PIFERRER Y LOS CLÁSICOS

Pablo Piferrer vivió treinta años. Nació en 1818; murió en 1848.

Escribió el tomo de Mallorca que figura en la colección de _Recuerdos

y bellezas de España_; fué poeta. En la breve antología formada por

Menéndez y Pelayo, y que lleva el título de _Las cien mejores poesías

líricas de la lengua castellana_, figura un poemita de Piferrer;

ninguna de las poesías de esa colección más delicada, más fina, más

emocionadora que la del poeta catalán. Fué corta la vida de Piferrer;

seguramente hubiera llegado, de vivir más, á ser un gran artista.

Con lo que escribió merece desde luego un lugar distinguido en la

literatura española. En los manuales de historia literaria se menciona

ligeramente á Piferrer; más ancho espacio merece quien supo ser

delicado y original poeta y crítico agudo de los clásicos castellanos.

La crítica de los escritores antiguos la hizo Piferrer en una colección

de trozos escogidos por él. Publicóse el libro en 1846 en Barcelona;

se estampó en la imprenta de Tomás Gorchs. Se titula la antología de

Piferrer: _Clásicos españoles: colección de trozos de nuestros autores

antiguos y modernos que pueden servir de muestra para la lectura y el

análisis en el curso de retórica_. Menéndez y Pelayo, en su semblanza

de Milá y Fontanals, dice hablando de Piferrer que «fué un maestro de

la lengua y de la crítica en su libro _Clásicos españoles_». Nuestro

autor recoge en su libro fragmentos de diez autores; son éstos: Hurtado

de Mendoza, Granada, León, Mariana, Cervantes, Jovellanos, Capmany,

Moratín, Quintana y Martínez de la Rosa. Al final de muchos de los

trozos citados, Piferrer hace unas breves observaciones de carácter

crítico y psicológico. Amaba apasionadamente los clásicos nuestro

autor; estudiaba--y escribía--escrupulosamente el idioma castellano.

«La experiencia de una larga enseñanza» dice él en la advertencia

preliminar de su libro que le ha hecho ver la necesidad de hacer

practicar los clásicos á los jóvenes estudiantes. Sólo estudiando

prácticamente los autores antiguos podrá conocerse y «aprenderse» su

secreto; es el secreto de los clásicos «cierta trabazón ingeniosa y

espontánea de los miembros, una plenitud en el número y una redondez

en la proporción de su forma general, que ha venido á ser peculiar de

España y distintivo de las mejores épocas de nuestra literatura». Por

esta manifestación, y por la orientación toda de la obra de nuestro

autor, se ve que Piferrer era entusiasta del castellano elegante,

levantado, elocuente. Más abajo veremos cómo su crítica, al llegar al

estilo de Santa Teresa, se muestra reservada y formula censuras en que

se descubren las preferencias íntimas del colector.

Los _Clásicos españoles_ llevan al frente una extensa noticia

histórica. No otra cosa es esta introducción que una sucinta historia

de la literatura española. En siete épocas divide Piferrer la historia

literaria de España. La primera comprende desde el siglo X á principios

del XIII. La segunda, desde el siglo XIII á principios del XV. La

tercera, desde el XV hasta el XVI. La cuarta abarca el reinado de

Carlos I, ó sea desde el principio del siglo XVI hasta el año 1556. La

quinta comprende desde el último tercio del siglo XVI hasta el año de

1620, esto es, los reinados de Felipe II y de Felipe III. La sexta,

desde el segundo tercio del siglo XVII hasta más de la mitad del XVIII,

ó sea los reinados de Felipe IV y Carlos II, Felipe V y Fernando VI. La

séptima, desde el reinado de Carlos III--1759--hasta nuestros días. La

primera época está caracterizada por el _Poema del Cid_. En la segunda

figuran Gonzalo de Berceo, Juan Lorenzo Segura, López de Ayala. En la

tercera, el arcipreste Martínez de Toledo, Juan de Mena, el Tostado,

Santillana, Diego de Valera, Alfonso de la Torre. En la cuarta, Pérez

de Oliva, Guevara, Villalobos, Juan de Ávila, Morales, Gil Polo. En

la quinta, Hurtado de Mendoza, fray Luis de Granada, Santa Teresa

de Jesús, San Juan de la Cruz, Mateo Alemán, Mariana, Lope de Vega,

Cervantes. En la sexta, Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, Solís,

Melo, Moncada, En la séptima, Feijóo, Isla, Jovellanos, Moratín, Larra.

