Recapitulemos... Por acaso, y de tarde en tarde, se encuentra en el
teatro clásico una obra que merezca alguna consideración. ¿Habrá
alguna que supere en trascendencia y en poesía á _La vida es sueño_?
Sin embargo, esa obra de Calderón no pasa de ser un embrión de obra
maestra; el pensamiento es admirable; su pensamiento encierra un
hondo simbolismo; hay en toda esa concepción grandeza ó idealidad.
Pero vemos, después de la primera lectura, sin necesidad de detenido
examen, que _La vida es sueño_ no pasa de ser un boceto de drama,
un rudimento, soberbio, sí; mas, al cabo, un rudimento. El autor no
acertó á desenvolver la idea del drama con toda su plenitud, con toda
la majestad y fuerza debida. Junto á la fábula principal--que debió
ser única--, Calderón, falto de vigor y de inspiración, ha tenido que
tejer otra intriga--infantil y absurda--con objeto de rellenar lo que
faltaba para el drama. De haberse penetrado de la grandeza de la idea
principal y de haber contado con vigor bastante para desenvolverla
cumplidamente, el autor hubiera llegado á hacer de _La vida es sueño_,
no un boceto--que es en lo que ha quedado--sino una verdadera y robusta
obra maestra.
Y si esto se puede decir de una de las pocas obras capitales del
teatro clásico, ¿qué no se podrá decir del común de todas las demás
comedias? Ahí está _El mágico prodigioso_, y nada más inconsistente,
estrafalario é inverosímil. («Hay en el desarrollo de la obra--escribe
Menéndez y Pelayo--puerilidades verdaderamente indignas de Calderón
y del asunto.») Ahí está _El alcalde de Zalamea_--cuyo desenlace nos
repugna--, en el cual la emoción delicada sólo aparece en la escena
entre Pedro Crespo y don Lope de Figueroa. En las comedias llamadas
de capa y espada (y que pudieran llamarse de _alacena y balcón_)
lo absurdo y lo infantil llegan á grados increíbles. Galanes que
encuentran á otros galanes, ó al padre, ó al hermano, y que han de
esconderse en una alacena; galanes que se arrojan por el balcón; damas
que se disfrazan de hombre y no son reconocidas por sus amantes ni por
sus padres: una intriga dentro de otra intriga, y estas dos, á su vez,
dentro de otras... tal es, sumariamente, en esquema, el procedimiento
usual de nuestros dramaturgos; ellos mismos comprenden la puerilidad de
todo este juego y así, de cuando en cuando, lo ponen en ridículo por
medio de alguna observación humorística de un criado.
Por ejemplo, en _La niña de Gómez Arias_, de Calderón (donde un galán,
dicho sea de pasada, abandona á su amada en medio del campo, y luego
más tarde la vende, así como suena, la vende á un capitán de bandoleros
moriscos); en _La niña de Gómez Arias_, al tener que esconderse un
galán porque llega otro, dice el criado de aquél: «Siempre vi suceder
de esta manera este paso»... (En el _Shylock_, de Shakespeare,
Bassanio, que ya es prometido de Portia, no reconoce á ésta, de quien
se acaba de separar, cuando, vestida de hombre, hace de juez ante el
tribunal, y cuando á él mismo le pide el anillo que no mucho antes le
había dado. Lo que nos parece absurdo en Lope y Calderón nos lo parece
también en Shakespeare.)
En el artículo de Gavino Tejado, que anteriormente mencionamos, dice
este autor hablando de nuestro teatro clásico: «Nuestra poesía clásica
es el triunfo permanente del espíritu sobre la materia; los intereses
puramente mundanales, los que llamamos intereses positivos en estos
tiempos de materia y de prosa...» (¿Por qué son estos tiempos--los
de 1854--de materia y de prosa? ¿Por qué no lo eran también los de
1654, por ejemplo? Todos los tiempos son de materia y de prosa...
