Llegados á Sevilla, entendióse con diligencia por los oficiales de la

contratacion en el despacho de los padres Hierónimos y del Clérigo;

el Juez de residencia no vino en aquel viaje, sino en otro desde

á tres meses, porque no se despachó de sus cosas más presto. El

Clérigo comunicaba las veces que via convenir á los padres de Sant

Hierónimo, y dijo que queria ir con ellos en la nao que ellos iban,

por informallos á la larga de las cosas destas islas é tierra firme,

á donde tan nuevos venian, y tanta necesidad de ser informados de la

verdad, que por ser todos los demas interesados les negaban, tenian;

y finalmente, por cumplir el oficio que el Cardenal, en nombre del

Rey, le habia impuesto de informalles, y avisalles y dalles parecer en

todo lo que hobiesen de hacer. Trabajó cuanto pudo de ir en su navío,

pero ellos nunca quisieron consentillo, dándole algunas excusas y

razones, que para su descanso y consuelo (como, que no llevaria en la

nao dellos tan buen aposento como en otra que allí iba), enderezarlas

parecia; y ello acaeció así, aunque segun se creia no pretendian

ellos el consuelo del Clérigo, sino su libertad para hacer lo que

despues hicieron. Embarcóse, pues, el Clérigo en otra nao mayor que la

que los Padres llevaban, donde fué asaz muy más bien aposentado que

fuera con ellos; lo cual, cierto, él pospusiera de buena voluntad y

escogiera la estrechura, por lo mucho que iba en ello, excusando el

daño que despues al negocio todo vino; finalmente, se hicieron todos

juntos en diversas naos á la vela, en el puerto de San Lúcar, dia de

Sant Martin, que es á 11 de Noviembre año de 1516. Trujeron muy buen

viaje todos hasta la isla de Sant Juan, y estuvieron en el Puerto-Rico

cuatro ó cinco dias, y porque la nao en que venia el Clérigo traia

cierta mercadería para dejar en aquella isla, y se habia de detener

por esta causa catorce ó quince dias, díjoles que se queria pasar á la

suya, sóla su persona, para entrar con ellos en este puerto y ciudad

de Sancto Domingo, que dista de aquel camino de dos ó tres dias,

asignándoles las causas porque mucho convenia para efecto del oficio y

negocio que traian, pero nunca quisieron, y así llegaron á esta isla,

ciudad y puerto de Sancto Domingo, ántes que el Clérigo trece dias.

Pudieran colegir los dichos Padres, los dias que en aquella isla de

Sant Juan estuvieron, claros argumentos de las obras que los españoles

acostumbraban ejercitar en los indios, por dos cosas que allí vieron;

la una, que un vizcaino, llamado Joan Bono (á quien no le pertenecia

más el bono que al negro Joan Blanco, famoso pirata y salteador y

robador de indios), habia pocos dias venido al dicho Puerto-Rico de

hacer un salto en la isla que llaman de la Trinidad, que está junto á

la tierra firme de Paria, de la cual mucho dejamos arriba asaz dicho.

La gente desta isla de la Trinidad era gente muy buena y enemiga de

los que comian carne humana, que llaman caribes. Y fué desta manera,

qué llegado á la isla de la Trinidad con un navío, y creo que 50 ó 60

españoles muy ejercitados en ofrecer á Dios semejantes sacrificios,

salieron los indios, vecinos de la dicha isla, del pueblo que por allí

estaba, con sus armas, que eran arcos y flechas, preguntando qué gente

eran y á qué venian ó qué querian. Respondió Joan Bono, que eran gente

de paz y buena, y que venian á vivir é morar con ellos. Los indios,

como gente llana y pacífica, y tambien demasiadamente crédula y no

recatada, como debiera ser, en especial teniendo noticia de grandes

crueldades, saltos é insultos que los tiempos pasados, luégo que el

Almirante primero los descubrió, y despues muchas veces, como arriba

parece en el primer libro, y pocos dias pasados, sus vecinos habian

padecido de los españoles, dieron crédito á las palabras de Joan Bono,

diciendo: «Pues si no venís á más ni quereis otra cosa sino morar

con nosotros, plácenos dello y luégo haremos casas en que vivais.»

