estando seguros en sus casas, aunque no mucho la quietud y seguridad y
áun la vida le duró, avisado de todo Diego Velazquez envió á mandar á
Pánfilo de Narvaez, que con la gente que habia ido tras los huidos, y
con los que él habia dejado con Grijalva, que todos serian hasta cien
hombres, fuese á la provincia de Camagüéy, y por la isla adelante,
asegurándolas, que fuese aquel padre clérigo Bartolomé de las Casas con
él, y creo que le escribió á él que lo hiciese. Llegaron á la provincia
ó pueblo de Cueyba, que estaba en el camino, ántes de Camagüéy, 30
leguas del Bayámo, donde Alonso de Hojeda y los que con él padecieron
aquellos grandes trabajos de la ciénaga, hobo aportado y salvádose,
y donde Hojeda dejó la imágen de Nuestra Señora, muy devota, como se
refirió en el libro precedente, cap. 60; y porque los españoles que
habian visto la imágen dicha, porque iban allí algunos de los que con
Hojeda en la ciénaga se habian hallado, y los que habian ido con el
susodicho alcance de la gente del Bayámo, loaban mucho la imágen al
dicho Padre, y él llevaba otra de Flandes, tambien devota, pero no
tanto, pensó en trocalla con voluntad del Cacique ó señor del pueblo.
Despues de muy buen rescibimiento que los indios hicieron á los
españoles, y ofrecida mucha comida, y los niños baptizados, que era lo
primero que trabajaba hacerse, y todos aposentados, comenzó á tractar
el Padre con el Cacique, que trocasen las imágenes; el Cacique luégo se
paró mustio y disimuló cuanto mejor pudo, y en viniendo la noche, toma
su imágen y váse á los montes con ella, ó á otros pueblos distantes.
Otro dia, queriendo el Padre decir misa en la iglesia, que la tenian
los indios muy adornada con cosas hechas de algodon, y un altar donde
tenian la imágen, enviando á llamar al Cacique para que oyese la misa,
respondieron los indios que su señor se habia ido y llevado la imágen
por miedo que no se la tomase el Padre; harto pesar rescibió el Padre
y todos los españoles, temiendo que la gente que hallaron quieta y
pacífica no se alborotase, y áun dudando no quisiesen quizá hacer, á
los españoles y al Padre, guerra por defension de su imágen; proveyó el
Padre que fuesen mensajeros al Cacique, significándole y certificándole
que no queria su imágen, ántes le daria la que traia graciosamente y
de valde; como quiera que ello fué, nunca quiso parecer el Cacique,
hasta que los españoles se fueron, por la seguridad de su imágen. Era
maravilla la devocion que todos tenian, el señor y súbditos, con Sancta
María y su imágen. Tenian compuestas como coplas sus motetes y cosas
en loor de Nuestra Señora, que en sus bailes y danzas, que llamaban
areitos, cantaban, dulces, á los oidos bien sonantes; finalmente, lo
mejor que se pudo hacer, dejados los indios contentos y pacíficos como
los hallaron, se partieron los españoles para ir adelante. Entraron en
la provincia de Camagüéy, que es grande y de mucha vecindad de gente,
que estaria de la Cueyba 20 leguas ó más, los vecinos de la cual, en
los pueblos donde llegaban los españoles, tenian de la comida, pan
caçabí, é de la caza que llamaban guaminiquinajes, aparejado segun
ellos podian, y pescado tambien, si lo alcanzaban. El clérigo Casas,
luégo, en llegando al pueblo, hacia juntar todos los niños chiquitos, y
tomaba dos ó tres españoles que le ayudasen, con algunos indios desta
isla Española, ladinos, que consigo llevaba y alguno que habia él
criado, baptizaba los niños que en el pueblo se hallaban. Así hizo en
toda la isla de allí adelante, y fueron muchos á los que Dios proveyó
de su Sancto baptismo, porque los tenia para su gloria predestinados,
y proveyólo al tiempo que convenia, porque ninguno ó casi ninguno
de aquellos niños quedó vivo desde á pocos meses, como abajo será,
Dios queriendo, declarado. Y porque los españoles llegando al pueblo,
hallando los indios en sus casas pacíficos, no cesaban de les hacer
agravios y escandalizallos, tomándoles esa laceria que tenian, no
contentándose con lo que de su voluntad los indios daban, y algunos,
pasando más adelante, andaban tras las mujeres y las hijas, porque ésta
es y ha sido siempre la ordinaria y comun costumbre de los españoles
en estas Indias, ordenó el capitan Narvaez, por persuasion del dicho
Padre, que despues que el dicho Padre hobiese apartado todos los
vecinos del pueblo á la mitad de las casas dél, dejando la otra mitad
