de labradores, que se habia comenzado en tiempo del Gran Chanciller,
y, aunque á pesar del Obispo, lo llegó al cabo, porque el cardenal
Adriano estaba muy bien en ello y los flamencos de calidad, y que eran
cercanos al Rey, por lo cual el Obispo no pudo estorballo. Hiciéronse
muchas cartas y provisiones, cuantas el Clérigo pidió, y diósele
todo el favor y autoridad y personas que lo acompañasen, y de quien
se ayudase, y Cédula de aposento por todo el reino, á las cuales dió
salario el Rey. Llevó cartas comendaticias y preceptivas para todos
los corregidores, asistentes y justicias del reino, y para todos los
arzobispos, obispos y abades, priores, guardianes y todo género de
personas de autoridad, exhortando y encargando á unos, y mandando á
otros, diesen al Clérigo crédito y favor, y le ayudasen, cada uno segun
su oficio y dignidad, á que se moviesen los más labradores que pudiesen
allegarse para venir á poblar estas islas y gozar de las mercedes que
tenia por bien de concederles. Diéronle provisiones las que habia
menester para los oficiales de la casa de Sevilla, que los labradores
que el Clérigo enviase de cualquiera parte del reino los rescibiesen
con gracia y benignidad, y los aposentasen, y mantuviesen en la dicha
casa, y aparejasen los navíos en que habian de navegar; item, para
todos los gobernadores y oficiales destas islas, que los rescibiesen,
y abrigasen, y aposentasen y entregasen las dichas haciendas y
estancias del Rey, y curasen si cayesen enfermos. Finalmente, fueron
muy cumplidos los despachos que pidió, y se le dieron, y entre otras
personas que escogió el Clérigo para que le acompañasen y ayudasen, fué
un escudero, hombre honrado, que parecia persona de bien, porque se
lo rogó el que habia sido maestro del Rey, y que despues fué obispo de
Palencia. Este escudero, llamado Berrio, criado en Italia (y ésto le
bastaba), no tenia tanta simplicidad, ni tuvo tanto agradecimiento como
tuvo el Clérigo, que le nombró y hizo que el Rey le diese salario y de
comer, lo cual él no tenia de propio suyo. A éste, por más honrallo,
quiso que cuando le enviase á algun pueblo á hacer apregonar las
provisiones del Rey, no pareciese que era enviado por el Clérigo sino
como que lo enviaba el Rey, para lo cual le dió aparte provisiones por
sí é hizo que le pusiesen en ella nombre de Capitan del Rey, y éstas,
solamente cuanto á lo que tocaba á publicar las mercedes que hacia el
Rey á los labradores que quisiesen venir á poblar estas islas, y no las
demas que hablaban con los oficiales de Sevilla y á los destas islas,
porque éstas detuvo siempre en sí el Clérigo hasta llegar el número
conveniente de labradores y despachallos á su tiempo. Con todo, para
tener sujeto al dicho escudero, hizo poner en la Cédula de su salario,
que eran 450 maravedís cada dia, por causa dél, «para que vais con
Bartolomé de las Casas, nuestro capellan, á donde le enviamos y hagais
en todo lo que él os dijere.» Aqueste sabia muy bien la poca ó ninguna
afeccion que el Obispo tenia al Clérigo, y cuán contra su voluntad, y
con cuánto pesar suyo el Clérigo negociaba y habia negociado siempre,
y mayormente aquello de los labradores, y porque despachado del todo
el Clérigo, se detuvo tres ó cuatro dias, disponiendo secretamente los
ánimos de los caballeros flamencos, dándoles á entender la vía que
queria proponer, que resultaria en gran provecho del Rey para cuando
del recogimiento de los labradores volviese; váse, no con falta de gran
malicia, el bueno del escudero, á la posada del Obispo á mostrarse
como que se andaba paseando por no se haber querido partir el Clérigo.
