Salidos de la isla Gaspar de Morales y su compañía, dejando muy alegre

al Cacique y á su gente, y ellos con sus muchas y ricas perlas muy

contentos, tornáronse á la tierra firme para volverse al Darien con

sus buenas nuevas; miéntras éstos andaban salteando por las islas y

tardaron en las de aquel señor de todas ellas, Peñalosa y los que

con él quedaron en el pueblo de Tutibra hicieron las obras, á los

vecinos de él y de los otros pueblos, que siempre han acostumbrado á

hacer, y principalmente son andar tras de las mujeres y escudriñar

y robar cuanto pudieren. Fueron, parece que, tales los agravios que

rescibieron, que acordaron de matallos á ellos allí, y despues á Gaspar

de Morales y á los suyos en el camino cuando volviesen, para lo cual se

conjuraron los Caciques que al derredor habia, que por agraviados se

tuvieron. Andaba con el Gaspar de Morales un Cacique llamado Chiruca,

con un hijo suyo, mancebo, mostrando mucha aficion á los españoles, ó

por amor verdadero (pero no sé por qué merecimientos), ó por miedo, ó

por especular bien sus costumbres, fingidamente, como yo más creo, para

despues, cuando se ofreciese oportunidad, dar en ellos. Llegados, pues,

y desembarcados de las canoas en la tierra firme, Gaspar de Morales

envió á un Bernardino de Morales con 10 hombres á llamar al Peñalosa

y á los que con él habia dejado en Tutibra, para se ir todos, parece

que, por otro camino al Darien. Estos llegaron al pueblo de un Cacique

que habia por nombre Chuchama, de los conjurados, el cual los rescibió

bien, y dióles de comer mostrándose muy amigo, pero á la noche,

estando bien durmiendo, hizo poner fuego á la casa donde dormian, y

en ella quemó dellos y ahorcó á los que por el fuego huyendo salian.

Súpolo luégo el cacique Chiruca, que estaba con Gaspar de Morales y

su compañía, y fué avisado como los conjurados ya cerca venian, por

cuya causa, ó porque él era en el conjuro, ó de miedo de los españoles

no se le imputase algo, huyóse con su hijo aquella noche, pero luégo

que los hallaron ménos enviaron tras ellos españoles y indios, de

los que llevaban por amigos, que tambien los seguian de miedo;

alcanzáronlos, y, por el rastro habidos, trujéronlos presos á padre y

á hijo. Pusiéronlos luégo á tormentos, que es su primer remedio, los

cuales les daban y dan hoy, gravísimos, azomándoles el perro que les

daba sus dentelladas bien recias: descubrieron los que en Chuchama se

habian muerto y la gente que venia sobre ellos. Fué grandísimo el miedo

que cayó en Morales y en todos ellos, sabido los que eran muertos,

esperando verse tambien ellos en aquel peligro. Usó, empero, deste

aviso, que el cacique Chiruca enviase á llamar secretamente á cada uno

de los Caciques que venian, que eran 18 ó 19, so color que les querian

avisar de cosas ántes que acometiesen, protestándole, que si en ésto

no fuese fiel, que lo habian de echar luégo al perro; él lo hizo así

de miedo, sin osar pensar en el contrario, por irle más que juramento.

En viniendo cada uno echábanlo en la cadena, que era un instrumento

tan usado entre los españoles que nunca andaban sin ella, para prender

indios y hacer esclavos, y en ella iban los que les llevaban las cargas

porque no se huyesen, porque aquellos eran sus acémilas donde quiera

que mudaban el pié. De aquella manera é con aquella industria hobo á

las manos todos los Caciques, sin que se sintiese cosa dello hasta que

estaban todos presos. En este tiempo allegó Peñalosa con su compañía,

que debia escaparse ántes de saber y incurrir el peligro, con que mucho

Gaspar de Morales y los suyos cobraron esfuerzo, teniéndolos ya por

perdidos; acordaron de salir contra los que venian, que no estaban muy

apercibidos esperando á sus Caciques. Llevó la delantera Francisco

Pizarro, y dando en ellos al cuarto del alba, diciendo Santiago, cuando

vino del todo la luz del dia contaron muertos sobre 700. Habida esta

victoria, Morales mandó aperrear todos los 18 Caciques, con Chiruca,

que fueron 19, para, diz que, meter miedo en toda la tierra. Hecho

ésto, porque tenia nueva Morales que á la parte oriental del golfo de

Sant Miguel habia un Cacique gran señor, llamado Birú, que tenia gran

riqueza de oro y perlas, determinó Morales de ir á acometerle; decíase

deste ser muy esforzado, y que cuando hacia guerra ninguno tomaba á

vida, y cercaba su casa de las armas que tomaba á los enemigos. Deste

nombre Birú, la última luenga, dijeron que llamaron los españoles

despues á la tierra del Perú, mutada la letra _b_ en la _p_, letra;

