Recientemente leíamos las poesías de fray Luis de León y los primeros
volúmenes de versos de Gabriel D’Annunzio. Conforme avanzábamos en la
lectura notábamos de nuevo lo que ya anteriormente habíamos observado:
el ambiente italiano que por las poesías de fray Luis circula. Á la
distancia de varios siglos, en el poeta español percibíamos algo
inefable, inconcretable, indefinible, que en el poeta italiano de
estos días respirábamos. No se trata de reminiscencias, ni de rasgos
análogos en la técnica, ni de idéntica fraseología. Podrá haber algo
de todo esto; pero hay algo más: una cierta atmósfera espiritual que
circunda por igual á uno y otro poeta. De estas afinidades se pueden
señalar muchas en las letras: un escritor español, por ejemplo, que
haya frecuentado los libros de Flaubert y que sea un temperamento
original, tendrá siempre una cierta _polarización intelectual_ pareja
con la del novelista francés. No descubriréis imitaciones, ni tal
vez analogías técnicas; pero sí una dirección ideal idéntica y casi
imposible de expresar con palabras. Nuestro fray Luis leyó mucho y
tradujo al Petrarca y á Bembo; amaba apasionadamente á Italia; era
su espíritu--ardiente é impetuoso--similar al de un italiano del
Renacimiento. Y sobre todo esto--como el poeta moderno italiano--,
enamorado de la antigüedad clásica. ¿Qué extraño tiene que apasionado
fray Luis de la lírica y del ambiente italianos, admirador al propio
tiempo de los poetas griegos y latinos; qué extraño tiene, repetimos,
que se perciba en sus versos el hálito particular que ahora, al cabo
de cuatro siglos, percibimos en Gabriel D’Annunzio? Y, sin embargo,
á primera vista, y para nuestros pétreos y herméticos eruditos, ¡qué
extraño--y aun qué irreverente--ha de parecer este acercamiento, á
través del tiempo, de los dos tan lejanos y diversos poetas!
La lectura indicada suscitó en nosotros el deseo de leer á fray Luis
en italiano, á fray Luis y á otros poetas--Boscán, Garcilaso--que con
fray Luis han ido espiritualmente á Italia en busca de orientación.
Fácilmente podíamos satisfacer nuestro deseo; al alcance de la mano
teníamos una breve antología de poetas clásicos españoles puestos
en la lengua de Petrarca. Publicó esta colección don Juan Francisco
Masdeu. Vió la luz en Roma en 1786; la estampó Luigi Perego Salvioni.
Se titula: _Poesie di ventidue autori spagnuoli del cinquecento_. El
traductor hace seguir su nombre de su calidad de _barcellonese_, y
ostenta su título de arcade. _Sibari Tessalicense_ se llamaba Masdeu
entre los arcades. La antología consta de dos volúmenes, publicados
en el mismo año y con paginación correlativa. Veintidós poetas, como
se indica en el título, son los autores traducidos: uno de ellos no es
castellano, sino portugués: Camoens. Los poetas que Masdeu traslada
al italiano son: Alcázar, Lupercio Argensola, Bartolomé Argensola,
Balbuena, Boscán, Camoens, Cetina, Ercilla, Figueroa, Frías, Garcilaso,
Góngora, Herrera, León, Lomas Cantoral, Martín, Hurtado de Mendoza,
Quevedo, Rioja, Squilache, Lope de Vega, Villegas. Á estos poetas
añade Masdeu el nombre de San Francisco Xavier. Á San Francisco
Xavier atribuye Masdeu el célebre soneto _No me mueve, mi Dios, para
quererte_... Al final del libro lo ofrece traducido para cerrar la
antología.
