LA RAPOSA MORTECINA.--Una raposita ha salido de su manida y se ha
dirigido hacia la aldea. Todo duerme; es media noche. En la obscuridad
no se percibe mas que--allá lejos--la raya negruzca de las montañas
sobre la foscura del cielo. Brillan las estrellas: brillan con
ese titileo radiante de las noches de invierno. En esas noches, á
la madrugada, en el profundo reposo de la tierra, ese relumbrar
vivo, radiante, de los astros trae á nuestro espíritu una profunda
nostalgia--¡oh fray Luis de León!--de algo que no sabemos... De cuando
en cuando un vientecillo ligero trae de la aldea un olor particular
que nuestra raposita recoge en sus narices. El ejido del poblado está
ya aquí; luego las casas; detrás de una de ellas se extienden las
largas tapias de un corral. No se sabe cómo la raposita ha entrado en
el corral. En los travesaños de un cobertizo están acurrucadas las
gallinas, los gallos. Los gallos, tan vigilantes, no se han percatado
de nada. Lentamente, pasito á paso, mirando á todos los lados,
venteando todos los olores, avanza la buena raposita.
--Un momento, querido cronista. ¿Por qué llama usted buena á esta
raposa inquietadora, sanguinaria, que va á poner el espanto y la
destruccion en la república de las gallinas?
--Perdón, querido lector. Todo es relativo, y la raposa, comparada con
el taciturno y violento lobo, es buena, es excelente. Hace mucho tiempo
que un gran naturalista--Buffón--ha hecho en pocas líneas el elogio
de la raposa. «La raposa no es un animal vagabundo, sino un animal
domiciliado--escribe Buffón.--Esta diferencia, que se hace sentir aun
entre los hombres, tiene más grande eficiencia y supone más grandes
causas entre los animales. La idea sola del domicilio presupone una
singular atención sobre sí mismo; luego, la elección del lugar, el arte
de fabricar la guarida y de solapar la entrada á ella, son tantos otros
indicios de un sentimiento superior.»
Tiene, pues, nuestra raposita un sentimiento superior de la vida
y del mundo. Sólo que... La vida es dura; se tienen hijos; los
inviernos no ofrecen grandes recursos en el campo. No hay nidos
entre los atochares; las cepas de los majuelos aparecen desnudas y
secas. ¿Qué ha de hacer una raposa sino ir á los corrales donde las
gallinas reposan? En ello aventura la vida, que no es poco. Ya está
en el gallinero nuestra zorrita; las gallinas se han dado cuenta--un
poco tarde--del huésped que viene á visitarlas. La hora no es muy á
propósito para cortesías. Se ha producido un ruidoso remolino en el
cobertizo á la vista de la raposa. Todas las gallinas cacareaban y los
gallos cantaban--despavoridos. La raposa ha cogido una gallina entre
los dientes y la ha zarandeado con violencia. Con una tierna y gorda
gallina tendría la raposita para su yantar. Pero cuando ha sentido
la raposa correr entre sus fauces la sangre tibia, humeante, de la
gallina, ha perdido la cabeza. ¡Cómo brillan ahora sus ojos! ¡Cómo va
de una parte á otra furiosa, abstraída, tambaleándose, como ciega, como
borracha!
No se harta de destrozar gallinas; tendidas quedan muchas por tierra.
En la casa deben de tener el sueño muy pesado; nadie se mueve. (O
¿qué sabemos? Estos labriegos que trabajan á costa de un amo son
muy ladinos. Pensad en las matanzas que hacen los pastores y se las
achacan á los lobos. Tal vez ahora saben que la zorra está destrozando
el gallinero; pero como la raposa no ha de poder llevarse todas las
gallinas y han de quedar algunas muertas...) Entusiasmada, encarnizada
en su labor siniestra, la raposita no ve que una claror blanquecina
aparece por Oriente. La aurora comienza á anunciarse.
Tiene este momento único de la madrugada un encanto profundo. Nos
atrae misteriosamente esta palidez que en el cielo se inicia. Todavía
es de noche... y ya está ahí el día que llega. En este minuto supremo
las luces que han velado toda la noche van á borrarse en la claridad
del día; su misión ha terminado.
