DON ILLÁN EL MÁGICO.--Don Illán el Mágico vive en Toledo. Un mágico
es un hombre sencillo y respetable. Tenéis una idea errada de lo que
es un mágico. Un mágico no es un señor barbado y hosco que lleva en
la cabeza un cucurucho con estrellas pintadas; un mágico es un hombre
silencioso, discreto, de una mirada inteligente y dulce, de unas
maneras suaves. Don Illán vive en Toledo; habita en una casa silenciosa
y limpia. Grande es su renombre de sabiduría; á todos los ámbitos de
España se extiende. Allá en Santiago de Galicia, un deán de la catedral
ha entrado en deseos de conocer los secretos del arte mágico. ¿Para qué
querrá conocer tales misterios este deán? Y ¿quién mejor que Don Illán
podrá--si quiere--enseñárselos? Pues á Toledo se encamina nuestro deán.
Cuando llega á Toledo endereza sus pasos á la casa de Don Illán. Á éste
«fallólo que estaba leyendo en una cámara muy apartada»; es decir,
tal vez en un desván, en un cuartito lejos de los ruidos de la calle,
y que tiene por panorama--que se atalaya desde la ventana--una vasta
extensión de tejados y de torrecillas, que se destacan bajo el cielo
azul; un cielo por el que caminan unas nubes blancas.
Don Illán recibe cordialmente al viajero. Con exquisita amabilidad se
dispone á enseñar su ciencia al deán de Santiago. En el coloquio que
acaban de tener, el deán ha manifestado que él es hombre ante quien
se abre un halagüeño porvenir; ahora es deán; dentro de unos años,
seguramente llegará á arzobispo, á cardenal, á papa. El deán, en
cambio de la ciencia que le iba á comunicar Don Illán, «le prometió
y le aseguró que de cualquier bien que de él oviere, que nunca faría
sino lo que él mandase». No hay, por lo tanto, más que hablar. Don
Illán manifiesta que la ciencia que él ha de enseñar «non se podía
aprender sino en un lugar muy apartado». Esta misma noche tendrán los
dos la misteriosa conferencia. Antes, don Illán llama á su cocinera
y le ordena que prepare unas perdices para la cena. Don Illán desea
obsequiar con este yantar al viajero.
Llega la noche; se dirigen ambos á esa cámara secreta donde don Illán
ha de dar su conferencia. «Entraron ambos por una escalera de piedra
muy bien labrada, y fueron descendiendo por ella muy gran pieza en
guisa que parescían tan bajos que pasaba el río Tajo sobre ellos; é
desque fueron en cabo de la escalera, fallaron una posada muy buena
en una cámara mucho apuesta que ahí havía, do estaban los libros y el
estudio en que habían de leer.» No os imaginéis retortas, matraces,
hornillos y redomas. No un gran caimán puesto colgando de una pared
(como vemos en las ilustraciones del _Fausto_). No tibias humanas ni un
ancho infolio y un reloj de arena colocados encima de una mesa. Esta
cámara subterránea, tan honda que sobre ella quizá pase el río Tajo;
esta cámara no es mas que una biblioteca henchida de raros y preciosos
libros. La estancia no está alumbrada por el resplandor rojo de los
hornillos (como también vemos en las estampas populares). Don Illán
debía de ser uno de estos hombres que, viviendo en su siglo (el XII ó
el XX), viven realmente en un futuro en que fuerzas misteriosas que
hoy desconocemos--pero que presentimos--harán que sea posible lo que
hoy juzgamos irrealizable. Cuando ha entrado por su puerta el deán de
Santiago, don Illán, á través de la materia y á través del tiempo ha
leído el alma de este hombre. Este hombre es un ingrato.
Ya se dispone don Illán á comenzar su conferencia, cuando aparecen unos
mensajeros que le traen una carta al deán. Hemos olvidado decir que el
deán es sobrino del arzobispo de Santiago. En la carta se le notifica
una grave enfermedad del arzobispo. El deán contesta con otra epístola,
diciendo que siente mucho no poder ir á acompañar á su tío. «Dende á
cuatro días llegaron otros hombres á pie, que traían otras cartas al
deán, en que le fazía saber que el arzobispo era finado.» Se preparaba
en aquellos momentos en Santiago la elección de nuevo arzobispo; todos
deseaban elegir al deán. Transcurren siete ú ocho días más y aparecen
«dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados»; los cuales
escuderos se llegan hasta el deán, le besan reverentemente las manos
y le entregan una carta en que se le notifica que ha sido elegido
arzobispo de Santiago.
Ya tenemos á nuestro deán hecho arzobispo electo. Ya rebosa de
satisfacción. Ya se ve en su palacio de Santiago sentado en uno de
esos sillones de terciopelo, con bordados ricos de sedas en que--más
tarde--había de poner Antonio Moro algunos de sus personajes regios.
