VA HEDE ZIAT ALHAQUIME.--Una vez era un rey.... Era un rey moro. ¿Dónde
vivía este rey? ¿Dónde reinaba? Vivía y reinaba en Córdoba; hace ya de
esto muchos siglos. El palacio de este monarca debía de ser espléndido.
Serían los pisos de grandes losas de mármol blanco. Se tejerían y
destejerían por las paredes arabescos azules, rojos y dorados. Los
techos serían de oloroso é incorruptible alerce. Habría fuentes de
ancho tazón en que caería--levemente--un surtidor de agua. (Y en que
también, en una hora trágica, caería, pesadamente, con un sordo ruido,
una cabeza ensangrentada.) Encuadrado en el patio--un patio con
mirtos--se vería un pedazo de cielo azul diáfano. Por una ventanita
de una cámara silenciosa se vería, allá en la lontananza, la serranía
parda... Alhaquime se llamaba el rey. Se aburría angustiadoramente
el rey. Debía de tener una carne blanca, un poco fofa, unos ojos
soñadores, de miradas largas y lentas, y unos labios sensuales, de
hombre que lo ha gustado todo y de todo se ha hastiado. Alhaquime
vagaría por las salas anchas y calladas de su palacio. No detendría
su mirada en las rosas rojas de los jardines, ni en el cielo azul,
ni en los arabescos de los muros. Cuando sus mujeres bailaran una
danza lenta y milenaria; cuando los suaves instrumentos tañeran una
música melodiosa, Alhaquime, sin parar atención en los movimientos
rítmicos, eurítmicos, de las beldades, pondría su mirada á lo lejos,
indefinidamente, como hombre abstraído por completo del mundo.
Sin embargo, esta dulce música que suena entra en sus oídos y llega á
su espíritu. Plácenle al rey unas melodías singulares que el albogón
hace, en tanto que los demás instrumentos callan. Alhaquime ama el
sonido del albogón. Tanto le place, que, escuchando su tañido, él ha
llegado á creer que este son que el albogón produce podrá ser todavía
perfeccionado. Mucho piensa el rey en este problema musical; largos
ratos se lleva imaginando cómo el albogón pudiera ser modificado. Al
cabo halló la manera. «Tomó el albogón y añadió en él un forado á la
parte del yuso, en derecho de los otros forados, y dende en adelante
faría el albogón muy mejor son que hasta entonces facía.»
Lo hecho por Alhaquime estaba bien hecho; no se podía negar. Mas no
era aquélla cosa en que pudiera emplearse un rey. («Non era tan gran
fecho como convenía de fazer al rey.») Por esto las gentes comenzaron
á loar desmesurada é hiperbólicamente, á manera de escarnio, la hazaña
del rey. Todo era comentarios, risas, sonrisas y alusiones en las
cámaras y retretes de palacio. Todo eran burlas y trebejos entre los
populares. «Y decían cuando llamaban á alguno, en arábigo: _Va hede
ziat Alhaquime_, que quiere decir: _Este es el añadimiento del rey
Alhaquime_.» El añadimiento regio de un agujero al albogón, era, en
suma, comidilla de todos los vasallos del rey moro. Tanto se habló
del caso, tan sin rebozo llegaron á ser las burlas, que el monarca se
percató de ello. Preguntó Alhaquime á sus cortesanos, y aunque los
cortesanos son artificiosos y lisonjeros, al fin tuvieron que hacer
lo que rarísima vez hacen: decir la verdad. Alhaquime, el rey de la
mirada absorta y de los labios sensuales, debió de sonreir. Y un día,
mandando juntar todos los alharifes, tallistas y estofadores de su
reino, mandó que la mezquita de la ciudad, hasta allí harto menguada,
fuese ensanchada y ornada espléndidamente. Desde entonces, cuando
los moros quieren loar alguna empresa grande, exclaman: «¡Este es el
añadimiento del rey Alhaquime!»; es decir: «¡_Va hede ziat Alhaquime_!»
Así el loamiento que antes se hacía por escarnio, después se hizo por
entusiasta admiración.
Cuando nosotros, hombres del siglo XX, empapados en la civilización
occidental, entremos ahora á lo largo de nuestras andanzas en el patio
de la mezquita de Córdoba y allí, gozando del silencio, de la paz y del
cielo azul, nos detengamos entre los naranjos, exclamemos también: ¡_Va
hede ziat Alhaquime_! Y pensemos ante esta mezquita maravillosa que
aquel rey mandó agrandar; pensemos--nosotros, artistas, políticos--que
están bien las menudas y pulidas obras, pero que están mejor--y ése
debe ser nuestro ideal--las grandes, levantadas, generosas obras en que
pongamos nuestro corazón y nuestra fe.
