las cosas que al clérigo Bartolomé de las Casas, despues que habló al
Cardenal en la villa de Aranda de Duero, sucedieron; el cual, visto
que el Cardenal estaba muy enfermo y que de negociar con él se podia
sacar poco fruto, deliberó de irse á Valladolid, y porque la fama de la
venida del Rey D. Cárlos era frecuentísima, esperar allí el Setiembre
si el Rey venia, y si nó tomar el camino de Flandes y dar cuenta de
todo lo pasado y presente destas Indias al Rey. Ofrecióse á ir con
él un padre llamado fray Reginaldo Montesino, de la órden de Sancto
Domingo, persona de letras, y predicacion, y autoridad, hermano del
padre fray Anton Montesino, de quien habemos hablado arriba muchas
veces, que fué el primero que predicó en esta isla, desengañando á
los españoles della contra esta execrable tiranía. Este padre fray
Reginaldo, con celo de virtud y de la verdad, viendo al clérigo Casas
sólo y clérigo, y metido tanto de veras y con tanta constancia en
negocios tan árduos y tan pios, parecióle que era cosa de virtud
de asistir con él y hacelle espaldas, acompañándole y ayudándole,
para que el negocio, tan digno de sí, cobrase mayor autoridad, y así
determinó de acompañalle hasta Flandes, y ser con él en todo, adverso
y próspero, que se le ofreciese, lo cual aceptó con mucho placer y
gozo el padre Clérigo, y ofreció todo lo que tenia para lo gastar en
la espensa de ambos á dos. Esto así determinado, envió luégo el padre
fray Reginaldo por licencia á su Provincial, que era el del Andalucía,
la cual luégo le envió con su voluntad y beneplácito, entendiendo el
fin á que su camino enderezaba. Venidos á Valladolid, suena luégo la
nueva que el Rey era en Villaviciosa desembarcado, de lo cual el
padre fray Reginaldo y el padre Clérigo fueron alegres mucho, por la
venida del Rey que en aquellos reinos era bien deseada, y porque su
camino tan lejano se les habia excusado. Y porque hablando una vez
con uno de los principales del Consejo que habian entendido en las
cosas de estas Indias, el padre fray Reginaldo, como mal informado
de los españoles y por ventura interesal, y por consiguiente no bien
aficionado al bien de los indios, le dijo que los indios eran incapaces
de la fe, respondiendo el Padre, como letrado le dijo, que aquello era
herejía, lo cual, no le fué muy sabroso y quedó muy enojado; por esta
causa escribió el dicho padre fray Reginaldo á Salamanca, al Prior
de Santistéban, que á la sazon era el padre fray Juan Hurtado, uno
de los ilustres religiosos que por aquel tiempo habia en la Órden,
no sólo en letras, porque era maestro en teología, pero en prudencia
y mucho más en santidad de vida y fama, que aquel error pernicioso
que los indios eran incapaces de la fe se osaba por la corte afirmar,
por tanto que juntase los doctores teólogos de aquella Universidad,
y tractasen aquella materia y la determinasen, y la resolucion se la
enviase firmada y autorizada. No puso en olvido el padre maestro fray
Juan Hurtado, lo que el padre fray Reginaldo le encomendaba; juntó,
creo que fueron, trece maestros en teología, y pienso que más entre
catedráticos y no catedráticos, entre eclesiásticos y frailes, los
cuales, propuesta y disputada y determinada la cuestion, enviaron
cuatro ó cinco conclusiones con sus corolarios y probanzas, la
postrera de las cuales fué, que contra los que aquel error tuviesen y
con pertinacia lo defendiesen, se debia proceder con muerte de fuego
como contra herejes. Todas vinieron firmadas y autorizadas de los
susodichos trece maestros, y yo las vide y trasladé, y pusiéralas aquí
á la letra, sino que con otras escripturas en cierto camino me las