El Obispo, como lo vido, díjole, «¿qué haceis aquí? ¿por qué no os
partís?» Respondió Berrio, escudero, «señor, no se parte ó no se quiere
partir el Clérigo con quien el Rey me manda ir»; y como el Obispo,
que fácilmente se alteraba, porque no le sobraba la mansedumbre y
estaba con el Clérigo tan bien, díjole, «andá, ios vos sólo y haced lo
que con él habíades de hacer.» Respondió, «señor, no puedo hacer nada
sin él, porque la Cédula que tengo, reza que vaya con él y que haga
lo que él me dijere.» Manda luégo el Obispo que se raye la Cédula, y
que donde decia, «hagais lo que él os dijere,» se pusiese, «hagais
lo que os pareciere.» El fructo que Dios y el Rey hobo de hacer esta
falsedad en aquella Cédula, por lo que abajo se refiriere parecerá,
y aunque en otras materias, por ser el Obispo Presidente de aquel
Consejo, podia quizá mandar mudar en Cédulas firmadas del Rey, sin
parecer de todo el Consejo, algunas palabras sin cometer falsedad, y
áun en todos los casos hay harta duda podello hacer, al ménos en éste,
porque se hacia con enojo del Clérigo y con malicia no muy menor que
grande y contra voluntad del Rey, y contra lo muy bien ordenado, y
platicado y determinado, como cosa muy provechosa para los reinos de
Castilla y destos, y en perjuicio de todo el bien de acá, no lo pudo
hacer el Obispo sin muy culpada falsedad. De la mudanza y raedura y
subrescripcion y falsedad de la dicha Cédula, el Clérigo, por entónces,
no supo nada. Partióse, finalmente, y con él Berrio, el escudero, y
los demas; saliendo de Zaragoza para Castilla y llegando á algunos
lugares, hacia juntar la gente dellos en las iglesias, donde les
denunciaba, lo primero, la intencion del Rey, que era poblar aquestas
tierras; lo segundo, la felicidad, fertilidad, sanidad y riqueza
dellas; lo tercero, las mercedes que el Rey les hacia, con las cuales
podian ser con verdad, cuanto á los bienes temporales desta vida, sin
cuasi trabajo, bien aventurados; con lo cual, los corazones de todas
las gentes levantaba, porque, lo uno, todo lo que afirmaba, decia, y,
con verdad que lo sabia por vista de ojos y por muchos años lo habia
experimentado, lo segundo, porque tenia en el hablar gran eficacia.
Despues de avisados é informados, poco tardaban en venirse á escribir
para ir á poblar á las Indias, y en breves dias allegó gran número de
gente, mayormente de Berlanga, que sin entrar en ella, teniendo la
villa 200 vecinos, se escribieron más de los 70 dellos, y, para se
escribir, entraron en Cabildo secretamente, por miedo del Condestable,
y enviaron cuatro regidores que lo buscasen por los pueblos donde
andaba, y le rogasen de partes de la villa se acercasen más á ella,
viniéndose una legua de allí, á donde venian todos disimuladamente
para ser de la demanda que traia informados; y entre los que vinieron
fueron cuatro, los cuales los subieron á un pajar, en lo más alto de
la casa donde posaban, cuasi temiendo que las paredes lo habian de
decir al Condestable, y le dijeron: «Señor, cada uno de nosotros no
quiere ir á las Indias por falta que tenga acá, porque cada uno tenemos
100.000 maravedís de hacienda y aún más (lo cual para entónces, y en
aquella tierra, era mucho caudal), sino vamos por dejar nuestros hijos
en tierra libre y real.» No lo hicieron tan secreto que lo ignorase
el Condestable; despacha luégo un escudero, y otro á rogar al Clérigo
que se saliese de su tierra; el Clérigo hacíase reacio, diciendo que
él iria luégo á besarle las manos, y así fué, y hallóle á la salida
de Berlanga, que iba á despedir al obispo de Osma, que con él habia
pascuado; pasaron muchas pláticas, alegando el Condestable que rescibia
grande agravio, y que le rogaba que se fuese á sacar labradores de
otra parte. El Clérigo dijo que así lo haria, por serville, pero que
queria entrar en Berlanga á hacer apregonar las provisiones. Dijo él:
«Si quereis entrar como amigo yo me holgaré mucho dello, y haceros
hé todo buen tractamiento.» Finalmente, se despidió dél, llevando la