vacía para é aposento de los españoles, ninguno fuese osado de ir á la
parte del pueblo donde los indios estaban recogidos y allegados; para
lo cual se iba delante con tres ó cuatro hombres el Padre, y, llegado
al pueblo, cuando la gente llegaba ya tenia los indios á una parte
del pueblo recogidos, y la otra parte desembarazada. Por esta vía, y
porque vian los indios que el Padre hacia por ellos defendiéndolos y
halagándolos, y tambien baptizando los niños, en lo cual les parecia
que tenia más imperio y auctoridad que los demas, cobró mucha estima y
crédito en toda la isla para con los indios, allende que, como á sus
sacerdotes, ó hechiceros, ó profetas, ó médicos, que todo era uno, lo
reverenciaban; por este crédito y auctoridad que habia entre ellos
cobrado no era menester ir delante, sino enviar un indio con un papel
viejo, puesto en una vara, enviándoles á decir con el mensajero que
aquellas cartas decian ésto y ésto, conviene á saber, que estuviesen
todos quietos y ninguno se absentase porque no se les haria mal ni
daño, y que tuviesen de comer aparejado para los cristianos, y los
niños para baptizar, ó que se recogiesen á una parte del pueblo, y
todo lo que parecia envialles á avisar, y que si no lo hacian, que se
enojaria el Padre, y ésta era la mayor amenaza que se les podia enviar.
Ellos lo hacian todo de muy buena voluntad, segun su posibilidad,
y era grande la reverencia y temor que tenian á las cartas, porque
vian que por ellas se sabia lo que se hacia en otras partes absentes;
parecíales más que milagro, y así mucho dellas se maravillaban. Pasaron
así algunos pueblos de aquella provincia por el camino que llevaban,
y porque la gente de los pueblos que estaban á los lados del camino,
cudiciosa de ver gente tan nueva, y en especial por ver tres ó cuatro
yeguas que allí se llevaban, de que toda la tierra estaba espantada,
y las nuevas dellas por toda la isla volaban, llegáronse muchos á
verlas en un pueblo grande llamado el Caonáo, la penúltima luenga, y
el dia que los españoles llegaron al pueblo, en la mañana paráronse á
almorzar en un arroyo seco, aunque algunos charquillos tenia de agua,
el cual estaba lleno de piedras amoladeras, y antojóseles á todos de
afilar en ellas sus espadas; y acabado su almuerzo, dánse á andar su
camino del Caonáo. En el camino habia dos ó tres leguas de un llano
sin agua, donde se vieron de sed en algun trabajo, y allí trujeron
algunos indios de los pueblos algunas calabazas con agua y algunas
cosas de comer. Llegaron al pueblo Caonáo á hora de vísperas, donde se
halló mucha gente que tenian aparejada mucha comida del pan caçabí é
de mucho pescado, porque tenian junto un gran rio y tambien cerca la
mar. Estaban en una plazuela, obra de 2.000 indios, todos sentados en
coclillas, porque así lo tienen todos de costumbre, mirando las yeguas
pasmados. Habia junto un gran bohío ó casa grande, donde estaban más de
otros 500 indios metidos, amedrentados, que no osaban salir; é cuando
algunos de los indios domésticos que los españoles por sirvientes
llevaban (que eran más de 1.000 ánimas, porque siempre andan desta
manera y con grande compaña, y otros muchos que traian de más de 50
leguas, y otros de los mismos de Cuba naturales), si querian entrar en
la casa grande, tenian aparejadas allí gallinas, y decíanles: «toma,
no entres acá;» porque ya sabian que los indios que servian á los
españoles, no suelen hacer otras obras sino las de sus amos. Habia
costumbre entre los españoles, que uno que el Capitan señalaba tuviese
cargo de repartir la comida y otras cosas que los indios daban á cada
uno de los españoles, segun era su parte, y estando así el Capitan en
su yegua, y los demas en las suyas á caballo, y el mismo Padre mirando
cómo se repartia el pan y pescado, súbitamente sacó un español su
espada, en quien se creyó que se le revistió el diablo, y luégo todos
ciento sus espadas, y comienzan á desbarrigar y acuchillar y matar de
aquellas ovejas y corderos, hombres y mujeres, niños y viejos, que
estaban sentados, descuidados, mirando las yeguas y los españoles,
pasmados, y dentro de dos credos no queda hombre vivo de todos cuantos
allí estaban. Entran en la gran casa, que junto estaba, porque á la
puerta della ésto pasaba, y comienzan lo mismo á matar á cuchilladas
y estocadas cuantos allí hallaron, que iba el arroyo, de la sangre