Durante las tinieblas han puesto sus resplandores sobre una
mesa en que una cabeza se inclinaba sobre los libros; ó han
iluminado--tenuemente--la cara blanca, sobre ropas blancas, de un
enfermo; ó se han destacado, como puntitos rojos y verdes, en el
horizonte, en tanto que las locomotoras lanzaban agudos chillidos y
pasaban raudos los trenes. Cuando la claridad del día va aumentando,
las luces, todas las luces, luces trágicas ó luces de esperanza, se
retiran, se esfuman, se disuelven, se recogen en una tregua de reposo
hasta la noche venidera. Á esta hora de la madrugada, las montañas ya
comienzan á destacarse más vivamente sobre el cielo; el cielo es de
una claridad vaga y lívida. Dentro, en las casas, se hace una densa y
confusa penumbra. Las cosas van á surgir á la vida; las ventanas van á
recobrar su espíritu de luz y de sol.
Á nuestra raposita se le ha hecho tarde. No puede salir sin peligro
del gallinero; van y vienen gentes por la aldea. Otros gallos lejanos
cantan; un can ladra. No tiene más recurso nuestra raposa que salir
á la calle y tenderse en medio haciéndose la muerta. Porque si la
vieran correr por las calles del pueblo, ¿qué sería de ella? (Son
muchos los animalitos que se hacen los muertos para librarse de las
trazas sanguinarias del hombre. Se hace la muerta esta arañita que,
en el campo, ha bajado desde un árbol, por un hilillo sutil, hasta
las páginas blancas de este libro que estamos leyendo. Se hace el
muerto, replegando sus patitas, este cetonia con que nuestros dedos han
tropezado en el fondo de una rosa, lecho fresco y fragante. Se hace el
muerto este glomérido que encontramos debajo de una piedra y que se
convierte en una bolita de acero. ¿Por qué se hacen los muertos? ¿Hemos
dicho que para defenderse del hombre? Pero ¿saben ellos del hombre?
Esta es una idea antropocéntrica. No sabemos siquiera si lo que hacen
es hacerse los muertos.) Nuestra raposita se hace la muerta; en medio
de la calle está tendida. No es cosa rara, donde hay muchas zorras, ver
una zorra muerta en medio del arroyo. Va paseando la gente. «Á cabo de
una pieza, passó por hi un home, y dixo que los cabellos de la frente
del raposo que eran muy buenos para poner en las frentes de los mozos
pequeños, porque no los ahojen.» Con unas tijeras, este hombre curioso
trasquila la frente de la zorrita. La zorrita se estuvo quieta.
Después otro transeunte vió la raposa y dijo lo mismo de los pelos del
lomo. Le trasquiló los pelos del lomo. La raposita se estuvo quieta.
Luego otro hizo la misma observación respecto del pelo de las ijadas.
Le trasquiló las ijadas. La raposita se estuvo quieta. «Nunca se movió
el raposo, porque entendía que aquellos cabellos non le farían gran
daño en los perder.» Otro viandante llegó más tarde y dijo que la uña
del raposo es buena para curar los panadizos. Tajóle las uñas á la
raposita. La raposita no se movió. Después otro dijo que el diente de
la zorra cura los males de dientes. Quitóle un diente á la raposita. La
raposita no se movió. Á seguida vino otro y manifestó que el corazón
del raposo es conveniente para nuestros dolores de corazón. Metió mano
á un cuchillo para sacarle al raposo su corazón. «Y el raposo vió que
le querían sacar el corazón y que si gelo sacassen, que non era cosa
que se pudiese cobrar.» Entonces la raposita dió un salto, echó á
correr y se perdió á lo lejos.
...En nuestras casas, en la vida cotidiana, debemos pasar por
alto--indulgentemente--las pequeñas cosas. En la vida pública, á la
vista de todos, de igual manera, no debemos de ponernos fieros ante
lo que en sí tiene escasa importancia. No coloquemos nuestro natural
y legítimo deseo de dignificación y de reivindicación en un plano
demasiado alto. Si el puntillo de honor lo ponemos muy subido, á cada
momento tendremos que estar en altercaciones, porfías y denuedos.