Memoria escrita de los que se habian asentado. Mandó luégo apregonar
el Condestable que cualquiera que comprase la hacienda de los que se
habian escripto para las Indias la tuviese perdida, lo cual no mucho
de tiranía distaba. Anduvo el Clérigo por aquellos lugares de señorío,
y cuasi todos se movian á la jornada, y en un lugar del conde de
Coruña, llamado Rello, que era de 30 casas, se escribieron 29 personas,
y entre ellas dos vecinos, hermanos, viejos de setenta años, con 17
hijos; diciendo el Clérigo al más viejo: «Vos, padre, ¿á qué quereis
ir á las Indias siendo tan viejo y tan cansado?» respondió el buen
viejo: «A la mi fe, señor, dice él, á morirme luégo y dejar mis hijos
en tierra libre y bienaventurada.» Un poco ántes desto, andando por
aquellos lugares, el bueno de Berrio pidió muchas veces licencia al
Clérigo para se ir al Andalucía, donde era casado; el Clérigo decíale
que no se la podia dar, porque aquel era el negocio por que el Rey le
daba salario, y por entónces andaban por aquella tierra donde hallaban
gente propia para estas partes, que, cumplido por aquella tierra lo
que el Rey mandaba, tiempo vernia cuando fuesen de los puertos abajo,
porque, en fin, todo se habia de andar. El cual, como vido que pedir
licencia al Clérigo era por damas, vino un dia con las botas calzadas
á despedirse del Clérigo, diciendo que viese lo que le queria mandar,
porque queria ir á la Andalucía, y que allá haria él lo que el Rey
mandaba. El Clérigo, de su insolencia quedó admirado, y no le quiso
hablar, pensando luégo quitalle el salario, creyendo que la Cédula
donde se lo señalaba estaba vírgen como se la habia dado; fuese
algunos pasos con él un escudero cuerdo, llamado Francisco de Soto,
de los que con el Clérigo tambien andaban, y diciéndole que cómo se
iba sin licencia del padre Casas, pues sabia que le podia quitar el
salario diciendo la Cédula dél que lo acompañase y hiciese lo que él
le dijese, respondió: Por eso vengo yo bien proveido, que donde decia
«hagais lo que él os dijere», se puso «hagais lo que os pareciere»,
donde le constó ésto y creo que lo más. Tornó luégo el Francisco de
Soto al Clérigo, diciéndole: «Señor, no os quejeis de Berrio, sino
del obispo de Búrgos y de los demas que son vuestros enemigos, que
os trabajan desbaratar cuanto sudais y trabajais.» Váse Berrio al
Andalucía y estáse de reposo en su tierra comiendo á costa del Rey,
é cuando le pareció váse á Antequera y allega 200 personas, los más
taberneros, y algunos rufianes y vagabundos y gente holgazana, y
los ménos labradores, y dá con ellos en Sevilla y en la Casa de la
Contratacion. Los oficiales de la Casa, como no tenian Cédula ni mando
del Rey, porque el Clérigo no la habia enviado por no ser tiempo ni
sazon, segun la órden que llevaba, viendo tanta gente no sabian qué
se hacer, y al fin acordaron, porque allí no se desbaratasen, porque
ya sabian en general la poblacion que el Rey hacer mandaba, por otras
cartas, con esperanza que el Clérigo enviaria las Cédulas, embarcallos
en unos navíos que para partir estaban y enviallos. Llegaron á esta
isla y ciudad de Sancto Domingo, donde tuvieron mayores peligros y
trabajos, porque como los oficiales del rey no habian rescibido Cédula
tampoco alguna del Rey, ni mandado, porque el Clérigo no la habia
enviado por la razon dicha, ningun remedio se les dió ni lo tuvieron
sino morirse muchos dellos y henchir los hospitales de los demas, y
de los que escapaban y sanaban hiciéronse taberneros, como quizá lo
eran ántes, y otros vaqueros, y otros irse hian á robar indios á otras
partes. Súpose tarde: el Clérigo dió voces al Rey y al Chanciller,
que era venido ya, notificándoles y afeándoles el mal recaudo que el
Obispo habia causado; mandólo luégo remediar el Rey, puesto que fué
en balde, y este remedio fué que mandó envialles 3.000 arrobas de
harina y 1.500 de vino, pero cuando acá llegaron, ya no habia hombre
dellos á quien se diese ni dello se aprovechase. Aqueste fructo salió
de haber falseado la Cédula real, despues de firmada, por contradecir
