hemos contado, siempre tenia cuidado de la muerte ó vida de Francisco
Becerra, y estaba dudoso que fuese verdad lo que dél le habia dicho
el muchacho, y, con esta duda y deseo de saber la verdad, determinó
de ir él mismo á buscallo, ó al ménos saber lo cierto de su tardanza;
pero porque ninguno de los del Darien osaba pensar en ir á Urabá ni
hácia el Cenú, por miedo de la hierba, que en un momento los heridos
con ella mataba, por lo cual todos habian de rehusar la jornada, quiso
por esta cautela engañallos y así sacallos. Mandó apregonar guerra
contra Pocorosa y otros señores de aquellas provincias, y sus gentes,
á fuego y á sangre, como á gentes rebeladas, cosa muy al sabor de
todos los del Darien, y que deseaban. Nótese aquí, por los prudentes
y que fueren cristianos, con qué título y causa se podia decir ser
Pocorosa y sus gentes y los demas rebeldes, siendo señores naturales
de aquellas tierras y no se haber sometido á ninguno del mundo, ni
áun pudiéndolo hacer sin voluntad de sus pueblos, ni consentimiento
dellos, que cualquiera de las partes, sin aceptacion de la otra, si
lo hicieran, caian en mal caso como arriba se ha declarado; y en ésto
han errado enormísimamente los Consejos del Rey, despachando algunas
provisiones contra los indios, que, sin haber oido palabra, estando
de guerra, defendiéndose de los españoles y de sus crueldades, de
rebeldes los notaban, teniendo en sus mismas leyes comunes y en sus
doctores legistas que ninguno que no haya sido súbdito puede ser
dicho rebelde, ni de rebelion notado. Item, se debe notar, que aunque
fuera cierto que aquellas gentes se hobieran jurídicamente sometido
al imperio de los reyes de Castilla (lo cual nunca en todas las
Indias fué verdad), habiendo rescibido el rey Pocorosa y sus gentes,
y los demas, tan grandes y tan irreparables daños, y males de Juan
de Ayora y de los otros, sobre haber hecho tantas y tan buenas obras
á Vasco Nuñez y á sus secuaces, como parece en el cap. 61, ¿porque
estuviesen puestos en armas y matasen á cuantos españoles pudiesen
matar, podian llamarse rebeldes y alzados? Pero ya queda dicho en
muchos lugares la causa de estos hierros, que fué la gran ceguedad del
Consejo siendo obligados á no lo ignorar. Así que, oido el pregon,
todos se holgaron por la esperanza, que luégo se prometieron, de robar
el oro que creian tener aquellos señores, y por hacer esclavos, y así
se ofrecieron á ir con él 300 y más hombres; y embarcados en tres ó
cuatro navíos, vueltas las proas hácia el Poniente, hasta que fué de
noche, porque los pilotos iban de Pedrárias avisados, dieron la vuelta
donde Pedrárias deseaba, y ántes del dia entraron en Caribana 200
hombres, con un Capitan llamado fulano Hurtado, que Pedrárias mandó
desembarcar. Estos dan en los pueblos, poniendo fuego á las casas,
como se ha dicho que acostumbraban, y saliendo los indios que estaban
durmiendo, medio quemados ó chamuscados, los mataban, pero los indios
toman sus arcos y vienen á ellos; ellos, temiendo la hierba, huyen
con gran celeridad á meterse en las naos. No supe si alguno dellos
quedó allá, ó de alguna flecha vino inficionado. Ciertas personas
tomaron presas, de las cuales supo Pedrárias lo cierto de la muerte de
Francisco Becerra y los demas, la cual acaeció de la misma manera que
habia contado el muchacho. Perdido el cuidado de Francisco Becerra,
Pedrárias dió la vuelta para la costa de la tierra firme abajo, y á
las 60 leguas, que está el puerto de Acla, saltó en tierra con toda
la gente, y desde allí mandó al licenciado Espinosa que tomase 300
hombres y los caballos, y fuese á destruir con fuego y sangre la
provincia de Pocorosa. Partido el licenciado Espinosa, Pedrárias mandó
hacer una fortaleza de tierra y madera, y él mismo era el primero
que á los trabajos ponia la mano, por lo cual todos los que con él
quedaron á hacer lo mismo se animaron. Esta fortaleza hizo para que
los españoles que anduviesen aquellas estaciones, cuando viniesen
huyendo, se mamparasen, ó viniendo cansados descansasen y se recreasen.
