LA CELESTINA, LA PELEGRINA...

Recordará el lector (ó ya no se acordará de tal cosa) que hace poco

dedicábamos dos artículos á hablar de _La Celestina_; comentábamos en

esas líneas la edición reciente publicada por _La Lectura_ y cuidada y

anotada por Julio Cejador--querido amigo nuestro. Cejador, honrándonos

con ello, ha replicado á nuestras observaciones; su réplica la han

constituído otros dos artículos: en «Los lunes de _El Imparcial_» del

15 y del 22 del presente mes se han publicado. Termina Cejador su

alegato de defensa invitándonos á que reconozcamos nuestro error. La

cortesía obliga á no dejar sin contestación los artículos de Cejador.

Contestación breve, en que satisfaremos la urbanidad y aclararemos

todos nuestros anteriores puntos de vista.

Cejador comienza diciendo que se nos han escapado en nuestro trabajo

varias «liebres». Al leer esto creímos que nuestro amigo iba á poner de

relieve algún error de hechos, de fechas, de nombres; algo, en suma,

material y concreto. Nos parece que el significado de la frase popular

citada («escaparse una liebre») encierra la comisión de un olvido,

de una negligencia. En olvido ó negligencia (ó ignorancia) podíamos

haber incurrido nosotros al disertar sobre _La Celestina_; ante

nosotros teníamos á un verdadero erudito; esperábamos, por tanto, una

rectificación completa de algo que aturdida ó ignorantemente hubiéramos

dicho. No ha habido, sin embargo, nada de esto. (Luego veremos que,

efectivamente, en nuestro artículo había un pequeño error... hasta

cierto punto.) Las _liebres_ de Cejador no son tales liebres. Liebre

habría cuando alguien estuviera en posesión cierta de una verdad

inconcusa, axiomática, y viera á otro desbarrar, andar errado, y

de pronto abriese su mano para soltar la verdad que en ella tenía

aprisionada. En el caso presente no se trata--lo repetiremos--de una

rectificación de hechos. Se trata, sí, de la interpretación psicológica

de una obra de arte. Cejador la interpreta de un modo; nosotros la

interpretamos de otro. Suponer que hay _liebre_ (es decir, verdad

irrebatible de una parte; error manifiesto de otra) es suponer que no

hay más verdad en este asunto que aquella que tiene en su posesión

Cejador. Lo demás es desvarío, y nosotros incautamente, como el meleno

ó matiego (seamos castizos) que comete un desliz, hemos caído en él,

se nos ha escapado la liebre. No creemos á nuestro buen amigo tan

inmodesto.

No enseña _La Celestina_ nada que no conozca un muchacho despierto y

agudo de veinticinco ó treinta años. Se considera tal obra como un

dechado de enseñanzas psicológicas, y nosotros nos negamos á ver en

_La Celestina_ tal libro extraordinario--desde este punto de vista. La

psicología de la famosa tragicomedia es de lo más primario y elemental.

Una cobejera astuta, una madre descuidada, criados codiciosos, un

amante atolondrado y ferviente... esto es todo lo que encontramos en

esas páginas. Y esto dibujado y tramado de un modo impetuoso, enérgico,

con transiciones violentas, con fogosas y ardientes pinceladas. Libros

de sutil psicología, de una enseñanza honda del mundo y del vivir,

¿cuáles citaremos? Se nos ocurre ahora el _Wilhem Meister_, de Goethe,

libro que nos ofrece una trascendente lección de conformidad filosófica

con la realidad. Se nos ocurre--por citar ejemplos dispares--la

novela _Volupté_, de Saint-Beuve, calificada, no hace mucho, por

Julio Lemaitre de «libro extraño y profundo». Se nos ocurre el _Tomás

Graindorge_, de Taine, en que se ha querido ver una anticipación de

Nietzsche y en que hay páginas (las dedicadas á definir una cierta

moral) de una larga significación psicológica. Pero la psicología

de _La Celestina_, ¿no es de lo más sabido y repetido desde que hay

observadores en la literatura? Nada sería esa obra si no contuviera,

como contiene, subidos elementos de arte.

Hemos dicho también--y este es el segundo punto rebatido por Cejador--;

hemos dicho también que Celestina, la protagonista, no es el monstruo

de maldad que nos pintan Menéndez y Pelayo y Cejador. _Genio del mal_

la llama el primero; _abismo de perversidad_ la denomina el segundo.

_No tanto, no tanto_, decíamos nosotros. Cejador nos cita la relación

pintoresca de lo que Celestina tiene guardado en su casilla miserable

y nos habla de sus misteriosos procedimientos, artes y trazas.

Conocemos ese pasaje; repetidas veces--y atentamente--hemos leído _La

Celestina_. Celestina tiene mil hierbas é ingredientes extraños en su

cámara; Celestina hace tales ó cuales cosas diabólicas, misteriosas.

Todo eso no nos produce impresión ninguna. Todo eso es una prueba más

de la mocedad é inexperiencia del autor. Toda esa larga relación de

hierbajos, semillas y menjurjes, si interesante históricamente, sabe

á presuntuoso artificio: en ese aspecto de la pintura de Celestina,

como en la intempestiva erudición de los personajes de la obra, echamos

de ver la mocedad del autor. ¿Se concibe que un hombre experimentado,

_corrido_, que haya devaneado mucho por el mundo, se entretenga en

tales trampantojos y en ellos crea? Aquí aludimos concretamente

al llamamiento que la vieja hace al demonio y á su pacto con tal

personaje. «Como no tengo yo á _Azorín_ por tan aferrado á su propio

juicio que no confiese lo que ve á vista de ojos--escribe Cejador--, lo

único que dirá será que no había leído este trozo, y que verdaderamente

Celestina, no sólo hizo declarar á Melibea el amor que ya sentía por

Calisto y les facilitó los medios de verse, sino que por el pacto hecho

con Satanás forzó á éste con su conjuro á meterse en el hilado y á que

_abriese y lastimase el corazón de Melibea de crudo y fuerte amor de

Calisto_.»

