Como Pedrárias supo que estaba ya nombrado Lope de Sosa por Gobernador

de aquella tierra firme, y á él se lo quitaban, y que por consiguiente

le habian de tomar residencia, y él habia hecho tales obras que no

podia ganar por ella nada, ántes, si justicia hobiera, debiera ser

hecho tajadas, temiendo lo que le podia venir, siempre tuvo fin á

salir de la tierra con la mejor color que pudiese, porque Lope de

Sosa en ella no le hallase. Por lo cual, desque hobo asentado la

villa ó pueblo de Panamá, propuso á todos los que allí estaban que

sería cosa conveniente á todos enviar procuradores á Castilla, para

dar noticia al Rey de los servicios que en aquella tierra firme le

habian hecho, y cómo se la tenian sojuzgada, y pedirle las mercedes

que á tales y á tantas obras fuesen proporcionadas. Y veis aquí de la

manera que los tiranos que han destruido estas Indias han tenido á los

Reyes de Castilla encantados, vendiéndoles por servicios ofensas, y

pérdidas, y daños, nunca por súbditos á sus Reyes cometidas, despues

que el mundo fué criado, tales ni tan execrables. Así que, tractando

de quién nombrarian por procuradores, (y lo que se presumió, que

Pedrárias deberia de haber negociado), al cabo se concluyó por todos

que Pedrárias fuese por procurador. Alcanzado lo que deseaba, porque

de una manera ó de otra siempre se hace lo que quieren los que mandan,

mayormente siendo tiranos, acordó de se ir al Darien para disponer su

viaje; mandó al licenciado Espinosa que con la mitad de la gente que

allí estaba fuese descubriendo y robando la tierra, por el Poniente

abajo; púsoles condicion que, de todo el oro y cosas de valor que

robasen, y esclavos que á vida tomasen, partiesen con los vecinos que

quedaban en Panamá y con 30 hombres que iban con él á acompañalle.

Llegado al Darien, luégo escribió al Rey que le diese licencia para

pasar la ciudad del Darien á Panamá y la iglesia catedral, diciendo

que aquel lugar y sitio del Darien era muy mal sano, y que moria y

enfermaba mucha gente, y que los niños no se criaban, como si fuera

mejor y no tan malo el sitio de Panamá. Descubrió Pedrárias su

eleccion de procurador para Castilla al pueblo y á los oficiales del

Rey, diciendo que toda la villa de Panamá y gente de guerra que con

él andaba le habian nombrado que fuese por procurador de todo aquel

reino á Castilla, para que informase al Rey de sus grandes servicios y

trabajos, y que él, por aprovechallos y hacerles todo bien, lo habia

de buena voluntad aceptado. Pidieron tiempo para hablar entre sí y

respondelle: platicaron entre sí algunos dias y volvieron, alcaldes

y regidores, y los oficiales del Rey, é los principales del pueblo,

y un Martin Astete, que habia dejado por su teniente, respondiendo

por todos díjole: «Que él y todos los presentes, y todo aquel pueblo,

le besaban las manos y tenian en gran merced en querer acometer tan

grandes trabajos y peligros, como eran los que se ofrecian en la ida

de Castilla por ellos; pero que habiendo pensado y conferido entre sí

cerca de su camino, hallaban muchos inconvenientes que se recrecerian

por su absencia, y uno era la falta que haria en la conquista y

subyecion, que ellos llamaban y llaman hoy pacificacion, de los indios

de aquellas tierras: otro era no ménos principal, conviene á saber, que

probablemente ido él se seguirian disensiones y pendencias en ellos,

mayormente quedando el licenciado Espinosa, como quedaba, en la mar

del Sur con mucha guerra, de quien se presumia que querria mandallos

á todos con mayor imperio y austeridad que solia, y que aquello no lo

habian de sufrir, y, por consiguiente, habian de seguirse los daños que

por semejantes causas se solian en todas partes suceder, y que ya via

cuántos deservicios se hacian á Sus Altezas.» Respondióles Pedrárias

«que todas eran buenas consideraciones, como de personas prudentes,

pero que él dejaria en ello tan buena órden, que con el ayuda de

Dios no sucediesen inconvenientes, de aquella manera, algunos, y por

tanto que tuviesen por bien su partida, porque, segun lo que entendia

serles á ellos y á todo aquel reino provechosa, por ninguna cosa la

dejaria.» Ellos le replicaron, que le suplicaban no se pusiese en

querer salir de la tierra, porque le hacian saber que por creer y áun

tener por cierto, que en su determinacion deservia al Rey en dejar la

tierra en tanto peligro, que por ningun caso no se lo consentirian.