el Obispo al Clérigo por su propia pasion en negocios que al mismo
Obispo incumbian, y por ellos debiera mucho amallo. Desque vido el
Clérigo la mucha gente labradora que se movia, y que los Grandes dello
se agraviaban, y tambien que Berrio se le habia alzado, acordó de no
mover más de los movidos y se tornar á la corte para que el Rey en lo
uno y en lo otro pusiese remedio, como en cosa que tanto le importaba,
y que solo él convenia poner la mano. Dejó toda la gente movida por
los lugares, con buena esperanza que volveria presto y que iba por
recaudo para sacallos. Llegado á Zaragoza, lo primero que hizo fué ir
al mismo Obispo, por convencello como que queria, dándole buenas nuevas
del buen suceso del negocio primero que á otro, alcanzar su gracia, y
diciéndole: «Señor, no sólo 3.000 labradores, á que yo me ofrezco, pero
10.000 podrá vuestra señoría enviar, si quiere, á poblar las Indias,
que irán de muy buena gana; la muestra dello traigo, que son 200
vecinos y personas escripias, y á ir obligadas, y no traigo más por
no escandalizar los Grandes, hasta dello dar al Rey parte.» Respondió
el Obispo (Dios sabe con qué ánimo): «¿Cierto, cierto?» «Si señor,
cierto, cierto.» «Por Dios, dijo él, que es gran cosa, cosa grande es.»
Besadas las manos, y á lo que parecia ya de lo pasado aplacando, fuese
el Clérigo al cardenal Adriano, que solia mucho gustar de la poblacion
y la favorecia y loaba, y hecha la relacion de lo que dejaba comenzado,
respondió en latin, porque con personas que lo entendiesen siempre lo
hablaba: _vere vos tribuitis aliud regnum regi_, y áun bien pudiera con
verdad decir que no sólo reino, pero reinos daba y más que reinos al
Rey. Pero no mereció el mundo que gustasen dello ni lo entendiesen los
que lo debieran entender; mas el Cardenal, como no pretendia interese
y era de ánimo sincero, íbalo entendiendo como quien carecia de
impedimentos; y porque ya estaba el Rey de camino y la corte mudándose
para Cataluña y Barcelona, y vacaron los negocios por algunos dias, por
tanto quédese lo relatado así, hasta que demos la vuelta sobre ello y
prosigamos lo mucho que miéntras el Rey estuvo en Barcelona sucedió. En
este año de 18, en Zaragoza, hizo el Rey á Diego Velazquez Adelantado
y Gobernador de toda la tierra de Yucatán y de la Nueva España, que
habian descubierto Francisco Hernandez y Juan de Grijalba, como abajo
parecerá.
CAPÍTULO CVI.
Entre tanto que el Rey llega y se asienta la corte en Barcelona,
tornemos á enhilar las cosas que acaecieron en estas Indias por este
tiempo, que ya era el año de 1518; y contando primero lo de la tierra
firme, converná que nos acordemos dónde cesamos de hablar en ella, y
ésto parece arriba, en el cap. 76, donde referimos la justa muerte de
Vasco Nuñez, no por lo que lo justiciaron, porque no pareció á todos
que la causa que le levantaron era verisímile, sino por juicio de Dios,
que tenia bien contadas las muertes injustas é innumerables que él
habia perpetrado en los inocentes indios; y en el cap. 77, con ciertas
y extrañas crueldades cometidas por los nuestros en los indios, aquella
relacion concluimos. Degollado, pues, Vasco Nuñez, fuese de la villa
de Acla, Pedrárias, al Darien, donde halló una carta de los padres de
Sant Hierónimo, en que de parte del Rey le mandaban que no determinase
por sí sólo cosa alguna, sin parecer del Cabildo del Darien, por haber
sabido algunas de sus tiranías y como aquella tierra destruia. Pero
harto poco remedio enviaban los Padres para excusar la destruccion
della, pues eran tan grandes tiranos como él, y quizá más crueles los
del Cabildo; mandáronle asimismo que restituyese todo el oro que habia
robado al Rey y señor Pariba ó Paris, segun se dijo. Debian tener ya
los padres Hierónimos noticia del robo que Badajoz habia hecho al dicho
Cacique, y, por ventura, los avisaron dello Diego Albitez, de quien
habemos hablado harto arriba, ó un Francisco Hernandez, que era Capitan
de la guardia de Pedrárias, que tambien hizo cortar la cabeza como se