ó no lo son.) «... en estos tiempos de materia y de prosa, apenas
tienen espacio ni lugar en nuestra literatura; por eso no hay en
ella nada que repugne...» (Recuerde el lector la multitud de casos
citados en el artículo II.) Una literatura en que no se ve el reflejo
de los _intereses materiales_, es decir, de la materia, es decir,
de la realidad, es decir, de la vida cotidiana y corriente, es una
literatura sin apoyo ninguno en el mundo, sin base sólida de verdad y
de observación; una literatura fantaseadora, artificiosa, deleznable.
No se ha podido--en general--formular un más acertado juicio acerca
del teatro clásico y de la novela picaresca. La realidad se halla
profundamente falseada en esos dos géneros.
Esta cuestión de la falta de observación de la realidad que se nota en
la novela y en el teatro está íntimamente ligada al problema--antaño
tan debatido--de la ciencia española. En la _Revista Contemporánea_
(números del 15 de Agosto de 1876 y 15 de Abril de 1877) expusieron
su argumentación Manuel de la Revilla y José del Perojo; deben ser
leídos esos trabajos detenidamente; sus principales observaciones no
han podido ser rebatidas. No ha habido entre nosotros un vigoroso,
continuado, escrupuloso pensamiento filosófico y científico; un
ambiente, en fin, de amor á la vida, por las mismas razones por
que no han existido un teatro y una novela basados en la realidad.
¿Cómo pudiera haber ese ambiente cuando la literatura dramática y la
novelesca eran lo que eran? Si exceptuamos el caso de Cervantes--y
algunos otros--, ¿qué escritores han dado entre nosotros una visión
amorosa, honda y ecuánime de realidad? Cuando se hable de presiones
ó de determinadas influencias que han podido evitar, coartar el
desenvolvimiento del pensamiento científico, será preciso tener en
cuenta el caso de la novela y el teatro. Sí, se pudo coartar la
libertad de la investigación de la realidad--concedámoslo--; pero, ¿de
qué manera el literato que tenía la realidad ante él y pudo reflejarla
escrupulosamente, no lo hizo? ¿Cómo la observación no se ejercitó en el
arte literario? ¿Por qué, lejos de esto--y salvo excepciones--, dió en
lo absurdo y en lo caricaturesco? El campo, sin embargo, estaba libre;
el artista no era probable que encontrara trabas ni obstáculos para su
obra; no los encontró para su deformación de la realidad: menos pudo
encontrarlos para el reflejo escrupuloso y cordial de la vida.
En 1841 don Nicomedes Pastor Díaz escribía en _El Conservador_ un
artículo, recogido luego en el tomo III de sus obras completas, en
que hablaba de la novela en España. No se explicaba Pastor Díaz cómo,
cuando en Francia escribían novelas Balzac, Sand, Hugo, Vigny, en
España no se cultivase este género. «Repetimos--decía el autor--que
se nos oculta la causa de este fenómeno.» La causa de este fenómeno
es que no puede haber novela sin observación de la realidad, y que
este espíritu, este amor, esta comprensión, aún no había comenzado
á despertarse entre nosotros. Cuando escribía Pastor Díaz, en 1841,
ya hacía seis años que Vigny había publicado los soberbios relatos
de _Grandeza y servidumbre militares_; relatos de una fuerza, una
sobriedad y una emoción tales como no han sido sobrepujados por las
modernas páginas de un France, un Barrès ó un Lemaitre. ¿Cómo se hacía
aquí el género novelesco en esa época, en 1835?
Terminemos. Philarete Chasles, en sus _Études sur l’Espagne_,
publicados en 1847, compara nuestro teatro clásico al moderno
periodismo. «En el siglo XVII el drama--escribe Chasles--representaba
el papel de nuestra prensa.» «Todos los acontecimientos, todos los
recuerdos, todas las ideas, todas las locuras, todas las esperanzas
creaban algún drama nuevo.» «Lope y Calderón obraron en su época
como brillantes periodistas: ¡valientemente, vivamente, con pompa y
ligereza!» Comparar las comedias clásicas á las brillantes crónicas de
los periódicos, no está mal. Acaso tuviera razón Philarete Chasles...