LOS ESPAÑOLES

De don Francisco Gregorio Salas hemos hablado en alguna ocasión.

(Véase, si se quiere, nuestro libro _Clásicos y modernos_.) Conocemos

de Salas sus _Parábolas morales, políticas y literarias_, especie de

fábulas en prosa; su _Observatorio rústico_, librito precioso para

el estudio del idioma castellano; la _Colección de los epigramas y

otras poesías críticas, satíricas y jocosas_. De todos sus libros,

el más popular, aquel de que se han hecho más ediciones es el

_Observatorio_. Pero todos los ejemplares de todos los libros de Salas

que se encuentran en los baratillos aparecen sumamente grasientos,

sobados y manoseados; señal de que han sido muy leídos. Salas tiene

reputación--merecida--de escritor prosaico, chabacano; se le cita de

raro en raro como modelo de vulgarismo. Mas lo que no se añade--y esto

salva su nombre--es que en su poesía alienta un vivo y curioso espíritu

de observación. Don Francisco Gregorio vivía pobre y apaciblemente; se

le quería por su bondad; él iba poquito á poco devaneando por el mundo

(digo por Madrid) y escribiendo sus versitos, llenos de una candorosa

malicia y de una pulcra realidad.

De don Francisco Gregorio ha dejado un retrato Moratín; en otros

autores de la época hay también tal cual alusión. Hemos encontrado,

por ejemplo, una referencia en un librito titulado _La Amalia ó cartas

de un amigo á otro residente en Aranjuez_. Su autor se llamaba don

Ramón Tamayo y Calvillo. Pues don Ramón habla elogiosamente de don

Francisco. La novelita--escrita en cartas--es una imitación de otro

escritor también original... á su manera, y también desconocido: Mor de

Fuentes. (Ha llegado la hora, señores míos, de hacer justicia á estos

pequeños clásicos ignorados. No hay más remedio.) Don Ramón, que es

un erudito, escribe así en una de las cartas de _La Amalia_, ó mejor

dicho, escribe uno de los personajes de la fábula: «Anoche, después

de haber hablado con nuestro sabio don Francisco Gregorio de Salas,

me ocurrió tomar la pluma para escribir la conversación que tuvimos y

él dedujo de las obras de sus amigos Marcial, Valbuena y Argensola,

cuyas circunstancias, si no las elevase á tu noticia, creerías que

era un hombre extravagante»... (No sabemos, á primera vista, lo que

quiere decir don Ramón. Luego vemos, fijándonos, que el autor tuvo

una conversación con don Francisco y que éste dijo tales cosas,

apoyándose en Marcial, Valbuena y Argensola--un poco incongruente es

este manojo--, que si él, don Ramón ó su personaje, citara las palabras

de Salas sin añadir las autoridades en que éste las apoyaba, se le

tendría por un extravagante. ¡Qué misterioso es todo esto! ¡Caramba!)

En la _Colección_ de sus poesías, «nuestro sabio amigo don

Francisco»--como decía Tamayo y Calvillo--dedica unas páginas á trazar

el retrato moral ó etopeya de los habitadores de las distintas regiones

españolas. Hay cosas curiosas en este librito; por ejemplo--todo en

verso, desde luego--, las razones que da el autor para no imprimir sus

libros por cuenta propia, los motivos que alega para tener criados y no

criadas en su casa, la descripción que hace del «ajuar ó muebles que

vió el autor en varias casas». Dejando todas estas curiosidades aparte,

nos ocuparemos, según hemos prometido en el título, de los retratos

españoles. El autor titula esta parte de su libro «Juicio imparcial

ó definición crítica del carácter de los naturales de los reinos y

provincias de España».

Lo primero que hace Salas es darnos una pintura del español «en

general». El español es honrado, valiente, cauto, etc.; tiene ingenio,

despierto; no le falta disposición natural para las empresas. Pero

al español «le falta aplicación» (en eso estamos), y por eso se

puede decir de él que es «un tesoro escondido». Después de esto, don

Francisco la emprende con Castilla la Vieja. Los castellanos viejos...

Pero antes permítame el lector--¡guarda Pablo!--que advirtamos que

nosotros no hacemos mas que transcribir lo que dice el sabio don

Francisco; lejos, muy lejos de nuestro ánimo está el hacer una terrible

labor antipatriótica. Continuemos: el castellano viejo es hombre

franco y bien intencionado; se le puede buscar para que nos dé un buen

consejo. Pero «no es hombre de gran despejo» y, además de esto, peca de

«algo lerdo y mohino». No da más fruto su sencillez que el que da su

tierra: «al pan, pan, y al vino, vino». (Ignoramos lo que quiere decir

con esto nuestro sabio amigo.)

