La cultura--y la índole de la cultura--de un pueblo puede graduarse
por su manera de entender el patriotismo. Lo que se aplica á las
naciones puede decirse de los individuos. De cuando en cuando en la
vida de un país surge un incidente, más ó menos ruidoso, originado
por la interpretación que, desde el punto de vista del patriotismo,
se ha dado á un hecho ó á una manifestación oral ó escrita. Ya es
un gobernante que lleva á cabo determinada resolución, ó ya es un
publicista que lanza un libro ó hace en la prensa periódica estas
ó las otras manifestaciones. El acto del gobernante puede llegar á
concitar contra su persona las multitudes; las manifestaciones del
publicista pueden acarrearle la animadversión de una inmensa mayoría
de lectores. Sin embargo, gobernante y publicista habrán procedido
rectamente, lealmente, guiados por el más acendrado amor á su patria.
Pasará el tiempo; las pasiones se aplacarán; el enardecimiento de
estos días no turbará el juicio de los ciudadanos; otra generación,
juzgadora de las consecuencias desastrosas de un régimen, se dará
cuenta de la pura intención de quienes lo condenaron valientemente.
Y los hombres antes denostados, vilipendiados, escarnecidos,
serán--¡tardía reparación!--honrados y enaltecidos.
¿Qué es lo que se puede decir en un país y qué es lo que no se puede
decir? ¿Hasta dónde podrá llegar la crítica que un observador puede
hacer de las cosas, los hombres, las instituciones de su patria, y
hasta dónde no podrá llegar? Hemos citado antes, al hablar de un
gobernante y de un publicista, el caso referente á un determinado
hecho que surge en la vida de una nación. Ahora no se trata de una
contingencia histórica, sino del ejercicio cotidiano, constante,
de la observación social, de la crítica. Un pueblo sin conciencia
es un pueblo muerto. La conciencia de un pueblo se manifiesta en
el conocimiento de sí mismo. El conocimiento de sí mismo supone la
reflexión sobre sus hombres, sus sentimientos y sus ideas. Reflexionar
sobre todo es pensar, medir, contrastar los méritos y deméritos, las
ventajas y las desventajas, los avances y los retrocesos. Todo esto,
en suma, es crítica. Cuanto más espíritu de crítica se contenga en
la vida de una nación, tanto más esa nación tendrá conciencia de lo
que ha hecho y de lo que le falta por hacer. Ahora, imaginad que en
nombre del patriotismo, en nombre de un falso, absurdo, monstruoso
patriotismo, se les dice á los ciudadanos de la nación: «Suponed que
todo son bienandanzas entre vosotros; cerrad los ojos á todas las
corruptelas, á todas las lacras sociales, á todos los desenfrenos de
vuestros gobernantes. Imaginad que todo va bien; desentendeos de toda
censura y de todo anatema para los obstáculos que mantienen retrasado
en el progreso á vuestro pueblo. Haciendo esto daréis muestras de
patriotismo». ¿Qué haríamos al escuchar tan extrañas palabras? ¿Cuál
sería la disposición de nuestro ánimo?
Existen distintas clases de patriotismo. Las examinaremos brevemente.
El primer patriotismo lo ha expuesto pintoresca y amenamente Larra
en uno de sus artículos. Aludimos al titulado «El castellano viejo»,
que vió la luz en _El Pobrecito Hablador_ en Diciembre de 1833.
Coleccionado está este trabajo en las obras de Larra; de los más
conocidos es entre los que salieron de la pluma del gran satírico.
El tipo retratado por Larra hace alarde del más puro, más ferviente,
más entusiasta patriotismo. Patriota, archipatriota es el castellano
viejo ante todo. Nada hay para él superior á lo de su patria. «Es
tal su patriotismo--escribe Larra--, que dará todas las lindezas del
extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar
todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que
defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede
tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo
cual bien pudiera no tenerla; á trueque de defender que el cielo
de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más
encantadoras de todas las mujeres...» (Un breve alto y un paréntesis.
Dice Larra--en 1833--que su castellano viejo bien pudiera tener razón
en creer que los vinos de España son los mejores del mundo. Bueno
es el jerez; bueno el málaga; buenos los vinos claros y ligeros de
las llanuras manchegas, del Rivero y de la Rioja; bueno el fondillón
alicantino. Pero, querido Larra, ¿y el champagne? ¿Y el oporto? ¿Y
el rhin? ¿Y el burdeos? ¿Y el chianti? En cuanto á la educación, es
decir, á la cortesía, á la caballerosidad, cortesía y caballerosidad
hay entre franceses, ingleses, alemanes. Y mujeres, ¿no las hay
preciosas, encantadoras, en Inglaterra y Francia? ¿No son espléndidas
las americanas? Y respecto al cielo de España, ¿será menos bello
porque declaremos que en Nápoles--por no hablar de América--hay un
cielo radiante y purísimo?)
¿Quién aceptará hoy el patriotismo del castellano viejo de Larra?
¿De qué manera podrá condenársenos como antipatriotas, como poco
afectos á nuestro país porque proclamemos que no todas las cosas de
él son las mejores del mundo, que en el mundo hay cosas tan buenas--ó
mejores--que las que existen en nuestra patria? Y, sin embargo, aun
en España perdura este concepto. «Es un hombre, en fin, que vive
de exclusivas»--añade Larra para acabar de trazar la silueta de su
personaje--. Abandonemos estos exclusivismos y mezclémonos á la vida
universal.
