III

Recapitulemos... Por acaso, y de tarde en tarde, se encuentra en el

teatro clásico una obra que merezca alguna consideración. ¿Habrá

alguna que supere en trascendencia y en poesía á _La vida es sueño_?

Sin embargo, esa obra de Calderón no pasa de ser un embrión de obra

maestra; el pensamiento es admirable; su pensamiento encierra un

hondo simbolismo; hay en toda esa concepción grandeza ó idealidad.

Pero vemos, después de la primera lectura, sin necesidad de detenido

examen, que _La vida es sueño_ no pasa de ser un boceto de drama,

un rudimento, soberbio, sí; mas, al cabo, un rudimento. El autor no

acertó á desenvolver la idea del drama con toda su plenitud, con toda

la majestad y fuerza debida. Junto á la fábula principal--que debió

ser única--, Calderón, falto de vigor y de inspiración, ha tenido que

tejer otra intriga--infantil y absurda--con objeto de rellenar lo que

faltaba para el drama. De haberse penetrado de la grandeza de la idea

principal y de haber contado con vigor bastante para desenvolverla

cumplidamente, el autor hubiera llegado á hacer de _La vida es sueño_,

no un boceto--que es en lo que ha quedado--sino una verdadera y robusta

obra maestra.

Y si esto se puede decir de una de las pocas obras capitales del

teatro clásico, ¿qué no se podrá decir del común de todas las demás

comedias? Ahí está _El mágico prodigioso_, y nada más inconsistente,

estrafalario é inverosímil. («Hay en el desarrollo de la obra--escribe

Menéndez y Pelayo--puerilidades verdaderamente indignas de Calderón

y del asunto.») Ahí está _El alcalde de Zalamea_--cuyo desenlace nos

repugna--, en el cual la emoción delicada sólo aparece en la escena

entre Pedro Crespo y don Lope de Figueroa. En las comedias llamadas

de capa y espada (y que pudieran llamarse de _alacena y balcón_)

lo absurdo y lo infantil llegan á grados increíbles. Galanes que

encuentran á otros galanes, ó al padre, ó al hermano, y que han de

esconderse en una alacena; galanes que se arrojan por el balcón; damas

que se disfrazan de hombre y no son reconocidas por sus amantes ni por

sus padres: una intriga dentro de otra intriga, y estas dos, á su vez,

dentro de otras... tal es, sumariamente, en esquema, el procedimiento

usual de nuestros dramaturgos; ellos mismos comprenden la puerilidad de

todo este juego y así, de cuando en cuando, lo ponen en ridículo por

medio de alguna observación humorística de un criado.

Por ejemplo, en _La niña de Gómez Arias_, de Calderón (donde un galán,

dicho sea de pasada, abandona á su amada en medio del campo, y luego

más tarde la vende, así como suena, la vende á un capitán de bandoleros

moriscos); en _La niña de Gómez Arias_, al tener que esconderse un

galán porque llega otro, dice el criado de aquél: «Siempre vi suceder

de esta manera este paso»... (En el _Shylock_, de Shakespeare,

Bassanio, que ya es prometido de Portia, no reconoce á ésta, de quien

se acaba de separar, cuando, vestida de hombre, hace de juez ante el

tribunal, y cuando á él mismo le pide el anillo que no mucho antes le

había dado. Lo que nos parece absurdo en Lope y Calderón nos lo parece

también en Shakespeare.)

En el artículo de Gavino Tejado, que anteriormente mencionamos, dice

este autor hablando de nuestro teatro clásico: «Nuestra poesía clásica

es el triunfo permanente del espíritu sobre la materia; los intereses

puramente mundanales, los que llamamos intereses positivos en estos

tiempos de materia y de prosa...» (¿Por qué son estos tiempos--los

de 1854--de materia y de prosa? ¿Por qué no lo eran también los de

1654, por ejemplo? Todos los tiempos son de materia y de prosa...

