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HISTORIA
DE
LAS INDIAS.
HISTORIA
DE
LAS INDIAS
ESCRITA POR
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
OBISPO DE CHIAPA
AHORA POR PRIMERA VEZ DADA Á LUZ
POR
EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA DEL VALLE
Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.
TOMO IV.
MADRID
IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA
calle de Campomanes, núm. 8.
1876
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
En los primeros capítulos del presente volúmen se da cuenta de la
entrada de Diego Velazquez en la isla de Cuba, en 1511, y de lo demas
ocurrido en ella hasta 1513 (capítulos 25 al 32), dando de paso
curiosas noticias de Hernando Cortés (27). Matan los indios de Cumaná á
fray Francisco de Córdoba y fray Juan Garcés (33 y 34). Sucesos de la
isla Española, y en especial lo que ocurrió al obispo don Alonso Manso
(35) y al primer repartidor de indios independiente del Gobernador, que
fué nombrado por el Rey, llamado Rodrigo de Alburquerque (36 y 37); á
quien suceden en dicho cargo de repartidores de indios, el licenciado
Ibarra, Cristóbal Lebron, y fray Pedro Mexía (38). Lo ocurrido en el
Darien, en los años 1512 á 1514, á los que estaban bajo las órdenes
de Vasco Nuñez (39 al 52), quien descubre el mar del Sur en 25 de
Setiembre de 1513 (48). Nombramiento de Pedrárias Dávila en lugar de
Vasco Nuñez, y instrucciones que lleva á tierra firme, las cuales
critica largamente nuestro Autor (52 al 68); sale Pedrárias de Sevilla
en 1514 (59), y, llegado al Darien, toma residencia á Vasco Nuñez á
quien da por libre de los cargos que se le hacian (60); siguiéndose
la narracion de lo hecho por ambos en aquellas tierras, hasta que
Pedrárias mandó cortar la cabeza á Vasco Nuñez (61 al 77). Vuélvese
á tratar de Cuba, donde entónces residia el clérigo Casas, quien en
vista de la despoblacion de la isla, por lo mal que se trataba á los
naturales, renuncia en Diego Velazquez un repartimiento que tenia, y
se propone venir á España y emplear en libertar á los indios lo poco
que le quedaba, y la fortuna de su amigo Juan de la Rentería, quien la
puso á su disposicion para este objeto (78 al 80). Llegan por entónces
á Cuba cuatro religiosos, procedentes de la isla Española, y predican
juntamente con el clérigo Casas en favor de los indios (81), de los
cuales se ahorcan muchos de desesperacion y otros se envenenan con
el zumo de la yuca (82). Embárcase Casas para España, por Setiembre
de 1515 (83), y es bien recibido en Plasencia por el Rey católico,
quien ofrece oirle en Sevilla para donde estaba de partida; muerto el
Rey en el camino de Sevilla (84), sigue sus gestiones con el cardenal
Ximenez de Cisneros, y consigue que se envien á la Española, con nuevas
instrucciones y amplios poderes, tres religiosos de la órden de San
Jerónimo (85 al 90), los cuales se embarcan en Sant Lúcar, en 11 de
Noviembre de 1516 (91), y llegan á Sancto Domingo trece dias ántes
que Casas; quien convencido en seguida del poco fruto que se podia
esperar de ellos para el bien de los indios (92 al 94), se embarca de
nuevo para España (95). Volviendo á tomar el hilo de los sucesos de
las islas, desde 1516 (93), dáse cuenta del descubrimiento de la isla
de Cozumel por Francisco Hernandez (96 y 97), y del cabo de Cotoche
en Yucatán por el mismo (98). Nuevas gestiones de Casas en la corte
en favor de los indios, hasta el año de 1518 (99 al 105). Sucesos en
tierra firme bajo la gobernacion de Pedrárias (106 al 108). Continúase
el descubrimiento de la tierra de Yucatán por Juan de Grijalva, enviado
por Diego Velazquez (109 al 114), quien nombra despues para seguir
dicho descubrimiento y poblar á Hernando Cortés (114); salida de éste
de Cuba en 18 de Noviembre de 1518 (115), y sucesos de su expedicion
hasta Julio de 1519, en que manda á Castilla por procuradores á Alonso
Puerto Carrero y Francisco de Montejo, á dar cuenta al Emperador de su
descubrimiento, en vez de darla á Diego Velazquez, que habia hecho casi
todos los gastos de la armada (116 al 123).
HISTORIA
DE LAS INDIAS.
LIBRO TERCERO.
CAPÍTULO XXV.