Ordenan luégo de les hacer casas, pero Joan Bono, para lo que pensado

y determinado traia, no tenia necesidad de casas sino de sóla una que

fuese grande, la cual hicieron á su manera, de forma de campana, donde

cupieran y pudieran vivir cien personas, cuanto al enmaderamiento de

palos posteles, y varas y latas muy tejidas, en breves dias; restaba

cubrilla toda de paja muy bien puesta por defuera, la cual hay en estas

Indias hermosa y odorífera y sana, que es maravilla. Cada dia de los

que allí estuvieron eran servidos de los indios, de comida, pescado,

y pan y frutas, y de todo lo que tenian y de cuanto les pedian, como

si todos fueran sus señores ó sus hijos. Dió priesa, pues, Joan Malo

que la cubran, y ellos, que de muy buena voluntad lo hacian, se la

daban en cuanto podian con gran regocijo, y llegando á dos estados

desde el suelo de cubertura, que ya no podian ver los de dentro á los

que estaban fuera, tuvo cierta industria Joan Bono y sus consortes, de

convocar toda la más gente del pueblo, hombres y mujeres, que viniesen

y entrasen dentro á ver lo que se hacia; los cuales entrados, que

serian segun estimo más de 400, con mucho placer y alegría, cercan toda

la casa por defuera algunos de los nuestros con sus espadas sacadas,

y Joan Bono con ciertos dellos entran por la puerta con las suyas

desenvainadas, diciéndoles que no se moviesen sino que los matarian.

Los indios desnudos, en cueros, viendo las espadas, temiendo ménos

la muerte que el captiverio, arremeten con gran ímpetu á la puerta,

metiéndose por las espadas, por salvarse como quiera que fuese, y á sus

mujeres é hijos. Joan Bono, y todos los que con él estaban, desbarrigan

cuantos podian, á unos tendian con estocadas, á otros cortaban brazos,

á otros piernas, y á otros lastimaban con terribles heridas. Alguna

gente de los hombres y de las mujeres y niños que allí estaban, que no

forcejaron á salir, viendo la sangre de los que allí caian, estuvieron

tremebundos esperando la muerte, creyendo que en aquello pararian,

dando terribles alaridos, pero no pararon sino en maniatallos para

los traer por esclavos, que era el fin de Joan Bono y de su cofradía;

y creo que fueron los que allí ataron y llevaron al navío 185. De

los hombres que de la mortandad y cuchillo de la casa se escaparon, y

de otros que no habian ido á ella que estaban en sus casas ó por el

pueblo, y serian hasta 100, vista la traicion crudelísima que Joan

Bono habia urdido, tomaron sus armas y recogiéronse á una casa de

las suyas (y háse de entender que todas eran de paja, y ellos todos

en cueros desnudos), para se defender que no los matasen ó llevasen

captivos; fué á ellos Juan Bono diciéndoles que saliesen, que no los

matarian, ellos, entendiendo que los habia de captivar, defendieron la

puerta réciamente, que no entrasen, con sus flechas y arcos. En fin,

viendo Juan Bono que no tenia remedio para los maniatar, acordó de

cumplidamente pagalles el hospedaje y buen tratamiento que dellos habia

rescibido, y así mandó pegar fuego á la casa donde estaban los cien

hombres, en la cual, con las mujeres y niños que en ella demás habia,

fueron quemados vivos. Recogióse al navío con los 180 que habia preso,

tan de buena guerra como queda dicho, y alzadas sus velas vínose por la

dicha isla de Sant Juan y vendió en ella los que quiso, y de allí con

los demas á esta isla, donde hizo lo mismo, y cuando allí llegaron los

padres Hierónimos era él recien llegado desta, y dél supe y de su misma

boca oí lo que aquí escribo. Sabido ésto por el Clérigo, refiriólo á

los Padres con harto dolor de su corazon, y mancilla, pero poco los

movió para lo reprender ni para que despues proveyesen á los males que

cada dia contra estas tristes gentes se cometian, y es cosa de notar

y áun de llorar lo que pasó al clérigo Casas con el dicho Juan Bono,

riñéndole aquel abominable hecho, porque de ántes era su cognoscido.

