Acaeció tambien, ántes que llegase al rio Negro Vasco Nuñez, que como

el triste y desventurado Cacique y señor Abenamachéi, cortado su brazo,

anduviese huyendo por los montes por no caer otra vez en manos de los

españoles, y topase con el otro señor Abibeyba, que vivia en las casas

de los árboles, á quien tomaron la mujer y hijos por rehenes hasta

que trujese el oro, que por verse fuera de su poder habia fingido ó

mentido que traeria, el cual, eso mismo, traia la vida y destierro

padecia que aquel otro, juntos comenzaron á contarse sus trabajos y

llorar su desventura, como cada uno puede juzgar qué harán viéndose

así tan corridos y tan sin razon y justicia lastimados y afligidos;

acordaron ambos de se ir á guarecer á la tierra y casa de su pariente

y vecino el Cacique, poco há dicho, Abrayba, el cual, como los vido,

comienza de llorar con grandes gemidos, y ellos á respondelle con

abundancia de dolorosas lágrimas; las cuales de ambas partes algo

aplacadas, díceles Abrayba: «¿Qué desventura es ésta, hermanos, que

ha venido sobre nosotros y nuestras casas? ¿Qué habemos hecho á esta

gente que se llaman cristianos, desdichados de nosotros, que viviendo

en nuestra paz y tranquilidad, y sin ofender á ellos ni á otra persona

alguna, así nos han turbado y afligido, y, de toda nuestra órden de

vivir hecho agenos y desbaratados? ¿Hasta cuándo habemos de sufrir la

crueldad destos, que tan perniciosamente nos tratan y persiguen? ¿No

será ménos penoso una vez morir, que padecer lo que tú Abibeyba, y tú

Abenamachéi, y lo que Cemaco, y Careta, y Ponca, y todos los otros

Reyes y señores desta nuestra tierra, de esta gente tan cruel han

padecido y con tantos dolores llorado, viendo ante sus propios ojos

llevar captivos sus mujeres, sus hijos, sus deudos, sus vasallos, y

de todo cuánto poseian ser privados? A mí áun no han llegado, pero,

¿qué puedo yo esperar de mí y de mi casa, y de todo lo que poseo,

sino ser corrido, y perseguido, y muerto, y de todo mi ser y haber

despojado, de la manera que á vosotros éstos os han tratado? Probemos,

pues, nuestras fuerzas, y hagamos lo que pudiéremos, especialmente

comencemos por aquellos que á tí, Abenamachéi, cortaron el brazo, y

de tu casa desterraron quedándose ellos en ella, y demos en ellos,

que son pocos, ántes que otros se junten con ellos, porque, aquellos

muertos, los demas ó se irán ó temerán de nos hacer más daños, y si los

quisieren acrecentar ternemos aquellos ménos contra quien hobiéremos

de tener pelea.» Pareció buen consejo á todos; determinan el cuando,

y juntan obra de 500 ó 600 hombres, desnudos, con sus armas cuasi de

niños, y así les sucedió como á desarmados y desnudos, porque acaeció

que la noche ántes, por ventura, que diesen en los del rio Negro,

llegaron allí 30 españoles que habia enviado Vasco Nuñez delante;

el dia, pues, que determinaron, en esclareciendo, con una terrible

grita, la cual, cierto, siempre fué más dura y temerosa de oir que sus

armas, dieron en ellos, no sabiendo nada de los 30 que habian llegado.

