de favor nuevo, desta manera: que como entre los caballeros flamencos
que servian al Rey se tuviese noticia del Clérigo y de los negocios
que pretendia, y despues de la muerte del Gran Chanciller no viesen
que sonaba, hobo hombre dellos, movido por sola virtud y con celo de
lo que oia decir, que el Clérigo procuraba la libertad y remedio de
las gentes, que lo deseaba ver y cognoscer y saber dél á la larga
lo que sus negocios contenian, y así lo andaba á buscar, y rogaba á
otras personas que si lo viesen le rogasen de su parte se dejase ver
y cognoscer dél, porque habia dias que lo deseaba; finalmente, un dia
en Palacio se toparon. Quiso el caballero ser informado del fin que
pretendia el Clérigo, y de las causas dél, y lo demas que tocaba á
estas Indias; dióle larga relacion de todo. Quedó espantado de tanta
maldad y crueldades y disminucion de tantas gentes, y pluguiera á Dios
que no fueran más y peores las que despues sucedieron; quedó asimismo
obligado á lo favorecer con cuantas fuerzas tuviese. Cundió toda la
corte aquesta junta de ambos, cuanto á la gente flamenca que es más
blanda y más humana que nosotros, porque aquel caballero era discreto,
pio y buen cristiano, y estimado del Rey y de toda su Casa real, y
luégo derramó por muchos la causa. Fué de aquí adelante el Clérigo
cognoscido de muchos más, y, aunque no visto, loado y amado. Este
caballero se llamaba Mosior de La Mure, sobrino de Mosior de Laxao,
Sumiller del Rey, muy querido, y más que otro ninguno su privado;
púsole con su tio, Mosior de Laxao. Hablóle al Clérigo largo, quedó
tambien de su informacion, como su sobrino, prendado y dispuesto para
le ayudar y favorecer y resistir á los contrarios. Y es aquí de
saber, que cognoscida la causa de los negocios y trabajos del Clérigo,
y la sinceridad con que los negociaba, sin pretender interese suyo
particular, y que al cabo de todos ellos, grandísimo y inestimable
servicio y provecho del Rey resultaba, era tanta la estima y el amor
que todos los flamencos le tenian, que no les parecia sino que en
estar el Clérigo en la corte y negociar lo que procuraba, consistia
la salud del Rey y todo el ser y conservacion de todo su Real estado,
y ésto parecerá más adelante; y no tenia menor opinion del Clérigo el
Cardenal que despues fué Papa, VI Adriano. Aquí en Zaragoza prosiguió
Hernando de Magallanes su demanda, y porque vino un embajador de
Portugal á tractar del casamiento de Madama Leonor, hermana del Rey,
con el rey don Manuel de Portugal, díjose que andaban por matar á él
y al bachiller Rui Faleiro los de la parte del dicho Embajador, y así
andaban ambos á sombra de tejado, y por ésto el Obispo de Búrgos,
cuando se tardaban en el negociar con él despues del sol puesto,
enviaba gente de su casa, que hasta su posada los acompañasen. Aquí,
hablando el Clérigo con el Obispo, delante de algunos á quien tocaban,
refiriendo las tiranías y estragos que en estas Islas se habian
perpetrado, por venir acaso la plática, como siempre le pesaba oillas,
ó cognoscer que en vituperio de su mala gobernacion todo resultaba, ó
porque su insensibilidad le impedia que no las sintiese ni se doliese
dellas ni las remediase, dijo con mucha ira, y para que el Clérigo se
afrentase delante aquellos, y ellos se holgasen. «Pues vos estábades
en las mismas tiranías y pecados;» lo cual, decia porque habia tenido
indios el Clérigo repartidos, como arriba queda declarado, y él no lo
negaba; respondió el Clérigo, no con ménos cólera y coraje; «sí, yo
los imité ó seguí en aquellas maldades, haga vuestra señoría que me
sigan ellos á mí en salir de los robos y homicidios y crueldades en que
perseveran, y cada dia hacen.» Desta respuesta no quedó el Obispo, ni
los presentes, que con lo que habia dicho al Clérigo, por ultrajalle,
se habian gozado, quedaron muy favorecidos ni pagados. No dejaba por
estos disfavores el Clérigo de dar peticiones cuantas queria en aquel
Consejo, aunque al Obispo pesaba, sobre que se prosiguiese lo que en
tiempo del Gran Chanciller se habia comenzado. Proveyeron que fuese
á tomar residencia á los Oidores de la Audiencia de Sancto Domingo,
y á los jueces del Almirante, á un licenciado Rodrigo de Figueroa, y
para que la tomase al Teniente del Almirante de la isla de Sant Juan,
y á Diego Velazquez en la isla de Cuba, á un doctor de la Gama, y
por Gobernador de tierra firme, y que tomase residencia á Pedrárias,
un caballero de Córdoba llamado Lope de Sosa; y porque los españoles
que allí estaban destas islas, habian infamado contra la verdad á los
vecinos naturales de la isla de la Trinidad, que comian carne humana,
