Iban todos tan cargados de oro, que más indios con cargas de oro que

con bastimentos y comida ocupaban; pero, aunque el oro de su propia

naturaleza tiene virtud de alegrar, la mucha hambre y cansancio que

padecian los llevaba tan tristes y atribulados, que consuelo ninguno

en su corazon podia entrar; bien podemos presumir, que si llegaran

á un bien proveido meson de comida, que ni estuvieran regateando en

el precio, ni les faltara de que lo pagar. Prosiguiendo su camino,

llegaron á la tierra y señorío del cacique Pocorosa, el cual luégo

huyó, pero enviándole mensajeros y asegurándolo que no rescibiria daño

alguno, luégo tornó; presentó á Vasco Nuñez 1.500 pesos de oro, y

ciertos indios que debia tener por esclavos, Vasco Nuñez le dió de sus

diges de Castilla, y algunas hachas con que lo contentó; estuvieron

allí treinta dias teniendo bien de comer, donde rehicieron las fuerzas

que traian harto disminuidas y flacas. Queriendo se partir de aquel

pueblo de Pocorosa, y preguntando por el camino, fuéle dicho que habia

de pasar, de necesidad, por el señorío del rey Tubanamá, la última

sílaba aguda; y éste era el gran señor, y á quien temian todos los de

aquellas regiones por su mucho poder y valor, de quien dió noticia el

hijo de Comogre, como en el cap. 41 hicimos relacion; llamó á todos

los españoles Vasco Nuñez, y díceles que conviene ántes que Tubanamá

tenga noticia dellos irlo á saltear y prendello, lo cual parecia

deberse hacer así al cacique Pocorosa, que era su capital enemigo.

Respondieron que se hiciese como le parecia, y que luégo se partiesen

ántes que por alguna vía Tubanamá fuese avisado. Tomó 60 hombres, los

más dispuestos, ligeros y sanos, y de mejores ánimos, con cantidad

de indios que le dió Pocorosa, los demas españoles, que estaban

indispuestos y flacos, dejó allí para que descansasen y se recreasen;

partióse Vasco Nuñez con sus 60, trasnochando, y lo que habian de andar

en dos dias anduvieron en uno, y así una noche, á la prima, dieron en

él, que estaba bien descuidado, y lo prendieron. Dijeron que tenia 80

mujeres; á ellas y á toda su familia que tenia en su casa, que era

muy grande, captivaron; el pueblo teníalo muy desparcido, y así como

sintieron los españoles, todos huyeron; la gente que llevaba Vasco

Nuñez de Pocorosa, comenzaron á vengarse dél diciéndole injurias y

baldones, cuantos sabian y podian, por darle pena. Sabida su prision

por otros pueblos que tenian dél queja, venian y hacian lo mismo, y

daban á Vasco Nuñez quejas dél; respondia que mentian y que por envidia

de que estaban llenos, por verlo más poderoso y no poder contra él

prevalecer ni sojuzgallo, le levantaban aquellas mentiras y testimonios

falsos, ántes habia rescibido muchos agravios dellos. Entre aquestas

disputas, acusaciones, excusas, ó respuestas, finge Vasco Nuñez que

lo queria echar á los perros, y mandó á los españoles que lo sacasen

fuera, ó para echallo, píes y manos atadas, en un gran rio que allí

era; llora terriblemente, y échase á los piés de Vasco Nuñez, alegando

que nunca le habia ofendido á él ni á los cristianos, ántes siempre los

tuvo en mucho, aunque no los habia visto, estimándolos por valientes

hombres y buenos, que por qué á sus enemigos que lo querian mal daba

crédito, y para en argumento de la estimacion que de los españoles

tenia, llegóse á Vasco Nuñez, y pónele la mano á la espada diciendo:

«¿Quién contra ésta macana (ó como allí se llamaba), que de un golpe

hiende un hombre por medio, desde la cabeza hasta el ombligo, ha de

pensar prevalecer sino fuere alguno que no tuviere seso? ¿pues quién no

amará más presto que aborrecerá tal gente? No me mates, yo te lo ruego,

y traerte hé cuanto oro yo tengo, y cuanto pudiere haber.» Estas y

otras muchas palabras y razones, con abundancia de lágrimas, que todas

no se entendian, decia, teniendo ya cuasi tragada la muerte. Macana

llamaban en esta isla un arma, de que usaban como de espada, en las

manos, de palo de palma, que es muy recia, como arriba hemos algunas

veces dicho, allí no sé qué nombre se tenia; Vasco, no queriéndolo

matar, comenzó á mostrarle el rostro un poco alegre, mostrando que

se compadecia dél y mandó que lo soltasen; suelto, mandó luégo traer

3.000 pesos de oro fino en ciertas joyas, como manillas y ajorcas y

otras piezas para ornato de mujeres. Desde á tres dias le enviaron

ciertos señores, sus vasallos debian ser, por su mandado, 6.000 pesos;

preguntado Tubanamá que dónde se sacaba aquel oro, negó que se cogiese

en su tierra, y que aquello, á sus pasados se habia traido del rio

de Comogre que desaguaba en la mar del Sur; la gente de Pocorosa, y

otros sus enemigos, que allí habian venido á vengarse dél, afirmaban

que mentia, porque todo su reino y señorío era, más que otra tierra,

de oro muy rico, el contrario decia Tubanamá, conviene á saber, que

en toda su tierra no sentia que hobiese minas, puesto que algunas

veces sus vasallos cogian en los rios algunos granillos, pero que no

hacian cuenta dello, ni ponian cuidado en buscallo, como quiera que

para lo sacar grandes trabajos se requiriesen. Estando allí, llegaron

al pueblo de Pocorosa los españoles que habian quedado en los pueblos

de atras descansando, los cuales traian entre sus hatos y cargas, que

les traian los indios, ciertos azadones y bateas y otros instrumentos

para inquirir, por dónde anduviesen, los rios y lugares en que hobiese

oro. Sabido por Vasco Nuñez, envió por los dichos instrumentos de

sacar oro, y llegaron dia de Navidad, el cual, con regocijo corporal y

mundano, festejado, no les sobrando la devocion de las tres misas que

aquel dia oyeron, porque de oirlas estaban bien descuidados, luégo,

el dia siguiente de Sant Estéban, fueron con toda su devocion á dar

catas por los cerros y arroyos, que es hacer hoyos y probar si sacaban

muestra de aquello que tenian por su principal fin, é por quien tantos

y tales trabajos y peligros voluntariamente tomaban. En las cuales

catas hallaron muy buen oro, y entre ello muchos granos como lentejas,

señal de haber en la tierra minas muy ricas de oro, de donde creyeron

los nuestros los de Pocorosa decir verdad, que con justa razon Tubanamá

negaba, porque ya sabia que si en su tierra hallaban oro los españoles,

que nunca se irian della, y por consiguiente, á él y á su gente y á

todo su estado, les habia de suceder mucho mayor mal; tambien se creia

que lo negaba por tener por muy poca cosa, y no de estimar, aquella

cantidad, pero la primera razon es la verdad, y muy extendida en todas

estas Indias, y á todas las gentes dellas general, conviene á saber,

huir siempre de estar cerca de españoles y encubrir las minas del oro,

porque ya saben ó han oido decir que por el oro los han de consumir

y en breve acabarlos. Cuando se quiso partir de allí, hizo dar otras

catas en otros lugares y hallaron mucho mayor señal de ser rica la

tierra de oro, por lo cual determinó de hacer, andando el tiempo, dos

pueblos de españoles, uno allí en la tierra de Tubanamá, y otro en la

de Pocorosa, para dos efectos, el uno, porque hobiese poblacion de

nuestra gente para la seguridad del tracto que hobiese de la una mar

á la otra, y el otro por tener cerca las minas para gozar de aquel

oro que estimaban ser mucho. Llevóle todas sus mujeres y todo cuanto

pudo llevarle y á un hijo suyo; aunque se dijo que el hijo dió de su

voluntad, para que, conversando con los españoles, supiese su lengua,

y quiza por espía, para que de lo que determinasen hacer lo avisase;

dejóle dicho que hiciese coger á su gente mucho oro y se lo enviase, y

que siempre sería su amigo y bien tractado. Dieron ciertas calenturas á

Vasco Nuñez, de los grandes trabajos y hambres que habia pasado, hízose

llevar á cuestas de indios en una hamaca; llegaron al pueblo y señorío

de Comogre, cuyo señor, viejo, era muerto, y heredado el hijo mayor,

discreto mancebo, que habia reprendido á los españoles cuando los vido

reñir sobre la partija del oro, y dió nuevas las primeras é indicios

de la gran tierra y riqueza del Perú. Este rescibió á Vasco Nuñez y á

los demas con grande alegría y fiesta, donde hallaron harto consuelo y

abrigo; presentó á Vasco Nuñez 2.000 pesos de oro labrado, y él dióle

una camisa de lienzo que no tuvo en poco el bueno del señor Comogre.

