Consejo entraban, y considerada y disputada la órden que el Clérigo,
para que los indios saliesen de tanta calamidad y consiguiesen su
pristina y natural libertad, y como los españoles tambien pudiesen
tener manera para en la tierra se sustentar, habia dado, y añadido ó
quitado algo de las circunstancias, segun mejor les pareció, aunque
ninguna cosa mudaron de la sustancia, y determinado que se proveyese
de buscar personas fieles que fuesen á ejecutallo, llamó el Cardenal
al Clérigo y encomendóle que las buscase cuales convenia para que
dellas tal obra se confiase. Pensando el Clérigo en quién serian,
como conociese pocas ó ningunas en Castilla por haber morado tantos
años en estas Indias, ocurrióle á la memoria un religioso de Sancto
Domingo, llamado fray Reginaldo Montesino, hermano del mismo padre
fray Anton Montesino, de la misma órden de Sancto Domingo, hombre
letrado, predicador prudente y experimentado, y no poco hábil en las
cosas agibles; y hablando un dia con el obispo de Avila sobre ello,
y diciéndole que no conocia otro sino aquel Padre, díjole el Obispo:
«mejor será que la eleccion de las personas que hayan de ir á poner
por obra este negocio remitais al señor Cardenal, que tiene más
experiencia que vos de personas en Castilla.» Hízolo así, para lo cual
escribió una Memoria en que puso las calidades que las personas que á
poner en ejecucion aquella órden habian de ir debian tener, conviene á
saber, que fuesen cristianas, religiosas, prudentes y experimentadas,
rectas y amadoras de justicia, y de las angustias de los pobres y
desmamparados compasivas, y porque fácilmente su reverendísima señoría
cognoscería mejor las tales personas, en quien las dichas calidades
concurriesen, que él en Castilla, le suplicaba tuviese por bien de la
eleccion dellas tomalla sobre sí. Llevándole aquesta Memoria, díjole
con graciosa y alegre cara el Cardenal: «Pues padre, ¿tenemos buenas
personas?» Respondió el Clérigo: «por el papel lo verá vuestra señoría
reverendísima.» Visto el papel ó memoria, consideró el Cardenal que
todas aquellas condiciones se hallarian bien, y por la mayor parte, en
religiosos de Sant Hierónimo, y puesto que tambien se hallaran en los
de Sancto Domingo y de Sant Francisco, pero porque sabia que los años
pasados habian ido á la corte los Franciscos, por induccion de los
seglares, contra los Dominicos, como arriba cuasi en el principio deste
libro se vido, parece haberse prudentemente movido el Cardenal á no
tomar de las dichas dos Órdenes, sino de otra, por evitar lo que podia
en disfavor de la una ó de la otra sentirse ó decirse. Y para efecto
desto determinó escribir al General de la órden de Sant Hierónimo, que
en el monasterio llamado Sant Bartolomé de Lupiana siempre reside,
que porque el Rey determinaba de poner órden y remedio en las Indias,
y habian menester personas que la ejecutasen de mucha confianza, y
virtud, y religion, por ser la obra importantísima, y entendia que
en aquella Órden las habia, le rogaba encarecidamente que le diese
algunos religiosos della, para que con las provisiones y poderes del
Rey viniesen á estas tierras á ejecutar lo que se habia determinado,
para remedio de las gentes dellas, en cuyo viaje y ejercicio supiese
de cierto que ofrecerian á Dios inestimable sacrificio, y el Rey por
su parte rescibiria muy señalado servicio. Rescibidas estas letras,
el General convocó luégo todos los Priores de toda la provincia de
Castilla para celebrar Capítulo, que ellos llamaron Capítulo privado,
y juntos en Sant Bartolomé de Lupiana propuso el General á todos la
demanda y ruego del Cardenal; la cual oida, todos acordaron, que, pues
la obra era de tanto mérito, cuanto á Dios, y en sí pia, y que el Rey
lo recibiria por gran servicio, que obedeciese la voluntad y ruego