Explanado queda lo que tuvimos entendido de la isla de Cuba, y de lo
que en ella hallamos, y de las gentes que la moraban ó habitaban, resta
ya referir de la pasada que á ella hicimos los cristianos, puesto que
yo no pasé con él, sino despues, desde á cuatro ó cinco meses, en
otro viaje. Partió Diego Velazquez con sus 300 hombres de la villa
de la Çabana, desta isla Española, en fin, á lo que creo, del año de
1511, y creo que fué, si no me he olvidado, á desembarcar á un puerto
llamado de Palmas, que era en la tierra, ó cerca della, donde reinaba
el señor que dije haberse huido de esta isla y llamarse Hatuey, y que
habia juntado su gente y mostrádoles lo que amaban los cristianos como
á señor propio, que era el oro, como pareció en el cap. 21. Sabida
la llegada de los nuestros, y entendido que de su venida no podia
resultarles sino la servidumbre y tormentos y perdicion que en esta
Española habian ya muchos dellos visto y experimentado, acordaron de
tomar el remedio, que la misma razon dicta en los hombres que deben
tomar, y la naturaleza áun á los animales y á las cosas insensibles
que no tienen cognoscimiento alguno enseña, que, contra lo que corrompe
y deshace su ser, deban tomar, y éste es la defension. Pusiéronse,
pues, en defensa con sus barrigas desnudas y pocas y débiles armas, que
eran los arcos y flechas, que poco más son que arcos de niños, donde
no hay hierba ponzoñosa como allí no la hay, ó no las tiran de cerca
á cincuenta ó sesenta pasos, lo que pocas veces se les ofrece hacer,
sino de léjos, porque la mayor arma que ellos tienen es huir de los
españoles, y así conviéneles siempre no pelear de cerca con ellos. Los
españoles, los que alcanzaban, no era menester animallos ni mostralles
lo que habian de hacer. Guarecióles mucho á los indios ser toda la
provincia montes y por allí sierras, donde no podian servirse de los
caballos, y porque luégo que los indios hacen una vez cara con una gran
grita, y son de los españoles lastimados con las espadas, y peor cuando
de los arcabuces y alcanzados de los caballos, su remedio no está
sino en huir y desparcirse por los montes donde se pueden esconder,
así lo hicieron éstos, los cuales, hecha cara en algunos pasos malos,
esperando á los españoles algunas veces, y tiradas sus flechas sin
fruto, porque ni mataron ni creo que hirieron jamás alguno, pasados en
ésto dos ó tres meses, acordaron de se esconder; siguióse luégo, como
siempre se suele seguir, andar los españoles á cazallos por los montes,
que llaman ellos ranchear, vocablo entre ellos muy famoso y entre ellos
muy usado y celebrado, y donde quiera que hallaban manada de indios,
luégo, como daban en ellos, mataban hombres y mujeres, y áun niños, á
estocadas y cuchilladas, los que se les antojaba, y los demas ataban,
y llevados ante Diego Velazquez, repartíaselos á uno tantos y á otro
tantos, segun él juzgaba, no por esclavos, sino para que le sirviesen
perpétuamente como esclavos y áun peor que esclavos, sólo era que
no los podian vender, al ménos á la clara, que de secreto y con sus
cambalaches hartas veces se há en estas tierras usado. Estos indios así
dados, llamaban piezas por comun vocablo, diciendo: «yo no tengo sino
tantas piezas y hé menester para que me sirvan tantas», de la misma
manera que si fueran ganado. Viendo el cacique Hatuey que pelear contra
los españoles era en vano, como ya tenia larga experiencia en esta isla
por sus pecados, acordó de ponerse en recaudo huyendo y escondiéndose
por las breñas, con hartas angustias y hambres, como las suelen padecer
los indios cuando de aquella manera andan, si pudiera escaparse. Y
sabido de los indios que tomaban quién era (porque lo primero que se
pregunta es por los señores y principales para despachallos, porque,
aquellos muertos, fácil cosa es á los demas sojuzgallos), dándose
cuanta priesa y diligencia pudieron en andar tras él muchas cuadrillas
para tomallo, por mandado de Diego Velazquez, anduvieron muchos dias
en esta demanda, y á cuantos indios tomaban á vida interrogaban
con amenazas y con tormentos, que dijesen del cacique Hatuey dónde
estaba; dellos decian que no sabian, dellos, sufriendo los tormentos,
negaban, dellos, finalmente, descubrieron por dónde andaba, y al cabo
lo hallaron. El cual, preso como á hombre que habia cometido crímen?
