EL TEATRO Y LA NOVELA

Hace algún tiempo publicamos un artículo hablando del teatro clásico

y de la novela picaresca. Desagradó aquel trabajo; encontráronlo

inconveniente los apasionados á ultranza de una tradición literaria

cerrada, dogmática. Deseamos ahora ampliar--ratificándolos--algunos

puntos de vista entonces, en la ocasión aludida, expuestos. Parece que

no se puede hablar de los clásicos con espíritu libre; es prueba tal

intransigencia de incultura. ¿Basta que sobre un autor haya pasado el

tiempo--dos, tres, cuatro siglos--para que sea considerado intangible?

Hoy podemos hablar cuanto nos plazca de un escritor contemporáneo

nuestro; podemos decir: «No me gusta Echegaray, no me gusta Alarcón,

no me gusta Núñez de Arce». Pero no podemos decir: «Me desagrada

Calderón, me desagrada Quevedo; me desagrada Solís». Si lo decimos,

la indignación de los austeros varones que parecen tener en depósito

la tradición; la indignación, el sarcasmo y la burla de estos señores

serán con nosotros. Sin embargo, ¿por qué no admitir en esta materia

el espíritu de tolerancia, de diversidad de gustos que reina en otras?

¿Por qué si podemos decir que no nos gusta más un paisaje andaluz que

uno vasco--ó al revés--, no podremos afirmar que el teatro clásico no

nos place nada y en cambio nos encanta el moderno? ¿Por qué no diremos

que no nos interesa en lo más mínimo un drama de Calderón, y en cambio

nos apasiona una tragedia de Ibsen ó de D’Annunzio?

Existen muchas hipocresías, muchas _mentiras convencionales_ respecto

á la literatura clásica; el teatro, como género más plástico y

de relieve, ha formado en su torno mayores y más indestructibles

prejuicios. Nada más deleznable que nuestra clásica dramaturgia;

cuando se representa por acaso alguna obra (después de podada y

aliñada) fingimos experimentar un vivo placer estético. En realidad, no

experimentamos nada; si fuéramos sinceros, lo diríamos á voces. Si esa

obra se representa bien, las decoraciones, los trajes, los adminículos

escénicos nos interesarán un poco; tal vez el arcaísmo del lenguaje

nos atraiga también. Pero eso es sólo un momento y para un día; y eso

es todo ello completamente ajeno al puro placer estético. ¿Cuántos

espectadores tolerarían una serie--seis ú ocho--de representaciones

clásicas? Haced otra prueba: coged una comedia clásica, modernizad el

lenguaje y haced que los personajes vistan como nosotros, es decir,

conservando la esencia de la obra; cambiadla hasta que desaparezca

todo el arcaísmo de su forma. ¿Quién resistiría la representación de

una obra tal? Sin embargo, salvo lo de los trajes, eso es, en fin de

cuentas, lo que se hace con una obra de Shakespeare, que traducida

del inglés á cualquiera otra lengua vemos representada en el lenguaje

moderno. No sabemos cuántas representaciones de Lope ó de Calderón

podrían darse en francés ó en inglés; no sabemos las que se han dado

recientemente, ni en qué teatro, de _La estrella de Sevilla_, de Lope,

traducida al francés por Camille La Senne...

En las cátedras, academias y en los manuales de literatura se

repiten respecto del teatro y de la novela picaresca dos ó tres

tópicos fundamentales. Uno de ellos consiste en considerar el teatro

clásico como un espejo de virtudes, como el reflejo de las grandes

cualidades del pueblo castellano, como la escuela del honor, en suma.

Nada más inconmovible que ese error. Nada más tremendamente falso

que ese juicio. El teatro--lo mismo que la novela picaresca--abunda

profusamente en desafueros, tropelías, vilezas é inmoralidades de

todo género. Basta examinar de cerca una colección de comedias para

convencerse de ello. ¿De qué manera ha podido nacer este falso concepto

respecto á la dramaturgia clásica? ¿Cuándo ha comenzado á tomar cuerpo

esta absurda idea? Sospechamos que desde el movimiento romántico

arranca tal falsa visión; entonces, en los años en que se trataba de

hacer resurgir un pasado--más ó menos convencional--, surgió, se fué

formando, fué cristalizando la idea del teatro clásico espejo del

honor. Revistió en España el romanticismo caracteres particulares; no

revistió caracteres hondamente realistas, como en Francia (en oposición

á la _idealización clásica_); tendencia fantaseadora más que realista,

enamorada más de un pasado legendario que de una realidad viva,

mezclada de cómico y de trágico, el romanticismo español había de mirar

forzosamente el teatro clásico en sus apariencias y no en su íntima,

profunda verdad. De entonces arranca el prejuicio, hoy tan arraigado en

los medios universitarios y académicos.

