palabras que Cortés les dijese mascadas

y mal pronunciadas, mayormente, aborreciendo á él y á ellos como á

capitales enemigos de quien habian ayer rescibido tan irreparables

daños, y temiendo que del todo no los acabasen. Y de aquí se puede

inferir la otra falsedad que Gomara dice, que dieron la obediencia y

vasallaje al rey de España en manos de Cortés; falsísimo es y gran

maldad, y ésta es la justicia y título y derecho con que Cortés hizo

la primera guerra y celebró su apostólica entrada en la Nueva España:

y argumento y testimonio claro, de que luégo, en llegando á Tabasco,

Cortés y su compañía sancta, hicieron tales obras de que los indios se

resabiaron, es que pocos meses habia que allí rescibieron á Grijalva

y á los españoles, con tanta gracia, liberalidad y humano hospedaje,

que lo vistieron y cubrieron de oro desde los piés hasta la cabeza,

como queda en el cap. 109, asaz declarado. Y ésto debe bastar, para que

quien lo leyere no dude haber Cortés entrado en aquellos reinos como

muy señalado tirano, puesto que por el discurso desta Historia, quedará

esta verdad muy más y mejor averiguada.

CAPÍTULO CXXI.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 36 / 38 段