Tornando á proseguir la historia y camino del clérigo Bartolomé de las

Casas, digamos que, llegado á la ciudad de Sancto Domingo con deseo

de hablar é dar cuenta de su propósito al egrégio padre fray Pedro de

Córdoba, halló que era embarcado en un navío y salido del puerto con

ciertos otros religiosos de su Órden, en prosecucion de la licencia

y favor que el Rey católico le habia concedido para ir á predicar á

las gentes de la tierra firme; iban tambien con él ciertos religiosos

de Sant Francisco, extranjeros, creo que de Picardia, de los cuales

habian venido algunos á estas islas, con celo de predicar la fe á las

gentes dellas. Estos le rogaron que les diese lugar para ir con él y

ayudalle en la dicha conversion ó predicacion; holgó mucho el padre

fray Pedro de Córdoba de los admitir á aquel su apostolado, porque

siempre procuró de conservar el amistad caritativa entre ambas á dos

Órdenes. Salidos del puerto, sucedióles tan grande tormenta de viento

contrario, que les hizo volver la proa al puerto, pero como del mismo

puerto ventase otro viento terrible, adverso, y la corriente del rio

fuese impetuosa, y las olas de la mar con ella peleasen, toda la

ciudad que los estaba mirando los tenia por ahogados. Acudieron muchas

barcas y bateles á socorrellos, más para que si el navío se anegase,

recoger la gente que pudiese llegar á las barcas, que con pensamiento

de que la nao ó navío se podia escapar. Estando en este peligro, dijo

el padre fray Pedro al principal de los frailes Franciscos, en latin

porque no entendia nuestro romance: _Pater, hodie oportet nos hic mori

pro Christo_. Respondió el buen religioso Francisco: _Sit nomen Domini

benedictum_. Viendo los religiosos que estaban en el monasterio á su

padre fray Pedro, que estaba para perecer, hacian grande oracion llena

de lágrimas delante el Santísimo Sacramento, y toda la ciudad rogaba

con gran instancia á nuestro Señor que los salvase; finalmente, plugo

á la bondad y misericordia de Dios, que aflojó algo el viento que

ventaba del puerto, que los impedia entrar, y entraron con grandísimo

peligro, teniéndose su entrada por milagro. De los barcos ó bateles

que salieron á socorrellos, ó de los que habian salido á pescar, creo

fué uno ó dos los que se perdieron, y ahogáronse algunas personas, ó

que no sabian nadar, ó que la resaca, que son las olas que quiebran en

las peñas ó en la ribera, los impidieron que no llegasen á tierra y

escapasen. Pasados algunos dias fué á visitar el clérigo Casas al dicho

padre fray Pedro de Córdoba, y á darle parte de su venida de la isla

de Cuba, y propósito, que era ir á Castilla á informar al Rey de la

perdicion de las gentes de aquella isla, y de como llevaban el camino,

para fenecer todos en breve, que llevaron los desta isla Española.

Cuéntale los estragos y matanzas y opresiones que por sus ojos habia

visto, y como se habia convertido cayendo en el mal camino que como los

demas llevaba, y lo que á los españoles habia predicado y el estado de

perdicion en que los dejaba, y como el padre fray Gutierre de Ampudia,

viendo la poca esperanza que los religiosos que habia enviado consigo

á aquella isla tenian de que se enmendarian ni cesarian de matar

aquellas gentes, acordó de venir á dalle parte dello para ver lo que

mandaba, el cual en el camino habia fallecido, como ya el compañero

fray Diego de Alberca le habia dicho. El padre fray Pedro de Córdoba

le loó mucho su obra y su propósito, y se holgó de cognoscerle, y más

porque siendo clérigo le hobiese Dios inspirado verdad tan cierta,

en que tantos de todas profesiones y estados erraban, y animóle á la

prosecucion de su propósito, y entre otras palabras le dijo estas:

«Padre, vos no perdereis vuestros trabajos porque Dios terná buena

cuenta dellos, pero sed cierto, que, miéntras el Rey viviere, no

habeis de hacer, cerca de lo que deseais y deseamos, nada.» Entendida

la causa, no se creyó ser otra sino que, como el Rey tenia tanto

crédito del obispo de Búrgos, y del secretario Lope Conchillos, y éstos

estaban errados, aunque arraigados en aquel error, que los españoles

podian sin ningun escrúpulo de conciencia tener los indios repartidos

y servirse dellos, parecíale ser imposible de aquella falsa opinion

desarraigallos, mayormente teniendo ellos mismos y otros del Consejo

del Rey tantos indios. El clérigo Casas, puesto que le pesó de oir tal

palabra, pero no por eso desmayó, porque pareció que Dios le daba y

dió celo y deseo de procurar el remedio de aquellos desdichados, y con

ello gran perseverancia, y así respondió al Padre: «Padre, yo probaré

todas las vías que pudiere, y me porné á todos los trabajos que se

me ofrecerán, por alcanzar el fin de lo que he comenzado, y espero

que nuestro Señor me ayudará, y cuando no lo alcanzase habré hecho lo

que debia, como cristiano, vuestra reverencia me encomiende á Dios y

haga siempre encomendar.» Rescibió mucho placer y gozo el padre fray

Pedro de verle con tan buen ánimo, y desde allí le comenzó á mucho

amar, y fué creciendo cada dia, como parecerá, en tanto grado, que no

se cree haber amado más á ninguno de sus frailes; y porque padecian

grandes necesidades los religiosos en aquella casa, por su mucha

pobreza, mayormente por no tenerla hecha, sino un pedazo, acordó de

enviar á Castilla, en el navío que iba el Clérigo, al padre fray Anton

Montesino, el que arriba dijimos haber predicado primero, contra esta

tiránica maldad, hombre bueno y de conato y eficacia, para que pidiese

al Rey limosna para hacer la iglesia y casa, y tambien para que, si se

le ofreciese ocasion, al Clérigo, pudiendo, ayudase. Y así, por el mes

de Setiembre del año de 1515 se embarcó el Clérigo, y el dicho Padre,

con otro compañero suyo, en una misma nao, los cuales, por la gracia

de Dios, llegaron á Sevilla, con próspero viaje; fuese á su monasterio

el padre fray Anton Montesino, con su compañero, y el Clérigo á casa

de sus deudos, por ser de allí natural, y en pocos dias se dió priesa

y despachó para la corte, que á la sazon en Plasencia estaba. El

arzobispo de Sevilla, don fray Diego de Deza, de la órden de Sancto

Domingo, á quien el Rey católico mucho amaba, le habia escripto que se

fuese Su Alteza á Sevilla, porque era buena tierra para viejos, y como

el Rey andaba ya muy enfermo, acordó desde Búrgos irse allá. El padre

fray Anton Montesino dió noticia al Arzobispo del dicho padre clérigo

Casas, y los buenos deseos que tenia y cuán adelante estaba en la

defensa de los indios, y de la verdad que los frailes de Sancto Domingo

defendian, y el mismo padre fray Anton habia primero, de parecer de

todos los frailes, predicado, como en el cap. 4.º fué declarado.

Llevólo á que besase al Arzobispo las manos, rescibiólo con alegría, y

dióle carta para el Rey, acreditando su persona y negocio, suplicándole

lo oyese, y para otras personas de la Cámara que le diesen lugar y

favor para que al Rey hablase. Salidos de aquesta isla el Padre dicho

y el Clérigo, el padre fray Pedro de Córdoba, prosiguió su viaje para

tierra firme, con cuatro ó cinco religiosos de su Órden, muy buenos

sacerdotes, y un fraile lego, y tambien con los de Sant Francisco; los

cuales, puestos en tierra firme, á la punta de Araya, cuasi frontero

de la Margarita, desembarcáronlos con todo su hato, y dejáronlos allí

los marineros. Los franciscos y dominicos hicieron muchas y afectuosas

oraciones, y ayunos y disciplinas, para que nuestro Señor les alumbrase

dónde pararian ó asentarian, y, finalmente, los franciscos asentaron

en el pueblo de Cumaná, la última aguda, y los dominicos fueron á

asentar 10 leguas abajo, al pueblo de Chiribíchi, la penúltima luenga,

al cual nombraron Sancta Fe. Los indios los rescibieron con grande

contentamiento y alegría á todos ellos; los dominicos, en especial,

estuvieron sobre aviso de no ser onerosos en cosa alguna á los indios,

y así fué admirable el trabajo y trabajos que padecieron en hacer su

monasterio, cortando la madera y las vigas trayéndolas á cuestas,

haciendo hornos de cal, y acarreando la piedra, y todo lo demas que

para su edificio era menester. Creo llevaron un rocin y un carreton que

les fué harta ayuda; llevaron un chinchorro, que es una red, y con el

pescado que con él tomaban se mantenian. El pan de maíz les daban los

indios, los cuales se holgaban con la compañía de los frailes, por el

pescado que del chinchorro habian, y por el poco enojo que les daban y

ningun trabajo en que los ponian; llevaron el camino de Sant Pablo, que

manda Jesucristo, por no poner al Evangelio algun ofendículo.

