Dejado por agora de contar lo que sucedió al Clérigo con la venida

del Rey, tornemos á la diligencia que Diego Velazquez y los españoles

de la isla de Cuba ponian en ir é enviar á saltear indios para traer

á ella, por la priesa que daban á matar los naturales della con las

minas y granjerías nefarias que tenian, porque cuanto más oro y riqueza

adquirian, tantos más indios se les morian, y cuanto mayor número

dellos perecia y se iba despoblando la isla, tanta mayor prisa se daban

en hacer armadas para ir á buscar islas y saltear y robar las gentes

naturales que en ellas vivian, de la manera que se habia hecho en

esta isla. Tenia intento Diego Velazquez, segun él decia, que si las

tierras ó islas que se descubriesen fuesen tales y de oro tan ricas,

que allí hobiesen de ir á poblar españoles, no sacaria dellos para

traer á la de Cuba los indios, sino que allí los irian á convertir

de la manera que en esta Española, y en aquella, y en las otras, él

y los demas lo hicieron, haciéndoles ántes blasfemar el nombre de

Cristo, matándolos en los trabajos dichos, y por ellos y en ellos,

muriendo sin fe y sin Sacramentos, ni que tuviesen cognoscimiento de

Dios ni alcanzasen á saber una jota del culto divino; y éste era su

propósito, y ésto llamaba ir á sus islas y tierras á convertillos y

hacer á Sus Altezas servicio. Pero si las tierras no tenian oro, que

por consiguiente las estimaban por inútiles y perdidas, tenia por

sacrificio para Dios y servicio para Sus Altezas, saltear y prender

toda la gente dellas, y traellos por esclavos y consumilla toda en

las minas y en las otras granjerías, como de las demas de arriba se

há harto dicho. Para proseguir, pues, sus buenos intentos de Diego

Velazquez, y de los españoles que allí eran vecinos y tenian indios, y

se hallaban con dineros sacados de las minas y de las otras granjerías,

con la justicia que se ha dicho, juntáronse tres dellos, llamados

Francisco Hernandez de Córdova, harto amigo mio, Cristóbal de Morante

y Lope Ochoa de Caicedo, y tractaron con Diego Velazquez que les diese

licencia para ir á saltear indios donde quiera que los hallasen, ó en

las islas de los Lucayos, aunque ya estaban, como arriba hobo parecido,

destruidas, pero todavía creian poder topar, rebuscándola, algunos

escondidos, ó de otras partes de las descubiertas. Dada licencia, puso

cada uno dellos 1.500 ó 2.000 castellanos; compran ó fletan dos navíos

y un bergantin, y provéenlo de pan caçabí, tocinos de puerco y carne

salada, y agua y leña y lo demas necesario, juntan cien hombres, con

marineros, y todos á sueldo ó á partes, que es decir que tuviesen su

parte, cada uno, de los indios que salteasen, y del oro y de otros

provechos que hobiesen. Hace Diego Velazquez Capitan de todos al dicho

Francisco Hernandez, porque era muy suelto y cuerdo, y harto hábil

y dispuesto para prender y matar indios; llevaron por piloto á un

marinero llamado Anton Alaminos, el cual, los tiempos pasados, siendo

él mozo y grumete, habia navegado y halládose con el Almirante viejo,

primero que descubrió las Indias, cuando descubrió á Veragua el año

de 1502. Partiéronse del puerto de Santiago, haciéndose á la vela,

creo que, por fin del mes de Febrero el año de 1517, por la banda ó

parte del Norte de la isla de Cuba, y llegaron al puerto que dicen

del Príncipe, donde tenia hacienda alguno ó algunos de los armadores

ó sus amigos, para tomar carne, y agua, y leña y otras cosas para su

viaje; y estando allí, dijo el piloto Alaminos al capitan Francisco

Hernandez que le parecia que por aquella mar del Poniente, abajo de la

dicha isla de Cuba, le daba el corazon que habia de haber tierra muy

rica, porque cuando andaba con el Almirante viejo, siendo él muchacho,

via que el Almirante se inclinaba mucho á navegar hácia aquella parte,

con esperanza grande que tenia que habia de hallar tierra muy poblada

y muy más rica que hasta allí, é que así lo afirmaba, y porque le

faltaron los navíos no prosiguió aquel camino, y tornó, desde el cabo

que puso nombre de Gracias á Dios, atras á la provincia de Veragua.

