dejado por no interrumpir la historia de Vasco Nuñez, y ántes que
pasemos adelante, conviene, por no las olvidar, referillas. Despues
que el licenciado Espinosa fué á la empresa del oro que Cutara, rey de
la tierra llamada Pariba ó Paris, habia tomado á Badajoz, el factor
Juan de Tavira, con codicia de la riqueza que decian que habia en el
templo ó ídolo Dabayba, pidió por señalada merced á Pedrárias, que le
diese aquella sancta conquista, el cual se la concedió; y alcanzada
la merced, comenzó á gastar de los muchos dineros que de los robos y
violencias y captiverios de gentes vendidas, de hasta entónces, le
habian cabido, y pónese á hacer tres fustas, y comprar muchas canoas
de las que tenian los otros españoles vecinos, para subir por el rio
Grande arriba, donde tenian fama que estaba el oro, su ídolo. En el
aparejo de lo cual no sólo gastó toda su hacienda, mal, ó si alguna
tenia bien, habida no en aquella tierra, sino quizá traida de Castilla,
pero mucha otra sacada del oro y arca del Rey. Despachado con su flota
de tres fustas y muchas canoas, con 160 hombres españoles, y infinitos
indios de los hechos esclavos con la justicia dicha, todos encadenados,
para bogar ó remar las canoas y para los otros servicios, sube, con
gran dificultad por la gran corriente, el rio arriba. Las gentes de
Dabayba que estaban sobre aviso, sabida su venida, salieron, en no más
de tres canoas grandes, de través al camino, y hallando las nuestras
descuidadas, matáronles en un momento un español y quedaron muchos
heridos; retragéronse luégo las canoas de los españoles al abrigo de
las fustas ó bergantines. Queriendo ir adelante, acordaron que fuese
gente por tierra y las canoas y fustas por el rio, el cual vino de
presto tan de avenida, por lo mucho que en las sierras llovia, que
muchos árboles del rio no se parecian. Encalló ó tocó la canoa del
Factor en uno de los que en el agua estaban sumidos, y trastornóse de
manera que el Factor y el veedor Juan de Virues, sin podellos socorrer,
se ahogaron, y los que sabian nadar nadando tuvieron remedio. La gente,
viéndose sin Capitan, eligieron á Francisco Pizarro que los capitanease
hasta el Darien, y así se volvieron perdido el factor Juan de Tavira
y Veedor, y los muchos dineros suyos y del Rey que para emprender
aquella hazaña habia espendido. Hobo Pedrárias grande dolor de aquella
desdicha, y esforzando á los que maltractados venian, que, pues con
el Factor no habian llegado á donde tanto esperaban ser ricos, que no
desmayasen, y que él queria dalles á Francisco Pizarro por capitan, que
tornasen á la otra demanda, que era tambien rica, conviene á saber,
de Abrayme, que él esperaba en Dios que habian de hallar de aquella
hecha con que fuesen sus deseos complidos. Dellos no quisieron ir por
venir muy heridos, ó de tanto peligro y trabajo aborridos, otros, hasta
50, tornaron con Francisco Pizarro al ristre. Partidos y llegados por
tierra al señorío de Abrayme, cuyos vecinos estaban muy lastimados, de
los agravios, y guerras, y daños en ellas rescibidos, no solamente no
hallaron gente que captivar (que despues de robar oro no tienen otro
mayor fin), pero ni cosa que comiesen, y así de hambre perecian; no
tuvieron otro remedio sino matar y comer siete caballos que llevaban,
para poder tornarse al Darien, donde llegaron con harto desmayo y
tristeza, y no ménos que mucho corridos de su tan vano y frustratorio
camino. Luégo, desde á pocos dias, volvió Diego Albitez con gran
cantidad de oro, y muchos indios captivos, que robó de la costa del
Nombre de Dios y provincias de Chagre y de Veragua, las cuales dejó
todas llenas de amarguras y de gran calamidad, matando todos los que
le resistian. En una destas entradas que éstos hacian, no me acuerdo
cuál de los Capitanes fué, acaeció que, llegados los españoles á un
monte, donde á poder de tormentos habian sacado á indios que tomaban,
estar mucha gente huida, recogida, por se apartar de tan pestilenciales
y horribles crueldades, dando de súbito en ellos, tomaron 70 ú 80
mujeres y hijas doncellas de muchos que mataron y de los que huyeron
por se escapar; y viniéndose los españoles con su cabalgada, segun lo
que creian, en paz, otro dia, con la rabia que sentian los indios de
ver llevar sus mujeres é hijas maniatadas, por esclavas, juntáronse
cuantos más pudieron y van tras los españoles, y dan de súbito en
ellos con grande alarido, de manera que los hirieron y lastimaron
algo. Viéndose los españoles muy apretados, no quisieron soltar la
cabalgada, sino, como vian que no la podian gozar, acordaron de las
desbarrigar, metiéndoles las espadas por los cuerpos de las pobres
mujeres y muchachas, de las cuales todas 70 ú 80 una viva no dejaron.
