gran señor y de gran estado, inducido por algunos españoles de los
que habian ido de acá, y que por cobrar la benevolencia y favor de
los flamencos andaban solícitos en dalles avisos harto culpables,
suplicó al Rey le hiciese merced de aquella tierra ó isla grande que se
habia descubierto, que llamaban Yucatán (y ésta era toda la que agora
llamamos Nueva España), porque él la queria ir ó enviar á poblar de
gente flamenca, de su tierra, y se la diese en feudo, recognosciendo
siempre á Su Alteza, como vasallo á su señor, y para que mejor la
pudiese poblar y proveer de lo que conviniese, le diese la gobernacion
de la isla de Cuba; de donde pareció que el que le dió el aviso habia
ido de Cuba, y sabia bien lo que avisaba. El Rey, libremente, como si
le hiciera merced de alguna dehesa para meter en ella su ganado, se la
otorgó, por no saber Mosior de Xevres, que era el consultor principal
de las mercedes, lo que estas Indias eran y lo que al Rey importaban,
mayormente tierra nuevamente descubierta, que debiera considerar poder
ser alguna cosa grande, y de que despues de la haber concedido podia
mucho al Rey pesarle; como es cierto que le pesara, si por la industria
del Clérigo no se estorbara, y fué desta manera: que como ya entre
los flamencos el Clérigo sonaba y comenzaba á tener autoridad, por
ser clérigo y por su demanda, aconsejaron los caballeros flamencos al
dicho Almirante de Flandes, que hiciese buscar al Clérigo, y de su
parte le rogasen que fuese á comer con él (que era manera y uso de
flamencos cuando querian negociar), y que dél sabria lo que valia y
era la merced que el Rey le habia hecho de la tierra de Yucatán, y
cómo para la enviar á poblar de flamencos y para todo lo que á ésto
perteneciese debia guiarse. Fué al llamado del Almirante convidado el
Clérigo, y dél rescibido con grande alegría y humanidad y á la mesa
se le hizo gran fiesta, y la cortesía y favor que suelen hacer por
aquella tierra de Flandes, cuando dicen, «yo bebo á vos, moyseñor», á
los amados convidados, le hizo el mismo Almirante; y alzada la mesa,
quísose mucho informar del Clérigo de lo arriba citado. El Clérigo
le declaró y encareció con verdad qué cosa eran las Indias, y en
especial lo que de aquella tierra nuevamente descubierta se esperaba
de riquezas, segun la muestra que habia dado, y cuán necesaria era la
gobernacion de la isla de Cuba para quien aquella tierra hobiese de
tratar y señorear, con todo lo demas que para el fin que el Almirante
pretendia, con verdad, debia declarársele. Quedó contentísimo y
gozosísimo el Almirante de Flandes de la relacion tan particular que le
hizo el clérigo Casas, y por ella el Almirante quedóle muy obligado;
y como si le hobiera hecho merced el Rey de alguna viña, que de su
casa estuviera un tiro de ballesta, y en la plaza los cavadores para
cultivalla, con la misma facilidad despachó á Flandes, y dentro de
cuatro ó cinco meses vinieron, creo que, cinco navíos al puerto de Sant
Lúcar de Barrameda, cargados de gente labradora para venir á poblar la
dicha tierra. Entre tanto, como el Clérigo vido la merced hecha tan á
ciegas, y en violacion de la justicia que al Almirante de las Indias
pertenecia por sus privilegios, segun los cuales, no sólo en la tierra
destas Indias descubierta, pero en las por descubrir pretendia, y
justamente, derecho, mayormente en lo que no habia duda ninguna, como
era la isla de Cuba, que su padre personalmente habia descubierto el
año de 1494, como pareció en el libro I, cuya gobernacion actualmente
poseia, denunció la dicha merced al Almirante de las Indias el Clérigo,
doliéndose de aquella manifiesta injusticia. Reclamó luégo el Almirante
de las Indias al Rey, y á Mosior de Xevres, y al Gran Chanciller, el
cual iba ya entendiendo los servicios que el Almirante viejo, su padre,
en el descubrimiento deste orbe á los reyes de Castilla habia hecho,
y los agravios grandes que habia rescibido, y viendo la justicia, que
era manifiesta, suspendióse luégo la merced al Almirante de Flandes
hecha, cumpliendo con él diciéndole: que hasta que se determinase el
