Hemos citado anteriormente la _Revista Española de Ambos Mundos_;
en uno de los números de dicha publicación (el correspondiente á
Noviembre de 1854) se publicó un interesante trabajo del que vamos á
tomar algunos datos. El trabajo aludido se titula _El Romanticismo_,
y es su autor el aragonés don Gerónimo Borao, conocido por su
diccionario de aragonesismos. Merece leerse el estudio de Borao; deben
leerlo los historiadores y críticos de nuestra literatura. No hemos
tenido por acá un prefacio de _Cromwell_; es decir, un manifiesto
en que elocuentemente, audazmente, se expusiera y propugnara la
nueva tendencia estética. Nuestro romanticismo no ha tenido nada
de espontáneo, de hondo, de nacional; cosa superficial y pegadiza,
nació por contagio de las literaturas extranjeras: de la francesa, en
Castilla; de la inglesa, en Cataluña. ¿Hay nada más hueco, palabrero,
incongruente y sin emoción que la poesía de Zorrilla? (Correspondencia
de literatura á literatura: de 1845, por ejemplo, el libro de leyendas
de Zorrilla titulado _El desafío del diablo_--Boix, editor. De 1843
son _La muerte del lobo_ y _La salvaje_, de Alfredo de Vigny... Hugo y
Lamartine ya habían dado espléndidos frutos.)
Pero, si algo retrasado, el estudio de Borao es una defensa vigorosa,
minuciosa y original del romanticismo. Tenemos este trabajo por lo
más exacto y fundamental que se ha escrito sobre la materia; algunos
de los argumentos expuestos en estas páginas se repiten en el día y
suenan á nuevo. (No olvidemos el prefacio de _Cromwell_, ni la parte
que en su libro _Racine y Shakespeare_ dedica Stendhal á definir y
defender el romanticismo. El trabajo de Stendhal es de 1823 y el de
Hugo de 1827.) Borao, por ejemplo, expone la idea del romanticismo
de Racine y Corneille; idea que recientemente desenvolvía con sutil
ingenio un crítico francés: Emilio Faguet. Borao rechaza la estética
clasicista como impropia de una nueva modalidad social. «Cuando en
nuestros días--escribe--se ha desplegado por completo la revolución de
las ideas; cuando se han desmoronado los caducos y ominosos edificios
del feudalismo y de la intolerancia; cuando todo es nuevo para nosotros
y todo es preciso que tenga su definición, su justificación, su examen
filosófico, ¿quiérese conservar para este orden de acontecimientos,
para este reciente planteo de nuestra civilización, la acompasada
tragedia clásica, el círculo de sus héroes, los caprichos de su
estructura, las leyes de su ya imposible composición?» La literatura es
un producto social. ¿De qué modo, en virtud de qué, se quiere imponer
á una sociedad la norma estética, la sensibilidad que otra, allí en la
lejanía de lo pretérito, ha producido?
Una cita hace el autor de este estudio que queremos reproducir íntegra.
Hablando del concepto erróneo que se tiene del clasicismo, transcribe
Borao unas palabras que el helenista don Braulio Foz estampa en su
_Literatura griega_, impresa en Zaragoza el año 1853. «Ningún poeta
griego--escribe Foz--fué clásico, del modo que aquí entendemos esta
palabra, en las grandes épocas de su literatura; porque ni padecieron
el yugo infeliz de la imitación, ni se ajustaron á las formas arrugadas
del didactismo (que no existía), ni se educaron en el servilismo de
costumbres enemigas de la marcha libre y generosa del entendimiento.
Aristóteles mismo no hubiera criado verdaderos clásicos; su _Poética_
no es lo que después han sido las de sus pedantes intérpretes y
sucesores.» Importa mucho esta cita, porque en ella se halla contenida
la verdadera doctrina del clasicismo (y de lo castizo); profesores,
eruditos, académicos propugnan y fomentan el culto á lo antiguo _por lo
antiguo_. Se es clásico--y se es castizo--, no por la observación de la
vida, no por la emoción y la fuerza que se ponga en la obra de arte,
sino por el giro que se dé á la frase, plasmándola sobre la frase de
los autores del siglo XVI ó XVII (este último más culto, más retorcido,
más artificioso que el anterior). Pero los griegos y los romanos no
hicieron lo que han hecho sus imitadores franceses y españoles de
las centurias decimaséptima y décimoctava; pero Cervantes, Lope,
Luis de León, etc., no han hecho tampoco lo que ahora, copiándoles,
calcándoles, hacen algunos inocentes novelistas y poetas. El verdadero
clasicismo está--como en la antigüedad helénica y como en la España
de Cervantes--en observar la vida y en trasladarla, con emoción, con
sentimiento, á la novela, al teatro y al poema.
Hechas estas indicaciones sobre el estudio de don Jerónimo Borao,
vengamos ya, concretamente, á nuestro asunto. Hemos hablado de las
abundantes licencias é inmoralidades de nuestro teatro clásico. «La
licenciosidad--escribe Borao--campea sin escrúpulos en el teatro de
los religiosísimos Lope y Calderón, y del religioso mercedario Téllez,
no aduciendo nosotros prueba alguna en favor de esta proposición, por
parecernos cosa concedida y porque tendríamos que manchar la pluma
con obscenidades que hoy no son recibidas bajo ningún pretexto.»
(Recordemos que en la colección de comedias clásicas publicada, á
principios del siglo XIX, por Gorostiza y García Suelto, se ven
sustituídos por líneas de puntos muchos pasajes de comedias de Tirso.)
