sermones, cuando dello hablar ocasion se le ofrecia, viendo que aquella
isla llevaba el camino que llevó esta Española para ser en breve
destruida, y que maldad tan tiránica y de tantas gentes vastativa no
podia estirparse sino dando noticia al Rey, deliberó, como quiera
que pudiese, aunque no tenia un solo maravedí, ni de donde habello
sino de una yegua que tenia que podia valer hasta 100 pesos de oro,
ir á Castilla y hacer relacion al Rey de lo que pasaba, y pedirle
con instancia el remedio para obviar á tantos males. Asentado este
propósito, escribió á Pedro de la Rentería, su verdadero amigo y
compañero en las haciendas, que estaba, segun se dijo, en Jamáica,
como él tenia determinado de ir á Castilla por cierto negocio de
grande importancia, el cual era tal que le constreñia en tanto grado,
que si no se daba prisa en su venida sin esperallo se partiria, cosa
no imaginable para el bueno de Rentería. Y contaré aquí una cosa de
consideracion harto digna, ésta es, que como Rentería fuese siervo de
Dios, y de las calamidades de aquestas gentes muy compasivo, no dejaba
de pensar algunas veces en ellas y de los remedios que podian venirles;
el cual, estando toda una Cuaresma en un monasterio de Sant Francisco,
que á la sazon habia en aquella isla, en tanto que su despacho para
la de Cuba se concluia, y su ocupacion fuese darse á devocion, de la
cual era él harto amigo, vínole al pensamiento la aprension de aquellas
gentes, y la triste vida que padecian, y que sería bien procurarles
algun remedio del Rey, aunque no fuese á todos, al ménos á los niños
(porque sacallos á todos del poder de los españoles juzgábalo ser
imposible), de donde vino á dar en que se debia de pedir al Rey poder
y autoridad para hacer ciertos colegios, y allí recoger los niños todos
y doctrinarlos, los cuales al ménos se librarian de aquella perdicion
y mortandad, y se salvarian los que Dios tuviese para sí determinados.
Con este propósito y á este fin determinó de, volviendo á la isla de
Cuba, pasar á Castilla y pedir la dicha facultad al Rey; por manera que
ambos á dos compañeros, el Clérigo y el buen Rentería, que, cierto, era
bueno, tuvieron cuasi en un tiempo un motivo de compasion de aquestas
gentes, y se determinaron de ir á Castilla á procuralles remedio de sus
calamidades con el Rey, sin que el uno supiese del otro, ántes distando
200 leguas el uno del otro. Rescibida, pues, la carta del padre Casas,
Rentería dióse cuanta prisa pudo á se partir de la isla de Jamáica á
la de Cuba, el cual, llegando una legua ó dos del puerto donde acaeció
estar el Gobernador y el Padre clérigo con la demas gente, como vieron
venir la carabela, fué luégo el Clérigo en una canoa á rescibir á su
Rentería, y subido en la carabela y abrazados, como personas que bien
se querian, dijo Rentería: «¿Qué fué lo que me escribistes de ir á
Castilla? no habeis de ir vos sino yo á Castilla, porque á lo que yo
he determinado de ir es cosa que desque yo os la diga holgareis que
yo tome aquel camino.» Dijo el Clérigo: «Ahora bien, vamos á tierra y
desque yo os descubra cuál es el fin por qué deliberé ir á Castilla,
yo se que vos terneis por bien de no ir, sino que yo vaya.» Idos á
tierra y rescibido Rentería del Gobernador, y de todos visitado con
mucho placer, porque de todos era muy amado, llegada la noche, quedando
solos, acordaron de descubrirse la causa que cada uno pretendia de
su jornada, y, con una amigable contienda sobre quién diria primero,
concedió Rentería, como era muy humilde, descubrir su intento y el fin
dél ántes. «Yo, dijo él, he pensado algunas veces en las miserias y
angustias y mala vida que estas gentes pasan, y cómo todas cada dia,
como en la Española, se consumen y acaban, háme parecido que sería
piedad ir á hacer relacional Rey dello, porque no debe saber nada, y
pedille que al ménos nos diese licencia para hacer algunos colegios
