Partieron de allí de Champoton, segun yo creo, puesto que algunos

dijeron que de Lázaro y Campéche, como ya dije, la costa abajo en

demanda de algun puerto, porque habia muchos dias que no lo habian

topado en todo lo que habian navegado por la costa de la isla de

Cozumel, ni de la de Yucatán, por adobar uno de los navíos que les

hacia mucha agua, y á las 10 leguas de Champoton hallaron un puerto,

al cual llamaron, por la razon dicha, Puerto Deseado. Aquí adobaron el

navío, y viniendo una canoa con cuatro indios á hacer sus negocios de

pescar, ó de mercadercillos, los mandó tomar Grijalva, con color de que

aprendiesen la lengua nuestra para servirse dellos por lenguas, harto

inícuamente, no mirando que los hacian esclavos sin se lo merecer, y

los privaban de sus mujeres, y hijos, y á los hijos y á los padres

constituian en angustia y tristeza, y no chica calamidad. Desde aqueste

Puerto Deseado, parecia la gran tierra de la Nueva España, que volvia

á la mano derecha, como hácia el Norte; creyó el piloto Alaminos que

fuese otra isla distinta de Yucatán, estimando tambien que Yucatán

fuese isla. Preguntados los indios que tomaron, qué tierra era la

que parecia, respondieron que era Coluá, la última sílaba aguda; y

esta es la que despues llamamos Nueva España, y como á isla ó tierra

distinta, indució al Capitan que fuesen á ella y tomasen della la

posesion, como si no bastaran mil posesiones que se habian tomado por

los reyes de Castilla en todo este orbe. Salieron, pues, del Puerto

Deseado, por la costa abajo, que corria al Poniente, y vánse mirando

la tierra, y llegáronse á un rio grande, que creo llamaron de Sant

Pedro y Sant Pablo, al ménos agora así se llama, 25 leguas del Puerto

Deseado; por las riberas dél y costa de la mar vieron muchas gentes

que estaban pasmados, mirando los navíos, cosa nunca dellos vista

ántes. Dan luégo á cinco leguas más adelante en otro mayor, cuyo ímpetu

echaba el agua dulce dos leguas y tres en la mar; este rio baptizó

Grijalva de su nombre, y así se llama hoy el rio de Grijalva, el cual,

ó el pueblo, ó la misma tierra, se llamaba por los vecinos naturales

della, Tabasco; es tierra felicísima y abundantísima del cacao, que son

las almendras de que usan por suave bebida, y por moneda en toda la

Nueva España, y en más de 800 leguas, como se dirá, y por ésto estaba

aquella tierra poblatísima y plenísima de mortales. Así que, entraron

por el rio arriba, hasta media ó cerca de una legua, donde estaba el

pueblo principal, donde lanzaron sus anclas y pararon, y como la gente

indiana vido los navíos, todos asombrados de ver barcos tan grandes, y

gente barbada y vestida, y todo de tan nueva manera y diferente arte,

salieron á defenderles la salida en su tierra y pueblo, hasta 6.000

hombres, á lo que se juzgaba, con sus armas, arcos y flechas, y lanzas

de palos, las puntas tostadas, y rodelas de ciertas mimbres ó varillas

delgadas, todas ó la mayor parte cubiertas con unas chapas de oro

fino, de plumas de diversas colores adornadas, y, porque era tarde,

aquella noche toda se pasó en velarse ambas partes. En esclareciendo,

vienen sobre cien canoas llenas de hombres armados á ponerse cerca de