hurtaron, y así se me perdieron. Tornando á la felice venida del rey
D. Cárlos, en breves dias, desde el puerto donde desembarcó, llegó
á Tordesillas á besar las manos y rescibir la bendicion de la reina
doña Juana, su madre. Sonábase cada hora que el Rey y el Cardenal,
en el abadía de Balbuena que dista de Valladolid seis ó siete leguas,
y es de la órden de Sant Bernardo, se vian; sonóse luégo tambien que
el Cardenal era muerto, y fué así. Vínose luégo el Rey á Valladolid,
trujo consigo un docto hombre en derechos, flamenco, por Chanciller
mayor, que segun el uso de flamencos llaman Gran Chanciller, cuyo
oficio es ser cabeza y presidente de todos los Consejos; éste era varon
excelentísimo, prudentísimo, capacísimo para negocios, y de grande
autoridad, y persona que parecia uno de los que imaginamos Senadores
de Roma, y, á lo que yo siempre entendí, rectísimo. En éste puso el
Rey toda la justicia y gobernacion de Castilla y de las Indias, y
no habia necesidad de negociar con el Rey cosa ninguna ni con otra
persona, sino con el Gran Chanciller. Trujo tambien consigo el Rey á
su Ayo y Camarero mayor, que llamaron Mosior de Xevres, tambien de muy
autorizada persona y dotado de gran prudencia, de quien confió todo lo
que al estado concernia, y las mercedes y todo lo demas que no tocase
á justicia. Entre los privados, el que más acepto al Rey era, fué un
Mosior de Laxao, que tenia oficio, segun la costumbre de la casa de
Borgoña, de Sumiller, que es Camarero inmediato y propinquísimo al
Rey, y que su cama se ponia junto á la del Rey, la del Rey cubierta
de seda carmesí y brocado, y la de Mosior de Laxao de damasco negro.
Cognoscido, pues, por el clérigo Casas, que los negocios el Rey tenia
puestos en las manos y prudencia del Gran Chanciller, comenzó á tratar
de informalle, y dióle algunas cartas de las que traia de crédito
de los religiosos Dominicos y Franciscos, entre las cuales vinieron
algunas en latin de los frailes de Picardia, que arriba dijimos
haber llegado á esta isla, poco ántes que el Clérigo se partiese
para Castilla, y como no sabian hablar en castellano escribieron en
latin. Acaeció venir firmada la carta de los Franciscos de algunos de
aquellos de Picardia, que el Gran Chanciller conocia, de que recibió
mucho placer, y comenzó á ir de buena voluntad á dar crédito al Clérigo
en lo que le decia. El Clérigo, por muchas y diversas veces, le hizo
larga relacion de la perdicion destas gentes, despoblacion destas
islas, y estragos y matanzas crueles que se habian en ellas hecho y
cada dia se hacian; informábale tambien de los intereses que los del
Consejo del Rey acá habian tenido y áun tenian, de la ceguedad del
obispo de Búrgos, principalmente, y de la mala gobernacion que en
estas Indias habia puesto ó habia consentido poner y permanecer, pues
tan innumerables gentes por ella habian perecido; y afirmábale que el
Obispo y el secretario Conchillos, por las dichas causas, destruian
las Indias, porque aunque no se debe creer que tuviesen intencion mala
en la provision y gobierno dellas, y que no les pesase que pereciesen
los indios como perecian, pero al ménos debieran de caer, como eran
obligados, en la causa que los consumia, que era estar repartidos,
y mudar tan tiránico gobierno en otra manera razonable y humana de
regidos, á la consideracion y efecto de lo cual se pudo presumir que su
propio interes los impedia. Cuando el padre fray Reginaldo, vido que
iba bien de negocios al padre Clérigo, dejóle y fuese á su provincia y
casa, que creo que á la sazon moraba en Sancta Cruz, de Granada, ó en
otro convento del Andalucía.
CAPÍTULO C.