_lesæ majestatis_, yéndose huyendo desta isla á aquella, por salvar la
vida de muerte y persecucion tan horrible, cruel y tiránica, siendo
Rey y señor en su tierra sin ofender á nadie, despojado de su señorío,
dignidad y estado, y de sus súbditos y vasallos, sentenciáronlo á que
vivo lo quemasen, y para que su injusta muerte la divina justicia
no vengase sino que la olvidase, acaeció en ella una señalada y
lamentable circunstancia: cuando lo querian quemar, estando atado al
palo, un religioso de Sant Francisco, le dijo como mejor pudo que
muriese cristiano y se baptizase; respondió, que ¿para qué habia de
ser como los cristianos, que eran malos? Replicó el Padre, porque
los que mueren cristianos van al cielo y allí están viendo siempre
á Dios y holgándose; tornó á preguntar si iban al cielo cristianos,
dijo el Padre que sí iban los que eran buenos: concluyó diciendo que
no queria ir allá, pues ellos allá iban y estaban. Esto acaeció al
tiempo que lo querian quemar, y así luégo pusieron á la leña fuego y
lo quemaron. Esta fué la justicia que hicieron de quien tanta contra
los españoles tenia para destruillos y matallos como á injustísimos y
crueles enemigos capitales, no por más de porque huia de sus inícuas é
inhumanas crueldades; y ésta fué tambien la honra que á Dios se dió,
y la estima de su bienaventuranza que tiene para sus predestinados,
que con su sangre redimió, que sembraron en aquel infiel, que pudiera
quizá salvarse, los que se llamaban y arreaban de llamarse cristianos.
¿Qué otra cosa fué decir que no queria ir al cielo, pues allá iban
cristianos, sino argüir que no podia ser buen lugar, pues á tan malos
hombres se les daba por eterna morada? En ésto paró el Hatuey, que,
cuando supo que para pasar desta isla á aquella los españoles se
aparejaban, juntó su gente para la avisar por qué causa les eran tan
crueles y malos, conviene á saber, por haber oro, que era el Dios que
mucho amaban y adoraban. Bien parece que los cognoscia, y que con
prudencia y buena razon de hombre temia venir á sus manos, y que no le
podia venir dellos otra utilidad, otro bien, ni otro consuelo, al cabo,
sino el que le vino.
CAPÍTULO XXVI.
Quemado el Hatuey, como las gentes de por allí lo tenian por hombre
y señor esforzado, de miedo puro que se les arraigó en las entrañas,
debajo de la tierra, si pudieran meterse, trabajaran por huir de las
manos de los cristianos, y así no habia ya hombre por toda aquella
provincia, que llamaban de Maycí, la última sílaba luenga, que parase
ni se juntase con otro, por hacer ménos rastro y no ser tomados, y
algunos se venian á dar á los españoles, llorando, pidiendo perdon
y misericordia, y que los servirian porque no les hiciesen mal. En
este tiempo, sabido en la isla de Jamáica que Diego Velazquez habia
pasado á poblar y á pacificar, como ellos solian, y hoy áun suelen
decir, la isla de Cuba, Juan de Esquivel, que allí era Teniente y la
habia cuasi destruido, acordó enviar, ó ellos mismos se movieron y
le pidieron licencia para pasar á ella, á ayudar á Diego Velazquez,
á un Pánfilo de Narvaez, natural de Valladolid, que por parte de
ser Diego Velazquez, de Cuéllar, que está cerca, le era aficionado,
con 30 hombres españoles, todos flecheros, con sus arcos y flechas,
en el ejercicio de las cuales estaban más que indios ejercitados.
Este Pánfilo de Narvaez era un hombre de persona autorizada, alto de
cuerpo, algo rubio, que tiraba á ser rojo, honrado, cuerdo, pero no muy
prudente, de buena conversacion, de buenas costumbres, y tambien para
pelear con indios esforzado, y debíalo ser quizá para con otras gentes,
pero sobre todo tenia esta falta, que era muy descuidado, del cual hay
harto que referir abajo. Este, con su cuadrilla flechera, fué bien
rescibido de Diego Velazquez, aunque maldito el provecho de su venida
resultó á los indios, y luégo les dió piezas, como si fueran cabezas de
ganado, para que les sirviesen, puesto que ellos traian de los indios
de Jamáica algunos que los servian donde quiera que andaban. A este
Narvaez hizo Diego Velazquez su Capitan principal, siempre honrándolo,
de manera que despues dél tuvo en aquella isla el primer lugar. Luégo,
desde á pocos dias, pasé yo allá habiendo enviado por mí el dicho Diego
Velazquez, por el amistad que en esta isla habiamos tenido pasada, y
anduvimos juntos Narvaez y yo, asegurando todo el resto de aquella isla
para mal de toda ella, como se verá, cerca de dos años. Hostigados y
atemorizados los indios de aquella provincia de Maycí, como está dicho,
comenzó Diego Velazquez á pensar en repartir los indios della por los
españoles, como habia hecho en esta isla el Comendador Mayor, y él
mismo en las cinco villas de que habia sido Teniente, como arriba queda
referido, y éste es como ha sido todo su bienaventurado fin, segun
que por los precedentes libros ha parecido, y para ésto constituyó
una villa en un puerto en la mar del Norte, cuyo asiento llamaban los
indios Baracóa, la penúltima luenga, que estaba en comarca de aquella
provincia de Maycí, la cual fué la primera de aquella isla, á la cual,
por ser la primera villa, decia que habia de repartir á los vecinos
della 200.000 indios. Desde la villa de Baracóa, envió á Narvaez con
25 ó 30 hombres á una provincia llamada el Bayámo, la media sílaba
luenga, tierra llana y descubierta de montes y harto graciosa, que
dista de Baracóa, si no me he olvidado, 40 ó 50 leguas, la isla abajo
hácia el Poniente, para asegurar los indios y gente natural della por
bien y si nó por guerra, porque miéntras no los tienen seguros, no
pueden repartillos ni servirse dellos, que es, como dije, su último
fin; Narvaez sólo llevaba una yegua en que iba, los otros todos á pié.