Tornando á afirmar que convenia é que así lo habia de hacer, cada uno

de los del pueblo, como eran muchos, decia su decidero con libertad,

entre los cuales un Regidor de la ciudad le dijo, más libremente que

él quizá quisiera: «Que aunque él era el menor de los de aquel pueblo,

que él bastaba sólo para si porfiase á irse detenello con echalle unos

grillos, pues el Rey lo habia enviado allí para que los gobernase, y

en su nombre aquella tierra tuviese y defendiese.» Pedrárias, desque

vido que cuasi todos se le atrevian, disimuló con su intento y al cabo

díjoles: «Que pues no consentian en su ida, que por provecho suyo y

de la tierra hacerla proponia, que á su culpa imputasen lo que por

no le dejar ir perderian;» y así cesó por entónces el ansia que de

salir de la tierra cuando viniese Lope de Sosa tenia. Antes que desta

hecha Pedrárias viniese al Darien, de Panamá, los oficiales del Rey

dieron licencia á Diego Albitez para que fuese á hacer un pueblo con

ciertos españoles á la tierra de Veragua, ó porque debian tener poder

del Rey, ó quizá que los padres Hierónimos se lo habian dado cuando á

Pedrárias se lo limitaron, como arriba desto se dijo algo; sabido por

Pedrárias cuando llegó, rescibió grande alteracion, y quisiera luégo

ir á castigar al Diego Albitez, sino que como era muy sagaz y viejo

experimentado, sufrióse y disimuló por entónces por no impedirle la

ida de Castilla, que él tanto deseaba. Salió, pues, Diego Albitez y su

compañía del puerto del Darien con un bergantin y una carabela, y llegó

á la isla de los Bastimentos, que muchas veces los indios della habian

á los españoles hartado la hambre, salió luégo el Cacique y señor

della, con su gente á rescibillos, mostrándoles haber placer con su

venida, puesto que más de creer es que no quisieran más vellos que ver

al diablo. Habidos los bastimentos que allí pudo dalles, partiéronse

para Veragua, y saltando en tierra, de noche, fueron á dar, sin ser

sentidos, sobre el pueblo de un Cacique y señor, llamado Quezbore,

que dormia seguro con su gente, descuidado, sin tal pensamiento;

