Visto por los españoles ser todos aquestos rescates y conmutaciones

señales de haber en aquella tierra mucha cantidad de oro, y la gente

della tan pacífica, franca y liberal, y por consiguiente, haber grande

aparejo para henchir las bolsas y ser ricos señores á tan poca costa,

comenzaron á renovar el clamor que en la tierra de Yucatán habian

comenzado diciendo á su capitan Grijalva, con gran importunidad y

murmurio, que pues Dios les mostraba tierra tan rica y gente tan bien

acondicionada, donde fuesen bienaventurados, tuviese por bien de que

allí poblasen, y en un navío de aquellos cuatro hiciesen saber á Diego

Velazquez su bienandanza, enviándole todo el oro y joyas que habian

rescatado, para que les enviase más gente y rescates, y armas, y otras

cosas, para su poblacion necesarias; ofreciéndose todos á que lo ternia

por bueno Diego Velazquez, no embargante que por la instruccion que le

habia dado trujese prohibido que no poblase, sino que descubriese y

rescatase. Juan de Grijalva, era de tal condicion de su natural, que no

hiciera, cuanto á la obediencia y aún cuanto á humildad y otras buenas

propiedades, mal fraile, y por esta causa, si se juntaran todos los

del mundo, no quebrantara por su voluntad de un punto ni una letra de

lo que por la instruccion se le mandaba, aunque supiera que lo habian

de hacer tajadas. Yo lo cognoscí é conversé harto, y entendí siempre

dél ser á virtud y obediencia y buenas costumbres inclinado, y muy

subjeto á lo que los mayores le mandasen. Así que, por más ruegos,

requirimientos, y razones importunas que le hicieron y representaron,

no pudieron con él que poblase, alegando que lo traia prohibido por el

que le habia enviado, y que no para más de descubrir é rescatar tenia

poder ni mando, y que con cumplir la Instruccion que se le dió haria

pago. Vista su determinacion, todos comenzaron á blasfemar dél, y á

tenello en poco, y fué maravilla no perderle la vergüenza, y salirse

todos en tierra y poblar, dejándolo ó enviándolo en un navío á Diego

Velazquez; y por que un navío de aquellos hacia mucha agua, y tenia

necesidad de se adobar, acordó Grijalva de lo enviar á la isla de Cuba,

con la gente que andaba indispuesta, y que llevase las buenas nuevas

de la buena tierra rica, y gente pacífica, y el oro y joyas que habian

rescatado. Con esta embajada envió á Pedro de Alvarado, que debia ser

el Capitan del mismo navío que tenia necesidad de ser adobado, el cual

al cabo de ciertos dias llegó á la isla, y dada cuenta de la riqueza

que habian hallado, y dando quejas todos los que en el navío habian

ido de Grijalva, porque pidiendóselo todos, no quiso poblar ni dejar

poblar tan felice y rica tierra, movióse á ira contra Grijalva Diego

Velazquez, porque no lo habia hecho habiéndolo él mandado y dado por

instruccion que por ninguna manera poblase. Pero era Diego Velazquez

de aquella condicion, y terrible para los que le servian y ayudaban,

y fácilmente se indignaba contra aquellos de quien le decian mal,

por ser más crédulo de lo que debia. Finalmente, indignado contra

Grijalva, porque no habia poblado contra su mandado, determinó, ántes

que Grijalva viniese, de hacer otra armada, y enviar otro Capitan,

y hobo al cabo de dar en quien no le obedeció tan fielmente como

Grijalva, que la hacienda y la honra, y que lo que desde allí vivió

viviese amarga y triste vida, y al fin la perdiese, y el alma sabe

Dios por aquella causa en qué paró. Y dejado aparte que habia muchas

razones por las cuales Dios le castigase, por haberse hecho rico de