dirá, que vinieron á esta ciudad de Sancto Domingo. Así que, al Darien
llegado Pedrárias y vista la carta y mandado de los Padres, ó porque
la gente toda pedia con instancia que les señalase por Capitan general
el licenciado Espinosa, su Alcalde mayor, porque robaba mejor y les
daba para sus crueldades más larga licencia, y Pedrárias no queria que
tanto amor al dicho Espinosa tuviesen, porque no le viniese algun mal
ó inobediencia dello, y cognoscia que los del Cabildo habian de dalle
parecer para que Espinosa fuese elegido, ó porque para todas las cosas
que pensaba hacer sentia que los del Cabildo no habian de seguille,
llamólos á todos á su casa la noche que llegó, y quitóles las varas
y oficios. No por eso dejó la gente de importunar á Pedrárias que
señalase al licenciado Espinosa, en su ausencia, por Capitan general;
finalmente, se lo hobo de conceder, aunque no de alegre voluntad.
Amaban todos la capitanía del Espinosa más que las de los otros, porque
cuando iban con otros capitanes y traian indios captivados, como él
era letrado y Alcalde mayor, unas veces los daba por libres, diciendo
que por no les haber hecho el acostumbrado requerimiento no podian ser
esclavos, otras veces porque habian sido amigos, y así no le faltaban
achaques para dar por libres todas las cabalgadas que los otros traian,
pero en las suyas no se mostraba tan sancto, ántes ninguno que tomasen
á vida les salia, no vendible á su placer, de las manos, y con ésto
era Espinosa muy amado. Que tuviese aquesta industria para traer todos
aquellos siervos de Dios á su amor, porque le siguiesen y ayudasen á
ser bien aventurado, ya en la otra vida, donde al presente muchos dias
há que mora, estará determinado. En este tiempo, acordó el obispo don
fray Juan Cabedo, primer obispo del Darien, irse á Castilla, no supe
con qué fin ó por qué causa; partióse tambien con él, ó por aquellos
dias, Gonzalo Hernandez de Oviedo, Veedor del Rey en aquella tierra
firme, y que via todos aquellos estragos que se hacian en que no tenia,
como arriba parece, chica ni poca parte. Vínose por la isla de Cuba
el obispo don fray Juan Cabedo, donde algunos dias estuvo, y como ya
en aquella isla se sabia lo que pretendia el clérigo Casas, que era
poner los indios en libertad, Diego Velazquez y los demas comenzaron á
dar quejas y blasfemar del clérigo Casas, que los destruia, al señor
Obispo, que áun de sus errores no estaba alumbrado. Díjose que se
ofreció al Diego Velazquez y á los que presentes algun dia de aquellos
estaban, de hacer echar al Clérigo de la corte. Tambien le dió cargo
Diego Velazquez, ó él á ello lo provocó, de negociarle que el Rey le
diese la gobernacion de tierra firme, y que se obligaba á poner buena
órden por aquella tierra en indios y en cristianos, en lo cual, de
su propia hacienda, gastaria 15.000 castellanos. Bien se creyó que
Diego Velazquez, untó al señor Obispo las manos. Tornando á Pedrárias,
nombrando por su Capitan general, á importunacion de la gente, al
licenciado Espinosa, tornóse luégo á la villa de Acla, con intencion
de hacer un pueblo en la mar del Sur, y mandó al licenciado Espinosa
que con cierta gente que estaba en Pocorosa, se fuese hácia Panamá,
donde por ser lo más angosto y estrecho de la tierra, de la una á la
otra mar, deseaba poblar por aquella comarca. El se fué á entrar en
los navíos, y navegó hasta la isla de Taboga, con cierta cautela,
diciendo que fuesen á buscar las riquezas de aquella mar del Sur, y
era por cansar la gente, para que de cansados, viéndose sin provecho
alguno de lo que deseaban, deseasen asentar y poblar por allí, puesto
que como aquella costa de Panamá es sombría de arboledas y algunas
ciénagas teníanla todos aborrecida. A la sazon llegó Espinosa con
la gente que traia, cuando Pedrárias tornó de la isla de Taboga, y
juntos en tierra, los unos y los otros, Pedrárias tornó á tractar de
que por allí se poblase, mayormente que un Bartolomé fulano dijo que