Cayó allí mal dispuesto de las partes secretas Pedrárias, por cuya
causa se volvió al Darien, dejando por Capitan á un Gabriel de Rojas,
en su lugar, allí en Acla. Llegado Pedrárias al Darien, llegó luégo
Badajoz, el cual, en velle, rescibió harto mal tártago por tan gran
suma de oro como perdida dejaba; determinaba de ir él en persona, pero
á la sazon llegó el Dean de la iglesia Catedral del Darien, que habia
el licenciado Espinosa consigo llevado, el cual, de partes del dicho
licenciado, le dijo como iba sin parar á recobrar la tal pérdida, por
eso que su señoría le enviase más socorro con brevedad, que él esperaba
en Dios de todo cobrallo. Porque no haya delito ni pecado en que los
hombres pecadores no presuman de hacer su compañero á Dios, manifiesto
es como los ladrones y los que van á adulterar se santiguan y hacen la
cruz, y van tambien con devocion rezando, porque con el hurto ó en los
delitos no sean tomados. Holgóse dello Pedrárias y proveyó luégo que
fuesen á alcanzallo 130 hombres, y á un Valenzuela por capitan dellos,
puesto que Badajoz clamaba que á él pertenecia ir aquella jornada,
pero no quiso Pedrárias; el cual se fué por la isla que se nombraba de
Bastimentos y allí salteó cien indios y indias, porque por mal hacer,
no quedase nada. Mandó Pedrárias que de secreto tocasen con el navío en
que iban en las peñas, porque saltando en tierra mala quizá la gente
no se tornase. Va el licenciado Espinosa su camino, para mostrar que
las letras no embotaban la lanza, y que no sólo letrado pero Capitan
merecia ser de muchos soldados, y llegado á la tierra de Comogre y
Pocorosa, que tan bien habian siempre á los españoles hospedado, los
indios de aquellas provincias entendiendo á lo que iban, procuraron
para su defensa juntarse; serian hasta 3.000 desnudos, con sus palos
por armas, los que salieron á resistillos, pero desque vieron los
caballos que nunca vieron ántes, desmayaron, y desparcidos cada cual
huyendo tabajaba de salvarse; á los cuales aprovechó poco, porque dan
tras ellos los de caballo, y dellos á lanzadas, y dellos atajándolos,
para que llegasen los de pié con las espadas, fueron muy pocos los que
dellos, de muertos ó captivos, se escaparon. Hicieron más nuestros
cristianos, que á muchos aperrearon echando á los perros que los
despedazasen, otros Espinosa mandó ahorcar, á otros cortar las narices,
y á otros las manos, de manera que en pocos dias que anduvo Espinosa
por aquella comarca, cuasi toda la destruyó, que no dejó, al ménos no
parecia, viva alma; fué el espíritu Espinosa de Pedrárias y el furor
de Dios encerrado en ambos. En esta jornada iba con Espinosa y esta
gente un religioso de Sant Francisco, llamado fray Francisco de Sant
Roman; éste escribió una carta al padre fray Pedro de Córdoba que en
esta isla estaba, de quien arriba queda mucho tratado y se tratará,
que por amor de Dios hablase é hiciese consciencia á los religiosos de
Sant Hierónimo, que habian venido á esta isla entónces á reformar estas
partes, sobre que proveyesen de remedio para aquella tierra firme,
que la destruian aquellos tiranos, y esta carta me dió á mí el dicho
Padre, varon sancto, y la llevé á Castilla, para á quien conviniese
mostralla, y despues, el año de 18, salió de la tierra firme y fué
á España el dicho padre fray Francisco de Sant Roman, y, llegado á
Sevilla, afirmó en el colegio de Sancto Tomás, de la órden de Sancto
Domingo, que allí está, que habia visto por sus ojos meter á espada y
echar á perros bravos, en este viaje de Espinosa, sobre 40.000 ánimas.
