oraciones que mandaba hacer Pedrárias y el Obispo, porque Dios dellos
su indignacion alzase, acordó Pedrárias de enviar otro Capitan, la
costa abajo, llamado Gonzalo de Badajoz, en un navío con 80 hombres (y
despues le envió otros 50 ó pocos más), para que desde el Nombre de
Dios, ó algo más abajo, pasase á la mar del Sur y toda la gente della
allanase; que no era otra cosa sino roballos, ya que lo sufriesen por
sus tierras y pueblos entrar, y si les resistiesen, como dellos con
tanta razon no se fiasen, los guerreasen, matasen y captivasen. Y áun,
segun su costumbre, á los que quizá los recibieran de paz y les dieran
todo el oro que tuvieran, no esperaban á tanto, sino comunmente, dando
en ellos al cuarto del alba, los salteaban y hacian en ellos lo que
arriba queda declarado. Deste Badajoz hay que decir cosas señaladas.
Embarcado con su gente en el mes de Marzo de 1515 años, váse la costa
de la mar abajo, y, llegados al puerto del Nombre de Dios, desque
vieron la fortalecilla que habia hecho el desafortunado Nicuesa, y
infinitos huesos y cruces sobre montones de piedra, que cubrian los
cuerpos de los muchos suyos que allí habian muerto de pura hambre,
comenzaron todos á temer y á desmayar, y á poner dificultades en la
pasada adelante. Viendo su desgana, Gonzalo de Badajoz mandó luégo al
Maestre del navío que sin dilacion se tornase, por quitar la esperanza
de la gente de se arrepentir de la salida, porque no les quedase otro
remedio sino pasar adelante; y así se puso por obra, que subieron
las sierras de Capira, que son muy altas, y de allí á la tierra del
cacique Totanagua, señor de mucha tierra y gente serrana; al cual, como
hallasen durmiendo y descuidado, dando de noche sobre él, prendiéronlo
y robáronle hasta 6.000 castellanos. De allí, ántes que los demas
fuesen avisados, llevando aqueste señor preso, van á dar al cacique
Tataracherubí é hacen otro tanto, pero escápasele de sus manos; donde
tomaron 8.000 pesos de oro, y lo que más pudieron haber á las manos.
Robaron y destruyeron otros muchos pueblos, y tomaron mucha gente por
esclavos. Rogó á Badajoz el cacique Tabore que lo soltase, y que lo
daria por su libertad otros tantos castellanos, y así, rescibidos, lo
libertó y dejó volver á su casa. El cacique Tataracherubí acordó de
venir de su voluntad, ántes que lo tomasen, para ver tambien si podia
fingir alguna cautela para burlarlos, y en su venida trujo tambien su
ofrenda de oro, porque ya sabian todos, que sin traer aquello no habian
de ser bien allegados. Este fingió que cerca de allí estaba un Cacique
llamado Natá, la última luenga, el cual poseia mucha riqueza, y que no
tenia gente sino poca, porque era señor de poca tierra, y ménos valor
y autoridad; todo ésto para que Badajoz y sus secuaces se descuidasen.
Oido ésto, con el ansia de la riqueza (porque el cudicioso todo cree
que es oro), creyólo, y envió 30 españoles y á Alonso Perez de la Rua,
por Capitan, y hechos sus requerimientos entre sí, media legua de la
poblacion, la noche ántes, dan en ellos al cuarto del alba, segun
su costumbre ordinaria, y cuando comenzó á rayar el dia viéronse en
medio de grandes pueblos, porque era señor aquel muy grande; y porque
si atras se tornaran, lo cual hicieran de buena gana por el miedo
que cobraron de verse así burlados, paresciéndoles que les fuera más
peligroso, cobraron todos nuevo ánimo, y dan en el pueblo principal que
estaba descuidado, y no acertaron tan mal que al señor dél luégo no
tomaron. Porque como llevaban siempre espías, y los atormentaban porque
dijesen la verdad, lo primero que les preguntaban y ellos declaraban,
era por los señores y por sus casas, porque de aquellos esperaban más
de aprovechar, ó porque se rescatasen, ó porque matándoles, entendian
tener mayor seguridad. Preso el señor, creyeron ya estar en salvo y
con todo el descuido que pudieran tener en sus casas; dánse solamente
á robar el oro, que fueron hasta 10.000 castellanos, y prenden las
mujeres y muchachos, que con la priesa no se pudieron ausentar; pero
los vecinos de aquel pueblo y los demas, que un credo fueron avisados,
viendo preso á su señor, y á sus mujeres y hijos presos y encadenados,
juntáronse con un hermano del señor, y vienen sobre ellos como toros
bravos, lanzando infinitas varas, tiradas como dardos, y piedras,
que por allí no tenian flechas, ni hierba, ni otras armas, salvo,
que por ventura, tenian las, como porras, que habemos dicho en esta
isla Española llamarse macanas. Viéndose muy apretados, tomaron por
remedio de se recoger con el mismo Cacique á su casa, poniéndole las
espadas á la barriga, diciendo que lo habian de matar sino les mandaba
que cesasen. El cacique Natá, mostrando ira grande, los comenzó á
reprender diciéndoles, que para qué tomaban armas sin su mandado.