como si hobieran muerto muchas vacas; algunos de los indios que allí
pudieron darse priesa, subiéronse por las varas y el enmaderamiento de
la casa en lo alto y así se escaparon. El Clérigo se habia, un poco
ántes desta matanza, apartado de donde se hizo á otra plazuela del
pueblo, junto allí, donde lo habian aposentado, y era una casa grande,
en que tambien se habian de aposentar todos, y allí estaban obra de
40 indios de los que habian traido las cargas de los españoles de las
provincias de atras, tendidos en el suelo descansando; y acaeció estar
con el Clérigo cinco españoles, los cuales, como oyeron los golpes de
las espadas y que mataban, sin ver nada, porque habia ciertas casas
delante, echan mano á las espadas y van á matar los 40 indios que, de
sus cargas y hatos venian molidos y descansaban, para les pagar el
corretaje. El Clérigo, movido á ira, vá contra ellos reprendiéndolos
ásperamente á estorbarlos, y ellos que le tenian alguna reverencia
cesaron de lo que iban á hacer, y así quedaron vivos los 40, y vánse á
matar los cinco á donde los otros mataban; y como el Clérigo se detuvo
en estorbar la muerte á los 40 que habian venido cargados, cuando fué,
halló hecha una parva de muertos que habian hecho en ellos, que era
cosa, cierto, de espanto. Como lo vido Narvaez, el Capitan, díjole:
«¿qué parece á vuestra merced destos nuestro españoles, que han hecho?»
Respondió el Clérigo, viendo ante sí tantos hechos pedazos, de caso tan
cruel muy turbado: «que os ofrezco á vos y á ellos al diablo.» Estaba
el descuidado Narvaez siempre viendo hacer la matanza, sin decir, ni
hacer, ni moverse más que si fuera un mármol, porque si él quisiera,
estando á caballo, y una lanza en las manos, como estaba, pudiera
estorbar los españoles que diez personas no mataran. Entónces déjalo
el Clérigo, y andaba de aquí para allí, por unas arboledas, buscando
españoles, que no matasen, porque andaban por las arboledas buscando á
quien matar, y á chico, niño, ni á mujer, ni viejo perdonaban; y más
hicieron, que se fueron ciertos españoles al camino del rio, que estaba
junto, y todos los indios que se escapaban con heridas y cuchilladas y
estocadas, que podian huir, para irse á echar en el rio por salvarse,
hallaban á aquellos que los acababan. Acaeció más otra crueldad, no
digna de ser callada, para que se vea las obras de nuestros cristianos
en estas partes: que entrando el Clérigo en la casa grande, donde dije
que estarian obra de 500 ánimas, ó las que habia, que eran muchas, y
viendo muertos los que en ella estaban, espantado, y los que por las
varas arriba ó enmaderamiento se habian escapado, díjoles: «no más, no
más, no hayais miedo, no habrá más, no habrá más.» Con esta seguridad,
creyendo que así fuera, descendió un indio, harto bien dispuesto,
mancebo de 25 ó 30 años, llorando, y como el Clérigo no traia reposo,
por ir á todas partes á estorbar que no matasen, salióse luégo de la
casa; y así como el mancebo descendió, un español que allí estaba,
sacó un alfanje, ó media espada, y dále una cuchillada por los hijares
que le echa las tripas de fuera, como si no hiciera nada. El indio,
triste, toma sus tripas en las manos, y sale huyendo de la casa; topa
con el Clérigo y cognosciólo, y dícele allí algunas cosas de la fe,
segun que el tiempo y angustia lugar daba, mostrándole que si queria
ser baptizado, iria al cielo á vivir con Dios; el triste, llorando y
haciendo sentimiento como si ardiera en unas llamas, dijo que sí, é con
ésto le baptizó, cayendo luégo muerto en el suelo, remitiendo lo demas
á la misericordia de aquel que lo habia criado, y via la injusticia
con que aquel y los demás eran tan cruelmente lastimados. Váse luégo á
la casa el Clérigo y halló al infelice hombre que lo habia destripado,
y, con grande impaciencia y turbacion poco ménos hizo con él que lo
que debiera de hacer su descuidado capitan Narvaez, y aquel fué uno
de los flecheros que trujo consigo Narvaez, que en Jamáica se debia de
haber en estas obras ejercitado. Ver las heridas que muchos tenian de
los muertos, y otros que áun no habian espirado, fué una cosa de grima
y espanto, que como el diablo, que los guiaba, les deparó aquellas
piedras de amolar, en que afilaron las espadas aquel dia de mañana,
en el arroyo donde almorzaron, donde quiera que daban el golpe, en
aquellos cuerpos desnudos, en cueros y delicados, abrian por medio
