MÁS DEL TEATRO CLÁSICO CASTELLANO

I

Perdone el querido amigo Ricardo J. Catarineu--tan bondadoso y leal

compañero--el que no nos hayamos hecho cargo antes, mucho antes,

según nuestro deseo, de su artículo en defensa del teatro clásico

castellano. Lo hacemos ahora; con placer aprovechamos cuantas

ocasiones se nos presentan para afirmar nuestros puntos de vista

críticos. ¿De cuándo arrancan las falsas ideas--falsas, en nuestro

entender--que se tienen sobre el mencionado teatro? En dos grupos

podemos clasificar esas preocupaciones respecto á la vieja dramaturgia;

se refieren unas al valor _moral_ de tal teatro; otras corresponden

á su valor estético. Poco á poco, durante la segunda mitad del siglo

XIX, ha ido viéndose en el teatro clásico una «escuela del honor»

(del honor castellano, naturalmente). La tendencia arranca--no

es preciso decirlo--del entusiasmo que los primitivos románticos

alemanes sintieron por ese teatro; de nuestras antiguas comedias esos

críticos hicieron--un poco frívola y atolondradamente--el dechado de

la caballerosidad y de la hidalguía. (La verdadera realidad es otra,

como veremos después.) Repercutió en nuestra casa ese entusiasmo;

seguimos desde dentro la corriente iniciada fuera; nos halagaba ese

pasado--pasado literario--que de pronto surgía esplendoroso, brillante;

los académicos, catedráticos y políticos adoptaron con entusiasmo

ese punto de vista... Y allá fueron tópicos fervorosos, hipérboles,

encarecimientos, lirismos, apóstrofes, etc., basados en la indicada

«escuela del honor», que el teatro clásico nos ofrece. Recuérdense,

entre otros trabajos, los discursos académicos de don Mariano Catalina

y de don Adelardo López de Ayala.

Pero como la verdad era otra, la verdad, acá y allá, fragmentariamente,

á retazos, iba apareciendo. No es en estos días cuando el teatro

clásico ha sido juzgado del modo como nosotros--siguiendo á otros

críticos--lo juzgamos. Como argumentos de autoridad citaremos algunos

de estos juicios; pertenecen á escritores de distintas escuelas, países

y tendencias. Comencemos por Goethe. Conocida es su crítica de _La hija

del aire_, de Calderón. «Juzgar esta comedia--escribe Goethe--es juzgar

todas las del autor.» «No tiene Calderón--añade--una manera original

de ver la Naturaleza; todo en él es puramente teatral, escénico.» «La

inteligencia descubre fácilmente el plan; las escenas se desenvuelven

siguiendo una marcha que recuerda las piezas de baile.» (Luego veremos

cómo un crítico inglés--Jorge Meredith--ve también en nuestro teatro

clásico una especie de baile.) «Buen procedimiento--añade Goethe--y

que se encuentra en nuestras óperas cómicas modernas.» (¿Qué dicen los

casticistas oficiales? ¡Comparar una de nuestras comedias clásicas

con una ópera cómica!) «Entre las escenas consagradas al desarrollo

poético de la acción principal se deslizan escenas intermediarias; aquí

se mueven elegantes y delicadas figuras que parecen ejecutar pasos de

danza; aquí reinan la retórica, la dialéctica, la sofística.» (Sigue

la idea del bailable... y además, la retórica, la dialéctica y la

sofística.) Goethe compara luego, con palabras profundas, á Calderón

con Shakespeare; la página debe ser leída en su integridad; algo

dice el crítico de «tenebrosos prejuicios» y de «estolidez», que, no

haciendo falta para nuestra argumentación, no debemos recoger aquí.