donde los niños se criasen y enseñasen, y de tan violenta y vehemente
muerte los escapásemos.» Oido por el Padre clérigo su motivo y causa,
quedó admirado y dió gracias á Dios, pareciéndole que debia ser su
propósito, de ir á procurar el remedio destas gentes, divinalmente
ordenado, pues por un tan buen hombre como Rentería era, sin saber
dél, ántes, como se dijo, estando muy apartados, se le confirmaba;
el cual le respondió: «Pues sabed, señor y hermano, que no es otro
mi propósito sino ir á buscar el total remedio destos desventurados,
que así los vemos perecer, no advirtiendo su perdicion y nuestra
condenacion, insensibles hechos como hombres ciegos é inhumanos, porque
sabed que yo he mirado mucho y estudiado esta materia desde tal dia,
que estaba para predicar en tal parte, y hallo que ni el Rey, ni otro
poder que haya en la tierra, puede justificar en estas Indias nuestra
tiránica entrada, ni estos repartimientos infernales donde les matamos
y asolamos estas tierras, como parece en la isla Española, y en la
de Sant Juan, y Jamáica, y todas las de los Lucayos, y para ésto,
allende que los mismos efectos que de nuestras obras han salido y cada
dia salen, condenan nuestra tiranía y maldad, pues á tantas gentes
inocentes habemos echado en los infiernos sin fe y sin Sacramentos
con tan grandes estragos, tengo esta razon y ésta, y ved aquí ésta y
éstas autoridades, y baste decir, en suma, que todo cuanto hacemos y
habemos hecho es contra la intencion de Jesucristo, y contra la forma
que de la caridad en su Evangelio nos dejó tan encargada, y á todo
contradice, si bien lo mirais, toda la Escritura Sagrada; y sabed que
lo he predicado, y ésto y ésto ha pasado, y Diego Velazquez y muchos de
los que me han oido están harto suspensos y compunctos algo, mayormente
viendo que los indios he dejado, por donde juzgan que no me he movido
en valde.» Lo cual como el bueno de Rentería oyese, fué lleno de todo
gozo y alegría, y admiracion, y dió gracias á Dios, porque le parecia
que tambien su buen motivo y deseo abundantemente se le confirmaba, y
dijo desta manera al Padre: «Agora digo, Padre, que no yo, sino vos,
habeis de ir, é conviene que vayais á Castilla, y representeis al Rey
todos los males y perdicion destas gentes, que acá pasan, y pidais el
remedio necesario, pues sabreis mejor fundar lo que dijéredes como
letrado, y para ello tomad nuestra hacienda y de todo lo que yo en esa
carabela traigo, y háganse dineros los que se pudieren haber, y llevad
con que podais estar en la corte todo el tiempo que fuere necesario
para remediar estas gentes, y Dios, nuestro Señor, sea el que siempre
os encamine y mampare.» Traia en la carabela muchos puercos y puercas,
y pan caçabí, de que habia entónces, como arriba está dicho, en aquella
isla gran necesidad, y, de maíz y otras cosas que valian, harto;
de lo cual y de lo que más tenian de presente se hicieron algunos
dineros que llevó el Padre en buena cantidad, conque pudo estar en la
corte los años que abajo parecerá, puesto que, con mucho ménos que
despues, que sucedió la careza en aquellos reinos, podian los hombres
en ellos pasar. Habíanse descubierto unas minas ricas en la provincia
Cubanacan, que está á la mar del Norte, que quiere decir en la mitad
de Cuba, y porque eran ricas, determinó Diego de Velazquez que las
gozasen sólos los del Consejo del Rey, como el obispo de Búrgos y el
secretario Conchillos, y los demas, por cuya causa reservó todos los
pueblos comarcanos de indios de aquellas minas, para dárselos que les
sacasen oro, y así aplicó á uno 30 y á otro 40, segun más propíncuo ser
él entendia, donde al cabo todos perecieron. En este tiempo vinieron
aportar muchos caballeros aquella isla, y donde Diego Velazquez estaba,
del Darien, de los que habia llevado Pedrárias, hambrientos y perdidos,
y allí se les dió de comer, algunos de los cuales fueron despues
crudelísimos para los indios.