todo el hombre de una cuchillada. Entre otros heridos, hobo uno, y áun
dijeron que era hermano del Rey é señor de aquella provincia, viejo,
bien alto de cuerpo, y que en su aspecto parecia señor, que de una
cuchillada que le dieron en el hombro derecho (debíale de acertar en
la coyuntura), le derrocaron todo el lado hasta la cinta, de manera
que, estando sentado en el suelo, tenia en tierra caido todo el lado,
y el asadura y tripas, y cuanto hay en lo hueco se le parecia, como
si estuviera en una escarpia colgado; y fué cosa de mucho notar, el
subjecto y complision natural que aquel hombre tuvo, porque siendo
herido el sábado, cuando se celebró esta matanza, estuvo hasta otro
sábado sentado en tierra, como dije, con su lado caido, sin comer,
salvo beber cada momento por la sequedad que causa la sangre, y en
éste estado, vivo, los españoles que se partieron el siguiente sábado,
lo dejaron. Quedó mucha lástima en el Clérigo, por no habello, como á
otros muchos, curado con cierta manteca de tortuga, quemándoles las
heridas, de que en aquellos ocho dias se pudieron curar, y quedaban
los que no tenian estocadas cuasi sanos, y aquel no curó por ser la
herida tan estraña y mortal; creyóse que si le juntaran todo el lado,
cosiéndosele con una aguja grande, ó almarada, segun la complision
tan buena que pareció tener, quizá sanara. Finalmente, no se supo más
dél, y no parecia ser posible dello escapar. De todo lo dicho yo soy
testigo, que lo vide y estuve presente, y dejo de decir muchas otras
particularidades por abreviar.
CAPÍTULO XXX.
Preguntado fué quién fué el primero que sacó el espada, y por qué se
movió á comenzar tan gran estrago, pero encubrióse y disimulóse la
persona de quien se sospechó ó se supo; y si fué aquel que se creyó,
sépase que hobo despues tan desastrado fin, cuanto muchos otros que
semejantes virtudes en estas Indias han obrado. La causa se platicó
diciendo, que habian visto indios que se cebaban á ver las yeguas,
demás de los que estaban, y que era mala señal que nos querian matar;
y porque algunos traian unas alguirnaldas de unos pescadillos, y de
los que se llaman agujas, puestas en las cabezas, decian, que para
darlas con las cabezas y abrazarse luégo con los españoles, y con
unas cuerdas que algunos traian ceñidas, como suelen, atarlos. Y es
verdad, que ni arco, ni flecha, ni palo, ni cosa que supiese á arma
de indios, jamás se vido ni sospechó que trujesen, ni hobiese en casa
del pueblo, ni en el monte, sino todos desnudos (como dije), sentados
en coclillas, de la manera de unos corderos, estaban, y de mirar las
yeguas, que no se hartaban, pasmados; y es tambien verdad, que si sobre
2.000 indios, que allí pareció que habia, hobiera otros 10.000, sólo
Narvaez, con su yegua, á todos los matara, como pareció en los indios
de Bayámo, cuanto más estando con él otros tres ó cuatro á caballo,
con sus lanzas y adargas en las manos. La causa no fué otra, sino su
costumbre, que siempre tuvieron en esta isla Española, y pasaron á la
de Cuba para ejercitarla, de no se hallar sin derramar sangre humana,
porque sin duda eran regidos y guiados siempre por el diablo. Sabida
esta matanza por toda la provincia, no quedó mamante ni piante, que,
dejados sus pueblos, no se fuese huyendo á la mar, y á meterse en las
isletas, que por aquella costa del Sur hay infinitas, que dijimos
haberles puesto nombre el Jardin de la Reina, el Almirante; y tanto
miedo cayó en ellos, y con tan justa razon, que no sólo esconderse
quisieran en las isletas, pero, si pudieran, debajo de las aguas, por
huir de gente que con tanta razon juzgaban por crudelísima é más que
inhumana. Salidos los españoles del pueblo, que dejaron tan sangriento,
y bañado en sangre humana, llamado el Caonáo, asentaron Real en una
roca grande, donde habia mucha de la yuca para hacer el pan caçabí;
hechas su choza cada uno, con las personas, hombres y mujeres que
llevaban, porque ninguno, ó pocos, traian consigo ménos de ocho ó
diez personas, puesto que algunos ménos y otros más, que habian, por
grado ó por fuerza, de los pueblos que quedaban atras tomado, enviaba
los hombres por la yuca, y ellas hacian el pan, y los hombres tambien
traian caza y lo demas. Ya se dijo arriba, que el Padre clérigo llevaba
consigo, entre otros, no tomados por fuerza, sino que ellos se venian
á él de su voluntad, por el buen tractamiento que les hacia y por el