No hemos citado todos los autores que examina nuestro autor. La crítica

de Piferrer es perspicaz, aguda; de cuando en cuando encontramos rasgos

de verdadera originalidad. En la cuarta época, la lengua castellana

osténtase «ya formada, con índole peculiar suya, copiosa en modos

de decir vivos y rápidos, suelta en giros». Dos hechos capitales

contribuyeron al engrandecimiento del idioma: el estudio de la

antigüedad clásica y la influencia de Italia. «Mas uno y otro vinieron

á punto de ser en vano y en parte dañosos, así por el exclusivismo

escolástico á favor de la lengua latina, el cual llegó á lo sumo,

como por el sesgo muelle é imitador por donde echó nuestra literatura

durante una temporada.» Apuntaremos algunas de las observaciones de

Piferrer al hablar de los principales clásicos. Con los escritos de

fray Luis de Granada «comenzó la España á leer repartido el pensamiento

en aquella serie de cláusulas llenas, sonoras y rotundas, y ciertamente

de entonces ha de datar la elegancia de este arte». «El carácter

dominante del maestro Granada es la declamación.» (Más adelante, en

el examen de la época sexta, habla Piferrer también de «los tonos

retóricos y en demasía declamatorios del maestro Granada».) Á veces

Granada--debido á su «extremada facilidad»--adolece de «prolijidad,

uniformidad y languidez». «Pocas veces deja de emplearse en las obras

de Granada el tono oratorio.» Santa Teresa de Jesús «es una excepción

entre los escritores que forman la escuela de Granada». No puede

señalarse la prosa de Santa Teresa como un modelo de estilo. Hay en

ella calor y vehemencia; pero de la misma facilidad y espontaneidad

con que Santa Teresa escribe «dimanan incorrecciones, repeticiones

frecuentes, algún desorden y el romper de repente el hilo de la

oración, como también alguna llaneza demasiada». La historia de Mariana

«no será nunca citada como historia filosófica»; será, sí, tenida «como

una obra clásica de estilo».

Aun siendo brillante y fácil la versificación de Lope, «la literatura

hubiera reportado no escaso provecho de que se hubiese valido para

algunas comedias de aquella prosa tan corriente y llena de firmeza

y gallardía de su obra dramática _La Dorotea_». Cervantes pintó por

primera vez «con toques graduados y exactos». Lo cotidiano y lo excelso

se expresa en su obra; «y el todo se enlazaba con una armonía general,

en que estaban muy en su punto las poblaciones, el verdor de los

árboles, la soledad de los barrancos, las corrientes deleitosas, el

espacio henchido de luz y de aire». Cervantes posee «sentimiento»; por

el sentimiento llega á la «esencia de las cosas». «Por esto hieren con

tanta fuerza la imaginación todas sus pinturas de la Naturaleza». «No

á otra cosa, sin duda, hay que atribuir su colorido del paisaje, tan

fresco, tan luminoso y tan inundado de aire y de vida.» (Admirables

son, en efecto, de una maravillosa--é indefinible--sugestividad, los

breves, etéreos apuntes de paisaje que de cuando en cuando aparecen

en las páginas del _Quijote_.) Quevedo no tiene «la ironía fina y

apacible» de Cervantes. «Como quiera que sea--dice el autor después

de elogiar á Quevedo--, la profundidad de su juicio, su conocimiento

del corazón humano, su espíritu de observación, no pudieron hacerle

superior á su época.» Jovellanos «sintió como pocos la verdadera

belleza»; «anticipándose á los tiempos futuros, adivinó en fuerza de

ese sentimiento estético los principios que ahora han cambiado la

faz de la literatura y del arte». «Ni tan sólo los adivinó, sino que

su mirada penetró en las más de las particularidades y en la misma

nomenclatura, hasta el punto de legar á la posteridad, claras y fijas,

las ideas fundamentales y parte de los procedimientos de la escuela

moderna.»

«Así como en Martínez de la Rosa y en Quintana remata la serie de

escritores que restauraron la literatura, don Mariano José de Larra

encabeza otra mucho más fecunda, y en cierto modo representa la época

nueva que va discurriendo.» (Note el lector lo de _mucho más fecunda_.)

La frase de Larra es la que hoy cuadra á las plumas españolas. «¿Y

no marcan también otro período aquella aparente desigualdad, aquella

viveza, aquel desasosiego que tanto lo desasemejan, no sólo del sesgo

majestuoso de nuestros clásicos, sino aun de la sátira de Quevedo?»

(Excelente visión crítica; atinadísima. No olvide el lector que estamos

en 1846.) Los artículos literarios, políticos y de costumbres de Larra,

«sin disputa, han sido lo más profundo que durante los primeros años de

este turbulento período llenó las páginas de los diarios».

Sirva lo antedicho como ejemplo--ligerísimo--de la manera que tenía

Piferrer de ver los clásicos. Aquí se nos descubre el crítico. Cuando

releemos su _Canción de la primavera_ se nos aparece el poeta; el poeta

que en sus versos sutiles y etéreos nos da una penetrante sensación del

tiempo y de las cosas que--inexorablemente--se lleva el tiempo. Pablo

Piferrer murió á los treinta años. En sus retratos le vemos con una faz

ovalada, un bigote caído y una barba encrespada y primeriza; lleva un

anchuroso, abierto y doblado cuello blanco, como los que nos muestran

en sus efigies Byron y Shelley.

Los valores literarios · 第 32 / 90 题