sintiendo los enemigos, salió con los suyos que pudieron tomar sus

armas, ántes que fuesen desbarrigados de las espadas ó heridos, y

comenzaron á pelear, segun pudieron, los cuales, al cabo, fueron,

como suelen, fácilmente desbaratados, y el Cacique, con muchos de los

suyos y mujeres y hijos, captivos. Viéndose el señor preso y todos los

que bien queria, entendiendo que todo el fin último de los españoles

era robar oro y tener en más lo más fino, dijo al Diego Albitez que

los soltase á él y á los suyos, y los dejase en su tierra, pues no le

habian ofendido, y dalle hia todo cuanto oro tenia; oidas estas nuevas,

sabrosas para Diego Albitez y á los que con él venian, comenzóle á

predicar el Evangelio que predicar solia, y díjole: «Sabé, señor y

hermano Cacique, que sobre el sol y la luna está el gran Dios que nos

hizo á todos y da la vida, el cual á los reyes de España, que son los

señores de los cristianos que acá venimos, ha dado todos estos reinos

y tierras vuestras, y para que os digamos que seais sus vasallos y

os sometais á su Real dominio acá nos envian.» Oido el sonido destas

palabras, el Cacique, porque ni entendia qué queria decir Dios, ni Rey,

ni cristianos, más que todo se resolvia entender que pedia oro, dióle

3.000 pesos de oro y 30 indios por esclavos, porque tambien sabia que

aquel, eso mismo, era su fin y su granjería, y como hasta llegar á ésto

duraba su predicacion, dejó al Cacique y á los suyos algo contentos,

aunque no bien pagados, y tornó á embarcarse y fuese la costa abajo, y

entró en el puerto que Diego de Nicuesa puso puerto del Nombre de Dios,

donde lo hallaron los del Darien, cuando lo fueron á buscar y llamar

para que los gobernase, como á la larga en el libro II, cap. 66 dejamos

escrito, allí hallaron que el navío de hacer mucha agua, sin podella

vencer, se les iba á fondo; forzados desto se tornaron á la dicha isla

de los Bastimentos, donde luégo se les hundió. El señor, Cacique de la

dicha isla, llamado Paruráca (la penúltima luenga, segun creo), los

pasó con su gente en canoas á la tierra firme (que pudiera ó en su

tierra achocallos ó en la mar ahogallos), y desembarcólos en derecho

de la tierra del Cacique llamado Capíra, ó señor de la tierra llamada

Capíra, la penúltima luenga. Este, viéndose corrido y angustiado de los

españoles, que estaban en Panamá y costa del Sur, y que por la otra

parte de la costa del Norte sobrevenian otros españoles, de quien no

esperaba ménos malas obras, constriñóle la necesidad de venirse á poner

en manos de Diego Albitez y sufrir sus tiranías, esperando que, por

venir á dársele por amigo y traerle algun presente (que es costumbre

universal de todos los indios nunca venir las manos vacías), se las

mitigaria. De allí, hechos algunos saltos é insultos contra las gentes

que por allí cercanas habia, tornóse hácia el Nombre de Dios; llegados

allí, acordó el Diego Albitez de asentar en aquel lugar un pueblo, y

púsole por nombre el que Diego de Nicuesa de ántes habia puesto al

puerto que allí hay, conviene á saber, Nombre de Dios, el cual, por

estar cercado de lugares muy bajos y montuosos, y el mismo asiento dél

y todos por allí humidísimos, no tienen número la gente española que de

enfermedades han perecido y mueren cada dia, segun arriba quedó dicho.

Háse allí sustentado por ser buen puerto para los navíos, aunque,

como arriba tambien dijimos, la cudicia y ansia de las riquezas no ha

dejado abrir los ojos á pasar la contratacion la costa abajo, donde con

ménos daños y mucho ménos trabajo se hallara donde poblar, y de donde

se pasara á la mar del Sur. En el suelo deste pueblo, Nombre de Dios,

hay una hierba verde, de hasta un geme de altura, con ciertas ramitas

arpadas, menudas, muy lindas, de una parte y de otra, de hechura de

una pluma de pájaro, la cual, si le tocamos con un palo ó con otra

cualquier cosa, ningun movimiento hace, pero si con el dedo, luégo

todas sus ramitas ó arpaduras y toda ella se encoje, como si fuese una

cosa sensible, viva. Comenzóse á poblar este dicho pueblo, que ya tiene

nombre de ciudad, al principio del año 1520, y porque hay mucho que

decir de las otras partes destas Indias, desde el año de 1518 hasta el

de 20, paremos aquí en la historia de tierra firme, hasta que, cumplido

con lo demas, volvamos á ella.

CAPÍTULO CIX.

Lo que al presente conviene aquí proseguir es el descubrimiento que

Diego Velazquez prosiguió de la tierra de Yucatán, que Francisco

Hernandez de Córdoba, de la manera que en el cap. 96 y los siguientes

referimos, descubrió; y en fin del cap. 98 comenzamos á referir

cómo Diego Velazquez, que la isla de Cuba gobernaba, cognoscido el

descubrimiento que habia hecho Francisco Hernandez y las muestras que

habian visto y traido de la riqueza que la tierra de Yucatán tener en

sí mostraba, determinó de hacer otra armada y constituir por Capitan

della á un Juan de Grijalva; y así, llegado Francisco Hernandez á

la ciudad de Santiago, en canoas de indios, y de sus heridas bien

lastimado, informándose dél y de algunos indios que de allá trujo bien

á la larga de todo lo que de la tierra y gente della sentia, con lo

que por allí habia pasado, hizo aparejar tres navíos y un bergantin

con todo lo al viaje necesario, y con muchos rescates y cosas de

Castilla para los trocar por oro, de que habia cierta esperanza. Halló

voluntarios y bien dispuestos para tornar, y de los que no habian ido

ántes, hasta 200 hombres, pocos ménos ó pocos más. Envió por piloto

mayor de la armada al mismo Anton de Alaminos, que habia descubierto

la tierra con Francisco Hernandez; fueron por capitanes de los tres

navíos un Francisco de Avila, mancebo de bien, sobrino de Gil Gonzalez

de Avila, de quien hay que decir adelante, y Pedro de Alvarado, tambien

mancebo, de quien hay que decir mucho más, y un Francisco de Montejo,

que al cabo fué el que descubrió á la dicha tierra y reino de Yucatán.