y determinaba el Consejo que les hiciesen guerra y los que tomasen
fuesen esclavos, el Clérigo resistió, afirmando que no era verdad, por
lo cual mandaron que se pusiese en la Instruccion real que llevó el
licenciado Figueroa, como el clérigo Bartolomé de las Casas afirmaba,
que los indios naturales vecinos de la isla de la Trinidad no eran
caribes, conviene á saber, no eran comedores de carne humana; que
le mandaba que con toda diligencia, en llegando á esta isla, tomase
sobre ellos informacion y examinase la verdad, el cual así lo hizo con
muchos marineros, y otros de los mismos que la saltearon algunas veces,
y halló que no eran caribes, sino muy modestos y ajenos de aquellos
males, y el mismo licenciado Figueroa me lo afirmó á mí cuando yo torné
de Castilla á esta isla Española. Y viene aquí bien referir lo que,
despues que el clérigo Casas se partió desta isla contra los religiosos
Hierónimos, se hizo en la dicha isla de la Trinidad: fué un navío desta
isla Española á saltear como solian en la tierra firme de Paria, con la
ocasion de ir á rescatar perlas, que por allí habia entónces hartas,
y llegaron á la isla de la Trinidad, y como los indios della vieron
el navío, salieron á la ribera á resistirles la entrada, como habian
quedado tan ofendidos y lastimados de Juan Bono en el año pasado, como
en el cap. 91 queda referido, y porque debieran creer que era el
mismo Juan Bono, daban voces «Juan Bono, malo, Juan Bono, malo,» ó si
creian que eran otros sin Juan Bono, quejándose de Juan Bono, malo,
que tan mala obra les habia hecho, rescibiendo dellos tan buen abrigo
y hospedaje. Respondieron los españoles desde las barcas que no eran
ellos Juan Bono ni venia con ellos, porque aquel era malo, y tenian
razon de decir que era malo, y que por aquella traicion que les habia
hecho, en Sancto Domingo lo habian ya ahorcado, y que porque ellos eran
buenos, y no como Juan Bono, malos, venian á denunciárselo y á holgarse
con ellos y traelles cosas de Castilla, porque los tenian por hermanos;
con todas las otras palabras, mentirosas y fingidas que pudieron
decirles para aplacarlos. Los tristes, con su innata simplicidad y
mansedumbre, creyeron que decian verdad, aunque cuanto á la malicia del
mundo y la experiencia que de nuestra iniquidad y costumbres ya tenian,
era su simplicidad y mansedumbre culpable, y su creencia ó credulidad
fácil y liviana, porque no habian ellos de creer aquellas palabras,
sino presumir que eran peores que Juan Bono, y más sin verdad tiranos,
no teniendo más certidumbre y seguridad que su parla. Creyéronlos,
y rescibiéronlos, y sirviéronlos con todo cuanto tenian y podian,
y despues de algunos dias en que no les predicaban otro Evangelio
sino que Juan Bono era muerto, y que era malo, y ellos buenos, para
los engañar y asegurar, y cuando vieron tiempo y los sintieron más
descuidados, sacan sus espadas y arremeten á las casas, y muertos y
acuchillados, los que quisieron ó pudieron, prendieron cuantos les fué
posible maniatar, y métenlos en el navío y viénense con su presa, con
tan buena guerra ganada, á este puerto y ciudad. Otro dia sácanlos á
vender con pregonero por la plaza, y delante de los padres Hierónimos,
por esclavos, á quién dá más. Sabido por el padre fray Pedro de
Córdoba tan gran maldad y desvergüenza ó insensibilidad de los mismos
Hierónimos, que, teniendo cargo de remediar estas gentes, consentian
venderse en su presencia los inocentes, sabiendo ya las obras de
nuestros hermanos, sin lo impedir ni castigar, fué á hablalles
y castigalles la obra de aquellos y omision suya tan culpable y
execrable; hechos confusos y avergonzados de la culpa, que no pudieron
negar, mandaron que los quitasen de allí é los llevasen á las posadas
de los tiranos, los cuales, despues, no con pregonero, sino callando,
y los frailes Hierónimos disimulando, se cree que los vendieron, y al
cabo en aquella tiranía se acabaron: estos remedios pusieron á estas
gentes los Padres. Luégo el padre fray Pedro de Córdoba escribió al
Clérigo á la corte esta egrégia hazaña cometida en la isla de la
Trinidad, y áun contra la Santísima Trinidad, y en esta ciudad por
los padres Hierónimos confirmada, y, entre otras, le escribió estas
palabras: «Cierto, las cosas veo ir por tales caminos, que yo tengo
de ser forzado á decir lo que siento: _quicquid inde veniat_.» Quiso
decir, como él era prudentísimo y moderatísimo, que los Hierónimos eran
tan infructuosos y ponian tan ningun remedio á la perdicion destas
gentes, que habia de ser constreñido á predicar contra ellos, y como
via que con aquellas tales obras que los españoles obraban en la isla
de la Trinidad, vecina de la tierra donde él tenia los religiosos