Llegado á la provincia, la gente de los pueblos salíanlos á rescibir
con sus presentes de comida, porque oro ni otras joyas ó riquezas,
no las estimaban ni cognoscian, espantados de ver aquel animal tan
grande, que nunca habian visto, y que subido un hombre encima tantas
cosas en él hiciese, y en especial que aquella yegua que Narvaez tenia
era brava, y en revolverse de una parte á otra echaba las piernas de
tal manera que parecia tirar grandes coces. Aposentáronse todos los
españoles en cierto pueblo de indios, y como habian oido sus nuevas de
la quema del cacique Hatuey é las muertes y corrimiento de los vecinos
y gente de la provincia de Maycí, é que no esperaban que ménos harian
en ellos, y las importunidades que cada hora les hacian, y los ojos
á las mujeres y á las hijas, y por ventura las manos, que en alguna
dellas ponian, porque ésta es costumbre en los nuestros usada y en
estas tierras antigua, acordaron todos los indios de la provincia
de ahorrar dellos, si pudiesen, lo cual tuvieron por cierto como no
fuesen más, creo que, de 25. Y aunque Narvaez no era, como dije, muy
cuidoso, en el bohío ó casa de paja en que estaba aposentado tenia
tambien su yegua metida, y habia ordenado que hobiese velas de noche
y espías. Juntáronse de toda la provincia cerca de 7.000 indios con
sus arcos y flechas, desnudos en cueros, porque, como en esta isla,
desnudos vivian, segun lo acostumbraban comunmente los de las tierras
calientes en estas Indias. Vinieron sobre Narvaez y los suyos, una
noche despues de la media pasada, lo cual pocas veces los indios destas
islas hacian; hiciéronse sobre dos partes, ordenando que la una entrase
en el pueblo por un lado, y la otra por otro, y del buen recaudo de los
españoles hallaron durmiendo las velas ó espías, y fué cosa graciosa
que, por codicia de robar el hato de los españoles, que no era otro
sino vestidos (porque siempre los indios desque vieron á los españoles
vestidos, siempre codiciaron vestirse), no aguardaron el tiempo y
sazon que concertado habian, y así la una parte ó escuadron dióse más
priesa por robar que la otra, y entra en el pueblo dando grita sin ser
sentidos. Despertó Narvaez atónito, que á sueño suelto dormia, y los
demas que no tenian para dormir ménos brío; entraban los indios en los
bohíos ó casas de paja, y topaban con los españoles, ni los mataban
ni los herian, sino curando de apañar ropa, era todo el fin que cada
uno pretendia. Los españoles topaban con los indios, y como estaban en
profundo sueño dormidos, y fué súpita la gran grita, que suele ser
terrible la de los indios, andaban atónitos, no entrando en acuerdo, ni
advirtiendo lo que era ni si morian ó vivian. Los indios domésticos,
que Narvaez habia traido de Jamáica, encendieron tizones del fuego que
allí tenian, y así como los indios de fuera vieron con la lumbre al
Narvaez, que ya comenzaba á entrar en acuerdo, uno dellos arrójale una
gran piedra, y dále en los pechos cerca de la boca del estómago, que
dió con él cuasi muerto en el suelo, y así despertó del todo, y dijo á
un fraile bueno que allí tenia consigo, de la órden de Sant Francisco:
«¡Ay padre que me ha muerto!» Consolóle el religioso y esforzóle lo
mejor que pudo, y, tornado en sí, ensillan la yegua con la priesa
que pudieron, y enfrénanla con harta dificultad porque era de tal
hechura, y sube Narvaez en ella descalzo de pié y pierna, y sólo una
camisa de algodon sobre otra de lienzo de Castilla, y echa un pretal
de cascabeles en el arzon de la silla, y no hizo más de arremeter por
la plaza una carrera, sin tocar en ningun indio, porque en sintiendo
que salia con la yegua, todos se habian por el monte que estaba cerca
acogido. Fué tanto el temor que de la yegua tuvieron y del sonido de
los cascabeles, pensando que cada uno era un millar de enemigos (cosa
maravillosa es de decir), que no pararon, hombre ni mujer ni hijos,
huyendo hasta otra provincia llamada Camagüéy, la penúltima luenga, que
distaba de aquella 50 leguas, y áun de despoblado camino. Por manera
que, por adelantarse á robar la ropa de los españoles, no guardando la
órden y tiempo y sazon que los Capitanes habian ordenado, perdieron
su negocio é intento los indios, porque si juntos, á una, dieran en
el pueblo, hecho fuera de Narvaez y de sus 25; no debe ser aquel caso
el primero que en el mundo ha acaecido, conviene á saber, perder las