del Cardenal, y para ello señalaron 12 frailes escogidos entre todos
los de la provincia, para que de los 12 tomase el Cardenal cuantos
le pluguiese, y que fuesen cuatro Priores señalados con este recaudo,
y á ofrecelle de parte de la Órden todo el restante della, para en
semejantes obras servirse segun le pluguiese. Vinieron los cuatro
Priores á Madrid, donde la corte, como se dijo, entónces residia, y
como el Clérigo desease muy mucho la respuesta buena de la órden de
Sant Hierónimo, fué un domingo á oir ó á decir misa á Sant Hierónimo,
que está un rato fuera de la villa, y, andando por la sobre-claustra,
estaba rezando un religioso viejo y bien viejo, y llegóse á él y
preguntóle si sabia algo de lo que el Cardenal les habia enviado á
pedir; respondió que sí, porque él era uno de cuatro Priores que traian
la respuesta de la Órden, y buen recaudo de lo que el Cardenal les
pedia. Anoche, dijo él, vinimos, ya lo sabe el señor Cardenal, y á la
tarde ha de venir acá, donde le diremos y ofreceremos lo que digo. No
se podria fácilmente pronunciar el alegría que el Clérigo de tales
nuevas rescibió, y díjole: «Pues yo soy, padre reverendo, un clérigo
venido de las Indias, que solicita estos remedios por ésto, por ésto y
por ésto.» Y así le refirió en breve las angustias, muertes, opresiones
y calamidades y perdicion de los indios, las causas dellas, la cudicia
de nuestros españoles, con las crueldades que en ellos habian hecho y
quedaban haciendo, la obra para que el Cardenal los llamaba cuál era, y
de grandes siervos de Dios cuán digna. Dijo el bueno del Prior, por la
relacion y espresion de la grandeza y mérito de la obra que el Clérigo
le significó, con celo de virtud ya rendido: «Pluguiera á Dios que yo
fuera de algunos años atras, para poderme dedicar á tan sancto camino,
porque yo me tuviera, muriendo en la demanda, por felicísimo.» Fuese
el Clérigo á comer lleno de espiritual regocijo, haciéndosele cada
hora hasta la tarde más que un dia. A la tarde cabalgó el Cardenal y
el Adriano, y toda la corte con ellos, donde habia muchos caballeros
y algunos Grandes, y porque era verano tenian los religiosos muy
aparejada la sacristía, que es cosa muy fresca, y allí entraron el
Cardenal y el embajador Adriano, y el obispo de Avila, y el licenciado
Zapata, doctor Carabajal y doctor Palacios Rubios, y los cuatro Priores
que traian el recaudo; quedóse toda la corte en el coro bajo que
ante la sacristía está. Ofrecieron los cuatro Priores su respuesta
por toda su Órden, y los 12 religiosos que habian en su Capítulo
privado nombrado, con todo lo demas que su señoría reverendísima
quisiese servirse della, en especial para negocios tan calificados,
donde concurrian honra y gloria de Dios y servicio del Rey, con tanto
provecho como se pretendia y esperaba de las ánimas. El Cardenal, de
parte del Rey y suya, mucho se lo agradesció, y comenzó á engrandecer
la calidad del negocio, y cuánto en ejercitar ó ejecutar lo que estaba
acordado servirian á Dios, y de donde habia grandísimo beneficio y
liberacion para estas gentes de resultar, y á vueltas desto el Cardenal
encareció muy mucho el celo y solicitud del dicho Clérigo, en haber
venido de tan lejas tierras, por aquestas océanas mares, sin pretender
cosa propia temporal, repitiendo algunas veces: «Ahora creed que
_divinitus_ ha venido acá este Clérigo.» Despues de haber platicado en
ésto y en lo que se debia hacer para efecto del breve despacho, mandó
el Cardenal que buscasen y llamasen luégo los porteros al Clérigo, el
cual estaba en el sobre-cláustro del mismo monasterio, esperando lo
que habia de salir de aqueste acto, encomendando á Dios los alumbrase,
y cuasi estaban todas las puertas cerradas; y como no lo hallasen,