La segunda clase de patriotismo, á que antes hemos aludido, es un
poco menos restrictiva que la anterior. «Está bien--se dice--hagamos
la crítica de nuestros defectos y nuestras máculas. Examinémonos
imparcial y rigurosamente. En tanto que no lleguemos á esta crítica,
no llegaremos tampoco á formar un anhelo firme de progreso y
mejoración. Está bien; pero esa crítica ejerzámosla dentro de casa,
entre nosotros, sin salir de la familia; no fuera, en el extranjero,
á la vista de gentes extrañas.» Así nos hablan estos patriotas y
hemos de reconocer--lealmente--que les impulsa, al hablar así, un
noble sentimiento. Aman su patria, sí; quieren, sí, la crítica de
lo malo que hay en su patria; pero desean que de esas miserias,
morbos y corruptelas no se enteren las gentes extrañas. (Santa
Teresa habla en su _Libro de las fundaciones_ de unos caballeros tan
pundonorosos, tan celosos de su decoro, que quieren más morirse de
hambre dentro de casa, «que no que lo sientan los de fuera». Grandeza
hay en esa dignidad castellana.) Pero el sistema de crítica interior
y no exterior es totalmente imposible. ¿Cómo nos compondremos para
lograr esto? Figurémonos que á nosotros, publicistas, nos pide una
revista extranjera un estudio serio, imparcial, escrupuloso, sobre
la situación de España, sobre el estado de su agricultura, de sus
artes, de sus letras. ¿Qué haremos en ese caso? ¿Diremos la verdad, ó
mentiremos? ¿Amañaremos la realidad innegable, ó expondremos esa misma
realidad tal cual es?
Aparte de esto, si en nuestra propia casa hacemos crítica imparcial,
¿de qué manera podremos evitar que los periódicos, los discursos,
los libros en que esa crítica se hace traspasen la frontera? ¿Vamos
á montar en los lindes de la nación un cuerpo especial de aduanas
encargado de no dejar pasar hacia afuera esos periódicos, libros y
discursos? Y cuando del extranjero se nos pida permiso para traducir
un libro nuestro en que se haga el examen de la vida española, ¿nos
negaremos á darlo? Todo esto es absurdo é infantil. Reconozcamos
el buen propósito; pero hagamos constar su impracticabilidad... y
su inutilidad. Al hacer constar tal cosa, entramos en la tercera
categoría del patriotismo. Dentro de esta categoría hay quienes
aman con mayor ó menor conciencia, con mayor ó menor reflexión la
tierra en que han nacido y viven, pero todos la aman leal, recta y
noblemente. Dentro de esta categoría, el ejemplar más acabado de
patriota podríamos representarlo en un hombre que, conociendo el arte,
la literatura y la historia de su patria, supiese ligar en su espíritu
un paisaje ó una vieja ciudad, _como estados de alma_, al libro de un
clásico ó al lienzo de un gran pintor del pasado; es decir, el hombre
que espiritualmente, lleno de amor, henchido de callado entusiasmo,
supiese fusionar, dentro de su espíritu, en un todo armónico, todos
estos elementos de su patria: el paisaje, la historia, el arte, la
literatura, los hombres. ¿Cuántos serán los que lleguen á estas
síntesis de alto patriotismo?
Esta categoría de patriotismo no excluye la crítica, ni hace distingos
entre la crítica hecha en casa y la hecha fuera de casa. Como su amor
á España es sincero, perseverante y noble, su crítica transpirará
siempre todas esas cualidades de sinceridad y de delicadeza que él
pone en su patriotismo. No habrá en ella acrimonia ni odio; una
melancólica desesperanza se desprenderá, si acaso, de los lamentos y
reproches de ese hombre. Si es español--como venimos imaginando--al
hacer la crítica de las cosas, ideas, hombres é instituciones de
España, no hará mas que repetir lo que los hombres más eminentes de la
política y del periodismo han expresado. Costa, Giner, Pí y Margall,
Maura, Azcárate, Sánchez de Toca, Macías Picavea, ¿cuán áspera y
veracísima crítica no han hecho de nuestra administración, nuestra
justicia, nuestro parlamentarismo, nuestras Universidades?
Cuando lejos de la patria, ausente largos años de la tierra española,
estas cosas se leen, irremediablemente un sentimiento de disgusto,
de contrariedad y de indignación invade nuestro espíritu. «¡Cómo se
pueden decir--exclamamos--estas cosas de nuestra amada España!» Con
los ojos del espíritu, allá en las remotísimas lejanías del espacio,
vemos las montañas, las llanuras, las ciudades, tal callejuela, tal
casa, de nuestra amada España. La crítica que acabamos de leer se
nos hace intolerable; arrojamos con despecho el periódico... Y, sin
embargo--¡oh, queridos compatriotas! ¡oh, hermanos en historia y en
raza!--esa crítica está inspirada en un noble amor á España. Aquí, en
el viejo solar, no alejados de él, nosotros sentimos los dolores de
España; sus angustias son nuestras angustias; sus tragedias están
hechas con nuestra sangre; con nuestro sudor regamos los campos de
donde sale el mantenimiento para todos; íntimamente maldecimos las
causas funestas que se oponen á su prosperidad; y desde lo más hondo
de nuestro ser anhelamos para ella--la noble y extenuada madre--días
de bienandanza, de paz y de progreso...
* * * * *
Se publicó el anterior artículo; pero se nos comunicó por la Dirección
del periódico que nuestra colaboración quedaba suspendida. Aquí tiene
el lector un pequeño proceso del patriotismo. Podrá ser instructivo
para el estudio--según las circunstancias sociales é intelectuales--del
sentimiento de patria.