Dicho ésto, el Francisco Hernandez, que era de buena esperanza y

buen ánimo, asentándosele aquestas palabras, determinó de enviar por

licencia á Diego Velazquez para que, puesto que iban á saltear indios

y traerlos á aquella isla, que, si acaso de camino descubriesen alguna

tierra nueva, fuese con su autoridad, como Teniente de gobernador que

allí gobernaba por el Rey; el cual se la envió larga, como Francisco

Hernandez, que la pidió, deseaba. La licencia venida, luégo, sin más

se tardar, como si con la misma licencia le enviara la llave de la

puerta donde estuviera encerrada toda la tierra que habia de hallar

con toda certidumbre, y hobiera de ir luégo á ella á morar, embarca

muchas obejas y puercos, y algunas yeguas, todo para comenzar á criar.

Hiciéronse á la vela, llegan á la punta ó cabo de la isla que se llama

el cabo de Sant Anton, desde allí andaban de dia lo que podian, y

bajaban las velas de noche, que llaman estar al reparo, por navegar por

mar que no sabian, y por no dar en tierra ó bajos ó peñas de noche,

industria de prudentes marineros; y finalmente, al cabo de cuatro

dias que habian, segun su parecer, andado, con las paradas dichas,

70 ó 80 leguas, llegaron á una isla grande que los indios llamaban

y llaman Cozumel, y los españoles le pusieron Sancta María de los

Remedios, porque les ayudase á saltear las gentes que en sus casas

vivian seguras. Llegándose á la isla y costeando por la ribera della,

buscando puerto donde surgir ó echar anclas, y no lo hallando, mandó

ir el Capitan con 45 hombres en las barcas, y llegó en ellas cerca de

un pueblo grande que desde la mar habian visto, y como los indios dél

vieron que los españoles iban hácia allá, salieron á recibillos muchas

canoas llenas dellos, todos fajados por la cintura, y de allí abajo

cubiertos con unos paños ó mantas de algodon, y con sus armas, arcos

y flechas y rodelas; llegando á las barcas comenzaron á hablar por

señas á los españoles, como preguntándoles quién eran y qué querian,

y junto con ésto dánles ciertas calabazas de agua, como entendiendo

que los que navegan, siempre, lo primero que quieren de tierra es

agua, diéronles tambien maíz molido en pella y masa, de que suelen

hacer como unas zahinas ó poleadas, cuasi como bastimento para camino

y para necesidad: el Capitan les dió una camisa de algodon. Vieron

los indios en una de las barcas un indio de Cuba que llevaban consigo

los españoles, al cual por señas pidieron que se lo diesen, para que

trujese más arina ó masa de maíz y más agua; el Capitan se lo dió y

metiéronlo en sus canoas y fuéronse. Los españoles llegáronse á un

estero que por allí estaba, y en ésto llegó el bergantin, que venia más

llegado á tierra y atras; dijeron los dél que aquellos indios habian

peleado con él y le habian seguido por aquella costa de mar dos dias.