preguntando á todos por el Clérigo de las Indias, de manera que fué
notorio á todos los caballeros y Grandes y corte que dijimos estar en
el coro bajo, junto á la sacristía, van corriendo á Madrid á buscallo
y no lo hallan. El Clérigo, ya cansado de esperar, determinó bajarse y
no halló puerta abierta; pero descendió por la escalera que descendia á
la sacristía donde estaba el Cardenal, con los que con él estaban, que
tenian la puerta cerrada, y oyendo hablar llamó y respondieron diciendo
si habian visto al Clérigo de las Indias, dijo: «yo soy», dicen que se
vaya por otra parte porque por aquella puerta no podia entrar. Tórnase
por donde habia descendido, y finalmente halla puerta para salir al
cuerpo de la Iglesia, y della pasa por medio del coro donde estaban
todos los señores y grandes sentados, el cual fué de todos bien mirado,
y es de creer que el obispo de Búrgos lo miraria más, y quizá con harto
dolor de su ánima, considerando que le habian excluido del Consejo de
las Indias, donde tanto habia mandado, por su causa. Y parece que al
Obispo quiso dar Dios aquel tártago con aquella prosperidad del Clérigo
en favor de la verdad que el Clérigo tractaba, porque le menospreció y
trató mal en Plasencia, como en el capítulo 84 se declaró, debiéndole
rescibir como á un ángel del cielo enviado para despertarlo del sueño
y ceguedad en que estaba. Entrado, híncase de rodillas el Clérigo ante
el Cardenal, el cual, con graciosa y benigna cara le dijo: «Dad, padre,
gracias á Dios que se van aparejando de cumplir los deseos que Dios os
ha dado; estos padres Priores de la órden de Sant Hierónimo traen doce
religiosos señalados, para que dellos tomemos los que fueren, para que
lleveis á poner en órden aquellas Indias, necesarios, há parecido que
bastan tres, iros heis esta noche á la posada y daros hán cartas del
crédito que habeis de llevar para su General y dineros que gasteis.
Llegando allá, representareis al dicho General las calidades que deben
concurrir en las personas que conviene que vayan á las Indias para este
negocio tan árduo, y despues de conferido entre él y vos, los tres que
de los doce que vienen nombrados escogiéredes aquellos se señalen, y
habido el primero que de los tres más presto halláredes, veníos con él
á esta corte, y hacerse hán los despachos, y de camino para Sevilla
los podeis despues llevar.» El Clérigo, con intensísimo gozo y poco
ménos que llorando, dijo al Cardenal: «Yo, señor reverendísimo, hago
inmensas gracias á Dios que tan inestimable bien me ha hecho en oir
tales palabras, y por la esperanza que por ellas concibo de ver en vida
de vuestra señoría reverendísima aquellas tristes y opresas gentes
remediadas, y suplico á nuestro Señor remunere á vuestra señoría obra
tan heróica con gran premio en su bienaventuranza; yo haré con todo
cuidado lo que vuestra señoría reverendísima me manda, y en cuanto á
los dineros no los hé menester, porque para gastar y sustentarme en
este negocio yo tengo hartos.» Dijo el Cardenal sonriéndose: «Andá,
padre, que soy más rico que vos;» y ésto dicho, el Clérigo sálese, y
el Cardenal quedó diciendo _multa favorabilia de Joanne_. Desde á poco
salió el Cardenal y la corte toda con él para su posada, y uno de los
Priores, llamado fray Cristóbal de Frias, todo cano y de aspecto muy
venerando, teólogo, y segun se decia el principal en letras que tenia
entónces su Órden, juntóse con el Clérigo á hablar muy familiarmente,
queriendo ser informado de las cosas destas Indias, de las cuales oyó
hartas; y entre otras palabras dijo al Clérigo: «Basta, señor, que
teneis bien ganado el corazon del Sr. Cardenal,» dándole á entender la
mucha gracia que con el Cardenal habia alcanzado, y el crédito que en
los negocios destas Indias le daba.