crédito que por la isla habia cobrado de que los favorecia, y por
estar seguros de los españoles y de sus crueldades, llevaba, digo,
consigo, un indio viejo y principal de esta isla Española, persona
entre indios cuerda y honrada, y éste tambien era cognoscido por la
isla por bueno, y por criado del Padre; al cabo de algunos dias que
estaban en aquel monte ó roca los españoles aposentados, vino un indio
de hasta veinticinco años, por espía, enviado por las gentes que
andaban fuera de sus pueblos, huidas y descarriadas, y vínose derecho
á la choza donde los indios del Padre clérigo estaban, y habló con el
viejo, que se llamaba Camacho, diciendo queria vivir con el Padre, y
que tenia otro hermano, muchacho de quince años ó poco más, que se
lo traerá tambien para que le sirviese. Asegurólo muy bien el viejo
Camacho, porque lo sabia muy bien hacer, loándole su propósito, y
que el Padre era bueno, y holgaria de rescibir por sus criados á él
y á su hermano, y que allí estarian, con el mismo viejo y los demás,
seguros que ninguno les hiciese mal, etc., etc. Viene luégo Camacho al
Padre, y dále las buenas nuevas, que por entónces se tenian por tales,
porque no se deseaba otra cosa más que haber algun indio de los de la
tierra, para lo halagar y enviar por mensajero á los demas desterrados,
asegurándolos que se viniesen á sus pueblos y que no rescibirian más
daño; holgóse mucho el Padre, por el fructo que se esperaba, hace
llamar al indio, abrázalo, asegúralo, dícele que lo rescibiria con
su hermano, por sus criados, y que les hará y contecerá. Pregúntales
por la gente demas, dónde está, y si querrá venir á sus pueblos,
certificándoles que no se les hará mal ninguno; responde, que sí, é
que él traerá los vecinos de un pueblo, que de allí estaba cercano,
cuya era la roca donde los españoles estaban aposentados; promete que
dentro de ciertos dias traerá la gente y á su hermano. Creo que le
dió, ó camisa ó algunas cosillas de las que tenia, y el mismo viejo
Camacho púsole nombre que se llamase Adrianico, porque tenia en poner
nombres, aunque no estuviesen baptizados, gracia; fuese muy contento
Adrianico, afirmando que él cumpliria su palabra. Estuvo allá muchos
más dias de los que dejó asentados, parece que no pudo allegar la
gente que andaba desparcida y apartada, en tanto que ya el Padre de su
venida desconfiaba, pero Camacho siempre esperaba; estando, pues, muy
descuidado el Padre, una tarde, cerca de noche, viene Adrianico con su
hermano, y traen consigo, creo, que 180 ánimas, hombres y mujeres como
unos corderos, con sus carguillas de sus cosillas y pobreza á cuestas,
y muchos con sartales de muy buenas mojarras para el Padre y para los
cristianos. Verlos, por una parte causaban gozo por venir á poblar sus
casas, que era lo que por entónces se deseaba, y por otra lástima y
compasion grande, considerando su mansedumbre, humildad, su pobreza,
su trabajo, su escandaloso destierro, su cansancio, que tan sin razon
alguna se les habia causado, dejado ya aparte, como olvidado, el
estrago y mortandad que en sus padres y hijos, y hermanos, y parientes
y vecinos, tan cruelmente se habia perpetrado; hobo gran regocijo y
alegría en el Real, y especialmente Narvaez y el Padre; mostráronles
todos muchas señales de paz y amistad, y enviáronse luégo á sus casas
vacías, que estaban junto, que las poblasen, empero, Adrianico y su
hermano, que parecia un ángel, quedáronse con la familia del Padre, y
con el viejo Camacho, que la gobernaba, cuyo regocijo y alegría fué
más que de otros grande. Venidos éstos á su pueblo y casas, luégo se
sonó por la provincia como los cristianos no les hacian ya mal, y que
se holgaban, que se tornasen todos á poblar, y así lo hicieron, todo
perdido el miedo que con tan urgente causa habian cobrado; pero, ¿para
qué fin, si pensais, los españoles, de que se viniesen á poblar, todos
se regocijaban, y el Padre clérigo, para qué en traellos y asegurallos
tanto trabajaba? cierto, no para otro, al cabo, sino para que, poco á
poco, en las minas y en los trabajos los matasen, como finalmente los
mataron; puesto que aqueste fin no pretendia el Padre, y los españoles
no pretendian directamente matallos, sino servirse dellos como de
animales, posponiendo la salud corporal y espiritual de los indios á
sus intereses, cudicias y ganancias, á lo cual seguírseles la muerte,
no era dubitable sino necesario.