la sangre de aquellas gentes de la isla de Cuba, y de las matanzas

que ayudó á hacer en esta Española, en especial la de la provincia de

Xaraguá, como en el capítulo 9.º, del libro II, pareció, pero parece

que quiso nuestro Señor afligille en pago de no agradecer á Grijalva

la obediencia que le guardaba, cumpliendo estrechamente su mandado,

en no poblar, de donde al mismo Grijalva le fuera muy mejor, y así

permitió Dios que enviase á quien áun ántes que partiese se la negó,

como parecerá. Partido Pedro de Alvarado para Cuba, Grijalva, con los

tres navíos, fuese la costa abajo, descubriendo por ella muchas leguas,

y llegó hasta cerca de la provincia de Panuco, y visto que toda era

una tierra, y estimaban ser tierra firme, acordaron tornarse por el

camino donde habia venido, y enderezar su viaje para la isla de Cuba

á dar cuenta á Diego Velazquez de la prosperidad de su descubrimiento

y camino. A la vuelta, en cierta parte de aquella costa de mar, como

siempre venian cerca de tierra, salieron al encuentro ciertas canoas

ó barquillos de los indios, llenas dellos, armados con sus arcos y

flechas, y comenzaron á tirar á la gente de los navíos, pero como los

españoles no se solian dormir, sueltan algunos tiros de artillería y

escopetas, y á saetadas, muertos y heridos algunos de los indios, los

hicieron huir. Siguieron los navíos la costa arriba, hácia el Levante,

y llegaron á cierto rio que tenia un razonable puerto, que nombraron

puerto y rio de Sant Anton, 25 leguas del rio de Grijalva, donde el

señor de allí armó á Grijalva todo el cuerpo de oro, como dijimos en el

capítulo 111. Allí vinieron ciertos indios y trujeron ciertas hachuelas

de oro bajo, y por ellas se les dieron algunas sartas de cuentas y

otras cosillas de rescates de Castilla, y porque tuvieron necesidad de

reparar allí el uno ó los dos navíos, acordaron de saltar toda la gente

dellos en tierra, y estando en ésto, vinieron ciertos indios de la

otra banda del rio en sus canoas, y trujeron á los cristianos 30 ó más

hachuelas de oro, que pesaron 1.800 pesos de oro, pocos tomines ménos,

y una taza labrada, muy hermosa, de oro, que pesó veinte y tantos pesos

de oro, y algunas mantas de algodon y otras joyas, sin pedir nada por

ello. Vista la liberalidad destos indios, tornaron los españoles á

murmurar contra Grijalva, porque no queria en tan rica tierra poblar,

pues les daba tan buena ventura en las manos, donde podian ser ricos

y bien aventurados, pero no por eso Grijalva se movia, diciendo que

no tenia tal comision de Diego Velazquez, por lo cual hizo apregonar,

poniendo penas, que nadie de poblar tractase ni hablase. Aquí vinieron

en una canoa ciertos indios, con un señor que parecia mandalles, y

presentaron ciertas gallinas, y frutas de la tierra, muy buenas, como

son las que llamamos piñas, porque por de fuera tienen la forma de

piñas, puesto que no hay melon fino ni otra fruta de las nuestras que

se le iguale, y otras que llaman zapotes, fruta digna de presentarse

á los Reyes; dijeron por señas que traerian oro. Dióseles un sayo de

frisa, hecho de colores, y una camisa y otras cosillas de rescates, por

convidallos á que bien lo pagasen, como mostraban hacello; vinieron

despues otros y presentaron al Capitan dos hachas de oro, que pesaron

150 pesos, dos, ó tres, ó cuatro ménos, y ciento y tantas cuentas

huecas de oro, muy bien hechas, y docena y media de cuentas de plata ó

de estaño, y otras piezas de oro menudas; la recompensa que se les dió

valia hasta 8 ó 10 reales, en cuentas verdes y cuchillos y tijeras.