Estando platicando en ésto llegaron 16 canoas de indios, los cuales por

señas les dijeron que se fuesen con ellos al pueblo, lo cual hicieron

los españoles y concedieron de buena voluntad, y los unos en sus barcas

y los otros en sus canoas fueron juntos, y en el camino les anocheció

cerca del pueblo, en una punta que hacia la tierra entrando en la mar;

saltaron los españoles á dormir en tierra y los indios durmieron junto

á ella en sus canoas, y como era cerca del pueblo, en toda la noche no

hicieron sino ir y venir dél indios á hablar y estar con los indios

de las canoas. A la media noche vinieron dos dellos con sus arcos y

flechas por tierra, y viéndolos un español que velaba su cuarto y que

se metian entre ellos, levantóse y arremetió á ellos con la espada

sacada y dando voces; levántanse todos los españoles, y arremetieron

con los indios que estaban junto en las canoas. No supe los que

alcanzaron, mataron ó hirieron, mas de que todos los que pudieron

huyeron y dejaron 14 canoas con sus arcos y flechas; argumento harto

claro de que no tenian por entónces pensamiento de acometer ni hacer

daño á los españoles. Otro dia de mañana vieron venir los españoles dos

canoas y dentro nueve hombres, y, llegados á tierra, el Capitan de los

españoles los hizo prender y atar sin por qué ni para qué, sino para

hacer heder por toda la tierra su nombre. Hízolos interrogar uno á

uno, apartados, mostrándoles oro de la isla de Cuba, y preguntándoles

si en aquella tierra habia de aquel metal. ¡Mirad qué evangelio

comenzaba á predicalles y qué señas les daba que habia en el cielo

un sólo y verdadero Dios! Todos conformes respondieron que lo habia

en unas provincias que nombraban Cube y Comi, señalando y nombrando

los rios donde lo sacaban; ésto sabido, mandó soltar el Capitan el

uno de los nueve, diciendo que fuese á traer el indio que habian

llevado el dia pasado, y los ocho envió á los navíos y los echaron en

cadenas. Esperaron dos dias, y como no volvió, quizá teniendo legítimo

impedimento, partiéronse los españoles por tierra, la costa abajo, y

los navíos cerca de tierra por la mar, hasta cerca de un pueblo grande

que viniendo por la mar habian visto; allí vinieron ciertos indios

en una canoa, haciendo á los españoles señales de paz, y preguntóles

á qué venian ó qué era lo que querian en tierras que no eran suyas,

respondió el Capitan que si les daban oro les daria un indio suyo que

allí tenia, porque los demas de los nueve iban en los navíos, los

indios dijeron por sus señas que desde á tres dias se lo traerian.

Volvieron al tercer dia en una canoa seis indios y trujeron como media

diadema y una patena de oro bajo, y dos gallinas asadas de las grandes

de aquella tierra, y maíz hecho pan, lo cual todo dieron al capitan

Francisco Hernandez y él les dió el indio, los cuales dijeron que otro

dia volverian por los otros indios que les tenian presos y les traerian

taquin, que entendieron ser otro oro fino (á lo bajo llaman mazca).

Los españoles los esperaron, segun dijeron, seis ó siete dias, y como

no vinieron acordaron de no entrar en aquel pueblo, sino irse por la

costa abajo del Norte de la isla, llevando las barcas y el bergantin

junto á tierra; de allí veian la playa y ribera de la mar llena de

indios. Vieron por el camino muchos ciervos y en unas casas pequeñas

hallaron muchas piedras labradas de cantería, y ciertas vigas grandes

labradas de cuatro esquinas. Yendo desta manera descuidáronse los del

navío, donde iban presos los siete indios, y así quebraron la cadena en

que tenian los piés ó los pescuezos y echáronse á la mar y fuéronse.

Pesó mucho al Capitan de la huida de los siete indios, y pareciéndole

que tenia necesidad de algun indio, para informarse dónde podria desde

allí ir, trabajó de saltear otros, y viendo dos estar sentados en la

playa, fué á ellos y prendió el uno, el cual trujo á la isla de Cuba;

preguntóle luégo allí si sabia que en aquella isla hobiese oro (que

era toda su predicacion y ánsia de convertir aquellas gentes, como

todos nuestros hermanos siempre pretendieron), respondió el indio que

lo habia, dello labrado como arrieles para los dedos, y cadenas tan

gruesas como una de hierro que allí en el navío vido, y que habia otras

joyas grandes y diversas.