CAPÍTULO LXXXIV.

Llegó á Plasencia el Clérigo, donde el rey Católico á la sazon estaba,

pocos dias ántes de Navidad del año mismo de 1515, y como sabia que el

obispo de Búrgos y el secretario Conchillos tenian indios, y tantos, en

todas estas cuatro islas, Española, Cuba, Jamáica y la de Sant Juan,

creyendo que le habian de contradecir, no curó de hablalles, sino de

negociar de hablar al Rey y dalle la carta del arzobispo de Sevilla,

y sobre ella del fin de su venida informalle. Lo cual hobo efecto, y

una noche, víspera de la víspera de la Natividad de nuestro Redentor,

habló al Rey bien largo, hízole relacion del fin de su venida, que era

notificalle la perdicion destas tierras y muertes violentas de las

gentes naturales dellas, y de las maneras como los españoles por sus

cudicias las mataban, y como perecian todas sin fe y sin Sacramentos,

y que, si con brevedad Su Alteza no acudia con el remedio, todas

en breve quedarian desiertas. Testificando que él habia visto las

grandes ofensas que á Dios se hacian en ello, y áun en menoscabo no

comparable de sus rentas, y que, porque este era negocio que mucho

importaba á su Real consciencia y hacienda y era necesario informar á

Su Alteza muy en particular cerca dello, para que lo que se arriesgaba

en no remediarlo á Su Alteza constase copiosamente, le suplicaba que

cuando fuese servido le diese larga audiencia. Respondióle el Rey,

que le placia dársela, y que en un dia de aquella Pascua lo oiria; y

dada la carta del arzobispo de Sevilla, besóle las manos y fuese. La

cual luégo envió al secretario Conchillos, y, creo, sin vella, como

cosa que tocaba á los indios, y por ella se descubrió la celada de

lo que el padre Casas pretendia, de que no rescibió Conchillos ni el

obispo de Búrgos, á lo que se creyó, mucha alegría. Creyóse tambien

que Diego Velazquez sospechó de que el dicho Clérigo le podria hacer

algun daño, diciendo al Rey algo de lo que en aquella isla pasaba,

y tambien al Almirante, cuyo Teniente él era; escribió al tesorero

Pasamonte, y el Tesorero á Conchillos, y al obispo de Búrgos, acerca de

lo que habia predicado contra los que tenian indios ó que favorecian

las cosas del Almirante (lo cual yo más creo, y en ello mostraba su

desagradecimiento si ésto escribió, pues el Almirante lo envió á

aquella isla, y le hizo della su Teniente), de donde sucedió no ser

grato al Obispo y á Conchillos tambien, aunque lo disimuló mejor

Conchillos que el Obispo, el dicho clérigo Bartolomé de las Casas.

Entre tanto acordó de hablar al confesor del Rey, fraile de Sancto

Domingo, llamado fray Tomás de Matiencio, como arriba queda declarado,

y dalle parte de la opresion y tiranía que padecian los indios, y

de sus calamidades, juntamente de la contradiccion que temia que el

Obispo y Conchillos y los demas del Consejo le harian, por tener

tantos indios, y con ellos tan gran interese, aunque eran los que

más cruelmente eran tractados, afirmándole convenir que el Rey sólo

debia entender este negocio primero y que al Obispo ni á Conchillos,

ni á los que del Consejo los tenian convenia que se les diese parte.

Habló el confesor al Rey notificándole los males é injusticias que

en estas islas se perpetraban, y la disminucion por ellos que venia

en los indios, y todo lo demas que el Clérigo afirmaba; y porque el

Rey determinó de se partir para Sevilla el dia de los Inocentes,

cuarto dia de Pascua de la Natividad, dijo al confesor, que pues

allí no habia lugar de oille, que le dijese de su parte que se fuese

á Sevilla, y que allí le oiria despacio, y pornia remedio en todos

aquellos agravios y daños. Y añidió el confesor, que le parecia que

debia dar parte al Obispo principalmente, y á Conchillos, é informalles

de los daños que padecian aquellas gentes, y como aquestas tierras

se despoblaban y de los remedios como eran tan necesarios; porque al

fin aqueste negocio habia de venir á las manos dellos, y era bien

tenellos informados, y quizá con las lástimas que de los indios contaba

blandearan. El cual, puesto que contra su voluntad, y teniendo por

cierto que como hubiese interese de por medio padeceria el negocio

grandes dificultades, todavía, viendo que pues el confesor se rendia,

era menester al Obispo y á Conchillos hablalles, acordó ir á tentallos.