Unos marineros que habian ido á pescar, el rio abajo ó arriba, toparon

á ciertos indios, los cuales les dieron ciertas águilas de oro, y una

cabeza de no sé qué figura, y un cascabel muy lindo, con unas alas,

y una hacha, que pesaria todo hasta 70 castellanos. Aquí dijeron que

habian visto ciertos indios muertos de fresco, metidos en un hoyo;

entendieron que debian ser indios á los ídolos sacrificados. De aquí

enderezó su camino y viaje Grijalva para la isla de Cuba; quiso venirse

por Yucatán, que entónces llamaban la Isla Rica, por no saber que era

parte de la tierra firme, y llegar al pueblo de Champoton, donde al

principio hirieron y mataron la gente á Francisco Hernandez de Córdoba,

primero que todos de aquella tierra descubridor, como en el cap. 98 se

declaró, y vengar, diz que, aquellas muertes; pero llegados á la costa

de la mar de Champoton, vieron tan bien apercibidos á los indios y

tan denodados para los resistir, que habidas algunas refriegas, ántes

que desembarcasen sobre una isleta que estaba cerca del pueblo, en

la mar, acordó Grijalba de no se detener á pelear, sino irse en paz

su camino. Llegados á Campéche, 10 ó 12 leguas de allí, que arriba

dijimos haberle puesto nombre Francisco Hernandez, el pueblo de Lázaro,

y donde tan humano y alegre rescibimiento les hicieron, y hospedaje,

quisieron tomar agua, y saliendo en tierra con sus tiros de pólvora

y aparejados, donde vieron alguna gente de los indios desarmada,

preguntándolos dónde podian coger agua, díjose que les señalaron con el

dedo que hácia tal parte, y llegados allí, señalábanles más adelante,

y remando más adelante, señalábanles más adelante, donde, diz que,

hallaron cierta celada de hombres armados con sus arcos y flechas, las

cuales contra ellos desarmaron; pero los nuestros, con los tiros de

pólvora y con salir el Capitan con toda la gente de los navíos desque

los vido revueltos, aunque les pesó, tomaron toda el agua que quisieron

en abundancia. Esto es de maravillar, que habiendo tratado tan bien

los de aquel pueblo y tierra á Francisco Hernandez y á su gente al

principio, como se refirió en el cap. 98, que agora les quisiesen hacer

mal, y si quizá no es lo que arriba dijimos en el cap. 110, que por

yerro del piloto lo que acaeció en Champoton creyeron haber acaecido

en el pueblo de Lázaro, no es verdad debió de suceder aquesta mudanza,

porque como vecinos y pariente de Champoton, y quizá vasallos de un

señor, viendo que Francisco Hernandez y su compaña dejaron hecho tan

grande estrago y muertos tantos, se doliesen, como era cosa natural,

y, por consiguiente, juzgasen á los españoles por injustos y crueles,

y á los de Champoton por agraviados, acordaron de no los recibir, mas

ántes, si pudiesen, á todos matallos. Finalmente, tomaron toda el agua

que quisieron, á pesar de los indios, porque como gente sin armas ni

defensa siempre han de caer debajo; desde allí Grijalva y sus navíos

toman su camino para la isla de Cuba, y despues de muchos y gravísimos

trabajos, por vientos, y mar, y corrientes contrarias, aportaron á Cuba

en el puerto que llamábamos de Matanzas, que está cerca del pueblo que

agora se diz de la Habana, por otro nombre Sant Cristóbal, donde halló

Grijalva una carta de Diego Velazquez, en la cual decia que se diese

la priesa que más pudiese para llegar á Santiago, la ciudad donde él

estaba, y hiciese saber á toda la gente que con él venia, que los que

quisiesen allí, en la Habana, esperar, para tornar á poblar á la dicha

tierra é Isla Rica de Yucatán, y la demas tornasen, porque él aparejaba

para enviar gente á poblallo; mandando que á los tales se les diese

todo lo que hobiesen menester, en una hacienda como granjería, que él

por allí tenia, que llamaban Estancia.

CAPÍTULO CXIV.