Confesaba el mismo Juan Bono que en su vida habia hallado padre y

madre sino en la isla de la Trinidad, segun el buen acogimiento, y

hospedaje, y obras, y con tanto amor y voluntad hechas que de aquella

gente habia rescibido, y reprobándole su inaudita ingratitud el

Clérigo, díjole: «Pues, hombre perdido, si tales obras de padre y madre

dellos rescibistes, ¿por qué cometistes en ellos tan ingrata maldad

y crueldad?» Respondióle Juan Bono: «A la mi fe, padre, porque así

me lo dieron por destruicion, conviene á saber, que si no los pudiese

captivar por paz que los captivase por guerra»; llamaba destruicion

á la Instruccion que los Oidores desta Audiencia desta ciudad le

dieron para que fuese á saltear indios de las islas y tierra firme. Y

esta era la justa gobernacion con que los Oidores desta Chancillería

procuraban el bien universal destas gentes y tierras, y todas las

otras Chancillerías que despues se pusieron por todas estas Indias

fueron iniquisísimas, destruyéndolas, como parecerá, por ésta y por

otras muchas detestables maneras. La otra cosa que acaeció en aquella

isla de Sant Juan, de donde los padres de Sant Hierónimo pudieran bien

argüir la tiranía mortífera que de los españoles los pobres indios

padescian, fué que uno de los que se ponian por Visitadores en cada

pueblo de españoles para los indios, que arriba en el libro II, ser

el cruel verdugo que más cruelmente azotaba y afligia los indios,

dijimos, aunque era el principal vecino del pueblo, porque vino el

tirano Comendero á quejarse de un indio, ó porque no le servia bien, ó

porque se le habia huido de los trabajos que se le daba, como huye la

vaca ó el buey de la carnecería, dióle tan crueles azotes, amarrado á

un poste, como si los diera á un su cruel enemigo, que cuasi lo dejó

medio muerto. Oyó los azotes el Clérigo, porque pasaba por allí; fué

allá luégo, y, con vehemente compasion y autoridad, increpa al cruel

Visitador la injusticia que hacia, el cual todo confuso ninguna cosa le

osó decir, pero quitado el Clérigo de allí, creo, si no me he olvidado,

que tornó á azotar al indio. Todo ésto constó á los Padres, y debiera

bastar para comenzar á informar sus ánimos y estar sobre aviso para no

se dejar persuadir de los que, sin ninguna duda, eran ciertos capitales

enemigos de los indios; cuanto más que sobraba testimonio, pues lo que

era notorio al mundo ellos ya sabian, conviene á saber, haberse asolado

estas islas y parte de tierra firme por aquellas obras y caminos.

CAPÍTULO XCII.

Por este tiempo y año de 1516, no olvidaban los españoles que tenian

cargo de consumir la gente mansísima de la isla de Cuba, de procurar

ir á despoblar otras comarcanas y lejanas, trayendo los vecinos y

naturales dellas á ella, como vian que con la priesa de sacar oro se

les iban muriendo los que allí oprimian, por la misma manera que se

habia usado en esta Española, que, viendo que se acababan los vecinos

de ella, inventaron hacer armadas para saltear los que llamaban

Lucayos, de que asaz hemos arriba hablado. Así, los españoles que en

Cuba vivian, siguieron el dicho trillado camino, juntándose tres ó

cuatro, más ó ménos, segun los dineros alcanzaban, que, de la sangre

de los indios que allí habian muerto y mataban, esprimian, y aparejada

una, ó dos, ó tres carabelas ó navíos, iban y enviaban (y Diego

Velazquez, que la isla gobernaba, dándoles larga licencia para ello),

á las islas de los Lucayos y otras, á saltear y traerlos cargados de

indios, que estaban en sus tierras y casas, quietos y pacíficos. Entre

otras armadas hicieron una, en la cual acaeció lo siguiente: Salieron

del puerto de Santiago de Cuba un navío y un bergantin con hasta 70

ó 80 españoles, por la parte de la isla que llaman del Sur, abajo, y

navegando hácia la tierra firme, y cuasi al rincon ó ensenada que hace

la tierra y punta de Yucatán (puesto que no vieron tierra ninguna),

llegaron á unas isletas que, segun en el segundo libro dijimos,

descubrió el primer Almirante año de 502 ó de 503 (aunque pensaron

estos ser dellas los primeros descubridores), que se llamaban Guanajes

ó de los Guanajes, y creo que son dos isletas ó tres que así se llaman.

