granja de Macáca, y metido el caçabí é puercos y maíz en los navíos,
hízose á la vela para ir por la costa de Cuba abajo, y por apañar
lo que en los pueblos y puertos que habia por allí pudiese haber de
bastimento, que era lo que más él habia menester y su compaña, como por
ser hurtar ántes de tiempo no se hobiesen podido los mantenimientos
meter en las naos. En saliendo que salió, vido venir un navío, que
venia de la isla de Jamáica, cargado de puercos, y tocino, y caçabí,
para vendello en la isla de Cuba en las minas, porque como allí eran
recientes las minas, y ricas, y el ansia de coger oro hervia en las
ánimas de aquellos que por la isla moraban, toda la más de la gente de
indios que habia en ella ocupaban en sacar oro, donde los mataban, y
así no los dejaban labrar ni hacer comida, y, por consiguiente, tenian
necesidad de pan y de bastimentos; y sabido ésto en Jamáica, llevábanlo
de allí, donde habia mucha abundancia. Visto el navío, va luégo Cortés
á él y tómalo á su dueño, dello por ruegos y promesas, dello por
amenazas y por mal; llevólo, en fin, consigo, aunque pesó al dueño que
lo llevaba. Llegó Cortés con su usurpada flota á la villa de españoles
que llamaban de la Trinidad, que estaba en aquella costa del Sur 200
leguas y más de la ciudad y puerto de Santiago; allí tuvo noticia que
pasaba cerca de allí otro navío cargado de pan caçabí, de tocinos, y
maíz é otros bastimentos, para las minas de la provincia de Xagua, que
eran muy ricas y de fino oro; envió luégo una carabela, y con ella á
Diego de Ordas, que la tomase y la llevase á la punta de la isla ó
cabo de Sant Anton, y allí lo esperasen. Así lo hizo Ordas, y aunque
mal pesó al mercader cúya era, la llevó al cabo de la isla, como
Cortés habia mandado. Todo ésto me dijo el mismo Cortés con otras cosas
cerca dello, despues de Marqués, en la villa de Monzon, estando allí
celebrando Córtes el Emperador, año de 1542, riendo y mofando, y con
estas formales palabras: «A la mi fe, anduve por allí como un gentil
corsario.» Dije yo, tambien riendo, pero entre mí: «Oigan vuestros
oidos lo que dice vuestra boca.» Puesto que otras veces hablando con él
en Méjico en conversacion, diciéndole yo con qué justicia y conciencia
habia preso aquel tan gran rey Moteczuma y usurpádole sus reinos, me
concedió al cabo todo, y dijo: _Qui non intrat per ostium fur est et
latro_. Entónces le dije á la clara, con palabras formales: «Oigan
vuestros oidos lo que dice vuestra boca», y despues todo se pasó en
risa, aunque yo lo lloraba dentro de mí, viendo su insensibilidad,
teniéndole por malaventurado. Allí, en la villa de la Trinidad, tomó
por fuerza ó por grado el caçabí, é maíz é puercos, y algunos caballos,
y á todos los dueños apaciguaba con hacerles cognoscimientos y darles
cédulas que se lo pagaria en tanto precio y tantos castellanos; recibió
allí más de cien españoles de los que habian venido con Grijalva, que,
como Diego Velazquez habia escrito, estaban la flota esperando. Todos
los indios que pudo meter y los españoles que allí iban hurtados y
involuntarios, y no sé si algunos voluntarios, para servirse dellos,
era escala franca donde todos, al cabo, con los trabajos, en breve
perecieron. De allí fué á la villa de Sant Cristóbal, que á la sazon
estaba en aquella costa del Sur, la cual, despues se pasó á la del
Norte, donde agora llaman la Habana, y allí cargó de todas las cosas
que pudo, al precio que en los otros lugares lo habia tomado. En este
tiempo llegaron mensajeros de Diego Velazquez, avisando que iba Cortés
alzado, que lo trabajasen de prender; ésto escribió á Diego de Ordas,
que era su criado, y valiente hombre, y á los que tenia por amigos en
la dicha villa de Sant Cristóbal; escribió tambien Diego Velazquez,
rogándole que lo esperase, porque tenia que comunicar con él para el
bien de aquel su viaje. Nunca vide tan poco saber en Diego Velazquez
como en esta carta, ¡que le pasase por pensamiento que le habia Cortés
de esperar, habiéndole hecho la burla y afrenta presente y pasada!