Puestas las cosas en este terreno, no es posible replicar nada.

Nosotros vemos en Celestina una mujer que concierta y prepara amores

más ó menos ilícitos; una astuta cobejera; una mujer á quien, por su

habilidad y discreción, todos acuden en estos trances. Antes pintó

un tipo análogo en Trotaconventos el arcipreste de Hita; después,

Lope de Vega en la Gerarda de su _Dorotea_. Todo lo demás, hechizos,

hierbajos, ungüentos, conjuraciones, pactos con el demonio, nosotros

lo tenemos por pura fantasía, por pintorescas pataratas. Cejador, en

cambio, saliendo de este campo puramente terrestre, humano, cree en los

maleficios, filtros mágicos y pactos diabólicos de la vieja. Contando

con tales fantasmagorías, nuestro amigo proclama á Celestina monstruo ó

abismo de perversidad.

Citábamos en nuestros artículos, como ejemplar de mujer realmente

perversa, la pintada por don Juan Manuel en uno de los capítulos de

_El conde Lucanor_. (El error... hasta cierto punto, á que aludíamos

al comienzo consistía en haber llamado _Pelegrina_ á esta mujer,

siendo así que en otras versiones de la obra parece ser que se llama

_veguina_, del francés _béguine_, es decir, hembra artera y falsa.

Pelegrina dice la versión publicada en 1575 por Argote de Molina. El

mismo apelativo lleva esa mujer en la lección impresa en Vigo en 1902.

Pelegrina nos place más á nosotros por lo expresivo y pintoresco.)

¿Se puede comparar la vieja Celestina á la vieja Pelegrina? Por las

artes de ésta--y un poco inverosímilmente--se enemista un pacífico

matrimonio, el marido degüella á la mujer, riñen sangrientamente los

deudos del marido y los de la mujer, traban también sanguinosa batalla

todos los vecinos del pueblo. En Celestina no hay, en cambio, mas que

enlabios, arterías y zangamangas.

No aparece por ninguna parte el abismo de perversidad ni la genialidad

en el mal de la vieja. Muere Calisto. ¿Tiene Celestina la culpa de

que Calisto se caiga de lo alto de una pared? Matan dos codiciosos

criados á Celestina para robarla una cadena de oro. ¿Tiene Celestina

la culpa de que estos hombres sean tan feroces que lleguen por un robo

casi sin importancia, ó de poca importancia, á cometer tal crimen? Se

suicida Melibea, angustiada por la desgracia de Calisto. ¿Podremos

hacer de ello responsable á Celestina? Fatalidad, inexorabilidad del

Destino--hemos escrito nosotros. Esa fatalidad de las cosas, esa

ceguedad de la corriente eterna del mundo, que presta un atractivo

misterioso y doloroso á _La Celestina_, lo mismo que más tarde al _Don

Álvaro_ ó á la maravillosa novela de Camilo Castello Branco _Amor de

perdición_.

Pero Cejador no lo ve así. «¡Sortilegio, encantamiento, maleficio,

pacto!»,--exclama nuestro amigo, dejándonos un poco despavoridos. Mas

nos recobramos de nuestro espanto y apartamos lejos de nosotros toda

intervención extrahumana. No hemos citado indeliberadamente la obra

de don Juan Manuel. Compárese _El conde Lucanor_ con _La Celestina_

y se verá la experiencia y la madurez de un autor al lado de la

inexperiencia y de la mocedad del otro. En 1854 don Pascual Gayangos

publicó un estudio sobre _El conde Lucanor_ en la _Revista Española

de Ambos Mundos_ (número correspondiente á Agosto). «Su autor--decía

Gayangos hablando de don Juan Manuel--se manifiesta constantemente

superior á su siglo y libre de muchas de las preocupaciones que á la

sazón reinaban. En los capítulos XI y XIII se burla de los que ponen

su fe en falsos agüeros y vaticinios, y el XX es una sátira punzante

de los frailes y sus pretensiones. En el VIII se ríe de su tío don

Alfonso el Sabio porque da crédito á las patrañas de los alquimistas y

pretendía haber descubierto la piedra filosofal.» «Toda la obra--añade

Gayangos--respira la observación fría y sagaz del hombre experimentado

que conocía á fondo el corazón humano y que ha sufrido demasiado para

conservar las engañosas ilusiones de la juventud.»

¿Se concibe al retratista de la Pelegrina dando crédito en su obra á

hechicerías, pactos demoníacos y sortilegios? Quien se reía de los

horóscopos, de la piedra filosofal, de los sortilegios, no podía menos

de hacer un retrato verdaderamente humano, sólo humano, de una mujer

perversa. Si el autor de _La Celestina_ hubiera escrito su libro, no en

la mocedad--como parece ser--, sino ya maduro, corrido y desengañado,

seguramente que en su retrato de Celestina no hubiera puesto todo ese

aparato excesivo y estrafalario de influencias extraterrestres y

diabólicas. Y si de todos modos lo hubiera puesto, á nosotros, hombres

de ahora, hombres modernos, nos toca prescindir mentalmente de él y

considerar que si pasó lo que pasó en _La Celestina_, no fué por obra

misteriosa y siniestra de Satanás--¡qué horror!--, sino porque _asi

vinieron las cosas_.

Los valores literarios · 第 19 / 90 题