El profesor don Miguel Morayta ha publicado un excelente libro
sobre Feijóo. No ha dicho nada de él la prensa; no son muchos los
periodistas que en España se consagran á la divulgación de los libros;
poca costumbre existe entre nosotros--en los periódicos--de hablar
de libros; los libros casi no existen entre nosotros. El libro de
don Miguel Morayta merece comentario y divulgación; publicado en una
biblioteca popular--la valenciana de Sempere--, podrá ser adquirido por
cuantos no puedan, ordinariamente, hacer grandes dispendios tocante á
libros. Estudia el señor Morayta en su obra una de las más simpáticas
figuras de nuestro desenvolvimiento intelectual; es el autor claro,
sencillo, preciso. Ni hay en la obra las vacuas generalizaciones entre
nosotros tan usadas, ni estas páginas están escritas en el ampuloso
oratorio estilo de que no saben salir--en general--nuestros publicistas
y nuestros parlamentarios. Es, pues, la obra del señor Morayta obra
á propósito para ser leída por el tipo medio de lector deseoso de
un discreto y selecto aprovisionamiento intelectual. Añadiremos
que en _El padre Feijóo y sus obras_ (que así se titula el libro de
Morayta) resalta un juicio sereno, ecuánime, respetuoso y sin asomos de
sectarismo y de pasión.
El libro de don Miguel Morayta nos ofrece oportunidad para
trazar--compendiosamente--la silueta moral y física de Feijóo. Veamos,
por tanto, cómo era Feijóo, cuál su obra, qué ideas eran las suyas,
cuál era su sensibilidad, qué consecuencias tuvieron sus trabajos.
Feijóo era un hombre alto, gallardo, recio; había dulzura, inteligencia
y apacibilidad en su semblante; de miembros ágiles, flexibles, sus
movimientos hacíanse notar por su presteza y desenvoltura; gozaba
de sanidad perfecta; su persona, en resumen, como dice un biógrafo,
sugería la sensación de un «hombre grande». Sanos, fuertes, enhiestos,
de prestancia gallarda y elegante, han sido copiosos trabajadores
intelectuales, como--por citar disparmente, en esferas distintas--un
Goethe ó un Joaquín Costa. Pero no generalicemos; otros hombres,
también formidables laboradores del cerebro, han sido frágiles,
enfermizos, raquíticos...
Feijóo, como Costa, era sano y robusto. Trabajó, también como Costa,
de un modo abrumador. No salió de su retiro provinciano sino para
hacer rápidas visitas á Madrid; en su celda de Oviedo escribió
infatigablemente hasta los ochenta años; milagros de erudición
hizo con los no muchos libros que allí tenía; su intuición fina,
delicada, suplía muchas veces la falta de materiales para el trabajo.
Serenamente, desde su rincón, soportó la estruendosa baraúnda promovida
en España en torno de sus libros; no se amilanó por la hostilidad--en
algunos momentos verdaderamente terrible--que hacia sus publicaciones
mostraron elementos sociales poderosos; aun ante la amenaza de la
Inquisición se mantuvo ecuánime, confiado en sí mismo. No hay ejemplo
en España de más intensa agitación espiritual que la producida por
Feijóo. Pensemos en la actitud espiritual del escritor en medio de
esta ardiente tolvanera de pasiones, envidias, rencores, insidias;
formidable era el aluvión de folletos, papeles, críticas suscitadas
por la labor de Feijóo. Hoy difícilmente podemos formarnos idea de la
situación del escritor en este ambiente; era en el siglo XVIII menos en
cantidad y en calidad que actualmente la tolerancia y la comprensión.
Hoy sólo podemos imaginarnos la situación de Feijóo pensando, por
ejemplo, en Emilio Zola durante el período álgido del asunto Dreyfus.
Á tal resistencia, fortaleza mental, unía Feijóo una delicadísima
sensibilidad. Marqués y Espejo, autor de un curioso _Diccionario
feijoniano_ publicado en 1802, y que no recordamos haber visto citado
en el libro, tan erudito, de Morayta; Marqués y Espejo, resumidor en
ese _Diccionario_ de las ideas de Feijóo, escribe lo siguiente: «Su
beneficencia nacía de su ternura, y una y otra poseían su corazón.