Despues de haber algunos dias reposado y recobradas algunas fuerzas los

que más presto se restauraron, y él libre de las calenturas, acordó

partirse para el Darien con hartas cargas de oro, que bien creo que

pasarian de 30 y 40.000 castellanos, los cuales, por entónces, valian

y eran más que hoy 300.000; la infinidad de lo que de sí despues

dió el Perú, fué la causa. Dejó mucho encargado á Comogre, mandase

siempre coger á su gente oro y se lo enviase, porque ésta era dél y

de todos los que en aquella cofradía andaban toda su ansia; llegando

á la poblacion del cacique ó señor Ponca, de quien arriba en el cap.

46 hicimos mencion, halló cuatro españoles que salieron del Darien

en su busca, para le avisar como eran venidos dos navíos, con mucho

bastimento, de la isla Española; lo cual oido y habida grande alegría,

tomó 20 hombres, de los más sanos y mejores peones, y váse al Darien de

presto, y dejó los demas que se fuesen poco á poco. Llegó al Darien á

19 de Enero, entrante el año de 1514, de donde habia salido primero dia

de Setiembre del año pasado de 1513; saliéronlo á rescibir todos los

españoles del Darien, con solemnísima fiesta, pero desque supieron que

habia descubierto la mar del Sur, y las perlas, y traia tanta carga de

oro, y tan ricas perlas, no se podria encarecer la excesiva alegría que

todos rescibieron, estimando ser cada uno dellos, de todos los hombres

del mundo, el más felice, los desventurados no conociendo el estado

en que andaban, infamando y haciendo heder por todas aquellas gentes

el nombre de Cristo, turbando, y afligiendo y echando al infierno

tantas dellas, haciendo esclavos los libres, usurpándolos y robándolos

sus naturales señoríos y todo cuanto tenian; no advertian tampoco la

obligacion en que todos quedaban, _in solidum_, de restituir tanta

cantidad de oro como robaban, y los daños que por todo aquello hacian,

restitucion no ménos que infinita, y al cabo no vieron ni gozaron lo

que tanto desearon, porque cuasi todos los que allí entónces estaban en

breve murieron ántes, y hobieron mala fin. Repartió Vasco Nuñez todo el

oro y perlas por los que con él fueron á esta meritoria peregrinacion,

y por los que quedaron en el Darien, y dejó para sí, quedando todos

contentos, más con la esperanza de lo que se prometian cada uno, el

tiempo andado, haber, que con lo que de presente vian, aunque fuera

doblado de lo que era.

CAPÍTULO LII.