CAPÍTULO XCVII.

Alegres con estas para sí tan sabrosas nuevas, hiciéronse á la vela

por la costa ó ribera de la mar abajo, y entraron en una bahía ó

ensenada de mar, desde la cual vieron en tierra un pueblo grande con

muchas casas blancas, de que se admiraron como cosa nunca vista, ni

pudiendo imaginar lo que era. Llegáronse los navíos hasta media legua

de la tierra y saltó el Capitan con 85 hombres en ella; los indios,

desque los vieron, saliéronlos á rescibir hasta 500 dellos sin armas

algunas, y con señales de mucha benevolencia, entre los cuales venia

un principal que debia ser Capitan, el cual por señas les dijo que se

fuesen con ellos al pueblo. Salió tambien otro señor viejo, que á lo

mismo los indució que fuesen, y éste, por ventura, era el Rey; los

españoles se fueron al pueblo con el que los convidaba, y el señor

viejo entra con mucha gente en veinte canoas, que por ventura las

hinchian más de otros 300, y fuese á ver los navíos. Entraron en el

pueblo los españoles, y vieron que era muy grande y de muchas casas

pequeñas cubiertas de paja, y las más dellas cercados los solares y

circuitos de piedra seca de una vara en el alto y de vara y media en

ancho, entre los cuales habia muchos árboles de muchas frutas, habia

tambien una casa de cal y canto, edificada á manera de fortaleza; de

todo lo cual los españoles se admiraban, en especial viendo casas y

edificios de cal y canto, como cosa que nunca se habia en estas Indias

visto. Vuelto el señor viejo, que habia en las canoas ido á ver los

navíos, convidó á los españoles á que fuesen con él á su casa, el

cual los metió dentro de un gran corral cercado de la misma manera,

de piedra, donde estaba en un patio un árbol grueso nascido, y allí

estaban colgadas nueve coronas blancas, y en cada una una bandera

pequeña; estaba cerca del dicho árbol una mesa ancha de cal y canto de

tres ó cuatro gradas en alto, y encima della un hombre de bulto hecho

de lo mismo, que tenia la cabeza colgada sobre las dichas gradas, é dos

animales de bulto y cal y canto que lo comian por la barriga, eso mismo

habia una sierpe muy grande que tenia en la boca atravesada una figura

de leon; estaban tres palos grandes hincados en el suelo llenos de

pedernales, lo cual segun pareció, y los indios señalaron tenian para

cortar encima della, á algunos que justiciaban, las cabezas, porque

habia en ella sangre fresca. Vieron en el ejido junto al dicho corral,

muchas cabezas de indios que justiciaban allí, y puesto que parecia y

se juzgaba entónces ser aquel lugar donde se secutaba justicia, porque

no se sabia hasta entónces que sacrificasen á los ídolos hombres, como

lo hacian en la nueva España, pero despues de sabido dijéramos que no

era lugar de justicia sino de sacrificios, á lo cual decimos que por

aquella tierra de Yucatán, que está junta, cuatro leguas de mar en

medio, con la dicha isla, puesto que algunos hombres sacrificaban, pero

muy pocos, y así aquel lugar debia ser lugar de justicia de malhechores

y tambien donde sacrificaban los tomados en guerra, á sus dioses.