Pero no han faltado en España críticos que hayan señalado el verdadero

carácter de la dramaturgia clásica; ya en 1737 lo hacía Luzán en su

_Poética_; casi un siglo más tarde, en 1820, lo hacía también Marchena

en el prólogo de sus _Lecciones de filosofía moral_. Algunas veces

hemos tenido nosotros curiosidad en ir registrando, á lo largo de

nuestras lecturas de los dramaturgos, las tropelías y desafueros

cometidos por los personajes de las comedias antiguas. No es raro en

ellas, por ejemplo, que un galán deshonre á su dama y la abandone

luego; tampoco que la apalee, dejándola sola en el campo, una vez

logrado su propósito. La mentira, el enlabio y las trapacerías son

cosas frecuentísimas entre aquellos gentiles hidalgos.

No hay nadie que no encubra una incorrección bajo las más floridas y

retumbantes palabras. El caso que hemos citado de una dama apaleada y

abandonada en las soledades de la campiña pertenece--si no recordamos

mal--á _La romera de Santiago_, de Vélez de Guevara. Hablando de

_El príncipe perfecto_ (nada menos que _perfecto_), de Lope, dice

Luzán: «No me parece que se pueda imaginar idea de príncipe más baja

ni más indigna de la que allí se propone en la persona del príncipe

don Juan». Hablando luego de _Las travesuras de Pantoja_ y de _En el

mayor imposible nadie pierda la esperanza_, las dos de Moreto, escribe

también Luzán: «Son una escuela de crueldad, de venganza y de falso

valor». Y el mismo juicio severo expone el crítico sobre otras muchas.

Merece ser leída detenidamente esa parte de la _Poética_, de Luzán.

Más tarde, en 1820, Marchena abunda en las mismas ideas. Ejemplos

interesantes de comedias inmorales cita también. «Adolecen casi todos

nuestros poetas dramáticos--escribe--del defecto capital de no retratar

nunca un carácter verdaderamente virtuoso.» «Si miramos como escuela

de moral la escena--dice más adelante--, apenas se hallará otra que

más influya para estragar un pueblo que la española.» Exacto es ese

juicio. Y no hablemos del concepto fundamental del honor expuesto

por aquellos dramaturgos; concepto fundado en una desapoderada

ansia de derramamiento de sangre. Todo esto en cuanto á la ética;

si examináramos ahora la estética y la técnica, veríamos también

que ese teatro no puede decirnos nada (salvo alguna excepción) á

cuantos deseamos una dramaturgia fundada en la observación y en la

verdad. Nuestra antigua dramática reposa toda en la casualidad, en la

inverosimilitud; pedimos ahora lógica, _necesidad_, idealidad que se

apoye en una base de sólido realismo.

La misma falta de verosimilitud y de lógica, en la novela picaresca.

El pretendido realismo de la novela picaresca no es mas que una

deformación de la realidad. Realismo es reflejo exacto, escrupuloso,

sincero de la realidad, no reflejo caricaturizado, hiperbolizado,

deformado. Repásese cualquier novela picaresca y se encontrarán en

ella frecuentemente lances inverosímiles, absurdos. Inverosímil en

_El Lazarillo_, por ejemplo, el episodio de la llave que el mozuelo

guardaba en la boca mientras dormía (en la aventura de Maqueda);

inverosímil, el lance del jarrillo de vino con un agujerito tapado con

cera. Inverosímil casi todo _El Celoso Extremeño_, de Cervantes (es

decir, si no en lo fundamental, que puede ser histórico, en su trama).

Inverosímiles, monstruosamente inverosímiles, casi todos los incidentes

de _El Gran Tacaño_, de Quevedo.

¿Qué pensar de una sociedad que no supo ver la realidad, como

la sociedad española del siglo XVIII; que no se colocó nunca,

literariamente, nunca ó pocas veces, por excepción, en un terreno

de observación sincera, escrupulosa, de amor cordial y humano á la

realidad, á la vida? Hay excepciones, sí; pero ¿no es ésta, la marcada,

la norma psicológica, ideológica, general? Y ahora, para terminar,

añadamos que, al hacer la crítica del teatro citando textos de Luzán,

no nos colocamos en el punto de vista de los estéticos afrancesados

del siglo XVII; compartimos con ellos la crítica, pero divergimos

en la aspiración ideal. Aceptamos su reiterada condenación de la

inverosimilitud y de lo absurdo; pero sobre una base de realidad,

de minuciosa observación, queremos un impulso lírico, una libertad

intelectual, una independencia estética, una rebeldía á toda regla y á

todo canon que ellos no concebían.

Los valores literarios · 第 35 / 90 题