Determinó luégo Vasco Nuñez de hacer saber al Rey tan señaladas y

nuevas nuevas, de haber descubierto la mar del Sur y en ella las

perlas, cosas, cierto ambas, muy nuevas; y si no fueran descubiertas

con tanto perjuicio é infamia de la ley é honra de Dios, y por modo

contrario á sus mandamientos, y en tan gran daño de tantos hombres,

nuestros prójimos, gentes pacíficas que en nada nos ofendieron, y no

ménos en impedimento de la dilatacion de la universal Iglesia, dignas

y muy dignas fueran de grande remuneracion. Envió para que las llevase

un muy amigo suyo, llamado fulano de Arbolanche, vizcaino, que habia

con él andado en aquellas estaciones; á éste dió todas las mejores y

más preciosas perlas de todas las que trujo, para que en nombre suyo

y de los que con él fueron presentase al Rey. Escribió al Rey, muy en

particular, de todo lo que habia visto y pasado en aquel viaje muy

larga relacion; entre otras cosas, dijo que de 190 hombres, que del

Darien sacó, nunca se pudo ayudar sino apénas de 80, porque todos los

demas, por las hambres y trabajos que padecian, ó de enfermos ó de muy

flacos y cansados, que no podian en algo ayudar, no escapaban. Escribió

más, que hobo con diversas gentes batallas, pero que ni él fué jamás

herido ni hombre de toda su compañía le mataron ni le faltó. Pero,

cierto, no eran grandes hazañas las que hacia venciendo, como pelease

con gallinas, que son todos los indios desnudos, donde no alcanzan

á tener hierba, como puede juzgar por toda esta historia cualquiera

cuerdo hombre; mayormente, llevando las escopetas que nunca habian

visto ni oido, ni gente tan extraña y feroz como los nuestros son,

comparados á aquellos que por armas tienen sus barrigas y pellejos

desnudos, de los cuales, con justa razon, pudieron pensar que echan

por la boca rayos y truenos y relámpagos, con vivo fuego, pues vian

que con los tiros de fuego caian dellos luégo muertos en el suelo.

Pues, ¿qué diremos de los perros, que, en soltándolos, luégo los

despedazaban? Así que no eran las que Vasco Nuñez y los suyos á los

indios daban muy peligrosas batallas para gloriarse. Afirmó al Rey en

aquella carta, que habia sabido de los Caciques y señores de aquellas

tierras, que habia penetrado, grandes secretos de haber increibles

riquezas en aquella mar, las cuales no escribia á Su Alteza, hasta que,

como esperaba en Dios, las hobiese visto y hollado; y bien creo yo,

cierto, que le dieron grande noticia de las grandezas del Perú y de lo

que en él habia, y que por aquella noticia deseó mucho de hacer ciertos

navíos ó bergantines, que despues hizo en aquella mar del Sur. Despachó

al dicho Arbolanche con su carta y nuevas nuevas, y presente de perlas

para el Rey, al principio de Marzo del dicho año de 1514, y, llegando

á la corte, fué luégo llena de grande alegría, y, desde á poco,

toda Castilla, cuasi como si entónces se descubrieran estas Indias.