Mucho más enredado está lo que Salas dice de Castilla la Nueva. Es

éste un país agradable; bondadosa se muestra la gente; pero «afecta al

interés». Todos los campos que vemos cultivados en Castilla la Nueva,

«sin catar jamás el pan harán mucho más que un Cid, si dan un año con

otro, para Madrid, cebada». (Es decir, á lo que creemos columbrar, que

si los bancales de Castilla la Nueva dan cada dos años una cosecha de

cebada, y si esta cebada se vende en Madrid, los labradores pueden

darse más por satisfechos que si esas tierras produjeran pan.) Los

asturianos son «cerdosos, rechonchos, cuadrados». Se distinguen por

su honradez. De Asturias salen todos los alhameles ó soguillas de

España. Los maragatos, «bonazos», pueden ser presentados como modelos

de obtusidad; sin embargo, el autor añade que «van y vienen muy de

prisa con sus lienzos» y que acaban por llevarse nuestro dinero. (Pues

entonces no son tan tontos...) De los gallegos, el que sale agudo puede

darle ventaja al más astuto. No comen mas que «coles y pan seco»;

trabajan infatigablemente.

«Amigo verdadero, arrestado marinero, honrado mercader»; todo esto es

el vizcaíno. Y algo más es el vizcaíno; es «por su entereza capaz, sin

que por ello la cabeza se le canse, de escribir más que el Tostado.»

(¿Cuántos tomos llevan escritos nuestros queridos y admirados amigos

Pío Baroja y Miguel de Unamuno? ¿Cuántos escribirán? _Ai posteri_...)

No se podrá negar que los navarros son rectos; pero también son

«un poco pesados». Comen tremendamente; beben al igual; todos son

asentistas, comerciantes, indianos y capadores. La gente riojana es «en

tal manera oficiosa, que á cualquier otra le puede cardar la lana».

La «gloria» del montañés consiste en su «grande ejecutoria»;

ejecutorias que van á parar á las «alojerías»; sabido es que los

naturales de la Montaña de Santander se distinguen por ser los

alojeros, bodegoneros y botilleros de toda Andalucía. Del retrato que

Salas hace de los madrileños se han hecho populares los cuatro primeros

versos:

Aun las personas más sanas,

si son en Madrid nacidas,

tienen que hacer sus comidas

de píldoras y tisanas.

Con lo cual se quiere significar la destemplanza, rigor y desconcierto

del clima madrileño. Aparte de esto, los madrileños gustan de llevar

«diamantes como avellanas, corbatín estirado, espadín, ricas vueltas».

(La afición á las sortijitas es algo cierta.) Llevan también los

naturales de Madrid «siempre marcado el cuello con sellos de Antón

Martín». (¿Á qué se alude con esto? Lo que hemos tardado en consultar

el _Manual de Madrid_, de Mesonero Romanos, edición de 1831, página

182, hemos tardado en salir de dudas. En la plazuela de Antón Martín

había un cierto hospital. ¡Pero querido y bondadoso don Francisco

Gregorio...!) La Alcarria cría gente «muy fiel». (Un dato interesante

que añadir á la etopeya de Salas: don Fermín Caballero, en su _Manual

geográfico de España_--1844--dice que los alcarreños «han poblado

de libreros á Madrid, así como de criadas, que pasan por fieles y

pegajosas por su mojigatería». En lo de la fidelidad de los alcarreños

están, pues, de acuerdo Salas y Caballero). Los andaluces son

ponderativos, festeros; muéstranse aficionadísimos á galanteos; «jamás

están sin comadre»; se pelean de palabra y se desafían; «luego quedan

tan compadres».

El aragonés es testarudo y porfiado; no perdona fatiga para llegar á

lo que se propone; «aspira siempre á la intriga, al dominio y á la

memoria». (Algo de esto dijo, mucho antes, Maquiavelo en el retrato

de Fernando V.) Vamos ahora con vosotros, catalanes. El catalán es

«oficioso, carruajero, navegante, fabricante, mercader»; no se da punto

de reposo. En un país escabroso, con mil dificultades, «marca tierras,

hace planes». En resolución, «aunque sea en un establo», el catalán,

por arte del diablo (lo del establo es fuerza del consonante), «hace

de las piedras, panes». Los valencianos son ligeros y mudables. Su

corazón es frío; «gente de regadío», se les puede llamar. El tesoro del

mallorquín es «el aceite y el vino». Aborrecen los mallorquines á los

argelinos y á los moros; «guardan bien su peculio»; en Mallorca, «todo

el año es mes de Julio»; «con rara veneración» los mallorquines «dan

culto y veneración á su Raimundo de Lulio». El murciano pasa la vida

alegremente; su preocupación son «los naranjicos» y «el gusanico».

Terminemos. Los canarios son «siempre vagos». Con «un plátano y un

trago» se sustentan. Los ingleses, «con halago», sacan el fruto de

la tierra canaria. Por esto los canarios vienen á ser «vasallos del

rey de España y hermanos del de Inglaterra». Dos décimas dedica

también Salas á los portugueses y á los americanos; los primeros son

finchados; pretendientes eternos los segundos. Cuando leemos estas

semblanzas de los distintos españoles, trazadas por el buen don

Francisco Gregorio, evocamos los retratos de castellanos, andaluces,

catalanes, etc., estampados, con lindos colores, en los platos de una

vajilla del Retiro. Pareja hace una cosa con la otra. Y es interesante

la descripción de Salas para el estudio--á través del tiempo--del

concepto, concepto popular, que los españoles han tenido de sí mismos.

Los valores literarios · 第 39 / 90 题