CAPÍTULO LXXXI.
En estos dias fueron enviados por el reverendo fray Pedro de Córdoba,
de quien arriba mucho hablamos, desta isla Española á la de Cuba,
cuatro religiosos, sacerdotes los tres, y el uno diácono de su órden
de Sancto Domingo, personas señaladas en vida y letras, llamados fray
Gutierre de Ampudia, por Vicario dellos, persona de gran virtud y
religion, fray Bernardo de Sancto Domingo, muy docto y muy religioso,
fray Pedro de Sant Martin, buen predicador, y fray Diego de Alberca,
diácono, los cuales fueron enviados y ellos iban con gran propósito y
celo de predicar y convertir las gentes de aquella isla. Fué grande
el placer que Diego Velazquez, Gobernador, hobo de su venida, pero
mucho mayor fué el gozo y consolacion que el padre Casas rescibió de
vellos; lo uno, porque siempre fué devoto de religiosos, y en especial
de los de Sancto Domingo, y lo otro, por autorizar su doctrina en lo
que habia predicado contra la opresion y servidumbre que padecian
aquellas gentes, que por muy nueva y rigurosa se tenia, y esperaba que,
como letrados y de mucha autoridad, se la favorecerian y aprobarian,
y si mucho gozo el dicho Padre rescibió con la llegada de los dichos
religiosos, no ménos fué la que hobieron ellos de hallar clérigo que
les diese noticia de la tierra, y de las obras de los españoles, y de
las cosas della, mayormente desque supieron que trataba de defender
la libertad de los indios, y reprender la servidumbre y tiranía que
padecian; y, cierto, les pareció que les habia proveido Dios lo que
habian menester, como si les hobiera enviado un ángel del cielo. Y
porque llegaron en Cuaresma, cuatro dias ántes del Domingo que dicen
de Lázaro, ó _Dominica in Passione_, dió el clérigo Casas lugar que
predicasen los dos de los religiosos, que eran predicadores, y no
quiso predicar hasta las octavas de Pascua; predicó luégo, otro dia
que llegaron, el padre fray Bernardo de Sancto Domingo, que era el más
letrado, y tomó por tema _Operibus credite_, porque aquel Evangelio en
aquel dia se cantaba, y en el sermon dió á entender á los españoles la
caridad con que la Órden se habia movido á los enviar, por provecho
y utilidad espiritual dellos, y en testimonio desto creyesen á las
obras, que eran venir de España y ir desta isla á aquella con muchos
trabajos. Predicaron despues por la Semana Santa y la Pascua, y fueron
sermones que á todos edificaron y contentaron. Para las octavas de
Pascua, rogaron al Padre clérigo que predicase, porque deseaban oille;
aceptólo él, y para que la doctrina que por siete ú ocho meses habia
contra la opresion de los indios predicado se rectificase, porque unos
no lo creian que oprimir y matar hombres fuese pecado, otros dudaban,
otros burlaban, otros murmuraban, recogió todas las proposiciones que
cerca de aquella materia en todo aquel tiempo habia predicado, y las
más ásperas y rigorosas, y todas juntas las tornó en presencia de los
religiosos á repetir y afirmar con más vehemencia y libertad que ántes
las habia dicho. Los religiosos quedaron admirados de su hervor y cuán
sin temor afirmaba cosa tan nueva, y para ellos tan amarga, diciéndoles
que en aquel estado no se podian salvar; estuvieron juntamente los
religiosos gozosos, viendo que hobiese clérigo que, lo que ellos de
aquella materia sentian y predicaban, predicase tan libremente por
verdad, y fué grande la estima que dél tuvieron y el amor que le
mostraron, el cual les informó de las matanzas que habian los nuestros
en los indios perpetrado, el ansia de la cudicia en que por haber oro,
con el inestimable daño y riesgo de la vida de los indios, se ocupaban,
las criaturas, niños y mujeres que, por el hambre y trabajos, cada dia
perecian, con todo lo demas que al mal estado que la isla tenia tocaba.