Rescibiéronle no con menor gozo y placer el obispo de Búrgos D. Juan

de Fonseca, y el secretario Lope Conchillos, en quien se resolvia todo

el Consejo y gobernacion dellas. Entónces no habia Consejo determinado

de las Indias, sino que para las cosas árduas se llamaba el licenciado

Zapata, y el doctor Palacios Rubios, y el licenciado Santiago, y el

licenciado Sosa, que despues fué obispo de Almería, todos del Consejo

Real, con los cuales el obispo de Búrgos comunicaba lo que se habia

de proveer y aquello se hacia. Llevaron el Obispo y Conchillos al Rey

á Arbolanche, procurador de Vasco Nuñez y de los del Darien, al cual

el Rey rescibió graciosamente, holgándose mucho de las buenas nuevas

que le traia, y del presente de las perlas. Paróse mucho á mirallas

y á loallas, preguntando cómo y de qué parte las sacaban; y él,

respondiendo á todo lo que el Rey le preguntaba, dióle larga relacion

de como en aquel viaje les habia ido, encareciendo los grandes trabajos

que habian padecido, y las grandes victorias que de los indios habian

habido, y todo lo demas que hacia en favor de su fin que pretendian,

porque ni él dijo al Rey los grandes escándalos y violencias que habian

hecho por todas aquellas tierras, y muertes, y robos, y captiverios

injustos en aquellas gentes, ni el Rey se lo preguntaba, y mucho

ménos el Obispo y Conchillos, á quien saberlo más incumbia, sino que

hablaban, y preguntaban, y respondian en ello, como si hablara de las

victorias y cosas de Africa ó de Turquía; finalmente, mandó el Rey al

Obispo, que luégo entendiese en ordenar lo que convenia, y á Vasco

Nuñez se le hiciesen mercedes, pues tanto le habia servido. Por manera

que, por aquellas nuevas, no sólo perdonó el Rey á Vasco Nuñez los

deservicios que tenia entendido haberle hecho en la muerte de Nicuesa,

de que estaba acusado, y los agravios del bachiller Anciso, y haber

usurpado la gobernacion y ejercicio de justicia en aquella tierra, pero

rescibiólo en su gracia, y hízole mercedes. Suplícole Arbolanche, por

él, lo armase caballero y hiciese merced de algun título; el Rey lo

hizo y le creó Adelantado de aquella tierra (no supe cómo rezaba el

título), con otras mercedes, creo yo, de hecho y dicho, con grandes

blasones, refiriendo sus obras por grandes servicios; y éste fué el

segundo Adelantado que hobo en todas estas Indias, porque el primero

fué D. Bartolomé Colon, hermano del Almirante primero, D. Cristóbal

Colon, que descubrió este mundo nuevo. Despues que Vasco Nuñez despachó

á Arbolanche, su procurador, con las nuevas para Castilla, quiso saber

qué distancia de camino habia del Darien á la mar del Sur, yendo por

vía derecha, para lo cual envió á un Andrés Garavito con 80 hombres que

lo viesen, y mandóles que de camino hiciesen cuantos esclavos haber

pudiesen de los pueblos que topasen. Salidos del Darien, subieron por

la ribera de un rio que llamaban de la Trepadera, hasta la cumbre

de las sierras muy altas, que Vasco Nuñez habia subido, aunque por

muy abajo, como queda visto, y de allí descendió Andrés Garavito por

otro rio cuyas vertientes iban á parar á la dicha mar del Sur; en las

riberas del cual habia muchas poblaciones, las cuales á fuego y á

sangre acometia sin habelle hecho más que los otros por qué, y prendió

á los caciques Chaquina y Chauca, y mucha gente con ellos, y á otro

llamado Tamahe, que tenia su tierra y señorío más hácia la mar del Sur;

el cual, como vino la noche, se soltó, pero desque vido que un hermano

suyo y muchos deudos y criados que más queria se habian prendido,

vínose de su voluntad á poner en poder del Garavito, y trújole cierto

presente de oro, y una moza de buen parecer, diciendo que era su hija,

que se la daba por su mujer (la cual quizá no lo era), por lo cual le

llamaron los españoles desde adelante el suegro. Soltó al hermano y á

él, y algunos de los que tenia presos como en arras de su casamiento,

aunque sin ley y sin bendicion ántes dignísimo de toda maldicion;

envió con otros 40 satélites á Bartolomé Hurtado, contra los caciques

Benamachéi é Abrayba, de quien arriba en el cap. 43, hablamos, porque,

diz que, se le habian alzado ó negado la obediencia, que con tanta

justicia le debian, como la que se debe al verdadero tirano, como Vasco

Nuñez era. Entrado en sus tierras Bartolomé Hurtado, no dejó hombre á

vida de los que al primer furor le ocurriesen, captivó y hizo esclavos

cuantos pudieron tomar á vida, y robaron todo el oro y otras cosas

provechosas ó de valor que por toda la tierra habia; despues que no

hallaron persona alguna de paz ni de guerra, volviéronse los unos y los

otros al Darien, muy victoriosos, con grandes rengleras de hombres y

mujeres captivos.

CAPÍTULO LIII.

Dejemos agora por un rato de hablar de Vasco Nuñez y su compañía, que

toda su ocupacion y ejercicio no era en todo este tiempo otro sino el

dicho, y comencemos á referir el principio y discurso de cómo se le

aparejaba su San Martin, é propio dignísimo castigo rodeado por el

divino juicio. Comenzando pues de su origen, débese saber, que poco

ántes que llegasen los procuradores Caicedo y Colmenares, enviados por

Vasco Nuñez, como el Rey hobiese sabido, por relacion del bachiller

Anciso y Çamudio, la perdicion de Alonso de Hojeda y Juan de la Cosa

y Diego de Nicuesa, y de sus armadas, y de la disension y bandos de

la gente española que quedaba en el Darien, y como Vasco Nuñez, por

maneras ó por fuerza, era dellos guiador, mandó el Rey tratar sobre que

se enviase de Castilla persona señalada que administrase en su nombre,

por aquella tierra firme, la gobernacion; para la cual se tractaba de

la persona de Pedrárias de Avila, hermano del conde de Puñonrostro,

señalado justador, y adornado de otros naturales dones. Entando en

ésto, llegaron los dichos procuradores, Caicedo y Colmenares, que

llevaban las nuevas que habia dado el hijo del rey Comogre, por el cual

se tuvo esperanza de ver la otra mar, y grandes riquezas en ella, y

sembraron por la corte y por España que el oro con redes se pescaba;