CAPÍTULO LXXXVII.
A la noche fué el Clérigo á la posada del Cardenal y mandóle dar
los despachos, y con ellos le dieron para su camino 20 ducados, los
cuales, porque no pareciese tenerlos en poco, los quiso tomar. Luégo
otro dia se partió para Sant Bartolomé de Lupiana, que está de Madrid
10 ó 11 leguas, si no me engaño, y dadas las cartas al General, fué
rescibido muy bien, y habiendo cenado el Clérigo, comenzaron luégo
á tractar del negocio á que su venida se enderezaba. Y dichas las
calidades que debian, segun entendia el Clérigo, en los religiosos
que para el viaje y negocio se enviasen, concurrir, dijo el General:
«Señor, de los 12 nombrados que traeis, uno está presente aquí de
los que vinieron á este nuestro Capítulo, que aún no es ido; éste me
parece que si quereis podeis escoger, porque es hombre cuerdo y algo
teólogo y buen religioso, y tambien robusto para sufrir trabajos,
llamado fray Bernardino Manzanedo.» El Clérigo le dijo que lo mandase
llamar y le propusiese la obra que se queria encargar, y aun que se
lo mandase, presuponiendo el Clérigo, que, como fuese religioso, y
por todo el Capítulo entre los doce nombrado, que no podia sino ser
persona conveniente para llevarle con los demas. Vino al llamado del
General, fuéle propuesto el negocio arduísimo, aunque muy meritorio,
que se le queria imponer; dále el Clérigo gran esperanza de servir
mucho á Dios por le hacer el gran beneficio que en aquel viaje habian
de conseguir tan infinitos prójimos. Respondió, como cuerdo hombre,
poniendo delante las pocas fuerzas de virtud y sabiduría que conocia
en su persona para negocio tan grande, y por tanto que suplicaba á
su paternidad no le mandase cosa tan árdua y de tanta dificultad, si
posible era; pero que al fin, como hijo de obediencia, no podia sino
obedecer referida primero su insuficiencia é inhabilidad. Insiste mucho
el Clérigo que se lo mandase sin admitille sus excusas, añidiendo
que el negocio, supuestas las fuerzas y ayuda que Dios daria en obra
tan manifiestamente justa y sancta, sería fácil, é que no desechase
de sí tesoro que Dios le ofrecia tan señalado, por pusilanimidad.
Finalmente se lo mandó, y él lo aceptó, y el Clérigo se contentó y
alegró, no de la cara, porque la tenia de las feas que hombre tuvo,
sino de la religion y virtud que tener dél estimaba. Platicaron sobre
quién serian los otros dos, y referidas las calidades de una y de otra
parte, acordaron que fuese uno el Prior de la Mejorada, nombrado fray
Luis de Figueroa, y el otro el Prior de San Hierónimo de Sevilla.