Grijalva se dió la mayor priesa que pudo darse para llegar á la ciudad

de Santiago, donde Diego Velazquez estaba entendiendo en aparejar

muchos navíos y gente, para enviar á poblar la tierra que Francisco

Hernandez y Grijalva descubierto habian, que llamaban la Isla Rica,

por Yucatán y aquella costa abajo, hasta Tabasco, que es el rio que

dijeron de Grijalva; llegado Grijalva á la ciudad, y pareciendo ante

Diego Velazquez, dióle pocas gracias por lo que habia trabajado, y oro

que con Alvarado le habia enviado y por lo que tambien él le traia,

ántes riñó mucho con él, afrentándolo de palabra, porque así era su

condicion, porque no habia quebrantado su instruccion y mandamiento

en poblar en la tierra, pues toda la gente que llevaba se lo pedia,

reprension harto digna de otra mayor, reñir á un criado, pariente fiel

y tan obediente, que no quiso quebrantar un punto de lo que llevaba

mandado, especialmente que á él le fuera muy provechoso más que á

nadie, así en riquezas y estado, como en excusar la indignacion que

toda la gente que llevó contra él tuvo por no haber poblado. Todo

ésto me refirió á mí el mismo Grijalva en la ciudad de Sancto Domingo

el año de 1523, viniendo perdido y con harta necesidad, y partido de

mí en aquella ciudad, se fué para tierra firme, donde gobernaba, ó

mejor diré, desgobernaba Pedrárias, al cual envió á la provincia de

Nicaragua, y estando en el valle de Ulanche, sojuzgando y guerreando á

los indios de aquel valle, lo mataron los mismos indios á él y á otros

ciertos españoles; donde pagó Grijalva los males que allí hacia y el

servicio que debia á los indios de la isla de Cuba, y si algunos hizo

en aquel descubrimiento, puesto que siempre le cognoscí para con los

indios piadoso y moderado. Y como por la venida de Alvarado, y nuevas

de la riqueza de la tierra y gran muestra de oro que envió Grijalva,

Diego Velazquez comenzase otra armada, llegado Grijalva, é informado

de todo el viaje, y descubrimiento, y gente, y tierras, y abundancia

dellas, Diego Velazquez dióse mucha más priesa en despacharla y llegó,

á lo que yo tuve entendido, nueve piezas de navíos, con bergantines y

naves; y para llevar su poblacion y armada más y mejor fundada, envió

á esta isla Española á un hidalgo llamado Juan de Saucedo, para que

pidiese licencia, que enviase á poblar aquella tierra y hacer lo á

ésto necesario, á los padres de Sant Hierónimo, que á la sazon aquí

estaban, creyendo que tenian poder de gobernadores; pero no vinieron

á gobernar, sino á poner las Indias en libertad, como arriba se hizo

mencion. Envió luégo Diego Velazquez, con las nuevas del descubrimiento

y riquezas de la tierra, con ciertas piezas ricas de oro de las que

habia traido Alvarado, á un clérigo llamado Benito Martin, á la corte,

que áun estaba en Barcelona el rey D. Cárlos; el cual pidió que le

hiciesen merced del abadía de aquella tierra que parecia adelante, y no

era ménos que toda la Nueva España, como se dirá. Tornemos al armada ó

flota que comenzó á hacer Diego Velazquez, donde gastó, de los muchos

millares de pesos de oro que tenia mal ganados, habidos de los sudores

y angustias de los indios, gran parte; y porque habia de proveer de

Capitan, pensó de nombrar un hidalgo llamado Baltasar Bermudez, que,

segun yo creo, era de su misma tierra, Cuéllar, y así le encargó que lo

aceptase, lo cual hacia por honralle, porque lo queria bien, y ésto yo

lo sé porque lo ví muchas veces, mucho, muy bien tratalle. El Baltasar

Bermudez tenia los pensamientos altos, y parecia tener de sí demasiada

confianza; representándole el cargo de Capitan, por Diego Velazquez,

díjose que le habia pedido tales condiciones, que á Diego Velazquez

desagradaron, y como era muy libre y sacudido, enojóse con él y echóle

de sí, quizá como solia con desmandadas palabras. Discurriendo despues