Vieron asimismo junto á lo de arriba, una casa de cal y canto hecha,

como una cámara con una puerta, delante de la cual tenian puesto un

paño de algodon de muchas colores, dentro de la casa ó cámara estaban

siete ó ocho bultos de hombres hechos de barro cocido, y junto á ellos

cosas aromáticas y odoríferas como incienso ó estoraque. Salidos de

allí, fueron á ver y considerar el pueblo por una calle, donde vieron

una calzada de piedra, y allí los indios se pusieron delante los

españoles, poniéndoles las manos en los pechos, diciéndoles por señas

que no pasasen de allí, pero el Capitan de los españoles decíales que

los dejasen pasar; y mereciera que luégo allí lo mataran y los echaran

á todos de su tierra y pueblo, pues porfiaba en tierra y casa ajena

tomar más licencia de la que el dueño le daba. En fin pasaron aquella

calzada; hallaron en una calle una casa de cal y canto, á manera de

fortaleza, de 23 gradas en alto, tan anchas que podian subir diez

personas juntas hasta lo más alto: ésta vista, no curaron ni osaron

de subir ni entrar en ella. Fuéronse por otra calle adelante, donde

hallaron asimismo otra fortaleza de cal y canto, pequeña, de la cual

vieron salir un indio cargado con una arca de madera, pequeña, á

cuestas; no supieron lo que en ella iba, más que vieron que un indio

sólo no la podia llevar y se metió otro debajo della para ayudarle

á llevarla, puesto que, por las cosas despues vistas por allí y por

toda la nueva España, las que decian fortalezas eran templos de los

ídolos, y aquella arca debia ser su _Sancta sanctorum_ ó relicario,

donde debia estar algun principal de sus dioses, de piedra hecho

ó de palo. Pasaron los españoles por el pueblo, más adelante, que

tenia más de 1.000 casas, y como los indios vian que sin acometer ni

tomarles las fortalezas, que creian que eran, se pasaban, viniéronse

para ellos sin armas, los rostros alegres, y benévolos, y haciéndoles

señas de paces, y todos juntos se volvieron, como si fueran de mucho

tiempo cognoscidos y amigos, al principio del pueblo, por donde habian

entrado, y fuera se asentaron todos debajo de un grande árbol. Allí,

un hijo del señor y una mujer trujeron al Capitan de los españoles una

gallina cocida, de las grandes como pavos, y ciertas carátulas de oro

fino, y vieron muchos indios con granos de oro por fundir, como de

la tierra lo sacan, que traian colgados de las orejas; vieron muchas

colmenas de madera llenas de abejas domésticas y mucha miel, de la

cual trujeron á los españoles muchas calabazas, y era muy blanca y muy

excelente. Y es aquí de saber, que en ninguna parte de todas las Indias

que están descubiertas se ha visto que tengan colmenas domésticas,

ni las procuren ó cultiven, sino en aquella isla de Cuzumel, y en la

de Yucatán, que es tierra firme, á la cual está pegada ella. Hecho

ésto, preguntaron al Capitan, por sus señas, qué era lo que queria,

respondióles, que agua para beber; los indios les mostraron un pozo

empedrado y redondo, bien hecho y de muy buena agua, á donde los

españoles se fueron á dormir, y de allí tomaron toda el agua que para

sus navíos era necesaria. Veláronse aquella noche los españoles, y no

ménos los indios su pueblo con mucha vigilancia velaban. Venido el dia,

salieron todos los indios del pueblo, armados, con sus arcos y flechas,

rodelas y lanzas; rodearon el pueblo por la parte donde los españoles

estaban, enviaron tres á decirles que se fuesen á sus navíos ó barcos,

y así por señas se lo notificaron, con amenazas que si no se iban los

flecharian y harian daño; los españoles obedecieron su mandado, y

fuéronse á embarcar á sus barcas y en ellas á los navíos, y alzaron sus

velas y fueron por la ribera de la isla costeando.

CAPÍTULO XCVIII.