Fuéles aquesta informacion del padre Casas, como de quien lo habia
todo bien visto, á los religiosos grande ayuda para en breve conocer
haber sido de su fin, que era la predicacion y conversion de aquellas
gentes, defraudados, y para lo que de sí debian disponer determinarse.
Mostró ciertos sermones escritos al dicho padre fray Bernardo, que
ántes que viniesen habia contra la dicha tiranía predicado, y díjole
con juramento que si supiera que en aquella isla habia persona que
aquello predicaba que nunca á ella asomara, porque, pues por aquella
doctrina no se enmendaban ni dejaban de matar, no esperaba él con sus
sermones aprovecharles algo. Predicó luégo el siguiente domingo el
mismo padre fray Bernardo, y tomó por tema _Ego sum pastor bonus_,
aplicando todo su sermon á dalles á entender que no eran pastores de
aquellas gentes, sino mercenarios y tiranos y lobos hambrientos que
las despedazaban y tragaban; quedaron los nuestros españoles de aquel
sermon harto espantados y turbados, aunque no enmendados. Y como
viesen y oyesen cada dia los religiosos que con ninguna misericordia
los indios eran tractados, y que perecian de golpe á manadas, predicó
el dicho padre fray Bernardo, dia de la Santísima Trinidad, y hizo
un sermon tan conminatorio y terrible, que hizo áun al mismo Clérigo
temblar las carnes, diciendo entre otras palabras: «Ya os habemos
predicado, despues que vinimos, el estado malo en que estais, por
oprimir, y fatigar, y matar estas gentes; no sólo no os habeis querido
enmendar, pero, segun tenemos entendido, cada dia lo haceis peor,
derramando la sangre de tantas gentes sin haberos hecho mal; yo pido
á Dios que la sangre que por ellos derramó sea juez y testigo contra
vuestra crueldad, el dia del juicio, donde no terneis excusa alguna,
pretendiendo ignorancia de que no se os dijo y requirió, declarándoseos
la injusticia que haceis á estas gentes, y vosotros mismos sois de
vuestras obras testigos y sereis de las penas que por ellas os están
por venir.» Añadió otras muchas palabras para exasperacion de aquella
tiranía, de lo cual quedaron todos harto tristes, las cabezas todas
caidas, pero no que quedase alguno convertido. Y acaeció allí luégo un
terrible caso, que el dia de Corpus Christi siguiente, que es cuatro
dias despues del domingo de la Santísima Trinidad, lidiaron un toro
ó toros, y entre otros españoles habia uno allí, llamado Salvador,
muy cruel hombre para con los indios, el cual fué vecino de una villa
llamada el Bonao, en esta isla, 20 leguas la tierra dentro del puerto
y ciudad de Sancto Domingo, y tractaba tan mal los indios que tenia
que lo tenian por diablo; del cual se dijo que estando un fraile de
Sant Francisco predicando á aquellos sus indios ó á otros, de como Dios
era Salvador del mundo, y que era bueno, y hacia bien á los hombres,
comenzaron á escupir é blasfemar del Salvador, afirmando que no era
sino muy malo y cruel hombre que los afligia y mataba, estimando que
el religioso les loaba á aquel pecador, Salvador. Así que aqueste
Salvador pasó desta isla á la de Cuba, donde tambien comenzó á usar de
sus crueldades con los indios, y se halló aquel dia de Corpus Christi
con los otros que dije haber lidiado los toros, y viniendo, despues
de lidiados, todos juntos saltando y holgándose, y él entrando en su
posada echóse hablando y riendo á descansar sobre una arca, y así como
se echó dió un grito diciendo ¡ay!, y súbitamente espiró. Muerte fué
que espantó á muchos, pero ninguno se enmendó, y algunos la tuvieron
por misterio y señal que quiso Dios mostrar aprobando la protestacion
del padre fray Bernardo, que el dia de la Santísima Trinidad habia
hecho, por la sangre humana que habia aquel derramado, y que en dia del
Cuerpo y Sangre de Jesucristo fuese castigado. Luégo los religiosos
determinaron que el Vicario suyo y padre fray Gutierre de Ampudia
volviese á esta isla Española, con el Clérigo que determinaba ir á
Castilla, para dar noticia y razon á su Prelado mayor que era el dicho
padre venerando fray Pedro de Córdoba, viendo que ningun provecho