CAPÍTULO XXXI.
Aquí ó por aquí túvose nueva de indios, que lo dijeron, que en la
provincia de la Habana, que distaba de aquella cien leguas ó cerca
dellas, que los indios tenian entre sí dos mujeres españolas, y un
hombre español cristiano, y porque quizá de miedo no los matasen, no
aguardó el Padre á llegar allí, sino proveyó luégo indios con papeles
viejos, como se dijo, por cartas, enviándoles á decir, que luégo,
vistas aquellas cartas, le enviasen las mujeres y aquel cristiano, si
nó que se enojaria mucho si en hacerlo tardasen. Salieron, pues, de
aquellos ranchos los españoles para ir adelante, y llegaron á un pueblo
que estaba en la ribera de la mar del Norte, y dentro las casas, sobre
horcones en el agua, (pasados otros), llamado Caraháte, la penúltima
luenga, al cual puso el Padre Casa-harta, porque fué cosa maravillosa
la abundancia de comidas de muchas cosas que allí tuvieron, de pan, y
caza, y pescado, y sobre todo de papagayos, que, si no me he olvidado,
en obra de quince dias que allí estuvieron, se comieron más de diez
mil papagayos, los más hermosos del mundo, que por alguna manera era
lástima matallos; y éstos tomaban los niños subidos en los árboles,
como arriba queda declarado. Algunas veces, todos los españoles en
este camino, desde la provincia de Camagüéy, navegaron por la mar en
cincuenta y más canoas, ó pocas ménos, que no parecian sino una flota
de galeras, las cuales los indios de la tierra de buena gana daban;
bien creo que por echarnos de su tierra, porque nunca jamás indios, con
tener cerca de sí españoles, ganaron nada, sino muchas inquietudes,
agravios, sobresaltos, é al ménos intolerables importunidades. Así que,
estando muy á sabor del vientre, todos en Caraháte ó Casa-harta, véese
venir una canoa esquifada de indios remadores, y viene á desembarcar
junto á la posada del Padre que estaba bien dentro del agua, en la
cual venia las dos mujeres, desnudas, en cueros, como las parieron sus
madres, con ciertas hojas cubiertas solamente las partes que suele
siempre cubrir la honestidad humana; la una era de hasta cuarenta
años, y la otra de obra de diez y ocho ó veinte cuando más, vellas,
no era ménos que si se vieran nuestros primeros padres Adan y Eva
cuando estaban en el Paraíso terrenal. Luégo el Padre clérigo pidió á
los españoles, lo primero, camisas con que se cubrieran las carnes,
y despues, de capas y sayas que dieron, se les hicieron faldillas y
mantos, como mejor se pudieron remediar; grande alegría causó su venida
en todos por vellas salvas y entre cristianos, y ellas no se hartaban
de dar gracias por ello á Nuestro Señor. No desde á muchos dias, tractó
el Padre de casallas, y así se casaron ambas con dos hombres de bien,
de los que allí andaban, que se concertaron. Contáronos como los indios
habian muerto á ciertos españoles, con quien ellas venian en aquel
puerto, que por éste caso se llamó, á lo que creo, de Matanzas, el
cual es un pedazo de mar, y queriendo pasar los españoles á la otra
parte, metiéronse con los indios en ciertas canoas, y en medio del
lago anegáronlas; como sabian pocos nadar se ahogaron, y con los remos
los ayudaron á salir de esta vida, solas estas dos mujeres, por ser
mujeres, conservaron; siete españoles que supieron nadar salieron á
tierra nadando, con sus espadas, que nunca desampararon, y salidos del
agua fueron á un pueblo, y el Cacique ó señor dél, díjoles que dejasen
las espadas, dejadas, luégo de un grande árbol que se llama ceíba, la í
luenga, los mandó ahorcar; bien debia de saber cuánto daño solian hacer
en los cuerpos desnudos las espadas. Esto luégo parecerá, á los que
no consideraren las obras de los españoles desta isla Española, y las