las cuales oidas, y que habia dicho el hijo de Comogre ser menester

1.000 hombres, cresció al Rey, y al Obispo de Búrgos y á los demas de

su Consejo, la estima de la cosa, y el propósito de enviar más gruesa

armada de la que se pensaba, y tambien el cuidado y diligencia de

la despachar muy presto. Resolvióse el Rey una vez que Pedrárias de

Avila fuese por Gobernador, pero sabido por la corte, teniendo todos

los oyentes aquella empresa ser la más señalada y de más provecho

que habia salido de España, cresció el hervor de la cudicia en muchos

de los que alcanzaban partes y favor para pretendella, por lo cual

se opusieron á ella contra Pedrárias, y tuvieron sus diligencias y

negociacion, de tal manera, que ya con el Rey lo tenian casi echado

fuera; y pluguiera á Dios, que así lo ordenara, y que Pedrárias nunca

asomara á aquella tierra, porque no fué sino una llama de fuego que

muchas provincias abrasó y consumió, por cuya causa lo llamábamos

_Furor Domini_. Yo estimé que el Archángel ó Archángeles que tenia

cargo de procurallos su bien, y desviallos su mal, sabiendo por

divina inspiracion lo que Pedrárias habia de obrar en ellas, pusieron

diligencia en que otros se moviesen á pedir al Rey aquel cargo, de

los cuales estimaban que no les serian tan desenfrenada y brutalmente

perniciosos, porque siendo Pedrárias de los entendidos mundanos hombres

de España, de mucha edad, porque pasaba de sesenta años, y de mucha

experiencia por consiguiente, hizo cosas en su gobernacion que no las

hiciera más irracionales un hombre insensible mentecapto; de éstas

sus cosas, no dignas de hombre cristiano ni áun gentil racional, la

historia dirá de mucho algo. Pero porque lo tenia la Divina justicia

elegido para verdugo de aquellas miserandas gentes, como instrumento

de su rigurosa ira y acerbo furor, ocurrió el obispo de Búrgos al

Rey en esta manera, en favor y abono de Pedrárias: «Vuestra Alteza

ya tiene grande noticia del esfuerzo y valor de Pedrárias, y las

hazañas que por su persona, así como Capitan que vuestro ha sido,

como particular persona, siempre hizo en las guerras de Africa, donde

Vuestra Alteza le ha enviado, y como en todas muchas veces se señaló,

y cuánta experiencia de las cosas de guerra tiene, y para las de la

paz de cuán buen entendimiento es dotado, allende haberse criado en

vuestra casa Real desde su niñez, de donde se sigue que más que otro

procurará vuestro servicio y guardará toda fidelidad; no me parece

que será cosa justa ni complidera al servicio de Vuestra Alteza, que

porque otros pretendan este cargo por su propia sola cudicia, que no

os han servido tanto, ni la mitad, ni tienen tantas ni tales partes,

Vuestra Alteza lo posponga, pues ya se sabe por la corte que para

esta empresa lo tiene ya nombrado. En ninguna manera conviene que á

este negocio vaya otro sino Pedrárias de Avila, y ésto juzgo, segun

lo que yo siento, lo más cumplidero al servicio de Vuestra Alteza, y

para que se consiga la prosperidad que deseamos.» El Rey, que en las

cosas de las Indias, y áun en las del reino de Castilla, solia dar

gran crédito al obispo Fonseca, determinó de confirmar el nombramiento

de Pedrárias, y cometió y mandó al Obispo que luégo le despachase

como mejor le pareciese, y señalase el número de la gente que habia

de llevar, con todo lo demas que al buen despacho de la armada fuese

necesario. Determinó el Obispo, con los que llamó del Consejo, que

fueron el licenciado Zapata y el licenciado Santiago, y el licenciado

Sosa y el doctor Palacios Rubios, y creo que Hernando de Vega, y no sé

si más, que pues el hijo del rey Comogre habia dicho ser 1.000 hombres

necesarios, que fuesen 1.200 para mayor seguridad; y mejor se pudiera

decir para que más se trabajase en muchos más enterrar. Díjose que

mandó dar el Rey sueldo á los 1.200 hombres, pero yo creo que no si no

fué á los marineros y que habian de guiar las naos, porque fué tanta

la gente que, á las nuevas oidas de que se pescaba el oro con redes,

se solevantó, que si á 10.000 hombres el Rey quisiera dar licencia, se

fueran sin blanca ni cornado de su voluntad; y es aquí de saber, que

por aquellos dias mandó el Rey al Gran Capitan que tornase á Nápoles,

porque el rey de Francia mostraba querer ir sobre aquel reino y ciudad,

y, como el Gran Capitan era tan afamado de magnificencia y hacedor de

grandes hazañas, movióse para ir con él cuasi toda Castilla, mayormente

gente noble y muchos caballeros, que unos vendian sus haciendas todas,

otros empeñaban sus mayorazgos, algunos hacian otros buenos ó malos

recaudos, todo enderezado para se ataviar excesivamente de sedas y

brocados, creyendo y esperando con harta vanidad, que de aquella hecha,

yendo á Italia el Gran Capitan, habian de despojar á toda Francia.

Estando, pues, para se partir el Gran Capitan con grande armada, y

habiendo hecho él mismo grandes gastos, acordó el Rey, por causas que

le movieron, ó quizá porque de una tan agregia persona como era el Gran

Capitan, no habia tanta necesidad, de no envialle, por manera que él

quedó gastado y no sé si agraviado, y toda la mucha nobleza que iba

con él muy gastada y burlada, y áun perdida en mucha parte. Pues como

luégo se sonó el despacho de Padrárias, y las nuevas de las riquezas,

que se habian con redes de pescar, por toda España volaban, ocurrió

toda ó la más caballería, que dije perdida ó gastada, á ofrecerse á

Pedrárias para le acompañar y áun servir en la jornada, doblándoseles

sin comparacion la esperanza de ser de buena ventura, mucho más que si

les certificaran que habian de tomar á Francia; tanta es la cudicia y

áun liviandad de España. Rescibió mucha gente noble Pedrárias en la

corte, y cuando llegó á Sevilla halló 2.000 hombres nobles y mancebos,

tan bien dispuestos, lucidos y ataviados, que se le ofrecieron ir con

él á su propia costa y sin sueldo alguno, que le hizo dolor no poder

llevar tantos, y aunque tenia limitado el número de la gente por el

Rey, que no pasasen de 1.200, no pudo estrecharse tanto, que, por

ruegos, favores y importunidades, 1.500 no llevase. Gastó el Rey en el

armada 54.000 ducados, segun yo despues supe, y lo que en aquel tiempo

se hizo y suplió con 54.000 ducados es cierto que hoy no se supliera

con 158.000 castellanos.

CAPÍTULO LIV.

En el cual se contiene la Instruccion que el Rey mandó dar á

Pedrárias, cómo se habia de haber con los indios, atrayéndolos por

bien á la fe, y no consintiendo que se les hiciese mal alguno.

Mandó el Rey al obispo de Búrgos, Fonseca, susodicho, que se tratase

con mucho acuerdo de la Instruccion que Pedrárias habia de llevar para

que supiese lo que habia de hacer, y no se errase la gobernacion en

aquella tierra firme, como se habia errado en esta isla Española. En la

cual Instruccion se contuvieron, entre otros, los capítulos siguientes:

«Capítulo 1.º--Habeis de procurar por todas maneras y vías, que

viéredes ó pensáredes que para ello han de aprovechar, y por todas las

otras vías y formas que se pudiere tener algunas esperanzas que se

podrá hacer, atraer con buenas obras á que los indios estén con los

cristianos en amor y amistad, y que por esta vía se haga todo lo que se

hubiere de hacer con ellos, y para que ello mejor se haga, la principal

cosa que habeis de procurar es no consentir que por vos ni por otras

personas no se les quebrante ninguna cosa que les fuere prometida, sino

que, ántes que se les prometa, se mire con mucho cuidado si se les

puede guardar, y si no se puede bien hacer que no se les prometa, pero

prometido se les guarde enteramente, de manera que los pongais en mucha

confianza de vuestra verdad; y no habeis de consentir que se les haga

algun mal, ni daño, porque de miedo no se alboroten ni se levanten,

ántes habeis mucho de castigar á los que les hicieren mal ó daño sin

vuestro mandado, porque por esta vía vernán ántes á la conversion y al

cognoscimiento de Dios, y de nuestra sancta fe católica, y más se gana

en convertir 100 de esta manera que 100.000 por otra vía.

Cap. 2.º--Item, caso que por esta vía no quisieren venir á nuestra

obediencia y se les hobiere de hacer guerra, habeis de mirar que por

ninguna cosa se les haga guerra no siendo ellos los agresores, y

no habiendo hecho ó probado á hacer mal ó daño á nuestra gente, y,

aunque les hayan acometido, ántes de romper con ellos les hagais de

nuestra parte los requerimientos necesarios para que vengan á nuestra

obediencia, una, y dos, y tres y más veces, cuantas viéredes que son

necesarias conforme á lo que llevais ordenado; y pues allá habrá y

con vos irán algunos cristianos que sabrán la lengua, con ellos les

dareis primero á entender el bien que les verná en ponerse debajo de

nuestra obediencia, y el mal, y el daño, y muertes de hombres que les

verná de la guerra, especialmente que los que se tomaren en ella vivos

han de ser esclavos de los cristianos, y haceldes entender qué cosa

es ser esclavos, y que desto tengan entera noticia, y que no puedan

pretender ignorancia, porque para que lo pueden ser, y los cristianos

los puedan tener con sana conciencia, está todo el fundamento en lo

susodicho. Habeis de estar sobre aviso en una cosa, que todos los

cristianos, porque los indios se les encomienden, tienen mucha gana

que sean de guerra y que no sean de paz, y que siempre han de hablar

en este propósito, y, aunque no se pueda excusar de no lo platicar con

ellos, es bien estar avisado desto, para el crédito que en ello se les

debe dar; y parece acá que el más sano parecer para ésto será el del

reverendo padre fray Juan Cabedo, obispo del Darien, y de los clérigos,

que están más sin pasion y con ménos esperanza de haber dellos ménos

interese.

Cap. 3.º--En caso que se hayan de dar los indios encomendados á los

vecinos ó por naborias, habeis de hacer que se guarden las ordenanzas

que para ello llevais, porque se han hecho con mucha informacion,

que de aquella manera serán más conservados, y mejor tractados, y

más doctrinados en nuestra sancta fe católica, y por eso no se ha de

disminuir dellas ninguna cosa, ántes, si alguna cosa viéredes, demás

de lo que en ellas se contiene, que se debe de hacer en provecho de

los indios y de su salud y conversion, será bien que se haga, porque

ellos sean mejor tractados y vivan en más contentamiento en compañía

de los cristianos; la resolucion desto es, que todo lo que aquí y en

el capítulo ántes de éste se dice es para que con amor, y voluntad,

y amistad, y buen tractamiento, sean atraidos á nuestra sancta fe

católica, y se excuse de forzallos y maltratallos para ello cuanto

fuere posible, porque desta manera se servirá mucho Nuestro Señor, y yo

me terné de vos por muy servido en ello.

Cap. 4.º--Esto es más necesario que allá se haga ansí que no en la

isla Española, porque los indios son ménos aplicados al trabajo, y

han acostumbrado mucho ó siempre á holgar, y habemos visto que en

la Española se iban huyendo á los montes por no trabajar, y es de

creer que lo harán muy mejor los de allá, pues se pueden ir la tierra

adelante, lo que no pueden hacer en la isla Española, y no tienen que

dejar sino las casas, y por eso parece muy dudoso y dificultoso que

los indios se puedan encomendar á los cristianos á la manera que los

tienen en la Española; y á esta causa parece que sería mejor por vía

de paz y de concierto de los cristianos, aliviándolos lo más que se

pudiese del trabajo en esta manera: que los que quisiesen estar en paz

y concierto de los cristianos, y á la obediencia de vasallos, diesen

y nos sirviesen con cierto número de personas, y que no fuesen todos

sino una parte dellos, como tercia, cuarta ó quinto de los que hobiere

en el pueblo, ó de los que tuviere el Cacique principal, si allá están

debajo de Caciques, como están en la isla Española, y que éstos anden

un mes ó dos, y que se remuden y se vayan á holgar, y vengan otros

tantos por otros dos meses, ó por el tiempo que allá os pareciere que

será mejor los remudar, porque hasta acostumbrallos cuanto más breve se

remudaren parece mejor, y así se remudando lo sufrirán mejor, y ternán

ménos peligro de morir. Y si agora en los principios hobiese tanto

que hacer en coger oro en los rios, como acá dicen que lo hay, que no

fuese tan necesario meterlos á cavar en las minas, parece acá que sería

bueno comenzarlos á ocupar en lo de los rios por la órden susodicha;

y despues de la segunda vuelta se meterian con ménos dificultad en

las minas, porque ya estarán habituados á servir, aunque será con más

trabajo.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 10 / 38 段