Los indios, que se les rasgaban las entrañas de verlas así matar, daban
gritos y decian: «¡Oh cristianos malos, malos hombres, crueles, á las
iras matais!» Ira llamaban en aquella tierra á las mujeres; como si
dijeran, matar las mujeres, señal es de hombres abominables, crueles
y bestiales. Tenian muchas veces en uso, que, aunque los señores de
los indios ofreciesen de su propia voluntad oro, y cantidad de oro, no
se contentaban con ello, sino, creyendo que tenian más, les prendian
y les daban terribles y inhumanos tormentos, para que si más tuviesen
lo descubriesen. Una vez dió un Cacique, ó por miedo ó de su voluntad,
9.000 pesos de oro, no contento con ellos el Capitan y sus compañeros
acordaron de lo atormentar; atáronlo á un palo sentado en el suelo,
y estendidas las piernas y piés, pusiéronle fuego junto á ellos,
diciéndole que diese más oro. Envió alguno de sus indios que trujese
más, trujeron 3.000 pesos más; continúan todavía el tormento, dice con
dolorosos gemidos y llantos que no tiene más. No cesaron de dárselo,
hasta que por las plantas de los piés le salieron los tuétanos, y así
murió el desventurado; acaeció entre aquestos tan bien morigerados
españoles que tenian algunas llagas en las piernas, y parece que el
demonio, en cuyos pasos andaban y voluntad cumplian, les puso en la
imaginacion que el unto del hombre era buena medicina para curallas,
por lo cual acordaron de matar indio ó indios de los más gordos que
habian captivado, y sacáronles el unto, diciendo que más valia que los
españoles anduviesen sanos, que aquellos perros viviesen, que servian
al diablo. Esta era la espiacion que hacian para ser inocentes y quedar
limpios de aquel pecado.
CAPÍTULO LXXVIII.
Dejemos de proseguir la historia de la tierra firme hasta emparejar con
el tiempo della la relacion de las islas, que dejamos atrás en el cap.