Oyendo aquellas palabras, al momento, como temblando dellas, todos
pusieron en el suelo las armas, y cesaron de pelear, luégo, el Alonso
Perez de la Rua, para justificar su buena obra, requirió al hermano
del Rey é señor Natá, que viniese á la obediencia y reconocimiento
del señorío del rey de Castilla, pues todas aquellas tierras eran de
su corona Real, por título que el Papa, á quien Sant Pedro dejó en su
lugar, le dió dellas; pudiera confirmar lo que el ciego tirano decia,
con los milagros que habian hecho, y por los que hicieron adelante.
Respondióles aquel (que no entendia de sus desvaríos más de algun
vocablo, que diria Castilla ó hombre de Castilla, ó otra semejante
palabra), que otro hombre ninguno no habian visto por aquella tierra,
sino á ellos, y que si por ellas algun dia pasara, de buena voluntad le
diera del oro que tenian y comida, y tambien le dieran mujeres; ésto le
respondió á su requerimiento el hermano de Natá, cacique. Finalmente,
avisado Badajoz de lo que pasaba, fué luégo á se juntar con ellos,
otro dia; diéronles 15.000 castellanos, y hiciéronles tantos placeres
y regalos el Cacique, y su hermano, con todos sus indios, y fueron tan
bien proveidos, que acordaron de parar allí todo el invierno; éste es
por aquella tierra de muchas aguas pero no de algun frio. El asiento
y poblacion principal de este señor Natá era junto á la mar del Sur,
donde se asentó y hoy permanece la villa de españoles llamada Natá, la
cual creo yo que por muchos años que allí ha estado, ha sido de toda
ella muy poco servido Dios. Acabadas las aguas, prosiguen su romería,
y dan de noche, como solian, sobre un Cacique llamado Escolia, el cual
prendieron con sus mujeres y le robaron 9.000 castellanos; y siempre
quemaban los pueblos, como se ha dicho, y llevaban cuantos indios
podian haber captivos. Prosiguiendo su descubrimiento, segun ellos
llamaban, éstos caminos hácia el Occidente, llegaron á las tierras y
señoríos de dos Caciques, el uno llamado Periqueten, que estaba cerca
de la mar, y el otro dentro, cerca, que se nombraba Totonoga, que era
ciego; éste les dió 6.000 pesos en joyas, y oro por fundir, en grano,
y grano hobo que pesaba dos pesos, señal de tierra muy rica; y así
toda aquella tierra, más de 200 leguas del Darien, arriba y abajo dél,
y áun sobre arriba de las dichas 80, es riquísima de minas. Supieron
estar otro señor más abajo, nombrado Taracuri, el cual les dió ó le
robaron 8.000 pesos. Pasaron de aquí á la tierra de un hermano del ya
dicho, que llamaban Pananome, al cual, como avisado fué que andaban
por allí, no hallaron, porque no osó esperallos, sabidas sus nuevas,
y habíase huido; destruyéronle todo su pueblo, y robaron cuanto haber
pudieron, no supe si captivaron indios. Seis leguas de allí, más al
Poniente, fueron á otro llamado Tabor, no sé lo que aquí hicieron. De
allí pasaron al pueblo del cacique Cherú, el cual los esperó y salió
á rescibir, sabiendo que venian, y les ofreció 4.000 castellanos;
castellanos y pesos todo es uno. Hasta éste, ú otro por aquí postrero
lugar y tierra de señor, traia Badajoz robados, y dados por temor, que
es lo mismo, 80.000 castellanos ó pesos de oro, los cuales en aquel
tiempo se estimaban y valian más que, despues de descubierto el Perú,
400 y áun 500.000.