Quisiérale convidar Diego de Ordas á Cortés al navío de que venia por
Capitan, por allí apañallo, pero tan ignorante fué Diego de Ordas como
Diego Velazquez, creyendo que se habia de él confiar; finalmente, allí
se mostró Cortés como gran señor, y como si naciera en brocados, y
con tanta autoridad que no se osaba ninguno menear que no le mostrase
amor, y contentamiento de que él reinase. Partióse de allí con toda la
flota, mediado el mes de Febrero de 1519 años; iban en ella 550 hombres
con marineros y todos, 200 ó 300 indios é indias, ciertos negros que
tenian por esclavos, y 12 ó 15 yeguas y caballos; gobernaba toda la
flota, en lo que tocaba á las cosas de mar, como piloto mayor, Anton de
Alaminos, el que indució á Francisco Hernandez de Córdoba que enviase
por licencia para descubrir á Diego Velazquez cuando iban á saltear
indios de los Lucayos y de otras islas, y, finalmente, el que se
halló por piloto en el primer descubrimiento de la tierra de Yucatán,
como se dijo en el cap. 96, y despues fué y anduvo descubriendo con
Grijalva. Llegada la flota en el cabo de la isla de Cuba, llamado de
Sant Anton, y comenzando á atravesar el golfete que hay, é dura 50
leguas, desde el cabo dicho de Cuba á la punta ó cabo que llaman de
Cotoche, primera tierra de Yucatán, para de allí volver sobre la isla
de Cozumel, que fué lo primero que vido y trató Francisco Hernandez, y
lo primero tambien donde fué á parar Juan de Grijalva, dióles aquella
noche un terrible temporal, como los suele por aquel golfo y costa de
Yucatán hacer, que desbarató á todos los navíos, y cuando amaneció se
halló cada uno sólo. Pero porque Cortés habia dado á todos órden que
les siguiesen hasta la isla de Cozumel, cada uno, desque abonanzó el
tiempo, tuvo cargo de guiarse á la isla, donde unos hoy y otros mañana
todos llegaron, aunque algunos con más peligro que otros, excepto uno
que no pareció por muchos dias. En especial un navío, donde iba por
Capitan uno llamado Francisco de Morla, criado y camarero de Diego
Velazquez; dióle un golpe de mar que le hizo despedir el gobernario,
que es uno de los mayores peligros que hay en la mar, é anduvieron gran
parte de la noche sin él, perdida cuasi la esperanza de se salvar;
pero, siendo de dia, plugo á Dios que lo vieron andar sobre el agua, y
visto, el mismo capitan Francisco de Morla, por ser gran nadador, se
lanzó á la mar, atado con cierto cabo ó soga, y trújolo arrastrando
al navío, donde tornaron á remediarse. Como los indios de un pueblo
grande, que cerca de la costa de la mar estaba, vieron tantos navíos
juntos, como no hobiesen visto ántes sino tres ó cuatro, que fueron los
tres de Francisco Hernandez, y los cuatro de Grijalva, pensaron que
venia sobre ellos algun diluvio de gente que los anegase, mayormente
habiendo oido la matanza que Francisco Hernandez en Champoton y el
denuedo de guerra que Grijalva despues dél habian hecho. Huyó toda la
vecindad del pueblo á los montes, de miedo, alzado cada uno su hatillo.