39, y tornemos al hilo que llevábamos dellas, contando las cosas que
acaecieron en el año de 1514, como parece arriba, en el cap. 36 y 37,
donde referimos de un repartidor de los indios, llamado Alburquerque,
y otros que despues fueron, que ningun provecho hicieron á los tristes
desmamparados indios de esta isla, ni estorbaron que no se consumiesen,
los cuales cada dia en las minas y en los otros trabajos perecian; lo
mismo se hacia en las otras islas, sin tener una hora de consuelo ni
alivio dellos, y sin mirar en ello, ni se doler dellos los insensibles
que la tierra regian. En todo este tiempo, el tesorero Pasamonte, y
oficiales, y jueces de la Audiencia desta isla, ó algunos dellos que
lo revolvian y movian al dicho Pasamonte, y lo tomaban por cabeza de
sus pasiones y envidias, por ser tan favorecido del Rey, perseguian al
almirante D. Diego con cartas al Rey é á Lope Conchillos, Secretario,
y al obispo de Búrgos D. Juan Fonseca, que como arriba se ha dicho
algunas veces, nunca estuvo bien con los Almirantes, padre y hijo. No
creí ser otra la causa sino por echalle de la gobernacion desta isla
y de lo demas, y quedarse ellos con ella, no sufriendo superior sobre
sí; finalmente, tanto, que rodearon que el Rey le mandase llamar, y que
fuese á Castilla, no supe, aunque lo supiera si mirara en ello, con qué
color ó debajo de qué título. El cual, obedeciendo el mandado del Rey,
aparejó su partida y salió del puerto de Sancto Domingo en fin del año
de 1514, ó al principio del año 15, dejando á su mujer doña María de
Toledo, matrona de gran merecimiento, con dos hijas en esta isla. Entre
tanto, quedaron á su placer los jueces y oficiales, mandando y gozando
de la isla, y no dejaron de hacer algunas molestias y desvergüenzas
á la casa del Almirante, no teniendo miramiento en muchas cosas á la
dignidad, persona, y linaje de la dicha señora Doña María de Toledo. En
este tiempo lo que más se trataba y sonaba, y de donde más esperanza se
tenia, destas islas y áun de todas estas Indias, era la isla de Cuba,
por las nuevas de tener mucho oro, y por hallarse la gente della tan
doméstica y pacífica; y habia ya dos años que á ella los españoles con
Diego Velazquez á poblar habian venido. Porque de la tierra firme, como
entónces llegase Pedrárias, cosa de fruto de su llegada no se habia
visto, pues de todas las otras partes della ninguna noticia se tenia.
Tornando, pues, á tomar la historia de la isla de Cuba, que en el cap.
32 contamos, dijimos allí como Diego Velazquez, que gobernaba la isla
como teniente del Almirante, habia señalado cinco villas, donde todos
los españoles que en ella habia se avecindasen, con la de Barocoa que
ya estaba poblada. Repartidos los indios de las comarcas de cada villa
y entregados á los españoles, cada uno segun el ansia de haber oro
tenia y más ancho de conciencia se hallaba, sin tener consideracion
alguna que aquellas gentes eran de carne y de hueso, pusiéronlos
en los trabajos de las minas, y en los demas que para aquellos se
enderezaban, tan de golpe y tan sin misericordia, que en breves dias la
muerte de innumerables dellos manifestó la grande inhumanidad con que
los trataban. Fué más vehemente y acelerada la perdicion de aquellas
gentes, por aquella primera temporada, que en otras partes, por causa
de que, como los españoles andaban por toda la isla, como ellos dicen,
pacificándolas, y consigo traian muchos de los indios que por los
pueblos, para se servir dellos, contínuamente tomaban, y todos comian
y ninguno sembraba, y los de los pueblos, dellos huian, y dellos, de
alborotados y medrosos, de otra cosa más de que no los matasen, como
á otros muchos se mataron, no curaban, quedó la tierra toda ó cuasi
toda de bastimentos vacua y desmamparada. Pues como la cudicia de los
españoles, segun dije, los ahincaba, no curando de sembrar para tener
pan, sino de coger el oro que no habian sembrado, como quiera y con
cualquiera poca cosa que podian haber de bastimento como rebuscándolo,