Entre otras provisiones que aquesta armada (y todas las destas islas se

hacian de una á otra cuando las iban á sojuzgar) llevaba, era llevar

muchos indios de los naturales para servicio de los españoles, los

cuales al cabo perecian que no fué la más chica jactura dellos y plaga.

Dió su instruccion Diego Velazquez al capitan general Juan de Grijalva,

que por ninguna manera poblase en parte alguna de la tierra descubierta

por Francisco Hernandez, ni en la que más descubriese, sino solamente

que rescatase y dejase las gentes por donde anduviese pacíficas y en

amor de los cristianos. Despachados, pues, y bien proveidos los cuatro

navíos, segun que para semejantes caminos se acostumbraba, salieron

del puerto de Santiago al principio del año de 1518, y fueron á parar

por la costa del Norte al puerto de Matanzas, que está 20 leguas ántes

del de Carenas, puesto que todo es la provincia de la Habana. Tomaron

allí caçabí é puercos y otras cosas de bastimentos de las estancias de

algunos vecinos españoles que allí moraban, y partidos de aquel puerto

y de Carenas, donde tambien por tomar más bastimentos entraron, fueron

á dar en la isla de Cozumel, que está pegada, como arriba se vido, á

la tierra firme de Yucatán, dia de la Invencion de la Sancta Cruz que

cae á tres dias de Mayo. Vinieron ciertos indios á los navíos en sus

canoas, y trujeron unas calabazas de miel, que presentaron al Capitan,

y él dióles de las cosas de Castilla; traia Grijalva un indio, por

lengua, de los que de aquella tierra habia llevado consigo á la isla

de Cuba Francisco Hernandez, con el cual se entendian en preguntas y

respuestas algo, y porque por aquella parte no parecia pueblo alguno,

alzaron velas y fueron costeando la isla, de donde vieron muchas casas

de piedra y edificios de cal y canto, altos y señalados, los cuales,

segun despues se entendió, eran los templos de sus dioses á quien

servian y honoraban. Entre los demas estaba un templo grande, muy bien

labrado, junto á la mar, que parecia una gran fortaleza; surgieron

allí en derecho dél, y no pudieron salir en tierra, como deseaban,

por ser ya tarde. Luégo de mañana vino una canoa llena de indios á

los navíos, y el capitan Juan de Grijalva díjoles, por la lengua que

traia, que deseaba salir en tierra y ver el pueblo, y hablar con el

señor dél y comunicalle, si no le pesase. Respondieron, «que no

pesaria que se desembarcasen,» lo cual hicieron en sus cuatro barcas

los que pudieron en ellas caber. Llegados al templo, que estaba junto

al agua, consideraron los edificios dél, que eran admirables, donde

Grijalva hizo decir misa delante los indios á un clérigo que llevaba;