En estos dias, como el Rey era tan nuevo, no sólo en su venida, pero
tambien en la edad, item, asimismo en la nacion, y habia cometido todo
el gobierno de aquellos reinos á los flamencos susodichos, y ellos no
cognosciesen las personas grandes y chicas, y oyesen y entendiesen los
negocios con mucho tiento y tardasen en los despachos, por temor de
no errar, y no se confiaban de ninguna persona temiendo ser engañados
con falsas informaciones, (y tenian mucha razon, porque las relaciones
que oian de muchos eran diversas), por todas éstas razones estaban
todos los oficios y las cosas de aquellos reinos suspensas, y mucho
más las cosas tocantes á estas Indias, como más distantes y ménos
cognoscidas. Sola la noticia que el Clérigo daba al Gran Chanciller
dellas prevalecia, el cual no curaba de negociar ni informar al
Rey ni á el Mosior de Xevres ni vellos, sino solamente con el Gran
Chanciller y á él miraba y acompañaba, y con él hablaba todas las
veces que convenia, porque, la verdad, de negociar con otro ninguna
necesidad tenia por la razon dicha. Los españoles que á la sazon en
la corte habia, procuradores destas islas y tambien de tierra firme,
y otros particulares que de allá habian por sus negocios venido, de
que vian el Clérigo allegado al Gran Chanciller, y, á lo que juzgaban
y era verdad, favorecido, ningun sabor bueno rescibian dello, porque
bien creian que, para sus cudicias y manutenencia de los indios en
su tiranía, ningun fructo podia dello venilles, y por tanto, con
más priesa y solicitud todos acudian como de ántes al Obispo, y al
secretario Conchillos; aunque sin fructo alguno, porque, como se dijo,
el Gran Chanciller tenia suspendidos los oficios ó la expedicion de
los negocios, y no podian despachar cosa de lo que pedian. No del
todo confesaban el Obispo y Conchillos la falta de su poder, sino
que disimulaban y cumplian con todo cuanto podian. Ciertos criados
del Obispo, idos destas islas, ó de sí propios, fingido ó quizá por
órden del Obispo ó de Conchillos, usaron desta industria, que se
juntasen todos los españoles que allá estaban destas Indias, y fuesen
y aguardasen al Rey una y muchas veces, cuando verlo pudiesen, porque
raro salia, y le suplicasen importuna y quejosamente que ordenase
como fuesen oidos en sus negocios y expedidos, alegando que estaban
gastados y que se querian tornar á sus casas que tenian en las Indias.
Esta industria inventaron para que el Rey, de importunado, mandase
al Obispo y á Conchillos, que prosiguiesen sus oficios y despachasen
los negocios de las Indias, como personas que tantos años habia que
en las manos las tenian. Aguardaron algunas veces que saliese el
Rey, y hicieron lo que habian determinado, pidiendo y suplicándole
mandase oir y despachar sus negocios, y lo demas que se les ofrecia
para provocallo; pero aprovechábales poco, porque el Rey remitia al
Gran Chanciller, y él disimulaba por estar del Clérigo bien avisado.