Y estando la corte en Zaragoza, el año 18, me lo escribieron á mí por
esta misma manera los dichos colegiales, y llevé la carta á mostrar al
gran Chanciller, á quien por entónces el Rey D. Cárlos (como placiendo
á Dios se dirá más largo), habia dado cargo del remedio y reformacion
destas Indias, y él me encargó que de su parte visitase al obispo de
Búrgos, que á la sazon estaba enfermo, y le mostrase la dicha carta,
cuasi como que se cognosciese y áun confundiese por haber mal gobernado
estas tierras, porque habian pasado muchas y notables cosas sobre esta
materia. Yo lo hice así, visitélo de su parte y mostréle la carta, y
respondióme: «Decid á su señoría que ya le hé yo dicho, que es bien que
echemos aquel hombre de allí.» Esto dijo por Pedrárias. Así que fueron
extrañas las matanzas y destrucciones y número de esclavos, que aquel
licenciado Espinosa en aquella su salida hizo; por lo referido y por
lo que se referirá, será lo dicho bien entendido. Destruido Comogre y
Pocorosa y todos los demás de aquellas provincias, pasó Espinosa, y con
él el espíritu de Pedrárias, á la tierra del cacique Chirú, y por tomar
descuidado al cacique Natá y prendelle, fuese adelante con la mitad
de la gente, y dió en su pueblo de noche, y huyó el Cacique; recogió
su gente y vino á resistirles con grande alarido, pero vistos los
caballos que nunca habian vido, pensando que los habian de despedazar
y comellos, pónense todos en huida. Mandó luégo hacer Espinosa en la
plaza del pueblo un palenque de madera, que para contra indios era como
Salsas para contra franceses; viendo el triste Natá que allí hacian
asiento y que no bastaban ya sus fuerzas para resistilles, vínose sin
armas á poner en su poder acompañado con unos pocos de indios. Teniendo
nuevas de dónde y cómo estaba el cacique Escolia, envió á un Bartolomé
Hurtado, con 50 hombres, para que de noche lo saltease y prendiese, y
así lo hizo. Estos ansí tenidos, el uno preso, y el otro á más no poder
venido, dejó las espaldas seguras, y caminó para la tierra de Cutara ó
Paris, y llegó á un rio de Cocavira, donde le decian que tenia el oro
allegado que habian tomado á Badajoz para restituírselo, porque, diz
que, le decian sus mujeres que, por volver á lo cobrar, los cristianos
habian de destruille. Iba Diego Albitez, con 90 hombres, delante
descubriendo la tierra, y vido estar á la entrada de un monte obra de
20 indios con sus armillas, y arremetió á herillos; los indios pelearon
contra ellos varonilmente, aunque desgarrados con las espadas. Salen
luégo del monte, á lo que juzgaban, sobre 4.000 indios, y el cacique
Paris ó Cutara delante dellos, con grandísima grita; dan los unos en
los otros y matan dellos con las espadas muchos, y ellos hieren de
los nuestros no pocos; unas veces los retraian hasta el monte, otras
los indios ganábanles tierra, hasta que Espinosa con todo su caudal de
gente vino, pero luégo que vieron los caballos y soltaron los perros,
no quedó hombre, que como si vieran al mismo diablo, que no huyese.
CAPÍTULO LXXIII.
