Despues de partidos del Darien los procuradores, Caicedo y Colmenares,

y hechos á la vela, porque la conformidad y compañía que no está

fundada sobre amistad de Dios, especialmente la de los avaros y

cudiciosos, y mucho más la de los tiranos, ladrones y opresores de

hombres, como eran aquellos, no puede perseverar tiempo mucho, por

ésto, en los que quedaban en el Darien comenzaron á nacer grandes

contenciones y discordias, porque así lo permitia Dios para los

castigar con todo género de infortunios; Bartolomé Hurtado, que era

muy allegado y favorecido de Vasco Nuñez, presumia con su favor de

maltratar á los otros que no tenian de sí menor estima y presuncion,

por lo cual era á todos ó á los más muy odioso, y por él desamaban

al Vasco Nuñez, por manera que, tomando por caudillo á un Alonso

Perez de la Rua, que debia ser de los que más sentian ó pretendian

los pundonores, acordaron de prender al Vasco Nuñez, y quitalle la

presidencia que tenia sobre ellos, y al Bartolomé Hurtado, como

principal contendor, pero Vasco Nuñez, que siempre vivia con todos

recatado, dióse más priesa y prendió al Alonso Perez, que habian tomado

para que los capitanease. Toman luégo los conjurados sus armas para por

fuerza venir á libertallo, sale luégo Vasco Nuñez, con los que pudo

recoger de los amigos que áun no lo habian dejado, con las suyas á la

plaza. Estando para darse unos á otros y hacerse pedazos, no faltaron

algunos de ambas partes, que más cuerdamente la cosa considerasen,

diciendo que ¿por qué querian matarse unos á otros, estando en la

tierra que estaban, pues, por vencedores que los de cualquiera de las

partes fuesen, habian de ser luégo de los indios muertos y acabados?; y

así no rompieron aquel dia, por concierto jurado que hobo que soltase

Vasco Nuñez á Alonso Perez, y no pasase la reñilla más adelante; pero

como andaban sin Dios, segun sus pecados tan grandes, díjose que no

depusieron el odio que se tenian, ni guardaron el juramento, al ménos

la una parte, lo cual quebrantado, acuerdan de prender otro dia los

contrarios á Bartolomé Hurtado, puesto que, por algunos medianeros que

hobo, aquel dia lo soltaron. No paró aquí la maraña de su ceguedad,

porque aquel, cuya voluntad en todo seguian, andaba solícito para que

se matasen; acordaron de prender al Vasco Nuñez allegando por causa

que no repartia, segun los merecimientos de cada uno, el oro y los

esclavos que robaban y captivaban, y para tomalle 10.000 castellanos

que estaban por partir, é repartirlos entre sí segun la órden que les

parecia ser justificada. Fué deste propósito Vasco Nuñez avisado, y, so

color de ir á caza, se salió del pueblo aquella noche, con confianza

que le acudirian los que en las partes solia mejorar, y sucedióle así,

porque tomados los 10.000 castellanos, repartiéronlos de la manera que

á ellos pareció que se habian de repartir, dando á algunos de la gente

menuda más de lo que parecia convenirles, y á los de mayor calidad ó

presuncion ménos de lo que á su parecer pertenecerles estimaban; desto

quedaron aquellos corridos y afrentados, y así, llaman á Vasco Nuñez,

y júntanse con él todos armados, con clamores y juramentos que habian

de matallos; van á ellos y prenden al Alonso Perez y á un bachiller

Corral y á otros principales, y échanlos en la fortaleza, donde los

tuvieron bien aprisionados. Estando en estas barahundas y confusiones,

cada dia para matarse, llegaron dos navíos con 150 españoles, y de

bastimentos cargados, y por Capitan dellos un Cristóbal Serrano, que,

desta isla, el Almirante y los Jueces por socorrerlos les enviaron;

envió, segun se dijo, el tesorero Pasamonte á Vasco Nuñez una provision

de Capitan general de toda aquella tierra, porque, diz que, tenia poder

del Rey para constituir Capitanes y Gobernadores en la tierra firme,

segun que él determinase. A mí es difícil ésto creer, que tan presto

y tan á la clara el Rey quisiese al Almirante y á sus privilegios

perjudicar, y, por otra parte, no me maravillo que así fuese, segun el

Rey fué siempre á las cosas del Almirante poco aficionado, y segun el

Pasamonte y los Jueces y oficiales desta isla, y los que estaban cabe

el Rey, trabajaban de deshacer al Almirante, no sé por qué, cierto,

sino por sus intereses particulares, y porque no querian reconocer

superior, sino ser ellos los que aquesta isla, y las demas tierras

destas Indias, mandasen y gozasen; porque en la verdad, no pertenecia

á ninguno constituir Capitan ni Gobernador sino al Almirante, por

sus privilegios, tan dignamente, al principio, por su padre ganados,

al ménos por aquel tiempo, pues hasta entónces no se habia tomado

resolucion en lo que tocaba á su estado, y fué manifiesto haber sido su

padre por el comendador Bobadilla, de hecho, de su posesion despojado.

Fué inestimable el gozo y placer que Vasco Nuñez rescibió de verse ya

con autoridad del Rey, ó de quien su poder tenia, por Capitan general

sublimado, porque hasta entónces, por fuerza y por mañas tenia la

superioridad sobre los españoles usurpada; fué lleno su gozo, segun

sus buenos deseos de ir á robar é inquietar y sojuzgar las gentes de

aquellas tierras, venirle gente y mantenimientos de nuevo para mejor

poder proseguir lo comenzado. Con este gozo y alegría, que de este

socorro y favor y ayuda rescibió Vasco Nuñez, con poco que le rogaron

que por albricias los presos soltase, lo concedió, y fueron sueltos

y reconciliados con él los que le querian mal; no sabré decir si la

reconciliacion era ficta, ó de verdad, porque los hombres mundanos y

que andan en pecados, no teniendo paz con Dios, pocas veces la suelen

tener dentro de sus corazones, por más que la finjan y la quieran en

la esterior conversacion mostrar. Luégo, desde á pocos dias, segun

creo, se le aguó á Vasco Nuñez aquel grande placer que con su capitanía

general y con lo demas hobo, y, por ventura, le vino en aquellos dos

mismos navíos por vía desta isla, porque por aquellos tiempos no habia

quien desde Castilla á la tierra firme derecho navegase; fué avisado,

ó por Çamudio, el que dijimos haber ido por procurador á Castilla

cuando fué Anciso, ó por cartas de otras personas, como el Rey estaba

contra él indignado por las quejas que dél dió Anciso, y por la muerte

de Nicuesa, y que lo habia condenado en los intereses y gastos, etc.,

por manera, que con aquellas nuevas tuvo buen tártago; y así, desde

adelante, anduvo más temeroso de su caida y con mayores cuidados que

tenia de ántes, temiendo cada dia venir de Castilla quien lo depusiese

de su estado y lastimase.

CAPÍTULO XLVII.

Con estos pensamientos, que no poco le acosaban, y como hombre que

era de mucho ánimo, determinó de se aventurar á acometer la empresa

de ir á buscar la otra mar, y las riquezas que ántes y despues della

se le habian notificado, cosa por entónces tenida (y con razon, pues

se le habia dicho ser necesarios 1.000 hombres), por muy árdua,

para que si saliese con prosperidad de la jornada se le contase por

servicio grande hecho al Rey, é por él le perdonase lo pasado, y si,

por el contrario, muriese en la demanda, sería suelto de sus temores

y cuidados temporales, aunque del juicio divino no quedaba muy

privilegiado. Con este propósito eligió, de los españoles que en la

tierra estaban y de los que habia traido en los dos navíos Cristóbal

Serrano, hasta 190 hombres, los que le pareció ser más varones y para

sufrir mayores trabajos, y un bergantin y diez canoas bien capaces,

donde consigo los embarcó, con la comida necesaria para por la mar, y

armas de lanzas, espadas, ballestas, rodelas y algunas escopetas, y

la principal y que más brava y cruel guerra siempre hizo á los indios

desdichados, que es los perros bravos amaestrados; destos llevó no sé

cuantos. Salió en principio de Setiembre de 513, y muchos indios de

los que tenian por esclavos para que les llevasen las cargas, porque

sin éstos no saben nuestros españoles en estas Indias andar un paso;

fué por la mar hasta la tierra del rey Careta, que tenia por amigo

y le habia dado su hija, creyendo que la casaba, como arriba queda

declarado. Careta le rescibió como de ántes, haciéndole gran fiesta;

dejó allí el bergantin é las canoas, y toma el camino de tierra y

sierras ó montes hácia la tierra de Ponca, con gente que Careta le

dió que le acompañase. El rey Ponca, que siempre tenia sus espías y

recaudo, así como supo que subian sus montañas los españoles, acógese á

su fortaleza acostumbrada, conviene á saber, escondiéndose por lo más

secreto que en toda su tierra hallaba. Envíale Vasco Nuñez mensajeros

de los indios, vasallos de Careta, que lo asegurasen y le prometiesen

de su parte que no rescibiria ningun daño, que fuese su amigo, como

lo era Careta, dende adelante. Acordó de se poner á sus manos, por no

andar el triste fuera de su casa y señorío desterrado, y así vino, y

porque sabia que la mejor causa de querello bien los españoles era

traelles oro, que tanto ellos amaban, trujóle obra de 110 pesos de

oro, que no tenia más, diciendo que todo lo que tenia el año pasado

se lo habian ellos tomado; bien se puede aquí creer, que si tuviera

muchos millares que no los dejara en casa, pues venia á ponerse en

sus manos y con temor si le habian de guardar la palabra. Rescibiólo

Vasco Nuñez y los demas con mucha alegría, y con mejor gana que si les

diera mucho oro, por dejar las espaldas seguras prosiguiendo su viaje.

Dióle Vasco Nuñez muchas cuentas, y espejos y cascabeles, y, lo que más

los indios siempre preciaron y precian, hachas de hierro, las cuales

hallan, para sus ejercicios y hacer sus casas y cortar madera y otras

obras, como lo son, más que otra cosa aparejadas. Hecho amigo Ponca,

pídenle guías y gente que les lleven las cargas para subir las sierras

y pasar adelante; dáles Ponca todo lo que pidieron, y mantenimiento,

de todo lo que tenia, muy á la larga. Comienzan su camino por las

montañas altas, entrando en el señorío y distrito de un gran señor

llamado Quarequa, el cual hallaron aparejado para resistilles, porque,

como la fama de los españoles por todas las provincias volaba, cada

uno de los señores estaba no descuidado, ántes apercibido con sus

espías y gente armada para se defender, temiendo que cada dia habian

de venir á ellos y hacerles las obras que dellos habian rescibido sus

vecinos y comarcanos. Este Quarequa les ocurrió con muy mucha gente

de guerra, armada de sus arcos y flechas, y unas tiraderas con que

arrojaban unas varas tostadas del tamaño de dardos, arma que para en

gente desnuda era muy mala, que como con una ballesta de garrucha

pasarian un hombre de parte á parte; traian macanas hechas de palma,

que es como de acero, de que usan, como de porras, á dos manos, puesto

que son chatas ó llanas. Con este aparato salieron preguntándoles qué

querian ó á qué venian, y requiriéndoles que no pasasen adelante, y

como vieron que los españoles no acordaban de se volver, muéstrase el

señor en la delantera vestido de mantas de algodon, y con él ciertos

principales, todos los demas en cueros, y dan en los españoles con gran

grita é ímpetu espantable. Sueltan los españoles ciertas escopetas de

fuego, y algunas ballestas que llevaban, de los tiros de las cuales

cayeron muertos luégo no sé cuántos, y como vieron los pobres indios

salir el fuego y oyeron el trueno, pensaron que eran rayos, y que los

españoles tenian poder para con rayos matallos; vuelven apriesa las

espaldas, sin quedar uno que huir pudiese, todos tan espantados, que

no creian sino que los nuestros eran diablos. Van tras ellos, sueltos

los perros, como tras una grey de ovejas ó carneros, y á cuchilladas,

á unos cortaban las piernas y desjarretaban, á otros los brazos, á

otros alcanzaban y cortaban las nalgas, á otros á estocadas pasaban

de parte á parte, á otros desbarrigaban, y los perros, por su parte,

desgarraban y hacian muchos pedazos. Quedó muerto allí el negro Rey

y señor, con sus principales, que venian, señalados, y hasta 600

hombres que pudieron alcanzar; prendieron algunos y llegaron al pueblo

donde captivaron otros, y robaron todo lo que valia algo, no supe qué

cantidad en él hallaron. Entre los presos que allí tomaron, fué un

hermano del mismo señor, y otros, no sé cuántos, que, diz que, andaban

vestidos de hábito de mujeres, á los cuales, juzgando que del pecado

nefando eran inficionados, los mandó luégo, sin otra indagacion ni

juicio, aperrear, conviene á saber, echar á los perros bravos, que,

mirándolos y regocijándose, como si miraran una graciosa montería, en

un credo los despedazaron. Todas estas obras, que por aquella tierra

Vasco Nuñez y sus compañeros hacian, era disponer aquellas gentes

para que amasen el nombre cristiano y se aficionasen para rescibir

la religion cristiana; bien creo que pensaban los pecadores que

ofrecian á Dios algun sacrificio agradable, so color que punian ó

castigaban los quebrantadores de la ley natural, no advirtiendo, con su

ceguedad, cuántas más veces ellos á cada paso la quebrantaban con muy

mayores ofensas de Dios, destruyendo aquellos reinos y tantas gentes

en ellos, y haciendo heder el nombre de Jesucristo entre aquellas

naciones, con sus obras tan detestables, como dellos dijo Sant Pablo.

Y que fuera verdad muy bien averiguada que aquellos que traian aquel

hábito mujeril era por aquel pecado, ¿quien hizo juez á Vasco Nuñez,

ó con qué autoridad se constituyó Alcalde en señorío y jurisdiccion

ajena, siendo él súbdito de aquellos naturales señores por estar en su

tierra, y que de justa justicia, por sus tiranías, invasiones y robos

tan universales, y por toda ley natural, divina y humana, dañados, si

fuerzas tuvieran, podian hacerlos cuartos y tajadas? Cuanto más que áun

traer algunos aquel hábito podia ser por otra causa, sin pensar en cosa

del pecado nefando; ésto parece poder haber sido, por lo que refiere

Galeno sobre Hypocras, en el tractado de _Aere et aqua_: Cuenta Galeno

allí, que muchos de los scythas, naturales de Scythia, region última

de Europa, porque hay otra en Asia, son como eunucos, inhábiles para

ser casados, por lo cual hacen todos los oficios de las mujeres, así

en hablas como en obras, y llámanlos afeminados oficios, digo, no de

vicios sino honestos, los que las mujeres hacen, á los cuales adoran

y reverencian los vecinos de aquella tierra, temiendo no les acaezca

el mismo defecto que aquellos padecen; aquel defecto atribuyen á Dios

ó á la voluntad de Dios, por sus pecados. La causa de venir ó caer en

él, dice Galeno que le parece ser la vieja y continua costumbre que

tienen de andar á caballo, porque les vienen ciertos dolores, y de

traer las piernas siempre colgadas hácense algo cojos, y, creciendo la

cojedad, encójenseles las chuecas de los piés ó desencajánseles, para

cura de lo cual sángranse de ambas á dos venas detras de las orejas,

y, por la mucha sangre que les sale, sucédeles flaqueza, y luégo tras

ella el sueño; habiendo dormido, algunos se levantan sanos, y algunos

no, y porque las venas detras de las orejas son de tal naturaleza,

que sangrándolas causan esterilidad, de aquí es que, cuando quieren

tener la secreta conversacion con sus mujeres, se hallan estériles, y

la primera vez pasan pacientemente, pero á la segunda, ó á la tercera

creen haber ofendido á Dios, y por consiguiente ser su voluntad en

aquello castigarlos. Luégo, dice Galeno, que se visten trajes ó

vestidos de mujeres, y confiesan públicamente ya no ser hombres,

sino afeminados hechos, y, por tanto, se pasan al consorcio de las

mujeres para ejercer los oficios y operaciones mujeriles con ellas.

En este daño é inconveniente incurren los más nobles y más ricos,

principalmente, por causa de andar á caballo más á la contina, pero los

pobres y de baja suerte que no alcanzan caballos, en tal oprobio nunca

se vieron; todo ésto es de Galeno. Luégo posible cosa fué, que no por

fin de cometer aquel vicio nefando se usase traer los hombres hábito de

mujeres por aquella tierra firme, y, por consiguiente, haber ofendido

gravísimamente á Dios Vasco Nuñez y sus consortes, aperreando aquellos

indios por aquel título, aunque tuviera jurisdiccion y fuera competente

juez, cuanto más que no lo era sino súbdito, él y todos los que con él

iban, de aquel Cacique y señor de aquella tierra, como queda dicho.

CAPÍTULO XLVIII.

Ya iban algunos de los españoles, de hambre y cansancio, enfermos,

á los cuales dejó Vasco Nuñez allí en el pueblo del cacique y señor

Quarequa, y pidióles gente de guía y para llevar sus cargas, para

despedir algunos de los de Ponca, y con ésto comienzan á proseguir

lo que les restaba para llegar á la cumbre de la sierra, de donde

la otra mar del Sur decian que se habia de ver. Habria, desde el

pueblo del cacique Ponca hasta la dicha cumbre de aquellas montañas,

andadura de seis dias, como 40 leguas, y no pudieron llegar á ella

sino en veinticinco dias, por la aspereza de la tierra, y porque

siempre padecian penuria de comida, y el poco descanso que de contino

tenian. Finalmente, llegaron á la cumbre de las más altas sierras á

25 dias de Setiembre de dicho año de 1513, donde la mar del Sur se

parecia. Avisaron los indios de Quarequa, un poco ántes que á la cumbre

subiesen, á Vasco Nuñez, como estaban ya muy cerca; manda que todos

allí se paren y asienten, sube él sólo en la cumbre de la sierra, y,

vista la mar del Sur, da consigo luégo en tierra hincado de rodillas,

y alzadas las manos al cielo da grandes alabanzas á Dios, por la

merced tan grande que le habia hecho en que fuese el primero que la

descubriese y viese; llama con la mano á toda la otra su gente, vienen

todos, torna él otra vez á hincarse de rodillas y á repetir las gracias

á Dios de aquel beneficio, y lo mismo hacen todos ellos. Los indios

que llevaban estaban todos como atónitos viendo el regocijo y alegría

dellos. Comienza luégo á encarecer las buenas nuevas que le habia

dado el hijo del rey Comogre, y prometíales á todos gran felicidad y

riquezas, y diciendo: «Veis aquí, señores y hijos mios, cómo se van

cumpliendo nuestros deseos y el fin de nuestros trabajos, y dello

debemos estar ciertos, porque, así como ha salido verdad lo que el

hijo del rey Comogre nos certificó desta mar, que nunca tal pensamos

ver, así tengo por cierto que se cumplirá lo que nos dijo de haber

incomparables tesoros en ella, y Dios que nos ha ayudado y su bendita

Madre, á que hasta aquí llegásemos y la viésemos, nos favorecerán para

que de todo lo que en ella hobiere gocemos.» Todos se holgaban de

oillo y todos creian y esperaban lo mismo, porque todos estaban con

aquel pio de ser ricos, y no era de todos más de un fin, que era su

grande cudicia. Comienza luégo á tomar por fe y testimonio, como, en

nombre de los reyes de Castilla, tomaba posesion de aquella mar, y de

todo lo que en ella habia, y en señal de posesion corta árboles, hace

cruces, allega piedras y amontona muchas dellas; en árboles grandes,

con un cuchillo, escribe el nombre de los reyes de Castilla. Cura luégo

de descender las sierras abajo, y descubrir lo que por ellas y en la

costa de la mar habia; supo que cerca de allí estaba la poblacion ó

poblaciones de un otro señor, llamado Chiapes, y que tenia mucha gente.

Fué siempre sobre aviso, y porque no ménos lo estaba el Chiapes, por

las nuevas que de los nuestros tenia, salióles al camino con mucha

gente de guerra á resistilles, haciendo fieros como se ven tantos en

número y á los nuestros tan poquitos, hasta que por experiencia, con

daño grande suyo, saben cómo cortan nuestros cuchillos; no por eso

huyen ni se retraen los nuestros, ántes, lo primero, saludáronlos con

las escopetas y ballestas, y luégo sueltan los perros. Como los indios

vieron el fuego que salia de las escopetas, y oyeron los truenos que

retumbaban por aquellos montes, y el hedor de la pólvora y piedra

zufre, y que parecia que le salia todo de las bocas, no pensaron sino

que se les abrian los infiernos, y vistos de sí mismos los caidos

muertos, y los perros que destripaban á los que acometian, vuelven

las espaldas todos por salvarse, cada uno huyendo cuanto más podia.

Siguen los españoles tras los perros, matando algunos de los que

alcanzaban, para pagar las primicias de su evangelio, puesto que no

todos los que matar pudieran, porque por entónces no pretendian matar

muchos sino prender, para por medio de los presos hacer amistad con

el señor Chiapes, porque no se impidiese su camino que llevaban de

descubrir lo que por aquella costa y mar habia. Llegan al pueblo, y de

los muchos que prendieron soltaron algunos, que fuesen por mensajeros

al señor, y con ellos algunos de los que del señor que quedaba atras,

Quarequa, traian, avisándole y asegurándolo de no hacelle más mal con

que fuese su amigo, porque, de otra manera, que le hiciesen cierto

que ni él ni cosa suya quedarian vivos; el cual, temiendo que no le

echasen rayos, truenos, ni relámpagos por la boca para consumillos,

como tenian creido, acuerda de venir y ponerse en manos de sus tan

molestos enemigos. Trujo consigo 400 pesos de oro, que no debia de

tener más, porque puesto que lo habia por aquella tierra, pero como

hacian poco y ningun caudal dello, no curaban de propósito sacallo,

sino era acaso; recibiólo Vasco Nuñez y todos muy graciosamente, y

dióle de las cosas de Castilla que tenia, contezuelas de vidrio,

espejos, cascabeles, tijeras y hachuelas. Despidió de aquí Vasco

Nuñez los indios que traia del pueblo de atras, y del señor Quarequa,

dándoles de las mismas cosillas, con que fueron, aunque mal pagados,

contentos, y envió á llamar los españoles que allí habian quedado mal

dispuestos; entre tanto que venian estuvo en aquel pueblo de Chiapes

con él, haciendo y rescibiendo buen tractamiento, y envió desde allí á

descubrir la costa de la mar y lo que habia por la tierra á Francisco

Pizarro, y Juan de Escaray, é Alonso Martin, de Don Benito, con cada

12 hombres, mayormente que buscasen caminos que á la mar saliesen por

más cerca. El Alonso Martin acertó con el camino más breve, y á los

dos dias llegó donde halló tres canoas en seco y no vido mar ninguna,

y estando considerando cómo aquellas canoas estaban tan dentro en la

tierra sin agua, llega el agua de la mar de presto, y levanta las

canoas en alto un estado ó poco ménos; la causa es, porque por aquella

costa cresce y mengua la mar, cada seis horas, dos ó tres estados, de

manera que los navíos grandes quedan en seco, y no parece agua de

la mar por buena media legua. Visto las canoas nadar, entra luégo el

Alonso Martin en una, y dice á sus compañeros, «sedme testigos, como

yo soy el primero que en la mar del Sur entra», otro, llamado Blas

de Atienza hizo lo mismo, y dijo que fuesen testigos que él era el

segundo que aquello hacia; tornaron luégo á Vasco Nuñez con las nuevas,

con las cuales hobieron todos regocijo nuevo. Venidos los españoles

que dejó en Quarequa, ruega Vasco Nuñez al señor Chiapes que vaya con

él y lleve consigo parte de su gente; place á Chiapes hacelle buena

compañía, y dejado en su pueblo parte de los españoles que, no tan

bien, por su cansancio é indispusicion, podian ir, llega Vasco Nuñez

y Chiapes, con 80 españoles y muchos indios, á la mar, y métese hasta

los muslos en ella con una espada y una rodela, toma luégo testigos

y pide testimonio, como vé y toca con su persona y toma posesion de

toda aquella mar del Sur y de todo lo que á ella pertenecia, en nombre

de los reyes de Castilla, y que esta posesion defenderá contra todos

los que la contradigan, y hace para ésto muchos actos y diligencias.

Tomó nueve canoas, que debian ser de Chiapes, y pasa un gran rio

para ir á la tierra y pueblos de otro señor llamado Coquéra, la

media luenga: éste, sabido que iban los españoles á su tierra, sale

con toda su gente á les resistir, el cual llevó, como los de atrás,

en la cabeza: matáronle alguna gente, y él con los demas toman su

ordinario remedio. Envia Vasco Nuñez algunos de la gente de Chiapes,

amonestando que venga á ser su amigo, si nó que hará en ellos lo que

en los otros suele; hicieron los mensajeros chiapenses su mensaje

fielmente, loando á los españoles de buenos, y que no querian sino

oro, y tener á todos por amigos, que viniese á ellos sin miedo, porque

así lo habian hecho su señor Chiapes y los otros señores de aquella

tierra, y que si no lo hacian padecerian gran peligro, porque eran los

cristianos invictísimos, etc.; bien habian entendido las cualidades

de los nuestros, y cuán seguros creian que los tristes estaban de la

bondad y justicia de los nuestros, aunque en el fin dellos no iban

muy aviesos. Finalmente, hizo Quarequa lo mismo que los otros, y vino

con su ofrenda, que fueron 650 pesos de oro, pocos más ó pocos ménos;

rescibióle Vasco Nuñez con mucho placer, dále de las cosas de Castilla,

como á los primeros, ofrecénle amistad y paz, puesto que se les tornó á

todos en la de Judas, y los cascabeles y cuentas que les daban, en cebo

de anzuelos y carne de buitrera.

CAPÍTULO XLIX.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 8 / 38 段