por las personas que habia que pudiese nombrar por Capitan, puso

sus ojos, y segun se creyó inducido, como luégo se dirá, en Hernando

Cortés, que habia sido su criado y secretario, y habia tenido para lo

ahorcar, como arriba se dijo, cap. 27, porque conocia dél ser hábil é

entendido, y como le habia dado muchos indios y habia hecho Alcalde de

la misma ciudad de Santiago, y lo favorecia mucho, confiando que le

obedeceria, siéndole agradecido, y guardaria toda fidelidad. Estaba

por Contador del Rey de aquella isla, á la sazon, un burgalés llamado

Amador de Lares, hombre astutísimo, y que habia gastado, yo le oí,

veintidos años en Italia, y llegó á ser Maestresala del Gran Capitan,

que es argumento de no ser de entendimiento tardo, pues el Gran Capitan

se servia dél de Maestresala, siendo aún de cuerpo harto bajo, y sin

saber leer ni escribir, pero la prudencia y astucia suya suplia las

otras faltas. Solia yo decir á Diego Velazquez, por sentir lo que

de Amador de Lares yo sentia: «Señor, guardaos de veintidos años de

Italia.» Con éste trabajó Hernando Cortés tener grande amistad, que no

era ménos astuto que él muchos quilates, y díjose, y áun creyóse, que

se habian confederado ambos en tanto grado, que partirian la hacienda

y riquezas que Cortés adquiriese y robase yendo aquel viaje; y como

Diego Velazquez comunicaba con Amador de Lares, como Contador y oficial

del Rey, las cosas del armada, y las demas que á la gobernacion de

la isla tocaban, creyóse que le indució que constituyese al Cortés

por Capitan de aquella demanda. Diego Velazquez, siempre, como le

conocia, vivia con el Cortés recatado; pero guárdeos Dios cuando los

que aconsejan tienen crédito ante los aconsejados, y con ésto pretenden

interese propio, porque una vez que otra han de guiar la resolucion de

los negocios al fin que les toca, como la saeta se dirige al blanco.

Finalmente, Diego Velazquez nombró á Hernando Cortés por Capitan de

su armada, y nombrado, como era orgulloso y alegre, y sabia tratar

á todos, á cada uno segun le cognoscia inclinado, para lo cual ser

Alcalde no le desayudaba, súpose dar maña á contentar la gente que para

el viaje y poblacion se allegaba, la cual era toda voluntaria por

la cudicia del mucho oro que haber esperaban; y de 2.000 castellanos

que le habian sacado los indios que le habia dado Diego Velazquez, de

las minas, con inmensos sudores, hambres y duros trabajos, comenzó á

adornarse y gastar largo en se proveer de lo necesario para el viaje,

tractándose como Capitan de 500 hombres que se allegaron y que iban

donde todos esperaban henchir las manos. Cerca desta ida de Cortés por

Capitan deste viaje, dice el clérigo Gomara, en su Historia, muchas

y grandes falsedades, como hombre que ni vido ni oyó cosa della, mas

de lo que el mismo Hernando Cortés le dijo y dió por escripto siendo

su capellan y criado despues de Marqués, cuando volvió la postrera

vez á España; el cual dice que Diego Velazquez habló á Cortés para

que armasen ambos á medias, porque tenia 2.000 castellanos de oro en

compañía de Andrés de Duero, mercader, y que le rogó que fuese con la

flota, y que Cortés aceptó la compañía, etc. ¡Mirad qué hacian 2.000

castellanos á quien gastaba 20.000 y más en el despacho della! No era

Diego Velazquez tan humilde ni tan gracioso, que rogase á Cortés que

fuese por Capitan de su flota, habiendo muchos en la isla á quien

mandallo pudiera, y que lo rescibieran por muy gran merced y mucha

honra, é ya que algunos le prestaran dineros no se abatiera á hacer

compañía con alguno, como fuese señor de todo, y estuviese en su mano,

como Gobernador, hacer lo uno ó lo otro. Y dice más Gomara, que desque

llegó Grijalva hubo mudanza en Diego Velazquez y que no quiso gastar

más en la flota que armaba Cortés, ni quisiera que la acabara de

armar, por se querer Diego Velazquez quedar con ella y enviar á solas.