habia visto por aquella costa un buen puerto, grande y seguro, que con
la menguante queda en seco cuasi media legua; donde al fin metieron
seguramente los navíos, de que no poco Pedrárias fué alegre. No pudo
entónces con la gente acabarlo, porque dellos se holgaban de andar
salteando pueblos, robando el oro que hallaban, y haciendo las gentes
que prendian esclavos, dellos, quizá, porque recogerse á pueblos les
era como si se metieran en religion y debajo de reglas graves, porque
tenian más licencia para cada uno vivir segun queria andando como
andaban. Acordó de los despartir y cansar, dándoles lo que deseaban,
y mandó á Espinosa que tomase 150 hombres, y con ellos, en un navío
de aquellos y en las canoas que allí tenian, se embarcasen y fuesen
á cobrar el resto del oro que á Badajoz habian los indios tomado.
Fueron de buena gana, y, saltando en tierra, entraron en las canoas,
subiendo por el rio de Pariba ó de Paris, de que arriba hemos hablado,
y metiéronse en una espesura de monte, y cuando esclarecia dieron en
el pueblo, y matando y captivando los que hallaban llegaron á la casa
del rey é Cacique, llamado Cutara, que estaba muerto, y al rededor de
él habia puesto, en piezas de diversa hechura, más de 30.000 pesos
de oro que tenian aparejado para enterrallo con él, dello de lo que
habia perdido Badajoz, y dello de lo suyo, y aquí cesó la tentacion
y ánsia que Pedrárias y todos tenian de recobrar el resto de aquella
gran pérdida que todos lloraban, y no ménos el obispo de Búrgos, haber
Badajoz causado á Castilla, perdiendo por su culpa ó indiscrecion,
segun ellos decian, el oro que con tan execrables pecados, robado á
sus propios y legítimos dueños y poseedores, habia. Recogióse luégo
Espinosa y sus compañeros á las canoas y volviéronse á la boca del rio,
donde quedó esperándolos el navío. Desde allí envió Espinosa de los
indios que llevaba captivos, á llamar al sucesor del Cacique muerto,
que era un muchacho, el cual, de miedo vino y trujo un presente de oro,
rogando que le diese su gente, que le llevaba presa, y así dijeron que
lo hizo; no supe si el número de los presos íntegro restituyó, que
habia captivado. Con esta victoria, y que por felicidad y buena ventura
tuvieron, alzó sus velas y fueron á cargar de maíz y bastimentos el
navío á la tierra del rey Paraqueta, y de allí dió la vuelta á la
tierra de Panamá, donde Pedrárias con los demas estaba, el cual con
grande alegría y triunfo fué rescibido. Mandó Pedrárias enterrar el
oro allí, con intento de hacer algun ademan á la gente, de los que
solia; tornó á persuadirlos que convenia poblar por allí, y todos,
como de ántes, resistian. El, movido á ira, dijo, «pues no quereis,
desentiérrese todo ese oro, y restitúyase á su dueño que es el Cacique
y gente de Pariba ó de Paris, porque así me lo mandan los padres
Hierónimos, y vámonos todos á Castilla que á mí no me faltará de comer
allá.» Como tocó aquí, como si les lastimara en la lumbre, blandearon,
y el mismo licenciado Espinosa tambien, y dijéronle que poblarian en
ciertas partes la costa abajo, cerca de allí, donde habia mejor aparejo
de çabanas herbazales para pasto de cualesquiera ganados, y otras cosas
para edificar pueblos necesarias; concedióselo Pedrárias por entónces,
fingidamente, y díjoles: «Pero, entre tanto que se nos ofrece más
comodidad, depositemos el pueblo, que á donde decís habemos de hacer,
sobre este puerto, pues poco aventuramos cuando nos hobiéremos de mudar
en dejar las casas de paja.» Concedido ésto por todos, llamó Pedrárias
á un escribano que asentase por escrito como allí depositaba una villa
que se llamase Panamá, en nombre de Dios y de la reina doña Juana y de
D. Cárlos, su hijo, y protestaba de la defender en el dicho nombre á
cualesquiera contrarios, la cual, quedó siempre allí desde aquel año,
que fué de 1519, hasta hoy que se cuenta, y durará cuanto Dios tuviere
por bien de castigar á todos los que, á robar las tierras ajenas, y
oprimir y captivar las personas que en sus tierras y reinos pacíficos