harto indiscretamente, porque no convenia, por entónces, en lugar donde

tantos sacrilegios se cometian ofreciendo sacrificios al demonio, y

se habian de ofrecer adelante, celebrar el verdadero sacrificio sin

primero espiallo, y bendecillo, y sanctificallo. Tampoco fué decente

que delante de los indios infieles celebrase, pues no adoraban ni daban

el honor debido al Criador de todos que allí se consagraba. Delante

dellos vino un indio viejo, y, á lo que parecia, hombre de autoridad,

y debia ser sacerdote de los ídolos, acompañado con otros, no supe

cuántos, y puso un braserico de barro, bien hecho, lleno de brasa, y

puso cierta cosa aromática, como incienso, de que salió humo odorífero,

con el cual incensó ó perfumó á ciertos ídolos ó bultos de hombres

que allí estaban. Luégo los indios trujeron al Capitan un presente de

gallinas grandes, que llamamos de papada, y algunas calabazas de miel

de abejas. El Capitan les dió de las cosas de Castilla, como cuentas,

cascabeles, peines, espejos y otras bujerías; preguntóles por la lengua

si tenian oro, y que se lo comprarian ó trocarian por de aquellas

cosas, y éste fué, como siempre, el principio de su Evangelio, que los

españoles acostumbraron, y el tema de sus sermones. Mirad qué artículo

de la fe primero, conviene á saber, que habia en el cielo un Señor y

Criador de todos, que se llamaba Dios, les mostraban; pero no fué jamás

otro que si tenian oro, para que los indios entendiesen que aquel era

el fin y último deseo suyo y causa de su venida á estas tierras, de

su viaje y trabajos. Los indios trujeron ciertas piezas de oro bajo,

de las que se ponian en las orejas, por gallardía y adorno de sus

personas, en unos agujeros que de industria se hacen en ellas y en las

narices. Allí mandó apregonar el Capitan que ninguno rescatase oro ni

otra cosa de los indios, sino que lo trujese ante él cuando alguno

viesen que queria rescatar. Preguntaron por el señor del pueblo, y

respondieron que no estaba presente, porque habia ido á cierta tierra

ó pueblo á negociar; bien se pudo creer que presente estaba, porque

costumbre es de los Caciques y señores de los indios mandar á toda

su gente que no digan, cuando viene gente nueva, mayormente desque

cognoscieron los españoles, que están presentes, y ándanse entre sus

vasallos y populares, disimulados, como uno dellos, viendo y oyendo

todo lo que pasa. Como vido, pues, Grijalva que por allí no habia oro

en abundancia, como él y su compañía deseaban, determinó de se volver y

embarcar en sus navíos y pasar adelante, costeando la isla, é correr á

la tierra de Yucatán que se parecia, y que tambien juzgaban ser isla,

y más grande que la dicha Cozumel. Fuéles el viento contrario, que no

podian resistir ni andar adelante, por lo cual acordaron de se tornar

al lugar de donde habian salido, junto al susodicho pueblo; desque los

indios vieron que se volvian y tornaron á surgir é anclar los navíos,

temiendo quizá que no se hobiesen arrepentido los españoles, por no

haber saqueado el pueblo, y que tornaban á lo hacer, no quedó persona

en el pueblo que no huyese, llevando consigo todo lo que pudieron de

sus alhajuelas llevar. Saltaron en tierra los nuestros y hallaron el

pueblo todo vacío, aunque con algun maíz y frutas, que no les supieron

mal, y, tomado lo que dallo quisieron, tornáronse á hacer á la vela y

proseguir la costa adelante, y, dejada la isla Cozumel, comenzaron á

costear la ribera de la tierra de Yucatán, y llegaron á ella el dia de

la Ascension del Señor, que en aquel año cayó á trece dias del mes de

Mayo, y van en demanda del cacique Lázaro, señor del pueblo llamado

Campéche, á quien Francisco Hernandez habia puesto Lázaro, como arriba

se dijo, por haber llegado á aquel puerto Domingo de Lázaro, de quien

rescibieron buen hospedaje y amigable conversacion; y por el camino

vian grandes y hermosos edificios de cal y canto, blanqueados todos, y

torres altas, y éstas eran los templos de sus dioses.

CAPÍTULO CX.