Los cuales, siempre creyendo que aquella tierra toda era isla, dieron

en un cabo ó punta de la tierra firme que despues y agora nombramos

Yucatán; aquel cabo llamaron los nuestros el cabo de Cotoche, por

cierto vocablo ó vocablos que oyeron á los indios y que ellos

corruptamente pronunciaron. Aquí vieron mucha gente bien ataviada y

vestida, cubiertas todas sus carnes con camisetas, y mantas pintadas de

colores, de tela de algodon; traian plumajes de muchas colores, joyas

de oro y plata, como zarcillos, en las orejas, y otras de diversas

hechuras y no poco polidas. De allí pasaron á una ensenada ó puerto

muy grande que hace la mar, donde queda en seco la ribera cerca de

una legua, bajándose la mar, lo que no se ha visto hasta hoy en toda

la mar que llamamos del Norte, que es la destas islas y tierra firme

que se mira con la de España, sin pasar por la tierra dentro de la

tierra firme á la mar que nombramos del Sur, por respecto de la ya

dicha del Norte. Llegaron pues á la ensenada ó puerto muy grande, y

anclaron, y salió el Capitan con la gente que le pareció en tierra,

al pueblo que estaba en la ribera, pueblo grande y de multitud de

gente, llamado Campéche, la penúltima sílaba luenga, al cual puso

el Capitan nombre, pueblo y puerto de Lázaro, porque entraron en él

domingo de Lázaro. Los indios vecinos dél salieron todos á recibir los

españoles con curiosidad, admirados de ver los navíos y las barcas ó

bateles dellos, los españoles con grandes barbas y de color blancos,

y de los vestidos y de las espadas y ballestas y lanzas que traian.

Llegábanles las manos á las barbas, tocábanles la ropa, miraban las

espadas y todo lo que consigo traian, finalmente, con amor y admiracion

como cosa nunca vista ni pensada ver, y de que al cabo mostraban

placer, los tractaban, principalmente el Rey ó señor del pueblo ó de

la tierra mostró con verlos gran contentamiento; mandóles traer de

comer, trujéronles mucho de su pan de maíz, mucha carne de venados,

muchas liebres, perdices, tórtolas, gallinas muchas de las de papada,

no ménos y quizá más excelentes que pavos, frutas y otras cosas de

las que ellos tenian y podian traer para en todo agradalles. Trujeron

muchas piezas y joyas de oro, que por cuentas, y espejos, y tijeras, y

cuchillos, y cascabeles, y otras bujerías de las que solemos darles,

rescataron ó conmutaron. En este pueblo vieron una torre, ó como torre,

cuadrada, de cantería hecha, y blanqueada, con sus gradas; debia ser

su templo por lo que despues se ha visto en toda la Nueva España y

Guatemala. Estaba en lo alto della un ídolo grande con dos leones

ó tigres que parecia comerlo por los ijares, y una sierpe ó animal

que tenia sobre cuarenta piés en largo, y como un grueso buey que

tragaba un fiero leon; todo de piedra muy bien labrado. Estaba todo

asaz ensangrentado de sangre de los hombres que allí ó justiciaban ó

sacrificaban, como arriba de la isla de Cozumel hablamos. Estuvieron

aquí los españoles tres dias holgándose, tan espantados de ver los

edificios de piedra y de las cosas que vian, como los indios de vellos

barbados, vestidos y blancos, y no poco alegres los nuestros con ver

las buenas muestras de oro que hallaban, y de lo mucho que la esperanza

les prometia y multiplicaba. Hiciéronse á la vela el miércoles en la

tarde, ó el jueves de mañana, ántes de la Semana Santa, dejando á los

indios de Campéche muy contentos y ellos saliendo bien pagados; fueron

de allí la costa abajo, 10 ó 12 leguas, á otro puerto y pueblo muy

grande, llamado Champoton, la última luenga, muy adornado de casas

de piedra, con sus mármoles della misma, bien señalados, como podian

ser en España. Saltó el capitan Francisco Hernandez en tierra con la

más gente que llevaba, y entónces vinieron á ellos muchos indios con

sus armas y con ciertas hachas de metal, conque debian estar en sus

rozas y haciendas trabajando; preguntáronles por señas qué querian:

respondieron los nuestros que buscaban agua. Los indios les señalaron

que se fuesen hácia el pueblo, y que por el camino hallarian un rio

y se hartarian de agua. Fueron como les dijeron, y hallaron un pozo

muy bien empedrado en un gran llano, que llamamos, por vocablo de los

indios de esta isla Española, çabana; durmieron allí aquella noche sin

pasar adelante, porque vieron desde allí una gran labranza con una

casa y muchas gallinas de las de papada. Otro dia de mañana, estando

áun los españoles en el dicho campo llano ó çabana, vinieron á ellos

ciertos indios, entre los cuales vino uno que traia un collar de

cuentas de oro, que debia ser ó el Rey ó señor principal. El Capitan

le dijo por señas, si se lo queria vender ó trocar, ó como acá usamos

decir, rescatar, mostrándole ciertas sartas de cuentas de vidrios de

colores, que poco y nada le agradaron, y así se fué con los otros.