batallas por robar los despojos la gente de guerra, y así por mala
cudicia. Hizo luégo mensajeros Narvaez á Diego Velazquez, sobre lo
acaecido, el cual determinó de ir allá con gente donde residió algunos
meses; no pareció persona por toda la provincia, sino eran algunos muy
viejos y enfermos que no pudieron huir, y éstos descubrieron como toda
la gente habia huido á la provincia de Camagüéy. Siguió el alcance
Narvaez desque lo supo, pero, como fué tarde y llevaba poca gente, no
se atrevió á entrar en la provincia de Camagüéy, porque tenia noticia
que tenia muchos vecinos, y así se tornó sin hallar algun indio.
CAPÍTULO XXVII.
Antes que Diego Velazquez de la villa de Baracóa se moviese, ni supiese
lo que á Narvaez habia acaecido, sucedió lo que aquí agora diré.
Entre la gente que allí con Diego Velazquez estaba, habia dél y de su
gobernacion algunos descontentos, ó porque no les hacia, segun ellos
estimaban de sí, tan buen tractamiento como quisieran, en especial
un Francisco de Morales, natural de Sevilla, hombre de auctoridad y
persona honrada, y que el Almirante habia enviado con Diego Velazquez
por Capitan en aquella isla, y que el Diego Velazquez no le pudiese
remover, aunque todavía sujeto á Diego Velazquez, por manera que habia
entre los que allí estaban ya parcialidad. Diego Velazquez, viendo que
su gobernacion buena ó mala, se le perturbaba, hizo proceso contra el
Morales y envióle preso á esta isla al Almirante, el cual ido, ó nació
de aquí ó de otros principios ó personas, las quejas del teniente
Diego Velazquez crescian de cada dia. En este tiempo vino á Cuba nueva
como eran llegados á esta isla Española los jueces de apelacion, y
acordaron los quejosos de Diego Velazquez de hacer sus informaciones
secretas y allegar sus memoriales y tomar sus firmas, para se enviar
á quejar á los dichos jueces, como á justicias superiores que enviaba
el Rey, y no hallaron otro más á mano y más atrevido á cualquiera
peligro, porque habia de pasar á esta isla en una canoa ó barquillo
de los indios, en mar tan alta, y como suele ser tan brava, sino á
Hernando Cortés, criado y secretario del dicho Diego Velazquez, que
desta isla lo habia llevado consigo, siendo escribano público en esta
isla de la villa de Açua. Tenia Diego Velazquez dos secretarios; uno,
este Hernando Cortés, y Otro Andrés de Duero, tamaño como un codo,
pero cuerdo y muy callado y escribia bien. Cortés le hacia ventaja
en ser latino, solamente porque habia estudiado leyes en Salamanca y
era en ellas Bachiller, en lo demas, era hablador y decia gracias, y
más dado á comunicar con otros que Duero, y así no tan dispuesto para
ser secretario. Era muy resabido y recatado, puesto que no mostraba
saber tanto, ni ser de tanta habilidad como despues lo mostró en cosas
árduas; era natural de Medellin, hijo de un escudero que yo cognoscí,
harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo y dicen que hidalgo. A
éste, como comencé á decir, hallaron los quejosos aparejado para llevar
sus quejas, cartas y despachos, ó porque él lo estaba tambien quejoso
de su amo Diego Velazquez; estando para se embarcar en una canoa de
indios con sus papeles, fué Diego Velazquez avisado y hízolo prender
y quísolo ahorcar. Rogáronle muchas personas por él, mandólo echar en
un navío para enviallo preso á esta isla Española, soltóse por cierta
manera del navío y metióse de noche en el batel, y vínose á la iglesia,
y estuvo allí algun dia; un Juan Escudero, que era alguacil (que él
despues ahorcó en la Nueva España), aguardó su tiempo, y paseándose
Cortés fuera de la iglesia, lo tornó á prender. Crecida la ira en
Diego Velazquez, túvolo muchos dias preso, y al cabo (Diego Velazquez
era bien acondicionado y durábale poco el enojo), rogándole muchos
por él que lo perdonase, hóbolo de hacer, pero no le quiso tornar á
rescebir en su servicio de secretario. Gomara, clérigo, que escribió
la Historia de Cortés, que vivió con él en Castilla siendo ya Marqués,
y no vido cosa ninguna, ni jamás estuvo en las Indias, y no escribió
cosa sino lo que el mismo Cortés le dijo, compone muchas cosas en
favor dél, que, cierto, no son verdad, y entre otras, dice, hablando
en el principio de la conquista de Méjico, que no quiso hablar en
muchos dias de enojado á Diego Velazquez, y que una noche fué armado
donde Diego Velazquez estaba sólo con solos sus criados, y que entró
en la casa, y que temió Diego Velazquez cuando lo vido á tal hora y