predicando á los indios, y que los escándalos y daños cada hora los
esperaba ver por allí, mayormente por el concurso de los navíos que
iban á las perlas, escribió tambien al Clérigo confiando del gran favor
que tenia entendido por las cartas que el Rey y Gran Chanciller le
daba, no creyendo que las cosas eran mudadas, que trabajase de traer
cien leguas en aquella tierra firme, con el pueblo de Cumaná, prohibido
por el Rey y con graves penas, que ningun español osase en ellas entrar
ni conversar, sino que las dejasen para donde predicasen sólos los
frailes Franciscos y Dominicos, porque las obras y escándalos de los
españoles no los estorbasen. Dijo más: que si cien leguas no pudiese
alcanzar, alcanzase 10 solas, y si 10 no pudiese, que negociase unas
isletas que están 15 ó 20 leguas dentro en la mar, apartadas de la
misma tierra firme, que se llamaban entónces las isletas de Alonso,
para que pasaran los religiosos á ellas, y allí entendia de recoger
los indios que huyesen de las persecuciones y vejaciones de los
españoles, y al ménos de aquellos instruirian y salvarian las ánimas;
y en caso que ninguna destas cosas pudiese alcanzar, él determinaba
de revocar todos los frailes suyos á esta isla, y desmamparar del
todo la tierra firme, pues no tenia remedio de impedir los escándalos
y turbaciones que los españoles cada dia causaban en los indios, por
los cuales ningun fructo podian hacer ni sacar de sus trabajos, pues
de todo lo que predicaban á los indios vian los indios hacer á los
que se llamaban cristianos todo lo contrario. Vista esta carta, el
Clérigo se angustió mucho en sentir los impedimentos que ponian á los
siervos de Dios, que con tanto peligro y trabajo allí á los que tanta
necesidad tenian predicaban, y mayor tristeza le sobrevino temiendo que
el padre fray Pedro de Córdoba, que era el Prelado mayor, trayendo los
frailes de allí, toda aquella tierra firme quedase desmamparada, porque
en ninguna parte destas Indias habia persona, que á indios algunos
de todas ellas, dijese cognosce á Dios, ni cosa de la fe y religion
cristiana enseñase, ni tuviese tal cuidado; y segun el deseo que Dios
al Clérigo habia dado, rescibia grande consuelo que allí, por aquellos
Padres, Cristo se predicase, y áun pensaba de se ir allí á trabajar
con ellos y ayudalles en aquella obra, perseverando en su mismo hábito
clerical ó eclesiástico. Habló sobre ello al Obispo y á los del
Consejo, dándoles noticia de la dicha carta, de los estorbos que los
españoles ponian á la predicacion de aquellos Padres y á la salvacion
de las ánimas, y el peligro y daño que habia si los religiosos aquella
tierra desmamparaban, y cuánto en ello se ofenderia Dios, y cuánto
la conciencia del Rey quedaria cargada; por tanto, que les suplicaba
señalasen y interdijesen las cien leguas de tierra que el padre fray
Pedro pedia, que no entrasen españoles que les estorbasen, de donde
procederian grandes bienes y se impedirian muchos males, y el Rey y
ellos cumplirian con la obligacion que tenian de procurar que aquellas
gentes se convirtiesen y salvasen. Respondió el señor Obispo lo que no
respondiera, por ventura, un Contador muy celoso de la hacienda del
Rey y cudicioso de aumentársela: «Bien librado estaria el Rey dar
cien leguas que sin provecho alguno suyo las tuviesen ocupadas los
frailes.» Estas fueron sus palabras, y aún más descaradas; sentencia
harto indigna de sucesor de los Apóstoles que pusieron las vidas por
cumplir lo que á él se le demandaba, y que concedello con estrecho
precepto divino, y so pena de eternal dañacion era obligado; y es la
verdad, que de aquellas cien leguas y de otras 8.000 no ha llevado
el Rey algo, en cuarenta y más años que esto há, sino en habérselas
destruido, robado y asolado, y de aquí se colegirá cuál podia ser la
gobernacion del Obispo, que con tan profunda insensibilidad, en el
fin y fundamento de todo el título y manutenencia del señorío de los
reyes de Castilla sobre aquellas Indias, erraba. Oido ésto, el Clérigo
quedó como pasmado, y aunque no dejó de revolvérsela al Obispo, pero
aprovechó nada, porque no era el señor Obispo tan de fácil tornable,
y entendido el fin que el Obispo pretendia, que sólo era el interese
temporal, y de la conversion de aquellas gentes no se daba un cuarto,
intentó el Clérigo cierta vía para conseguir el fin que los religiosos
y él deseaban y procuraban, para poder decir al Obispo: _pecunia tua
tecum vadat in perditionem_, de la cual sucedieron al señor Obispo
muchas malas cenas é peores tártagos. Esta vía, en los capítulos de más
abajo, si pluguiere á Dios, se relatará.
CAPÍTULO CV.