llegados los españoles á su tierra, y al pueblo donde tenia su casa,

dieron en él al cuarto del alba. La costumbre de los españoles en

aquella tierra firme fué dar en los indios, que estaban en sus casas

durmiendo seguros, de aquella manera; pegaban fuego primero á las

casas, que comunmente en las tierras calientes eran de paja, y quemados

ó chamuscados los que tenian más profundo sueño, y otros con las

espadas desbarrigados, y otros presos, huyendo los demas, atónitos

hechos, volvian despues los nuestros á escarbar la ceniza, muerto

el fuego, y coger el oro que habia en el pueblo. Así quedado en el

pueblo de Birú de la manera dicha, y muertos los que matar pudieron,

escapado el Cacique dellos, junta en breve y anima su gente y viene á

ellos terriblemente; y con tanto esfuerzo pelearon, que por gran parte

del dia no pareció quién vencia, pero al cabo habia de caer sobre los

tristes, como suele, por la ferocidad del perro, y por las ballestas, y

por las espadas que á los desnudos cortaban por medio, y así huyeron;

viendo Gaspar de Morales que aquel Cacique y sus vasallos era gente

recia, no osó esperarlos más, sino volverse al pueblo de Chiruca,

dejado, así como está dicho, predicado el Evanjelio. Las gentes de los

19 Caciques aperreados, viéndose así privados de sus naturales señores,

y el muchacho, hijo de Chiruca, sin su padre, acordaron de juntarse

para esperar los españoles, cuando del Birú tornasen, si pudiesen

matallos; de lo cual estuvo ayuno Morales, y así, cuando tornó, dieron

en él de súbito, y hiriéronle luégo algunos, y á uno atravesaron

una vara por los pechos, que de repente cayó muerto sin habla. Los

españoles como leones peleaban, y los ahuyentaban y mataban, pero los

indios no por eso dejaban de tornar sobre ellos, y así los siguieron

siete dias arreo, hiriendo algunos españoles, y ellos muchos de los

indios matando. Viendo que tanto los seguian, los españoles no osaron

más esperallos, y así una noche diéronles cierta cantonada. Estaba

herido allí un español, llamado Velazquez, de tal manera tullido,

que no pudo huir, é, por no morir á manos de los indios, acordó de

ahorcarse á vista del Capitan y de otros que, con lágrimas, diz que, se

lo estorbaban al mal aventurado. La manera que tuvieron para huir fué

hacer muchos fuegos, y dejallos allí encendidos como que todos estaban

despiertos y se velaban, pero todavía los indios sintieron que se iban,

y los siguieron, y, venido el dia, los españoles se hallaron entre

tres escuadrones de indios, cercados; Morales, por no pelear, creyendo

ya perder mucho y ganar nada, quiso que aquel dia parasen allí hasta

la noche, al medio de la cual, haciendo y dejando los mismos fuegos,

tornaron á huir más que de paso; los indios, que tanto como ellos

velaban, seguian su alcance, hiriendo siempre á los españoles, aunque

ellos, con el perro, y con las ballestas y á ratos con las espadas,

dellos mataban. Estaban ya los españoles tan cansados, y apretados, y

desesperados cuasi de vida, que se metian por las varas de los indios,

y como atónitos no vian quien los mataba, y ellos mataban terriblemente

á los indios, cuasi sin sentir ni advertir lo que hacian; tomaron un

remedio para escaparse, harto indiscreto, lleno de crueldad y de gran

compasion digno, y éste fué, que, como llevaban muchos indios é indias,

mujeres y muchachos, captivos, de trecho á trecho mataban á cuchilladas

y estocadas dellos, á fin, diz que, por que se parasen á llorarlos

los indios, y así tuviesen más lugar para su huida; como en la verdad