pleito que el Almirante de las Indias traia con el Fiscal real, sobre
pretender derecho por sus privilegios á todas las tierras que en el
mar Océano se descubriesen, no podia el Rey hacer merced semejante de
ninguna dellas; cuanto más que habia sido informado que la isla de
Cuba, de que ninguna duda se tenia pertenecerle la gobernacion della, y
cuya posesion pacífica ya tenia, no pudo concederla á otro sin su gran
perjuicio. Y así se quedó el señor Almirante de Flandes sin Yucatán y
la Nueva España, que por ventura, si el clérigo Casas no avisara con
tiempo y ayudara lo que con el Gran Chanciller ayudó, hoy la tuviera
y el Rey lo ménos della poseyera. Venidos sus cuatro ó cinco navíos,
cargados de labradores flamencos, á Sant Lúcar, y desbaratado todo su
fundamento, hallándose burlados, ó de enojo y angustia desto, ó que los
probó la tierra, murieron mucha parte dellos, y los que escaparon con
la vida volviéronse á su tierra perdidos; y en ésto pararon los avisos
que los españoles que á la sazon estaban en la corte, destas Indias,
por buscar favor contra el Clérigo, daban y dieron al Almirante de
Flandes y á los otros flamencos. Por este tiempo, en Valladolid, vino
huyendo de Portugal, ó escondidamente por cierta queja que del Rey
tenia, un hombre marinero, ó al ménos sabia mucho de la mar, llamado
Hernando de Magallanes, que en portugués se decia, Magalhāes, y con
él un bachiller, ó que se decia bachiller, que tenia por nombre Rui
Faleiro, á lo que mostraba ser, grande astrólogo, pero los portugueses
afirmaban tener un demonio familiar y que de astrología no sabia nada.
Estos se ofrecieron á mostrar que las islas de Maluco y las demas, de
que los portugueses llevan á Portugal la especería, caian ó estaban
dentro de la demarcacion ó particion que se habia comenzado, aunque
no acabado, entre los reyes de Castilla, católicos, y el rey D. Juan
de Portugal, el segundo, de las partes australes y occidentales, y
que descubririan camino para ir á ellas fuera del camino que llevaban
los portugueses, y éste sería por cierto estrecho de mar que sabian.
Vinieron con esta novedad, primero, al obispo de Búrgos, como sabian
que hasta allí habia gobernado las Indias, aunque por entónces estaba
como galera desarmada, y el Obispo los llevó al Gran Chanciller, y el
Gran Chanciller habló al Rey y á Mosior de Xevres. Traia el Magallanes
un globo bien pintado, en que toda la tierra estaba, y allí señaló el
camino que habia de llevar, salvo que el estrecho dejó, de industria,
en blanco, porque alguno no se lo saltease; y yo me hallé aquel dia
y hora en la cámara del Gran Chanciller, cuando lo trujo el Obispo y
mostró al Gran Chanciller el viaje que habia de llevar, y hablando yo
con el Magallanes, diciéndole qué camino pensaba llevar, respondióme
que habia de ir á tomar el cabo de Sancta María, que nombramos el Rio
de la Plata, y de allí seguir por la costa arriba, y así pensaba topar
el estrecho. Díjele más, «¿y si nó hallais estrecho por dónde habeis
de pasar á la otra mar?» Respondióme que cuando no lo hallase irse ia
por el camino que los portugueses llevaban. Pero, segun escribió en una
epístola un caballero italiano, llamado Pigafetta, Vicentin, que fué á
aquel descubrimiento con Magallanes, cierto iba Magallanes de hallar el
estrecho, porque, diz que, habia visto en una carta de marear, hecha
por un Martin de Bohemia, gran piloto ó cosmógrafo, que estaba en la
Tesorería del rey de Portugal, el estrecho pintado de la manera que lo
halló, y porque el dicho estrecho estaba en la costa de mar y tierra,
dentro de los límites de los reyes de Castilla, debió moverse á venir
é ofrecerse al rey de Castilla, de descubrir camino nuevo para las
dichas islas de Maluco y las demas. Este Hernando de Magallanes debia
de ser hombre de ánimo y valeroso en sus pensamientos, y para emprender
cosas grandes, aunque la persona no la tenia de mucha autoridad, porque
era pequeño de cuerpo, y en sí no mostraba ser para mucho, puesto que
tampoco daba á entender ser falto de prudencia, y que quien quiera le
pudiese fácilmente supeditar, porque parecia ser recatado y de coraje.