El traductor de nuestros poetas presenta en una página el texto
original, y en la frontera su versión italiana. Un breve prólogo
precede á las traducciones. Da también el autor noticias sucintas de
cada poeta traducido. En el prólogo nos dice Masdeu que generalmente
se cree que las características de nuestros poetas son «el desorden
de la imaginación, la hinchazón en el hablar y la agudeza en los
pensamientos». (¿Por qué entonces nos dice el autor, en su noticia de
Góngora, que este poeta, en las poesías cortas y de arte menor, marchó
por el buen camino; «pero que en las demás composiciones, así líricas
como épicas y teatrales, caminó por sendas erradas, _afectando la
hinchazón, las agudezas y las antítesis_»? Pues Góngora es uno de los
capitales poetas clásicos de los que más han influído en España.) Los
poetas españoles--nos dice Masdeu--no son hinchados ni caóticos. Son
esos rumores infundados; los han hecho correr, «desde el siglo pasado,
los enemigos de las armas de España». Para demostrar la falsedad de
tales especies, lo mejor que le ha parecido á Masdeu es poner en
italiano á los dichos poetas. No ha dudado en hacerlo. Doce años atrás
tradujo también á la lengua del Dante el _Aljedrez_, de Jerónimo
Vida. Los «efemeridistas romanos» censuraron su traducción; de ella
dijeron que estaba escrita con «spagnuola patavinità». Afortunadamente,
otros cultos italianos intervinieron en la contienda y defendieron
cumplidamente á Masdeu.
Las noticias que nuestro autor da de los poetas traducidos son breves
y casi anodinas. Acá y allá se encuentra de raro en raro algún
rasgo interesante. De Alcázar elogia Masdeu «la delicadeza de sus
epigramas y demás poesías cortas». Las tragedias de Lupercio Leonardo
Argensola le parecen que «tienen varios defectos notables, pero que
son mucho mejores que todas las demás tragedias del siglo décimosexto
de franceses, ingleses é italianos». Al mérito de Balbuena «no ha
correspondido la fama ni el concepto que suelen tener de él los mismos
españoles»; su poema épico el _Bernardo_ es «el mejor tal vez que se
haya hecho en lengua castellana». (Luego veremos que, decididamente,
el primero es _La Araucana_; y con esto está en lo cierto Masdeu.)
Las poesías de Boscán son «ingeniosas y elegantes y deben estimarse
mucho, porque sirvieron de modelo para los demás poetas castellanos
de aquel siglo». El poema _La Araucana_ «es algo falto de invención
en su principal argumento», pero es admirable en lo demás; «en la
estimación de los hombres ha merecido tener el primer lugar entre los
muchos poemas que tiene la lengua castellana». «El señor de Voltaire
hizo de él un juicio en que quiso distinguirse, según su costumbre,
por la extravagancia. Dice que el razonamiento de Colocolo á los
indios araucanos es _infinitamente mejor_ que el que hizo Néstor á los
capitanes griegos en la _Iliada_, de Homero; pero que en lo restante
de la obra de Ercilla _no hay otra cosa buena_. Son dos extremos
dignos igualmente de censura.» Góngora fué el que, por distinguirse,
introdujo en España «la corrupción de Italia». Enemigos de la nueva
manera fueron «Bartolomé Leonardo de Argensola, Francisco de Quevedo,
y aun Lope de Vega, á quien, sin embargo, algunos extranjeros, ó
por grosera ignorancia, ó por echar sus cabras al corral de otro,
atribuyen la introducción del mal gusto». Las poesías de fray Luis
«son muy estimadas por su llaneza, sublimidad, y, sobre todo, por la
lindura y propiedad del lenguaje». Hurtado de Mendoza «en medio de
sus grandes ocupaciones literarias y políticas y de su extraordinaria
fealdad de rostro, vivió muy dedicado á los amores, que le ocasionaron
muy graves disgustos, singularmente en Roma. Esta ardiente pasión
de Mendoza nos ha privado de la mayor y mejor parte de sus poesías,
las cuales hasta ahora no se han impreso por su sobrada indecencia».
Lope de Vega escribió copiosísimamente; á pesar de tal abundancia,
«sus poesías líricas y pastoriles son casi todas de buen gusto.