Todo ésto es salido de las mañas de Cortés, su amo, y manifiestas

falsedades. Mirad quién le podia impedir á Diego Velazquez que no

hiciera lo que de la flota quisiera, y de enviar ó estorbar que no

fuera en ella el que le pluguiera, y en especial Cortés, que no osaba

boquear ante él, y que no sabia, al ménos en lo exterior, qué placer y

servicio hacelle; y del mismo jaez de falsedad, por lo dicho, parece

lo que más añide Gomara: «Que Diego Velazquez envió al Amador de

Lares á que indujese á Cortés que se dejase de la ida y que le pagaria

lo gastado, pero que Cortés, entendiendo los pensamientos de Diego

Velazquez, respondió que no la dejaria, ni apartaria compañía, siquiera

por la vergüenza.» Todo ésto es absurdísimo, y que ni sustancia ni

color de verdad contiene ante los ojos y consideracion de los que

conocimos á Diego Velazquez y á Cortés; parecerá tambien claro por

el suceso que hobo el negocio y lo que adelante se dijere. Dice otra

insolencia y superba falsedad, que no le pudo Diego Velazquez impedir

la ida, y que si se pusiera en ello con rigor, hobiera revuelta en

la ciudad, y áun muertes, y que como no era parte, disimuló; propia

arrogancia de Hernando Cortés y astucia con que tiene hasta hoy

engañado el mundo, y los historiadores que escribieron sus hechos en

lengua española, porque dél y dellos era sólo un fin, y éste no otro

sino hacerse ricos de la sangre de aquestas míseras, y humildes, y

pacíficas gentes, como hombres insensibles de los males que loan y

favorecen; todo lo que escribieron no va enderezado sino á excusar

las tiranías y abominaciones de Cortés, como de los demas, y en

abatimiento y condenacion de los tristes y desamparados indios. Mirad

si siendo Gobernador y teniendo la justicia toda en sí de la isla,

Diego Velazquez, y que era adorado y obedecido de todos, por el bien ó

el mal que podia hacerles, dándoles ó quitándoles los repartimientos de

indios, con que los hacia pobres ó ricos, y estando favorecido del Rey

é de los que gobernaban por aquel tiempo á Castilla, pudiera impedir á

Cortés, que era un pobrecillo escudero, criado suyo, y que no comiera

si Diego Velazquez no se lo diera dándole indios, y que estaba en su

mano quitárselos y áun la vida, si quisiera, buscándole achaques,

aunque fuera haciéndole injusticia, que no fuera en su flota ó armada

que como Gobernador del Rey á su costa hacia, sin que hobiera alboroto

en la ciudad ni muertes, y sí el contrario desto que dice Gomara, su

historiador, es verosímil.

CAPÍTULO CXV.

Agora veamos cómo se despachó de la isla de Cuba Hernando Cortés y con

cuán justo principio, para que lo dicho mejor se averigüe. Persuadido,

pues, Diego Velazquez, por Amador de Lares, ó por sí mismo, que

nombrase á Cortés por Capitan general, y nombrado, como es dicho,

entendíase por Diego Velazquez con mucha priesa en el despacho de

Cortés, y el Cortés tampoco se dormia. Iba cada dia Diego Velazquez

al puerto á caballo, aunque estaba junto, y Cortés y toda la ciudad

con él, á ver los navíos y dar priesa en todo lo que se debia hacer;

fué entre las otras una vez, y un truhan que Diego Velazquez tenia,

llamado Francisquillo, iba delante diciendo gracias, porque las solia

decir, y entre otras, volvió la cara á Diego Velazquez, y díjole:

«¡Ah, Diego!» responde Diego Velazquez: «¿Qué quieres, loco?» Añide:

«Mirá lo que haceis, no hayamos de ir á montear á Cortés.» Diego

Velazquez da luégo gritos de risa, y dice á Cortés, que iba á su mano

derecha por ser Alcalde de la ciudad y ya Capitan elegido: «Compadre

(que así lo llamaba) mirad qué dice aquel bellaco de Francisquillo.»