Siguió Valenzuela con sus 130 hombres tras Espinosa, por montes y
valles, con grandes trabajos, sin saber dónde andaba, los cuales, yendo
muy afligidos y desconsolados, un dia en un monte ó çabana toparon
con estiércol de caballos, el cual, segun se dijo, por la grande
alegría que de vello rescibieron, todos lo besaron. Desde á pocos dias
tiraron una noche ciertas escopetas que llevaban, y oyólo Bartolomé
Hurtado, que habia enviado Espinosa á robar comida y todo lo demas
que les faltaba, estando la tierra de Paris, como toda la gente de la
provincia andaba, huyendo y puesta en armas. Fué Hurtado al sonido de
las escopetas, y finalmente se encontraron, y fué inestimable el gozo
que unos de otros recobraron. Fueron á juntarse todos con Espinosa,
donde de principio lo renovaron, estimando que ya eran tan poderosos
que, para resistirles cosa que quisiesen acometer, toda la gente de
la tierra firme no bastaba. Tenian nueva que en el pueblo ó tierra
del cacique Quema, que debia ser vasallo de Paris, tenia el oro que
habia tomado á Badajoz, guardado, para lo cual mandó Espinosa á Diego
Albitez que con 60 hombres fuese á buscallo; saliéronles á resistir los
súbditos de Quema, muy feroces, haciendo de sus alharacas, pero Diego
Albitez díjoles que no venia á hacelles mal, sino á tratar amistad con
ellos, por tanto que dejasen las armas. Persuadidos por sus palabras,
creyéronlo y vinieron luégo dellos tres capitanes sin armas; rescebidos
con amor y placer, preguntóles que dónde estaba ó tenian el oro que
Paris á Badajoz habia tomado, dijeron que no sabian y que no tenian
tal, llevólos consigo á Espinosa, el cual, interrogándolos con dulces
palabras, y ellos negando, no supe que los atormentasen, pero era
ésto tan ordinario que ninguna duda me quedó de que á tormentos les
hicieron decir dónde el oro estaba. Envió con ellos 20 hombres, y, en
obra de dos horas, tornaron con el oro llenas cinco petacas; díjose
que cabrian en ellas 80.000 castellanos. Todavía Espinosa, deseoso de
haber lo que faltaba, pasó adelante á la tierra del cacique Chicacotra,
donde no ménos estragos creo que hizo, segun la costumbre y fin que
llevaba. Estuvo por allí hasta que pasaron todas las aguas, que es,
como se dijo, el invierno de aquella patria, porque hallaron en aquella
provincia de bastimentos grande abundancia; de donde comenzó á poner
en obra su tornada para el Darien, con su presa tan deseada y amada.
Trujo, como dije, 80.000 pesos de oro de lo que Badajoz habia robado, y
Cutara ó Paris le habia justamente despojado; por entónces bien, segun
creo, faltaron más de 50.000 castellanos, de los cuales, despues, más
de los 30.000 se recobraron, como se dirá, y al cabo no dudo todos no
haberse escapado de nuestras manos. Trujo tambien consigo Espinosa y
metió en el Darien más de 2.000 esclavos, con la justicia hechos que
andaba las gentes pacíficas, quietas en sus casas, inquietando, robando
y cruelmente matando. Y para que ésto ansí parezca, sin que de mí sólo
salga, quiero aquí referir las palabras que Tobilla dice, seglar, y uno
dellos, que anduvo despues en aquellos pasos, como dije, y que asaz
favorece aquellas entradas, en una historia que quiso hacer y llamó
Barbárica, y que parece haber muerto en aquella simplicidad no sancta.
