pueblo creo que media legua, envió luégo Pedrárias un criado suyo,
ántes que ninguno de las naos saliese, á hacer saber á Vasco Nuñez como
era llegado con su flota al puerto. Tenia Vasco Nuñez entónces consigo
en el Darien, 450 hombres ó pocos ménos, y, cierto, valian harto más
por estar en tan grandes trabajos curtidos, que los 1.200 ó 1.500 que
Pedrárias traia. Llegado el criado de Pedrárias al pueblo, preguntó por
Vasco Nuñez; dijéronle, véislo allí, el cual estaba mirando y ayudando
á los que tenia por esclavos, que le hacian ó cubrian de paja una casa,
vestido de una camisa de algodon ó de angeo, sobre otra de lienzo, y
calzado de unos alpargates los piés, y en las piernas unos zaragüelles.
El hombre quedó espantado de ser aquel Vasco Nuñez, de quien tantas
hazañas y riquezas se decian en Castilla, creyendo que lo habia de
hallar en algun trono de majestad puesto; llegóse á él diciendo:
«Señor, Pedrárias ha llegado á esta hora al puerto, con su flota, que
viene por Gobernador de esta tierra.» Respondió Vasco Nuñez, que le
dijese de su parte, que fuese muy bien venido y que se holgaba mucho
(y Dios lo sabe) de su venida, y que él y todos los de aquel pueblo,
que estaban en servicio del Rey, estaban prestos para rescibillo y
serville. Oidas las nuevas por todo el pueblo, de haber llegado al
puerto con tanta flota y armada, no hobo poco bullicio y pláticas en
corrillos entre todos ellos; trataron cómo sería mejor rescibille, ó
saliendo con armas, como cuando andaban armados por los indios, ó como
pueblo, sin ellas. Cerca de lo cual hobo diversos pareceres, pero Vasco
Nuñez siguió el más seguro, y que ménos podia causar sospecha, y así
lo salieron á rescibir todos sin armas, y como estaban en sus casas,
media legua. Pedrárias, como hombre no descuidado, entendido en las
guerras, ordenó su gente, no del todo confiado que Vasco Nuñez con buen
ánimo le rescibiese, ni los que con él eran; llegados á donde Pedrárias
venia con su mujer, Doña Isabel de Bobadilla, de la mano, Vasco Nuñez
y su compañía les hicieron gran reverencia, y Vasco Nuñez, con buenas
palabras, se ofreció en nombre suyo y de todos, como Gobernador del
Rey, á obedecerle siempre y servirle. Fuéronse todos juntos al pueblo
con exterior regocijo, y Dios sabe si les sobraba á los que estaban
la interior alegría; repartiéronse los que con Pedrárias venian, que,
como se dijo, eran 1.200, por las casas que eran todas de paja de los
que allá estaban, que eran pocos más de 400. Los que estaban proveian
del pan de maíz y del caçabí, de raíces y frutas de la tierra, de
agua del rio, y del servicio de los indios que por esclavos tenian,
habidos con la justicia que arribase ha referido; Pedrárias mandaba
proveer á cada uno de racion de tocinos y carnes, y pescados salados
y algun bizcocho, y otras cosas comestibles de bastimentos que el Rey
mandó, para la armada y gente della, que se trujese de Castilla. Luégo,
otro dia despues de llegados y aposentados todos, comenzó Pedrárias á
inquirir é informarse de los que en la tierra estaban, si eran verdad
las grandezas que Vasco Nuñez habia escrito al Rey, de la mar del Sur
y de las perlas de las Islas della, y de las minas ricas de oro y de
todo lo demas; lo cual todo halló ser así, como Vasco Nuñez lo habia
escrito, sino que el pescar del oro con redes, que no Vasco Nuñez,
sino la fingida fama ó de Colmenares ó de otros habia publicado, y la
vanidad y cudicia de Castilla tenia creido, halló no ser así. La gente
toda, recien venida, no se descuidaba de preguntar dónde y cómo el oro
con redes se pescaba, y, segun yo creo, comenzó desde luégo á desmayar
como no via las redes y aparejos con que se pescaba, ni hablar ó tratar
dello á cada paso; y así fué que, oidos los trabajos que los huéspedes
les contaban haber pasado, y como el oro que tenian no era pescado
sino á los indios robado, y puesto que habia muchas minas y muy ricas
en la tierra, pero que se sacaba con inmenso trabajo, comenzaron luégo
á se desengañar y hallarse del todo burlados. Luégo mandó Pedrárias
apregonar residencia contra Vasco Nuñez, la cual le tomó el licenciado
Espinosa, Alcalde mayor; mandó prenderle y condenó en algunos millares
de castellanos, por los agravios hechos al bachiller Anciso y á otros,
y al cabo, teniendo respeto á sus trabajos, que llamaban grandes
servicios hechos al Rey, de la muerte del triste Nicuesa y de todos
los mas cargos que le pusieron le dieron por libre y quito; pero de
los robos, y matanzas, y captiverios y escándalos, que habia hecho á
muchos señores, y Reyes, y particulares personas de los indios, no hobo
memoria en la residencia, ni hombre particular, ni fiscal del Rey que
dello le acusase, porque matar ni robar indios nunca se tuvo en estas
Indias por crímen, y la más potísima razon que desto dar se puede, no
es sino la insensibilidad que ha permitido Dios, por los pecados de
España, en los más de nosotros, sin el juicio secreto divino que ha
reservado para sí, é para la otra vida, el castigo total de los pecados
tan inhumanamente cometidos en las gentes destas Indias. Y porque habia
escrito Vasco Nuñez al Rey, entre las otras cosas, que, para el trato y
descubrimiento de la mar del Sur, convenia hacerse pueblos de españoles
en la tierra y señorío de los caciques Comogre, Pocorosa y Tubanamá,
trató luégo Pedrárias de enviar gente, con parecer de Vasco Nuñez, para
que en los dichos tres lugares poblasen.