los navíos, y de entre ellas sale una, y acércase más á los navíos,

para que se pudiese oir más su habla; levántase en ella un hombre de

autoridad, que debia de ser Capitan ó principal entre ellos, y pregunta

qué querian ó qué buscaban en tierras y señoríos agenos; esta lengua no

entendia el indio que traian de Cuba, pero entendíanla los cuatro que

habian preso en la canoa, en el Puerto Deseado, y el de Cuba entendió á

éstos, y éstos entendieron á los de Tabasco; y así respondió Grijalva

que él y los cristianos no venian á hacerles mal alguno, sino á buscar

oro, y que traian para pagárselo. Vuelve con la respuesta el Capitan

de la canoa, y da nuevas á su Rey y señor, y á los que las esperaban,

y dice parécele buena gente los cristianos; torna otra vez, y llégase

al navío del capitan Grijalva, sin temor, y dice que á su señor place,

y á todos su súbditos, tener con él y con los cristianos amistad, y

dalles del oro que tenia y rescibir de lo que traian de su patria; el

cual trujo una máscara de palo grande dorada muy hermosa, y ciertas

cosas de pluma de diversas colores y bien vistosas, diciendo que su

señor vernia otro dia á ver los cristianos. Grijalva le dió unas sartas

de cuentas verdes de vidrio, y unas tijeras, y cuchillos, y un bonete

de frisa colorado, y unos alpargates; las tijeras y los cuchillos

fué lo que hizo al caso, porque con aquello pensó el intervenidor de

la paz y amistad que iba bienaventurado. Acordó el Cacique y señor

de la tierra ir á verse con los cristianos, y entra en una canoa,

esquifada de gente, sin armas, y entra en el navío del capitan

Grijalva, tan seguro como si fuera de su propio hermano. Grijalva era

gentil mancebo, de hasta veintiocho años; estaba vestido de un sayon

de un carmesí-pelo, con lo demas que al sayon respondió, cosas ricas.

Entrado y rescibido por Grijalva el Cacique con mucho acatamiento, y

abrazándose, y sentados, comenzóse la plática, de la cual muy poco

el uno del otro entendian, más que por señas y algunos vocablos que

declaraban los indios que habian tomado en el Puerto Deseado, que los

decian al indio que traian de Cuba; todo se creyó que iba á parar

en que se holgaba de su venida y que queria ser su amigo, y despues

de hablado un rato, mandó el Cacique á uno de los que con él habian

venido, que sacase lo que dentro de una que llamamos petaca, segun la

lengua de Méjico, que es como arca, hecha de palma y cubierta de cuero

de venado, traia. Comienza á sacar piezas de oro, y algunas de palo

cubiertas de hoja de oro, como si las hobiera hecho para Grijalva y

á su medida, y el Cacique, por sus mismas manos, comiénzalo de armar

desde los piés hasta la cabeza, quitando unas si no venian bien, y

poniendo otras que con las demas convenian, y así lo armó todo de

piezas de oro fino, como si lo armara de un arnés cumplido de acero

hecho en Milan. Sin el armadura le dió muchas otras joyas de oro y de

pluma, de las cuales algunas abajo se referirán. Cosa digna de ver la

hermosura que entónces Grijalva tenia, y mucho más digna y encarecible

considerar la liberalidad y humanidad de aquel infiel Cacique. Grijalva

se lo agradeció cuanto le fué posible, y recompensó desta manera:

hace sacar una muy rica camisa y vístesela, despues della desnúdase

el sayon de carmesí é vísteselo, é pónele una gorra de terciopelo muy

buena, y hácele calzar zapatos de cuero nuevos, y, finalmente, lo

vistió y adornó lo mejor que él pudo, y dióles muchas otras cosas de

los rescates de Castilla á todos los que con él habian venido. Valdria

el sayon de carmesí, entre los españoles en aquel lugar, obra de 60

ó 70 ducados ó pesos de oro, cuando más, y las otras cosas que dió

al Cacique y á los suyos otros 12 ó 15, pero lo que el Cacique dió á

Grijalva subiria de más de 2 ó 3.000 castellanos ó pesos de oro; entre

las piezas y armaduras que le dió, fué un casquete de palo cubierto

de hoja de oro delgada, tres ó cuatro máscaras de palo, parte dellas

cubiertas de piedras turquesas, que son madre de las esmeraldas,

puestas á manera de obra mosáica, por muy lindo artificio, y parte

cubiertas de hoja de oro y otras del todo cubiertas de oro, ciertas

patenas para armar los pechos, dellas todas de oro, y otras de palo

cubiertas de oro, y otras de oro, y piedras sembradas muy bien puestas,

que las hacian más hermosas; muchas armaduras para las rodillas, dellas

de oro puro, dellas de palo, dellas de corteza de ciertos árboles,

cubiertas todas de hoja de oro; seis ó siete collares de hoja de oro,

puestas sobre otras tiras de cuero de venado; ciertas ajorcas de oro de

tres dedos en ancho, ciertos zarcillos de oro para las orejas, ciertos

rosarios de cuentas de barro cubiertas de oro, y otras sartas de oro

puro huecas; una rodela cubierta de pluma de diversas colores, muy

graciosa; una ropa de pluma y penachos della, vistosa, y otras muchas

cosas cuya postura y artificio era maravilloso, y que, donde quiera,

solas las manos y hechura costara mucho. Díjose que de ciertos indios

que habia tomado Grijalva, cuando comenzó á costear las riberas ó

costa de Yucatán, dejando la de la isla de Cozumel, vido en el navío

este Cacique uno y que lo pidió á Grijalva, y que daria por su rescate

tanto peso de oro cuanto el indio pesase, y que no quiso Grijalva

dárselo por pensar quizá de haber por él más; pero ésto yo no lo creo,

lo uno, porque no hervia tan poco la cudicia en él ni en los de su

compañía que por un indio que hallaron y tomaron con otros en una canoa

pescando, que probablemente se podia creer no ser señor, ni tener más

calidad y hacienda que los otros, dejase seis ó siete arrobas de oro

que podria pesar; lo otro, porque no parece que Grijalva cumpliera con

el comedimiento que con él tuvo el Cacique, no concediéndole lo que le

rogaba, mayormente si fué verdad que le ofrecia el rescate. Finalmente,

como quiera que haya sido, el Cacique quedó contento y los españoles

tambien lo quedaron, y en tanto grado, que de aquí comenzó el ansia de

querer poblar, quedándose en aquella tierra, como vieron tan buenas

señales de su riqueza, y de murmurar de Grijalva porque no lo aceptaba,

como se dirá.

CAPÍTULO CXII.

Saliéronse de aquel rio de Tabasco, que llamaron desde allí el rio de

Grijalva, y fueron costeando lo más cerca de tierra que podian, de

donde vian toda la costa llena de poblaciones y de gentes que salian

á mirar los navíos, que nunca otros habian visto. Yendo su camino con

las barcas, tomaron ciertos indios por fuerza, que iban en una ó en

dos canoas, que no podian causar poco escándalo ni dejaban de ofender

á Dios, trayéndolos contra su voluntad; luégo les preguntaron, por

señas, si habia oro por aquella tierra y respondieron que habia mucho.