fuese cosa más razonable de creer que ántes se habian de indignar más

los indios, y animarse á los perseguir hasta consumillos, viendo la

crueldad que usaban con sus amigos, y quizá mujeres y hijos que allí

les traian. Aprovechóles poco crueldad tan inícua, porque siempre los

indios los seguian, y lo que más los desesperó de escapar con la vida

fué, que á cabo de nueve dias llevando esta vida, como andaban fuera de

camino y sin guía yendo de aquí para allí, como mejor para su defensa

convenia, se hallaron en el lugar, ó cerca dél, donde los escuadrones

primero les habian acometido. Viéndose allí, cognosciendo el lugar,

cuasi quedaron sin esfuerzo y sentido. Metiéronse por una gran espesura

de monte, y fueron á dar en tres guarniciones de gente que los Caciques

que aperrearon allí tenian, donde se les dobló la miseria y peligro;

pero como ya no peleaban como hombres, sino como animales feroces y

personas del todo de la vida despedidos y aborridos, cobran nuevo

ánimo, como si entónces comenzaran, y dan en ellos y no dejaron hombre

dellos á vida. Sucedióles otro infortunio y angustia terrible; cuando

pensaron que tenian algun alivio, dieron en unas ciénagas ó anegadizos,

donde caminaban por ellos todo el dia, ó nadando ó el agua hasta la

cinta. Salidos de allí con incomparable trabajo y peligro llegaron á la

mar, y hallarónse donde el agua tres estados y más, con la creciente,

sobre la playa y tierra subia, y temiendo que si la marea por allí los

tomaba, todos sin remedio perecian, diéronse gran priesa á subirse en

un cerrillo; yendo con este temor y priesa, oyeron murmullo de gente

de indios: éstos eran que cuatro canoas subian á jorro por un estero

arriba. Como los indios á los españoles sintieron, debian huir, é los

españoles las tomaron, y un Diego de Daza, con otros, las sacaron al

golfo y fué á buscar al Gaspar de Morales, su Capitan, que ya ó de

cansado, ó de miedo, no parecia; tardó buscándolo sin hallarlo tres

dias. Visto que no lo podian hallar, envió Diego de Daza á un Nuflo de

Villalobos, y á otros dos buenos nadadores, que en una balsa saliese

á buscallo, porque sin las canoas no podian salir de aquella espesura

y breñas en que estaban metidos. Arrebatólos luégo la menguante, que

es allí vehementísima, y dá con ellos en el golfo, donde pensaron ser

perdidos; vídolos Diego Daza cuando pasaban una punta que hacia la

tierra y fué con una canoa, y así por él fueron socorridos. En fin,

hallaron al Morales, y tomando el camino del Darien, fueron á la

tierra y señorío del cacique Toragre, y creyendo de hallar los indios

durmiendo, estaban sobre aviso, y, sabiendo que venian, sálenles con

su gente armada por defender que no entrasen en su tierra. Pelearon

con ellos y mataron muchos, y de los españoles mataron uno y hirieron

algunos los indios, y al cabo fueron huyendo. De allí los españoles

todos, harto afligidos, lo más presto que pudieron, fuéronse al pueblo

del cacique Careta, y de allí al Darien, lo que no pensaron muchas

veces, segun se vieron tantas muy cercanos de perder las vidas. Aquí

se puede bien claro conocer, con cuánto descanso y consuelo aquellos,

nuestros hermanos, ganaban los eternales fuegos; cierto, dellos se

puede muy bien decir aquello del libro de la Sabiduría, cap. 5.º

_Ambulavimus vias difficiles_, etc. En este tiempo envió Pedrárias su

mujer á Castilla; con harta parte debia de ir del oro robado, y la

perla grande, la cual hizo poner en almoneda y sacóla Pedrárias en

1.200 castellanos.

CAPÍTULO LXVII.