CAPÍTULO LXI.
Entre tanto que se trataba y aparejaba de enviar gente, para hacer
las dichas poblaciones, comenzóse á gastar la comida y bastimentos
que la flota habia traido de Castilla, como era mucha gente la que
los gastaba, por lo cual se iban adelgazando las raciones que el Rey
les mandó dar, y no se comia tanto cuanto habian menester digerir los
estómagos. Dello por esta causa, dello por ser enfermo el lugar donde
estaban poblados, por ciertas ciénagas y lugares bajos y sombríos,
y tambien por la diferencia de los aires más delicados y más claros
destas tierras, que por la mayor parte y cuasi todas son más que las de
España sanas, mayormente habiendo tan gran distancia de allá á estas
partes, comenzaron á enfermar y á morir la gente que habia traido
Pedrárias; no perdonó á él mismo, aunque tenia mejor refrigerio, que
no incurriese una grave enfermedad. Salióse del Darien, por parecer
del médico ó médicos que habia traido, con los demas, y fuese al rio
de Corobarí, la última luenga, cerca de allí, que se tenia por de
mejores aires. Con la indisposicion de Pedrárias dilatóse la provision
y despacho de las dichas poblaciones, pero no la muerte de muchas
personas, que cada dia de hambre y enfermedades morian, y más de hambre
y falta de refrigerio que de las enfermedades se interpolaba, cuando
ya del todo las raciones del Rey se acabaron. Cresció esta calamidad
de hambre en tanto grado, que morian dando quejidos «dáme pan» muchos
caballeros, y que dejaban en Castilla empeñados sus mayorazgos, y otros
que daban un sayon de seda carmesí é otros vestidos ricos porque les
diesen una libra de pan de maíz ó bizcocho de Castilla, ó caçabí. Una
persona, hijodalgo, de los principales que habia traido Pedrárias, iba
un dia clamando por una calle que perecia de hambre, y delante todo
el pueblo, cayendo en el suelo, se le salió el ánima. Nunca parece
que se vido cosa igual, que personas tan vestidas de ropas ricas de
seda y áun parte de brocado, que valian muchos dineros, se cayesen á
cada paso muertas de pura hambre; otros se salian al campo y pascian
y comian las hierbas y raíces que más tiernas hallaban, como si
fueran ganados; otros, que tenian más vigor, traian sin vergüenza del
monte haces de leña por un pedazo de cualquiera pan que les daban.
Morian cada dia tantos, que, en un hoyo que se hacia, muchos juntos
enterraban, y á veces si cavaban una sepultura para uno del todo no la
querian cerrar, porque se tenia por cierto que pocas horas habian de
pasar que no muriesen otros que lo acompañasen. Muchos se quedaban sin
sepulturas un dia y dos, por no tener fuerzas para los enterrar los
que eran sanos y tenian que comer algo; en todos los casos dichos poco
cuidado habia de hacerles obsequias, como ni lo habia de amortajarlos.
Aquí vieron todos bien á la clara, cómo el oro con redes se pescaba.
