Cuando escribimos estas líneas, Madrid se prepara á recibir la visita
del jefe del Estado francés... Imaginemos una inocente fantasía. Un
francés, un buen francés que tenga un poco--aunque no sea mas que
un poco--de la finura crítica de un Sainte-Beuve, del colorismo de
un Gautier, de la escrupulosidad de un Flaubert (¿queréis más?), ha
releído una de las _Orientales_ del gran Hugo y se dispone á visitar á
España. Hugo, en esa poesía titulada _Granada_ hace un compendio de su
visión de la tierra española. Las principales ciudades de nuestro país
va enumerando el poeta. Jaén tiene «su palacio gótico con torrecillas
extrañas». Segovia posee «el altar cuyas gradas besamos» y además «el
acueducto con sus tres hileras de arcos». (No son mas que dos, querido
y glorioso poeta). Barcelona «en lo alto de una columna, eleva un faro
al mar.» Alicante «mezcla á los campanarios los alminares». (¿Dónde
están los alminares de Alicante?) Valencia cuenta «con los campanarios
de sus trescientas iglesias.» «Salamanca se duerme, «al son de las
mandolinas» y se despierta á los gritos de los escolares. Á Medina del
Campo no le quedan mas «que sus sicomoros; sus puertas las hicieron
los romanos y sus acueductos los moros»...
Saint-Simón, Beaumarchais, Hugo, Gautier, Merimée marcan la línea
de la observación francesa respecto á España. Estos son los grandes
espíritus que de nosotros han sabido ver algo personal, intenso,
original. Conoce nuestro francés--el que hemos imaginado--toda esta
literatura hispanizante de sus compatriotas. Conoce también--un
poco--nuestros autores clásicos. Cuando se pone en el tren, su
imaginación va preparada para recibir el espíritu de España. (La
«canción de España», diría Barrès, que es el último de los románticos
franceses; romántico en una lengua clásica, densa, límpida y fresca).
El país vasco de España es idéntico al país vasco de Francia: el mismo
cielo bajo y sedante, las mismas praderías verdes y suaves, la misma
lejanía cerrada por la montaña y por la bruma. Los franceses--tal
Hugo--que ya ven, desde Fuenterrabía, el paisaje de España, la
reverberación de la luz vivaz, el colorido espléndido, se precipitan
un poco. Esperad un momento, buenos amigos. Cuando se llega á Vitoria,
ya el paisaje ha cambiado. Es la llanura alavesa un feliz eclecticismo
del paisaje vasco y del incipiente panorama castellano. Los horizontes
se descubren más dilatados y la luminosidad del cielo es más brillante.
El tren--ó el automóvil--avanza. Ya en tierra de Burgos, el paisaje
ha cambiado. El aire es más puro y sutil; las llanuras comienzan.
Nada más violento, más brusco, que este contraste entre el terreno
desolado, yermo, seco, uniforme de Castilla y el verde y ondulado
campo francés. Nada más distante de aquellos ríos plácidos y anchos,
que estos ríos hondos, angostos y turbulentos. Nada más lejos de
aquellos pueblecillos que se sospechan á lo lejos escondidos entre
la fronda, que estos otros pueblecillos que se destacan en lo remoto
del horizonte, con silueta enérgica, recortados fuertemente en el
cielo radiante. ¿Á dónde iremos á parar en nuestra peregrinación por
España? ¿Cuál ha de ser nuestro primer contacto serio, íntimo, con
esta tierra de aspereza, de luminosidad y de aire vivo? No iremos á
Madrid; un hotel de Madrid--poco más ó menos--es como un hotel de
cualquier otra capital. No iremos á una ciudad populosa de provincias;
las ciudades populosas se van uniformando sobre un mismo patrón y con
un mismo aire. El tren ha llegado á la estación de una pequeña ciudad.
Detengámonos aquí.
Un ómnibus nos lleva hasta la lejana población; este coche tiene los
cristales rotos, ó por lo menos, chiquitos, sucios; cuando anda hace
un ruido sonoro de tablas, de hierros, de desvencijamiento; si es
de noche, un farolillo colocado en lo interior humea apestosamente.
Avanzamos por las callejas del pueblo. En la fondita nos hacen subir
al piso alto; recorremos varios pasillos (en que hay ladrillos sueltos
que se mueven sonoramente al poner el pie encima); al fin nos abren un
cuartito del que se exhala un fuerte olor á vaho, á humo de tabaco,
tal vez á yodoformo. Nos acomodamos en él. ¿Qué remedio nos queda?
Ya en nuestro interior nos sentimos vivamente contrariados. «No
vale la pena--pensamos--de hacer este viaje; en España no se puede
viajar; no existen comodidades; los españoles--¡los pobres!--están muy
atrasados.» Nos disponemos á salir á la calle; al pasar por uno de
los corredores de la fondita nos asomamos á una ventana. El panorama
que entonces descubrimos nos deja profundamente pensativos. Es una
perspectiva de tejadillos, de paredones vetustos; entre la grisura de
las edificaciones columbramos unos cipreses que yerguen sus cimas
puntiagudas y negras. ¿De dónde salen esos cipreses? ¿Del patio de un
convento de monjas? Al final, más allá de las últimas edificaciones
de la ciudad, se destaca la larga pincelada de una sierra azul, y si
es en invierno, con los picachos blancos. Hay una serenidad profunda,
inefable, en el ambiente; forman una delicada armonía los cipreses
rígidos, el cielo azul límpido, los viejos seculares paredones y la
remota mancha de la montaña. Y en el silencio, intenso, denso, diríase
que el tiempo, en su correr eterno, se ha detenido. ¿Cómo verá un
extranjero todo esto? Es decir, ¿cómo sentirá un hombre, no habiendo
nacido en España, la unión suprema é inexpresable de este paisaje con
la raza, con la historia, con el arte, con la literatura de nuestra
tierra?
