Gabriel Alomar se encuentra desde hace algunos días en Madrid.
Antagonistas de Alomar en política, no le regateamos la
admiración--sincera y cordial--para su claro talento, su vasta cultura,
la impetuosidad y elegancia de su estro lírico. Enviamos nuestro saludo
al compañero en tareas literarias; algo queremos decir en estas líneas
respecto á su obra literaria. Gabriel Alomar es, á la hora presente,
una de las personalidades con más fuerte vigor representativo de la
intelectualidad española; si su nombre en tierras castellanas, entre el
público castellano, es poco conocido, débese á que Alomar ha escrito en
lengua catalana casi todos sus libros; periodista militante, en catalán
pergeña también sus múltiples artículos. ¿Cuántos son los hombres de
letras, los periodistas, los aficionados á libros que en Castilla, es
decir, fuera de Cataluña, siguen atentamente el movimiento literario
catalán? ¿Cuántos libros catalanes vemos en Madrid en los escaparates
de los libreros? Deplorable se nos antoja este desconocimiento en
Castilla de los libros catalanes; no mandan tampoco sus libros los
autores catalanes á los críticos castellanos. Aparte de esto, si
los mandaran--podrán argüir nuestros colegas de Cataluña--; si los
mandaran, ¿se hablaría de ellos en nuestros periódicos? ¿Se hablaría de
ellos con frecuencia, con interés, con efusión, con cordialidad?
En sus recientes _Estudios de literatura catalana_, Manuel de Montolíu
ha escrito lo siguiente hablando de Alomar: «Alomar es, sin duda,
el más intenso y el más enérgico condensador del idealismo moderno
en nuestra Cataluña». La afirmación del crítico es exacta; Gabriel
Alomar sintetiza en su obra el más puro idealismo, basado en el más
profundo y escrupuloso sentido de la realidad. Su obra--joven todavía
Alomar--no es muy extensa; tiene, sí, una peregrina intensidad. Ha
publicado nuestro autor un largo ensayo titulado _Futurismo_; ha
trazado una hermosa glosa del _Quijote_; en las revistas ha publicado
también diversos trabajos (como el aparecido recientemente en _La
Lectura_, originalísimo, con el título de _Logometría_); en un volumen,
_La columna de foc_, ha reunido sus poesías líricas; finalmente, en
periódicos barceloneses, como _El Poble Català_, _La Campana de Gracia_
y _La Esquella de la Torratxa_, ha desparramado multitud de artículos
sobre palpitantes cuestiones sociales y literarias. Siguiendo la labor
de Alomar en periódicos y revistas se descubren, ante todo, en el
autor dos cualidades dominantes: una gran originalidad y una vastísima
erudición. Alomar, crítico, es un disociador formidable; lejos de
aceptar los valores hechos, tradicionales, Alomar va examinándolos
á una luz nueva, contrastándolos, descomponiéndolos, para ver si
realmente se ajustan á la idea recibida ó si es preciso apartarlos de
su concepto secular, sancionado. Algunas veces, al tratar de obras
literarias castellanas, leíamos con vivo interés el sutil análisis
que el autor hacía de autores que entre nosotros no han alcanzado
todavía su verdadera significación; sirva de ejemplo su intento--tan
laudable--de rehabilitar al original José de Marchena; debemos
también llamar la atención sobre su comentario, de carácter puramente
psicológico, del _Quijote_.
No es posible en un breve artículo de periódico dar una idea de una
personalidad literaria compleja. Aunque orientada francamente hacia
un ideal de progreso--un ideal _futurista_--, hay en el espíritu de
nuestro autor sutilidades y complejidades de difícil expresión. En
todo artista verdadero existirá siempre una lucha íntima, más ó menos
dolorosa, entre la contemplación de la realidad tal como es y el
anhelo de ver esa misma realidad transformada con arreglo á un ideal
de progreso. Se tratará, en suma, de un combate interior entre la
delectación estética y la idea ética. Claro está que todo nuevo ideal
ético lleva implícita una nueva estética. Pero ¿cómo el _futurista_
más entusiasta logrará desprenderse de un amor, de una simpatía (todo
lo tenues que se quiera, pero al fin amor y simpatía) por una realidad
presente, cuya desaparición considera necesaria, indispensable?
Este ambiente de ahora, en el que nosotros vivimos, formado por lo
pretérito--la historia--y por lo actual; este ambiente físico y moral,
de hombres, de cosas, de ciudades, de paisajes, ha de desaparecer,
se ha de esfumar en el tiempo; su aniquilamiento lo percibimos, lo
vemos, lo ansiamos en aras de un ideal de justicia, de fraternidad y
de bienestar. Todo se va transformando y destruyendo en la corriente
eterna y universal de las cosas... Pensamos largamente en nuestras
soledades sobre tal fatal necesidad; imponemos á nuestra sensibilidad
de hombres nuevos tal norma. Y sin embargo--¡oh, contraste!--, esta
marcha inexorable del tiempo, este desfile eterno hacia _el ideal_,
esta corriente en busca de una verdad en que nosotros firmemente
creemos, produce en nuestro espíritu una honda melancolía. Nuestro
ideal ético--como decíamos antes--entra en pugna con nuestro ideal
estético.
¿Es que con tales cosas pasamos también nosotros? ¿Es que sentimos,
con las cosas fugaces, desvanecerse también nuestro fugacísimo yo,
formado de tantos etéreos sentimientos, de tantas etéreas ideas que han
nacido de lo que nos rodea? Tal vez nuestra melancolía tenga su parte
en esta consideración de nuestra inestabilidad en medio de la corriente
eterna; pero si dentro de tres, de cuatro, de veinte siglos, nosotros,
futuristas fervientes; nosotros, enamorados fervientes del ideal,
pudiéramos resucitar en plena realización de ese ideal, seguramente
nos sentiríamos satisfechos; pero acaso habría en lo hondo de nuestro
espíritu una añoranza, una rememoración por estas cosas fugitivas y
frágiles de ahora en que hemos puesto nuestras esperanzas y nuestros
dolores.
Leyendo las páginas consagradas por Alomar al futurismo, como
leyendo algunas de sus poesías, se percibe en nuestro artista este
espiritual é íntimo conflicto que acabamos de esbozar. Lo encontraremos
también en algunos grandes pensadores, que á la par eran delicados
artistas. En esa lucha íntima, en ese febril desasosiego perduró
Enrique Heine durante toda su vida. Si al fin un excelso compatricio
suyo--Goethe--logró alcanzar la serenidad tras ese trágico conflicto,
¿cuánto y cuán dolorosamente trabajó para alcanzarla? Y ¿hay derecho á
alcanzarla sembrando la angustia y la desesperanza en las almas que nos
rodean? ¿No valdrá más la piedad efusiva de un Francisco de Asís que la
serenidad olímpica de un Goethe?
Sobre la tradición y la innovación, sobre el sentimiento del pasado
y el ansia de lo porvenir, tiene páginas Alomar en su _Futurismo_ de
un caluroso estro lírico. Esas páginas, como sus poesías, traducen
el fuego interno, la inquietud de su alma de artista. Un admirable
artista--plasmador de la prosa, cincelador del verso--es Gabriel
Alomar. Señalemos cordialmente su estancia entre nosotros. De desear
sería que sus compañeros de letras en Madrid le testimoniaran
públicamente su respeto y su admiración.