Como no pretendiese Pedrárias y todos los que con él vinieron, y allí

de ántes con Vasco Nuñez estaban, sino allegar todo el oro que haber

y robar pudiesen, como por todo lo ya referido queda bien declarado;

y cerca desto era tanta la ceguedad é imprudencia de Pedrárias y del

Obispo, y de todos los demas, que no advertian los grandes azotes que

Dios cada dia les daba, matándole la gente, así de enfermedades como

por manos de los indios, y de los inmensos trabajos que pasaban, que no

era todo aquello acaso, sino por mostralles y castigalles la condenada

é impía negociacion en que andaban, destruyendo aquellas inocentes

gentes que no les debian nada, y que por fin de convertillas los habian

enviado, y este fin el señor Obispo, más que otro á adivinarlo era

obligado; así que, como su fin de todos ellos fuese robar y captivar

los que estaban seguros en sus casas, y enriquecerse á costa de tanta

sangre humana, siempre Pedrárias no cesaba de enviar por todas partes

cuadrillas, donde habia nueva que los pueblos tenian oro que robarles,

y, para hacer escarnio de la razon natural y ley Divina y áun humana,

mandaba que les hiciesen primero el requerimiento que traia de Castilla

ordenado y mandado. Y los tiranos que enviaba por cumplir su mandado, y

justificar sus entradas, que así llamaban aquellos sus santos viajes,

iban con gran silencio y cuidado que no fuesen sentidos, y hacian noche

á una legua, y á media, y á un cuarto, segun la comodidad hallaban, y

entre sí leian el requerimiento á los árboles diciendo: «Caciques é

indios de tal pueblo, hacémoos saber, nos, los cristianos de Castilla,

como hay un Dios y un Papa, etc.,» y pedia luégo el Capitan testimonio

autorizado al escribano que consigo llevaba, de como se habia requerido

á los Caciques é indios de aquel pueblo, todo lo que Su Alteza mandaba,

pero que no habian querido venir á dar la obediencia á Sus Altezas, ni

á ser cristianos, y luégo al cuarto del alba daban en el pueblo que

tenia sus vecinos en sus pobres camas, y lo primero, como arriba dije,

que hacian era poner fuego á las casas donde se quemaban ó chamuscaban

los indios descuidados, mataban y prendian los que salian asombrados

y quemados, y despues de apagado el fuego iban á buscar y rebuscar el

oro, que era toda su felicidad tras que andaban. Y estas fraudes y

maldades no las podian ignorar el señor Obispo y Pedrárias, á quien

incumbia más que á otros estorballas y castigallas. Entre los demas

envió Pedrárias á un Tello de Guzman, mandándole que, con la gente que

Juan de Ayora en el pueblo de Tubanamá habia dejado, fuese descubriendo

por la mar del Sur cuanto pudiese, del Poniente abajo. Mandó ir á

Francisco de Vallejo, con 70 hombres, contra las gentes de Urabá, que

los infestaban, viniendo, diz que, sobre el Darien y echándoles las

flechas en las casas; no miraban los pecadores cuánto derecho, cuánta

justicia, y cuánta razon les sobraba. Llegados hácia los ranchos que

hoy dicen de Badillo (otro que mejor baila), que distan tres leguas

de Urabá, dando sobre ellos, segun su costumbre, al cuarto del alba,

diéronse muy de priesa á robar el mucho oro de que tenian fama, pero

los indios, que por allí tenian mortífera hierba, dieron en ellos

y hiriéronles bien cuantos. Los españoles les hicieron ventaja, y

entrando más en la tierra, júntanse muchos indios, y pelean mucho rato,

y con la hierba derrocaban muchos que morian rabiando. Retrajéronse

hácia la costa por donde habian entrado, y, llegando al rio que arriba

dijimos llamarse de las Redes, acordaron de hacer ciertas balsas para

por el agua mamparase; éstas se hacian de maderos ó haces de cañas,

atadas unas sobre otras con ciertas raíces, como correas, de la manera

de las de la yedra, ó con algunos cordeles, que siempre consigo solian

llevar para tales necesidades, de cáñamo, que por allí hay; estas

balsas, con el miedo y la priesa que tenian por salvarse, no fueron

bien atadas, las cuales, desatándoseles, con los brazos las sostenian

echados sobre ellas, y así iban el rio abajo, y, porque no podian durar

sin todos ahogarse, colgábanse de las ramas de los árboles que topaban,