Pidió el Clérigo las obediencias para los dos, y la del Prior de la
Mejorada envióla luégo con un mensajero, y escribióle que se fuese á
Madrid luégo á juntar con él y con el fray Bernardino, y la otra dejóla
para llevarla él cuando para Sevilla se partiesen. Y por cumplir con
lo quel Cardenal le habia mandado, de con el primero de los frailes
que nombrase se fuese luégo para Madrid, partiéronse luégo otro dia,
el Clérigo, al ménos, muy alegre y regocijado, el cual no veia la
hora que llevar su negocio adelante. Fué luégo á besar las manos al
Cardenal, llevando al religioso consigo para que tambien se las besase
y ofreciese su persona para ir á servir en lo que mandaba. Dióle cuenta
el Clérigo de lo hecho, y cuáles eran las otras dos personas, segun
la relacion que el General le habia dado, y cómo habia despachado la
obediencia para el Prior de la Mejorada, al cual en breve lo esperaba;
el Cardenal se holgó mucho de ver cuán en breve y cuán bien el Clérigo
traia su recaudo, y mandó luégo entender en sus despachos. Llevó el
Clérigo al fray Bernardino á su posada, y en ella recreaba cuanto le
era posible al dicho Padre. Vino luégo el Prior de la Mejorada, y
trujólo el Clérigo tambien á su posada; y como si la salvacion ellos le
hubieran de dar, de lo que tenia, que no era demasiado, los sustentaba,
y hasta gastar con ellos cuanto tuviera los sustentara. Pero como los
españoles destas islas y Procuradores que habian ido dellas á España,
para negociar sus propios intereses con perdicion destas ánimas,
entendieron los negocios del Clérigo que iban adelante, y venidos los
dos frailes, de quien poco bien segun imaginaban que el Clérigo habia
rodeado esperaban, aguardaban á los frailes cuando salian de la posada
del Clérigo, y en topándolos blasfemaban del Clérigo, diciendo que era
su enemigo capital, y que los queria destruir como hombre perverso y
malo, y que no les iban á servir é informar de sus maldades por estar
con él sus reverencias y paternidades en una posada; estuvieron así
los frailes con el Clérigo pocos dias, y acordaron de se ir á posar á
un hospital que hay en Madrid, llamado Sancta Catalina, de su Órden,
donde vivian unos donados. Fué para los españoles destas Indias, que
allí á la sazon estaban, apartarse del Clérigo los frailes, alegría
inestimable; allí, de dia y de noche, todos cuantos ellos eran les
tenian palacio, y en otra materia no hablaban sino en decir mal del
Clérigo y de los miserables indios, infamándolos de bestias y que eran
unos perros, y en todo cuanto podian, para en pago de lo que les habian
servido y muerto por sus crueldades, y matándoles la hambre, habiendo
venido á estas tierras andrajosos y llenos de piojos, aniquilándolos.
Fué de tanta eficacia la conversacion que de noche y de dia tuvieron
los frailes con ellos, y tan abiertos tuvieron los oidos á todo lo
que decirles en perjuicio del Clérigo y de los indios querian, que no
curaban en nada del Clérigo, de vello ni de oillo ni de informarse
dél, teniéndolo por sospechoso, como si procurara negocio y utilidad
suya propia, dando crédito á las relaciones que á ellos les hacian,
todas ordenadas para su temporal interese y en opresion y destruccion
de los indios, como si fueran hatos de ganados que el Clérigo les
quitara ó algunas cosas insensibles; y cresció tanto este crédito
que los frailes tuvieron de lo que aquellos, para en favor de sus
cudicias y tiranías, les decian, que cuando hablaban los frailes con
otros no era menester para su defensa que estuviesen ellos presentes,
y así, acaeció un dia, que, yendo los frailes á hablar al doctor
Palacios Rubios, tanto dijeron en favor de los españoles contra los
tristes y desmamparados indios, que les respondió el doctor: «A la
mi fe, padres, poca caridad me parece que teneis para tractar este
negocio de tanta importancia á que el Rey os envia.» El cual, desde
aquella hora, tuvo estima dellos que iba el negocio en sus manos
perdido, y determinó de impedir en cuanto pudiese su ida. Y porque
le daban priesa del Consejo Real (y segun se sospechó de industria,