Cuéntase dél, en una historia portuguesa, que partiendo dos naos de la
India para el reino de Portugal, en una de las cuales Magallanes iba,
dieron ambas en unos bajos y se perdieron, pero salvóse toda la gente
y muchos de los mantenimientos en los bateles, yéndose á una isleta
que estaba cerca de allí; acordaron que en los bateles se fuesen á
cierto puerto de la India, que distaba algunas leguas, y porque no
cabian todos en ellos, ni podian ir de una barcada, hobo gran contienda
sobre quién iria en el primer barcaje; los capitanes y fidalgos y
personas principales querian ir primero, los marineros y gente baja,
decian que nó, sino ellos. Visto por Magallanes el peligro y porfía
peligrosa en que estaban, dijo: «Váyanse los capitanes y fidalgos, y
yo me quedaré con los marineros y los demas, con tanto que nos jureis
y deis la palabra de enviar luégo, en llegando, por nosotros.» Dijeron
los marineros y gente baja, que si con ellos quedaba Magallanes que les
placia quedar, y en ésto Magallanes estaba en uno de los bateles; ya
que se queria partir, díjole un marinero de los que quedaban, creyendo
que disimulaba para irse: «Señor, ¿no nos prometísteis de quedar con
nosotros?» Respondió él: «Sí,» y diciendo y haciendo salta del batel
en tierra, y dice: «Véisme aquí.» Y así se quedó con ellos, y mostró
ser hombre de verdad y de esfuerzo, y tambien parece que debia de ser
hombre de calidad, pues holgaron de quedarse con él toda la gente baja,
y se apaciguaron y excusó las pendencias, en que todos peligraran. Lo
que demás deste Magallanes hay que decir, se dirá, placiendo Dios,
abajo.
CAPÍTULO CII.
Tornando á proseguir lo que arriba en el cap. 100 contábamos, que
el Gran Chanciller, de parte del Rey, mandó al clérigo Casas; lo
primero que hizo fué ir á los monasterios y dar parte á las personas
religiosas, Priores y Guardianes, que ya tenian noticia de lo que
negociaba, del estado en que Dios parecia que ponia su negocio, cuya
prosperidad todos tambien deseaban, y rogalles suplicasen á nuestro
Señor le alumbrase á en todo lo que dijese ó escribiese para bien de
aquestas gentes cumplir su voluntad. Comenzó y acabó sus memoriales y
dá la traza y órden que habian llevado los frailes de San Hierónimo,
añidiendo algunas otras cosas para el bien y la vivienda de los
españoles, y para que los consiguiesen su total libertad, que le
parecieron haber en aquella faltado; y entre otras dió aviso como
aquesta isla Española, principalmente, y despues las demas, se poblasen
de labradores, pues ya estaba de sus infinitos vecinos naturales
asolada. La órden de la poblacion della hizo desta manera: que el Rey
diese á cada labrador que quisiese venir á poblar en ella, desde que
partiese de su pueblo hasta Sevilla, de comer, para lo cual se señaló
á cada persona, chico con grande, medio real cada dia, y en Sevilla se
les diese posada en la casa de la Contratacion, y 11 ó 13 maravedís
para comer cada dia, de manera que tanto se daba al niño de teta como
á sus padres; de allí, pasaje y matalolaje hasta ésta isla, y en ella
un año de comer, hasta que ellos lo tuviesen de suyo, y si la tierra
los probase tanto, que no estuviesen para trabajar más tiempo de un
año, que lo que demas de un año el Rey les diese, fuese prestado para
que se lo pagasen cuando pudiesen; y porque el Rey tenia ciertas
granjas, que acá llamamos estancias, donde habia indios y algunos
negros, aunque pocos negros, para sus granjerías, que se les diesen á
los labradores donde se fuesen á aposentar, con todo lo que en ellas
de valor habia, salvo los indios que se habian de poner en libertad,
con que sustentasen los indios las dichas labores, ó granjerías algunos
dias; dábanseles tambien rejas y azadas las que hobiesen menester,
y de las tierras cuantas y cuan largas las quisiesen. Habíanlos de
curar y dar las medicinas á costa del Rey, si adolesciesen; item, que
los beneficios de los pueblos que poblasen fuesen patrimoniales, para
que los hijos dellos se opusiesen y los llevasen por méritos como
en el obispado de Valencia. Otras muchas y diversas mercedes se les
prometieron, harto provocativas, á venir á poblar estas tierras, de
los que las oian; y porque algunos de los españoles desta isla dijeron
al clérigo Casas, viendo lo que pretendia y que los religiosos de
Sancto Domingo no querian absolver á los que tenian indios, si no los
dejaban, que si les traia licencia del Rey para que pudiesen traer
de Castilla una docena de negros esclavos, que abririan mano de los
indios, acordándose desto el Clérigo dijo en sus memoriales, que le
hiciese merced á los españoles vecinos dellas de darles licencia para
traer de España una docena, más ó ménos, de esclavos negros, porque
con ellos se sustentarian en la tierra y dejarian libres los indios.