Sólo pudo pegársele en Nápoles un poco de la corrupción poética del
_seiscientos_, que era ya común y antigua en Italia». Donde claudicó
Lope fué en sus obras épicas y teatrales. «Fuera de muy pocas comedias
perfectas, todas las demás, aunque llenas de mil preciosidades (de
que han robado todas las naciones), son defectuosas.» Conocíalo el
mismo Lope: excusábase diciendo que lo hacía por agradar al público,
«y, sobre todo, á las mujeres, que son las árbitras del teatro».
(Tomen nota los autores dramáticos de hogaño.) «Los mayores poetas de
Europa han tenido la misma flaqueza. Molière, muchas veces, no tanto
atendió á las reglas cuanto al designio de Luis XIV de divertir al
pueblo. Shakespeare ha caído con frecuencia en excesos increíbles para
seguir el gusto de su nación. Metastasio ha hecho de propósito varios
monstruos deliciosísimos para dar gusto á las gentes. Es muy conforme
á la flaqueza humana el buscar el aplauso popular, aunque sea luchando
contra la propia razón.»
En los fragmentos de Boscán que Masdeu copia en castellano, para
traducirlos, suprime, dejándolos en blanco, numerosos versos; de
esos versos sólo conserva la palabra final. Lo mismo hace con otros
fragmentos de Bembo, en que Boscán se ha inspirado y que nuestro autor
cita en nota. La razón que da Masdeu es que de estampar esos versos
suprimidos pudiera con ello «ofenderse la modestia». No nos parece que,
caso de haber ofensa, fuera precisamente la _modestia_ la ofendida.
Menéndez y Pelayo, en el prólogo á su _Antología de poetas líricos
castellanos_, habla de algunas antologías análogas á esta de don Juan
Francisco Masdeu; pero no cita la de nuestro autor. Menciona Menéndez
y Pelayo las traducciones francesas de Maury y las italianas de Conti.
¿Por qué no tener un recuerdo para esta empresa simpática de Masdeu?
Hablando de Conti, escribe el erudito montañés: «Puso en lengua
toscana, con singular elegancia y armonía, muchas obras de Boscán,
Garcilaso, fray Luis de León, Herrera, los Argensola y otros poetas
clásicos nuestros». Por lo que respecta al arte de traductor de Conti,
pueden verse en la antología de Masdeu las notas dedicadas á poner de
relieve las infidelidades é inexactitudes de Conti en su traducción de
Garcilaso.
Otro gran erudito se ha olvidado también del libro de Masdeu;
aludimos al querido maestro Foulché-Delbosc. El director de la
_Revue Hispanique_ no cita á Masdeu en su _Bibliografía de Góngora_.
No pretende Foulché-Delbosc «disimularse ni las lagunas ni las
imperfecciones» de su trabajo. El primer libro que se menciona en
dicha bibliografía es la traducción de _Las Lusiadas_, publicada en
1580 por Gómez de Tapia; figura en el volumen una poesía de Góngora;
tenía entonces el poeta cordobés diez y nueve años. Foulché-Delbosc
va citando luego, tanto todas las ediciones de Góngora como aquellos
libros en que figuran, por varios títulos, composiciones suyas. De
estos últimos son, por ejemplo, algunas biografías de Cervantes (la de
Pellicer, la de Navarrete); la _Agudeza y arte de ingenio_, de Gracián;
el primer número de _El Criticón_, de Gallardo (en que se transcriben
dos poesías del vate cordobés); la citada _Espagne poétique_, de
Maury... La mención de la antología de Masdeu (con dos canciones de
Góngora) era, como se ve, oportuna. Merece ser recordada esta colección
estimable formada por un hombre que sentía vivo amor á su país y que
procuraba estimar y juzgar las cosas de su país con cierto sentido de
reserva y de crítica, no reñido con el más acendrado patriotismo.