Don Illán da la enhorabuena al electo arzobispo. Y como don Illán ha
sido generoso con él enseñándole su ciencia misteriosa, don Illán
ruega al arzobispo que el deanazgo vacante lo provea en un hijo suyo.
El arzobispo, cortés y atento, se dispone á acceder á la petición de
don Illán; sin embargo, deseaba exponerle una cierta consideración.
Él «le rogava que quisiese consentir que aquel deanazgo lo hubiese un
su hermano»... Nótese la irreprochable cortesía del electo arzobispo;
el deanazgo es para el hijo de don Illán; no hay más que hablar de
ello; mas él, el arzobispo, _ruega_ á don Illán que _quiera consentir_
que sea para un hermano del arzobispo con quien el arzobispo tiene un
grande y antiguo compromiso. Y añade: «Más que él le faría bien en la
Iglesia en guisa que él fuese pagado, y que le rogava que se fuese con
él á Santiago y que levase con él á aquel su fijo».
Ya están todos en Santiago. El arzobispo es un buen arzobispo; todos
le quieren bien; él es bondadoso con todos. Al cabo de algún tiempo
llegan unos mandaderos del papa. Ha vacado el obispado de Tolosa; para
esa sede nombra el papa al arzobispo de Santiago. Entonces don Illán
pide con mucho encarecimiento que el arzobispado vacante de Santiago
sea para su hijo. De nuevo torna á darle la razón el antiguo deán á su
amigo y bien hechor; pero le ruega que permita que este arzobispado
sea para un tío suyo, hermano de su padre. «Y don Illán dijo que bien
entendía que le faría muy gran tuerto, pero que lo consentía en tal
que fuese seguro que ge lo enmendaría en adelante.» De muy buen grado
se lo prometió el arzobispo, y rogóle que fuese con él á Tolosa y que
llevase á su hijo. Ya están todos en Tolosa. Á los dos años llegan
otra vez mandaderos del papa. El papa ha nombrado cardenal al obispo;
el obispado de Tolosa puede darlo á quien quiera. Aquí tenemos á don
Illán de nuevo solicitando la vacante para su hijo; tantas veces han
fallado sus pretensiones, tantas veces el favor le ha sido denegado,
que parece absurdo que ahora no se le cumplan sus afanes y el obispo le
dé una nueva excusa. Pero así es, desgraciadamente. El nuevo cardenal
ruega--tan cortés como siempre--que el obispado vacante de Tolosa sea
para un tío suyo, hermano de su madre. «Y don Illán quejóse mucho,
pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuése con él para la
corte.»
Ya están todos en Roma. El nuevo cardenal desempeña admirablemente su
cargo; gran consideración le guardan los demás cardenales. Ocurrió
que el Papa falleció; los cardenales eligieron por papa al antiguo
deán de Santiago. Ha llegado la ocasión--¡por fin!--de que don Illán
pueda ver colmados sus deseos. Su amigo no podrá tener efugio alguno
para hacerlo. Al papa representa don Illán lo que espera de él. «Y el
papa dijo que no le afincase tanto, que siempre habría lugar en que
le hiciese merced según fuere razón.» Entonces don Illán, amargado,
desesperanzado, se lamentaba con palabras ardientes. Estas palabras
pusieron en indignación al papa. El papa, apurada la paciencia,
reprochó su pesadez y pertinacia á don Illán. Más hizo: le amenazó
con meterle en prisión si persistía en su actitud; puesto que él, don
Illán, era un hereje y un nigromántico, ejercitador de reprobadas y
diabólicas artes. Cuando esto oyó don Illán, no quiso permanecer más en
Roma. Ni para el camino le dió el papa, su antiguo amigo, un viático...
Lector: Todo esto que nos cuenta un gran aristócrata, nieto de un santo
y rey á la vez--don Fernando--, no tiene nada de irreverente. Todo es
una ingeniosa ficción. Al llegar el relato al punto en que lo hemos
interrumpido, bruscamente, mágicamente, el deán de Santiago y don Illán
se encuentran los dos en la cámara subterránea de Toledo. Don Illán ha
visto, en un segundo, á través de la materia y el tiempo. Despide al
deán y él se come solo las perdices preparadas para la cena. Don Illán
había adivinado que si él tuviera con este hombre la generosidad de
enseñarle su ciencia, este hombre luego no sería agradecido con él.
Seamos buenos, corteses, afables: que nuestro corazón esté siempre
dispuesto al bien. Pero cuando vayamos á poner toda nuestra alma,
nuestro trabajo, nuestro porvenir, la paz de los nuestros y aun nuestra
propia vida al servicio de un hombre ó de una causa, miremos si ese
hombre y si esa causa son dignos de nuestro supremo sacrificio.