LA GUERRA

Un viejecito--simbólico--está viajando por España. Tiene este

viejecito una larga barba que le llega hasta las rodillas y unos ojos

claros, azules. Es chico: como un gnomo. Lleva en su mano un cayado

con regatón de hierro. Cuenta con muchos, muchos, muchos años. Allá en

las pretericiones de la Historia conoció á los primitivos pobladores

de España; luego anduvo entre los godos; más tarde estuvo con los

alarbes; después, durante la Edad Media, presenció cómo construían las

catedrales y cómo en unos talleres angostos imprimían los primeros

libros. Ha departido este viejecito con Mariana; ha platicado con

Saavedra Fajardo; ha visto pensativo y angustiado á Cervantes; ha

observado, desde lejos, el último paseo de Larra por Recoletos el

mismo día de su muerte... Nuestro viejecito--con su luenga barba y su

bastón herrado--camina sin parar por la patria española. En el Norte

ha subido á las verdes montañas y ha descansado, junto á los claros

riachuelos, en lo hondo de los sosegados valles. Ha preguntado á

labriegos y á oficiales de mano. Una paz dulce reina en las tierras

españolas del Norte; lo cantan así los poetas y los literatos.

Pero por debajo de esa paz tradicional, nuestro viajero ve la

intranquilidad y la penuria del labriego. No falta el agua del cielo,

que fecunda los campos; mas la vida es pobre, limitada, y ya algunos

morbos terribles de la civilización moderna van entrando, poco á poco,

en el hogar milenario, y van, poco á poco, corroyendo y aniquilando

esa dulzura que loan los poetas. En ninguna región de España hace

tantas devastaciones el alcoholismo como en Guipúzcoa. El alcoholismo

trae como secuela fatal é inevitable la tuberculosis. Diezma la

tuberculosis los habitantes de esa hermosa región de España. El cuadro

que nos presentan las estadísticas es verdaderamente aterrador. ¿Quién

creería que esta paz, que esta serenidad, que esta poética dulzura

encubre los estragos verdaderamente extraordinarios, hórridos, del

alcoholismo y de la tisis?

De las provincias vascas, el viejecito de los ojos azules pasa á

Castilla. Atrás han quedado las verdes pomaradas; atrás los suaves

praderíos, con los puntitos rojos de las techumbres de las casas,

colgadas allá arriba en la altura; atrás los claros, silenciosos

regatos que se deslizan entre las anchas y resbaladizas lajas. Ya la

estepa castellana abre su horizonte ilimitado; antes la mirada no

podía extenderse más allá de un punto próximo; ahora se dilata por la

inmensidad gris, rojiza, amarillenta. Ya no hay bosques de árboles;

si acaso, algún macizo de álamos gráciles, tremulantes, se yergue á

la vera de un riachuelo. La tierra de sembradura produce poco; no se

la beneficia toda á la vez y todos los años. Se la divide en dos,

tres ó más hojas, y en cada añada una sola de estas tres suertes ó

tranzoneras es la que produce el grano. Son breves y superficiales las

labores; aún el labriego rige la mancera del milenario arado romano.

Tan poco produce la tierra, que apenas tiene el labrador para pagar

el canon del arriendo, los pechos del fisco y los intereses de los

préstamos usurarios. Todo el día, desde que quiebra el alba hasta que

el sol se pone, el labrador permanece inclinado sobre su bancal. Los

fríos le atarazan; los ardores del sol le tuestan en el verano. No hay

leña en su vivienda para calentarse en el invierno. No prueba la carne

en sus yantares mas que una ó dos veces al año (cuando la prueba).

Largas sequías dejan exhaustos de humedad los campos; en tanto que la

sementera se malogra ó que los tiernos alcaceles se agostan, allí á

dos pasos, corre el agua de los ríos por los hondos álveos hacia el

mar, inaprovechada, baldía. No hay piedad para el labriego castellano,

ni en el usurero que presta al ciento por ciento, ni en el Estado

que agobia con su tributación, ni en el político que se expande en

discursos grandilocuentes y vanos. Castilla se nos aparece pobre y

desierta. No llegarán á treinta los habitantes por kilómetro cuadrado.

Incómodos y escasos son los caminos. En insalubres y desabrigadas

casas moran sus gentes. Leguas y leguas recorremos sin encontrar en la

triste paramera ni un árbol...