CAPÍTULO LXX.
De la tierra y señorío de aquel que dijimos postrer Cacique, segun la
órden dicha, se partió Gonzalo de Badajoz y sus satélites al señorío y
tierra llamada Pariza ó Pariba, que despues comunmente los españoles
llamaron Paris, cuyo Cacique Rey y señor se llamaba Cutara. Este,
sabiendo que los españoles venian sobre él como habian hecho sobre
todos los otros, con toda la gente de sus pueblos se fué á los montes,
poniendo las mujeres y hijos en cobro, como suelen hacer cuando tienen
aviso que vienen sobre ellos de guerra, robando y matando como estos
españoles venian. Como llegaron al pueblo principal de Paris ó Cutara,
y no hallaron hombre, envió Badajoz, de la gente de la tierra que traia
captiva, (porque hasta este lugar, 400 personas y por ventura más
traia por esclavos), que lo fuesen á llamar, amenazándole que haria
y aconteceria como habia hecho y acontecido á los otros. El señor le
envió cuatro hombres principales y un presente, que ninguno tanto nunca
á los españoles, ni por fuerza ni de grado habia dado, y éste fué
cuatro petacas llenas de joyas de oro, que dellas eran como patenas,
que se ponian en los pechos los hombres, y otras como brazaletes, y
otras menores para las orejas, y finalmente eran joyas que hombres y
mujeres, para se adornar, tenian en uso; dijéronle de su parte los
mensajeros, que su señor les decia que le perdonasen, que no podia
venir á vellos por estar ocupado, y que rescibiesen aquel presente
que sus mujeres les enviaban. Estas petacas, que así las llaman en la
lengua de la Nueva España, suelen ser como unas arquetas de dos palmos
en ancho, y cuatro al ménos en largo, y uno bueno en alto; son hechas
de hojas de palma ó de cañas muy delicadas, ó de varillas delgadas,
enforradas todas por defuera de cueros de venados; destas usan en toda
la tierra firme los indios, y en ellas tienen y llevan sus alhajas y
cosas, como nosotros en nuestras arcas. Enviarles hia el Cacique en
apuellas petacas, segun tuve entendido, 40 ó 50.000 castellanos. Vista
tan gran copia de oro, enviada tan fácilmente y de gracia, imaginaron
que alguna gran riqueza debia tener en sus casas; acordaron de hacer un
embuste harto digno de los que en aquellas obras andaban: respondieron
que se lo agradescian y que ellos lo ternian por muy amigo de allí
adelante, y fingen que por donde habian venido se tornaban, é desde
á dos noches, ó aquella misma, ó estando el Cacique donde á la sazon
estaba, ó que ya se habia venido al pueblo y á su casa, volvieron
los españoles á su cuarto del alba, y hallando á todos descuidados,
diciendo con gran devocion «Santiago», pegan fuego á las casas. Van á
prender al Cacique y salióseles dentre las manos; róbanle á él y al
pueblo otros 30 ó 40.000 castellanos, y la gente, mayormente mujeres,
que pudieron atar algunas, con las espadas hechos pedazos: y esto tengo
por verdad, porque de los mismos que en ello se hallaron, algunos, que
estaban en la misma tierra del Darien ó por allí, me lo dijeron. Otros
lo han contado de otra manera, que creo tener mucha mezcla de falsedad,
conviene á saber, que Badajoz envió á decir al Cacique, con los cuatro
principales que le trujeron el presente, que no se habia de ir de
aquella comarca hasta conocelle por vasallo ó contrario del rey de
Castilla, y que, oidas tales palabras, el Cacique se indignó mucho, y,
recogidas sus gentes, vino sobre ellos. Cualquiera destas vías que se
haya tenido, bien puede juzgar cualquiera discreto, de cúya parte está
la justicia. Pedro Mártir, como informado de los mismos delincuentes,
porque fué el mismo Badajoz y otros sus compañeros, dice en su Década
segunda, cap. 10, que llegando Badajoz descuidado con su gente y los
80.000 castellanos al pueblo de Paris ó Cutara, cacique, lo acometió y
dió la guerra que abajo diremos; ésta es gran falsedad que ni áun tiene
color ni cosa verisímile, porque teniendo derramada la fama de las
crueldades y robos que venian haciendo por todas aquellas provincias,
llegando á tierra y pueblos de señor que áun no habia visto ni
cognoscido y que siempre, á tormentos de los indios que traian presos,
sabian el ser y poder de los señores que adelante estaban, ¿habian de