esperaban hacer en aquella isla á los indios ni á los españoles, á
los indios por la opresion mortífera que padecian, ni á los españoles
juzgándolos por de mal estado é indignos de los Santos Sacramentos
de la Iglesia, pues por sus cudicias consumian la gente de aquella
isla, y no dudaban que la habian de despoblar como habian hecho,
algunos dellos y otros, esta. Y porque consideró el dicho Clérigo que
se ponia en negocio por el cual habia de ser odiosísimo á muchos á
quienes tocaba, así á los del Consejo del Rey que tenian indios en
estas islas, como á todos los españoles que vivian en ellas, y por
consiguiente habian de blasfemar dél y quizá levantarle testimonios
falsos, mayormente decir que repugnaba al servicio del Rey, hizo una
peticion á un Alcalde que interpusiese su autoridad á una probanza
que queria hacer, _ad perpetuam rei memoriam_, de los servicios que
en aquella isla habia hecho á Dios y al Rey, en tres ó cuatro años
que en ella habia estado, conviene á saber, apaciguando todas las
más provincias della cuanto á los indios, predicando, baptizando, y
confesando y celebrando cuanto á los españoles, para que si en algun
tiempo quisiese pedir al Rey mercedes sus servicios al Rey constasen;
la cual hizo muy copiosa y echó fama que se iba á París á estudiar y
graduar, y con esta disimulacion quedaron todos, Diego Velazquez y los
demas españoles, descuidados, y así se partieron el dicho padre fray
Gutierre, con un compañero, que fué fray Diego de Alberca, diácono, y
con el Clérigo, dejando los otros dos religiosos, fray Bernardo y fray
Pedro, hasta que otra cosa el Vicario general, fray Pedro de Córdoba,
proveyese. Llegaron todos tres, los dos religiosos y el Clérigo, al
puerto de la Yaguana, que es en esta isla, y de allí á villa de la
Vera Paz, ó Xaraguá, que áun no estaba despoblada, donde el padre
fray Gutierre se halló algo indispuesto de una calentura, y, porque
no se hallaron tan presto cabalgaduras para todos tres, acordóse que
se fuese el padre fray Gutierre, cabalgando, por estar enfermo, y el
compañero á pié, camino de la villa de Sant Juan de la Maguana, que
estaba de allí 30 leguas, y que el Clérigo, en hallando cabalgadura,
iria tras ellos. Y fueron tantos los dias que no se pudo partir, que,
creyendo que no los podia alcanzar, acordó de ir por otro camino más
breve, que se llamaba el de Careybana, que iba á se juntar con el otro
de Sant Juan de la Maguana en la villa de Açua, 20 leguas de la dicha
villa de Xaraguá ó Vera Paz. Yendo, pues, el padre fray Gutierre con su
compañero hácia Sant Juan de la Maguana, á dos ó tres jornadas salidos
de Xaraguá, agravósele el mal, y llegados á una venta ó hato de vacas
no pudo pasar adelante, y, queriéndole Dios dar el pago de sus trabajos
y virtud, creciéndole su mal estaba muy penado porque no llegaba el
clérigo Casas, su compañero, para se confesar. El cual, estando en esta
tristeza, consólole Dios, con que acaso llegó un clérigo que era cura
del mismo pueblo de Xaraguá, que venia de la ciudad de Sancto Domingo,
con el cual se confesó y consoló, y luégo desde á poco dió el ánima á
quien la crió. Túvose aquella llegada de aquel cura, en tal tiempo y
necesidad, por obra muy cierta de Dios que le quiso galardonar lo mucho
que le habia servido en oir confesiones, á lo cual era muy dedicado con
mucho celo y devocion, y así ordenó nuestro Señor que á aquel, para su
consuelo en el artículo de la muerte, no faltase quien le confesase; de
donde parece, que no sólo tiene Dios cuidado de remunerar á sus siervos
en la otra vida, segun lo que en ésta por su amor trabajan, pero
tambien consuela en ella por la misma órden que le agradan, como á los
malos en este y en el otro mundo dá de sus obras la paga. A esta sazon
envió Diego Velazquez á Pánfilo de Narvaez, por procurador de aquella
isla, á Castilla, para que les diesen los indios perpétuos, segun creí,
é alcanzar otras mercedes, y á vueltas dellas que le hiciese Gobernador
della, _inmediate_ á él y no al Almirante, segun despues se dijo.