Desde á poco rato vinieron á los españoles, segun les pareció, hasta

1.000 indios, por ventura considerando que habiendo bebido y tomado

agua, que era por lo que preguntaron, no se querian ir de su tierra, y

parecia que se hacian reacios, y como á gente nueva, extraña y feroz,

barbada, y que venia en aquellos navíos grandes, (y tambien porque

habian visto y oido tirar lombardas de fuego, que les parecia echar

truenos del cielo, y turbar los elementos, no vian la hora que de sí y

de sus tierras, como peligrosa vencidad, apartallos), con una trompeta

sonando, y dando gran grita, con sus arcos y flechas y tablachinas de

las de medias lunas, de oro, y con muchos cascabeles, vinieron con

ímpetu y ferocidad á echallos. Los españoles que no saben sufrir en

tales tiempos grita de indios, por mucho que las voces alcen, como los

conozcan desnudos y al cabo llevar lo peor por la mayor parte, y en

especial que el capitan Francisco Hernandez era, como arriba dijimos,

muy suelto y de buen ánimo, sálenles al encuentro, y asiéronse todos,

los unos y los otros, y con grande ánimo pelearon cuatro horas, cayendo

de los indios en tierra, muertos, muchos, cuantos podian desjarretar

y desbarrigar con las espadas y alancear con las lanzas, y á saetadas

con algunas ballestas que llevaban. Los indios no por eso desmayaban,

sino con sus arcos y flechas clavan los españoles, y luégo dieron un

flechazo á uno, que iba sin rodela, por la barriga, del cual luégo

allí murió; adelantóse otro español algo de los otros, por señalarse,

al cual tambien mataron, y hirieron á todos los demas. Viéndose los

españoles todos, ó los más, heridos y mal, comenzáronse á retraer hácia

las barcas, lo cual fuera mejor hacer al principio, cuando vieron

venir los indios determinados á echallos de sus tierras, pues ya les

habian consentido tomar ó beber su agua, por la que preguntaban, y

no era sino tomar achaque para entrar en tierra y señorío ajeno, y

los indios no les hacian injuria alguna en no consentir que más en su

tierra tardasen, pero porque no iban á hacer bien alguno, sino á lo que

arriba queda bien probado, (y éstas fueron siempre sus obras, entrar

y estar y tomar las haciendas, y las personas y la libertad dellas,

y los señoríos que nunca les pertenecieron, á pesar de sus dueños),

haciáseles de mal dejar el cebo del oro que vian, y quisieran dello

cargar, y por eso se aventuraron, confiando en los estragos que en

estas islas habian perpetrado; así que, retrayéndose los españoles,

todos ó los más heridos, hácia las barcas, y los indios con gran ímpetu

y vigor tras ellos, hiriéndolos cada paso, como en la playa hobiese

mucho cieno y las barcas estuviesen poco ménos que atolladas, y los

heridos fuesen muy lastimados, detuviéronse algo en embarcar, porque

los marineros no se daban á manos á metellos á cuestas en las barcas;