venir tan descuidados que en casas tan agenas habian de pensar estar
sin aviso, como Pedro Mártir dice? y aunque no dudamos que Pedro Mártir
refiere con verdad lo que decian en Castilla, y no lo que él por sus
ojos veia, por eso, en todo lo que dice en sus Décadas, cuando concurre
favor de los españoles con perjuicio de los indios, ningun crédito
se le debe dar, porque todo lo más es falsedad y mentira. Manifiesto
es que Badajoz no le habia de decir la gran maldad y bellaquería que
á Paris hizo, porque en la frente llevaba escripta su confusion, su
desvergüenza é injusticia, por cualquiera que fuera hecho de las
dos vías, y por aquella causa refirió el hecho de los desventurados
indios, y encubrió el suyo, del cual las obras que de atras venia
haciendo, que áun el mismo Pedro Mártir refiere, eran verídicos y
suficientísimos testigos. Que Badajoz fuese el informador de Pedro
Mártir en lo susodicho, fácil cosa es de creer, porque en Zaragoza de
Aragon estuvo Badajoz el año de 518, cuando Pedro Mártir fué rescibido
por del Consejo de las Indias, y yo fuí presente y lo vide. Contando
el hecho de Paris, fué de esta manera, que vistos y padecidos los
daños que Badajoz le habia hecho, y el nefario desagradecimiento que
por tan buena obra le habia tenido, juntó sus gentes todas, y á cabo
de dos ó tres dias los alcanzó en uno de sus pueblos, que llevaban sus
130 ó 40.000 pesos de oro, que nunca hasta entónces se habian otros
tantos, ni con la mitad juntos, visto, y escondidos en un monte, mandó
el Cacique echar un indio como que á pescar ó cazar iba; ya sabia que
luégo le habian de prender y preguntar y áun atormentar como solian,
sino les decian lo que querian. Tomado el indio, preguntáronle cuyo
era y de dónde y cómo venia; respondió que de tal señor ó Cacique;
preguntado por las preguntas generales, conviene á saber, si tenia su
señor oro, respondió que mucho. Acuerda Badajoz de ir con 40 hombres
á salteallo, y andando toda la noche amaneció encima de unas chozas
ó casas vacías. Viéndose burlado, de creer es que la guía, como
siempre lo acostumbraban, lo pagaria. Entre tanto, el cacique Paris,
entendido que se habian partido, dió sobre los otros, pegando fuego
á las casas del pueblo, con 3 ó 4.000 indios, y con tanta priesa y
grita, y alarido, y con ciertos cuernos ó caracoles grandes que hay en
estas Indias, con los cuales hacen gran estruendo, que ántes que los
españoles se meneasen, los habian todos ó los más muy mal herido, y
si no llegara luégo Badajoz, no hallara hombre dellos vivo. Dieron en
ellos por muchas partes, y así, cuando los españoles á una parte se
retraian ó recogian, por las espaldas les daban los otros que por allí
venian. Tomaron por remedio los nuestros de juntarse todos en la plaza
del pueblo, y aunque se defendian, pero con mucha flaqueza y desmayo,
por los muchos que caer muertos vian; cércanlos los indios con leña y
paja, para poner fuego y quemallos vivos, entónces, viéndose tan cerca
de ser todos perdidos, cércanse como de albarradas con los cuerpos de
los muertos, españoles é indios; no les ayudaban, por las infinitas
varas que los españoles tenian en los cuerpos, para escudarse, porque
estorbaban á las que de nuevo se tiraban á los vivos. Cobró Badajoz
gran vigor contra los indios, viéndose tan cerca de perderse, y dando
en ellos, como si de nuevo viniera, y cortando por medio, con su
espada, los cuerpos desnudos, lo mismo haciendo algunos pocos que no
estaban heridos, de tal manera que se apartaron los indios. Lleváronles
todo el oro y 400 indios que llevaban por esclavos, y la ropa con
todo el fardaje que tenian, de que quedaron más tristes. Quedaron
allí 70 españoles muertos, y los 80 heridos, todos sin esperanza de
vida; tenian algunos tres, y cuatro, y hasta once varas metidas en
los cuerpos. Usó Badajoz de un buen remedio de cirujía, que fué coser
las heridas, tan bravas eran, no con agujas, ni hilo de lino, sino
con almaradas y cordeles gruesos, y, de los indios muertos sacado el
unto, quemólas con ello en lugar de aceite; desnudáronse las camisas,
y rompidas hicieron vendas dellas, con que las ligaron, y desta manera
guarecieron muchos que cuasi toda la esperanza de vivir tenian perdida.