armado, y que le rogó que cenase y descansase, y Cortés respondió que
no venia sino á saber las quejas que tenia dél, y á satisfacerle y á
ser su amigo y servidor, y que se tocaron las manos por amigos, y que
durmieron ambos aquella noche en una cama. Esto es todo gran falsedad,
y cualquiera cuerdo puede fácilmente juzgar áun de las mismas palabras
que, en su compostura, Gomara, su criado y su historiador, allí dice,
porque siendo Diego Velazquez, Gobernador de toda la isla, como él
allí concede, y Cortés un hombre particular, dejado aparte ser su
criado y secretario, y que le habia tenido preso y querido ahorcar, y
que lo pudiera hacer justa ó injustamente, ¡qué diga Gomara que no le
quiso hablar por muchos dias, y que habia ido armado á preguntar que
qué quejas tenia dél, y que iba á ser su amigo, y que se tocaron las
manos, y que durmieron aquella noche en una cama! Yo vide á Cortés en
aquellos dias, ó muy pocos despues, tan bajo y tan humilde, que del más
chico criado que Diego Velazquez tenia quisiera tener favor; y no era
Diego Velazquez de tan poca cólera, ni áun de tan poca gravedad, que
aunque por otra parte cuando estaba en conversacion era muy afable y
humano, pero cuando era menester, y si se enojaba, temblaban los que
estaban delante dél, y queria siempre que le tuviesen toda reverencia,
y ninguno se sentaba en su presencia aunque fuese muy caballero, por
lo cual, si él sintiera de Cortés una punta de alfiler de cerviguillo
y presuncion, ó lo ahorcara, ó á lo ménos lo echara de la tierra y lo
sumiera en ella sin que alzara cabeza en su vida. Así que Gomara mucho
se alarga imponiendo á Cortés, su amo, lo que en aquellos tiempos, no
sólo por pensamiento estando despierto, pero ni durmiendo, por sueños,
parece poder pasarse. Pero como el mismo Cortés, despues de Marqués,
dictó lo que habia de escribir Gomara, no podia sino fingir de sí
todo lo que le era favorable; porque como subió tan de súpito de tan
bajo á tan alto estado, ni áun hijo de hombre, sino de Júpiter desde
su origen, quisiera ser estimado. Y así, deste jaez y por este camino
fué toda la historia de Gomara ordenada, porque no escribió otra cosa
sino lo que Cortés de sí mismo testificaba, con que al mundo, que no
sabia de su principio medio y fin cosa, Cortés y Gomara encandilaron,
como abajo, placiendo á Dios amador de verdad, parecerá. Lo cual por
agora dejado, despues que Diego Velazquez determinó que se hiciesen
pueblos ó villas de españoles en las provincias de aquella isla,
y repartió los indios á los tales vecinos, como la historia dirá,
perdido todo el enojo de Cortés, dióle tambien indios y su vecindad, y
tractóle bien, y honróle haciéndole Alcalde ordinario en la villa, que
despues fué ciudad, de Sanctiago, donde lo habia avecindado; porque
desta condicion era, cierto, Diego Velazquez, que todo lo perdonaba
pasado el primer ímpetu, como hombre no vindicativo sino que usaba de
benignidad. Tambien de su parte Cortés no se descuidaba de serville y
agradalle, y no enojalle en cosa chica ni grande, como era astutísimo,
de manera que del todo tornó á ganalle, y á descuidalle, como de
ántes. Tuvo Cortés un hijo ó hija, no sé si en su mujer, y suplicó
á Diego Velazquez que tuviese por bien de se lo sacar de la pila en
el baptismo y ser su compadre, lo que Diego Velazquez aceptó, por
honralle, de buena voluntad. Todas estas honras y favores, que Diego
Velazquez dió y hizo á Cortés, se le tornaron en daño y perdicion á él
por el desagradecimiento de Cortés. Dióse buena priesa Cortés, poniendo
diligencia en que los indios que le habia repartido Diego Velazquez,
le sacasen mucha cantidad de oro, que era el hipo de todos, y así, le
sacaron dos ó tres mil pesos de oro, que para en aquellos tiempos era
gran riqueza; los que por sacarle el oro murieron, Dios habrá tenido
mejor cuenta que yo. Porque dije que tenia mujer, así fué, que en el
tiempo de sus disfavores Cortés se casó con una doncella, (aunque
Gomara parece decir que primero la hobo), hermana de un Juan Suarez,
natural de Granada, que allí habian pasado con su madre, gente pobre,
y parece que le debia de haber prometido que se casaria con ella y
despues lo rehusaba. Y dice Gomara, que porque no queria casarse y
cumplir la palabra, estuvo Diego Velazquez mal con él, y no era fuera
de razon ni de justicia, pues era Gobernador, y aunque no lo fuera.