En estas angustias puestos, y no ménos Pedrárias y su casa, dió
licencia á algunos principales caballeros que se volviesen á España,
de los cuales vinieron á parar á la isla de Cuba una barcada con
harta necesidad, donde les matamos bien la hambre, por estar nosotros
en tierra de grande abundancia, cuanto la de donde venian tenia de
falta, no por ser la tierra estéril, porque no es sino fertilísima y
de mantenimientos abundaba cuando estaba en su prosperidad, sino por
haberla los españoles despoblado, dello con muertes innumerables, dello
por captiverios de vivos, enviando á vender á estas islas muchos por
esclavos, dello por haber á todas las demas gentes ahuyentado, y así
estaban aquellas provincias asoladas; porque es cierto que si á los
Caciques y señores y gentes moradores dellas los españoles les hicieran
obras de cristianos, aquellos y muchos más pudieran ser proveidos y
sustentados, y áun ricos de lo que deseaban, pero no fueron dignos
porque no traian el fin que Dios pretendia desde que se movieron de
España. Así que, estos efectos parió el creer que el oro se pescaba, y
venir á pescallo con tanta ansia. Convalesciendo algo Pedrárias, siendo
avisado de las muchas minas y ricas que habia por aquella provincia
del Darien, no curando mucho de la sanidad de la tierra, que debiera
mucho mirar, segun lo que de presente cada dia pasaba, envió á un
Luis Carrillo, con 60 hombres, para que poblase un pueblo en el rio,
siete leguas del Darien, que no sé por qué ocasion habian nombrado, en
tiempo de Vasco Nuñez, el rio de las Anades; no sé con que confianza de
mantenimientos, pues todos andaban hambreando, y no habia memoria de
hombre indio en toda la comarca, sino sólo los que tenian algunos de
los que allí iban por esclavos, y así duró poco el pueblo allí por esta
causa. En este tiempo, como se le iba asentando la silla de obedecer y
ser mandado á Vasco Nuñez, estando tan acostumbrado á ser obedecido y á
mandar, inventó camino para ir por sí á donde sólo gobernase, para lo
cual envió secretamente á Andrés Garavito á la isla de Cuba para que
le trujese gente, con la cual por el Nombre de Dios pasase á poblar en
la mar del Sur. En este propósito no sé sobre qué estribaba, porque
no creo que le era venido el título de Adelantado de la mar del Sur,
sino quizá por cartas que tenia que el Rey le habia hecho merced dél,
porque ya que lo tuviese de presente no parece que habia de pretender,
ni podia, gobernar sin estar subjeto á Pedrárias; y por ventura, deste
principio comenzó á tener cosquillas de sospecha dél, Pedrárias, de
donde al cabo le provino su final daño.
CAPÍTULO LXII.
Despachado Luis Carrillo para que poblase el rio de las Anades,
determinó Pedrárias, con toda la priesa que pudo, de despachar y
despachó á Juan de Ayora, su Capitan general, con 400 hombres los ménos
indispuestos de los que habia traido, con parte de los antiguos que
con Vasco Nuñez estaban, á robar todo el oro que haber pudiese por
toda la tierra, sin guardar fe ni amistad á los señores y sus gentes
que Vasco Nuñez tenia confederados, aunque tambien por él robados y
tiránicamente forzados y agraviados, (puesto que por ventura no mandó
Pedrárias que á los confederados hiciesen daños, como los hizo su mal
Capitan), porque ya habia determinado, segun creo, de enviar á su
mujer, Doña Isabel, á Castilla, y no llevarse vacías las manos. Mandóle
que hiciese tres pueblos con sus fortalezas, en la tierra de Pocorosa,
y en la de Comogre, y de Tubanamá. Embarcóse Juan de Ayora, con los
400 hombres, en una nao y tres ó cuatro carabelas, y fué á desembarcar
al puerto de la tierra del cacique Comogre, que distaba del Darien 25
ó 30 leguas, hácia el Poniente; desembarcado en el pueblo de Comogre,
despachó á un Francisco Becerra con 150 hombres á la mar del Sur, para
que descubriese algun buen asiento y comarca donde se poblase; fué
guiado por un camino más breve, que se sabia de ántes, por el cual
se hallaron haber 26 leguas de mar á mar. Estos despachados, mandó
Juan de Ayora á Garci-Alvarez, que, con los navíos y alguna gente que
habia indispuesta, le fuese á esperar al puerto del cacique Pocorosa,
que estaba más al Poniente, abajo, en tanto que él iba á robar lo que
hallase. Váse con sus 200, y algunos más hombres, la tierra adentro,
