Juan R. Jiménez--el delicado poeta lírico--apareció en la literatura
algo después que la generación de 1898. Pertenece á la generación que
sigue á ésta. No está trazada aún la historia de la poesía lírica en el
siglo XIX (ni en los otros siglos); desconocemos casi en absoluto el
movimiento romántico; sabemos mucho menos--aunque está más cerca--del
período de 1850 á 1870. Pero se puede decir que si el período romántico
fué fecundo para la lírica, en cambio, el lapso de tiempo comprendido
entre las fechas citadas lo fué calamitoso en extremo. La poesía, en
ese período, registra los nombres de García Tassara, López García,
Carolina Coronado, la Avellaneda... Vivía Zorrilla y publicaba
profusamente versos, sí; pero aparte de que, á nuestro entender, lo
mejor de Zorrilla son sus primitivas colecciones, el poeta castellano
es para nosotros, más que un puro lírico, un poeta subjetivo, _íntimo_,
un orador en verso, un espléndido declamador, un admirable fabricante
de retórica. Los nombres estampados más arriba no dicen, en realidad,
nada. ¿Quién podrá leer hoy la _Oda al sol_ ó cualquier otra poesía de
Tassara? Pues con Bernardo López García pasa como con esos discursos de
reuniones populares, dichos enfática y caliginosamente: los aplaudimos
sin escucharlos, por el tono de la voz, por el gesto del orador; y
luego, á medida que pasa el tiempo, queda entre los recuerdos aquella
soflama como una obra de elocuencia abrumadora.
De 1870 á 1890 la poesía cuenta en España con Campoamor, Núñez de Arce,
Bécquer, Ventura Ruiz Aguilera, Rosalía de Castro. No son puramente
líricos tampoco, entre estos poetas, más que Bécquer y Rosalía; algo
tiene también Ruiz Aguilera; mas no puede ser puesto en la misma
línea del poeta gallego y del sevillano. De Ferrari, Velarde, Balart,
no hablemos. En torno del libro _Dolores_, del último, se formó,
cuando apareció--en 1894--,un ambiente entusiasta de admiración;
dos largos artículos henchidos de elogios le dedicó _Clarín_. Hoy
no comprendemos la admiración de 1894 por esas mediocres, vulgares
poesías de Balart. La novela absorbe lo más principal de la energía
literaria en el período indicado; el movimiento positivista--tendencia
puramente crítica--prepara el advenimiento de una nueva literatura. El
acercamiento á la realidad que supone la novela de Galdós ha de ser
indispensable para que florezca una lírica flamante, espléndida. No
puede darse la lírica sin una base sólida, fuerte, de realidad. Lo que
aparece menos real en la literatura, más caprichoso, más arbitrario,
necesita un constante alimento de realidad, de vida cotidiana, de
sensaciones vividas, de detalles auténticos.
La tendencia realista que se manifiesta en España de 1895 á 1900 había
de producir una renovación en la poesía. Se comenzó entonces á amar el
paisaje; se viajó por las campiñas; se estudió los viejos pueblos; se
gustaba de penetrar en las viviendas humildes y de observar la vida
menuda, prosaica, cotidiana. Y todo esto--unido á otras influencias de
orden literario--determinó un ambiente especial, algo como un hálito de
las cosas, como un reflejo antes no visto de la vida, que fué lo que la
poesía lírica recogió en sus versos. Sería preciso hacer en un estudio
detenido un examen de la influencia de Rubén Darío en la poesía moderna
española. Desde Rubén, la poesía sigue una marcha distinta de antes;
no olvidemos lo que acabamos de decir respecto al factor capital de la
dicha renovación; no olvidemos tampoco que antes que Rubén, en 1884,
Rosalía de Castro había sido la precursora de la revolución poética
realizada en la métrica y en la ideología.
Rubén Darío y su grupo llevan á cabo la obra iniciada años atrás
por Rosalía de Castro. La ideología poética sufre una considerable
transformación. Hecho capital en la nueva ideología es el siguiente:
antes las imágenes, la representación de la realidad, eran de una
coherencia aparente, superficial; un poeta que hubiera pintado en
sus versos los rasgos capitales, pero ocultos, íntimos, de una
cosa, hubiese pasado por un extravagante; su poesía no hubiera sido
comprendida; nadie hubiera podido comprender que aquella incoherencia
aparente del poeta llevaba en sí, en lo hondo, una coherencia, una
concordia de las características, una armonía de los rasgos de las
cosas, de un valor superior, estéticamente--y psicológicamente--, á
la aparente, brillante, sonora coherencia de antaño. (Un paréntesis:
sin embargo, Góngora, en muchos de sus misteriosos sonetos nos ofrece
ejemplos de esa nueva ideología, y es ahora cuando comenzamos á
comprender y á gustar plenamente esas poesías.)