Hizo soltar á algunos dellos, diciéndoles que trujesen oro, y que les

pagarian en las bujerías que les mostraron de Castilla. Ya tornaba la

costa de la mar, del Poniente á la parte del Norte, y siguiendo su

camino fueron á surgir con sus cuatro navíos junto á una isleta, que

hoy llamamos Sant Juan de Ulúa, donde agora es el puerto de toda la

Nueva España; ellos le pusieron entónces Sant Juan, y despues, como se

entendió que los indios llamaban á toda aquella tierra Ulúa, añidióse

á Sant Juan, Ulúa, y así se llama el puerto y la isleta, Sant Juan de

Ulúa; el acento tiene la ú segunda. Habia en ella edificios de cal y

canto, y en especial uno muy alto, que debia de ser templo, donde habia

un ídolo y muchas cabezas de hombres, y otros cuerpos muertos, de lo

cual cognoscieron que debian de ofrecer hombres al ídolo, y por esta

causa pusieron nombre á la isla, la Isla de los Sacrificios. Otro dia

parecieron en la costa de la mar muchos indios con unas banderas, y

hacian señas á los españoles que saliesen á tierra; envió el Capitan

á un Francisco de Montejo, con cierta gente, en una barca, para que

supiese de qué arte estaban, si de paz ó de guerra, y qué querian ó

pretendian llamándolos. Llegó á la playa, y vinieron los indios á él

con mucha alegría, mostrándole señales de paz, y como que holgaban de

su venida, y luégo le presentaron muchas mantas de algodon, pintadas

de diversas colores, muy hermosas; pregúntoles por señas, mostrándoles

cosas de oro, si lo habia por aquella tierra, respondiéronle que sí,

é que otro dia tornarian con ello. Tornaron como habian dicho, y

con unas banderas blancas hacian señales y meneos, llamándolos que

saliesen á tierra; salió Grijalva con alguna de su gente, y hallaron

hechas unas ramadas de ramos de árboles, muy frescas, y hojas por el

suelo, donde los españoles se metiesen, por el sol, y en el mismo

suelo estaba la mesa, que era una manta muy hermosa, y sobre ella

ciertos vasos de barro, bien hechos, á manera de escudillas hondas,

llenas de aves, cortadas por menudo, con su caldo oloroso, como hecho

potaje en cazuela; tenian puesto abundancia de pan de maíz, mezclado

con masa de frísoles, que son atramuces, como ellos lo suelen hacer, y

frutas diversas. Ofreciéronles unas mantas de algodon de colores, todo

con grande placer y alegría, como si fueran sus propios hermanos, y

entre otros regalos, que suelen hacer á los huéspedes como ya tenemos

experiencia, dieron á cada español un cañuto encendido, lleno de cosas

aromáticas, muy odoríferas, á la manera de unos mosquetes hechos de

papel, de los cuales traen hácia sí el humo con el resuello, y sáleles

por las narices. Diéronles algunas sartas de cuentas de colores, y dos

bonetes y unos peines, y otras cosillas por ello. Otro dia vinieron

cierta cuadrilla de indios, y dos entre ellos principales, uno viejo

y el otro mozo, que parecian señores, padre y hijo; éstos, ántes que

llegasen al Capitan, pusieron las manos en el suelo y besáronlas,

que debia ser ceremonia significativa de paz y amistad y de buen

hospedamiento, y, ésto hecho, abrazáronle, mostrando grande alegría de

vello, como si fuera su deudo que hobiera muchos dias que no lo habia

visto. Hablaban en su lengua muchas palabras, y el Capitan en la suya,

sin entenderse, pero todo resultaba é iba á parar en mostrar mucho

amor y alegría los indios con su venida, y no menor era el placer de

Grijalva y de los suyos en hallar gente tan buena y benigna, por la

esperanza que de ser ricos de allí se les recrecia. Mandó luégo aquel

señor viejo á sus indios que trujesen luégo ramos y hojas verdes

y frescas, para hacer ramadas, donde los españoles se metiesen, y

en mandar á los indios el viejo y el mozo mostraban, como señores,

autoridad é imperio. Hizo señas el viejo al Capitan que se asentase y

á los otros españoles, y lo primero dió al Capitan y á los españoles,

que bastó, cada sendos cañutos de olores de los sobredichos; iban y

venian muchos indios, todos sin armas, simplicísimamente, que parece

que se convidaban unos á otros á que viniesen á ver á los españoles, y

todos mostraban grande alegría y conversaban con ellos, como si fueran

sus muy propíncuos deudos ó muy amigos vecinos; y lo que más hacia al

caso y deseo de los españoles, fué que comenzaron, por mandado del

señor viejo, á traer muchas y diversas joyas de coral, muy hermosas y

de maravilloso artificio, un collar de doce piezas de oro con muchos

pinjantes, y ciertas sartas de cuentas redondas, de barro, doradas, que

parecian todas oro, y otras de menudas, muy bien doradas; otras piezas

de zarcillos para las orejas, dos máscaras, de obra mosáica, de piedras

turquesas, con algunas puntas de oro, un moscador muy rico de plumas de

diversos colores, como algunas cositas de hoja de oro y otras cosas.

Dióseles por ésto ciertas sartas de cuentas verdes y otras pintadas

que llamamos margaritas, y un espejo y un par de servillas para mujer.