Eran todos sus negocios no otros sino los que siempre, desde que
éstas Indias se descubrieron, hasta este año de 1560, pretendieron
por cuantas vías pudieron imaginar, durmiendo y velando y soñando,
conviene á saber, tener los indios en aquella horrible y mortífera
servidumbre donde todos han perecido, y perecen hoy los que restan, y
que en ella se los confirmasen y los tuviesen perpétuos, como si con
la vida que les daban fuera posible mucho durarles, segun por lo mucho
que arriba dicho queda se muestra claro. Desque vieron que por esta
vía no aprovechaban, acuerda el Obispo y el secretario Conchillos,
despachar algunos negocios de aquellos que los deseaban, y entre sí,
llamado alguno ó algunos de los del Consejo Real, y de aquellos que
solia llamar y con quien, desde los principios, destas Indias las cosas
comunicaba, como á escondidas ó disimuladamente determinallos, y yendo
un dia el secretario Conchillos, con una libranza de muchas Cédulas y
provisiones á comunicallas al Gran Chanciller, y para que las firmase,
alteróse mucho el Gran Chanciller, y muy indignado díjole: «Andá, ios
de aquí, que vos habeis destruido las Indias», y, si no me he olvidado,
creo que dijo: «vos y el Obispo, habeis destruido las Indias.» Oido
ésto, el secretario Conchillos salióse tristísimo, y, viendo que todo
el gran favor que con el Rey Católico tuvo, se le habia del todo
acabado, acordó de para siempre dejar la corte y se ir á Toledo, donde
tenia su casa; y porque tenia muchas rentas en las Indias, sin los
indios, como eran escribanías, y creo que la fundicion y marcacion del
oro de alguna de estas partes, ó las escobillas, donde tenia mucho
interese, y su mujer doña María Niño era persona valerosa, determinó
á la corte envialla, para que negociase con el Rey la confirmacion de
aquellos oficios, y, creo yo, tambien para sí pudiese alcanzar que le
tornasen los repartimientos de los indios, que en cada una destas islas
tenia, que se le habian quitado. Francisco de los Cobos, que habia
sido su oficial y criado, y que muerto el Rey Católico se habia ido
á Flandes, á si pudiese alcanzar estar en servicio del Rey en algun
oficio, y alcanzó que le rescibiesen por secretario, entre muchos que
lo mismo allá alcanzaron, (pero excedió su fortuna á todos los demas
en que Mosior de Xevres se aficionó más á él que á otro, porque, en la
verdad, tenia más partes que otro por ser muy bien dispuesto de gesto
y cuerpo, y en su aspecto mostraba ser prudente y asosegado, era eso
mismo en la voz y habla suave, y así era amable, y ayudóle tambien la
noticia y experiencia que tenia de todos los negocios del reino, como
quien de muchos años atras en la expedicion dellos se habia criado),
éste vino con el Rey, y, como dije, á Mosior de Xevres tan allegado,
que ninguna cosa con otro sino con él despachaba, mayormente de las
tocantes al Real Estado; con parecer deste Francisco de los Cobos, se
salió de la corte Lope Conchillos, y creo que pidió luégo á Mosior de
Xevres y al Gran Chanciller el oficio de secretario de las Indias,
ó para servillo en lugar de Conchillos, hasta que otra cosa el Rey
determinase, y bien sabia él que no le habia de salir de las manos, ó
quizá desde luégo se lo dieron como á propietario, finalmente, siempre
lo tuvo y sirvió por muchos años, hasta que lo dió y traspasó ó suplicó
al Rey que hiciese merced dél á Juan de Samano, de quien abajo, si
Dios quisiere, se tractará. En aqueste tiempo de las subrecticias ó
irregulares provisiones, como el obispo de Búrgos y Conchillos amaban y
favorecian muy de hecho á Diego Velazquez, porque él en Cuba procuraba
sus haciendas y negocios, asignándoles repartimientos de indios los
más provechosos y más cercanos de las minas, donde al cabo sus criados
y hacedores los mataban con excesivos trabajos (y áun díjose que el
obispo de Búrgos queria casar con una sobrina suya á Diego Velazquez),
y por el contrario, en cuanto podian, segun se creia, desfavorecian
las cosas y estado del Almirante, despacháronse ciertas Cédulas y
provisiones del Rey para Diego Velazquez, intitulándole: «Al nuestro