Envió ciertos españoles Cortés al pueblo, y, hallándolo vacío, todavía
trujeron alguna ropa de algodon y algunas joyuelas de oro. Mandó
Cortés sacar los caballos para que se recreasen, que venian fatigados
y habia muy buenos pastos, y, toda la gente y él en tierra, envió
cierta cuadrilla dellos á buscar gente ó algunas personas de quien
pudiesen tomar lengua. Hallaron unas mujeres con unos niños, y una que
parecia principal, en un monte metidas, las cuales trujeron á Cortés,
llorando ellas y sus niños; Cortés las consoló lo mejor que pudo, y
halagó á los niños, diciendo por señas, que no hobiesen miedo y dióles
cosillas de Castilla. Vinieron ciertos á los españoles, que debian
ser maridos de las mujeres, rogando que les diesen aquellas mujeres,
y quizá entre ellos debia venir el principal, marido de aquella que
lo parecia, ó enviados por él; Cortés los aseguró y dió cosas de
Castilla, rogándoles por señas que trujesen al marido de aquella, y
que de su parte le diesen ciertas dellas, que aparte les dió. Él vino
el siguiente dia, ó por ventura envió otro, diciendo que aquel era
el señor y marido; porque ésto es muy comun entre los indios, no se
mostrar luégo los señores á los españoles, sino fingir que es aquel
que envian, como saben que los primeros que los españoles procuran de
prender, y atormentar, y matarlos, son los señores, y por ésto no tan
presto se fian. Finalmente, vino el otro por él, acompañado de muchos,
y trujeron sus presentes de gallinas, pan de maíz, y mucha miel y
frutas, porque nunca jamás los indios vienen á los españoles manvacíos,
y es costumbre tambien muy antigua entre sí. Rescibiólos Cortés, y
los españoles, graciosamente, mandóles dar de los rescates y cosas de
Castilla, induciéndolos, por señas, que se viniesen los vecinos cada
uno á su casa y que no rescibirian daño alguno; ellos lo hicieron. El
señor del pueblo donde estaban ó de la isla, ó el que se fingió ser
señor, era de los bien hechos y más gentiles hombres de gesto y de
cuerpo que se habia visto en todas las Indias, y así tenia la gracia
en las obras y conversacion que con todos tenia, y servicio que á los
españoles hacia; sólo parecia rescibir pena en no entenderlos, por la
diversidad de la lengua. Tuvo una industria para nos entender, harto
provechosa para Cortés y para todos los que con él iban, y fué ésta:
que envió á la tierra firme de Yucatán, que dista de la isla un golfo
de cuatro ó cinco leguas, ciertos mensajeros, á un señor de aquella
provincia que tenia un español captivo, y rogóle que se lo prestase ó
se lo vendiese, porque habian venido muchos hombres extraños y fuertes,
barbados como aquel, que le tenian señoreado su tierra, y, para tractar
y conversar con ellos, no los entendia, y con aquel sabria cómo se
debia de haber con ellos. Díjose tambien, que aquel señor descubrió á
Cortés que en Yucatán habia dos hombres barbados como él, y Cortés les
escribió una carta diciéndoles como venia á poblar en aquella tierra,
y que si podian que trabajasen de venirse; y que los indios que fueron
por aquel mandó pasar á la otra banda de Yucatán, en un bergantin, é
aquellos llevaron la carta fácilmente, aunque con gran dificultad les
dió el cristiano captivo.
CAPÍTULO CXVII.