Respondió Cortés, aunque lo habia oido, sino que disimuló ir hablando

con otro que iba cabe él: «¿Qué, señor?» dice Diego Velazquez: «Que si

os hemos de ir á montear;» respondió Cortés: «Déjelo vuestra merced

que es un bellaco loco; yo te digo loco, que si te tomo, que te haga

y acontezca,» dijo Cortés á Francisquillo. Todo ésto pasó, todos

burlándose y riéndose. Andando en este despacho Diego Velazquez á

priesa, ó porque le escarbó el alma la locura, ó por mejor decir la

sentencia discreta y profecía del loco Francisquillo, ó porque sus

amigos y deudos que allí habia, le hablaron de veras, porque hasta

entónces no habian mirado así en ello, y dijeron que como no advertia

el hierro grande que hacia en fiar de Cortés á quien él mejor que otro

conocia, empresa de tan gran importancia y en que tanto á su honra

y hacienda iba, y que era cosa probable y áun cierta que Cortés se

le habia de alzar y quebrar la fe y obediencia que le debia, segun

sus astucias y mañas, y que se acordase de lo que en Baracóa le

urdia y otras cosas cuántas pudieron hallar para persuadille; Diego

Velazquez, tornando sobre sí é viendo que le decian y aconsejaban

lo que, probablemente y segun reglas de prudencia, de Cortés se

podia presumir, determinó de quitalle el cargo y no poner su honra y

hacienda en aquel peligro. Y porque, como queda dicho, Diego Velazquez

comunicaba las cosas de la gobernacion y de aquellas armadas con

los oficiales del Rey, mayormente con el contador Amador de Lares,

no se le guardó la fidelidad que se le debia, y, á lo que se creyó,

el Amador de Lares lo debió á Cortés de descubrir, é, si fué verdad

la compañía y confederacion que de entrambos se dijo, por su propio

interese avisarlo no es cosa de gran maravilla. Finalmente, por una

ó por otra, ó por alguna vía, Cortés lo alcanzó á saber, y no habia

menester más para entendello de mirar el gesto á Diego Velazquez,

segun su astuta viveza y mundana sabiduría; el cual, luégo, la primera

noche que lo alcanzó á entender, despues de acostado Diego Velazquez

y todos del palacio idos, que le hacian en todo el silencio de la

noche más profundo, va Cortés á despertar con suma diligencia á los

más sus amigos, diciéndoles que luégo convenia embarcarse. Y tomada

dellos la compañía que le pareció para defensa de su persona, va de

allí, luégo, á la carnecería, y, aunque pesó al que por obligacion

habia de dar carne á toda la ciudad, tómala toda sin dejar cosa de

vacas y puercos y carneros, y hácelo llevar á los navíos, reclamando,

aunque no á voces, porque si las diera quizá le costara la vida, que

le llevarian la pena por no dar carne al pueblo, quitóse luégo Cortés

una cadenilla de oro que traia al cuello, y diósela al obligado ó

carnicero; y ésto el mismo Cortés á mí me lo dijo. Váse luégo Cortés

á embarcar con toda la gente que pudo despertar, sin estruendo, á los

navíos; ya estaba embarcada mucha de la que con él habia de ir y que

fué. Él ido, ó por los carniceros ó por otras personas que sintieron

su ida, fué avisado Diego Velazquez como Cortés era ido, y estaba ya

embarcado en los navíos; levántase Diego Velazquez y cabalga, y toda

la ciudad espantada, con él, van á la playa de la mar en amaneciendo

el dia; desque Cortés los vido hace aparejar un batel con artillería

y escopetas ó arcabuces, ballestas y las armas que le convenian, y la

gente de quien más confiaba, y con su vara de Alcalde, llégase á tiro

de ballesta de tierra, y parando allí, dícele Diego Velazquez: «¿Cómo,

compadre, así os vais? ¿es buena manera ésta de despediros de mí?»