CAPÍTULO LXXI.
Hecha esta cura, como ningun remedio tenian sino huir, tomó por allí
ciertas canoas, y echó en ellas Badajoz los más peligrosos heridos,
y él y los ménos lastimados, y algunos del todo sanos, fuéronse por
la playa junto á la mar para socorrerlos en lo que pudiesen, si les
ocurriese algun peligro; y aunque ellos, por ir por tierra, parecia
que iban sin él ó con menor que ellos, todavía se les ofreció peligro
y trabajo con que fueron harto afligidos. Como por aquella costa del
Sur crece tanto y mengua el agua de la mar, creció tanto una noche
que los que pudieron subirse á los árboles tuvieron ménos un poco
de afliccion y tristeza, y los que no, anduvieron en el agua salada
hasta la cinta, de donde se les enconaron las heridas y así vinieron á
morir. Yendo su camino adelante, con tan atribulada y amarga vida como
cualquiera podrá concebir, sabido su desbarato, el Cacique y señor de
Natá, que en el capítulo 68 mostramos haber preso á él y á sus mujeres
Alonso Perez de la Rua, salióles con su gente armada al camino para del
todo consumillos; al cual envió Badajoz á decir que por qué le salia
de guerra, pues lo tenia por hermano y amigo, respondió el Cacique:
«andad, decidle que no es mi hermano ni amigo, porque él y todos los
cristianos son malos y nuestros enemigos», y junto con las palabras,
él y su gente comienzan á les echar infinitas varas y piedras que los
cobrian. Badajoz y los suyos, sacando fuerzas de harta flaqueza que
traian, como no tenian otro remedio, mostráronles cara, y, por no
esperar el golpe de las espadas, daban consigo en el rio que por allí
iba, tornaban luégo á salir é á tirar sus piedras y varas con que los
afligian y herian; tuvieron por cierto que los acabaran si la noche
no sobreviniera. No pudiendo tres de los heridos caminar, los sanos
se los echaron á cuestas y los llevaron hasta que, no pudiendo ir más
adelante con ellos, hicieron ciertas balsas y por el rio abajo fueron á
dar á la mar, donde las canoas iban, que no fué poca dicha. Caminando
adelante, siempre huyendo por mar y á veces y los más por tierra,
llegaron á tierra del cacique Chame, que como estaba de sus obras
informado, les ocurrió con su gente desnuda y desarmada, puesto que con
sus armas de varas y piedras, y hizo una raya jurando y protestando que
los habia á todos de matar si de allí pasaban, pero que él les mandaria
dar lo que hobiesen menester y en abundancia. Ellos que traian más
ganas de comer y descansar que de pelear, recogiéronse á la costa de la
mar, y él les mandó proveer y fueron proveidos de cuanto en la tierra
habia, como si estuvieran en sus casas; y porque llegaron en parage de
la isla llamada Otroque, que está en la mar dentro, creo que 10 ó 12
leguas, de que habia gran fama ser rica de perlas y oro, como por el
buen tratamiento y provision que el cacique Chame les hacia, tuviesen
allí algun poco de reposo, no dejó perder aquel tiempo y pasarlo en
ócio al Gonzalo de Badajoz su ferviente y desatinada cudicia de robar,
porque pospuesta la cura y salud de los muchos heridos que iban en las
canoas, hácelos allí desembarcar y entra en ellas con 40 otros ladrones
de los más sanos, y pasa á robar y destruir la dicha isla, la cual
estaba en su paz. Dando de noche sobre ellos, prendió luégo al Cacique;
los indios, creyendo que eran otros indios sus enemigos, que habian
pasado de la tierra firme, armáronse contra ellos, pero cuando se
vieron desbarrigar y cortar por medio con las espadas, cognoscieron que
otros de mayores ó de más recias armas los maltrataban, y luégo, los
que pudieron, dieron á huir. Rescatóse el Cacique por cierta cantidad
de oro, no supe cuanto, y dejólos Badajoz así lastimados, y tornóse á
donde los heridos habia dejado. Pasando adelante, como luégo voló la
fama que venian desbaratados, todos se atrevian á ayudar por acaballos,
y llegando á la tierra de Taboga, salió con obra de 300 hombres, y
peleó con los nuestros un buen rato, y al fin pasaron adelante, y
entrando en el señorío de Perequete hizo lo mismo, pero, lastimándolos
mucho con las espadas, hiriendo y matándolos, desembarazaron la pasada.