Y porque ya Cortés tenia reformados todos los navíos de la tormenta
pasada, y proveídolos de bastimentos que le dieron en abundancia los
indios, por mandado del señor de la isla, y recogidos los caballos y
la gente, y en buena amistad con el señor y vecinos della, se hizo á
la vela para correr la costa de la tierra firme, y llegó á la punta
de las Mujeres, que Francisco Hernandez ó Grijalva habia por nombre
puesto, que es la primera tierra de Yucatán, obra de 10 leguas de la
isla, y surgió allí toda la flota. De allí tornó á alzar las velas
para seguir su camino hácia el cabo de Cotoche, y navegando aquel dia,
descubrióse un agua en uno de los navíos que no podian con dos bombas
agotalla; hizo señal de tener necesidad, tirando un tiro de pólvora,
acudió Cortés con su nao y todos á socorrelle, y viendo que crescia
el agua y que no tenia remedio sino entraba en algun buen puerto, y
por allí no lo habia, determinó Cortés de tornarse al puerto de la
isla de donde habian salido. Salieron todos los indios de la isla con
gran regocijo á rescibillos y servillos; adobaron allí el navío, é,
ya que querian tornarse á embarcar, revolvióse la mar de manera que
no pudieron el sábado; y el domingo, que era el primero de cuaresma,
díjose y oyeron misa. Estando comiendo, vieron venir una canoa que
atravesaba de Yucatán á la isla, y mandó Cortés á un Andrés de Tapia,
mancebo bien suelto, y á otros compañeros, que fuesen escondidos á la
parte de la isla donde iba la canoa dirigida, y salteasen los indios
y se los trujesen, lo cual así se hizo. Eran cuatro desnudos en
cueros, cubiertas las partes secretas, los que en la canoa venian, y
el uno tenia largas barbas. Salió Andrés de Tapia y sus compañeros,
de súbito, de unas matas de monte, y arremetieron á ellos, que no fué
chica turbacion para los tres, y queriéndose huir para el agua y tomar
su canoa, habló el barbado en la lengua de los indios que no se huyesen
ni hobiesen miedo, y luégo vuelve la cara á los españoles, y dice en
la lengua de Castilla: «Señores, ¿sois cristianos?» Respondieron:
«Cristianos somos.» Hincó luégo las rodillas en el suelo, y llorando
de alegría, comienza á dar gracias á Dios que le habia sacado de entre
infieles y captiverio, y dejalle ver cristianos con libertad; todos se
holgaron de velle, y le ayudaron á dar á nuestro Señor muchas gracias.
Trujéronlo á Cortés que lo rescibió con grande alegría, y todos en
grande manera se regocijaron, espantados de velle desnudo como indio
y del sol el cuerpo quemado, que si no fuera por las barbas, ninguna
diferencia se cognoscia de ser indio ó cristiano. Preguntó luégo si era
miércoles, dijeron que no, sino domingo, el cual, aunque tenia unas
horas de rezar, habia en la cuenta de los dias errado; dijo llamarse
Jerónimo de Aguilar, natural de Écija. Comenzó á contar su pérdida y
captiverio, é dijo, que salido del Darien con Valdivia, enviado por
Vasco Nuñez de Balboa á esta isla Española, él y otros con él, en una
carabela, se perdieron en los bajos y peñas de Jamáica, que llaman las
Víboras, que fué lo que en el cap. 42 tocamos; metiéronse 20 hombres en
el batel, sin agua y ninguna cosa de bastimento, muriéronse los 10 ó 12
de hambre y sed en el camino, y echólos la corriente á cabo de quince
dias en la costa de Yucatán, y aportaron al señorío de cierto señor ó
Cacique, que segun Gomara dice que habia dicho, que algunos sacrificó
dellos á sus ídolos, y los comió, y otros guardó para los sacrificar,
pero que se huyeron y aportaron á tierra y señorío de otro señor que
los guardó y conservó sin hacelles mal alguno, ántes siempre los tractó
bien sirviéndose dellos humanamente. Esto de sacrificar hombres y
comerlos, como dice Gomara, yo creo que no es verdad, porque siempre
oí que en aquel reino de Yucatán ni hobo sacrificios de hombres, ni
se supo qué cosa era comer carne humana, y decirlo Gomara, como ni lo
vido ni lo oyó sino de boca de Cortés, su amo, y que le daba de comer,
tiene poca autoridad, como sea en su favor y en excusa de sus maldades,
sino que ésto es lenguaje de los españoles y de los que escriben sus
horribles hazañas, infamar todas estas universas naciones para excusar