Llegados á ellas, y estando la gente dellas descuidada y segura, saltan

los españoles en la una, y muertos los que pudieron con las espadas

y lanzas que llevaban, prenden della toda la gente que pudieron, y

despues van á la otra y hacen otro tanto, y cargado el navío de gente,

cuanta haber pudo, vuelvénse á la isla de Cuba con intencion de tornar

por el resto de la gente que en las dichas islas quedaba. Dejaron 25

españoles en ellas, con el bergantin, para que rebuscase y guardase la

gente que más hobiese, hasta la vuelta del navío que aquellos llevaban;

el cual, llegado á la isla de Cuba y puerto de Carenas, que ahora

llamamos de la Habana, saliéronse cuasi todos los españoles á holgar en

tierra, quedando dellos ocho ó nueve á guardar el navío y los indios,

que debajo de la escotilla y de cubierta sin ver luz ninguna estaban,

los cuales, como debian sentir su infortunio y no dormir todo el

tiempo, sino estar sobre aviso, advirtiendo que arriba, sobre cubierta,

no sonaban tantas pisadas ni oian tanto estruendo, entendieron haberse

salido la gente á tierra y quedar el navío sólo ó con pocos, por lo

cual trabajaron de forcejar contra la escotilla, que es la portezuela

ó agujero cuadrado por donde se sale y entra de abajo arriba, y,

ó quebraron la cadena delgada que tener suele, ó sin quebrarla la

quitaron, sin que ocho ó nueve marineros, que habian quedado á

guardar el navío, porque dormian ó estaban descuidados, lo sintiesen.