Nuestra vida se hará imposible. Una palabra, un gesto, un ademán, un
ligero desdén, una inflexión de cólera, un matiz de irritación en los
demás tendrán para nosotros una importancia decisiva. No; sepamos pasar
por todo esto. La raposita no se movía cuando le trasquilaban el lomo
y la frente; aquello no tenía para ella importancia. Pero cuando se
trate de cosa grande, cuando se trate del corazón--como en el caso de
la raposa--, entonces pongamos todas nuestras fuerzas, todo nuestro
ardor, todo nuestro ímpetu en defender la esencialidad de nuestro ser
moral: las ideas, los procedimientos, la conducta, la honradez, la
sinceridad.
V
VALOR Y RIESGO DE LOS CONSEJOS.--Un breve epílogo á estas divagaciones
sobre motivos de _El conde Lucanor_. Ya se habrán percatado de ello los
lectores. No hemos expuesto fielmente las historias y ejemplos que trae
en su libro don Juan Manuel; muchos detalles hemos añadido; á nuestra
manera hemos contado los casos que el infante relata. No hemos sacado
tampoco--generalmente--de tales cuentecillos las enseñanzas que el
autor pone por contera; diferentes han sido alguna vez los proloquios
deducidos. Hemos hecho con el libro de don Juan Manuel lo que se suele
hacer con la música de las grandes óperas; de aquí y de allá, tomando
este tema y dejando tal otro, hemos compuesto una rapsodia. Pero
si algún lector entra en gana de leer el libro de don Juan Manuel,
desde luego habremos logrado nuestro propósito; propósito modesto;
el propósito de quien trata de excitar la curiosidad con palabras
encarecedoras de estas ó las otras excelencias de una obra.
Ahora digamos algo respecto del valor de los consejos y del riesgo
que corre el que se aventura á darlos. ¿Qué valor tienen los avisos,
advertimientos y prevenciones que se suelen hacer en la vida?
Distingamos entre el consejo genérico y el consejo concreto. Es
decir, distingamos entre los consejos que se dan en los libros y los
consejos que, en la realidad cotidiana, damos al amigo ó al deudo.
Los libros de consejos por fuerza han de ser generales; aquí está
precisamente su punto flaco. Como es una regla genérica la que se da,
no sabremos, cuando llegue el caso, si precisamente en ese trance
debemos ó no aplicar el consejo que hemos leído. La vida es varia,
compleja, contradictoria, ondulante; el consejo--ó la norma--es rígida,
siempre igual, inflexible. ¿Cómo concordaremos la realidad cambiante y
fugitiva con el canon permanente? Dificultad es ésta de una grandísima
trascendencia; tanto lo es, que en ella van implícitos todo el arduo
problema de la moral y todo el magno negocio de la política.
Contra la norma genérica de la ética surge el casuísmo, que
toma en cuenta el tiempo, el lugar, la persona y otras diversas
circunstancias. Contra el cumplimiento de la ley, en el gobernante
surge la consideración--análogamente--de que la ley _debe_ siempre ser
cristalización de la justicia, pero que _puede también no serlo_. Puede
no serlo: 1.º, porque originariamente, al hacer la ley, no se haya
interpretado en ella bien la justicia; 2.º, porque, aun interpretándose
primitivamente bien la justicia en la ley, el tiempo puede haber hecho
que cambie la sensibilidad ambiente (la justicia no es mas que una
cuestión de sensibilidad) y que la justicia contenida en el canon
formulado anteriormente sea escasa, pobre, deficiente; 3.º, porque,
aun siendo buena la ley, ley acomodada al tiempo, ley viva, ley actual,
unas pasajeras circunstancias pueden hacer que no se contenga en ella
la justicia.
«¡Sed prudentes, sed enérgicos, sed sinceros!», nos dicen los consejos
genéricos de los libros. Está bien; la doctrina es inmejorable;
muchos hombres eminentes han practicado tales máximas. (Los hombres
eminentes, eminentes de veras, han hecho muchas cosas que han sacado,
ingénitamente, de sí mismos, y no de los libros.) Está bien; pero
en este trance en que ahora nos hallamos precisamente, ¿debemos ser
audaces, intrépidos, temerarios? ¿Es ahora, con estas circunstancias,
cuando debemos ser brutalmente sinceros, ó bien será en otra ocasión
y con tales otras particularidades? Los libros de consejos no
pueden decirnos nada de esto. «Un grano de audacia en todo--escribe
Gracián--es importante cordura.» ¿Hemos leído bien? _En todo_--dice el
psicólogo. O sea, seamos _siempre_ audaces; con la audacia empleada
en todos los momentos, con todos los motivos, nos irá siempre bien.