Se le veía temblar, en efecto, cuando la casualidad disponía que
presenciase la muerte de algún ave para el uso de la mesa; y aún habrá
tal vez algunos vecinos de Oviedo, de los que en la época desgraciada
de su necesidad le invocaban desde la calle, sin que jamás dejasen
de abrirse sus balcones y sus manos generosas para el socorro de su
indigencia». (El mismo Feijóo ha escrito muy sentidas páginas, que
cita Morayta, respecto de la compasión á los irracionales; páginas,
por decirlo así, _pretolstoyanas_.) Una sensibilidad delicada supone
una inteligencia viva; lo que en Feijóo domina es la inteligencia. No
confundamos la inteligencia con la memoria; tal confusión es corriente
en la vida diaria. Se puede ser un hombre de una vastísima cultura (un
formidable erudito ó un maravilloso orador) y ser un hombre muy poco
inteligente. La inteligencia implica originalidad; y la originalidad
es rebeldía. Cuanto más inteligente sea un hombre más rebelde será,
es decir, menos conformista, menos aceptador de lo ya hecho, de lo ya
pensado, de lo ya sentido. Feijóo--comprensor, humano, piadoso--se
nos aparece, en suma, como un rebelde, como una inteligencia en lucha
contra preocupaciones, prejuicios, supersticiones, corruptelas,
convencionalismos de su tiempo y de su pueblo. _Una sensación de
hostilidad hacia un determinado ambiente_: así, en síntesis, podemos
definir la obra de Feijóo. La inteligencia viva, aguda, vigilante,
dúctil y fuerte del escritor va escudriñando, durante cuarenta años,
por la sociedad y la historia de su pueblo. Producto de ese examen
libre y pertinaz ha sido la _precipitación_--en el sentido químico--de
un nuevo estado de conciencia y un gigantesco montón de escorias que
representan ideas y sentimientos que de esa crítica de Feijóo han
salido definitivamente muertos.
«Logramos, en fin, que (como dice el señor Sempere en su _Biblioteca
española_) las obras de este sabio produjesen una fermentación útil.»
Así escribe el autor del _Diccionario feijoniano_. Y añade: «Hiciesen
empezar á dudar; diesen á conocer otros libros muy distintos de los
que había en el país; excitasen la curiosidad...» Páginas antes, en
la introducción de su obra, el mismo autor del _Diccionario_ expresa
de una manera pintoresca algunos aspectos de la labor de Feijóo.
«Ya, gracias al inmortal Feijóo--escribe--, los duendes no perturban
nuestras casas; las brujas han huído de los pueblos; no inficiona el
mal de ojo al tierno niño, ni nos consterna un eclipse, que con prolija
curiosidad examinamos muy atentos.» Incontables son las cuestiones
que ha tratado Feijóo á lo largo de su extensa obra; á todas las
disciplinas humanas pertenecen los problemas por él examinados. En lo
referente á la estética, por ejemplo, Feijóo ha planteado la discutida
cuestión del clasicismo en su verdadero sentido; por la modernidad
en el lenguaje se declara terminantemente; la belleza de la obra de
arte ve en la cantidad de vida que ésta tenga, y no en una ridícula y
absurda imitación de modelos pretéritos. Feijóo ha escrito, hablando
de los poetas españoles, lo siguiente: «El que menos mal lo hace,
exceptuando uno ú otro raro, parece que estudia en cómo lo ha de hacer
mal. Todo el cuidado se pone en hinchar el verso con hipérboles
irracionales y voces pomposas; conque sale una poesía hidrópica que da
asco y lástima verla. La propiedad y naturalidad, calidades esenciales
sin las cuales ni la poesía ni la prosa jamás pueden ser buenas, parece
que andan fugitivas de nuestras composiciones. No se acierta con aquel
resplandor nativo que hace brillar el concepto; antes los mejores
pensamientos se desfiguran con locuciones afectadas».
En resumen: las consecuencias de la obra de Feijóo podemos expresarlas
en las frases copiadas del autor del _Diccionario feijoniano_. La
obra de Feijóo ha producido una fermentación útil; ha hecho empezar á
dudar; ha dado á conocer libros distintos de los que aquí se leían;
ha despertado la curiosidad. Vean los lectores si un libro como el
de don Miguel Morayta, en que tan escrupulosamente se refleja la
personalidad de Feijóo, merece ser leído y divulgado; si merece ser
leído y divulgado un libro consagrado á un despertador incansable de
curiosidades en este país en que no hay curiosidad ni interés casi por
nada.