ó no lo son.) «... en estos tiempos de materia y de prosa, apenas

tienen espacio ni lugar en nuestra literatura; por eso no hay en

ella nada que repugne...» (Recuerde el lector la multitud de casos

citados en el artículo II.) Una literatura en que no se ve el reflejo

de los _intereses materiales_, es decir, de la materia, es decir,

de la realidad, es decir, de la vida cotidiana y corriente, es una

literatura sin apoyo ninguno en el mundo, sin base sólida de verdad y

de observación; una literatura fantaseadora, artificiosa, deleznable.

No se ha podido--en general--formular un más acertado juicio acerca

del teatro clásico y de la novela picaresca. La realidad se halla

profundamente falseada en esos dos géneros.

Esta cuestión de la falta de observación de la realidad que se nota en

la novela y en el teatro está íntimamente ligada al problema--antaño

tan debatido--de la ciencia española. En la _Revista Contemporánea_

(números del 15 de Agosto de 1876 y 15 de Abril de 1877) expusieron

su argumentación Manuel de la Revilla y José del Perojo; deben ser

leídos esos trabajos detenidamente; sus principales observaciones no

han podido ser rebatidas. No ha habido entre nosotros un vigoroso,

continuado, escrupuloso pensamiento filosófico y científico; un

ambiente, en fin, de amor á la vida, por las mismas razones por

que no han existido un teatro y una novela basados en la realidad.

¿Cómo pudiera haber ese ambiente cuando la literatura dramática y la

novelesca eran lo que eran? Si exceptuamos el caso de Cervantes--y

algunos otros--, ¿qué escritores han dado entre nosotros una visión

amorosa, honda y ecuánime de realidad? Cuando se hable de presiones

ó de determinadas influencias que han podido evitar, coartar el

desenvolvimiento del pensamiento científico, será preciso tener en

cuenta el caso de la novela y el teatro. Sí, se pudo coartar la

libertad de la investigación de la realidad--concedámoslo--; pero, ¿de

qué manera el literato que tenía la realidad ante él y pudo reflejarla

escrupulosamente, no lo hizo? ¿Cómo la observación no se ejercitó en el

arte literario? ¿Por qué, lejos de esto--y salvo excepciones--, dió en

lo absurdo y en lo caricaturesco? El campo, sin embargo, estaba libre;

el artista no era probable que encontrara trabas ni obstáculos para su

obra; no los encontró para su deformación de la realidad: menos pudo

encontrarlos para el reflejo escrupuloso y cordial de la vida.

En 1841 don Nicomedes Pastor Díaz escribía en _El Conservador_ un

artículo, recogido luego en el tomo III de sus obras completas, en

que hablaba de la novela en España. No se explicaba Pastor Díaz cómo,

cuando en Francia escribían novelas Balzac, Sand, Hugo, Vigny, en

España no se cultivase este género. «Repetimos--decía el autor--que

se nos oculta la causa de este fenómeno.» La causa de este fenómeno

es que no puede haber novela sin observación de la realidad, y que

este espíritu, este amor, esta comprensión, aún no había comenzado

á despertarse entre nosotros. Cuando escribía Pastor Díaz, en 1841,

ya hacía seis años que Vigny había publicado los soberbios relatos

de _Grandeza y servidumbre militares_; relatos de una fuerza, una

sobriedad y una emoción tales como no han sido sobrepujados por las

modernas páginas de un France, un Barrès ó un Lemaitre. ¿Cómo se hacía

aquí el género novelesco en esa época, en 1835?

Terminemos. Philarete Chasles, en sus _Études sur l’Espagne_,

publicados en 1847, compara nuestro teatro clásico al moderno

periodismo. «En el siglo XVII el drama--escribe Chasles--representaba

el papel de nuestra prensa.» «Todos los acontecimientos, todos los

recuerdos, todas las ideas, todas las locuras, todas las esperanzas

creaban algún drama nuevo.» «Lope y Calderón obraron en su época

como brillantes periodistas: ¡valientemente, vivamente, con pompa y

ligereza!» Comparar las comedias clásicas á las brillantes crónicas de

los periódicos, no está mal. Acaso tuviera razón Philarete Chasles...

Los valores literarios · 第 38 / 90 题