(Algunos políticos, harto desaprensivos--no nombramos á nadie--,
encontrarán admirable la máxima. Sí, la audacia á todo pasto es posible
que lleve á la fortuna; pero... las quiebras de tal juego suelen ser
terribles.)
«No hacer negocio del no negocio--escribe también Gracián--. Así como
algunos todo lo hacen cuento, así otros todo negocio.» (Los negocios de
que aquí habla Gracián no son los negocios en que suelen andar metidos
los antes mencionados parlamentarios y políticos. Esos, sí, es cierto,
_todo lo hacen negocio_. Pero ahora Gracián habla de otra cosa; Gracián
nos dice que no lo hagamos todo cuestión personal, cosa de honra y de
dignidad.) «Siempre hablan de importancia--prosigue el autor--; todo
lo toman de veras, reduciéndolo á pendencia y á misterio. Pocas cosas
de enfado se han de tomar de propósito, que sería empeñarse sin él...
Muchas cosas que eran algo, dejándolas fueron nada; y otras que eran
nada, por haber hecho caso de ellas fueron mucho.» He aquí un sagaz
consejo, basado en la más fina observación de la vida diaria. Pero
¿cómo lo aplicaremos? En presencia de una de esas fruslerías cotidianas
que pueden ó no pueden ser algo--ó mucho--, ¿qué es lo que tendremos
que hacer?
Mas si los libros de consejos no pueden orientarnos en el caso
concreto, aquí está el deudo, el amigo, ó simplemente el hombre
ducho y experimentado, á quien--sin conocerle, ó conociéndole
apenas--recurrimos en busca de una sabia prevención. Difícil y
arriesgado es, en general, el dar un consejo. Desconfiad--¡oh
escritores renombrados!--de los que, acercándose á vosotros, os
piden un consejo, una opinión, un juicio sincero, completamente
sincero, de una obra que os dan á leer. Si usáis, incautamente, de
vuestra sinceridad, os arrepentiréis; quien ha pedido sinceridad,
cuando sinceridad le sirven, cuando con ella le hablan y juzgan su
obra, podrá por cortesía, y por no desmentir las protestas hechas,
agradeceros aparentemente vuestras palabras; pero en el fondo ese
hombre siente por vosotros un vivo disgusto, una viva hostilidad.
«Entonces--preguntará el lector--, ¿habrá que mentir siempre?
¿Tendremos que ser unos hipócritas, unos faranduleros?» No; lo que
cabrá es, sin decir la verdad ruda y brutalmente, usar de tal modo de
los silencios, de los matices y de las gradaciones, que los lectores
entiendan nuestro verdadero pensamiento sobre la obra de que se trata.
Hay elogios en apariencia que son censuras, y hay pausas, silencios y
apartes que huelen á la más rotunda condenación.
En la vida cotidiana, el consejo nos puede exponer á molestias,
contrariedades y pesadumbres. En sus _Empresas políticas_ (en la XLVII,
al final) Saavedra Fajardo escribió las siguientes palabras: «Ninguna
cosa más peligrosa que el aconsejar. Aun quien lo tiene por oficio
debe excusarlo cuando no es llamado y requerido, porque se juzgan los
consejos por el suceso, y éste pende de accidentes futuros que no puede
prevenir la prudencia; y lo que sucede mal se atribuye al consejero,
pero no lo que se acierta.»
No se puede decir sobre la materia nada más exacto. En el mismo _Conde
Lucanor_ (historia del gallo y el raposo) el autor, encareciendo la
dificultad y riesgo del consejo, nos dice lo mismo que, más tarde,
había de escribir Saavedra. Es difícil dar el consejo--escribe don Juan
Manuel--, porque «non es ome seguro á que pueden recudir las cosas; ca
muchas veces vemos que cuida ome una cosa é recude después otra, ca lo
que cuida ome que es mal, recude á las vegadas á bien, é lo que cuida
ome que es bien, recude á las vegadas á mal». ¡Grande es la perplejidad
del consejero! De todos modos, acierte ó no, no se le agradecerá nada
al consejero. «Ca si el consejo que da recude á bien, non ha otras
gracias si non que dicen que fizo su debdo en dar buen consejo, é si el
consejo á bien non recude, siempre finca el consejero con daño é con
vergüenza.»