nuevas que de aquí y de las islas de los Lucayos á aquella pasaron, y
lo que acostumbran á hacer de fuerzas y malos tractamientos, áun donde
se hallan pocos y los indios muchos, de los cuales quizá algunos de los
españoles que de ántes habian venido por allí, experimentaron, que
fué grande aquesta inhumanidad y crueldad, y que por tanto, justamente
los españoles hicieron en ellos las crueldades y matanzas susodichas,
etc.; pero los que tal sentencia dieron, acuérdense de reducir á la
memoria el beneficio y benignidad de que los de la provincia de Cueyba
usaron con Hojeda y con los que con él venian, y el bueno y humano
hospedamiento, que al bachiller Anciso, y á su compañía el Cacique
Comendador y sus gentes hicieron, y no ménos á Sebastian de Campo,
en el puerto de Xagua, donde perdió el navío y dejó cuatro españoles
con las tres pipas de vino, y den la vuelta con su consideracion á
los hechos que de los nuestros toda esta Historia cuenta, y entónces,
sino quedare por ceguedad del entendimiento ó firmada malicia de la
voluntad, yo no dudo sino que volvieran en lo contrario su parecer, y
serán buenos jueces. Tornando al propósito, no me pude acordar cuando
ésto escribia si les preguntamos, y de creer es que sí, en qué compañía
ó debajo de qué Capitan ó dónde venian éstos con estas mujeres;
finalmente, lo que dello supimos llevadómelo há el olvido. Envióse
una carta ó papel viejo al Cacique que tenia en su poder al español
que arriba se dijo, que lo guardase muy bien, hasta que á su pueblo
llegásemos, y así como de ántes lo habia hecho lo hizo, y digo como
de ántes lo habia hecho, porque muchas veces otros Caciques y señores
de otros pueblos, sus vecinos, le requerian muchas veces, dellas por
bien, y dellas por amenazas que lo matase, ó se lo enviase que ellos
lo matarian, y nunca quiso, ántes no lo dejaba salir de cabe sí, ni
lo enviaba á parte alguna, tractándolo siempre como si fuera su hijo.
Salieron, pues, de Caraháte ó de Casa-harta bien hartos de papagayos,
como dije, los nuestros, por la mar en la flota de las canoas dicha,
y por la tierra cuando les convenia, y llegaron á la provincia de la
Habana, donde todos los pueblos vacíos, porque sabida la matanza que
habian hecho en la provincia de Camagüéy, no paraba hombre que á los
montes no se fuese; envió el padre Casas sus cartas ó papeles viejos
con algunos mensajeros á los señores de los pueblos, que viniesen á
ver los cristianos seguros, y que no hobiesen miedo, como en todas las
partes donde allegaban hacia; y ésto era lo que traia encomendado de
Diego Velazquez, que gobernaba, y el capitan Narvaez tambien mandado,
y en las cartas que le escribia le mandaba que no hiciese guerra ni
mal á nadie, y que primero los indios tirasen flechas ó varas que los
españoles sacasen espada. Vistos los papeles del Padre, los Caciques,
con el crédito que dél concebido habian, luégo vinieron, creo que 18 ó
19, cada uno con su presente de comida de lo que tenian; venidos así
sobre seguro y en confianza de lo que el Padre les habia escripto, el
capitan Narvaez, luégo, hácelos prender con cadenas y grillos por buena
venida, y otro dia tractaba de que se pusiesen palos para quemallos
vivos. Sabido por el Padre, rescibió grande angustia, y, dello por
bien y lo ménos por blandura, y de ello y lo más por rigor, haciéndole
muchas amenazas que Diego Velazquez y el Rey lo castigarian sobre
obra tan inícua, si tal cometia, más de miedo que de voluntad, si no
me engaño, pasó aquel dia y otro, y así se resfrió poco á poco de la
crueldad que perpetrar queria, y al cabo los soltó á todos, salvo uno
que era el mayor señor, segun se decia; éste estuvo y anduvo en cadenas
hasta que Diego Velazquez vino á juntarse con todos ellos, y lo soltó y