creyendo de más poder durar, pero cansabánseles los brazos, caíanse y

allí se ahogaban. Otros, que tenian más vigor, llegábanse á la tierra,

y allí, con inmensidad de flechas herboladas, eran asaeteados, de

los cuales ninguno escapaba; los pocos que escaparon, heridos y por

milagro, pudieron llegar á la costa de la mar y fuéronse al Darien,

los cuales vistos por Pedrárias, que de 70 quedaban muertos los 48,

y aquellos que venian heridos de aquella hierba pestilencial, que

pocos della escapaban, vídose terriblemente angustiado, y de ninguna

parte podia hallar cosa que le consolase. Pero no por eso dejaba de

añadir pecados á pecados, y males á males por su insensibilidad, por

lo cual, para enmendar el avieso camino que andaba y recompensar las

pérdidas del oro, que muriendo los que á robarlo enviaba, dejaban de

le traer delante, acuerda enviar á Francisco Becerra en un navío con

180 hombres, y con muy grande aparato de guerra, conviene á saber,

tres tiros de artillería, que echaban la pelota de plomo más gruesa

que un huevo, 40 ballesteros, 25 escopeteros, y de todas las demas

armas que de allí pudieron haber muy bien guarnecidos, que, cierto,

bastaban para hundir é destruir á toda la tierra firme. Estos envió

para que penetrasen en la provincia del Cenú, y del todo rayesen cuanta

riqueza y oro haber en ella certificaba la fama, porque no creia que

el bachiller Anciso, segun lo que era, habia robado nada. Desembarcó

Francisco Becerra y su compañía en la costa de Urabá, porque le mandó

tambien Pedrárias que de camino destruyese á cuanta gente por allí

hallase, y entró, descubriendo la tierra por camino que nadie ántes

supo, ni despues por dónde hobiese entrado, porque nunca jamás pareció,

ni dél ni de hombre de los que con él fueron hobo ningun rastro, más

de que todos fueron muertos sin que alguno escapase; y ésto se alcanzó

por un indio, muchacho, que con ellos iba, que debia ser criado de

alguno dellos, el cual, escondido por los montes, andando de noche

y en las breñas metido de dia, se escapó hasta que llegó al Darien

cuasi, de hambre, sin habla, por gran maravilla. Deste supo Pedrárias,

que andando Francisco Becerra y su gente por diversos lugares, á

veces huyendo, á veces dando en los indios, le mataban los hombres á

flechazos con hierba, para lo cual tuvieron esta industria: que en los

caminos que iban por montes, cortaban los árboles y embarazaban los

caminos con ellos, y poníanse detrás dellos y de allí los flechaban

sin ser dellos vistos, y por aquellas espesuras teníanles gran ventaja

los indios, porque los españoles por ella son atados, y los indios,

como desnudos, ligerísimos, y así no podian seguillos. Súpose más,

que llegados al rio del Cenú, que pasa junto con el principal pueblo,

hallaron la gente disimuladamente pacífica, y, como el rio es grande

y hondo, creo que se dejaron pasar dellos en canoas, lo que fué

harto indiscreto aviso; y en canoas, ó como quieran que los pasaron

ó ayudaron á pasar, teniendo la mitad dellos de la otra parte del

rio, salieron por dos partes gente que tenian puesta en celada, y

no dejaron entónces hombre dellos vivo. Esto, como dije, se supo de

aquel muchacho indio que con Becerra y su compañía habia ido. Aquí

pagó Francisco Becerra las muertes, y captiverios, y robos que cometió

en los pueblos que los rescibian y estaban de paz, por Vasco Nuñez

confederados, quebrantándoles la fe, y verdad, y seguridad que Vasco

Nuñez, como dicho queda en el cap. 50, les habia prometido, por y en

nombre de todos los españoles, que estaban seguros sin rescibir dellos

daño, y por la misma manera parece que lo castigó Dios, saliéndole

los vecinos del Cenú de paz, y no la guardando al cabo; puesto que en

aquel salir de paz, fe ninguna ni paz no violaron, sino que usaron de

ardid discreto de guerra, y él fué indiscretísimo en creellos: gentes

que desde Hojeda y Nicuesa, y áun de ántes por Cristóbal Guerra, como

dijimos en el primer libro, de los españoles habian rescibido tan

infinitos escándalos, insultos, daños y males. Y plegue á Dios todo

poderoso, que, con este mal fin, todos los que mal hacian y han hecho á

los indios, ante el Divino juicio hayan pagado.

CAPÍTULO LXVIII.