los que tenian parte ó arte en los intereses de estas Indias, y les
pesaba del bien y reformacion que el Cardenal enviaba para remedio
de los indios), que el dicho doctor fuese á la Mesta, que se hace en
Berlanga por Agosto el dia de Sant Bartolomé, acordó de ir á hablar
al Cardenal para decille que por ninguna manera convenia que aquellos
frailes fuesen con aquel cargo á las Indias, porque no habian de hacer
cosa buena, segun la mala disposicion que por estar imbuidos de los
seglares ya concebido habian contra los indios. Fué pues el doctor
Palacios Rubios al Cardenal, puesto que con gran trabajo, por estar de
gota muy tollido, y, porque el Cardenal á la sazon estaba de cámaras
enfermo y en mucho peligro, tardó algunas horas esperando en su Cámara
hablalle y nunca pudo. Tornó otro dia y fué lo mismo, y por no poder
más esperar partióse harto triste, y el Clérigo, por sentir el daño
que podrian hacer con su venida de aquella manera dispuestos, quedó
tristísimo. Plugo á Dios que convalesció el Cardenal y mandó luégo
concluir las provisiones y despachos para que los frailes y el Clérigo
aparejasen su partida, los cuales fueron: lo primero, se despachó
Cédulas para que en llegando se quitasen los indios á los del Consejo
del Rey y á todos los que residian en Castilla, como fué al secretario
Conchillos que tenia, segun era público, 1.100 indios, y al obispo de
Búrgos 800, y á Hernando de Vega otra multitud dellos, al licenciado
Moxica que no debian ser ménos de 200, y á otros que se sospechaba
tener en cabeza agena indios. Desde entónces nunca los del Consejo
tuvieron en las Indias, al ménos públicamente, si quizá no secreta y
con cautela, indios; de aquí quedó el Clérigo un poquillo sobre lo
demas de todos aquellos señores poderosos mal quisto. Proveyóse otra
Cédula, que luégo, en llegando los frailes, se quitasen los indios
que tenian muchos los Jueces y oficiales del Rey, como arriba queda
dicho, que tenian, y eran los que peor y más cruelmente los trataban,
como tambien fué referido; proveyóse tambien que á todos éstos se les
tomase residencia, porque habian vivido como moro sin Rey, como dicen,
mayormente despues que fueron causa que anduviese fuera de su casa el
Almirante, habiendo ido á Castilla. Señalóse un colegial del colegio
del cardenal de Valladolid, llamado el licenciado Zuazo, hijodalgo
natural de Segovia, para que se la tomase, por Juez de residencia,
y tuviese toda la gobernacion entre tanto desta isla. Los frailes
no vinieron por gobernadores segun algunos creian, sino solamente á
entender y ejecutar lo que se habia ordenado tocante á los indios.
CAPÍTULO LXXXVIII.
En el cual se contiene la Instruccion que llevaron los frailes
Hierónimos, cerca de lo que habian de hacer para poner en libertad
los indios, y primero se puso cierto preámbulo.
«Lo primero que deben hacer los Padres que fueren á las Indias para
las reformar, en llegando á la isla Española hagan llamar ante sí los
principales cristianos, viejos pobladores, y decirles que la causa
principal de su ida es los grandes clamores que acá se han hecho contra
ellos y contra los otros pobladores, especialmente contra los que han
tenido y tienen indios encomendados, que los han maltratado y hecho
muchos males, matando á muchos dellos sin causa y sin razon, tomándoles
sus mujeres é hijas y haciendo dellas lo que han querido, haciéndolos
trabajar demasiadamente y dándoles poco mantenimiento, compeliendo á
las mujeres y á los niños á que trabajasen, y haciendo á las mujeres
malparir y no dejándolas criar sus criaturas, y otras muchas fuerzas
y daños de que se dieron grandes memoriales al reverendísimo señor
Cardenal, los cuales llevan los dichos Padres. Y porque Sus Altezas
y el reverendísimo señor Cardenal y el señor Embajador quieren saber
la verdad de todo ésto como pasa, para lo proveer y remediar porque
las islas no se pierdan del todo, mandaron á los dichos Padres que
de todo ello se informen para que se proveyese y remediase; que los
dichos pobladores digan lo que saben de cómo ésto ha pasado y pasa,