Fué primero al secretario Conchillos, el cual como sabia ya á lo que

venia, por la carta del Arzobispo para el Rey, lo rescibió muy bien,

y con palabras muy dulces comenzó á hacerle una manera de halagos,

y en tanto grado con él allanarse, que pudiera el Clérigo bien

animarse á pedille cualquiera dignidad ó provecho en estas Indias, y

él dársela; pero, así como la divina misericordia tuvo por bien de

sacarle de las tinieblas en que como todos los otros, perdido andaba,

y á lo que despues pareció le eligió Dios para con increible conato

y perseverancia declarar y detestar aquella pestilencia tan mortal,

que tanta disminucion y extrago ha hecho en la mayor parte del linaje

humano, así misericordiosamente obró con él quitándole toda cudicia,

de cualquiera bien temporal particular suyo: poco le movieron las

caricias y blanduras de Conchillos, y la esperanza que dellas pudiera

el Clérigo tomar, para dejar de proseguir el propósito que Dios le

habia inspirado. Determinóse tambien de hablar al Obispo por seguir el

parecer de dicho confesor, y una noche, pidiéndole audiencia, refirióle

por una memoria que llevaba escripta, algunas de las crueldades que

se habian hecho en la isla de Cuba, en su presencia, entre las cuales

le leyó la muerte de los 7.000 niños en tres meses, como arriba queda

relatado; y agraviando mucho el Clérigo la muerte de aquellos inocentes

por caso extraño, respondió el señor Obispo (siendo el que todo lo

destas Indias gobernaba): «Mirad qué donoso necio, ¿qué se me dá á mí

y qué se le dá al Rey?» por estas mismas y formales palabras. Entónces

el Clérigo alza la voz y dijo: «¿Que ni á vuestra señoría ni al Rey

que mueran aquellas ánimas no se dá nada? ¡oh gran Dios eterno! y ¿á

quién se le ha de dar algo?» y diciendo ésto sálese. No faltaron allí

presentes algunos de sus criados, que habian estado en estas Indias,

que, en disfavor del Clérigo, al Obispo lisongearon, á los cuales

permitió Dios despues que se ingiriesen en negocios donde hicieron á

estas gentes hartos daños, para quizá todo junto, con los disfavores

que dieron al Clérigo, en la otra vida lo pagasen; y áun en esta fueron

infelices al cabo. Tornó despues á hablar al secretario Conchillos, y

hízole entender cuán poco entendian de las Indias y en cuán poco las

estimaban, y él mismo se lo cognosció no haberlas cognoscido; y ésto es

cierto, que hasta que el Clérigo vino cuasi en nada las estimaban, y

despues que él las encareció y dió noticia dellas larga, las comenzaron

á tener en algo. Fuese, pues, el Clérigo, á Sevilla, como el Rey le

habia mandado esperallo, para entre tanto informar al arzobispo de

Sevilla de lo que pasaba, y disponelle para que cuando el Rey llegase

le suplicase le oyese muy á la larga, y que estuviesen el Obispo y

Conchillos presentes, para, delante dellos, mostrar al Rey las culpas

que por la mala gobernacion destas Indias tenian, é imputalles todas

las matanzas y extragos que en estas gentes se habian cometido, pues

ellos las gobernaban; pero recien llegado el Clérigo á Sevilla, por la

desventurada suerte de aquestas infelices indianas gentes, y tambien

por los desmerecimientos y pecados de España, vino luégo un correo,

que el católico Rey habia deste mundo al otro pasado. Fué grande su

pesar y angustia que de la muerte del Rey rescibió, porque por ser el

Rey viejo y andar á la muerte muy cercano, y de guerras desocupado,

nacióle muy gran esperanza de que, averiguada su verdad, las Indias se

remediaran. Y, cierto, parece que no podian concurrir en el Rey, para

sin mucha dificultad remediarlas, otras más convenientes calidades; y

así solia decir el Clérigo muchas veces, que para remediar las Indias

no era menester sino un Rey, de viejo, el pié en la huesa y de guerras

desocupado. Finalmente recobro nuevo ánimo y determinó de ir á Flandes

á informar al príncipe D. Cárlos, y pedille remedio de tantos males,

como á quien sucedia en aquellos y aquestos reinos.