vivian, por allí pasan al Perú y á las otras partes de aquel Ultramar;
porque en obra de veinticinco ó veintiocho años, más son muertos de
40.000 hombres idos de España, de malas enfermedades, por ser la tierra
calidísima y humidísima, en ella y en la villa del Nombre de Dios por
la misma causa; y es cosa digna de considerar que haya sido tanta la
ceguedad de los del Consejo del Rey y de todos los que allí envian
á gobernar, que nunca hayan tractado de mudar aquellas de aquellos
lugares, habiendo muchas partes en aquellas dos costas de mar y
puertos buenos en ella, cognosciendo manifiestamente ser ambos lugares
pestilenciales. Pero por los pecados dellos y de toda España, que van
por allí á cometer, no permite Dios que vean ni adviertan lo que tanto
daño hace á España. Repartió Pedrárias todos los pueblos de indios
entre los españoles que allí se avecindaron, que era y fué siempre el
fin de su felicidad.
CAPÍTULO CVII.
Y porque hablando en una historia, Tobilla, que presumió hacer (tan
ciego como los otros), desta poblacion de Panamá, dice, que esta
costumbre de repartir y encomendar aquellas gentes á los españoles
que las conquistaron, nació de cierta relacion que el almirante D.
Cristóbal Colon dió al rey D. Hernando, diciéndole que los indios que
en la Española habia hallado eran incapaces para toda doctrina, y que
para ser instruidos en la fe de Cristo habian menester cada pueblo
por preceptor un cristiano, por cuya carta el Católico Rey, con celo
sancto, pidió licencia al Papa Alejandro VI para ello, la cual por él
le fué concedida, que los encomenderos les mostrasen las cosas á la
fe debidas. Estas son palabras formales de Tobilla. Es aquí razon de
desengañar á los que aquel pobre hombre tan falsa y perniciosamente
quiso dejar engañados, con gran perjuicio de su ánima, levantando al
Almirante D. Cristóbal Colon tan gran testimonio, que hobiese tan
malamente de incapaces á los indios infamado, de lo cual se verá claro
el contrario en el discurso del primer libro desta Historia y en el
segundo; y mucha mayor blasfemia osó imponer al Papa que hobiese dado
licencia para que los pueblos y ciudades populatísimos se hobiesen
de deshacer, y repartirse tanta multitud de gentes, como si fueran
ganados, entre personas seglares, idiotas, y comunmente viciosas, para
les enseñar las cosas de la fe que ellos no saben. Como si el Papa
ignorara ser tal repartimiento, y por tal causa, contra toda razon y en
deshonor y derogacion de la fe y religion cristiana, y en perjuicio de
tan inmenso número de ánimas. Y que todo ésto que escribió sea falso,
y de toda verdad contrario, parecerse há por evidencia clara en la
Bula de la concesion destas tierras á los reyes de Castilla, que hizo
el mismo papa Alejandro, donde, refiriendo en su Bula el descubrimiento
destas Indias, que el dicho Almirante habia referido á los Reyes
Católicos, y los Reyes Católicos al Papa, dice estas palabras: _In
quibus quamplurimæ gentes pacifice viventes, et ut asseritur nudi
incedentes, nec carnibus vescentes, inhabitant, et ut præfati nuncii
vestri possunt opinari, gentes ipsæ, insulis et terris prædictis
habitantes, credunt unum Deum creatorem in cælis esse, ac ad fidem
catholicam amplexandum et bonis moribus imbuendum satis apti videntur;
spesque habetur quod si erudirentur, nomen salvatoris Domini nostri
Jesu-Christi in terris et insulis prædictis facile induceretur_. Quiere
decir, para los que no entienden, que en aquellas islas y tierras
que el almirante D. Cristóbal Colon habia descubierto, habitaban muy
muchas gentes que vivian pacíficamente, y andaban desnudas, y que no
comian carne, y, que, segun el Almirante y los que con él á descubrir
fueron pudieron entender, las dichas gentes creian un Dios criador
estar en los cielos, y que para rescibir nuestra fe católica y ser
enseñadas en buenas costumbres parecian ser bien aparejadas, y que
se tenia esperanza que si fuesen instruidas y predicadas, fácilmente
el nombre de nuestro Salvador Jesucristo en ellas se arraigaria.