Este aviso, de que se diese licencia para traer esclavos negros á estas
tierras, dió primero el clérigo Casas, no advirtiendo la injusticia
con que los portugueses los toman y hacen esclavos, el cual, despues
de que cayó en ello, no lo diera por cuanto habia en el mundo, porque
siempre los tuvo por injusta y tiránicamente hechos esclavos, porque la
misma razon es dellos que de los indios. Todos los avisos y medios que
dió el clérigo Casas para que en estas tierras viviesen los españoles
sin tener indios, de donde se seguia ponerlos luégo en libertad,
pluguieron y fueron gratos mucho al Gran Chanciller y al cardenal de
Tortosa, Adriano, que despues fué Papa, porque de todo se les daba
parte, y á todos los demas flamencos que dello supieron. Preguntóse al
Clérigo qué tanto número le parecia que sería bien traer á estas islas
de esclavos negros: respondió que no sabia, por lo cual se despachó
Cédula del Rey para los oficiales de la Contratacion de Sevilla, que
se juntasen y tractasen del número que les parecia; respondieron que
para estas cuatro islas, Española, Sant Juan, Cuba y Jamáica, era su
parecer que al presente bastarian 4.000 esclavos negros. Así como vino
esta respuesta no faltó quien, de los españoles, por ganar gracias, dió
el aviso al gobernador de Bressa, que era un caballero flamenco, segun
creo, muy principal, que el Rey habia traido consigo y que era de su
Consejo, que pidiese aquellas licencias por merced; pidióla, y el Rey
luégo se la dió, y luégo ginoveses se la compraron por 25.000 ducados,
y con condicion que por ocho años no diese otra licencia el Rey alguna.
Fué muy dañosa esta merced para el bien de la poblacion destas islas,
porque aquel aviso que de los negros el Clérigo habia dado era para el
bien comun de los españoles, que todos estaban pobres, y convenia que
aquello se les diese de gracia y de balde, y como despues los ginoveses
les vendieron las licencias y los negros por muchos castellanos ó
ducados, que se creyó que ganaron en ello más de 280 y áun 300.000
ducados, todo aquello se sacó dellos, y para los indios ningun fructo
dello salió, habiendo sido para su bien y libertad ordenado, porque al
fin se quedaron en su captiverio hasta que no hobo más que matar. Habló
el Clérigo al Rey afirmándole que Su Alteza debia de hacer merced al
dicho gobernador de Bressa de los 25.000 ducados de su Cámara, porque
les sería muy más barato, segun el daño y deservicio que habia de
rescibir en no asentar la poblacion destas islas, que por entónces se
comenzaba, de lo cual necesariamente habian de suceder otros muchos
inconvenientes y daños; pero como él tenia por entónces poco dinero,
y no se le podia por entónces dar todo á entender, no aprovechó nada.