El teatro clásico castellano se ha dicho que es representación del
honor y de la caballerosidad; imprudente y atolondradamente algunos
escritores académicos han llegado en este sentido á encarecimientos é
hipérboles ridículos. Borao no quiere dar en su trabajo--como acabamos
de ver--muestras de las licenciosidades que en las comedias clásicas
abundan; pero cita, sí, otros ejemplos de hechos, que dejan malparados
el honor, la humanidad y la civilización de quienes los realizan.
Muchos más pudieran aducirse. Los reproduciremos en abono de nuestra
tesis.
En _La devoción de la Cruz_ Eusebio mata en duelo al hermano de su
amante Julia, se hace bandolero, escala el convento en donde aquélla
se encuentra y viene ésta á ser bandolero y asesino como él. En el
_Castigo sin venganza_, de Lope, Federico ama á la esposa de su padre
el duque de Ferrara, y éste le obliga á que mate á un reo cubierto, que
se descubre ser Casandra, y le da muerte al punto, por medio de sus
guardias como á regicida. En _No hay cosa como callar_, de Calderón,
Juan halla dormida á Leonor, apaga la luz, tápale la boca, y cuenta
después con descaro cínico los pormenores de su perversidad. En
_Amigo, amante y leal_, el príncipe de Parma dice á Félix que quiere
gozar con poder ó con violencia á Aurora, amada de su interlocutor.
En _La Villana de Vallecas_, ésta es deshonrada y después entretiene
falsamente á un don Juan y engaña torpemente á un labrador. En _Don
Gil de las calzas verdes_ se presenta Juana como la anterior, y para
que no se dude, con sucesión, consiguiendo enlazarse con don Martín,
en fuerza de perseguirlo disfrazada de hombre. En _El condenado sin
fe_, de Tirso, un asesino ajusticiado es conducido por ángeles al
cielo, mientras un ermitaño es condenado por un instante de duda.
En _Marta la piadosa_, ella y su hija abrazan á un mismo amante. En
_La dama presidente_, de Leiva, Ana, que odiaba el amor, se agencia
un galán, le hace firmar de esposo, le da una daga para que la mate
y lo aburre hasta hacerle decir que «tras de la posesión se entra
el aborrecimiento». En _Todo es enredos de amor_, de Moreto, Elena
sigue vestida de estudiante á Félix, que no la conocía; sirve en
casa de su novia, le desacredita con ella y concluye por casarse
con él... Recordemos también el modo brutal como muchos amantes
tratan á sus amadas; bofetadas, palizas, abandonos en medio del
campo son frecuentes en las comedias clásicas. En _La Dorotea_, de
Lope, libro autobiográfico, ¿no se habla de un bofetón propinado por
Fernando--Lope--á Dorotea, ó sea á Elena Ossorio? (También la madre
de la muchacha, enfurecida, colérica, coge á ésta por los cabellos
violentamente y la maltrata.)
Todo esto en cuanto al teatro que inaugura y representa Lope de
Vega. En el período anterior, la dramaturgia llamada propiamente
clásica--imitación del teatro griego--ofrece asimismo considerable
cantidad de horrores. Transcribiremos los casos que cita nuestro autor.
En _La libertad de Roma_, de Juan de la Cueva, hay desorejaduras,
desnarigaduras y quema pública de un cadáver. En _Los siete infantes de
Lara_, del mismo, doña Lambra es quemada, y en _El príncipe tirano_,
éste hace que Trasildoro abra una sepultura para cuando nazca su
hermana, y los entierra después de matarlos; esto sin la sencillez
(al cabo es una prueba judicial) de dar tormento á varios personajes.
En _La cruel Casandra_, de Virués, los muertos son ocho, cinco en
la escena, no quedando en pie sino el rey y unos criados. En la
_Semíramis_, del mismo, Nino quiere casarse con la esposa de Menon;
éste se ahorca; ella se declara á Zopiro, á quien después mata; se
casa con Nino, y más tarde lo destrona y envenena, y se declara al
cabo á su hijo Ninos, de quien recibe la muerte. En _Atila_, el rey
mata á la reina para casarse con Celia, es envenenado por Flaminia,
mata á aquélla, ahoga á ésta, y muere él propio haciendo compañía
á cincuenta y seis personajes, que no son menos los muertos en esa
tragedia de Virués. En _La infeliz Marcela_, del mismo autor, Felina
trata de envenenar á su amante Formio; éste, intentando antecogerle
el golpe, envenena á Marcela, y el príncipe Laudino mata á todos. En
la _Nise laureada_, de Bermúdez, un guardia escupe á los tres nobles
que causaron la muerte de Inés, el rey cruza la cara á Coello con un
látigo, el verdugo saca el corazón á los tres, y después se procede á
la quema de sus cadáveres. En la _Isabela_, de Argensola, mueren ella
y Muley, el rey mata á Eudalla, Aja mata al rey, y todo esto sucede
con acompañamiento de hogueras, suplicios, cadáveres y dos cabezas
cortadas. En la _Alejandra_, del mismo, Acoreo mata al rey, á la reina
y á su esposa, Luperio es destrozado, Alejandra envenenada, Acoreo
muerto, Orodante apuñalado por una princesa y ésta despeñada...
¿Desea algo más el lector? Ni el teatro _clásico_ de Cueva, ni el
_romántico_ de Lope, pueden ser presentados como ejemplos de humanidad.
Más vale el segundo que el primero desde el punto de vista artístico;
pero no es gran cosa su trascendencia estética... Nos quedan por hacer
unas breves consideraciones.