CAPÍTULO LXXXV.

Muerto el rey D. Hernando católico, que haya santa gloria, tomó luégo

la gobernacion de los reinos de Castilla y Aragon, el egrégio cardenal

de España, don fray Francisco Ximenez, fraile de la órden de Sant

Francisco, por el poder que el dicho Rey le dejó para gobernarlos,

hasta que el príncipe D. Cárlos, su nieto, viniese. Y porque habia

el príncipe D. Cárlos enviado al Rey, por Embajador, al Dean de la

universidad de Lobayna, llamado Adriano, que despues fué Papa, y de

secreto le dió poder para gobernar los reinos, si el Rey muriese, como

cada dia se esperaba, por ser viejo y cansado y enfermo, juntólo el

Cardenal consigo, y, juntos en Madrid, comenzaron á gobernar; puesto

que sólo el Cardenal todo lo gobernaba, y solamente Adriano firmaba con

el Cardenal las provisiones y despachos, como en la verdad el Adriano,

sin el Cardenal, ni supiera gobernar á España, aunque doctísimo y

sapientísimo era, ni pudiera efectuar cosa que al reino aprovechara,

segun la condicion de la gente de España. Pues como el clérigo Casas

se dispusiese, oida la muerte del Rey en Sevilla, para ir á Flandes,

vínose por Madrid para dar cuenta de los males destas Indias y de su

intento al Cardenal, y á el embajador Adriano (porque así firmaba,

_Adrianus Ambasiator_), diciéndoles, que si podian poner remedio en

ellos, quedaríase allí, pero si no, que pasaria adelante. Para lo

cual, hizo en latin una relacion á Adriano de todo lo que en estas

islas pasaba, en crueldad contra estas gentes, porque no entendia el

Adriano cosa de nuestra lengua, sino en latin con él se negociaba.

Hizo en romance la misma relacion al Cardenal. Como el Adriano leyó

la relacion, quedó espantado, entendiendo por ella cometerse tan

grandes y tan extrañas inhumanidades, como fuese pio y sincero, lo

uno por ser de nacion flamenco, que, segun parece, son gente más que

otra sencilla, quieta y no cruel, lo otro por su condicion particular,

benigna y mansueta; fuese luégo al aposento del Cardenal (porque ambos

posaban en unas casas con el infante D. Hernando, hermano del rey D.