respondió Cortés: «Señor, perdone vuestra merced, porque éstas cosas

y las semejantes, ántes han de ser hechas que pensadas, vea vuestra

merced qué me manda;» no tuvo Diego Velazquez qué responder, viendo

su infidelidad y desvergüenza. Manda tornar la barca y vuélvese á los

navíos, y, á mucha priesa, manda alzar las velas á 18 de Noviembre, año

de 1518, con muy pocos bastimentos porque áun no estaban los navíos

cargados; fuese de allí á un puerto llamado Macáca, la media sílaba

luenga, 15 leguas, donde el Rey tenia cierta hacienda, y está ocho dias

en los cuales mandó hacer todo el pan caçabí que pudieron hacer todos

los indios é indias del pueblo grande que de indios allí habia, que

sería más de 300 cargas de pan, cada una de las cuales tiene de peso

dos arrobas, con las cuales tiene una persona suficientemente que comer

un mes; tomó los puercos y aves que pudo y todo el más bastimento que

habia deste jaez, diciendo que aquello lo tomaba prestado ó comprado

para lo pagar al Rey, y si el estanciero ó mayordomo no se lo quisiera

dar, bien se puede adivinar cómo le fuera. Dice aquí Gomara, criado y

capellan é historiador de Cortés, que de las causas que movian á Diego

Velazquez, una fué pensar que Cortés se le alzaria como él se alzó

al almirante D. Diego, é oir y creer á Bermudez y á sus deudos, los

Velazquez, que le decian que no se fiase dél, que era estremeño, mañoso

y altivo, amador de honras, y hombre que se vengaria en aquello de lo

pasado. Cuanto á lo primero, bien parece, y parecerá más, que ni él ni

los que aconsejaban estaban engañados, pero en lo que toca á alzarse

Diego Velazquez al Almirante, no compara el alzamiento de ambos bien,

y así habla con ignominia de Diego Velazquez, porque, puesto que Diego

Velazquez fué descomedido con el Almirante y desagradecido, procurando

que la gobernacion que tenia, como Teniente dél, se la diese el Rey

de su mano, para que el Almirante no se la pudiese quitar, lo cual

fué desagradecimiento harto culpable, pero muy diferente alzamiento

fué alzársele Cortés con su flota, hacienda y gastos que habia hecho

tan grandes, y usurparle la jurisdiccion y mando, y, sin tenella,

ahorcar á los que no consintieron en su alzamiento, lo que es propio

de tiranos, y finalmente, quitalle la honra y ser causa que gastase

toda la hacienda que le quedaba, y al cabo hacelle perder la vida y que

muriese con amargura en pobreza, como todo abajo parecerá; cierto, muy

diferente fué el alzamiento contra Diego Velazquez, del que tuvo Diego

Velazquez en perjuicio del Almirante. Aquí parece que debemos notar

cómo se pudieron excusar de no ser partícipes desta rebelion de Cortés,

Alonso Hernandez Puerto-Carrero, Francisco de Montejo, Alonso de Avila,

Pedro de Alvarado, Juan Velazquez y Diego de Ordas, que Diego Velazquez

habia señalado por capitanes de los otros navíos, pues no parece que

pudieron ignorar embarcarse Cortés sin licencia de Diego Velazquez y

de la manera que lo hizo, porque si ellos no estaban embarcados, ¿cómo

se embarcaron de noche sin despedirse de Diego Velazquez? si estaban

embarcados, ¿cómo sufrieron que Cortés alzase las velas y ellos las

alzaron y le siguieron, habiendo Cortés salídose de la ciudad de la

manera dicha, la cual no pudo ser á toda la flota sino clara? No pude

averiguallo, ni parece los tales capitanes poderse excusar de ser

conscios de esta iniquidad, si no fué algun embuste que con su astucia

pudo Cortés inventar; alguna presuncion se puede tener de algunos

dellos, por ser de la misma tierra de Cortés, haber sabido algo del

ensaye.

CAPÍTULO CXVI.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 34 / 38 段