Este dice así hablando de Espinosa en aquella jornada, y tocando de
los esclavos: «Traia largos 2.000 captivos, que, para llevarlos los
mercadantes á la Española, valian entónces muchos dineros, de donde
nasció la tan presta como miserable caida que estas infinitas gentes
dieron, pues, con la cudicia del mucho oro que por ellos en el Darien
los tractantes les daban, todo el tiempo que fuera de sus muros se
veian, así al de paz como al de guerra ponian en hierros; andando tan
sin freno esta osadía entre los compañeros y los mismos Capitanes, que
así compraban las mercaderías con sus aprisionadas gargantas, como
si fueran la misma moneda, sin haber ninguno de tanta consciencia
que se parase á mirar si era esclavo justamente, aunque segun la
injusticia con que todos lo eran, bastaba saber que la cudicia causaba
su cautiverio, no embargante que para mí tengo no ser ménos excusa el
ejemplo que Pedrárias les daba, pues en su mayor contentamiento jugaba
al ajedrez la libertad de aquellos más que miserables.» Estas son
palabras de Tobilla formales. Jugaba Pedrárias sus 50 y 100 esclavos, y
quizá 500, como otros Gobernadores despues hicieron, por ventura por su
ejemplo, de los que le habian de caber de su parte, que habia de enviar
á saltear. Llegó pues el licenciado Espinosa con el oro recobrado,
y tantas gentes hombres y mujeres, niños y muchachos como corderos
atraillados, al lugar donde se habian al oro ó dinero de sacrificar,
gimiendo y llorando, que en vellos bien pudiera cualquiera hombre de
razon tener motivo de llorar, dejando 40.000 ánimas en los infiernos
plantadas. Llegó Diego Espinosa, de las dichas hazañas autor, al Darien
muy triunfante; el gozo y alegría que rescibió Pedrárias, y el regocijo
de todos los demas que tenian en ello todos parte, aunque entrase con
ellos el señor Obispo y clérigo ó clérigos que iban en la compaña, bien
se puede adivinar. Sólo el triste de Badajoz debió quedar sin parte,
pues anduvo en la corte cuando dije con harta necesidad, y entónces, de
verse quedar con los trabajos solos y del oro tan sin medrar, debiera
irse á Castilla desganado. Verdad es que tenia con que bien se consolar
cuando pensase, que no solamente ante el juicio de Dios le habian de
ser demandados las muertes, escándalos, males y daños, y aborrecimiento
de la fe y religion cristiana y perdicion de las ánimas, que él con
los suyos causó, pero tambien todos los que por ir á cobrar el oro que
él perdió cometió el licenciado Espinosa, porque aunque si él no lo
hobiera comenzado y sido la dicha causa, otros habian de ir á robar
y cometer los ya señalados males, segun el ansia é insensibilidad de
Pedrárias y de todos los que con él estaban, pero quizá no fueran tan
temprano, ó no hicieran tan enormes daños, y entre tanto Dios quizá
proveyera de algun obstáculo al mal, y diera remedio para que alguna
de tan innumerables ánimas que se perdieron se salvara, ó que quiera
ó como quiera que la cosa acaeciera á él no se le demandara. Cuando
Espinosa determinó de se volver al Darien, mandó al capitan Hernan
Ponce, que con 40 hombres entrase en los dos navíos, y fuese la costa
abajo descubriendo lo que pudiese, el cual, partido de donde estaba,
llegó en par del golfo de Ossa, que distaba 90 leguas de Natá, y llegó
á cierta tierra de gentes llamados los cuchires, y hallólos aparejados
con mucha gente armada para se defender, y los españoles no osaron en
tierra saltar. Anduvieron más de 50 leguas la costa abajo, y hallaron
un golfo de más de 20 leguas lleno de islas, y es puerto cerrado
admirable, llámanlo los indios Chira, y ellos lo llamaron San Lúcar;
este es el puerto que dicen de Nicoya, que es una provincia muy fértil
y graciosa de Nicaragua. Allí cercan los navíos gran número de canoas,
llenas de gente armada, y otra mucha gente que apareció en la costa
con sus trompetillas ó cornetas haciendo grandes fieros y amenazas,
pero tirados algunos tiros de pólvora, no quedó hombre en la mar ni en
la tierra que huyendo no volase. Viendo Hernan Ponce que por allí no
podia ganar nada, y que la costa iba adelante, tornóse á juntarse con
Espinosa, el cual, ó era ya ido para el Darien, ó alcanzándole lo dejó
por mandado de Pedrárias en Panamá.
CAPÍTULO LXXIV.