Así que casóse al cabo, no más rico que su mujer; y en aquellos dias
de su pobreza, humildad y bajo estado, le oí decir, y estando conmigo
me lo dijo, que estaba tan contento con ella como si fuera hija de una
Duquesa.
CAPÍTULO XXVIII.
Tornando al lugar provincia y pueblo donde dejamos á Diego Velazquez,
despues de algunos dias, por nuevas de indios, supo Diego Velazquez que
habia llegado un navío, y en él ciertos españoles al puerto de Xagua,
que estaba de allí cerca de 200 leguas, por lo cual envió una canoa
bien esquifada de indios remadores, con una carta en que les decia que
se viniesen á donde él estaba, quien quiera que fuesen. Llegada la
carta, holgóse mucho el Capitan, que era Sebastian de Campo, que fué
al que envió el Comendador Mayor á que bojase aquella isla el año de
8, segun que arriba, en el libro II, capítulo 41, dijimos; holgáronse
tambien los que con él venian. Este habia cargado un navío, suyo ó
con otros en compañía, de vino y mantenimientos para vender á los que
estaban en el Darien, y, despachada su mercadería, tornábase para esta
isla, y llegado allí, como sabia aquel puerto y traia muy perdido el
navío, dejólo allí, y tres pipas de vino y cuatro españoles que las
guardasen, y embarcóse en la canoa con los españoles marineros que
traia, que serian 12 ó 15, y vínose á donde Diego Velazquez estaba, el
cual muy graciosamente recibiólo. Bien pudieran los indios de Xagua
matarlo á él y á los suyos, sin que dellos memoria hobiera, pero no lo
hicieron, ántes á todos y á los cuatro tractaron como á hijos. Desde
á poco tiempo vinieron á Diego Velazquez nuevas como habia llegado al
pueblo y puerto de Baracóa, Cristóbal de Cuéllar, Tesorero de aquella
isla, y que habia sido Contador desta, con su hija, doña María de
Cuéllar, que habia traido consigo, por doncella suya, doña María de
Toledo, mujer del almirante D. Diego; tenia ya concertado con Diego
Velazquez, por cartas, de dársela por mujer y él de rescebilla. Este
Cristóbal de Cuéllar era hombre muy prudente, cuanto á este mundo,
y habia servido al príncipe D. Juan de darle la copa cuando habia
de beber. Mostróse siempre en esta isla y en aquella demasiadamente
servidor del Rey é celador de su hacienda; y dije demasiadamente,
porque solia decir que por el servicio del Rey daria dos ó tres
tumbos en el infierno. Bien podia ser que lo dijese por gracia, pero
gracia era desgraciada y de mal ejemplo para cualquiera cristiano.
Mucho debemos á los Reyes, y la Escritura Divina nos mandó que los
honorifiquemos, obedezcamos, temamos, sirvamos, y la honra y tributos
que se les debe les demos; pero no á tanta costa como es dar por ellos
tumbos en el infierno, porque no es otra cosa sino posponer á Dios,
menospreciándolo por los Reyes. Así que, sabida por Diego Velazquez
la venida del tesorero Cristóbal de Cuéllar y su hija, que traia para
dársela por mujer, despachóse de allí para ir á celebrar sus bodas, y
dejó allí con 50 hombres á Juan de Grijalva, por Capitan, mancebo sin
barbas, aunque mancebo de bien. Este era natural de Cuéllar, hidalgo, y
tratábalo Diego Velazquez como por deudo; quedó por Capitan hasta que
Narvaez volviese del alcance que hizo tras la gente de la provincia de
Bayámo, que lo habian querido matar, hácia la de Camagüéy. Dejó allí
con él á un clérigo, llamado el licenciado Bartolomé de las Casas,
natural de Sevilla, de los antiguos desta isla Española, predicador, á
quien Diego Velazquez amaba y hacia muchas cosas buenas por su parecer,
mayormente por sus sermones cuando predicaba; dejólo como por padre, y
quien aconsejase á Juan de Grijalva, el cual siempre obedeció é hizo lo
que le aconsejaba, el tiempo que le duró el cargo, que no fué mucho,
porque presto volvió Narvaez. Llegó Diego Velazquez á la villa de
Baracóa, y un domingo celebró sus bodas con grande regocijo y aparato,
y el sábado siguiente se halló viudo, porque se le murió la mujer,
y fué la tristeza y luto, más que la alegría habia sido, doblada.