* * * * *
DON CUERVO Y DON RAPOSO.--Un cuervo va volando por el azul. Lleva
en el pico un pedazo de queso: «un pedazo de queso muy grande». Va
contento el cuervo; debe de haber cogido este queso de algún cestillo
que llevaba un niño al mercado; los ojos del mozuelo habrán visto
asombrados cómo de pronto el cuervo remontábase á lo alto llevándose en
el pico el queso. Ahora el cuervo va á darse un suculento hartazgo. Se
posa en la rama de un árbol. ¿En la rama de un ciprés? El ciprés es de
las cornejas. ¿En la rama de un olivo? El olivo es de los mochuelos;
cada mochuelo tiene su ramita en un olivo. ¿En la rama de un almendro?
El almendro es de los cuclillos; en Levante, durante las claras
noches, en el llano plantado de grandes, sensitivos almendros, los
cuclillos tañen su flauta de dos notas... El cuervo se para en un árbol
cualquiera; esta estada del cuervo en una rama es accidental, fuera
de sus costumbres. No nos imaginamos á los cuervos posados serenamente
en un árbol, sino volando, volando, volando por los cielos azules
ó cenicientos, desde donde, bruscamente, descienden á las llanuras
rasgadas por interminables surcos paralelos. Nuestro cuervo se halla
posado en un árbol; en el pico tiene su queso; está indeciso. ¿Se lo
comerá aquí ó en la escondida quiebra de una montaña?
Aparece el raposo. El raposo hállase pasando unos días muy amargos;
tal premia como ésta no la ha pasado él nunca. No cae ni una gallina,
ni una perdiz, ni una ingenua cogujada. Está harto el raposo de comer
grillos y saltamontes; los racimos de los majuelos están aún verdes.
El raposo oye un leve ruido en un árbol y levanta la cabeza. Allí
hay un cuervo con un queso en el pico. Ya tiene pitanza el raposo
para el día de hoy. He aquí cómo el raposo comienza á hablar al
cuervo: «Don Cuervo...» (Cortés, exquisitamente cortés, según veis,
es el raposo; por tanto, con el don con que él agracia al cuervo le
agraciaremos también á él nosotros.) Dice así don Raposo: «Don Cuervo:
muy gran tiempo ha que oí fablar de vos, y de la vuestra nobleza, y
de la vuestra apostura, é como quier que vos mucho busqué, non fué
la voluntad de Dios, nin la mi ventura, que vos pudiese fablar hasta
ahora; y ahora que vos veo, entiendo que ha mucho más bien en vos de
cuanto me dezían. Y porque veades que vos lo non digo por lisonja,
también como vos diré las aposturas que en vos entiendo, también vos
diré las cosas en que las gentes tienen que non sodes tan apuesto».
Nótese cómo don Raposo da color de verdad sincerísima á su lisonja; él
dirá las gentilezas de don Cuervo, pero también le dirá á don Cuervo
las cosas que, según las gentes, no están bien á don Cuervo. Dicen las
gentes que el color negro es desapacible; negros tiene don Cuervo el
pelaje, los ojos, las garras, el pico. Eso dicen las gentes; mas las
gentes se engañan. Porque, ¿qué color más hermoso en los ojos que el
negro?
Las péndolas del pavón, ¿no son negras también? Y ¿habrá animal más
bello que el pavón?... Todas las cosas, en fin, son cumplidas y
graciosas en don Cuervo; todo: las plumas, las garras, el pico, el
volar majestuoso y raudo. Con todo ello sería gran mengua si don Cuervo
no supiese cantar. Don Raposo está seguro de que don Cuervo canta
maravillosamente; pero, por desgracia, él no le ha oído nunca. ¿No
podría hacerle don Cuervo la merced de cantar? «Si yo pudiese de vos
oir el vuestro canto--dice zalameramente don Raposo--, para siempre me
ternía por de buena ventura.» Don Cuervo, emocionado, enternecido, va
á cantar. Abre el pico, cae el queso... Instantáneamente don Raposo lo
coge y se aleja corriendo.
Las más dañosas falsías son aquellas que se realizan con elementos de
la verdad. Sepamos, en todo caso, resistir á la lisonja; más difícil
es permanecer ecuánimes ante el elogio que ante la diatriba. Artistas,
poetas, pintores, oradores: cuando se nos haga alguna loanza, no
salgamos de nuestro diapasón habitual. Leamos serenamente los elogios;
sepamos distinguir lo que en ellos hay de exacto, y lo que en ellos se
debe á las circunstancias y al afecto del loador. ¿Qué harán de todos
estos elogios las generaciones venideras? Y ¿qué pensar de los elogios
cuando vemos, frecuentemente, ponderadas en nuestra obra aquellas
partes deleznables, efímeras, á que no damos importancia, mientras los
entusiastas admiradores pasan en silencio, ignorándolas, aquellas otras
en que hemos puesto fervientemente toda nuestra alma?