Cárlos, que despues fué rey de Hungría y rey de Romanos), y mostróle

la relacion que el Clérigo le habia dado, preguntándole que si era

posible que aquellas obras crueles en las Indias se perpetrasen. El

Cardenal que ya sabia muchas cosas dellas por relacion de religiosos

de su Órden, que habia rescibido de ántes, respondió que sí é muchas

más eran las crueldades que se habian cometido en las Indias. Respondió

finalmente al Clérigo el Cardenal, que no tenia necesidad de pasar

adelante, porque allí se le daria el remedio que venia á buscar. Oyóle

muchas veces todo lo que quiso decir é informar. Juntaba consigo al

Cardenal, cuando oia al Clérigo, al Adriano y al licenciado Zapata, y

al doctor Carabajal, y al doctor Palacios Rubios, y éste era el que

con verdad favorescia la justicia de los indios, y oia y tractaba muy

bien al Clérigo y á los que sentia que por los indios alguna buena

razon alegaban; entraba tambien allí el obispo de Avila, fraile de

Sant Francisco, compañero del Cardenal. Al obispo de Búrgos excluyó

el Cardenal del todo de las cosas de las Indias, de que no quedó él

poco turbado. Un dia acaeció en la dicha Junta, presente el Cardenal y

Adriano, y los demas, que, mandando el Cardenal leer las leyes hechas

en Búrgos el año de 1512, de que arriba en el cap. 15 hicimos mencion,

por las quejas que el Clérigo daba de haber sido injustas por el

engaño que habian hecho los que tenian indios acá al Rey católico, y

á los del Consejo del Rey, (aunque habian sido ellos más que debieran

crédulos, y quizás quisieron ser engañados algunos á sabiendas, por lo

que esperaban tener de utilidad, como la tuvieron), y leyendo las leyes

un criado y oficial del secretario Conchillos, llegando, creo que, á

la ley que mandaba dar de ocho á ocho dias, ó las fiestas, una libreta

de carne á los indios que trabajaban en las estancias ó granjas,

quisiera aquel encubrilla, por lo que á él quizá, ó á otros que él bien

queria, tocaba, y leíala de otra manera que la ley rezaba; pero el

Clérigo, que la sabia muy bien de coro, y tenia bien estudiada, dijo

luégo allí en presencia de todos: «no dice tal aquella ley.» Mandóle

el Cardenal al que la leia tornarla á leer; leyóla de la misma manera.

Dijo el Clérigo: «no dice tal cosa aquella ley;» el Cardenal, cuasi

como indignado contra el Clérigo, en favor del lector, dijo, «callad

ó mirad lo que decís.» Respondió el Clérigo, «mándeme vuestra señoría

reverendísima cortar la cabeza, si aquello que refiere el escribano

fulano, es verdad que lo diga aquella ley.» Entónces, tománle las leyes

de la mano, y hallan lo que el Clérigo afirmaba. Bien se podrá creer

que aquel fulano (que por su honor no quiero nombrar), por ventura no

quisiera ser nacido por no rescibir la confusion que allí rescibió. No

perdió el Clérigo nada desde entónces, cuanto al amor que el Cardenal

le tuvo, y el crédito que siempre le dió. Informado bien el Cardenal

de las cosas que acá pasaban, y de las razones que el Clérigo daba,

y satisfecho no ménos de su intencion, mandóle que se juntase con el

doctor Palacios Rubios, y que ambos tractasen y ordenasen la libertad

de los indios y la manera como debian ser gobernados, pero el doctor

Palacios Rubios, cognosciendo la experiencia del dicho Clérigo, cuanto

al hecho, y la buena razon que cuanto al derecho asignaba, cometióselo

todo á él para que en su posada lo escribiese, y despues lo trujese

á conferirlo con él, y conferido y limado al Cardenal se presentase;

y porque á la sazon era ya venido á la corte el susodicho padre fray

Anton Montesino, pidió licencia el dicho Clérigo al Cardenal, para

que se juntase tambien con el Doctor y con el Clérigo, para que

juntos lo ordenasen, y porque posó el dicho Padre con el Clérigo, y

dándole la ventaja por la diuturnidad del tiempo que habia que las

cosas destas tierras y gentes, y daños que habian de los españoles

rescibido, experimentaba, tambien se lo cometió á él sólo que lo

pensase y escribiese, y así hecho ambos lo viesen y firmasen. Hizo

el Clérigo la traza, segun lo que sintió que para el remedio de los

indios convenia, el fundamento del cual era ponellos en libertad,

sacándolos de poder de los españoles, porque ningun remedio podia

ponérseles para que dejasen de perecer quedando en poder dellos, y así

se fenecian y estirpaban los repartimientos que llamaron encomiendas,

como pestilencia mortal que aquellas gentes consumia, como despues fué

bien averiguado, segun parecerá; y porque convenia dar manera para

que los españoles se pudiesen sustentar, porque, quitados los indios,

quedaban desmamparados segun estaban mal vezados, á no saber más de

mandar á los indios y mantenerse de sus sudores y de su sangre, dió

tambien remedios como los españoles que hasta entónces estaban en estas

Indias, que no eran muchos, se pudiesen ocupar, y granjear y vivir

en la tierra, sin pecado, ayudándose, ó de sus manos los que podian

y solian en sus tierras trabajar, ó de su industria granjeando, y no

fuese toda su vida, como lo habia sido, estar holgazanes. Todo lo cual

pareció primero bien al padre fray Anton Montesino, que estaba en su

posada, y despues, llevado al doctor Palacios Rubios, tambien lo aprobó

en su estancia, puesto que él lo mejoró, añidió y puso en el estilo de

corte, y así lo llevó al Cardenal y al Adriano, teniendo Consejo sobre

ello. Ya dijimos que no estaban otros en este Consejo por entónces,

con el Cardenal, sino el Adriano y el obispo de Avila, y el licenciado

Zapata y el doctor Carabajal, y el doctor Palacios Rubios, y á éste el

Cardenal, en estos negocios de las Indias, daba más crédito que á todos

los otros.

CAPÍTULO LXXXVI.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 21 / 38 段