Hiciéronles de aquel ímpetu poco daño, y los españoles, que no suelen

estar, andando en estas romerías, muy descuidados, levántanse y dan

en ellos, y á saetadas, con algunas ballestas que tenian, y lanzas, y

á priesa llegandóseles con las espadas, hicieron en la triste gente,

desnuda, tal estrago, que de hechos pedazos y presos, si no fueron

los señores, muy pocos escaparon, y así enviaron al Darien todos los

que habian tomado á vida, por esclavos, los cuales ocupaban en hacer

labranzas y llevar cargas cuando salian fuera los españoles, y en remar

en las canoas y en todos los otros trabajos; algo se satisficieron

los que quedaron vivos y no captivos deste rompimiento, pero ningun

remedio tuvieron los captivos, y mucho ménos los muertos, pues sin

fe y sacramento se fueron al infierno. Habida esta victoria, los

españoles que estaban con Rodrigo de Colmenares, y juntado con ellos

Vasco Nuñez, acordaron venirse al Darien y dejar en aquel pueblo

de Abenamachéi y rio Negro 30 hombres, para guarda de la tierra,

porque los indios no se rehiciesen, y por cuadrillero ó Capitan á un

Bartolomé Hurtado con ellos; y porque no podian estar ociosos, y el

ejercicio suyo no era ni suele ser en estas Indias sino ir á saltear,

y robar, y captivar los que están quietos en sus casas, que ellos le

pusieron por nombre ranchear, prendieron alguna gente que andaba por

los montes huida; desta gente presa determinaron enviar al Darien 24

indios por esclavos, y con ellos 21 españoles que debian de estar mal

dispuestos ó por alguna otra causa, quedándose el Hurtado con los 10 no

más, creyendo que por él quedaba ya sin peligro todo el campo. Todos

estos indios y cristianos se metieron en una grande canoa que habian

tomado, la cual era para tantas personas capaz; los indios lastimados,

gente del cacique Cemaco, señor del Darien, el primero de aquella

tierra agraviado, que comian talega tras tomallos descuidados, ó como

quiera que los hallasen acaballos, salieron con cuatro canoas en pos

de aquella, bien esquifadas, y dieron en ella con sus lanzas tostadas

y macanas, que usan en lugar de porras. Mataron parte dellos y los

demas todos en el rio, sino fueron dos sólos, se ahogaron; éstos dos

se escaparon en dos palos que traia el rio de avenida, y cubriéndose

con ciertas ramas que á la mano les vinieron, no mirando los indios

en ellos, con la priesa que traian en matar, creyendo que era basura

que traia el agua. Salidos en tierra los dos, como mejor pudieron,

fueron á dar las nuevas á Bartolomé Hurtado, y á los 10 que con él

quedaban, los cuales, con harta tristeza y amargura, desmayados,

comenzaron á platicar en el peligro que tenian, y como en aquel rio

Negro les iba tan mal, determinaron de se ir al Darien lo más presto

que pudiesen, si pudiesen escaparse; pero inquiriendo entre los indios

que consigo presos tenian, y quizá á algunos atormentando sobre que

les dijesen lo que sabian de la gente de la tierra dónde andaba, y

qué intencion traia ó qué ordenaban, hallaron quien les dijo, que los

cinco Reyes ó Caciques, conviene á saber, Abibeyba, cuya mujer y hijos

le tomaron los nuestros por rehenes, Cemaco, el señor de Darien que

dijimos primero agraviado, Abrayba, á quien áun no habian llegado, y

Abenamachéi, señor del rio Negro, á quien cortaron el brazo, y Dabayba,

el que huyó y no osó esperallos, y á quien tomaron las muchas canoas y

los 7.000 castellanos, habian determinado y conjurádose para en cierto

dia venir sobre el Darien, y matar todos cuantos de los españoles allí

é por la tierra hallasen, para lo cual, tenian maherido y ayuntado

toda la gente de la tierra de sus vasallos, pero desnudos y con las

armas que arriba hemos señalado, las cuales, sin hierba mortífera de

las que algunas provincias usaban, son nada. Con este aviso se fueron

Hurtado y sus nueve ó diez compañeros al Darien, aunque no sin peligro

de ser de los indios tomados. Puso esta nueva en todos los españoles

gran espanto, aunque, como no tenian dello certidumbre, ya lo creian,

ya no lo creian, ni hallaban persona que les certificase cosa dello,

como toda la tierra por miedo dellos estuviese sola, y la gente della

huyendo aventada; pero súpose la conjuracion desta manera: Vasco Nuñez,

de las muchas mujeres que habia traido captivas de por aquella tierra,

tenia en su casa una por amiga, de quien hacia tanto caso y tenia

tanta estima, como si su mujer fuera legítima, ésta tenia un hermano

que mucho la amaba, y deseaba en gran manera verla libre, vasallo del

cacique Cemaco, señor natural del Darien, y de aquel pueblo ó pueblos,

ó provincia, y de los principales privados de su casa, el cual muchas

veces la visitaba secreta y disimuladamente, so color que era uno de

los otros comunes indios, y una noche vino á ella y díjole: «Hermana

muy amada mia, escucha bien lo que agora te quiero decir, y mira que

guardes secreto, porque en ello nos va á todos la libertad y la vida,

y si tú deseas tu bien y el de toda nuestra nacion, calla y está sobre

aviso; ya ves cuánta es la maldad de aquestos cristianos, sábete que

ya los señores desta tierra determinan de más no sufrírsela, y así

están concertados cinco señores, fulano y fulano, de, con todas sus

gentes, para tal dia venir sobre ellos, por agua y por tierra, y para

efecto desto tienen aparejadas cien canoas y 5.000 indios, con sus

macanas, y mucha comida ó bastimento allegado en la laguna ó pueblo

llamado Tichiri ó Tichirico;» y añidió que habian ya dividido entre

sí aquellos cinco señores, los que cada uno habia de matar de los

españoles y hacer captivos, y la ropa y despojo de todo lo que tenian

para sí. Hacian la cuenta sin la huéspeda; siempre los indios, ántes

que del todo conozcan las fuerzas y esfuerzo, é industria y constancia

y armas de los españoles, se engañaron con verse á sí tantos y á ellos

tan pocos. «Por eso (concluyó su plática el hermano á la hermana,

dijo él) está, hermana mia, sobre aviso de te esconder ó mirar por

tí, porque con la priesa, y turbacion, y furor y revuelta de la gente

de guerra, no mirando en tí que eres mujer, no te maten ó maltraten

á vueltas dellos.» Partido della el indiscreto hermano, luégo ella

descubre á Vasco Nuñez todo lo que le habia dicho en secreto, ó porque

amaba á Vasco Nuñez, ó de miedo, olvidada de todo el bien y salud de su

patria, nacion y parentela; lo cual oido por Vasco Nuñez, ruégale que

luégo envíe á llamar á su hermano, so color que quiere tractar de irse.

Dicho y hecho; viene sin tardanza el hermano, préndelo Vasco Nuñez,

dále tormento, confiesa por fuerza y por órden todo lo que, de grado y

con vana confianza del secreto, á su hermana habia dicho. Descubrió,

allende de lo dicho, otro secreto, diciendo que su señor Cemaco, que

le habia enviado 40 indios para que le hiciesen una labranza, puesto

que andaba huido, so color que queria ser su amigo, les habia mandado,

que si viesen que salia á verlos trabajar en ello, trabajasen de lo

matar si pudiesen, y que una vez que salió encima de una yegua, con

una lanza en la mano, no lo osaron acometer por miedo della, y que,

visto Cemaco que por esta particular industria no podia vengarse dél,

acordó de procurar esta general de todos los Caciques, sus parientes

y vecinos, para que, defendiendo el bien universal más á su salvo, se

librasen todos de la persecucion dél y de sus compañeros. Oido ésto,

luégo Vasco Nuñez tomó 70 hombres, sin decir á nadie nada, mandando que

le sigan, sólo mandó á Colmenares que por el rio tomase 60 hombres,

en cuatro canoas, llevando el hermano de la moza por guía, y fuese al

pueblo llamado Tichiri, donde tenian los bastimentos. Vasco Nuñez,

con sus 70 hombres, fué á tres leguas de allí, donde pensaba hallar

á Cemaco, pero no lo halló sino á un pariente suyo, el cual prendió

con ciertos hombres y mujeres; Colmenares hizo más hacienda, porque

halló al Capitan general que habia de regir el ejército, y á muchos

principales señores, con otra gente, bien descuidados de que los

españoles supiesen sus conceptos y artificio. Prendió los más dellos,

y halló el pueblo todo lleno de bastimentos, comida y de muchos vinos;

hizo luégo asaetear al Capitan general, y ahorcar á los principales

todos de sendos palos, delante todos los captivos, porque ésta fué y

es regla general de los españoles en estas Indias, observantísima,

que nunca dan vida á ningun señor, ó Cacique ó principal que á las

manos les venga, por quedar, sin sospecha, señores de la gente y de la

tierra, en los señoríos ajenos durmiendo á pierna tendida, como dicen.

Fué de tanto espanto en toda aquella provincia este inopinable prevenir

los españoles á su peligro, viendo descubierto los indios todo su gran

secreto y desbaratado su artificio, que del todo perdieron la esperanza

de poder prevalecer contra ellos, ni salir de su opresivo yugo, y así

permanecieron en aquel captiverio hasta que dellos no quedó ni uno.

Esta victoria, sin trabajo y sin peligro cuasi habida, hizo luégo hacer

una fortaleza Vasco Nuñez, de muy fuerte madera, ó rehacer y mejorar

la vieja, por estar más seguro si otra junta ó conjuracion, de los ya

descorazonados y miserandos indios, sucediese.

CAPÍTULO XLV.

Aquella provincia toda, de la manera de suso dicha sojuzda, opresa y

fatigada, comenzaron todos á tractar que convenia enviar mensajeros ó

procuradores á Castilla para referir al Rey el estado que la tierra

tenia, y las nuevas que el hijo del rey Comogre les habia dado de la

otra mar y riquezas della, y pedille los 1.000 hombres que afirmaba

ser menester para pasar allá y alcanzallas; de camino tambien avisasen

dello al Almirante y á los Jueces desta isla, y les pidiesen socorro

de gente y bastimentos para entre tanto, porque quizá Valdivia, ó no

hobiese llegado, ó quizá no se hobiese, como así fué, ahogado. Vasco

Nuñez pretendió llevar esta embajada, ó por ganar las albricias y

gracia del Rey, ó por miedo que tuvo del castigo, que sintió merecer

por la repulsa que dió á Diego de Nicuesa, y lo que contra el bachiller

Anciso cometió con los agravios de ambos, pero todos sus amigos y

enemigos le fueron á la mano, no queriendo condescender á que saliese

de la tierra y los dejase, alegando que, como de los indios fuese tan

temido que su persona estimaban más que ciento, saliendo él quedaban

desmamparados. Algunos sospechaban que pretendia no estar allí aislado

para ser punido, si el Rey de los crímenes susodichos lo sentenciaba, ó

por no padecer tan continuos peligros é intolerables trabajos, como ya

tuviese buena pella de oro, queria alzarse á su mano, como creian que

Valdivia y Çamudio habian hecho, pues habia cerca de un año que habian

partido y no asomaban; por manera, que Vasco Nuñez no pudo alcanzar

lo que de su ir á Castilla por Embajador deseaba. Así que, despues

de muchas alteraciones y votos, unos á otros contrarios, finalmente

concurrieron en un parecer ó todos ó los más, y eligieron á un Juan de

Caicedo, de quien arriba, en el libro II, algo hablamos, que habia

ido con Nicuesa por oficial del Rey en aquel armada, hombre cuerdo y

de bien, segun las leyes humanas, y que allí tenia su mujer que de

Castilla consigo habia llevado, de la bondad y auctoridad del cual,

que trataria los negocios con fidelidad, todos confiaban, y en cuanto

á la tornada suya con los despachos, por dejar su mujer allí tampoco

dudaron. Para dalle compañero, comienzan todos otra vez á litigar,

no porque dél desconfiasen, sino diciendo que como iba de tierra y

aires tan diferentes de los de España, podria padecer riesgo su vida

y salud, y si así fuese, como creo que fué, quedarian todos de su

esperanza defraudados, para remedio y resguardo de lo cual convenia

dalle quien lo acompañase, y por falta dél al Rey informase, y lo que

les convenia negociase y suplicase. Sobre quién sería el compañero

de Caicedo tuvieron grandes contenciones y no se concertaban, por lo

cual deliberaron que se echasen suertes entre ciertas personas de los

que allí estaban que eran más estimadas. Cayó la suerte á Rodrigo de

Colmenares, de quien ya hemos muchas veces hablado, la suerte del

cual fué á todos ó á los más agradable, lo uno, porque era hombre

de experiencia en la guerra y en la paz, por mar y por tierra, y se

habia en las guerras de Italia, contra franceses, hallado, lo otro,

porque tenia en el Darien muchas haciendas y labranzas; que como era

Capitan y Vasco Nuñez lo favorecia mucho y ayudaba, de los robos que

hacian, y de los indios que vivos tomaban y hacian esclavos, llevaba

Colmenares, despues de Vasco Nuñez, la mejor parte, y así tenia mucha

gente de la captiva que le labraba, y él que debia ser granjero, quizá

más que otro, y sabia bien aprovecharse, y por tener tanta hacienda,

y que de ser muy rico tenia grande esperanza, confiaban todos que

no dejaria por ninguna cosa de tornar con los despachos buenos que

todos esperaban. Señalados pues los dos, Juan de Caicedo y Rodrigo

de Colmenares, por procuradores, que fuesen al Rey á notificarle su

estado, y representarle sus grandes servicios, y por ellos pedille

mercedes, que tan justa y dignamente habian merescido y bien ganado,

acordaron de hacelle un servicio ó presente, contribuyendo cada uno,

de lo que habia robado con tan gran precio de sangre humana (no supe

cuanto), para que los procuradores ó embajadores al Rey fuesen más

gratos. Y es aquí de notar, que, como los indios de todas aquellas

provincias entendieron que tan sabroso era de oir á los españoles el

oro, y que todo su fin y negocio no era sino saber dónde habia oro, y

dónde se sacaba el oro, y quién poseia oro, ya los indios usaban con

ellos desta industria para les agradar ó suspender sus crueldades, ó

para se descabullir dellos, conviene á saber, fingir que en tales y

tales partes habia inmensidad de oro y que habian de hallar las sierras

y montañas todas doradas. Ellos todo lo creian, porque el cudicioso,

como arriba en otro lugar se dijo, nunca otra cosa contempla, sino al

oro y á la plata, y de mejor gana mira el dinero que al sol, y nunca de

otra cosa tracta, y son palabras de Sant Ambrosio; y porque un indio

les hizo entender que habia un rio donde con redes se pescaba el oro,

lo llevaron los procuradores á Castilla para que lo dijese al Rey,

é, ó porque el indio lo inventó, ó porque ellos lo fingieron, de tal

manera se extendió por todo el reino la fama de que pescaban el oro en

la tierra firme, con redes, desque llegaron, que para ir á pescallo

cuasi toda Castilla se movió, y así, llamaron despues, por Provisiones

reales, aquella provincia, Castilla del Oro, porque los oficiales que

el Rey entónces tenia no eran muy enemigos del oro. Aquí se puede

considerar la liviandad de los hombres y las propiedades de la cudicia

y avaricia, que aquella fama fuese de tanta eficacia que hiciese creer

á muy muchos que verdaderamente con redes se sacase el oro de los

rios; yo oí decir á un clérigo que parecia cuerdo, y de edad no muy

mozo, de los que, por ésta nueva, de Castilla se movieron á pescar

oro, estando yo en la isla de Cuba, donde vino él á parar huyendo de

la tal pesquería, harto hambriento y flaco, y sin un quilate de oro,

que habia dejado en Castilla 100.000 maravedís de renta en un beneficio

que tenia, por venir á pescar el oro, y que, si no creyera que habia

de volverse á Castilla en breves dias, con un arca llena de granos de

oro, tan gruesos como naranjas y granadas, y mayores, no saliera de su

casa, dejando lo que tenia por venir á buscar ménos que aquel oro que

decia; y ésto, con juramento lo afirmaba delante de personas graves,

y á lo mismo me hallé presente. Tornando al propósito, partiéronse,

pues, los dichos procuradores del Darien, por en fin de Octubre, año

de 1512; pasaron muchos trabajos y mil peligros, en un bergantin harto

chico, en que venian, por tempestades frecuentes y terribles, adversos

tiempos, y hambres y sed, por lo cual muchas veces pensaron perecer;

llegaron á la isla de Cuba, á cabo de tres meses, donde los indios

los rescibieron bien, dándoles ó vendiéndoles la comida, que ellos

tanto habian menester, por cosillas de poco precio, como contezuelas

de Castilla, y espejos y cascabeles, y sin ellas lo solian ellos dar y

proveer; bien creo que llegaron á la tierra y señorío del Cacique que

el bachiller Anciso hizo baptizar, y llamar por nombre Comendador, como

arriba en el cap. 24 referimos. Esto no lo averigüé cuando pudiera,

pero júzgolo, porque de allí se toma, comunmente, la navegacion para

esta isla, y debian ya tener noticia de la navegacion que por allí

habia hecho en el primer viaje Valdivia. Finalmente, llegaron á esta

Española, pasados bien cien dias (siendo camino de ocho, si tiempo, el

que convenia, hiciese) despues que del Darien habian partido; argumento

claro de las grandes necesidades y angustias que pasarian. En ésta

gastaron poco tiempo, porque, con brevedad, dada cuenta al Almirante

y á los Jueces, hallaron naos aparejadas para volver á Castilla, en

las cuales se metieron; llegaron á la corte por el mes de Mayo del

año siguiente de 1513. Por este tiempo ya el bachiller Anciso habia

dado al Rey sus quejas, de los agravios que decia haberle Vasco Nuñez

hecho, las cuales oidas y acomulada la perdicion de Nicuesa, de que fué

causa, y como por fuerza y por maña se habia ingerido en la gobernacion

de aquella tierra firme, el Rey se indignó mucho contra él y mandó

que á Anciso se hiciese justicia, y que se procediese contra Vasco

Nuñez segun la órden de derecho, y creo que fué sentenciado en las

costas y daños y menoscabos que habian sucedido á Anciso, cuanto á lo

civil; cuanto á lo criminal, no supe cuál fué la sentencia cuando lo

pudiera saber. Bien es aquí apuntar la ceguedad de Anciso, y áun mayor

la de los del Consejo del Rey, que ni Anciso acusó á Vasco Nuñez de

otros mayores delitos que el que habia cometido contra él, conviene á

saber, las matanzas que habia hecho y hacia en los indios que estaban

seguros en sus casas y tierras, sin ofendelles; pero de Anciso no es de

maravillar, pues fué al principio tan culpado como el más de los del

Consejo, que eran obligados á lo saber. ¡Qué quisiesen castigar á Vasco

Nuñez por haber sido causa de la muerte de Nicuesa y de diez ó once

que perecieron con él, y tuviesen por agravio grande y lo condenasen

á pagar las costas y pérdidas de hacienda, que Anciso habia incurrido

por su causa, y no advirtiesen á las tiranías y estragos de muertes

y captiverios, robos é infamia tan escandalosa de la fe y religion

cristiana, que hacia y causaba él y los que con él andaban en aquellas

tantas y tan inculpables gentes! Ya queda en algunos lugares arriba

dichos cuán culpables los del Consejo de los Reyes siempre fueron cerca

de esta materia de los indios, por cuya ignorancia todos los daños y

males perpetrados por los españoles procedieron, y por consiguiente,

ninguna duda se debe, si no me engaño, tener, que no sean de todos

ellos culpados y reos.

CAPÍTULO XLVI.

Historia de las Indias (vol. 4 de 5) · 第 7 / 38 段