EL CONDE LUCANOR

I

UN RETRATO IMAGINARIO.--Este señor que estamos observando--año de

1329--es príncipe; su padre fué infante; su abuelo no era otro que

el santo rey don Fernando. Se llama este caballero el príncipe don

Juan Manuel. Ha peleado ardientemente en la guerra contra los moros;

muchos años ha pasado en estas lides allí cerca del mar Mediterráneo,

en la tierra murciana, donde hay palmeras y granados. Ha entrado ya

ahora en la senectud; tiene el paso lento--un poco tremulante--y los

cabellos canos. Toda su prestancia es de sosiego y de nobleza. En la

mano derecha, ahora cuando escribe, vemos lucir una gruesa esmeralda

en cerco de oro. Escribe atentamente el caballero en su cámara, con el

gesto sereno del Erasmo retratado por Holbein. En el silencio de la

estancia se percibe el vago rasgueo de la cortada pluma sobre el blanco

pergamino; de cuando en cuando, por la ventana abierta llega el lejano

son--rítmico y sonoro--de una campana.

Cuando don Juan Manuel estaba en la guerra, su nota característica

era el ímpetu y la decisión. Al cabo de los años, cuando la vejez ha

venido, el príncipe quiere depositar en un libro su experiencia del

mundo. En prosa clara, limpia, irónica á ratos, sentimental y patética

de raro en raro, va escribiendo don Juan Manuel su libro en la soledad

de su cámara. Dos personajes figuran en la obra: un gran señor y un

consejero suyo. Á las dudas del magnate, en los trances dificultosos de

la vida, va respondiendo el consejero. Se llama aquél Lucanor; éste se

apellida Patronio. Para mejor expresar su doctrina, Patronio refiere

casos, anécdotas y sucedidos que vienen de molde á lo demandado por

Lucanor. Luego, á la postre, referido el caso, el consejero hace la

aplicación en palabras sencillas, bondadosas y graves.

Una cuarentena de historias componen el libro de don Juan Manuel. _El

conde Lucanor_ lo titulamos ahora. Cuando nuestro caballero acaba

de escribir uno de sus capítulos, se levanta, da unos paseos por la

estancia, contempla sus libros, echa un vistazo por la ventana al

paisaje. Desde la ventana se descubre el severo y noble campo de

Castilla; una serranía azulina, con cimas blancas, cierra el horizonte;

hasta la línea azul se extiende una campiña suavemente ondulada por

los oteros y recuestos. Hay un encanto hondo en estas obras primitivas

de nuestra literatura. En _La Celestina_ la espontaneidad pasional va

mezclada con alardes intempestivos de erudición; la fuerza, la emoción,

el sentimiento del artista salva y hace olvidar estos engorrosos

arrequives escolásticos. En _El conde Lucanor_ todo es sencillo, limpio

y claro; la prosa es como el paisaje clásico de Levante--que el autor

tanto contemplara en su mocedad--, y el espíritu que entre líneas

circula, el alma del libro, semeja, por su gravedad, por su sutileza,

á este otro panorama que don Juan Manuel contempla ahora, ya en la

senectud, desde las ventanas de su cámara.

* * * * *

DON RODRIGO.--Para hacer ver lo que es el libro de nuestro autor,

extractaremos algunos de sus ejemplos; el lector nos perdonará si

añadimos pinceladas y detalles... Una vez vivía un caballero que se

llamaba don Rodrigo Meléndez de Valdés. Asistía con su consejo al

rey. Vivía holgada y cómodamente. Su casa era ancha y rica; un ancho

huerto se abría detrás del edificio. Don Rodrigo caminaba lentamente;

reposados eran sus ademanes. No gustaba en su morada de ruidos

turbadores. Su mesa mostrábase blanca, limpia y bien abastada. Cuando

hablaba nuestro caballero, lo hacía con palabras mesuradas y breves. Su

sosiego era inalterable. Si le acontecía un contratiempo, don Rodrigo

exclamaba sin irritarse: «¡Bendito sea Dios; ca pues Él lo fizo,

esto es lo mejor!» Siempre esta reflexión estaba en los labios del

caballero. No había pesadumbre ni angustia, por terribles que fueran,

que lograran sacarle de esta su sabia conformidad. Las gentes que le

rodeaban llegaron á tomar enojo de esta ecuanimidad. Sin duda el

sosegado caballero no tenía alma.

Aconteció que los enemigos de don Rodrigo pusiéronle á mal con el rey.

Dijéronle al rey que el caballero había maquinado contra él una gran

maldad. (Los reyes se dejan engañar fácilmente.) El rey mandó matar á

don Rodrigo. Llamólo á su palacio y concertó con sus cortesanos que

cuando don Rodrigo se hallase en camino lo matasen. Nuestro caballero,

con su sosiego de siempre, se dispuso al viaje. Ya sale de su cámara.

Ya va á bajar la escalera. De pronto da un traspiés, rueda por los

escalones y se quiebra una pierna. Las gentes del caballero plañíanle

y le decían: «Vos que decides siempre: _Lo que Dios hace, esto es

lo mejor_, tened vos ahora este bien que Dios vos ha fecho». Y el

caballero movía tristemente la cabeza y perduraba en su conformidad con

lo acaecido.

No pudo don Rodrigo acudir al llamamiento del rey. Con ello salvó

la vida. Descubrióse tiempo después la falsedad de lo imputado al

caballero y el rey le perdonó, lo recompensó con nuevas mercedes

y mandó castigar á los engañadores. La moralidad del caso podemos

exponerla en dos palabras. Conformémonos con la realidad cuando contra

la realidad no podamos hacer nada. Reaccionemos contra la realidad

cuando la realidad pueda ser modificada por nosotros. «Devedes entender

que aquellas cosas que acaescen son en dos maneras. La una es, si viene

á hombre algún embargo en que se pueda poner consejo. La otra es, si

viene á hombre algún embargo en que se non puede poner consejo alguno.»

Cuando llegue el primero de estos dos casos y la adversidad sea contra

nosotros, por nuestra inercia, no nos quejemos, no nos plañamos del

Destino ni de la Providencia; en nuestras manos ha estado nuestra

salvación y no la hemos querido aprovechar. Cuando nos acontezca lo

segundo, es decir, cuando no podamos, ni por ingenio ó fuerza, torcer

el curso de los hechos, no nos lamentemos tampoco, no nos expandamos

en vanos gemidos y reproches: seamos dignos en nuestra actitud;

mostrémonos tranquilos, serenos, ante la inexorable corriente de las

cosas.

Los valores literarios · 第 25 / 90 题