Los indios particulares andaban trocando sus pedacitos de oro y

joyuelas, con los españoles, cada uno segun tenia que conmutar; aquel

dia se pasó en ésto con mucho regocijo de los unos y de los otros, y

abrazando el Cacique al Capitan, rogándole por señas, que otro dia

tornase al mismo lugar y que ternia traido allí mucho más oro. Luégo,

en amaneciendo, el dia siguiente, pareció en la playa mucha gente con

ciertas banderas blancas, que debian ser señales de paz y amistad, los

cuales, un tiro de piedra dentro en la tierra, y apartado de la mar,

tenian ciertas ramadas de árboles y hojas grandes, de las que arriba

dijimos, y desherbado todo alrededor, todo muy fresco y gracioso, para

donde se metiesen los españoles á comer y recrearse. Salió el capitan

Grijalva en tierra, con buen número de españoles, y así como el Cacique

ó señor lo vido, váse á él y pone las manos en el suelo y bésalas, y

luégo abrazó al Capitan con rostro muy alegre, y tómalo por el brazo y

llévalo á las ramadas, y llegados y sentados sobre las hierbas y hojas,

dá de los mosquetes encendidos, llenos de sahumerios, al Capitan y á

los españoles que á par dél estaban, uno á cada uno. Mandó el Capitan

hacer allí un altar, y que dijese misa el capellan que llevaban, y

como el Cacique vido que aquello era señal de religion y ceremonias

del divino culto, mandó traer ciertos brasericos con ascuas y poner

dellos debajo del altar, y otros por allí alrededor ó cercanos del

altar, y echar en ellos incienso y de las cosas aromáticas que solian

ellos á sus ídolos incensar y sahumar, porque las gentes de aquella

Nueva España fueron de las más religiosas que hobo jamás entre todas

las naciones que no tuvieron conocimiento del verdadero Dios. Estuvo

pasmado, y los indios que con él estaban, clavados los ojos, mirando

las ceremonias de la misa, como en los indios siempre se halla tener

grandísima atencion notando los actos y obras que hacer nos ven. Así

que, acabada la misa, mandó el señor traer de comer, y luégo trujeron

ciertos altabaques ó cestillos de pan de maíz, de diversas maneras

hecho y cocido; trujeron frutas de la tierra y muchos platos hondos de

barro, y quizá eran de las calabazas que llaman jícaras, muy pintadas

por de fuera, llenas de potaje de carne bien guisada, que no supieron

qué carne era, y no podia ser sino de aves, las gallinas que llamamos

de papada, ó de venados. Comieron los guisados de buena gana, y dijeron

que les supieron muy bien, y que les parecia que fuesen guisados con

especias. Acabada la comida, mandó traer el Cacique algunas joyas de

oro en granos grandes, aunque parecia estar fundido; algunos zarcillos

para las orejas y narices, ciertas sartas de cuentas gruesas y

menudas, que debian ser la sustancia de madera, pero muy bien doradas;

otras 15 ó 20 cuentas grandes, doradas, y al cabo una rana de oro muy

sutilmente labrada; un ajorca de oro, muy rica, de cuatro dedos en

ancho; otra sarta de cuentas doradas, con una cabeza de leon de puro

oro, y otras sartas con muchas cuentas, y alguna que tenia 70 y más

dellas doradas, y al cabo una rana de oro al propio hecha; un rostro de

piedra, creo que verde, guarnecida de oro, con una corona de oro muy

rica, y encima una cresta de oro y dos pinjantes de oro; un ídolo ó

hombre de oro, pequeño, y con un moscador de oro en la mano, con unas

joyas de oro en las orejas, y en la cabeza unos cuernos de oro, y en la

barriga una piedra que debia de ser turquesa, muy linda, engastonada

en oro. Entre estas joyas, aquí ó en otras partes deste viaje, se dijo

haber rescatado una esmeralda ó piedra preciosa que valia ó que valió

2.000 ducados. Otras muchas cosas les dió, no tan principales, pero

estas fueron las de más valor y más hermosas. Valia todo el oro que

dieron mas de 1.000 ducados, sin el valor de la hechura de algunas

cosas dellas, que pudiera valer más que el oro que tenian. El Capitan

le dió, en pago del presente rescibido, no con qué saliese de laceria,

y fueron las joyas siguientes: un sayo, una caperuza de frisa colorada,

y en ella una medalla, no de oro, sino de las falsas; una camisa de

presilla, con algunas gayas ó labores, de hilo y no de seda; un paño de

tocar; un cinto de cuero, con su bolsa; un cuchillo, y unas tijeras,

y unos alpargates; unas servillas de mujer, unos zaragüelles, dos

espejos, dos peines y algunas sartas de cuentas de vidrio de diversos

colores, todo lo cual valdria en Castilla tres ó cuatro ducados.

Aquel señor Cacique y su gente, estimándose por muy ricos con lo que

Grijalva les habia dado, y áun quizá creyendo que habian engañado á

los españoles en más de la mitad del justo precio, volvieron otro dia

con más ricas joyas para los tornar á engañar. Trujeron seis granos

de oro fundido, grandes, no supe cuánto pesaron; siete collares muy

ricos de oro puro, y otros cuatro collares pequeños de oro, los dos

con sus arracadas y pinjantes de oro, y tres sartas de cuentas doradas,

y nueve cuentas de oro: y un cabo, como patron, tambien de oro; otra

sarta de cuentas de piedras, que ellos tienen por preciosas, y una

ajorca de oro: ésto lo principal. Dióseles por retorno un sayo azul y

colorado de frisa ó paño basto, un bonete de lo mismo, una camisa de

lienzo, un cuchillo y unas tijeras, un espejo y un par de alpargates,

y algunas sartas de cuentas de vidrio. Otro dia tornaron á su rescate

y contratacion, y dió el Cacique á Juan de Grijalva dos granos de oro

que pesaron 12 ó 15 castellanos, un collar de oro de piezas hermosas de

ver, ciertas sartas de cuentas doradas, y nueve cuentas, todas de oro

pero huecas, muy bien artificiadas, con un cabo de oro más grueso; una

máscara de pedrerías, como las que arriba dijimos: pagóle Grijalva con

obra de 4 á 5 reales de valor, conviene á saber, un par de alpargates,

un cinto de cuero con su bolsa, un paño de cabeza, unas servillas de

mujer y dos ó tres sartas de cuentas de vidrio, que llamamos margaritas

por ser de diversas colores, y cada sarta podia ser de 50 cuentas,

como acá vienen comunmente y así las solíamos con los indios tratar y

conmutar.

CAPÍTULO CXIII.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 33 / 38 段