Nada más interesante que examinar cómo la obra de arte y el artista
son mirados y juzgados en el fondo del organismo social, entre los
elementos primarios de la sociedad. No sabemos, á punto fijo, lo que
sucederá en otras sociedades; pero en la española, en la primera
etapa de la masa social, cuando se quiere encarecer y ponderar el
valor de un libro se hace referencia á la suma sabiduría, y cuando
se quiere exaltar á un artista se le adjetiva como un hombre _muy
sabio_. ¿Cómo al pueblo ha descendido esta modalidad crítica? De
las altas clases seguramente ha bajado; un tiempo ha habido en
que--rudimentariamente--todo metro y todo contraste crítico se reducían
al tópico de sabiduría y de sabio. Recordemos el caso del _Quijote_;
durante el siglo XIX la ponderación y el ensalzamiento del _Quijote_,
ó mejor dicho, toda su crítica, se ha reducido á considerarle como
un libro sabio, el más sabio de todos los libros. Cervantes, en el
_Quijote_, era jurisconsulto, estratega, geógrafo, botánico, médico,
etc., etcétera. La crítica no decía las relaciones de la obra de arte
con la sensibilidad humana, sino que--infantilmente--se esforzaba
en demostrar la sabiduría (suma de conocimientos, enciclopedismo,
docencia) de un libro. Perdura todavía en España este procedimiento;
procedimiento, si bien intencionado, totalmente absurdo. ¿Á quién
se le ocurrirá considerar como obras sabias una novela de Flaubert,
ó una comedia de Molière, ó un diálogo de Leopardi? No está en eso
precisamente el arte. Cejador, temperamento casticísimo, espontáneo,
popular, ha cedido, al menos por esta vez, al prejuicio del primario
elemento social. «Que los que quieran conocer el mundo, el hombre,
el vivir y su amarga y dulce raíz, el amor, en que consiste toda
la sabiduría, y por cuyo conocimiento fuisteis vosotros mismos
sapientísimos varones y maestros de la filosofía española, leerán la
_Tragicomedia_ y aprenderán y... no se escandalizarán.» Así escribe
Cejador, refiriéndose á algunos autores graves (Guevara, Vives) que han
condenado _La Celestina_.
Tenemos con esto considerada _La Celestina_ como libro sabio, libro de
profundas enseñanzas. De este modo--como antes con el _Quijote_--se
arroja sobre la clásica tragicomedia una luz que no es la que le
conviene. Proyectada esta luz equívoca sobre la obra, el lector
desprevenido ve en ella las conclusiones, los resultados de los
procesos psicológicos, los _actos_, en suma, considerados desde un
punto de vista, no estético, sino ético; y no ve en ella, ó lo ve
secundariamente, en segundo término, los matices, las transiciones
sutiles que componen esos mismos procesos de psicología, los cambiantes
aspectos de la sentimentalidad del autor--reflejada en las cosas, en
el paisaje--; todo, en fin, lo que constituye lo alado, lo impalpable
del arte. (Luego veremos, al hablar de cómo se considera á la propia
Celestina, fantástica, hiperbólicamente; luego veremos una de las
consecuencias _prácticas_ de este modo de hacer crítica.) Acéptese
ó no lo que acabamos de exponer, discútase ó no, lo cierto es que
_La Celestina_ no puede enseñarnos gran cosa respecto--como dice
Cejador--del mundo, del hombre y del vivir. ¿Dónde está este portento
de sabiduría? Sabido y archisabido tenemos ahora, como tenían en el
siglo XVI, lo que puede enseñarnos _La Celestina_. Si somos padres,
sabremos que una mujer astuta y lisonjera puede hacer cometer á nuestra
hija una falta más ó menos reparable (reparable en el caso de Melibea,
reparable si Calisto no hubiera tenido la desgracia de matarse). Si
somos amantes, sabremos también que las trazas y artes de una cobejera
pueden hacer que se logren nuestros apetitos. Sabremos, en resolución,
que hay madres descuidadas, criados groseros, gentes de distintas
condiciones que andan devaneando--aun las más respetables--y buscando
escondidamente sus placeres. ¿No es todo esto vulgar, corriente y viejo
de muchos siglos, por lo menos desde que escribió Luciano?
_La Celestina_--conviene repetirlo--es una obra de juventud; de
juventud por su estilo fogoso, ardoroso, brillante, recargado,
profuso. (Un paréntesis: Cejador dice que _La Celestina_ es el libro
«más natural y elegante escrito hasta entonces». Lo de _natural_
riñe con sus observaciones respecto al énfasis y á la pomposidad
del estilo; observaciones exactísimas. El libro más _natural_, todo
diafanidad, coherencia y sencillez, es _El conde Lucanor_, escrito
hacia 1329.) Es de juventud _La Celestina_ por su estilo, por su
erudición intempestiva--al menos, en boca de los criados--, por su
dejo de petulancia, por su lirismo. No hay nada en _La Celestina_ que
pueda ignorar un mozo inteligente y despierto; no hay reconditeces
y arcanos psicológicos sólo accesibles á una larga experiencia del
mundo. Todo, técnica, psicología, ambiente general de la obra, nos
están diciendo que _La Celestina_ es cosa de un mozo. Como se puede
comparar el Tiziano de la primera manera con el de la última, compárese
_La Celestina_, toda luz viva y cegadora, toda movimiento, toda
ímpetu y color áureo, con la segunda parte del _Quijote_, toda tonos
grises, transiciones calladas, simplificación técnica, suavidades casi
imperceptibles y melancólicas, dulzura y vaguedad de ese sol de la
tarde que--según el mismo Cervantes dice--queda todavía en lo alto de
las bardas.