ponian los hombres y las mujeres, sin suficiente comida para poder
vivir cuanto ménos para trabajar, en los susodichos trabajos. Y es
verdad, como arriba en cierto capítulo dije, que en mi presencia y de
otras personas nos contó uno, como si refiriera una muy buena industria
ó hazaña, que con los indios que tenia de su repartimiento habia hecho
tantos mil montones, que es la labranza de que se hace el pan caçabí,
enviándolos cada tercer dia, ó de dos á dos dias, por los montes á que
comiesen las frutas que hallasen, y con lo que traian en los vientres
les hacia trabajar otros dos ó tres dias en la dicha labranza, sin
dalles á comer de cosa alguna un sólo bocado; y el trabajo de aquel
labrar es cavar todo el dia, y mucho mayor que cavar en las viñas y
huertas en nuestra España, porque es levantar la tierra que cavan
haciendo della montones, que tienen tres y cuatro piés en cuadro y de
tres ó cuatro piés ó palmos en alto, y ésto no con azadas ni azadones
que les daban, sino con unos palos como garrotes, tostados. Así que,
por esta hambre, no teniendo que comer, y metiéndolos en tan grandes
trabajos, fué más vehemente y más en breve la muerte de aquella gente
que en otra parte. Y como llevaban los hombres y mujeres sanos á las
minas y á los otros trabajos, y quedaban en los pueblos solos los
viejos y enfermos sin que persona los socorriese y remediase, allí
perecian todos de angustia y enfermedad sobre la rabiosa hambre; yo
vide algunas veces, andando camino en aquellos dias por aquella isla,
entrando en los pueblos, dar voces los que estaban en las casas, y
entrando á vellos, preguntando qué habian, respondian: hambre, hambre,
hambre. Y porque no dejaban hombre ni mujer que se pudiese tener sobre
sus piernas que no llevasen á los trabajos, á las mujeres paridas que
tenian sus hijos y hijas chiquitas, secándoseles las tetas con la poca
comida y con el trabajo, no teniendo con que criallas, se les morian;
por esta causa se murieron en obra de tres meses 7.000 niños y niñas,
y así se escribió al Rey católico por persona de crédito que lo habia
inquirido. Tambien acaeció entónces que, habiendo dado en repartimiento
á oficial del Rey 300 indios, tanta priesa les dió, echándolos á las
minas y en los demas servicios, que en tres meses no le restaron más
del diezmo vivos.
CAPÍTULO LXXIX.
Llevando este camino, y cobrando de cada dia mayor fuerza esta vendimia
de gentes, segun más crecia la cudicia, y así más número dellas
pereciendo, el clérigo Bartolomé de las Casas, de quien arriba en
el cap. 28 y en los siguientes alguna mencion se hizo, andaba bien
ocupado y muy solícito en sus granjerías, como los otros, enviando
indios de su repartimiento en las minas á sacar oro y hacer sementeras,
y aprovechándose dellos cuanto más podia, puesto que siempre tuvo
respecto á los mantener, cuanto le era posible, y á tratallos
blandamente, y á compadecerse de sus miserias, pero ningun cuidado
tuvo más que los otros de acordarse que eran hombres infieles, y de
la obligacion que tenia de dalles doctrina, y traellos al gremio de
la Iglesia de Cristo; y porque Diego Velazquez, con la gente española
que consigo traia, se partió del puerto de Xagua para hacer y asentar
una villa de españoles en la provincia donde se pobló la que llamó de
Sancti-Espíritus, y no habia en toda la isla clérigo ni fraile, despues
de en el pueblo de Baracóa donde tenian uno, sino el dicho Bartolomé
de las Casas, llegándose la Pascua de Pentecostés, acordó dejar su
casa que tenia en el rio de Arimáo, la penúltima luenga, una legua de
Xagua, donde hacia sus haciendas, é ir á decilles misa y predicalles
aquella Pascua. El cual, estudiando los sermones que les predicó la
Pascua, ó otros por aquel tiempo, comenzó á considerar consigo mismo
sobre algunas autoridades de la Sagrada Escritura, y, si no me he
olvidado, fué aquella la principal y primera del Eclesiástico, capítulo
34. _Immolantes ex iniquo oblatio est maculata_, etc., comenzó, digo,
á considerar la miseria y servidumbre que padecian aquellas gentes.