Finalmente, salieron todos los indios que estaban abajo y matan á

todos los marineros, y como si toda su vida fueran experimentados en

aquel oficio de navegar, cosa maravillosa, nunca otra así vista en

una gente desnuda, sin armas, estimada dellos siempre y menospreciada

por bestial é inculta, alzan á su placer sus anclas del navío, suben

harto más ligeramente por la jarcia que los marineros, y sueltan sus

velas y comienzan á navegar derechos á sus islas, que distan de allí

más de 250 leguas. Los marineros y gente española, que se holgaban

paseándose por la ribera, desque vieron tan desenvuelta y ardirmente

alzar las anclas y tender las velas y guiar el navío como si ellos

todos estuvieran dentro, espantados comienzan á capear y dar voces,

creyendo ser los compañeros, llamándolos y diciendo si habian perdido

el seso, pero desque vieron los muchos indios que andaban tan ligeros

echando mano de las cuerdas y aparejos y guiando el navío por el mismo

camino donde vinieron, comenzaron á entender que aquello era por mal

de los compañeros, y que los indios los habian muerto, y se iban para

su tierra, los cuales estuvieron mirando hasta que desparecieron; los

cuales, no supimos en cuantos dias, pero llegar á ella, como si fueran

muy pláticos marineros que se rigieran por el aguja y carta de marear,

fué cosa cierta. Llegados á su isla, hallaron los 25 españoles bien

descuidados de ver el navío sin cristianos, dieron los indios en ellos

con gran esfuerzo, con las lanzas y palos y piedras que en el navío

estaban, y pelearon los unos con los otros, y, descalabrados muchos de

ambas partes, al cabo los indios prevaleciendo contra los 25 españoles,

y los españoles viéndose apretados y que no los podian resistir,

acordaron de se recoger al bergantin que les habia quedado, y huir la

costa de la mar abajo, y, para dejar memoria de sí cuando españoles

viniesen, en un árbol, que estaba junto á la lengua del agua, con un

cuchillo hicieron una cruz impresa quitando la corteza del árbol, y

unas letras que decian «Vamos al Darien.» Tornando, pues, atras un poco

desta historia, como Diego Velazquez supo que los indios habian muerto

los ocho españoles y alzádose con el navío, proveyó luégo de armar dos

navíos con los españoles que le pareció que bastaban para que fuesen

tras los indios alzados, y socorrer á los 25 que habian quedado en

la isla, que habian puesto por nombre Sancta Marina, y porque desde

allí descubriesen otras islas y tierras de donde nuestro Señor y Sus

Altezas, diz que, fuesen servidos, trayendo los indios de ellas al

cognoscimiento de nuestra fe católica. Estas son palabras del mismo

Diego Velazquez en una carta que escribió al almirante D. Diego Colon,

cuyo traslado yo tengo. Con estas palabras y con esta color baptizaba

Diego Velazquez y los otros tiranos han baptizado sus execrables

tiranías y ambiciones y cudicias, no haciendo cuenta ni advirtiendo las

ánimas que echaban de los indios á los infiernos, con las muertes y

estragos que en ellos hacian, la infamia de la fe y religion cristiana,

los grandes escándalos y alborotos que por todas aquellas regiones con

sus violencias sembraban, en las gentes humildes, mansas y pacíficas,

las injusticias que cometian sacándolas de sus tierras y casas y

llevándolas á otras tan lejanas y desproporcionadas de las suyas,

captivas, donde al cabo todos sin escapar uno perecian. Estos eran los

servicios que á Dios y á Sus Altezas, y la conversion á la fe católica

de aquellas gentes, con su gran celo Diego Velazquez y los demas

ofrecian. Así que, sabido el alzamiento con el navío de los dichos

indios, proveyó Diego Velazquez dos navíos y gente española en ellos,

los cuales, llegados á la isla, vieron la cruz y letras en el árbol

esculpidas, y sin más parar fueron en busca de los 25 españoles de isla

en isla hasta una á que pusieron por nombre Sancta Catalina, cerca

de la cual, entre unas peñas que llaman arracifes, hallaron quemada

la carabela ó navío con que se habian alzado los indios. Saltaron en

la isla para servir á Sancta Catalina, cuyo nombre le habian puesto,

y pelean con los vecinos y moradores della, y, muertos los que matar

pudieron, captivan todos los que prender pudieron, y de aquella pasan á

otra isla que se nombraba Utila y hacen otro tanto, por manera que de

ambas á dos captivaron hasta 500 personas, y, repartidas en ambos á dos

navíos, metiéronlas debajo de cubierta, cerrada la puerta ó escotilla.

Hecha esta egrégia hazaña, y della ellos muy contentos y favorecidos,

sálense á pasear y holgar en la isleta para luégo se partir para la de

Cuba no poco ricos; los indios que estaban presos en la una carabela,

sintiendo que habian quedado en ella pocos españoles, tuvieron manera

de, urgando y forcejeando, quebrar ó desviar el escotilla, y comenzaron

á priesa y con ímpetu á salirse por ella. Viéndolos los españoles

acuden de presto á ellos con sus armas y palos, diciéndoles, y dando

en ellos golpes, que no saliesen; pero los indios con gran esfuerzo,

no curando de su consejo y fuerza, salen y dan en ellos con palos y

piedras que sacaban de debajo de cubierta consigo, y con tanto ánimo

y fuerzas y perseverancia pelearon con ellos, que, no los pudiendo

los españoles sufrir, se echaron la mitad dellos á la mar y á la otra

mitad mataron los indios, quedando el navío del todo por los indios;

y apoderados dél echan mano luégo de todas las lanzas y rodelas y

las demas armas que en él habia, y aparéjanse para se defender. La

gente española que estaba holgándose en tierra, sintiendo y viendo lo

que pasaba en el navío, diéronse priesa á se recoger en el otro, y

arribando sobre él comenzáronlo á combatir y pelear con los indios;