La originalidad de _La Celestina_ en el siglo XV, lo que _La Celestina_
representa en la evolución del arte literario castellano, está
contenido, á nuestro entender, en dos hechos capitales. Primero:
por primera vez nos encontramos--se encuentran los coetáneos del
autor--ante un psicólogo, es decir, ante un escritor que crea,
desenvuelve, anima caracteres. En el arcipreste de Hita ya hay muchos
de los elementos decorativos, pintorescos y ornamentales que figuran
en _La Celestina_; pero en este libro hay lo que antes no existía.
Juan Ruiz es un pintor, un colorista, un _visual_; el autor de _La
Celestina_ es un analista de espíritus y de temperamentos. Pensemos
en lo que modernamente han sido Teófilo Gautier y Stendhal. En el
Arcipreste, maravilloso descripcionista, no encontraréis ni un solo
momento de emoción; el poeta nos hace asistir á pintorescos y variados
espectáculos; describe el color y la forma; no entra dentro ni de los
hombres, ni de las cosas; su espíritu no vibra emocionado con lo que
pinta del mundo exterior. En el autor de _La Celestina_, en cambio, hay
momentos de íntima y honda emoción: suplica, plañe, amenaza, llora. Los
personajes van poco á poco iniciándose, creciendo, desenvolviéndose;
tienen sus afanes, sus ansias, sus dolores, sus codicias, sus alegrías,
sus miserias... Segundo hecho: todos estos procesos psicológicos,
todo este análisis del espíritu no se desenvuelven en lo abstracto;
bellos procesos de amor y de pasión hay, por ejemplo, en los libros de
caballería; mas lo que allí, en esas historias amorosas falta, es lo
que el autor de _La Celestina_ ha traído al arte, esto es, una base de
realidad, y de realidad viva, cotidiana, menuda, prosaica. Y por encima
de esto, no de realidad indefinida (como lo es la de algunos cuadros
de _El conde Lucanor_), sino realidad de un determinado momento y de un
determinado país; realidad, en suma, española, castiza, de lo hondo de
nuestro pueblo. Á la creación, pues, de los caracteres, el autor de _La
Celestina_ añade el ligar íntima, profundamente esos caracteres á la
realidad de la vida de España. Ahí están viviendo perdurablemente todos
los detalles, los más pequeños detalles de nuestro vivir cotidiano:
las tenerías, la cuesta del río, el jarrillo desbocado de Celestina,
la camarilla de las escobas, las bujerías que la vieja lleva de una
casa á otra, las mudas y mixturas que confecciona... Únase á todo esto
la rapidez y viveza del diálogo, los modismos populares y refranes, el
lirismo exaltado de Calisto en determinados momentos, y se comprenderá
el encanto profundo de este libro y su inusitada, maravillosa novedad
en nuestro siglo XVI.
Hemos anunciado antes que indicaríamos una _consecuencia práctica_ de
determinada modalidad crítica; aludimos al modo como ha sido juzgada
Celestina, uno de los tres personajes principales del libro. Recuérdese
lo que también hemos apuntado respecto á la temperatura espiritual en
que ha vivido la generación literaria anterior á la actual; temperatura
esencialmente oratoria. He aquí lo que dice Menéndez y Pelayo hablando
de Celestina: «Celestina es el genio del mal encarnado en una criatura
baja y plebeya, pero inteligentísima y astuta, que muestra en una
intriga vulgar tan redomada y sutil filatería, tanto caudal de
experiencia moderna, tan perversa y ejecutiva y dominante voluntad,
que parece nacida para corromper al mundo y arrastrarle encadenado y
sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer.» (La última frase
es completamente de melodrama ó de discurso en mitin popular. Menéndez
y Pelayo, que no era orador _hablado_, tenía la preocupación de serlo
_escrito_. El estilo oratorio hace que se piense más en cómo va á
decirse la cosa, que en la cosa misma; las palabras, en ese estilo,
son siempre mucho más grandes que las cosas.) Julio Cejador, que copia
la anterior cita de M. Pelayo, añade por su cuenta: «Hay en Celestina
un positivo satanismo; es una hechicera y no una embaucadora. Es el
sublime de mala voluntad, que su creador supo pintar como mujer odiosa,
sin que llegase á ser nunca repugnante; es un abismo de perversidad;
pero algo humano queda en el fondo, y en esto lleva gran ventaja al
Yago de Shakespeare, no menos que en otras cosas».