las violencias, crueldades, robos y matanzas que les han hecho, y
cada dia y hoy les hacen; y por ésto Gomara dice en su Historia, que
la guerra y la gente con armas es el camino verdadero para quitar los
ídolos y los sacrificios, y otros pecados á los indios, y con ésto,
dice él, más fácilmente, y más presto, y mejor, resciben, y oyen, y
creen á los predicadores y toman el Evangelio y el baptismo de su
propio grado y voluntad. Harto poco sabe Gomara de la predicacion del
Evangelio, y del fructo que en estas partes han hecho las tiranías y
estragos con armas, las cuales han obrado en estas gentes tanto, que
sino son los que Dios ha querido dellas, contra todo poder y saber
humano, por la predicacion de los buenos religiosos alumbrar, los
demas no estiman de nuestro verdadero Dios, sino que es malo, injusto
y abominable, pues tan inícuos hombres envia á que los aflijan y
destruyan con tan nunca oidos otros tales daños y males. De como esta
predicacion se debe hacer sin armas, véase, por quien quisiere verlo,
en nuestro libro en latin, en los capítulos postreros, 5.º, 6.º y 7.º,
con muchos párrafos, cuyo título es, _De unico vocationis modo omnium
gentium ad veran religionem_, donde cognoscerán el estado de dañacion
eterna en que están los que procuraren, mandaren ó aconsejaren lo
que dice Gomara, que la predicacion destas naciones se deba de hacer
con guerra y con armas. Dice aquí más Gomara, que Cortés determinó
de quitar los ídolos de aquel pueblo y poner cruces en aquella isla,
despues que vino Jerónimo de Aguilar; pero ésto es uno de los errores
y disparates que muchos han tenido y hecho en estas partes, porque,
sin primero por mucho tiempo haber á los indios y á cualquiera nacion
idólatra doctrinado, es gran desvarío quitarles los ídolos, lo cual
nunca se hace por voluntad, sino contra de los idólatras, porque
ninguno puede dejar por su voluntad y de buena gana aquello que tiene
de muchos años por Dios, y en la leche mamado, y autorizado por sus
mayores, sin que primero tenga entendido que aquello que les dan ó en
que les conmutan su Dios, sea verdadero Dios. ¡Mirad qué doctrina les
podian dar en dos, ó en tres, ó en cuatro, ó en diez dias que allí
estuvieron, (y que más estuvieran), del verdadero Dios, y tampoco les
supieran dar para desarraigalles la opinion errónea de sus dioses, que
en yéndose, que se fueron, no tornasen á idolatrar! Primero se han
de raer de los corazones los ídolos, conviene á saber, el concepto y
estima que tienen de ser aquellos Dios los idólatras, por diuturna y
diligente y contina doctrina, y pintalles en ellos el concepto y verdad
del verdadero Dios, y despues ellos mismos, viendo su engaño y error,
han de derrocar y destruir con sus mismas manos y de toda su voluntad
los ídolos que veneraban por Dios ó por dioses; y así lo enseña Sant
Agustin en el sermon _De puero Centurionis de verbis domini_. Pero no
fué aqueste el postrero disparate que en estas Indias, cerca desta
materia se ha hecho; poner cruces, induciendo á los indios á la
reverencia dellas, si hay tiempo para ello, con significacion alguna
del fructo que pueden sacar dello si se lo pueden dar á entender,
parece ser bien hacerse, pero no habiendo tiempo ni lengua, ni sazon,
cosa supérflua é inútil parece, porque pueden pensar los indios que les
dan algun ídolo de aquella figura, que tienen por Dios los cristianos,
y así los harán idolatrar, adorando por Dios aquel palo; la más cierta
y conveniente regla y doctrina que por estas tierras y otras de
infieles, semejantes á éstos, los cristianos deben dar y tener, cuando
van de pasada como estos iban, y cuando tambien quisieren morar entre
ellas, es dalles muy buen ejemplo de obras virtuosas y cristianas,
para que, como dice nuestro Redentor, viéndolas alaben y den gloria al
Dios y padre de los cristianos, y por ellas juzguen que quien tales
cultores tiene no puede ser sino bueno y verdadero Dios, como Sant
Crisóstomo, sobre las mismas palabras de nuestro Salvador, dice. De la
religion, y ritos, é ídolos que en ella tenian las gentes desta isla de
Cozumel, largamente dijimos en nuestra Apologética Historia.
CAPÍTULO CXVIII.