Pareció que Dios quiso para sí aquella señora, porque dicen que era
muy virtuosa, y quiso prevenirla con la intempestiva muerte, porque
quizá con el tiempo y prosperidad no se trastornara. Estando las cosas
de Diego Velazquez en este estado, tornó Narvaez de su alcance sin
hacer nada, y desde á pocos dias comienzan los que se habian huido,
de miedo de los cascabeles de la yegua de Narvaez, á la provincia de
Camagüéy, á venir llorando, pidiendo perdon de lo que habian contra
Narvaez cometido y los cristianos, diciendo que habian sido locos y mal
considerados, y que les pesaba mucho dello, y que ellos querian servir
á los cristianos; y en ésto verlos era lástima. Tenian ya noticia de
que allí estaba el Clérigo, que ellos, como sacerdote ó hechicero de
los suyos, estimaban, y así lo llamaban Behique, y era y siempre fué
dellos, y de los demás, como hombre divino temido y reverenciado. Y
cuando los pobres venian, traian unos sartales de sus cuentas, que
arriba dejamos dicho ser como muelas podridas, pero dellos por gran
riqueza estimadas, y daban un sartal al capitan Narvaez (que ya no lo
era Grijalva), y otro al Padre, los cuales los rescibian con alegría, y
aseguraban diciéndoles que no tuviesen miedo que ya era aquello pasado,
que se fuesen cada uno á su pueblo, y que ninguno les haria daño. La
causa de la vuelta á su provincia y meterse en manos de sus enemigos,
los españoles, fué, que los vecinos de la provincia de Camagüéy no
los pudieron sufrir, como eran mucha gente, para dalles de comer de
sus bastimentos; y la razon es, porque aunque todas estas Indias sean
abundantísimas de comida, nunca los indios y vecinos de cada provincia
tienen, porque no lo procuran tener, más de lo que para sí en sus casas
han menester, y aquello tienen y tenian tan cierto, por los ordinarios
buenos temporales, que no tienen miedo de que les ha de faltar. De
aquí tenia colegido, y díjelo en el Consejo del Rey algunas veces ante
personas notables del Consejo de guerra, que los españoles, siendo
algun razonable número, no podian estar cercados de indios, por la
mayor parte de todas estas Indias, arriba de ocho dias, en fortaleza
ó pueblo que aquel tiempo se pudiesen sin daño defender; la razon que
yo tenia y tengo y allí dí es, porque cada provincia no tiene más de
comer de para sí, é la gente de guerra que tiene, aunque sean muchos,
todavía, siendo los españoles en algun número bastan para defenderse
de aquellos, y si de otra provincia que esté léjos de aquella, como
20 ó 30 leguas, quisieren venir á ayudarlos, han de traer á cuestas
la comida, cada uno lo que ha de comer, como no tengan bestias para
proveerse de sí mismos y de otras de bastimentos, pues ésto que se
trujese de tan léjos no puede durar cuatro, ó cinco, ó ocho dias, ni
en la provincia donde vienen no lo han de haber; luégo, de necesidad,
la hambre pura los ha de hacer volver, y así, por consiguiente, los
españoles no pueden estar sino muy poco tiempo cercados comunmente,
si son en algun número para, entre tanto, sin daño, de que cualquiera
provincia se defender. Razon fué que se me admitió y concedió por
personas notables, como dije, del Consejo de la guerra. Así que, por
causa de que no les comiesen los bastimentos los de la provincia de
Bayámo, no los quisieron rescibir los de la de Camagüéy, por lo cual,
constreñidos los de Bayámo, acordaron de se volver á sus pueblos y
casas y á su menester, aunque les pareció que se ponian en peligro de
que los españoles podian vengarse dellos; donde se cumplió á la letra,
el refran: «la hambre y el frio fuerzan al hombre meterse por casa de
su enemigo.» Puesto que faltaba en aquellos, que venian á sus propias
casas y no á las de sus enemigos.
CAPÍTULO XXIX.