al cacique Ponca, del cual en el cap. 47 mostramos que habia venido
á Vasco Nuñez, y Vasco Nuñez, asegurádole y prometídole que nunca
le vernia daño, y el Ponca le ayudó dándole de su gente que para el
descubrimiento de la mar del Sur le acompañase. Ponca, pues, como
estaba seguro, salió á rescibir á Juan de Ayora, de paz, y lo primero
que hizo fué tomarle, contra su voluntad, el oro que pudo hallar,
escudriñándole su casa, y diciéndole, riendo, que de los amigos se
habia de ayudar. De allí vá al Cacique y señor Comogre, que tantas
caricias y buen rescibimiento y hospedaje habia hecho á Vasco Nuñez,
y á su compaña, y el primero que dió las nuevas de la otra mar, como
arriba, en los capítulos 41 y 42 se ha contado, el cual, siendo avisado
de sus espías que venia, y que su fin era el oro deseado, salióle á
rescibir al camino con un buen presente de joyas de oro y comida, y
llegado á su casa les hizo cuantos servicios pudo y regalos; pero ni
estas buenas obras hechas á él, ni las que Vasco Nuñez rescibió con
los pasados, ni la fe y seguridad que le prometió de que sería seguro
y no rescibiria de los españoles nunca jamás daño, bastó á que no le
tomase por fuerza sus propias mujeres aqueste infelice tirano. Lo
mismo hizo, segun se escribió, de allí salido, á Pocorosa, en cuanto
le pudo robar, puesto que su persona, siendo avisado de lo que venia
haciendo, se fué huyendo á los montes que no lo osó esperar, y lo que
peor fué que el triste de Pocorosa, Rey de aquella tierra, pensando
aplacalle y doblalle para que le restituyese las mujeres ó gente y
otras cosas que le habia robado, y tambien por miedo que buscándolo ó
haciéndole buscar caerian en sus manos, vínose á él con un presente
de todo el oro que allegar pudo, que con su persona misma le trajo;
pero nada le aprovechó, ántes lo prendió y llevó preso á la tierra de
Tubanamá, diciendo que con la prision de aquel amedrentaria los otros
señores, para que con oro se rescatasen. Pasando á la tierra y señorío
de Tubanamá hallóle seguro y quieto en su casa, como habia prometido
á Vasco Nuñez que siempre lo estaria, y que así lo habian siempre de
hallar; rescibió á Juan de Ayora con mucha alegría, dále á él y á su
gente de comer, y hizóle servir con toda su posibilidad; demás desto,
dióle un presente de oro, no de poca cantidad, pero no le hartó ni
satisficieron las obras tan buenas de quien no les debia nada; en
pago de lo cual tómale cuanta de su gente pudo por esclavos, y róbale
cuanto le pudo robar. Escapóse dél Tubanamá lo mejor que pudo, y fuese
apellidando su tierra, y tambien quizá sus vecinos, y con la más gente
que pudo allegar vino sobre Juan de Ayora y sobre los suyos por la
otra parte del rio, donde él estaba, con gran furia, y echóles una
nubada de flechas, peleando contra ellos como leones, pero desnudos en
cueros. Cierto, si las armas les ayudaran, más daño que nunca hicieron
nos hobieran hecho estas gentes, porque ánimo no les ha faltado y
menosprecio de la muerte por defension de sus patrias y casas, segun
habemos visto hartas veces por experiencia. Tornando á Juan de Ayora,
defendióse del ímpetu de Tubanamá, no supe si ellos hirieron algunos
españoles con este ímpetu, ni si los españoles mataron algunos, más de
que se vido bien apretado Juan de Ayora, y con harto miedo, por lo cual
con mucho trabajo y priesa hizo aquella noche, de rama y tierra, una
fortaleza, temiendo que al salir del alba serian otra vez sobre él; no
volvieron porque no pensaron prevalecer, lo cual es argumento que los
lastimaron las espadas ó los perros. Dejó allí Juan de Ayora en aquella
fortalecilla un Hernan Perez de Meneses, con 60 hombres, para tener
las espaldas seguras, y para los yentes y vinientes, ó para enviar de
sí nuevas y sabellas de Francisco Becerra, y volvióse á Garci-Alvarez,
que le esperaba con los navíos en un rio que habian nombrado de Sancta
Cruz, en la tierra de Pocorosa; señaló allí una villa y púsole nombre,
la villa de Sancta Cruz, y los vecinos que le pareció, criando Alcaldes
y Regidores, conforme á la instruccion que de Pedrárias llevaba: ésto
fué á tantos de Mayo del año de 1515. Poblada esta villa de Sancta
Cruz, aunque no de gente sancta, teniendo noticia Juan de Ayora de que
más al Poniente habia un señor, de gente y de oro muy rico, llamado
Secatíva, la penúltima luenga, envió por la mar, en ciertas barcas ó