Entre todos los poetas nuevos, quizá ninguno represente más agudamente
esta modalidad psicológica que Juan R. Jiménez. Ha realizado ya nuestro
poeta una extensa labor; silenciosamente, año tras año, Juan R. Jiménez
viene publicando sus volúmenes de versos. Á más de veinte ascienden los
libros de versos de Jiménez; algunos lleva publicados también en prosa;
libros en que expone sus doctrinas estéticas ó comenta sentimentalmente
la vida. El último libro de nuestro poeta se titula _Melancolía_. Se
compone todo él de breves poesías de doce versos. Pudiera creerse que
libro así ha de adolecer de monotonía; pero no hay tal; la gama visual
y emotiva del poeta es tan grande, que el lector va de una en otra
página emocionado y hechizado. De las diversas partes que componen el
libro preferimos la titulada _En tren_. Juan R. Jiménez en sucintos
cuadros nos va pintando el paisaje--real é ideal--de diversos pueblos
y campiñas.
En estas páginas es donde se ve patentemente el procedimiento y la
ideología de la nueva lírica. Veámoslo. Subamos al tren con el poeta.
¿En qué tren? ¿Dónde? ¿Para ir á qué parte? Nada de esto sabemos. (Y ya
todo esto hubiera parecido absurdo á un poeta de 1870.) El poeta está
en el tren; junto á él se halla una mujer bella, espumeante de batistas
blancas. Una escena de amor, de pasión... «Pasa el colorismo de oro
de los pueblos.» Se ven torres con azulejos en cielos de esmalte. Las
calles se abren hacia el tren; en ellas, mujeres con un cántaro en la
cadera saludan... Se perciben sones metálicos de campanas que suenan
unas vísperas; anhelos pasajeros quedan atrás en «villas momentáneas»;
la brisa de la tarde orea las mejillas. La dama se recoge el cabello;
«en sus ojos floridos las praderas pasaban».
Otra poesía. Un paredón romano, recio, de la ciudad antigua, se recorta
sobre el ocaso; una lejana luz se refleja alargada en el río que se
desliza entre alcores. De una pradera, en que surte una fuente blanca,
llega un vago olor. Tintinea una esquila. Aparece la visión de una
moza de cántaro, «ya esfumada en la noche». Y el poeta--fíjese el
lector--termina: Parece que mi corazón remueve estampas de otros días,
estampas de una Edad Media de colores abigarrados; y parece que pasan
sobre el cielo sangriento del ocaso bosques de lanzas negras y morados
pendones. (La íntima coherencia de que hemos hablado se nos aparece
aquí bien clara. Ciudad vetusta con sus obras romanas--entrevista
al pasar en el tren--, una moza al pie de un torreón--enlace con el
recuerdo histórico--, escenas de guerra y de leyendas que este secular
castillo evoca. No necesitamos más para comprender, para sentir. Todo
eso un poeta de hace treinta años hubiera necesitado para decirlo cien
versos. Ahora á nuestro poeta le han bastado doce).
Un ejemplo más, para terminar. Una grata frescura; el tren para.
«Azoteas, campanas melancólicas, miradores con sol.» Ocaso luminoso,
vibrante. Se columbra un olivar de plata á lo lejos; aquí las rosas
asoman entre las adelfas blancas; en el cristal del río se copia
vagamente el paisaje. La arena del andén está regada. Huele á
aguardiente. Suenan cristales. Los postreros rayos del sol se reflejan
en un balcón con rosas. «Mujeres de otras partes» nos hacen soñar un
momento contemplando la melancolía de sus ojos, sus bocas encendidas.
Por un camino se aleja, con son de cascabeles, un coche azul y rojo. Se
enciende el crepúsculo. Toca una campana; una corneta suena. El tren
parte. «Unos ojos grandes se vienen en la sombra»...
No podrá darse una más sugeridora idealidad basada en una más
escrupulosa y menudamente observada realidad. El acercamiento á la
vida real es--lo repetiremos--lo que ha determinado el espléndido
renacimiento de nuestra lírica y ha hecho posible un poeta tan delicado
y sutil como Juan R. Jiménez.