CAPÍTULO LXXXII.
En este tiempo que bullia la riqueza de aquella isla, presentó el
Rey para Obispo della á un su predicador, fraile de Sancto Domingo,
llamado fray Bernardo de Mesa, de quien arriba en los capítulos 9.º
y siguientes hablamos, el cual nunca fué á ella, ó porque el Rey en
breve murió, ó porque como habia dado parecer contra los indios no
acertado, por creerse fácilmente de las falsedades de los tiranos, de
gozar del gran fructo que allí pudiera hacer, si acertara en defender
sus ovejas y doctrinallas, fué indigno. Salido el padre fray Gutierre,
con su compañero y el clérigo Casas, de la isla de Cuba, cresció la
crueldad inhumana que los nuestros usaban con las gentes della cada dia
más y más; los opresos indios, viéndose cada dia morir, comenzaron á
huir de las minas y de los otros trabajos en que los mataban de pura
hambre, y contino y excesivo tormento y trabajo; los españoles, que
para los tener siempre en servicio clavados no les faltan medios y
mañas, procuraron de por muchas maneras irlos á montear, entre otras,
comenzaron á criar lebreles y perros bravos que los despedazaban,
de los cuales, por huir é no vellos, vivos se enterraran. Pasábanse
huyendo á las isletas de que la isla está cercada de una parte y de
otra, digo de la del Sur y del Norte, que dijimos llamarse el Jardin
de la Reina y el Jardin del Rey, de donde los traian, y trayendo los
afligian, angustiaban y amargaban y ejercitaban en ellos, para que
escarmentasen y no se huyesen, castigos y crueldades estrañas. Viéndose
los infelices, aunque inocentes, que por ninguna parte podian remediar
ni obviar á su perdicion, ni de la muerte, y muertes dobladas tan
ciertas y horrendas, escaparse, acordaron de ahorrar al ménos de la
una, que por ser tan luenga tenian por más intolerable, y esta era la
vida, que muriendo vivian, amarga, por salir de la cual comenzáronse
de ahorcar; y acaeció ahorcarse toda junta una casa, padres y hijos,
viejos y mozos, chicos y grandes, y unos pueblos convidaban á otros
que se ahorcasen porque saliesen de tan diuturno tormento y calamidad.