Llegado Tello de Guzman al pueblo del cacique Tubanamá, halló á Meneses

cuasi cercado de los indios y de hambre, que lo guerreaban, que no

osaban salir á buscar hierbas que comiesen, no esperando remedio de

alguna parte; y puesto que muchas veces quisieran huir, pero los

indios luégo eran con ellos y los atajaban, y así pensaron más morir

de hambre quizá que de los flechazos. Vístolo asomar de nuevo, luégo

todos huyeron que no osaron parar. De allí fueron todos juntos á las

tierras de Chepo y Chepancre, Caciques y señores principales, quemando,

y abrasando, matando, y robando cuanto vivo hallaban; decian que por

hacer venganza de un español que le mataron á la entrada. Y, porque

los indios se rehacian para venir á dar sobre ellos, acordó Tello de

Guzman de enviar mensajeros al Cacique más principal, ofreciéndole

paz y amistad y dando excusas de los daños que les habia hecho, y que

no tuviesen temor desde adelante; convencióse aquel señor, y vino á

vellos de paz, y llevólos á su casa, y hízoles todo buen hospedaje,

teniendo por cierto que lo que le prometió habia de ser verdad.

Estando un dia comiendo en mucha buena conversacion y hermandad,

llegó, segun dijeron, un muchacho á quejarse con ciertos indios que

le acompañaban, el cual dijo al capitan Tello de Guzman, que aquella

tierra y señorío era suyo, y no de aquel que allí estaba, porque su

padre, que era el legítimo señor, al tiempo de su muerte se lo dejó

por tutor y gobernador de aquel estado, pero que despues se habia con

él alzado y á él desterrado, y por tanto, que le rogaba que contra él

le ayudase. Tello de Guzman, como hombre muy justo, y como si fuera

Alcalde en su tierra y casa, creyendo que el mozo decia verdad, mandó

luégo ahorcar, al que le tenia y hospedaba con fiesta en su casa,

de un árbol, aunque, diz que, le pesó por cierto oro que le habia

dado; porque veais éstos cuán absolutos y libres son para cometer

todo género de pecados. ¿Quién los hizo á éstos en tierras y señoríos

agenos Alcaldes? ¿No le pesaba de quebrantar la fe y seguridad que le

habia dado, y pesábale, por el oro que dél habia rescibido, matallo?