Dió tambien aviso y modo cómo se comenzase á tractar y saber las gentes
y cosas que habia en toda la tierra firme que por entónces se sabia,
haciendo en las costas ó riberas de la mar della fortalezas, de
trecho á trecho, y que estuviesen hasta 30 hombres en ellas con muchos
rescates y cosas de Castilla para trocar por oro y plata y perlas y
piedras preciosas, y en cada una ciertos religiosos que tractaran de
la predicacion del Evangelio, con lo cual se hobiera todo cuanto oro
y cosas de valor los indios tuvieran, y cobraran con ellos amor y
amistad, y ganaran las voluntades, y á sus tiempos hicieran fortalezas
dentro de la tierra, y desta manera se supieran todos los secretos
della, y con la industria y diligencia y obras de los religiosos las
gentes se fueran convirtiendo, y, por consiguiente, confirmando en el
amistad de los españoles, y de allí haber cognoscimiento de la bondad
y justicia del Rey, y fácilmente se pudieran ganar y atraer á que de
su popria voluntad se le subyectaran y dieran, sabiendo lo que hacian,
la obediencia. No se podrá encarecer cuántos tesoros temporales por
esta vía se hobieran, y, lo que más es, cuán fácil fuera la conversion
de todas aquellas inmensas naciones, sin que una ni ninguna fuera
injustamente muerta, y cuán felice hoy y siempre España fuera; pero
no fuimos dignos de tan precioso é inestimable bien. La causa desta
indignidad fué, y siempre ha sido, algunos tiempos mayor y otros menor,
la ceguedad é insensibilidad, y no sé si les será imputada en el juicio
terrible de Dios, del Consejo del Rey, por señalada é inícua maldad
en no haber tenido por hito y blanco, como fin principal á que todas
sus obras y ordenaciones, leyes y mandamientos, y determinaciones se
habian de ordenar y enderezar, la conversion y utilidad espiritual y
temporal de aquellas gentes, y no en adquirir hacienda para el Rey
é para sí ó para sus parientes y amigos. Y pluguiera á Dios que con
verdad procuraran el provecho y allegamientos de la hacienda real,
pero ni áun ésta procuraron sino de voz y de palabra, permitiendo Dios
que, pues no procuraban por su honra y predicacion de su ley y por la
salud de las ánimas, que así se gastasen, que no cayesen en la forma y
sustancia de la buena gobernacion que en estas Indias eran obligados á
poner, ni en cosa á ella conveniente acertasen, y ésta no era otra más
sustancial que enviar verdaderos pobladores, conviene á saber, gente
labradora, que viviese de cultivar tierras tan felices como éstas,
las cuales de su propia voluntad concedieran los mismos naturales
pobladores y dueños dellas, que eran los indios, y los unos se casaran
con los otros, y de ambas se hiciera una de las mejores repúblicas, y
quizá más cristiana y pacífica del mundo, y no enviar indiferentemente
de todo género de personas desalmadas, que las robaron, escandalizaron,
destruyeron y asolaron y echaron en los infiernos, con increible
infamia de la fe y vituperios inespiables del nombre y honor de Dios. Y
destos estragos y ofensas gravísimas de Dios, y jactura, y disminucion
tan nunca oida del linaje humano, no tiene ninguna excusa el Consejo,
ante Dios, porque no se hicieron en un dia, ni en un año, ni en diez,
ni en veinte, sino en sesenta y más años, y que cada dia lo sabian
por cartas y por relacion presencial de muchos religiosos y personas
graves que les informaban, y por las residencias y otros jurídicos y
autorizados testimonios, y nunca por eso lo remediaron; y, así permitió
Dios, como dije, que no acertasen en cosa de provecho de los reyes de
Castilla, habiendo mil vías y cosas en que pudieran ser, sin daño de
las Reales conciencias, riquísimos, y los más felices Reyes y señores
del mundo, lo que no han sido sino los más necesitados de dineros que
hobo jamás Reyes, habiendo entrado en su poder más de 200 millones
de ducados en oro y plata y perlas y piedras preciosas, lo cual todo
se les ha consumido, como si fuera humo ó una poca de estopa que se
quemara; lo cual, todo, no sólo no les bastó para salir de las grandes
y diuturnas guerras y angustias en que se vieron, pero los reinos de
Castilla y Leon, ó todos los vendieron ó los empeñaron, y así se les ha
parecido, la buena gobernacion que su Consejo puso en las Indias, en
la capa. De todos éstos daños, y pérdidas, y pobreza, y angustia que
á los Reyes y á sus reinos han venido, y otros mayores, que yo tengo
por cierto, que han de venir sobre España, son reos y culpables sólo
los del Consejo que el rey y reyes de Castilla tuvieron, que las cosas
de las Indias tractasen; y puédese afirmar, sin ofensa de la verdad,
segun las reglas de la prudencia, que por las cosas pasadas conjetura
muchas verdades, que nunca Rey del mundo fué tan ofendido ni dañificado
de los que daba de comer, y constituyéndolos por de su Consejo,
ensalzaba, como lo han sido de los suyos los reyes de España. Tornando
al propósito de la historia, en estos dias se comenzó á sonar que el
obispo de Búrgos, y su hermano, Antonio Fonseca, que era Contador mayor
de Castilla, dieron dineros ó al Rey ó á Mosior de Xevres, porque los
oficios que tenian se los confirmasen, y díjose que dieron 16.000
ducados; y no careció de sospecha, porque al cabo con ellos y en ellos
quedaron, como, de lo que abajo se refiriere, parecerá.