Creian que iban á vivir á otra parte donde tenian todo descanso, y
de todas las cosas que habian menester abundancia y felicidad, y así
sentian y confesaban la inmortalidad del ánima, y esta opinion por
todas las Indias la habemos hallado, lo que muchos ciegos filósofos
negaron. De un español, que yo cognoscí bien cognoscido, se dijo
que por su crueldad se habian muerto en esta isla Española, con el
agua ó zumo de la yuca (que, segun en nuestra Apologética Historia
dijimos, es ponzoñosa bebiéndola cruda), cantidad de indios, y despues
pasado á la de Cuba, por salir de su infernal servidumbre, se habian
ahorcado muchos más. Tambien por una mujer española, segun era cruel,
se ahorcaron allí muchos indios, aunque, si no me he olvidado, ántes
que una manada dellos se ahorcasen la mataron. Era tanta la gente
que tomaba sabor en ahorcarse por salir de aquellos trabajos, que
ya los españoles se hallaban burlados, y de sus crueldades les iba
pesando, porque no les quedaba ya quien, en las minas y en las otras
sus invenciones de adquirir oro, ellos matasen. Acaeció en estos dias
un señalado caso y fué aqueste, que saliendo cierto número de indios
de casa ó estancia, ó de las minas, de cierto español que los tenia
encomendados, afligidos y desesperados, con determinacion de todos
en llegando á su pueblo se ahorcar, entendido por él, va corriendo
tras ellos, y con mucha disimulacion, ya que estaban aparejando sus
sogas, díceles: «buscáme para mí una buena soga, porque me quiero con
vosotros ahorcar, porque si vosotros os ahorcais ¿para qué quiero yo
vivir sin vosotros acá, pues me dais de comer y me sacais oro? quiero
irme allá con vosotros, por no perder lo que me dais;» los cuales,
creyendo que áun con la muerte no lo podrian desechar, sino que en
la otra vida los habia de mandar y fatigarlos, acordaron de no se
matar, sino por entónces quedarse. Finalmente, destas y otras muchas
maneras fatigados y trabajados, al cabo los destruyeron y acabaron
harto más presto que en otras partes, y quedó aquella isla como ésta
y las otras despoblada como lo está. Viendo los españoles que se les
iban todos acabando, no tomaron por remedio aflojar en sus cudicias, y
moderarles las angustias y trabajos, sino el que en aquesta Española
tomaron, éste fué, del oro que con la sangre de aquella gente habian
allegado, hacer armadas de dos y de tres navíos para ir á las islas de
los Lucayos ó Yucayos, y otras cercanas de tierra firme, á saltear,
y de aquellos inocentes corderos que estaban en sus tierras y casas
seguros, sin hacer mal á nadie, traer barcadas. Acaecieron en estas
armadas casos nunca vistos, ántes señalados, por los cuales mostraba
Dios no ser santos aquellos pasos ni á su divina y rectísima voluntad
agradables; destos, abajo, placiendo á Dios, algunos se referirán. En
este año de 1515 partió de Cáliz, ó del Puerto, Juan de Solís, piloto
y gran marinero, con tres navíos, para ir á descubrir desde el cabo de
Sant Agustin, que agora llaman la costa del Brasil los portugueses,
adelante hácia el Mediodia, el cual fué costeando y pasó la línea
equinoccial 30° y más, descubriendo aquél el rio que agora dicen de la
Plata, no sé por qué ocasion, el cual nombró el dicho Juan de Solís el
cabo y rio de Sancta María. Saltó el dicho Juan de Solís con ciertos
marineros, los que pudieron caber en la barca ó batel del navío en que
iba, en cierta parte de aquella costa; los indios lo mataron y díjose
que los comieron. Yo no sé cómo pudieron ver que los habian comido,
pues no osaron parar los demas por aquella tierra, si quizá no los
comieron en la misma costa de la mar y que desde los navíos los viesen.
Por la muerte de aquél piloto siempre oí decir no convenir que fuese
por Capitan principal de la flota ó navíos que fuesen á descubrir, ó á
poblar ó á otro algun viaje, marinero, porque, no llevando superior,
los marineros presumen de se señalar y aventúranse á perderse á sí
mismos como hizo éste, y por consiguiente á los otros; y creo que nació
esta murmuracion de que por la muerte de aquel Solís sucedió gran daño
á todos los otros navíos y gente que iba en ellos, por faltarles la
cabeza y principal piloto. Cargaron los navíos que restaron de brasil,
que es cierta madera con que tiñen los paños de rosado ó colorado, y
tornáronse, no sé cuántos, á España, no muy alegres ni prosperados.
CAPÍTULO LXXXIII.