II

VA HEDE ZIAT ALHAQUIME.--Una vez era un rey.... Era un rey moro. ¿Dónde

vivía este rey? ¿Dónde reinaba? Vivía y reinaba en Córdoba; hace ya de

esto muchos siglos. El palacio de este monarca debía de ser espléndido.

Serían los pisos de grandes losas de mármol blanco. Se tejerían y

destejerían por las paredes arabescos azules, rojos y dorados. Los

techos serían de oloroso é incorruptible alerce. Habría fuentes de

ancho tazón en que caería--levemente--un surtidor de agua. (Y en que

también, en una hora trágica, caería, pesadamente, con un sordo ruido,

una cabeza ensangrentada.) Encuadrado en el patio--un patio con

mirtos--se vería un pedazo de cielo azul diáfano. Por una ventanita

de una cámara silenciosa se vería, allá en la lontananza, la serranía

parda... Alhaquime se llamaba el rey. Se aburría angustiadoramente

el rey. Debía de tener una carne blanca, un poco fofa, unos ojos

soñadores, de miradas largas y lentas, y unos labios sensuales, de

hombre que lo ha gustado todo y de todo se ha hastiado. Alhaquime

vagaría por las salas anchas y calladas de su palacio. No detendría

su mirada en las rosas rojas de los jardines, ni en el cielo azul,

ni en los arabescos de los muros. Cuando sus mujeres bailaran una

danza lenta y milenaria; cuando los suaves instrumentos tañeran una

música melodiosa, Alhaquime, sin parar atención en los movimientos

rítmicos, eurítmicos, de las beldades, pondría su mirada á lo lejos,

indefinidamente, como hombre abstraído por completo del mundo.

Sin embargo, esta dulce música que suena entra en sus oídos y llega á

su espíritu. Plácenle al rey unas melodías singulares que el albogón

hace, en tanto que los demás instrumentos callan. Alhaquime ama el

sonido del albogón. Tanto le place, que, escuchando su tañido, él ha

llegado á creer que este son que el albogón produce podrá ser todavía

perfeccionado. Mucho piensa el rey en este problema musical; largos

ratos se lleva imaginando cómo el albogón pudiera ser modificado. Al

cabo halló la manera. «Tomó el albogón y añadió en él un forado á la

parte del yuso, en derecho de los otros forados, y dende en adelante

faría el albogón muy mejor son que hasta entonces facía.»

Lo hecho por Alhaquime estaba bien hecho; no se podía negar. Mas no

era aquélla cosa en que pudiera emplearse un rey. («Non era tan gran

fecho como convenía de fazer al rey.») Por esto las gentes comenzaron

á loar desmesurada é hiperbólicamente, á manera de escarnio, la hazaña

del rey. Todo era comentarios, risas, sonrisas y alusiones en las

cámaras y retretes de palacio. Todo eran burlas y trebejos entre los

populares. «Y decían cuando llamaban á alguno, en arábigo: _Va hede

ziat Alhaquime_, que quiere decir: _Este es el añadimiento del rey

Alhaquime_.» El añadimiento regio de un agujero al albogón, era, en

suma, comidilla de todos los vasallos del rey moro. Tanto se habló

del caso, tan sin rebozo llegaron á ser las burlas, que el monarca se

percató de ello. Preguntó Alhaquime á sus cortesanos, y aunque los

cortesanos son artificiosos y lisonjeros, al fin tuvieron que hacer

lo que rarísima vez hacen: decir la verdad. Alhaquime, el rey de la

mirada absorta y de los labios sensuales, debió de sonreir. Y un día,

mandando juntar todos los alharifes, tallistas y estofadores de su

reino, mandó que la mezquita de la ciudad, hasta allí harto menguada,

fuese ensanchada y ornada espléndidamente. Desde entonces, cuando

los moros quieren loar alguna empresa grande, exclaman: «¡Este es el

añadimiento del rey Alhaquime!»; es decir: «¡_Va hede ziat Alhaquime_!»

Así el loamiento que antes se hacía por escarnio, después se hizo por

entusiasta admiración.

Cuando nosotros, hombres del siglo XX, empapados en la civilización

occidental, entremos ahora á lo largo de nuestras andanzas en el patio

de la mezquita de Córdoba y allí, gozando del silencio, de la paz y del

cielo azul, nos detengamos entre los naranjos, exclamemos también: ¡_Va

hede ziat Alhaquime_! Y pensemos ante esta mezquita maravillosa que

aquel rey mandó agrandar; pensemos--nosotros, artistas, políticos--que

están bien las menudas y pulidas obras, pero que están mejor--y ése

debe ser nuestro ideal--las grandes, levantadas, generosas obras en que

pongamos nuestro corazón y nuestra fe.