Gobernador de la isla de Cuba, Diego Velazquez», siendo teniente del
Almirante, y enviándole él á ella por lo honrar y levantar, como á
criado de su tio, D. Bartolomé Colon, ó de su padre. Fué público y
notorio, al ménos fué así la fama, que el mismo Diego Velazquez, usando
de ingratitud contra el Almirante, lo pidió al Obispo y á Conchillos
que le hiciesen Gobernador, inmediato del Rey, de aquella isla, y
éste descomedimiento de Diego Velazquez fué despues, como parecerá,
harto celebrado. De aquí parece la grande injusticia que el Obispo
y Conchillos cometian contra el Almirante, usurpándole su estado y
mercedes concedidas, y que tan legítimamente y con tantos sudores,
trabajos y peligros, habia ganado su padre. No faltó quien vido la
Provision en el escritorio de Conchillos, y avisó al Almirante que
á la sazon estaba en la corte, y avisado quejóse al Rey y al Gran
Chanciller, y por aquella vez fué remediado, aunque despues, como
tornó el Obispo á proseguir el oficio de Presidente del Consejo de las
Indias, como se dirá, no sé si le dieron Provision para que aunque el
Almirante quisiese no le pudiese quitar el cargo. Desque los españoles
que destas islas y de la tierra firme, conviene á saber, del Darien,
donde presidia Pedrárias, estaban en la corte rabiando por negociar
que sus tiranías se confirmasen por el Rey nuevo, vieron que sus
industrias se les deshacian y que el obispo de Búrgos y Conchillos
no podian nada, y que el Clérigo prevalecia con el favor del Gran
Chanciller, acordaron de darle peticiones, dellos sin decir mal del
Clérigo ni quejándose de lo que contra ellos negociaba, sino solamente
pedir las cosas que les tocaban; otros quejándose del Clérigo que
los destruia, y diciendo contra los indios lo que se les antojaba,
las cuales todas y las cartas que para el Rey venian de las Indias
daba el Gran Chanciller al Clérigo ó se las enviaba: el Clérigo tenia
éste aviso, que al gran Chanciller mucho agradaba, que ponia en latin
fielmente toda la sustancia de lo que la peticion ó capítulo de la
carta decia, ó notificaba, ó queja que daban, y luégo abajo, de la
misma manera, en latin, decia el Clérigo su parecer en contra ó en
favor de lo que pedian ó suplicaban. Por este modo desengañó en muchas
cosas al Gran Chanciller, que le pedian é con falsedad le informaban,
y dió claridad de mucho de lo tocante á estas partes; llegó á tanto el
crédito que el Gran Chanciller dió al Clérigo, que hizo relacion al Rey
larga dél, encareciendo su experiencia y habilidad, y cognoscimiento de
las cosas destas Indias, y es de creer que tambien lo alabó de bondad
y rectitud de su intencion y buenos deseos; de donde sucedió que el
Rey mandó al Gran Chanciller que juntase consigo al Clérigo y ambos á
dos reformasen y pusiesen remedio á los males y daños destas Indias.
Por lo cual, un dia que se debia de haber tractado ante el Rey de la
misma informacion, y cometido el Rey al Gran Chanciller lo susodicho,
yéndose á comer y el Clérigo con los demas acompañándole, mandó á un
lacayo que fuese adelante y dijese al Clérigo que se detuviese, que
le queria hablar; detúvose luégo el Clérigo, y díjole en latin: _Rex
dominus noster jubet quod vos et ego apponamus remedia Indis, faciatis
vestra memorialia_. El Rey, nuestro señor, manda que vos y yo pongamos
remedio á los indios, haced vuestros memoriales. Respondió el Clérigo:
_Paratissimus sum et libentissime faciam quæ Rex et vestra dominatio
jubet_. Aparejado estoy é de muy buena voluntad haré lo que el Rey
y vuestra señoría me mandan. Esta fué la segunda vez que parecia
poner Dios en manos del Clérigo el remedio y libertad y salud de los
indios, sino que luégo, por una vía ó por otra, todo se desbarataba,
como adelante, asaz claro y digno de lamentacion, parecerá; por cuyos
pecados lo permitiese Dios desbaratar, ó de los indios ó de los
españoles, para que se cumpliese por ellos lo que está escripto en el
Apocalipsi, _qui nocet noceat adhuc_, ó por los de ambos á dos géneros
de hombres, el dia del juicio se nos mostrará.
CAPÍTULO CI.