finalmente mataron allí 20 de los españoles, y el Capitan con los que

escaparon quedaron más muertos que vivos, y ninguno quedara con vida

si un poco más se tardaran. Creo que el Capitan quedó con treinta y

tantas heridas, muy lastimado, segun él me lo escribió á mí, estando

yo en la corte que á la sazon estaba en Zaragoza de Aragon entre

otras cosas. Tornados á los navíos, y allí como pudieron curados,

desarmaron y quemaron el bergantin porque hacia mucha agua, y porque

no estaba la gente para trabajar mucho en agotallo por la mar, que no

es chico trabajo. Con los dos navíos se volvieron á la isla de Cuba,

y entraron en el puerto de Carenas, que es el de la Habana, de donde

ultimadamente habian salido, y allí, no pudiendo sostener los ambos

navíos por la mucha agua que hacian, dieron con ellos al través,

desamparándolos, donde se anegaron; de allí se fueron á la villa de

Santiago donde Diego Velazquez estaba, y Francisco Hernandez bien tarde

por no sanar tan presto de sus muchas heridas, como viniese dellas

muy lastimado. Diego Velazquez, aunque rescibió pesar de la muerte

de tantos españoles, y de las heridas de los demas, pero las nuevas

de ser la tierra tan rica y grande, y de tanta infinidad de gentes,

y con edificios de cal y canto (lo que nunca se habia visto ántes),

lo cual todo le ofrecia inestimable esperanza, con alegría inmensa el

pesar le recompensaron. Comenzó luégo de tractar de hacer otra mayor

armada, y enviar en ella por Capitan general, un hidalgo, natural de

Cuéllar, patria tambien propia del mismo Diego Velazquez, llamado Juan

de Grijalva, mancebo cuerdo y de buenas costumbres, al cual tractaba

como deudo, puesto que no se creia serlo ni tocarle por ningun grado

en sangre. Deste nombramiento pesó mucho á Francisco Hernandez, y

rescibiólo por grande injusticia y agravio que Diego Velazquez le

hacia, porque como él habia con sus dineros, si suyos eran, hecho el

armada con la parte que los otros dos, Cristóbal Morante y Lope Ochoa,

pusieron, y habiéndolo él descubierto y puéstose á tantos peligros de

mar y de tierra, y al cabo saliendo tan mal herido, tenia por suya la

dicha empresa y fuera dél pertenecer á nadie; por lo cual, determinó

de irse á quejar al Rey de Diego Velazquez, y así lo escribió á mí,

estando yo, como dije, en Zaragoza, porque me tenia por amigo, diciendo

que Diego Velazquez se le habia tiránicamente alzado con sus trabajos,

y que no tardaria más de cuanto estuviese bien sano de sus heridas y

allegase algunos dineros para gastar, rogándome que yo informase al

Rey, entre tanto, de su agravio. Pero él puso de ir á España, y Dios

dispuso llevarlo al otro mundo, á que le diese cuenta de otros mayores

agravios que él hizo á los indios de Cuba, de quien se servia y chupaba

la sangre, y con ella iba á saltear los inocentes que estaban seguros

en sus casas, y lo que más que todo lo dicho fué grave, y que no hay

que dudar sino que delante el juicio de Dios él sintió por más áspero,

la cuenta, conviene á saber, que en muriendo se le pidió de aquel tan

grande escándalo que dejó sembrado en aquella tierra de Yucatán, y

los muchos indios que mató y lanzó en los fuegos infernales, que con

salirse de la tierra ajena, pues sus dueños no querian que estuviese en

ella, pudiera todo excusallo. ¿Qué olor de paz, de bondad, de caridad,

de justicia y de doméstica y amable y deseable vecindad dejó Francisco

Hernandez en aquella provincia nueva de Yucatán? ¿Qué fama, qué

opinion, qué estima pudieron aquellas gentes concebir de la religion

cristiana, entendiendo que los que se llamaban cristianos, porque no

los consentian estar en su tierra, como á gente sospechosa y peligrosa,

y de quien razonablemente podian temer que de su estada les viniese

gran daño, como siempre vino á donde quiera que españoles llegaron,

pudiéndose retraer hicieron en ellos tan gran estrago? Finalmente,

con esta inocencia, como otros muchos, murió nuestro amigo Francisco

Hernandez.

CAPÍTULO XCIX.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 27 / 38 段