* * * * *

DON CUERVO Y DON RAPOSO.--Un cuervo va volando por el azul. Lleva

en el pico un pedazo de queso: «un pedazo de queso muy grande». Va

contento el cuervo; debe de haber cogido este queso de algún cestillo

que llevaba un niño al mercado; los ojos del mozuelo habrán visto

asombrados cómo de pronto el cuervo remontábase á lo alto llevándose en

el pico el queso. Ahora el cuervo va á darse un suculento hartazgo. Se

posa en la rama de un árbol. ¿En la rama de un ciprés? El ciprés es de

las cornejas. ¿En la rama de un olivo? El olivo es de los mochuelos;

cada mochuelo tiene su ramita en un olivo. ¿En la rama de un almendro?

El almendro es de los cuclillos; en Levante, durante las claras

noches, en el llano plantado de grandes, sensitivos almendros, los

cuclillos tañen su flauta de dos notas... El cuervo se para en un árbol

cualquiera; esta estada del cuervo en una rama es accidental, fuera

de sus costumbres. No nos imaginamos á los cuervos posados serenamente

en un árbol, sino volando, volando, volando por los cielos azules

ó cenicientos, desde donde, bruscamente, descienden á las llanuras

rasgadas por interminables surcos paralelos. Nuestro cuervo se halla

posado en un árbol; en el pico tiene su queso; está indeciso. ¿Se lo

comerá aquí ó en la escondida quiebra de una montaña?

Aparece el raposo. El raposo hállase pasando unos días muy amargos;

tal premia como ésta no la ha pasado él nunca. No cae ni una gallina,

ni una perdiz, ni una ingenua cogujada. Está harto el raposo de comer

grillos y saltamontes; los racimos de los majuelos están aún verdes.

El raposo oye un leve ruido en un árbol y levanta la cabeza. Allí

hay un cuervo con un queso en el pico. Ya tiene pitanza el raposo

para el día de hoy. He aquí cómo el raposo comienza á hablar al

cuervo: «Don Cuervo...» (Cortés, exquisitamente cortés, según veis,

es el raposo; por tanto, con el don con que él agracia al cuervo le

agraciaremos también á él nosotros.) Dice así don Raposo: «Don Cuervo:

muy gran tiempo ha que oí fablar de vos, y de la vuestra nobleza, y

de la vuestra apostura, é como quier que vos mucho busqué, non fué

la voluntad de Dios, nin la mi ventura, que vos pudiese fablar hasta

ahora; y ahora que vos veo, entiendo que ha mucho más bien en vos de

cuanto me dezían. Y porque veades que vos lo non digo por lisonja,

también como vos diré las aposturas que en vos entiendo, también vos

diré las cosas en que las gentes tienen que non sodes tan apuesto».

Nótese cómo don Raposo da color de verdad sincerísima á su lisonja; él

dirá las gentilezas de don Cuervo, pero también le dirá á don Cuervo

las cosas que, según las gentes, no están bien á don Cuervo. Dicen las

gentes que el color negro es desapacible; negros tiene don Cuervo el

pelaje, los ojos, las garras, el pico. Eso dicen las gentes; mas las

gentes se engañan. Porque, ¿qué color más hermoso en los ojos que el

negro?

Las péndolas del pavón, ¿no son negras también? Y ¿habrá animal más

bello que el pavón?... Todas las cosas, en fin, son cumplidas y

graciosas en don Cuervo; todo: las plumas, las garras, el pico, el

volar majestuoso y raudo. Con todo ello sería gran mengua si don Cuervo

no supiese cantar. Don Raposo está seguro de que don Cuervo canta

maravillosamente; pero, por desgracia, él no le ha oído nunca. ¿No

podría hacerle don Cuervo la merced de cantar? «Si yo pudiese de vos

oir el vuestro canto--dice zalameramente don Raposo--, para siempre me

ternía por de buena ventura.» Don Cuervo, emocionado, enternecido, va

á cantar. Abre el pico, cae el queso... Instantáneamente don Raposo lo

coge y se aleja corriendo.

Las más dañosas falsías son aquellas que se realizan con elementos de

la verdad. Sepamos, en todo caso, resistir á la lisonja; más difícil

es permanecer ecuánimes ante el elogio que ante la diatriba. Artistas,

poetas, pintores, oradores: cuando se nos haga alguna loanza, no

salgamos de nuestro diapasón habitual. Leamos serenamente los elogios;

sepamos distinguir lo que en ellos hay de exacto, y lo que en ellos se

debe á las circunstancias y al afecto del loador. ¿Qué harán de todos

estos elogios las generaciones venideras? Y ¿qué pensar de los elogios

cuando vemos, frecuentemente, ponderadas en nuestra obra aquellas

partes deleznables, efímeras, á que no damos importancia, mientras los

entusiastas admiradores pasan en silencio, ignorándolas, aquellas otras

en que hemos puesto fervientemente toda nuestra alma?

Los valores literarios · 第 26 / 90 题