los cuales se defendian y peleaban con tanto esfuerzo y fortaleza, así

las mujeres como los hombres, con arcos y flechas, lanzas y rodelas, y

piedras, más de dos grandes horas, que los españoles quedaron admirados

y harto cansados y descalabrados. Pero prevaleciendo los españoles

contra los indios, y los indios viéndose maltractar y que caian muertos

muchos dellos, echáronse todos los hombres y muchas de las mujeres á

la mar. Recogieron todas las mujeres que pudieron con las barcas, y de

los hombres algunos se salvarian, é irian á tierra nadando, y tambien

es de creer que matarian algunos; y finalmente, cobrado el otro navío,

y con ambos y obra de 400 personas, mujeres y hombres que pudieron

prender ó retener de los que habian salteado, y más 20.000 pesos de oro

bajo, dieron la vuelta y llegaron á la Habana. Todo ésto refiere Diego

Velazquez en la carta que arriba se dijo, que destos casos escribió

al Almirante. Por estos acaecimientos asaz se convence y confunde la

malicia y falsedad de los que á estas gentes miserandas de bestias

infaman, pues por ellos parece de cuánta industria, y sagacidad, y

prudencia, y esfuerzo en las peleas en ambos á dos casos usaron para

librarse de tan injusto captiverio, y cómo, si tuvieran tales armas

como nosotros, aunque desnudos en cueros, de otra manera nos hobiera

sucedido el entrar en sus tierras y reinos matando y captivando y

robando, como habemos siempre por nuestros pecados entrado; pero

porque las hallamos desnudas y sin alguna especie de armas, que para

contra las nuestras valiesen algo, las habemos así talado y asolado,

y no por falta de no ser hombres bien capaces y bien racionales y

esforzados.

CAPÍTULO XCIII.

Tornando á proseguir la historia de los padres de Sant Hierónimo,

partiéronse de la isla de Sant Juan y llegaron á esta isla y puerto

de Sancto Domingo, trece dias ántes que el Clérigo. Hízoseles gran

rescibimiento por los Oidores ó Audiencia, y por los oficiales del

Rey, cuyo principal era el tesorero Miguel de Pasamonte, de quien

arriba hobimos dicho ser persona de mucha prudencia y autoridad.

Todos, los unos y los otros, eran personas muy entendidas, marcadas y

regatadas, y así supieron con lisonjas y artificio de palabras ganar

la voluntad de los Padres, y, entendido á lo que venian, representando

sus servicios, como si hobieran sido algunos, sus necesidades, y como

la tierra no podia sustentarse sin tener los españoles los indios,

dando para ello muchas razones como las que siempre dar acostumbraron,

apocando y deshaciendo los indios, diciendo que si los soltaban no

sabrian trabajar para se sustentar (como si los pecadores los hobieran

mantenido ántes que á estas tierras viniesen desde España, ó si los

hallaran cuando á ellas vinieron muriendo de hambre, y no ántes á

ellos millares de veces se la hobieran matado), los Padres los oian

de muy buena gana, y les tenian todo buen respecto y hacian todo buen

acatamiento, y finalmente, les daban y dieron grande crédito, y ellos

ganaron á los Padres la voluntad; y de tal manera supieron ganársela,

que ganaron que no se pusiese en ejecucion la Cédula que traian de

quitarles los indios, que ellos más que otros oprimian y mataban, y

así se quedaron con ellos hasta que los acabaron. La Cédula en que

se les mandaba que los quitasen á los del Consejo y otras personas

que en Castilla ó en la corte residian, no pudieron disimular que no

la ejecutasen. Llegó, pues, á este puerto y ciudad el Clérigo, trece

dias pasados, hallando los oidos y áun voluntades de los Padres por

aquello bien ocupadas y ganadas; visitábalos muchas veces, hablábales

lo que convenia á la libertad y conservacion de los indios, traíales

personas que vian los malos tractamientos que á los indios se hacian

oíanlos los Padres, pero ninguna cosa comenzaban ni se determinaban.