puso en su libertad. Pasando adelante, de pueblo en pueblo, asegurando
los indios que en ellos hallaban, fueron camino del pueblo donde sabian
que estaba el cristiano, y como el señor del pueblo supo que los
españoles á él se acercaban, salió al camino, creo que á obra de media
legua, con cerca de 300 hombres, todos ó muchos dellos de cuartos de
tortuga recien pescada cargados; venian todos delante cantando, y el
Cacique, señor del pueblo, que era un viejo de más de sesenta años,
de buen gesto y alegre, que mostraba tener sanas entrañas, detras
con el cristiano de la mano. Topáronse los indios y cristianos en un
monte, y así como llegaron los indios á los cristianos, pusieron los
pedazos de tortuga en el suelo, todavía cantando, y luégo sentáronse;
llegó el Cacique al capitan Narvaez, y al Padre, y hecha su mesura
preséntales el cristiano por la mano, diciendo, que aquel habia tenido
como á hijo, y que lo habia él muy bien guardado, y que si por él no
fuera, ya los otros Caciques le hubieran muerto y maltractado. El
Capitan y el Padre lo rescibieron con grande alegría, y en señal de
agradecimiento lo abrazaron y hicieron el cumplimiento que fué posible
allí, de palabra; el español, ya cuasi no sabia hablar nuestra lengua,
sino en la de los indios hablaba las más palabras; sentóse luégo en el
suelo como los indios, y hacia con la boca y con las manos todos los
meneos que los indios acostumbraban, en lo cual no poca risa en los
españoles causaba. Creo que se entendia dél que habia tres ó cuatro
años que allí estaba; y despues, algunos dias andados, que de su
lengua y nuestra materna se iba acordando, daba larga relacion de las
cosas que por él habian pasado. Andando por aquella provincia de la
Habana, de pueblo en pueblo, los españoles, y pasando de la costa del
Sur á la del Norte, como frecuentes veces llegaban, por ser la isla
por allí muy angosta, que de 15 leguas no pasa, hallaron un dia en
la costa de Sur, donde agora está la villa de la Habana, ó por allí,
un gran pan de cera amarilla dentro del arena, que pesaria como una
arroba ó poco ménos, acaso; maravilláronse todos de dónde allí hobiese
aportado, como hasta entónces no se hobiese por aquella mar navegado,
sino los navíos que del Darien dos ó tres veces á aquella isla habian
llegado, y parecia que no habia razon de traer cera, como por entónces
tuviesen otros cuidados. Nunca ésto se determinó hasta que se descubrió
Yucatán y la Nueva España, porque descubierto Yucatán, cuya primera
tierra dista de la punta ó cabo occidental de Cuba 50 leguas y no más,
la cual provincia es, ó era, de miel y cera muy abundante, y la mar
de entre ambas á dos tierras es baja, debió ser que alguna canoa de
indios mercaderes, que por toda aquella costa de Yucatán mercadeaban,
con tormenta se debió de trastornar, y caida la cera en lo hondo, por
tiempo, poco á poco, la mar debia de allegarla á la costa de Cuba,
donde la hallaron; hallaron tambien por toda aquella costa del Norte
de Cuba, por la Habana en especial, mucha pez que la misma mar sobre
las peñas y ribera echaba, no sabian de dónde viniese, ó cómo la mar la
criase, como en la verdad sea cierta especie de betumen ó de pez, no de
pinos, pero pez verdadera, ó que sirve de lo que la verdadera, hasta
que despues se pobló un pueblo de españoles en el puerto que nombraron
del Príncipe; allí se halló, y la hay, mina ó fuente della que se saca
á pedazos dura, y creo que, á las veces debe manar líquida ó derretida,
por ventura, que el sol la derrite, porque la que se ve por la costa,
más es algo líquida que dura ó espesa; mezclándola con mucho sebo ó
aceite sirve de lo mismo que la pez de pinos y brea para los navíos.
CAPÍTULO XXXII.