CAPÍTULO CIII.
En este año de 17 salió el Rey de Valladolid para ir á tomar posesion
de los reinos de Aragon, y de camino, en Aranda de Duero, se comenzó
á tratar de los medios que el Clérigo habia dado; y como cosa
señaladamente importante y necesaria para poner los indios en libertad,
que era el fin del Clérigo, porque cesase la muerte de los indios que
cada dia en estas islas se celebraba, trabajó que lo primero en que
se entendiese fuese la poblacion de los labradores. Allí, en Aranda,
se comenzó á hallar en el negocio el obispo de Búrgos, ó porque los
oficios habia comprado, si fué verdad, ó porque Mosior de Xevres y
el Gran Chanciller, por su autoridad y como quien tantos años habia
estas Indias gobernado, aunque muy mal gobernado, quisieron á los
negocios llamarle, y, tractándose, cuanto podia resistia el Obispo al
Clérigo, aunque moderadamente; en especial resistia la poblacion de los
labradores, diciendo que habia él trabajado á los principios de enviar
labradores á esta isla, y fueron estas sus palabras: «Ahora veinte años
quise yo enviar labradores y no hallé 20 que allá pasasen.» El Clérigo
afirmaba que él llevaria 3.000 labradores, cumpliendo el Rey con ellos
lo que se habia propuesto de su parte se les habia de notificar, y
daba la razon el clérigo Casas, que cuando el Obispo queria enviar
labradores á esta isla, que era sola la tierra destas partes donde
habia españoles, la mayor pena que á algun malhechor delincuente, fuera
de la muerte, se podia dar, era desterrallo de Castilla para acá,
como en el primer libro relatamos que los Reyes habian mandado que se
desterrasen para esta isla los condenados; pero despues, el tiempo
adelante, el mayor tormento que á los españoles, sacada la muerte, se
daba, y, cierto, los atormentaba más que otro, por grande que fuese
el dolor ó el trabajo, era desterrallos desta isla para España: y ésto
en el segundo libro, hablando de la gobernacion del Comendador Mayor
de Alcántara, lo declaramos. Aquí, en Aranda de Duero, cayó enfermo
el Clérigo, y así cesó de tratarse de los negocios de las Indias en
los dias pocos que el Rey allí estuvo, y estando el Clérigo en la
cama enviólo á visitar el Gran Chanchiller con un capellan suyo,
flamenco, persona de virtud, y con él una peticion que le habian dado
en perjuicio del Almirante, llena de muy gran falsedad, rogándole
que la viese y le enviase su parecer; la cual vista, y doliéndose de
la malicia que por ella el dador significaba, puesto que con gran
calentura, se asentó en la cama y escribió en latin la sustancia que
contenia, y desengañó al Gran Chanciller declarándole lo que del caso
sabia, segun la verdad. Fuese luégo el Rey de Aranda para Zaragoza,
y muchas veces por el camino hablaba el Gran Chanciller del Clérigo,
mostrando mucho pesar de su enfermedad, y, como que lo hallase ménos,
decia: «¡Oh! ¿qué tal estará micer Bartolomé?» Porque micer llaman los
flamencos á los clérigos, y así comunmente todos los flamencos, y el
Rey mismo, lo nombraban. Tuvo por bien Dios de darle salud en breves
dias, y, como el Rey iba despacio, ántes de Zaragoza lo alcanzó, y
subiendo al aposento del Gran Chanciller, en cierto lugar, fué muy
grande el alegría que de vello rescibió, y el favor que rescibiéndolo
le hizo; y cuando el Clérigo subia descendia D. García de Padilla,
del Consejo del Rey, persona muy eminente, letrado y caballero, y del
Rey muy estimado, y díjole: «Subí, subí, padre, y consolá al Gran
Chanciller, porque, por vuestra vida, que os tiene ya llorado,» todo
ésto era señal de la estima que del Clérigo se tenia, y cuán de gana el
Gran Chanciller habia tomado los remedios destas Indias en las manos,
con la confianza que de la industria y avisos del Clérigo rescibido
habia. Llegado el Rey á Zaragoza y asentada la corte, quisiera luégo
el Gran Chanciller proseguir en el negocio, hasta acabarlo, destas
Indias, pero cayó enfermo el obispo de Búrgos, que lo impidió, porque,
segun pareció, debian tener determinado que el Obispo se hallase en
los Consejos y expedicion de los negocios destas Indias, ó por los
dineros que él y su hermano dieron, ó por sola la autoridad de sus
personas, que siempre fué mucha en aquel reino, y así dilató el Gran
Chanciller la prosecucion de las cosas comenzadas para la reformacion
destas Indias, hasta que el Obispo sanase y pudiese hallarse en ellas.