Nuestro viajero deja Castilla y entra en Levante. Levante se abre

ante la vista del viandante con sus colinas suaves, sus llanos de

viñedos y sus pinares olorosos. En los pueblecillos, los huertos se

destacan en los aledaños con sus laureles, sus adelfas y sus granados.

El aire es tibio y transparente; en la lejanía espejea el mar de

intenso azul. Pero el labrador de Levante se siente oprimido--como

el de Castilla--por los múltiples males que le deparan el Estado y

la Naturaleza. Tan frugal es este cultivador de la tierra como el

cultivador castellano. No prueba jamás la carne; legumbres y verduras

constituyen su ordinaria alimentación. La tierra rinde poco; la

filoxera ha devastado la mayoría de los viñedos. El vino ha llegado

á una suma depreciación. De las campiñas y de los pueblos emigran á

bandadas los labriegos y los artesanos; emigran también de Galicia,

de Castilla y de Andalucía. Ahoga asimismo la usura á los pequeños

propietarios; han de malvender éstos sus casas y sus predios para

pagar al usurero. Los malos años, las sequías, las plagas del campo,

hacen que el número de jornaleros empleados en el beneficio de la

tierra disminuya; en las viviendas pobres--los que no emigran--pasan

los días inactivos, sin pan, viendo en la miseria más cruel á sus

mujeres y á sus hijos.

Continúa nuestro viejecito su camino á través de España. Ahora ha

llegado á Andalucía. Sierras abruptas, como las de Córdoba y las de

Ronda, nos muestra la Naturaleza. Llanos grises y uniformes, como

los de Sevilla, se extienden ante la mirada. La frugalidad en los

trabajadores agrarios llega á su colmo en la tierra andaluza; una

jornada de trabajo produce apenas para comprar un poco de pan y una

escasa porción de aceite. Escuálidos, exangües vemos á los labriegos;

con andrajos cubren sus carnes; á centenares abandonan la patria

española. Y en tanto que se alejan de los campos que los vieron nacer,

en esos mismos campos permanecen incultos, yermos, pertenecientes á

unas pocas manos, leguas y leguas de terreno.

¡Ah, viejecito de la barba luenga y de los ojos azules! ¡Ah, viejecito

milenario, que tantas cosas has visto á lo largo de la historia de

España! La alborada de una nueva vida floreciente y renaciente,

el deseo formidable é íntimo de ser mejores no es todavía sino un

rudimento en los pechos de unos pocos españoles. Ahora, sobre las

calamidades tradicionales, centenarias, de la rutina, la ignorancia,

la pobreza, se añade la guerra. Una guerra devasta nuestra Hacienda y

deja exhaustos de brazos los campos y los talleres. Nuevos auxilios

se le piden al labrador, al industrial, al artesano, al pequeño

propietario, todos abrumados y angustiados por la usura, el fisco y

las malas cosechas. Una tremenda causa de despoblación se agrega á

las ya existentes: las ya existentes, que hacen que se camine durante

horas por las llanuras de Castilla sin encontrar un ser humano. No hay

escuelas, no hay caminos, no hay árboles, no hay hombres. El viejecito

de la barba larga se ha sentado en la cima de una montaña. Desde la

altura se divisaba un vasto panorama de oteros y de valles; en ese

paisaje estaba retratada en compendio la patria española. Nuestro

viajero ha pensado: «España: discursos, toros, guerra, fiestas,

protestas de patriotismo, exaltaciones líricas». Y ha pensado también:

«España: muchedumbre de labriegos resignados y buenos, emigración,

hogares sin pan y sin lumbre, tierras esquilmadas y secas, anhelo

noble en unos pocos espíritus de una vida de paz, de trabajo y de

justicia».

* * * * *

El anterior artículo motivó vivas protestas en algunos diarios de

la Habana; hemos procurado indagar el motivo que estos periódicos

pudieran tener para sus destemplanzas. Nos han dicho que estos

periódicos defienden á España. No lo entendemos. No fué esto sólo:

multitud de cartas llegaron á nuestras manos, en que se protestaba

también enérgicamente de nuestro artículo. Dimos de lado á protestas

periodísticas y á protestas postales y escribimos--continuando nuestra

colaboración--el artículo que transcribimos:

Los valores literarios · 第 50 / 90 题