Cuatro palabras para terminar--por nuestra parte y cordialmente--la
amistosa discusión que venimos sosteniendo con Julio Cejador... La
viejecita Celestina se halla recogida en su casa. Vive muy lejos, allá
fuera de la ciudad, en la cuesta del río. Cerca están las tenerías.
No muy distante se ve un viejo puente por donde pasan viandantes y
carros. La casa de Celestina es chiquita, medio caída; lo principal--y
casi lo único--de ella lo compone una camarilla con una ventanita;
por la ventanita se columbra el río manso y claro que discurre por
debajo del puente y luego se aleja entre dos filas de verdes álamos,
unos campos labrados, la silueta azul de unas remotas montañas. De la
ciudad llegan, de cuando en cuando, los campaneos de sus iglesias. En
la habitación de Celestina hay dos ó tres filas de anchos vasares y
un reducido armario: en los vasares forman, cuidadosamente colocados,
botecillos, picheles y redomas de diversos tamaños y colores. Encierran
esos botes y frascos variedad de ungüentos, aceites, mixturas,
grasas y jarabes; de todos estos aceites y ungüentos, unos curan
dolores, otros--aunque Celestina lo crea--no curan nada. Hacecillos
de hierbas montaraces penden del techo y de las paredes. Reposan en
el armario, bien guardados, algunos objetos y trebejos de apariencia
y usos extraños. Aquí hay soga de ahorcado, piedra del nido del
águila, espina de erizo, pie de tejón. Todas estas cosas, aunque en
ocasiones Celestina las venda muy caras y misteriosamente á gentes que
han perdido un poco el seso, lo cierto es que no sirven para nada.
En una cajuela la viejecita tiene sus instrumentos más preciados:
unas finísimas agujas y un sutilísimo hilo de seda. Y tampoco esto
sirve para gran cosa; pero sí puede engañarse con ello--alguna vez--á
los papanatas y á los incautos, á los incautos sobre todo, gente
atropellada y que no repara en detalles.
Celestina se encuentra en un momento crítico; va á invocar á Satanás.
Necesita que el demonio le ayude en un trance en que se halla metida.
Ya ha cerrado la ventanita que mira al río y ha encendido una vela
(no la vela que se enciende á San Miguel, sino la que se enciende
al diablo). De todo su poder evocador va á usar Celestina; del más
formidable aparato mágico va á echar mano; del conjuro más poderoso,
más fuerte, más inapelable va á servirse. Todo es silencio y misterio
en la estancia. (Pero á lo lejos, de las tenerías, llegan unos cantos
populares y picarescos que desazonan un poco á la viejecita.)
Celestina exclama, tratando de ahuecar la voz y haciendo terribles
aspavientos:
--Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador
de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles,
señor de los sulfúreos fuegos que los hirvientes étnicos montes
manan, gobernador y veedor de los tormentos é atormentadores de las
pecadoras ánimas, regidor de las tres furias: Tesifone, Megera y Aleto;
administrador de todas las cosas negras del reino de Stigie y Dite, con
todas sus lagunas y sombras infernales y litigiosos caos; mantenedor
de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y
pavorosas hidras...
Se detiene un poco Celestina; no es para menos; la invocación que acaba
de hacer entra en la categoría de las más solemnes invocaciones. Luego
continúa:
--Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y
fuerza de estas bermejas letras, por la sangre de aquella nocturna ave
con que están escritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos
que en este papel se contienen... vengas sin tardanza á obedecer...
hasta que Melibea con aparejada oportunidad... lastimes del crudo y
fuerte amor de Calixto... pide y demanda á mí tu voluntad... apremiaré
con mis ásperas palabras tu horrible nombre... me parto para allá con
mi hilado, donde creo te llevo ya envuelto.
Cuando la viejecita ha acabado su tremendo y formidable conjuro se ha
abierto bruscamente la ventanilla del chamizo y ha entrado un vivísimo
rayo de sol que ha dado en los ojos á Celestina. Celestina ha cerrado
los ojos, y al abrirlos de nuevo ha visto sentado en la única silla de
la estancia á un mancebo de tez morena y luminosa mirada.