Manifiesta cosa es que, diciendo el Papa estas palabras á los católicos
Reyes, respondia segun la relacion que los Reyes le habian destas
gentes enviado, y ésta no la hobieron sino del Almirante que las habia
descubierto; luégo no es verdad lo que Tobilla dijo que el Almirante
habia dicho al Rey é á los Reyes, que las gentes que habia hallado
eran incapaces para toda doctrina, y, por consiguiente, falsísimo
es y sacrílego decir que, á suplicacion de los Reyes, habia el Papa
dado licencia para que á cada pueblo se pusiese un preceptor seglar
ignorante, ó, por mejor decir, un tirano. Confírmase lo dicho contra
Tobilla, por las cláusulas y preceptos que el Papa puso á los Reyes
sobre la conversion de aquestas gentes, que las enviase á convertir por
varones buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios, espertos, y éstos
no son los comenderos, que cada uno há menester 20 predicadores para
metellos en razon y convertillos, sino los ministros del Evangelio, que
son los prelados, los clérigos y frailes, teólogos y siervos de Dios, y
que otra cosa ninguna temporal pretendian sino dar á estas gentes y á
cualesquiera infieles cognoscimiento del verdadero Dios, y enseñarles
lo que dél han de creer y cómo le han de reverenciar y amar, cumpliendo
y guardando sus mandamientos. La una cláusula comienza: _Hortamur vos
in Domino_..... _populos in hujusmodi insulis et terris_..... _ad
christianam religionem suscipiendum inducere velitis et debeatis_,
etc. Y la otra comienza: _Et insuper mandamus vobis in virtute sanctæ
obedientiæ_..... _ad terras firmas et insulas prædictas viros probos
et Deum timentes, doctos, peritos, et expertos, ad instruendum incolas
et habitatores præfatos in fide catholica et bonis moribus imbuendum,
destinare_..... _omnem debitam diligentiam in premisis adhibentes_. Y
así, queda averiguada la perniciosa falsedad de Tobilla en decir que
el repartimiento de los indios á los españoles habia sido inventado
con autoridad y licencia del Papa, por el Rey Católico informado
y procurado. No fué inventado sino por Satanás y sus ministros y
oficiales, para echar á los infiernos á los españoles y destruicion
de toda España, como cada dia se va su destruicion poco á poco, y
áun mucho á mucho, entablando. El modo y principio que este tiránico
y execrable repartimiento tuvo, en el libro II, cap. 11, y en los
siguientes de esta Historia se hablará; y así, queden desengañados y
cognoscan su mal estado los que tienen indios repartidos, y, como ellos
dicen, en encomienda, y no sólo los que los tienen, pero los que los
procuran, y no sólo quien los procura, pero tambien los que los desean
están en pecado mortal. Y sola esta razon baste, porque tienen á sus
prójimos, que son libres, en captiverio, privados de toda su libertad,
de donde se sigue privar los señores y Reyes naturales de sus vasallos
y señoríos, contra justicia y ley natural, con otras mil desórdenes que
á esta tiranía se allegan innaturales; y ésto ni procurarse puede ni
desearse sin pecado mortal. Así que, desengáñesen los tales, s¡ quizá
hobieren leido la historia de Tobilla, y en ella esta nefanda falsedad,
y por leella creian quedar seguros en sus consciencias robando y
oprimiendo sus prójimos desconsolados, aunque los opresores muy más
malaventurados.
CAPÍTULO CVIII.