y, si vieren los Padres que conviene, tomalles juramento que dirán la
verdad, y por otra parte tambien ellos se informen dello. Háganles
entender como todo ésto se hace para la conservacion dellos, y de los
indios, y de las dichas islas, y que si de voluntad y consentimiento
de partes se pudiere hallar y tomar algun buen medio, con que Dios y
Sus Altezas sean servidos, y ellos y los indios aprovechados, y las
islas remediadas, que aquel se tomará. Por tanto, que ellos y los otros
hombres, principales pobladores, se junten y hablen y platiquen en
ello, y piensen más sobre ello, y con lo que acordaren vuelvan á los
Padres y se lo digan; ésto y todo lo que más á los Padres pareciere
díganlo á las personas principales. Despues llamen á los principales
Caciques de la isla, y díganles como á Sus Altezas, y al reverendísimo
señor Cardenal, y al señor Embajador ha sido hecha relacion de su
parte, como en los tiempos pasados han sido muy opresos y agraviados de
los pobladores que allá han ido, y están en muchas maneras contenidas
en ciertas peticiones y memoriales, que sobre ello fueron dadas por
ciertos religiosos y clérigos, y porque la voluntad de Sus Altezas y
del reverendísimo señor Cardenal y del señor Embajador ha sido y es de
remediar y castigar los males pasados, y proveer en lo venidero para
que ellos y sus indios, de aquí adelante, sean bien tratados, pues son
cristianos, y libres, y súbditos de Sus Altezas, mandaron á los dichos
Padres que fuesen allá, y se informasen de todo ello, y supiesen la
verdad de cómo ha pasado, para que se proveyese así en en el castigo
de lo pasado, como en el remedio de lo venidero. Por tanto, que ellos
lo debian hacer saber á los otros Caciques y á sus indios, para que
entre sí platicasen sobre ello y pensasen en lo que se podia y debia
hacer, así en lo pasado como en lo venidero; y que si algun buen
medio se hallase, de voluntad de partes, para que Dios y Sus Altezas
fuesen servidos y los Caciques y sus indios fuesen bien tratados, como
cristianos y hombres libres, pues lo son, y ellos los otros pobladores
pudiesen justamente ser aprovechados, que se lo dijesen, que siendo tal
aquel se tomaria, que pensasen sobre ello, y que sean ciertos que la
voluntad de Sus Altezas y del reverendísimo señor Cardenal y del señor
Embajador es que ellos sean tratados como cristianos y hombres libres,
y que ésta es la causa principal, porque mandaron á los dichos ir á
aquellas partes. Y porque los Caciques y los indios crean lo que estos
Padres les dijeren, deben, al tiempo que los hobieren de hablar, tener
consigo algunos otros religiosos de los que allá están cognoscidos, de
quien ellos tienen confianza que les dicen verdad y procuran su bien, y
tambien porque entienden su lengua.»
Aquí es bien que se diga, que como el Clérigo viese tan arraigada la
tiranía en aquellas islas, y en aquella parte de tierra firme, donde
habia españoles, que no era otra sino la del Darien y por aquellas
provincias, y que por ella perecian en aquellas tierras aquestas
gentes, no osaba decir ni tocar diciendo ni mentando ni alegando
libertad de los indios, como si huyera de decir alguna cosa que fuese
absurda ó blasfema, hasta que un dia, hablando con el Cardenal en la
opresion y servidumbre que padecian, y tocando que con qué justicia
podian ser así en ella ó con ella afligidos, respondió el Cardenal
con ímpetu: «Con ninguna justicia; ¿por qué? ¿no son libres? ¿quién
duda que no sean libres?» Desde allí el Clérigo á boca llena osaba en
todo lugar alegar que los indios eran libres, y que todo lo que con
ellos se habia hecho era contra su libertad natural, y todo lo que
alegaba contra la tiranía de los españoles y por los indios fundaba
sobre aqueste principio. Así que parece bien que el Cardenal habia
bien entendido la raíz y fundamento de la justicia que se hacia á los
indios por la servidumbre horrible que padecian, pues tantas veces en
el preámbulo recitado los llamaba y afirmaba ser libres.
La Instruccion que los dichos religiosos llevaron, comenzaba desta
manera: