que le pareció poner en la villa de Baracóa, repartídoles los indios
de las provincias de Maycí, la última luenga, y de Bayatiquirí, la
misma luenga, y no olvidando en el repartimiento á sí mismo y á su
suegro el tesorero Cristóbal de Cuéllar, y á los que allí más queria,
y todos ellos dándose priesa en buscar y sacar oro con los desnudos
indios, determinó de venir á juntarse con el capitan Narvaez y el Padre
y la demas gente, y ver la tierra de entre medias, y considerar los
lugares donde convernia constituir ó asentar pueblos de españoles,
para lo cual escribió que de la Habana se acercasen poco á poco hácia
donde él venia, y parasen en el puerto Xagua, donde Sebastian de
Campo habia dejado los cuatro españoles con las tres pipas de vino,
y así lo hicieron, y vinieron á esperalle al puerto de Xagua, donde
dijimos arriba, en el libro II y en éste, los indios tener corrales de
inmensidad de lizas, y haber grande abundancia de aves, y señaladamente
perdices; habia sin ésto copia mucha de todo bastimento. Llegó al fin
Diego Velazquez con algunos españoles por la tierra, y por la mar en
canoas, al dicho puerto de Xagua, donde Narvaez y los demas estaban,
y aposentáronse todos en la una isleta, de tres que tiene el puerto,
donde habia un buen pueblo de indios, en la cual estuvieron algunos
meses todos, sirviéndoles los indios como á Dioses cuanto les era
posible. En este tiempo envió á descubrir minas, por un rio arriba,
grande y muy gracioso en su ribera, llamado Arimáo, la penúltima
luenga, que sale á la mar, media ó una legua fuera del puerto; hallaron
muy ricas minas y de oro muy fino, como el de Cibao desta isla, y áun
es harto más blando, y por ésto creo que en más, de los plateros,
tenido. Aquí comenzó Diego Velazquez á pensar en asentar por allí al
rededor una villa, y á encomendar ó repartir los indios, y entre los
otros vecinos, que para la poblacion della se asentaron, fué el dicho
padre Casas, al cual, como á hombre que mucho habia en todos aquellos
caminos servido y trabajado, asegurando la mayor parte de aquella isla,
y excusando hartas muertes de indios, le dió un muy buen repartimiento
dellos, allí cerca del puerto de Xagua, en un pueblo llamado en lengua
de indios, creo que Canarreo; aquel Padre tenia estrechísima amistad
de muchos años atras en esta isla Española con un hombre llamado Pedro
de la Rentería, varon de gran virtud, cristiano, prudente, caritativo,
devoto, y más dispuesto, segun su inclinacion, para vacar á las cosas
de Dios y de la religion, que hábil para las del mundo, las cuales él
tenia en harto poco y se daba poco por ellas, y ni se sabia dar maña
para las adquirir; era franquísimo, tanto, que se le podia más atribuir
á vicio y descuido el dar, segun lo poco que tenia, que á discrecion y
á virtud. Entre las otras sus buenas costumbres, resplandecian en él
la humildad y castidad, porque era limpísimo y humilísimo, y, para con
una palabra notificar sus muchas virtudes, habia sido ó criado, ó que
habia seguido la doctrina del Santo, primero arzobispo de Granada; era
latino y tenia sus libros de los Evangelios con la exposicion de los
santos en que leia, era muy buen escribano, siempre donde vivió, en
esta isla Española y en la de Cuba, tuvo cargo de justicia ó Alcalde
ordinario, ó Teniente de Diego Velazquez. Fué hijo de un vizcaino de
la provincia de Guipúzcoa, hombre virtuosísimo, y de una dueña, que
debia ser labradora, de la villa de Montanches en Extremadura. Entre
aqueste siervo de Dios y el dicho Padre, allende la amistad estrecha y
antigua que tenian, no habia cosa partida, sino que todo lo que ambos
poseian era de cada uno, y ántes todo se podia decir ser del Padre que
de el Rentería, porque lo gobernaba y ordenaba todo, como fuese más
ejercitado _in agibilibus_, y en las cosas temporales más entendido,
porque el oficio de Rentería y ocupacion no era sino rezar, y de su
recogimiento y soledad muy amigo, y de las haciendas ó bienes no tenian
más cuidado del que dije. Así que, como Diego Velazquez trujese de
la villa de Baracóa consigo al Pedro de la Rentería, dióle indios de
repartimiento juntamente con el Padre, dando á ambos un buen pueblo y
grande, con los cuales el Padre comenzó á entender en hacer granjerías,
y en echar parte de ellos en las minas, teniendo harto más cuidado
dellas que de dar doctrina á los indios, habiendo de ser, como lo era,
principalmente aquel su oficio; pero, en aquella materia, tan ciego
estaba por aquel tiempo el buen Padre, como los seglares todos que
tenia por hijos, puesto que en el tractamiento de los indios siempre
les fué humano, caritativo y pio, por ser de su naturaleza compasivo,
y tambien por lo que de la ley de Dios entendia; pero no pasaba ésto
mucho adelante de lo que tocaba á los cuerpos, que los indios no fuesen
mucho en los trabajos afligidos, todo lo concerniente á las ánimas
puesto al rincon, y del todo punto por él y por todos olvidado, plaga
que Nuestro Señor ha permitido en todo género de personas de nuestra
España en estas Indias, por sus secretos juicios. Señaló, pues, Diego
Velazquez el lugar donde se asentase una villa, nueve ó diez leguas del
puerto de Xagua hácia el Oriente, porque estaba más en comarca de los
más pueblos de los indios, donde hacia una manera de puerto, harto mal
puerto, porque allí se perdieron despues algunos navíos; quiso que se
llamase la villa de la Trinidad, como si la Santísima Trinidad hobiera
de ser allí servida. Ordenó que se poblase otra villa más dentro en la
tierra, cuasi en medio de las dos mares del Sur y del Norte, y llamóla
la villa de _Sancti Spiritus_; otra señaló en el puerto del Príncipe á
la costa del Norte, y otra en el Bayámo, que creo que se llamó la villa
de Sant Salvador, y otra en el puerto de Santiago, que despues fué
ciudad y cabeza del Obispado de aquella isla. Y así, con la primera,
que fué la de Baracóa, hobo al principio seis villas, despues el tiempo
andando, se pobló la del puerto de Carenas, que agora se llama la de
la Habana, y es la que más concurso de naos y gente cada dia tiene,
por venir allí á juntarse ó á parar y tomar puerto de las más partes
destas Indias, digo de las partes y puertos de tierra firme, como es de
Sancta Marta, Cartagena, del Nombre de Dios, de Honduras, y Trujillo, y
puerto de Caballos, y Yucatán, y de la Nueva España. Esto es por razon
de las grandes corrientes y vientos brisas que siempre corren entre
la tierra firme de Paria y toda aquella costa y esta isla Española,
porque acaecia estar una nao, desde Sancta Marta, ó Cartagena ó Nombre
de Dios, ocho ó diez meses que no podia tomar este puerto de Sancto
Domingo, que no son más de 200 ó 300 leguas, y así hallaron ser ménos
trabajoso y costoso y más breve andar más de 500 (y áun para hasta
llegar á Castilla, se rodean más de las 600 para las naos que salen de
Sancta Marta y Cartagena); así que todas las naos se juntan ó vienen á
tomar puerto á la Habana de los puertos y partes dichas. Señalados los
lugares para las dichas villas, y para cada una señalados los vecinos
españoles, y repartídoles los indios de la comarca, dánse priesa los
españoles á hacer sudar el agua mala á los pobres y delicados indios,
haciendo las casas del pueblo y labranzas, y cada español que podia
echarlos á las minas, y si no en todas las otras granjerías que
podian. De allí envió Diego Velazquez á Narvaez á pacificar, como
ellos dicen, la provincia última, que está al cabo más occidental de
aquella isla, que los indios llamaban de Haniguanica; no me acuerdo
con cuánto derramamiento de sangre humana hizo aquel camino, aunque
estuve presente á su ida y su venida, por ser el negocio tan antiguo, y
pudiéralo despues, dél y los que con él fueron, haber muy bien sabido y
averiguado. Y porque ya todo lo que más hay que decir de aquella isla,
con parte de lo ya dicho, pertenece al año de 14 y 15 sobre 500, será
bien dejallo aquí hasta su tiempo, y tornar sobre lo acaecido en el año
de 512 y 13 y 14 en esta isla, y en las otras partes que por aquellos
tiempos se trataban destas Indias.
CAPÍTULO XXXIII.
Ya dijimos en el cap. 19, como el siervo de Dios, padre fray Pedro de
Córdoba, que trujo la órden de Sancto Domingo primariamente á esta
isla, fué á Castilla, y lo que allá hizo, y el crédito que el Rey
católico le dió, y en la veneracion en que lo tuvo, y como, viendo
que la perdicion de los indios creciendo iba por la ceguedad de los
que aconsejaban al Rey, letrados, teólogos y juristas, y conociendo
juntamente, que donde hobiese españoles no era posible haber
predicacion, doctrina, ni conversion de los indios, suplicó al Rey que
le diese licencia para se ir con cierta compañía de religiosos de su
Órden, á tierra firme, la de Paria, y por allí abajo, donde españoles
no tractaban ni habia, y el Rey, como católico, se holgó mucho dello y
le mandó proveer de todo lo necesario para su viaje y estada en tierra
firme á sus oficiales desta isla; conviene agora tractar de cómo tornó
el venerable Padre con sus provisiones á esta isla, y cómo puso por
obra su pasada á tierra firme. Presentadas las provisiones Reales á los
oficiales del Rey, luégo las obedecieron, y, cuanto al cumplimiento, se
ofrecieron de buena voluntad, cada y cuando que quisiese, á complillas,
y entretanto que se aparejaba, despachó él todos los religiosos que
habian de ir, los bastimentos y aparejos para edificar la casa, y
todo lo demas que habian de llevar, y dónde y cómo habian de poblar;
deliberó el siervo de Dios de enviar primero tres religiosos á tierra
firme, como verdaderos Apóstoles, para que, solos entre los indios de
la parte donde los echasen, comenzasen á predicar y tomasen muestra de
la gente y de la tierra, para que de todo avisasen, y sobre la relacion
que aquellos hiciesen lo demas ordenar. Pidió, pues, á los oficiales
del Rey, el dicho padre, que mandasen ir un navío á echar á aquellos
tres religiosos en la tierra firme, la más cercana desta isla Española
y los dejasen allá, y despues, á cabo de seis meses ó un año, tornase
un navío á los visitar y saber lo que habia sido dellos. Los Oficiales
lo pusieron luégo por obra, y mandaron aparejar un navío que los
llevase; dista desta isla, aquella parte de tierra firme, 200 leguas.
Nombró el siervo de Dios para este apostolado, é impuso, en virtud
de santa obediencia y remision de sus pecados, al padre fray Anton
Montesino, de quien arriba hemos hablado, que predicó primero contra
la tiranía que se usaba con los indios, y anduvo en la corte, como
queda declarado, y á un religioso llamado fray Francisco de Córdoba,
presentado en teología, y gran siervo de Dios, natural de Córdoba, y
que el padre fray Pedro mucho queria; dióles por compañero al fraile
lego fray Juan Garcés, de quien dijimos arriba, en el cap. 3.º, que
siendo seglar en esta isla, fué uno de los matadores y asoladores
della, tambien habia muerto á su mujer, el cual, despues que recibió
el hábito, habia probado en la religion muy bien, y hecho voluntaria
gran penitencia. Todos tres, muy contentos y alegres, dispuestos
y ofrecidos á todos los trabajos y peligros que se les pudiesen
por Cristo ofrecer, porque confiados y seguros por la virtud de la
obediencia, que de parte de Dios les era impuesta (que ninguna otra
mayor seguridad, el religioso en esta vida puede tener para ser cierto
que hace lo que debe, y que todo lo que le sucediere ha de ser para su
bien), rescibida la bendicion del santo padre, se partieron; llegados á
la isla de Sant Juan, el padre fray Antonio Montesino enfermó allí, ó
por el camino, de peligrosa enfermedad, de manera que pareció haber de
padecer riesgo su vida, si adelante con aquella indisposicion pasaba,
por lo cual acordaron que se quedase allí hasta que convaleciese. El
presentado y padre fray Francisco de Córdoba, y el hermano fray Juan
Garcés, lego, fueron su viaje, y díjose que con alegría iba cantando
aquello de David: _Montes Gelboe nec ros nec pluvia cadat super vos,
ubi ceciderunt fortes Israel_. Llegados á tierra firme, salieron en
cierto pueblo, que por mi inadvertencia no procure saber, cuando
pudiera, cómo se llamaba, él debia ser, segun imagino, la costa de
Cumaná abajo. Los indios los rescibieron con alegría, y les dieron de
comer y buen hospedaje, á ellos y á los marineros que los llevaron, y
despues de que los marineros descansaron, tornáronse á esta isla, de
donde los oficiales del Rey los habian enviado. Pasados algunos dias,
y quizá meses, como ya comenzaba á bullir en los españoles la cudicia
de las perlas que por allí se pescaban cerca, vino por allí un navío
á rescatar perlas y á robar tambien indios, si pudiera, porque ya lo
mismo se comenzaba, ó queria comenzar, por allí otra vendimia, como
en las islas de los Lucayos los españoles habian hecho, de que abajo
se dirá, si Dios quisiere. Saltaron en tierra los españoles que en
el navío venian, y como vieron los religiosos, holgáronse mucho con
ellos, y los indios que siempre que vian navíos tenian miedo por los
daños muchos que, por aquella costa, de los españoles habia recibido
los años pasados, como en el libro I y II se dijo, por tener la prenda
que tenian en los religiosos, y la seguridad que los religiosos les
daban, que no rescibirian daño, no huyeron del pueblo, como solian,
ántes rescibieron á los españoles, mostrando de verlos contentamiento;
y así los hospedaron y proveyeron de comida, de todo lo que tenian,
abundantemente. Estuvieron allí en fiesta y conversacion amigable
los unos con los otros algunos dias, y uno dellos convidaron al
señor del pueblo, que se llamaba Alonso, ó D. Alonso (no supe si los
religiosos aquel nombre le pusieron, ó quizá algunos cristianos que
por allí habian de ántes pasado, porque los indios comunmente son
amigos de tener nombres de españoles), convidáronlo, digo, á él y á
su mujer, que fuesen á ver el navío, y que les darian allá de comer
y se holgarian; el Cacique ó señor del pueblo aceptó el convite con
aprobacion de los religiosos, porque creia tener buena prenda en ellos
teniéndolos en su pueblo, porque de otra manera no se fiara de la
verdad de los españoles, y con esta seguridad entra en la barca, con
su mujer y 17 personas, que debian de ser hijos, y deudos, y queridos
criados. Llévanlos al navío, y entrando dentro y alzando las anclas,
y desplegando las velas, y echando mano á las espadas para metellos
debajo de cubierta, porque no se echasen al agua, fué todo uno. Aquí es
de considerar, qué sintirian la gente del pueblo que desde la ribera
los estaban mirando, y cuál sería el sobresalto que los religiosos
rescibirian cuando acudiesen á ellos, que deberian estar en un aposento
rezando descuidados, todos los vecinos del pueblo alborotados, dando
voces, preguntándoles que qué podia ser aquello que á su señor con los
demas llevasen los cristianos. Acométenlos á matar, creyendo que habian
sido ellos en la maldad de llevalles su señor los españoles, excúsanse
cuanto pueden lo frailes; los unos y los otros, no hacen sino llorar
y plantear. Hácenles entender, que, en viniendo por allí otro navío,
enviarán á decir á los otros cristianos, y Padres que en esta isla
estaban, que hagan luégo tornarlos, y señálanles que desde á cuatro
lunas ó meses los tornarán, y otros cumplimientos que pudieron hacer
para los aplacar y que no los matasen. Estando en esta tribulacion y
angustia tan acerba y tan grande los indios y lo frailes, para mayor
condenacion de algunos de lo que en ésto fueron culpados, y para algun
consuelo de los religiosos y suspender la ira y amargura de los indios
con alguna esperanza, trujo Dios por allí un navío, que no causó poca
alegría en ambas á dos partes; saltaron en tierra los del navío,
hallan los frailes y los indios atribulados, dánles los religiosos,
del mal tan grande cometido, parte; no se espantaron, porque sabian
que aquellas obras tales eran propias, dellos mismos quizá tambien
acostumbradas; ofrécese á los religiosos y á los indios de venir presto
á esta isla, y dar nueva dello, y trabajar que el Cacique Alonso ó D.
Alonso, con su mujer y los demas, á su tierra y casa tornasen. Escriben
los religiosos al padre santo, fray Pedro de Córdoba lo acaecido, y
el estado y peligro en que quedaban, y que tuviesen por cierto, que si
dentro de los cuatro meses que habian señalado á los indios, el Cacique
no era tornado, que los habian los indios de matar; el navío se partió
para esta isla con este recaudo.
CAPÍTULO XXXIV.
Llegado el primer navío que habia hecho la traicion, con su cabalgada
de inocentes, al puerto de Sancto Domingo, ó los vendió el Capitan del
navío por esclavos, ó se los tomaron los mismos oidores, no creí yo que
por detestacion del pecado tanto, cuanto porque no lo habia hecho con
su licencia y autoridad, y ésto, no sabiendo áun que los hobiese tomado
de la tierra y pueblo donde quedaban los religiosos; y la diligencia
que hicieron, para restituirlos en su libertad y á sus tierras, fué
repartillos entre sí los mismos jueces ó oidores, ó por esclavos, ó
por naborias para perpétuamente servirse dellos. Habia en estas islas,
entre los españoles, dos maneras de esclavos perpétuos, la una, los
que podian vender públicamente, como los que tomaban en las guerras, y
la otra, los que no se podian vender que se supiese, y éstos llamaban
naborias, puesto que para vendellos, tambien secretamente, buscaban
y tenian mil mañas y cautelas; comunmente llamaban los indios en su
lengua naborias los criados y sirvientes ordinarios de casa. Desde á
pocos dias llegó el otro navío con las cartas de los religiosos y las
nuevas de la obra que aquellos habian hecho; entónces, el Capitan, que
principalmente la habia cometido, sintiendo que su insulto y maldad
era descubierta, acogióse al monasterio que allí se comenzaba de la
Merced, y tomó el hábito por miedo de la justicia. Vistas las cartas
de los religiosos los del monasterio de Sancto Domingo, y conocido el
grande y cierto peligro en que aquellos quedaban, fué el padre fray
Anton Montesinos, que ya era venido á esta isla de la de Sant Juan, á
donde habia quedado enfermo, y mostró las dichas cartas á los oidores,
rogándoles y suplicándoles, y despues muchas veces requiriéndoles,
proveyesen de poner en libertad al cacique D. Alonso, y á su mujer, y á
sus 17 personas, y los mandasen meter con toda brevedad en un navío y
restituillos en su tierra ántes que á los frailes matasen los indios.
Aprovecharon poco los ruegos y clamores y requerimientos que se les
hicieron, ni el riesgo y peligro y cierta muerte de los religiosos que
en tierra firme quedaban, y escándalo de aquellas gentes é infamia de
la religion cristiana que de allí resultaba, que les representaron,
porque todo lo pospusieron por no dejar las personas que de aquel
robo á cada uno habian cabido, cuanto entre sí los repartieron; de
estas justicias han sido innumerables las que los jueces del Rey han
ejercitado en estas Indias. Por manera, que así se consumieron el
cacique D. Alonso y los suyos en los trabajos y provechos temporales
de aquellos jueces, y los indios de tierra firme, pasadas las cuatro
lunas ó meses, viendo que los frailes no salian verdaderos en lo que
les habian dicho, que se les restituiria su Cacique, acordaron de
matallos y en efecto los mataron; y así, cierto, fué mártir fray Juan
Garcés, habiendo sido en esta isla uno de los destruidores della, y
otro diablo; del presentado y felice padre fray Francisco de Córdoba,
ménos hay que dudar, segun era tenido por religiosísimo y siervo de
Dios. Del martirio de los semejantes ningun cristiano prudente debe
titubear, como quiera que allí hubiesen ido mandados por la obediencia
de su Prelado, y por causa de la predicacion de la fe enviados y
ellos otro fin no pretendiesen; y esta causa dá forma propiamente
al martirio, puesto que los indios no los mataron por la fe, sino
como á españoles de quien sospechaban haber tenido parte ó arte en
la injuria, injusticia y daño que se les habia hecho llevándoles su
señor por haberse fiado dellos, ó como á parte y personas de aquella
nacion contra quien tenian ya justa guerra, ya que á los predones
é injuriadores no podian haber. Finalmente, cuanto á la razon del
martirio de parte dellos toca, ellos fueron muertos por la fe y así se
debe tener por cierto estar reinando con Jesucristo Supimos despues,
de algunos indios, que primero mataron al fraile lego estando el
Presentado atado y viéndolo matar, en lo cual parece haber proveido
la bondad divina á la flaqueza del fraile lego, que pudiera en la fe
y virtud desmayar, dejando para la postre al que, como más ejercitado
en la virtud y religion, y tambien en las letras, debia tener mayor
constancia. Aquí podrá cualquiera pio cristiano y áun discreto varon,
considerar, quién dará cuenta á Dios y cuánto se les habrá zaherido
(porque todos son muertos), la muerte de aquellos siervos de Dios, y la
predicacion de tantas ánimas como hobieran de los indios convertido,
aunque no fuera más de baptizar los niños, que desde entónces acá,
que han pasado cuarenta y ocho años largos, que murieron y mueren sin
bautismo. Dejo de decir el escándalo grande que por toda aquella tierra
hobo, y aborrecimiento de los cristianos y nombre de Cristo, y por
consiguiente de los religiosos, por quien habian de ser alumbrados y
convertidos, lo cual todo, no ha causado chica jactura en la Iglesia
de Jesucristo, tomando principio de allí la perdicion grande de aquel
gran pedazo de tierra firme. Añidiéronse luégo á aquellos muchos otros
escándalos que los españoles, con achaque de ir á sacar perlas de la
isleta de Cubagua, que allí está junto, á los vecinos y gente que por
aquella costa vivian, cada y cuando que podian, hacian. Acordaron de
hacer un pueblo en la misma isleta, y, porque no tiene agua ninguna
potable, iban en barcos al rio de Cumaná, que está de allí 7 leguas y
traiánla en pipas, de donde resultaba mil insultos que cometian en los
indios, como abajo, si Dios quisiere, será dicho; acrecentaron otros
buenos recaudos, y éstos fueron señalados muy muchos y execrables,
conviene á saber, que como los indios desta isla se iban del todo
acabando, y habian tambien acabado los innumerables vecinos de las
islas de los Lucayos, acordaron de hacer armadas de dos y de tres
navíos, para ir á saltear las gentes de aquella tierra firme y traerlas
á esta isla, y hacer dellos lo que de los naturales della hicieron y de
los que trujeron de las dichas islas de los Lucayos. Los estragos que
con estas armadas en aquella tierra firme y en las islas comarcanas
cometieron, si Dios quisiere, parecerán abajo, y así, por toda aquella
tierra firme quedó el nombre de Jesucristo y de la religion cristiana
tan infamado, cuanto ninguno lo puede encarecer ni áun imaginallo.
CAPÍTULO XXXV.