Entre tanto recibió una carta el Clérigo, de Sevilla, del padre fray
Reginaldo, de quien arriba en el cap. 99 hicimos mencion, haciéndole
saber cómo habia llegado allí de la tierra firme un religioso de Sant
Francisco, llamado fray Francisco de Sant Roman, que afirmaba por
sus ojos haber visto meter á espada y echar á perros bravos sobre
40.000 ánimas de indios, y ésto fué lo que arriba referimos en el cap.
72. Esta carta mostró el Clérigo al Gran Chanciller, de que quedó
maravillado, y díjole que fuese al Obispo y lo visitase de su parte, y
le mostrase aquella carta, como si le quisiera enviar á decir que se
avergonzase y conociese su culpa, pues tan mala gobernacion en estas
tierras habia puesto, y parecia que la intencion del Gran Chanciller
era, enviando al Clérigo á visitar de su parte al Obispo, darle ocasion
para que no lo aborreciese, porque dos veces habia sido causa que le
quitasen del Consejo, una en tiempo del Cardenal y otra en este tiempo,
á fin, todo, que en los Ayuntamientos, tractando los medios y avisos
que habia dado, no le contradijese. Finalmente, lo visitó el Clérigo
y leyóle la carta, y respondió el Obispo: «Decidle á su señoría que
le beso las manos, y que ya yo le he dicho que será bien que echemos
aquel hombre de allí;» éste era Pedrárias, que asoló sobre 300 leguas
y más de aquella tierra. En estos dias llegó doña María Niño, mujer
del secretario Conchillos, á Zaragoza, y descendiendo de hablar al
Gran Chanciller subia el Clérigo, y, como lo vido, cognosciólo,
aunque pocas veces lo habia visto, y díjole: «¡Ay, padre, Dios os lo
perdone, que así habeis echado al hospital mis hijos!» El Clérigo
no paró sino subiendo y diciendo: «Señora, la sangre dellos venga
sobre mí y sobre los mios.» No sentia la noble dueña cuántos padres,
y madres, y hijos, y áun muchos linajes juntos, habian perecido de
hambre y trabajos por enviarle oro los tiranos que acá tenia, con que
ella triunfaba y allegaba más dineros de los que ella tenia para sus
hijos, y lloraba y tenia por gran pecado que el Clérigo cometia, en
procurar que se le quitasen los desventurados indios cuya sangre ella
y su casa bebian. Convalecido ya el Obispo, despues de veinticinco
dias, y estando para juntarse con el Gran Chanciller y los demas, que
eran los que el Gran Chanciller mandaba llamar, y uno era D. García
de Padilla, de quien arriba se dijo, mañana ú otro dia, un viérnes en
la noche, haciendo colacion, estando el Clérigo con él, le dijeron
como era muerto un pajecillo que debia ser sobrino suyo, que tenia en
casa malo, el cual, como lo oyó, se paró en gran manera triste, y otro
dia, sábado, se sintió mal dispuesto y no fué á Palacio, y lo mismo
hizo el domingo y el lúnes con alguna señal de calentura. El lúnes se
paró á la ventana de su posada con buena disposicion, pero luégo se le
agravió el mal, como era hombre de muchas carnes y abundaba en sangre,
y no lo sangraron con tiempo, y así la sangre le ahogó, y el miércoles
lo enterraron. Muerto el Gran Chanciller, cierto, murió por entónces
todo el bien y esperanza del remedio de los indios; y ésta fué la vez
segunda que pareciendo estar muy propincua la salud de aquestas gentes,
por los juicios de Dios secretos, se les deshizo de tal manera que
pareció del todo ser la esperanza perdida. Prevaleció luégo el Obispo,
y pareció subir hasta los cielos, y cayó el Clérigo en los abismos,
porque como no habia hablado ni informado á Mosior de Xevres ni á otro
de los que estaban cabe el Rey, porque no tuvo necesidad dello, segun
está dicho, muerto el Gran Chanciller quedó de todo favor destituido.