Jorge Meredith ha hablado de nuestro teatro clásico--brevemente--en su

_Ensayo sobre la comedia_. He aquí, completo, el juicio del crítico

inglés: «El teatro español es más rico en comedias tales como la que

ha dado origen al _Menteur_, de Corneille; pero es preciso que nos

violentemos para creer que ese embustero no exagera sus disposiciones

naturales cuando amontona mentiras sobre mentiras». (Acusación de

falta de verdad, de defecto de observación exacta, real.) «La comedia

española--continúa el autor--está, generalmente, construída como un

esqueleto de líneas generales bien definidas, de movimientos rápidos

como los de los fantoches. Esa comedia podría ser representada por una

cuadrilla de danzarines, y el recuerdo que nos queda de su lectura

es, en suma, el de una agitación de pies que bailan.» (No decía

otra cosa Goethe.) «Esa comedia es, finalmente, cosa distinta de la

verdadera comedia. Donde los sexos están separados, los hombres y las

mujeres se convierten, como dicen los portugueses, en _affaimados_,

hambrientos los unos de los otros. Don Juan es un carácter dramático

que hace desvanecer las almas; el devaneo de destrozar los corazones

de una docena de mujeres no concilia la musa cómica precisamente

con la efusión de sangre.» (No sabemos á punto fijo lo que quiere

decir Meredith con esto último. Meredith escribe, poco más ó menos,

como Stendhal escribía, á trancas y á barrancas y hablando de todo

y aludiendo á las cosas más incongruentes... en la apariencia.

El _Ensayo_, de Meredith, puede colocarse al lado del _Racine y

Shakespeare_, de Stendhal.)

Hemos dicho que son dos los puntos de vista desde que se puede juzgar

el teatro clásico castellano: el moral y el estético. En las citas que

hagamos á continuación irán mezclados los dos criterios. Vengamos á

la crítica española. Menéndez y Pelayo, al hablar en sus conferencias

sobre Calderón (1881, reeditadas luego con correcciones) del teatro

de este dramaturgo, dice algo que debemos tener en cuenta. Calderón

profesó, como sus coetáneos, «la moral del honor, moral relativa,

detestable en muchos casos y opuesta á la moral cristiana, y sostuvo

tesis como la de _A secreto agravio secreta venganza_, y extremó el

espíritu vindicativo, duelista y de punto de honra, y con esto y con

ciertas ligerezas, ya que no liviandades, de sus damas y sus galanes,

dió pie á las declamaciones de algunos moralistas»... Á Luzán, según

el mismo Menéndez y Pelayo, «no le falta razón» al hablar de que las

comedias clásicas parecen «vaciadas en el mismo troquel, pareciéndose

unos á otros, hasta confundirse, los galanes, las damas, los padres,

los hermanos». En fin, el propio Menéndez y Pelayo, hablando de

Shakespeare, confiesa que «efectivamente, el desarrollo de los afectos

en Calderón es superficial» y que «sólo por intervalos alcanzan sus

personajes la expresión verdadera y humana».

No olvidemos que quien habla es un apologista del pasado literario;

apologista intransigente en su mocedad, en 1881, y que las frases

copiadas fueron dichas en conferencias solemnes hechas con motivo de

una apoteosis oficial de Calderón. Años antes, en 1854, otro escritor,

también netamente ortodoxo (y que había de ser más tarde académico),

Gavino Tejado, exponía también algunos juicios idénticos á los

expuestos luego por Menéndez y Pelayo; y los exponía en un trabajo

escrito para celebrar y exaltar la literatura clásica castellana.

(«Ensayo crítico sobre algunas épocas de la literatura española», en

la _Revista Española de Ambos Mundos_, correspondiente á Enero del

año citado. Interesante, curioso trabajo por el juicio que en él se

hace desde el punto de vista católico, de las comedias de Moratín.)

Nuestra literatura clásica, y en especial el teatro, según Gavino

Tejado, tendía «más á retratar en sus obras la vida externa, que al

análisis erudito y entrometido de los afectos y de las ideas; es decir,

de la vida interior». (Con otras palabras: carencia de observación

psicológica, superficialidad en el estudio de los caracteres. ¿Qué le

queda á una literatura donde esto pasa? No hablamos nosotros; habla un

panegirista entusiasta, fervoroso, de nuestro pasado literario.)

«El carácter que más resalta en la forma de nuestro antiguo

teatro--escribe también Tejado--es la uniformidad, y casi pudiéramos

decir, la monotonía de sus elementos constitutivos, que nos representa

como vaciados en un mismo molde á los ingenios y las obras de aquella

edad eminentemente literaria.» (Si todos los autores son lo mismo, y

si todos son superficiales psicólogos, ¿qué hacemos de nuestra vieja

dramaturgia?)

Los valores literarios · 第 36 / 90 题