En nuestros paseos por la ciudad vamos recorriendo las callejuelas,
entramos en la iglesia, nos asomamos á los viejos caserones. Hemos
necesitado un libro; hemos entrado en una tiendecilla; en el
escaparate, polvoriento, había unas estampas religiosas, artículos de
escribir y unos libros. En la tiendecilla no tienen ningún libro que
hable de la ciudad; no se lee nada en el pueblo; nadie pide ningún
libro; el librero no sabe tampoco nada de nada. (Poco más ó menos le
ocurre lo mismo á los libreros de las grandes ciudades.) Volvemos á
pensar, entristecidos, en la pobre España; va nuestra ira irreprimible
contra los que no aman á España, contra los que no la conocen, ni
quieren conocerla, ni, enfrascados en concupiscencias y equívocos
manejos, ni buscan ni procuran su bien. Pero, llegados junto al
río, en las afueras de la población, este panorama tan noble en su
austeridad, tan elegantemente severo, nos aplaca y hace olvidar el
enojo íntimo que antes nos desazonaba.
En la fondita, cuando vamos á comer, comenzamos á entrar otra vez en
desasosiego. El yantar es mediocre; toleramos esto. Pero ¿por qué no
ha de ser limpio? En todas las fonditas españolas (ó en casi todas)
los tenedores tienen entre los intersticios manchas amarillentas
de huevo. ¿Por qué estas indefectibles manchas de los tenedores de
todas ó casi todas las fonditas españolas? Un momento después, en
nuestro cuarto, tenemos entre las manos las poesías de fray Luis, ó
el _Quijote_, ó _La Celestina_, ó _El Conde Lucanor_. Nuestro ánimo
ha vuelto á serenarse. Hemos contemplado durante el día el paisaje
de Castilla, el cielo, las ringleras de gráciles álamos, el río y
los oteros, la llanura amarillenta, las humaredas que se disuelven
lejanamente en el aire, las remotas montañas. Nuestro espíritu ha
vibrado hondamente frente á la vieja tierra. ¡Cuántas alegrías,
cuántos dolores, cuántas esperanzas, cuántas decepciones han pasado
por esta tierra durante siglos, á través de los años y de los años,
á lo largo de las generaciones! Y todas estas exaltaciones y estas
angustias de la larga cadena de nuestros antecesores, han venido
á crear en nosotros, artistas, esta sensibilidad que hace que nos
conmovamos ante el paisaje y que sintamos--ligada á él--esta página
de Cervantes ó esta rima de fray Luis. ¿Cómo un extranjero sentirá
esto? ¿Cómo, aun el mismo Barrès, que esto siente en su Lorena, podrá
sentirlo en la castellana Ávila, á la vista del panorama? Y ¿de qué
manera un extranjero pasará por encima de la desapacibilidad de la
fondita, del desabrimiento de los yantares, de la falta de libros, de
la parcial incultura--que nosotros mismos lamentamos--, para ver tan
sólo, suprema visión de arte, esta belleza de un paisaje concordado
íntima y espiritualmente con una raza y una literatura; para ver la
exacta é inefable relación que existe entre la grave prosa castellana
y ese macizo de álamos que se levantan esbeltos en el declive de un
recuesto austero y limpio?
* * * * *
El anterior artículo no fué publicado. Se nos devolvió en pruebas.
Comenzábamos á comprender que el patriotismo es un cristal á través
del cual se ve el paisaje de diverso modo. El patriotismo de un
pueblo no es igual al patriotismo de otro país. Cambia el concepto
del patriotismo según las mil circunstancias del agregado social.
Queremos ser escrupulosos al hablar de esta delicada materia.
Indudablemente, en Cuba la guerra colonial ha dejado un cierto
sedimento afectivo, sentimental; no podrán los españoles residentes
allí escuchar--ó leer--una crítica de las cosas de España con la
ecuanimidad--relativa--con que aquí las escuchamos ó leemos. Además,
y aparte de esto, lejos, muy lejos de la patria columbramos las cosas
de ella con otra luz con que las vemos desde la propia casa. Desde la
lejanía, el anhelo sentimental sufre menos, mucho menos la crítica;
la crítica, desde luego, justa, lógica, exacta, y, por lo tanto,
patriótica, alta, profunda, bienhechoramente patriótica.
Pero ¿era tan terrible el anterior artículo transcrito? ¿Era tan
terrible que un gran periódico no se atreviese á publicarlo? Creemos
todo lo contrario; creemos que ese artículo está henchido de amor, de
dulce simpatía para las cosas de España. En la carta que acompañaba á
su devolución se nos pedía que habláramos de otro modo de España. ¿De
qué modo íbamos á hablar de España, de nuestra España?
Sin aludir para nada á las cartas iracundas y á las protestas de los
periódicos, quisimos dirigirnos, discretamente, á tales protestadores.
Enviamos al _Diario de la Marina_ el siguiente artículo (7 Noviembre
1913):