Aprovechóle para ésto lo que habia oido en esta isla Española decir
y experimentado, que los religiosos de Sancto Domingo predicaban, que
no se podian tener con buena conciencia los indios, y que no querian
confesar ó absolver á los que los tenian, lo cual el dicho Clérigo no
aceptaba; y queriéndose una vez con un religioso de la dicha Órden,
que halló en cierto lugar, confesar, teniendo el Clérigo en esta
isla Española indios, con el mismo descuido y ceguedad que en la de
Cuba, no quiso el religioso confesalle, y pidiéndole razon por qué,
y dándosela, se la refutó el Clérigo con frívolos argumentos y vanas
soluciones, aunque con alguna apariencia, en tanto que el religioso le
dijo: «Concluí, padre, con que la verdad tuvo siempre muchos contrarios
y la mentira muchas ayudas.» El Clérigo luégo se le rindió, cuanto
á la reverencia y honor que se le debia, porque era el religioso
veneranda persona y bien docto, harto más que el padre Clérigo, pero
cuanto á dejar los indios no curó de su opinion. Así que, valióle
mucho acordarse de aquella su disputa y áun confusion que tuvo con el
religioso, para venir á mejor considerar la ignorancia y peligro en que
andaba, teniendo los indios como los otros, y confesando sin escrúpulo
á los que los tenian y pretendian tener, aunque le duró ésto poco; pero
habia muchos confesado en esta isla Española que estaban en aquella
damnacion. Pasados, pues, algunos dias en aquesta consideracion, y
cada dia más y más certificándose, por lo que leia cuanto al derecho
y vía del hecho, aplicando lo uno á lo otro determinó en sí mismo,
convencido de la misma verdad, ser injusto y tiránico todo cuanto
cerca de los indios en estas Indias se cometia. En confirmacion de lo
cual, todo cuanto leia hallaba favorable, y solia decir é afirmar,
que, desde la primera hora que comenzó á desechar las tinieblas de
aquella ignorancia, nunca leyó en libro de latin ó de romance, que
fueron, en cuarenta y cuatro años, infinitos, en que no hallase ó
razon ó autoridad para probar y corroborar la justicia de aquestas
indianas gentes, y para condenacion de las injusticias que se les han
hecho, y males y daños. Finalmente, se determinó de predicallo; y
porque, teniendo él los indios que tenia, tenia luégo la reprobacion
de sus sermones en la mano, acordó, para libremente condenar los
repartimientos ó encomiendas como injustas y tiránicas, dejar luégo
los indios y renunciarlos en manos del gobernador Diego Velazquez,
no porque no estaban mejor en su poder, porque él los tractaba con
más piedad, y lo hiciera con mayor desde allí adelante, y sabia que
dejándolos él los habian de dar á quien los habia de oprimir é fatigar
hasta matallos, como al cabo los mataron, pero porque, aunque les
hiciera todo el buen tractamiento que padre pudiera hacer á hijos, como
él predicara no poderse tener con buena conciencia, nunca le faltaran
calumnias diciendo: «al fin tiene indios, ¿por qué no los deja, pues
afirma ser tiránico?» acordó totalmente dejallos. Y para que del todo
ésto mejor se entienda, es bien aquí reducir á la memoria la compañía
y estrecha amistad que tuvo este Padre con un Pedro de la Rentería,
hombre prudente y muy buen cristiano, de quien arriba en el cap. 32
hobimos algo tocado. Y como fuesen no sólo amigos pero compañeros en
la hacienda, y tuviesen ambos sus repartimientos de indios juntos,
acordaron entre sí que fuese Pedro de la Rentería á la isla de la
Jamáica, donde tenia un hermano, para traer puercas para criar y maíz
para sembrar, y otras cosas que en la de Cuba no habia, como quedase
del todo gastada, como queda declarado, y para este viaje fletaron una
carabela del Rey en 2.000 castellanos. Pues como estuviese ausente
Pedro de la Rentería, y el Padre clérigo determinase dejar los indios,
y predicar lo que sentia ser obligado para desengañar los que en tan
profundas tinieblas de ignorancia estaban, fué un dia al gobernador
Diego Velazquez, y díjole lo que sentia de su propio estado, y dél
mismo que gobernaba y de los demas, afirmando que en él no se podian
salvar, y que, por salir de peligro y hacer lo que debia á su oficio
entendia en predicarlo, por tanto determinaba renunciar en él los
indios, y no tenellos á su cargo más, por eso que los tuviese por