Como se ve por las frases transcritas, Menéndez y Pelayo se muestra
terminante y unilateral al juzgar á Celestina; Cejador condena con
igual fuerza, pero hace algunas atenuaciones (que no sabemos cómo
concordar con sus juicios supremos). Tenemos, pues, de lo copiado: que
Celestina es «el genio del mal»; que tiene tanto caudal de experiencia
y tan perversa voluntad que «parece nacida para corromper el mundo»;
que, además de corromper el mundo, su idea es «arrastrarle encadenado
y sumiso por la senda lúbrica y tortuosa del placer»; que posee un
«positivo satanismo»; que es «el sublime de mala voluntad»; que es
también, y finalmente, «un abismo de perversidad». Nada menos. Ha
quedado agotado el diccionario castellano en la calificación de la
maldad de un ser humano. _Genio del mal_--dice Menéndez y Pelayo.
_Abismo de perversidad_,--añade Cejador. Si después de esto quisiéramos
adjetivar á un gran criminal, no podríamos hacerlo. ¿Qué más podríamos
decir de un Troppmann, de un Lecenaire? Y dentro de las ficciones
literarias, ¿cómo vamos á definir, por ejemplo, á Lady Macbeth? (Hace
pocos meses, un famoso abogado de París, Henri-Robert, hizo en la
Universidad de los Anales una supuesta defensa forense de Lady Macbeth;
como si realmente estuviera defendiendo á la acusada, el ilustre
jurisconsulto examinó minuciosamente los hechos inculpados y adujo
las pruebas. Henri-Robert terminaba así su defensa: «Con la lejanía
del tiempo, considerando el ambiente sanguinario, y la anarquía de
la época, y el medio feudal, Lady Macbeth se nos aparece como digna
de alguna indulgencia». El original discurso forense de Henri-Robert
se ha publicado en el número de 1.º de Abril de 1913 del _Journal de
l’Université des Annales_.)
¿Cómo definir á Lady Macbeth y á nuestra _mala pelegrina_? _La mala
pelegrina..._ ¿Quién es la mala pelegrina? Es una mujer real y
singularmente perversa; hace su retrato don Juan Manuel en el capitulo
XLV de _El conde Lucanor_. La mala pelegrina, astuta, sagacísima, logra
que un matrimonio tranquilo y feliz se desevenga; comienza á recelar el
marido de la mujer y la mujer del marido; crecen los disturbios; llega
el marido, gracias á una traza verdaderamente diabólica de la mala
pelegrina, á degollar á la mujer; se enzarzan los parientes de ésta con
el marido; lo asesinan; los deudos del marido entran en batalla con los
de la mujer; toman parte en la lucha los vecinos del pueblo; resultan
numerosos muertos... Tal es, en síntesis, la obra de esta fembra
perversa. ¿Se puede comparar con ella Celestina? _Genio del mal_,
_abismo de perversidad_... No tanto, no tanto: Celestina ha tenido
en su mocedad un prostíbulo; quebró el negocio; Celestina, ya vieja,
retiróse á una casilla miserable. Allí vive obscuramente; su oficio es
procurar ilícitas y solapadas recreaciones; pero lo hace discretamente,
sin escándalo. Todos, fiados en su discreción y sigilo, la buscan y
la solicitan. ¿Cuál es su enorme, formidable crimen en el asunto de
Calisto y Melibea?
Tengamos en cuenta que Melibea está ya realmente enamorada de Calisto;
todos los detalles lo acusan; todos los detalles, incluso esa agria y
destemplada respuesta que da á Calisto en la primera escena, y luego,
más tarde, el préstamo del ceñidor. Está ya enamorada... sin que ella
misma se dé cuenta; el caso es frecuentísimo. Celestina no hace mas que
alumbrar esa pasión de Melibea y poner en relación--secreta--á uno y
otro enamorado. En esta concertación solapada, urdida por Celestina,
estriba todo el crimen de la vieja. ¿Pueden cometer una falta Melibea
y Calisto? Sí; deplorémoslo sinceramente. Pero añadamos que el hecho
puede ser reparado. ¿Por qué no se han de casar Calisto y Melibea? Á
familias igualmente distinguidas pertenecen uno y otro; no hay desdoro
para ninguna de las dos familias en este enlace. Seguramente que si
Calisto no hubiera tenido la desgracia de caerse desde lo alto de una
pared y de matarse, Melibea y Calisto se hubieran casado y hubieran
vivido felices. No se puede imputar á Celestina la muerte de Calisto
(mera casualidad), ni tampoco podemos hacerla responsable de la bárbara
codicia de unos criados (causa del asesinato de la vieja, por cuyo
asesinato luego son ajusticiados los matadores). ¿Qué queda, pues,
de este _genio del mal_, de este _abismo de perversidad_? El genio
del mal se llama aquí--como en tantas otras ocasiones--casualidad,
azar, fatalidad... Y esa fatalidad de las cosas, esa inexorabilidad
del destino es otro de los atractivos profundos, misteriosos de _La
Celestina_.