bateles, á un fulano Gamarra, con cierta gente, para que, so color de
que diese la obediencia á los reyes de Castilla, captivase la gente
que pudiese, y robase la riqueza que estimaba que tenia; pero como sus
obras fuesen ya por toda la tierra estendidas, y en los oidos de todas
las gentes de aquellas provincias fuesen, como lo eran, horribles, por
cuya causa y temor todos los pueblos y señores dellos estaban sobre
aviso, teniendo sus espías (en lo cual los indios no se duermen),
temiendo haber de venir sobre ellos aquella pestilencia cada dia, el
cacique Secatíva con su gente, avisados que por la mar los españoles
venian, pusieron en cobro sus mujeres y hijos, y vacío el pueblo,
metidos tras de unas matas, los españoles, dejadas las barcas y salidos
en tierra, ya que llegaban cerca del pueblo, salen los indios de través
con un terrible alarido, y dan en ellos, lanzando varas tostadas
como dardos y no sé si flechas tambien, con las cuales hirieron al
Capitan y á los más de su compañía, y así se volvieron huyendo, bien
descalabrados, de donde habian venido. Juan de Ayora, desque los vido
venir destrozados, lleno de ponzoña de ira determinó de la derramar en
el pueblo de Pocorosa, y mandó que le robasen toda la tierra que era
donde habian hecho su negra villa, y prendiesen á él para podelle sacar
más oro si pudiesen, pero fué avisado Pocorosa por un español llamado
Eslava, que era su amigo, al cual quiso ahorcar Juan de Ayora desque
lo supo. Concluida ésta su predicacion y dejada la tierra tan en amor
de la fe y religion de Cristo, Juan de Ayora deliberó de se volver al
Darien para se tornar, con ciertos barriles que tenia ya llenos de oro,
á Castilla, y así lo hizo, pero hurtando un navío que en el puerto
quedaba, y díjose que el mismo Pedrárias fué sabidor y consentidor del
hurto, y de su huida con el oro robado, por ser muy amigo de Gonzalo
de Ayora, su hermano, pudo ser que de lo que traia robado dió su parte
al quinto del Rey é á Pedrárias, sin lo mucho que se dijo que trujo
escondido; éste infelice tirano era natural de Córdoba, hijodalgo
y persona estimada por aquel tiempo, y, sus obras lo claman, de
insaciable cudicia. Deste tirano cuenta Pedro Mártir, en el cap. 10,
de su tercera Década, lo siguiente: _Joannes Aiora civis cordubensis
nobili genere ortus misus pro prætore, uti alias diximus, auri magis
cupidus quam rei bene gerendæ amator, aut laudis. Nactus occasiones in
regulos spoliavit multos et contra jus fasque aurum ab eis extorsit,
et crudeliter (ut aiunt) tractavit; ita ut ex amicis facti sint hostes
infensissimi, et animis desperatis jam quacumque datur vi aut insidiis
nostros perimunt. Ubi pacato comertiabantur et volentibus regulis, nunc
armis agendum est. Multis auri ponderibus hoc modo coactis, uti fertur,
aufugit sumpto furtim, ut vulgo dicitur, navigio..... Non desunt qui
Petrum Ariam ipsum gubernatorem ejus fugæ assensisse arbitrentur.....
Nihil mihi eque displicuit in universis occeaneis agitationibus ac
istius avaritia quæ pacatos regulorum animos ita perturbaverit._ El
capitan Garci-Alvarez con los suyos, pobladores de la villa de Sancta
Cruz, no queriendo estar ociosos, creyendo permanecer en ella, salian
por los pueblos comarcanos á robar mujeres, y la gente que podian haber
para traer captiva. Pocorosa, señor tan agraviado de los españoles á
él tan desagradecidos, junta la gente que pudo, suya y de sus amigos,
y tambien agraviados y lastimados vecinos, vienen al cuarto del alba
sobre la villa, y hallando á todos durmiendo, ántes que acordasen para
tomar las armas, estaban todos heridos; pero como las armas de los
indios, donde no hay ponzoñosa hierba, no matan luégo, como nuestras
culebrinas, tornaron los españoles; aunque heridos, sobre sí, é tomadas
sus armas dan en ellos, y matando con sus espadas, tambien de los
golpes de los indios con sus macanas morian; y con tanto vigor los
indios, aunque dellos caian muertos muchos, perseveraron en la pelea,
que cuando vino á ser claro el dia los tenian todos despachados, con
su capitan Garci-Alvarez, sino fueron sólos cinco. Estos se escaparon
escondidos y huyendo noches y dias hasta llegar al Darien, donde dieron
las nuevas, y así se despobló la buena villa de Sancta Cruz á cabo de
seis meses de su principio.
CAPÍTULO LXIII.