vacuos y hiciese dellos á su voluntad; pero que le pedia por merced,
que aquello fuese secreto y que no los diese á otro hasta que Rentería
volviese de la isla de Jamáica donde estaba, porque la hacienda y los
indios, que ambos indivisamente tenian, padecerian detrimento, si,
ántes que viniese, alguno á quien diese los indios del dicho Padre
en ella y en ellos entraba. El Gobernador, de oirle cosa tan nueva
y como monstruosa, lo uno porque siendo clérigo y en las cosas del
mundo, como los otros, azolvado, fuese de la opinion de los frailes
dominicos, que aquello habian primero intentado y que se atreviese á
publicallo, lo otro que tanta justificacion y menosprecio de hacienda
temporal en él hobiese, que, teniendo tan grande aparejo como tenia
para ser rico en breve, lo renunciase, mayormente que comenzaba á tener
fama de cudicioso, por verle ser diligente cerca de las haciendas y
de las minas, y por otras semejantes señales, quedó en grande manera
admirado, y díjole, haciendo más cuenta de lo que al Clérigo tocaba
en la hacienda temporal, que al peligro en que él vivia mismo, como
cabeza y principal en la tiranía que contra los indios en aquella isla
se perpetraba: «Mirad, Padre, lo que haceis, no os arrepintais, porque
por Dios que os querria ver rico y prosperado, y por tanto no admito la
dejacion que haceis de los indios; y porque mejor lo considereis, yo
os doy quince dias para bien pensarlo, despues de los cuales me podeis
tornar á hablar lo que determináredes.» Respondió el Padre clérigo:
«Señor, yo rescibo gran merced en desear mi prosperidad, con todos los
demas comedimientos que vuestra merced me hace, pero haced, señor,
cuenta que los quince dias son pasados, y plega á Dios que, si yo me
arrepintiere deste propósito que os he manifestado, y quisiere tener
los indios y por el amor que me teneis quisiéredes dejármelos, ó de
nuevo dármelos y me oyéredes, aunque llore lágrimas de sangre, Dios sea
el que rigurosamente os castigue, y no os perdone este pecado. Sólo
suplico á vuestra merced, que todo ésto sea secreto y los indios no los
deis á ninguno hasta que Rentería venga, porque su hacienda no reciba
daño.» Así se lo prometió y lo guardó, y desde adelante tuvo en mucha
mayor reverencia al dicho Clérigo, y cerca de la gobernacion, en lo que
tocaba á los indios, y áun á lo del regimiento de su misma persona,
hacia muchas cosas buenas, por el crédito que cobró dél como si le
hobiera visto hacer milagros; y todos los demas de la isla comenzaron
á tener otro nuevo concepto dél que tenian de ántes, desque supieron
que habia dejado los indios, lo que por entónces y siempre lo ha sido
estimado por el sumo argumento que de santidad podia mostrarse; tanta
era y es la ceguedad de los que han venido á estas partes. Publicóse
aqueste secreto, de esta manera: que predicando el dicho Clérigo,
dia de la Asuncion de Nuestra Señora, en aquel lugar donde se dijo
que estaba, tractando de la vida contemplativa y activa, que es la
materia del Evangelio de aquel dia, tocando en las obras de caridad,
espirituales y temporales, fuéle necesario mostrarles la obligacion
que tenian á las complir y ejercitar en aquellas gentes, de quien tan
cruelmente se servian, y reprender la mision, descuido y olvido en que
vivian dellas, por lo cual, le vino al propósito descubrir el concierto
secreto que con el Gobernador puesto tenia, y dijo: «Señor, yo os doy
licencia que digais á todos los que quisiéredes cuánto en secreto
concertado habiamos, y yo la tomo para á los presentes decirlo.» Dicho
ésto, comenzó á declararles su ceguedad, injusticias, y tiranías, y
crueldades que cometian en aquellas gentes inocentes y mansísimas,
como no podian salvarse teniéndolos repartidos, ellos y quien se los
repartia la obligacion á restitucion en que estaban ligados, y que él,
por conocer el peligro en que vivia, habia dejado los indios, y otras
muchas cosas que á la materia concernian. Quedaron todos admirados y
áun espantados de lo que les dijo, y algunos compungidos, y otros como
si lo soñaran, oyendo cosas tan nuevas como eran decir, que sin pecado
no podian tener los indios en su servicio, como si dijeran que de las
bestias del campo no podian servirse no lo creian.
CAPÍTULO LXXX.