Item, ¿qué sabia si aquel muchacho decia verdad, ó si el que poseia

aquel señorío era más legítimo señor que su padre? ¿y con qué testigos

hizo el muchacho su probanza y el poseedor si fué oido y defendido y

convencido en juicio contradictorio? Entregó, diz que, Tello de Guzman,

siete Capitanes que servian al señor ahorcado, los cuales hizo luégo

el muchacho con gran osadía y rigor hacer pedazos; dió el muchacho en

señal de agradecimiento á Tello de Guzman 6.000 castellanos: por aquel

precio ahorcara Tello de Guzman á 400 que le demandaran. Porque Panamá

era por aquella tierra muy nombrada, propuso Tello de Guzman de ir

allá, donde no halló sino algunas casas de pescadores, de lo cual, el

nombre de Panamá, la última luenga, se derivaba, porque Panamá quiere

decir en aquella lengua, lugar donde se toma mucho pescado. Envió desde

allí á un Diego Albitez con 80 españoles, con los cuales fuese á robar

y captivar los vecinos de la provincia de Chagre, que debia estar de

allí ocho ó diez leguas, el cual entró por los pueblos al cuarto del

alba, tomándolos todos durmiendo y descuidados, pero no les quiso hacer

daño, que fué imágen, para ellos, de milagro. El Cacique, viendo que

los pudieran matar y captivar y roballos, en señal de agradecimiento,

con grande alegría dió á Diego Albitez 12.000 castellanos. Visto tan

buena pella de oro, tan á la primera mano, creyendo que quien tan

fácilmente daba tanto debia tener veinte tanto, pidióle que le hinchese

de aquel metal un costal grande. Rescibió el Cacique desto mucha pena,

y algo airado le respondió, «que lo hinchese de piedras del arroyo,

que él ni tenia más ni criaba el oro;» confuso Diego Albitez de la

respuesta del Cacique, tuvo por bien de se ir, sin consentir que

se le hiciese por aquella vez mal ni daño. Tornóse Diego Albitez á

juntar con Tello de Guzman en la tierra del cacique Pácora, la media

breve; holgáronse todos mucho con el mucho oro que llevaban, y de

allí acordaron de se volver al Darien á ofrecer su parte á Pedrárias

y al señor Obispo, y á los demas que habian de haber sus partes por

los criados que enviaban. Yendo su camino, y llegados á Tubanamá, que

tantas veces habia sido corrido, robado y agraviado, vieron mucha gente

de guerra que los estaba esperando con algunas banderas de camisas

de lienzo, ensangrentadas de los españoles que habian muerto, y con

gran gritería, que así los habian de matar, como á los que la villa de

Sancta Cruz habian poblado, de que arriba se dijo algo; los cuales,

como venian cansados, y quizá porque Dios los acobardaba, tuvieron

gran temor, y todos desmayados, no curaron más que de huir haciendo

acometimientos para su defensa de cuando en cuando. De esta manera

huyendo, y llegando á la tierra de Pocorosa, á quien Juan de Ayora,

como arriba fué dicho, quebrantándole la fe y paz y seguridad, hizo

tantos daños, pensaron perecer de sed por falta de agua; y acaecióles

aquí una cosa maravillosa, para demostracion de la pena que merecia

la sed de oro que traian siempre en su ánima, que, como padeciesen

gran tormento de sed, á trueque del oro que llevaban les vendieron los

indios el agua. Esto no debian los indios de hacer por cudicia de haber

el oro, que en tan poco ellos tenian, sino por lastimallos en aquello

que más amaban y en tanto entendian que estimaban. Finalmente, de dia

defendiéndose, peleando, y de noche huyendo cuanto más podian los más

dellos mal heridos, salieron de aquellas comarcas y de sus peligros.

Llegados al Darien, destrozados y con ménos oro que traian por haber

dado mucho dello por el agua, cuando de sed perecian, como estaban muy

tristes de las adversidades que á Vallejo y á su compañía poco ántes

habia acaecido, y sobre todos Pedrárias angustiado, sobreviniendo

el desastre de Tello de Guzman, pensaron todos ser ya asolados. La

tristeza y angustia y miedo que sobre todos los del Darien vino, y

la desesperacion de Pedrárias, no puede fácilmente ser esplicado; si

miraban hácia las sierras, ó montañas, ó llanos, las ramas de los

árboles y las hierbas de las çabanas ó llanos indios armados se les

antojaban, y si consideraban la mar, les parecia que venia de canoas y

gente de guerra cuajada. Con estos pensamientos é imaginaciones, que

les causaban terribles temores, andaban como atónitos, no sólo haciendo

corrillos, pero cuasi á voces los publicaban clamando. En esto, el buen

Pedrárias, como desesperado, mandó cerrar la casa de la fundicion,

donde aquel tan sangriento é inícuo oro se fundia, que entre ellos era

señal de guerra ó de hambre, como si Pedrárias más claro dijera: «más

nos vá que juramento perder de ir á robar oro el cuidado, porque más es

tiempo de buscar remedio para salvar las vidas, que en allegar hacienda

ocuparnos.» Parece que mandar cerrar la fundicion, Pedrárias, en señal

de guerra ó de hambre, quiso parecer al Templo de la Paz, que edificó

Vespasiano en Roma, el cual, los romanos, cuando abrian, era señal de

guerra, y de paz cuando lo cerraban; entendiendo en nuestro caso los

fines y significaciones por el contrario. Entre las presentes angustias

vino tanta devocion á Pedrárias, y en ella le debia el Obispo de

ayudar, de mandar que se hiciesen oraciones y plegarias para que, diz

que, Dios quitase su ira de sobre ellos; tanta era su insensibilidad

que no atendian á que los nefarios crueles é inespiables pecados que,

contra Dios y sus prójimos, destruyendo é infernando aquellas gentes,

sólo por roballos y captivallos, cometian, era la causa: parece que

habian venido en sentido reprobado, del cual habla San Pablo. El

conocimiento y arrepentimiento que dellos tenian confirmarse há por lo

que se dijere adelante. Y parece tambien que Diego Albitez, que de ésta

se escapó, con ambicion de sólo ya gobernar, como se via rico de aquel

oro descomulgado, envió á Castilla, de secreto, á un marinero llamado

Andrés Niño, tambien de pensamientos no bajos, para que le trujese del

Rey una gobernacion de la mar del Sur, á quien dió para que lo fuese á

negociar 2.000 castellanos; de éste Andrés Niño no es poco lo que queda

por decir abajo.

CAPÍTULO LXIX.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 15 / 38 段