Y porque el piloto mayor de la armada no tuvo buena memoria de la

tierra que él habia descubierto con Francisco Hernandez, el año pasado,

y no recognosció el sitio donde el pueblo del cacique Lázaro estaba, y

así anduvo errado, creyendo que lo habian pasado y quedaba atras, y al

cabo de vueltas y revueltas vido su yerro, por tanto lo que aquí agora

se dirá, más creo que les acaeció en el pueblo de Champoton, donde mal

hirieron á Francisco Hernandez y mataron los 20 españoles, que en el

pueblo de Lázaro, aunque algunos dijeron el contrario. Llegaron, pues,

al dicho pueblo (que, como dije, creo que fué Champoton, y no el de

Lázaro), y surgieron con sus cuatro navíos, cuanto más cerca pudieron

anclar, una tarde. Los indios, como vieron los navíos, salieron

infinitos á la playa, y como de la brega que tuvieron con Francisco

Hernandez quedaron lastimados y escarmentados, aunque ellos tambien

le hicieron no chico daño, segun quedó arriba declarado, toda aquella

noche se velaron, haciendo grandes estruendos con sus trompetas y

atabales, y muchos instrumentos que sonaban; Grijalva, con su gente,

acordaron de saltar en tierra é ir al pueblo con color de coger agua,

ó con verdad si tenia necesidad, que fué tambien el tema de Francisco

Hernandez, y para más seguramente salir, aunque no con discrecion, para

que fuese sin escándalo y ménos turbacion de los indios que estaban en

su tierra y casas pacíficos, lo que debieran mucho mirar, saltaron en

tierra ántes que amaneciese. Manifiesto es que los indios se habian

de turbar, y tener vehemente sospecha que aquella gente nueva les

venia á hacer mal, en especial habiendo padecido los daños pasados que

Francisco Hernandez les hizo, si este pueblo era Champoton, y si era

el de Lázaro bastaba tener noticia que sus vecinos habian rescibido

aquellas malas obras para se alterar y recatar, mayormente, saltando

en su tierra y pueblo, sin su licencia, y de noche. Salieron, pues,

á tierra y pusieron junto del pueblo, ciertos tiros de artillería, y

como los indios, que velaban el pueblo y andaban junto á la playa, los

vieron, vánse para ellos con sus armas, arcos, y flechas, y lanzas,

y rodelas, diciéndoles por sus meneos y señas que se fuesen de su

tierra, y haciendo acometimientos, como amenazas que querian dar en

ellos; entónces el capitan Grijalva comenzó ante los españoles á hacer

protestaciones y justificar su hecho, diciendo que fuesen testigos,

como no venia él ni ellos á hacer mal á aquellas gentes, sino á tomar

agua de que tenian necesidad y pagársela, y otras palabras, harto

propíncuas al viento, y de ningun efecto para excusar los daños y

males que despues sucedieron. Mirad á quién ponia por testigos de sus

protestamientos, y qué aprovechaban no entendiéndolos los indios que

estaban en sus casas, quietos, viniendo gente tan extraña y belicosa,

y que tanto daño les habia hecho el año pasado, y no entrando, como

dicen, por la puerta, pues no les pidieron licencia para entrar en

su tierra; demás de haber entrado de noche, la cual entrada era

manifiesto que habian de engendrar en los ánimos de aquellos justo y

razonable temor y sospecha. Hace decir al indio que traian consigo

de la isla de Cozumel, Grijalva, que no les queria hacer mal alguno,

sino tomar agua y salirse de su tierra, ellos les mostraron un pozo,

que estaba del pueblo un tiro de piedra, diciendo que la tomasen de

allí y se fuesen luégo; van los marineros y grumetes con las pipas,

jorrándolas, y hinchen las otras vasijas que tenian; pareciéndoles que

se tardaban mucho, ó juzgando que se hacian reacios, dábanles, con

amenazas y acometiendo como que les querian tirar las flechas, priesa

que se fuesen, y porfiando mucho los indios en ésto, y los españoles

no yéndose, salieron dos indios de su escuadron y fueron hácia los

españoles, uno de los cuales llevó una cosa como hacha encendida, y

púsola encima de una piedra, hablando en su lengua, como poniendo

término, segun despues pareció, dentro del cual sino se fuesen les

darian guerra; el término fué hasta que se apagase ó se acabase la

lumbre, y como apagada ó acabada la lumbre no se fuesen, dan luégo con

grande alarido los indios en ellos. Los españoles, que no se durmieron,

disparan primero el artillería, y tras ella, con el ímpetu que suelen,

mayormente contra gente desnuda, como son éstos, con las escopetas, que

llevaban algunas, y ballestas, y luégo con las espadas, que son las que

hacen al caso, que los cuerpos desnudos parten por medio, mataron todos

cuantos pudieron. Recogiéronse los indios dentro de un albarrada de

piedra y madera, de un estado en alto, que tenian por cierta parte del

pueblo, y así no tuvieron tanto lugar los españoles de hacelles tanto

mal como les hicieran, y tambien porque el mismo capitan Grijalva, que

de su naturaleza no era cruel, ántes blando, y de condicion buena,

prohibió á los españoles que los persiguiesen. Los indios mataron con

una flecha, en aquel ímpetu, un español y muchos hirieron, entre los

cuales salió tambien Juan de Grijalva herido, quebrado un diente y

otro del todo perdido, y áun lastimada la lengua de un flechazo que

le dieron; despues vinieron algunos indios como á pedir treguas ó paz

y que mostraban querer ser amigos de los españoles, segun parecia, y

convidaban que fuesen algunos españoles con ellos, como si les dijeran

que fuesen á tratar la paz con su señor, segun juzgaban los nuestros.

Envió Grijalva dos ó tres, y llegaron hasta las albarradas, y allí les

dieron una máscara ó carátula de palo, cubierta de hoja de oro delgada,

que en señal de paz enviaba al Capitan el Cacique; iban y venian muchos

indios desarmados á ver los españoles, aunque no se osaban llegar á

ellos. Recogieron su agua y sus tiros de artillería los españoles,

y embarcáronse en las barcas, y así fuéronse á los navíos, dejando

su amor entrañado en aquellas gentes, ó por verdad decir su temor

horrible, de la manera dicha.

CAPÍTULO CXI.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 32 / 38 段