Una vez vino al clérigo Casas un clérigo que habitaba en las minas que

llamaron de los Arroyos, cinco ó seis leguas desta ciudad de Sancto

Domingo, y díjole de lástima que supiese que los indios allí eran

mal tractados, y que los habia visto enfermos de los trabajos de las

minas y echados en el monte ó en el campo, cubiertos de moscas, sin

que ninguno los curase ni hiciese caso dellos, y que así los dejaban

morir los que los tenian encomendados. El clérigo Casas tomó de la

mano al otro clérigo que desto le avisaba, y llévalo á que lo dijese

á los Padres, lo cual oido y bien explicado comenzaron los Padres á

poner duda en lo que el clérigo les referia, y á dorar y excusar la

crueldad é inhumanidad de los tiranos que la obraban. El clérigo, que

parecia bueno y de compasion pura venido habia, ó al ménos mostrábalo,

á avisar al clérigo Casas, entendiendo que para procurar por los indios

habia sido enviado, respondió á los Padres algo libremente, más que oir

quisieran: «¿sabeis Padres reverendos, qué voy viendo? que no habeis

de hacer á estos tristes indios, más bien que los otros Gobernadores.»

Dichas éstas palabras, salióse, y ellos quedaron, á lo que pareció,

harto tristes y aún confusos. Como el clérigo Casas insistiese con

los Padres que se quitasen los indios á los Jueces y oficiales y á

los demas, y pusiese en ello todo su conato para que consiguiesen

su libertad, como traian mandado, pareció que padecia peligro de su

persona por los muchos enemigos que por esta causa cobraba; por temor

de lo cual los religiosos de Sancto Domingo se movieron con caridad á

rogalle que se viniese á posar á su monasterio, y él lo aceptó, donde

le dieron un buen aposento, segun ellos lo tenian de sanctos pobres,

llano y moderado, porque así edificaron al principio aquella casa. Allí

estuvo, al ménos de noche, seguro el padre Casas. Desde á dos ó tres

meses llegó á esta ciudad el licenciado Zuazo, Juez de residencia,

presentó sus poderes, fueron rescibidos y obedecidos, mandó apregonar

la residencia y comenzóla á tomar; y porque el clérigo Casas tenia por

muy culpados á los dichos Jueces, como en la verdad lo eran, en haber

consentido destruir las islas de los Lucayos, salteando y prendiendo

con grandes crueldades las inocentísimas gentes moradores dellas,

trayendo á esta isla, donde todas perecian, los navíos llenos de

ellas, muchos años, y no sin sospecha de que tenian los mismos Jueces

parte en las mismas armadas que para traellos se hacian, púsoles una

terrible acusacion, hecha su protestacion, como á reos y homicidas y

causa de todo ello, y, segun ella fué, no se creia por los que bien

las cosas entendian, sino que fueran condenados á muerte, la cual,

sin alguna duda, muy bien merecian. Pero pocos de los malos jueces y

que tiránicamente gobiernan, vemos por los que les toman residencia

sentenciados á muerte, y en los ménos secutada la sentencia. Desta

acusacion pesó muy mucho á los padres Hierónimos, y de todo lo que

cerca desta materia el clérigo Casas hacia, no por otra razon, se

creyó, sino por el amor que ya les tenia, ó quizá porque no querian que

se supiesen las crueles tiranías pasadas, porque no pareciese ser mayor

su obligacion para quitar los indios, lo cual parecia que era lo ménos

que pretendian, no se supo con qué espíritu; y, empero, por otra causa,

cierto, acá no venian ni vinieran sino para poner en libertad y remedio

los indios, como arriba queda visto. Pidieron parecer á los religiosos

de Sancto Domingo, y creo que tambien á los de Sant Francisco y á los

dichos Jueces y oficiales del Rey, sobre si quitarian los indios; el

parecer que darian los Jueces y oficiales del Rey, manifiesto es cuál

sería; el de los Franciscos, porque habia entre ellos pocos letrados y

ménos cognoscimiento y advertencia de la gravedad de las injusticias

que los indios habian padecido y padecian, y disminucion que cada

hora en ellos habia, y porque los dias pasados fueron contrarios de

los Dominicos, por favorescer á los españoles, con harta ceguedad que

tuvieron, como arriba se dijo, no se creyó que fuese cual segun Dios

ser convenia. El de los Dominicos fué el que se sigue.

CAPÍTULO XCIV.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 25 / 38 段