Nombró el Rey á un flamenco, que era Dean de Bizancio, que despues fué,
segun creo, arzobispo de Mecina, que tuviese cargo de ser Chanciller
entre tanto que otro venia, pero era tan pesado y flemático, que se
dormia en los Consejos, y aunque el Clérigo lo informaba y áun lo
molia, y tanto que lo traia acosado, pero no por eso se enojaba, por
la abundancia de su flema, y viendo un dia la solicitud del Clérigo,
que no lo dejaba las mañanas ni las noches, díjole riendo: _Commendamus
in Domino, domine Bartholomee, vestram diligentiam_, que no le fué al
Clérigo chico motivo de reir, aunque por otra parte regañaba y lloraba
la falta que habia en la gobernacion, y, cierto, cuando concurren en
los negocios, agendo y paciendo, un colérico como el Clérigo lo era,
y un flemático, mayormente con exceso, como aquel buen Dean tenia el
ser, no es para ambos chico tormento, puesto que ni áun por eso se
turbaba ni mataba el Dean, tanta era su flemática paciencia. Todavía
aprovechaba seguirle algo, para templar la entereza del obispo de
Búrgos para con el Clérigo, de quien tantos sinsabores habia rescibido.
El Clérigo no desmayó por la muerte del Gran Chanciller, y por todos
los disfavores que despues della le sucedieron, puesto que le crecieron
nuevos trabajos, y así no dejó de proseguir lo comenzado, dando
peticiones en el Consejo que el obispo de Búrgos ayuntaba, á su pesar,
aunque el Gran Chanciller le faltaba, pero como no lo admitian en él,
ni tenia dentro quien le ayudase ó defendiese, no efectuaba nada, sino
eran cosas que de justicia y áun de vergüenza no podian negar. Entraban
en el Consejo de las Indias el Obispo, y Hernando de Vega, Comendador
mayor de Castilla, y don García de Padilla y el licenciado Zapata, y
en estos dias negoció Pedro Mártir que lo hiciesen del Consejo mismo
de las Indias, y ansí lo alcanzó y lo fué, y con ellos el secretario
Francisco de los Cobos, que cada dia crescia en favor y autoridad. Este
amaba mucho al Obispo y á su hermano, Antonio de Fonseca, y como no se
apartaba de Mosior de Xevres, y Mosior de Xevres no tenia otra lumbre
que en los negocios del reino lo guiase, ni de otro así se fiaba, fué
todo favor y ayuda al obispo de Búrgos; y como no tuvo torcedor alguno
que tuviese con Mosior de Xevres autoridad, todo cuanto el Obispo decia
y queria, en cosas de las Indias, se le aprobaba. Y con estas fuerzas,
se tuvo por cierto que el Obispo pretendió, y lo alcanzó, que hobiese
Consejo por sí de las Indias, y entrasen en él los que en él entraron,
al ménos Hernando de Vega, que tenia por estas islas harto interese, y
el licenciado Zapata que se habia hallado en todos los hierros pasados,
quedando el señor Obispo por Presidente y cabeza, como siempre lo habia
sido, en la gobernacion, y mejor diré desgobierno destas Indias; y de
aquí parece que se entabló ser por sí el Consejo de las Indias, y dura
hasta el año de 1560, y no sabemos hasta cuando durará. En ésto llegó
el padre Hierónimo, que enviaron los otros padres, sus compañeros,
contra el Clérigo el cual, como halló el mundo mudado y al obispo de
Búrgos en tanta cumbre, que era el mayor contrario que ellos tenian por
hacer aquella provision el Cardenal, con tanto disfavor suyo, segun
arriba pareció, no lo quisieron en el Consejo sino mal oir, donde el
Obispo, que no solia callar cosa, le daba recias reprensiones, tanto
que aquel Padre blasfemaba dél y dellos, y no tenia otro consuelo
sino cuando topaba con el Clérigo quejarse dellos á él, y habia sido
enviado contra él. El cual, viendo cuán mal le iba, sin hablarles,
como despechado fuese á su monasterio. Lo primero que el Obispo hizo,
ó entre las cosas primeras, fué despachar Cédula del Rey, mandando ó
diciendo todos los dichos padres Hierónimos que luégo para aquellos
reinos se partiesen, y así lo hicieron.
CAPÍTULO CIV.