--Un momento, querida Celestina--ha dicho con voz melódica este mozo--:
tu conjuro ha sido tan aparatoso y tan vehemente, que he querido venir
yo mismo, en persona, á ver lo que se te ofrecía. La cosa debe de ser
de mucha importancia...
Aunque la viejecita está acostumbrada á tratar con el demonio (ó, por
lo menos, lo dice ella), ha sufrido una viva sorpresa al contemplar
frente á ella al propio Satanás. Apenas acertaba á balbucir unas
palabras.
--Cálmate, Celestina, cálmate--ha proseguido bondadosamente el
diablo--. El caso que te ha hecho llamarme tan aparatosamente debe
de ser verdaderamente grave y difícil. Siendo cosa tuya, ha de ser,
desde luego, cosa de amores... Sospecho que se trata de algún amor
_imposible_, desatinado. Acaso un viejo achacoso, decrépito, miserable,
nacido en el más bajo fondo social, se ha enamorado de una elevadísima,
angelical (permíteme la palabra) y elegantísima princesa...
Celestina, todavía sobrecogida, mueve la cabeza con ademán denegatorio.
--¿No?--prosigue el diablo--. ¿No? ¡Ah, ya caigo! Es el caso
contrario... Una labradorcita, una mozuela del campo, ingenua y linda,
se ha enamorado de su señor, el altivo magnate que ha entrevisto ella
un momento, al pasar él frente á la choza, caballero en un brioso
trotón...
La viejecita vuelve á hacer signos de negación.
--¿Tampoco?--torna á preguntar un tanto receloso el diablo--.
Entonces... entonces, ¿es cosa de algún rey... de la esposa de algún
rey, que contra toda ley, contra toda fidelidad...?
Celestina hace nuevos ademanes de que no.
--Pues no caigo; explícate; habla.
Celestina entonces, ya más serena, ha contado que dos jóvenes, Calisto
y Melibea, se han encontrado en una huerta y que el mozo ha quedado
perdido de amor por la muchacha. Ahora es el diablo quien ha quedado
sorprendido, sin comprender.
--¿Ella es rica, de buena familia?--ha preguntado Satanás.
--Sí--ha contestado Celestina.
--¿Él es rico, de buena familia?
--Sí--ha vuelto á contestar Celestina.
--¿No hay enemistad ninguna entre las dos casas?
--Ninguna... Es más: yo creo que la muchacha, íntimamente, sin saberlo,
sin haberse dado cuenta de ello todavía, está enamorada del galán.
Satanás ha callado un momento, estupefacto, sin saber qué decir. Al
cabo ha dicho:
--Pues no lo entiendo, amiga Celestina; no lo entiendo, á menos de que
piense que tú, esta mañana, en vez de beberte tu jarrillo habitual,
te has bebido uno ó dos más. Se me puede llamar á mí con el aparato y
la vehemencia que tú lo has hecho, para remediar un amor fantástico
y quimérico, ó para que conceda toda la ciencia del universo á un
estudiante ó á un doctor (que á cambio de ella me venden su alma), ó
para que, con las mismas condiciones, dé á un perdulario todos los
goces del mundo... Pero llamarme para que intervenga en las relaciones
de mozo y moza en cuyo noviazgo no hay inconveniente ninguno, ni lo
hay tampoco en su casamiento... francamente, llamarme para eso es una
verdadera simpleza.
Celestina ha sentido otra vez en los ojos un vivo resplandor. Los ha
cerrado, y al abrirlos de nuevo no estaba ya frente á ella el cetrino y
gallardo mancebo. Había en la estancia un ligero olor á azufre.
* * * * *
Querido Cejador: Ya ve usted lo que acaba de decir el diablo. El diablo
está muy ocupado y sus negocios son harto graves. No se le puede llamar
por una fruslería.
Dejémosle estar; respetemos sus trabajos. Si hemos de llamarle alguna
vez, que sea, no por una futesa, como esa de Calisto y Melibea, sino
para hacerle hacer _una que sea sonada_.