Llegando que llegaron á un ancon que hace por aquella costa la tierra
en la mar, que llamaron el Ancon de las Almejas, de donde se ve la
isla de Taboga, la sílaba del medio luenga, que podrá estar ocho ó
diez leguas en la mar, tomóle su codicia á Badajoz, que lo traia
atraillado, y determinó de pasar tambien á ella por deshollinar el
oro y perlas que haber en ella estimaba. Entra en las canoas y saltea
la isla de Taboga, estando todos los vecinos della, y prende al Rey ó
señor della, y habidas sus primeras batalluelas con los indios, que
son como escaramuzas de niños siempre por la mayor parte, al cabo el
Cacique suelto, y por miedo ó por vergüenza todos asegurados, estúvose
allí treinta dias á todo su placer holgándose; y allí acabaron de sanar
los que traia heridos, y, con 7.000 pesos de oro y muchas y finas
perlas dadas y robadas, se volvió á la tierra firme para proseguir
é acabar para el Darien su jornada. Deste Badajoz dice Tobilla, que
escribió parte deste su viaje, siendo seglar, y que despues anduvo en
los robos y destruccion en parte de aquellas regiones, á los dichos
semejantes, entre tanto Badajoz con 40 compañeros pasó á robar la
ínsula de Otroque: «Traian tanto estruendo en robar la riqueza que
estos insulanos, sin daño de nadie, tenian, que recogidos más de 200
dellos, creyendo ser sus enemigos de la tierra firme, acudieron á
herillos.» Dice tambien más abajo: «Cosa brava era la cudicia deste
caudillo español, pues, en medio de la persecucion con que huia, viendo
desde el Ancon de las Almejas la ínsula de Taboga, pasó contra ella por
el maldito oro, etc., etc.» Estas, en forma, son sus palabras, sin las
añadir ni quitar alguna. Salido á la tierra firme, como dicho es, fué
á dar en los pueblos del cacique Chepo, en los cuales robó y prendió
muchas mujeres y hijos de los naturales, y quizá tambien suyos, el
cual, estando ellos partiendo su cabalgada, vino con su gente y dió
en ellos con gran ímpetu, y hirió algunos y mató á Alonso Perez de la
Rua, porque pagase la prision de Natá y las tiranías que por allí
hizo, como en el cap. 68 queda relatado. Temiendo Badajoz que tornasen
sobre él, se dió priesa con la cabalgada de salir de aquellos límites,
dejando los pueblos de allí, por tomalles sus mujeres y hijos, tan
lastimados; entró en los términos de Tubanamá y Pocorosa, los cuales
halló todos despoblados, por andar por ellos el licenciado Espinosa,
haciendo estragos, por mandado del Sr. Pedrárias. Finalmente, llegó al
Darien Badajoz y el resto de la gente española que le habia quedado, y
entró en la villa, sin dalle el triunfo de lo que habia ganado, ántes
con harta vergüenza y áun lástima de su corazon, por la gran suma de
oro y perlas que Paris con tanto daño le habia tomado, y con no ménos
tormento de Pedrárias, y de todos los del Darien, desque supieron
su desastre. Acuérdome que aquel año que dije de 518, que todos nos
hallamos en Zaragoza, era público entre todos los que idos destas
Indias allí estaban, que habia dicho el obispo de Búrgos, Fonseca
(que, como se ha escrito arriba muchas veces, era el que todas las
Indias meneaba y gobernaba), al Gonzalo de Badajoz, que merecia que
el Rey le cortara la cabeza, porque habia perdido aquellos 100.000
y tantos castellanos que habia tomado, los cuales ya pertenecian á
España. ¡Mirad qué insensibilidad del señor Obispo, D. Juan Rodriguez
de Fonseca, cómo se dolia de los escándalos, robos, muertes y infamia
de la fe y religion cristiana que habia hecho en aquel camino con
perdicion de tantas ánimas!; y ésto bien se lo mostraba el Obispo á
Badajoz, porque yo le vide andar harto pobre, desfavorecido, arrastrado
tras el Obispo, y desventurado, y que no osaba mirar al Obispo en la
cara, ni el Obispo á él lo miraba.
CAPÍTULO LXXII.