D. ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS

_La Lectura_ ha publicado, en su colección de clásicos castellanos,

una edición de las poesías de don Esteban Manuel de Villegas. Ha

cuidado del texto y de las notas don Narciso Alonso Cortés. Es el

señor Alonso Cortés un erudito tan benemérito como modesto; de buen

gusto, sobriedad--cosa tan difícil--y cultura da muestras en su

trabajo. Examinemos--brevísimamente--la vida del poeta riojano, su

obra y la influencia de su obra... Don Esteban Manuel nace en un

pueblecito de la Rioja; viene á Madrid siendo muchacho; estudia leyes

en Salamanca; la ciudad castellana, henchida de tráfago estudiantil,

debió de ver los primeros ensueños, los primeros anhelos, los primeros

entusiasmos del poeta. En las orillas del Tormes muchos han sido

los soñadores españoles que han paseado sus quimeras. Vuelto á su

pueblo, don Esteban Manuel va tejiendo las poesías que más tarde

ha de reunir en un volumen. En Madrid lo publica; en la portada

hace estampar--arrogantemente--esta inscripción: _Me surgente quid

istae_? Temeraria es la mocedad. «¿Qué diré--escribe en _El Licenciado

Vidriera_ Cervantes hablando de los poetas--; qué diré del ladrar que

hacen los cachorros y modernos á los mastinazos antiguos y graves?»

Indignáronse con el lema del novicio poeta los _mastinazos antiguos y

graves_; comprendió Esteban Manuel su audacia--tinta en procacidad--y

apresuróse á suprimir el dicho lema en los ejemplares no sacados á

plaza todavía.

Casóse el poeta; bien de la patria mereció en su matrimonio; siete

hijos dió á la tierra española. En Madrid anduvo entretenido en graves

asuntos de erudición, historia y humanidades; ricas bibliotecas de

magnates frecuentaba. ¿Habíase amortiguado ya en él la sacra llama?

Compuso unas _Disertaciones críticas_, un _Etimológico historial_, un

_Antiteatro_ ó _discurso contra las comedias_; alguno de estos libros

se ha perdido; de otros, más que decir que compuso, debemos decir que

tuvo en proyecto. No sintamos ni la pérdida ni la no ejecución; en las

viejas bibliotecas solemos ver, de tarde en tarde--nada más que ver--,

estos libros gruesos, recios, llenos de citas griegas y latinas, en

que, difusamente, se dilucida algún punto que no interesa á nadie.

(Afuera luce el cielo azul; la vida pasa rumorosa y fugaz...)

Pasó el poeta por el dolor de ver morir en el albor de la juventud á

alguno de sus hijos. Tuvo pleitos; no sabemos, ó no recuerda el autor

de estas líneas, si los ganó; menos malo hubiera sido que los hubiera

perdido. Una vez, hallándose charlando en la paz de una biblioteca,

dijo algo sobre el libre albedrío. Cosa terrible era ésta, en verdad.

Véalo el lector: «San Anselmo dice que el poder pecar en el hombre

no pertenece al libre albedrío». ¿Dice esto San Anselmo? Alguien

escuchaba al poeta íntimamente escandalizado; la especie fué llevada

sigilosamente á los señores de la cruz verde. Se deliberó sobre el

caso; se deliberó madura, escrupulosa, detenidamente. Debieron de darse

muchas, muchas, muchas vueltas al asunto. Cinco ó seis años pasaron en

tales cavilaciones. Al cabo un día (¿no sería, para mayor color local,

una noche?), un día llamaron á la puerta del poeta y le participaron

que estaba procesado por la Santa Inquisición.

El proceso fué largo; encerrado estuvo don Esteban Manuel en las

cárceles de Logroño; diez y ocho testigos le acusaron de producirse

temerariamente en materias religiosas. Otros, en cambio, atestiguaron

que era «hombre pío, limosnero, muy frecuentador de los sacramentos».

Fué condenado, sin embargo de esto; se le desterró. ¿Escucharía su

sentencia, como más tarde Olavide, con una vela verde en la mano y

una soga de esparto al cuello? Ya el poeta era viejo; estaba cansado,

fatigado; tenía más de setenta años. Volvió á su pueblo. En traducir

el libro _De consolación filosófica_, compuesto por Boecio, empleó sus

últimas energías mentales. Un día murió; contaba ochenta y ocho años.

Había nacido en 1589; finaba en 1669.

Las poesías de don Esteban Manuel de Villegas, unas son originales,

otras, traducidas. De Anacreonte, de Horacio y de Tibulo ha

traducido el poeta. La poesía de don Esteban Manuel es ligera,

graciosa, fugitiva, alada; á veces también, el poeta se pierde y

extravía en un sutilísimo preciosismo. En las poesías de don Esteban

Manuel encontramos arroyuelos mansos, ruiseñores que cantan entre

los laureles, tortolillas, vientos apacibles, auras leves, abejas

que revolotean sobre las flores, prados verdes, mirtos, jilgueros

pintados, fontecicas que «corren con pies de plata por arenas de

oro». En esas poesías los galanes piden besos á sus enamoradas, y si

éstas se resisten--siempre con cierta coquetería--, ellos se atreven

á dárselos por fuerza. El dios ceguezuelo aparece en la figura de un

niño, de carnes sonrosadas, con una aljaba llena de pequeñas saetas

á la espalda. Hay fugitivas carreras de las mozas entre la enramada.

Suenan rabeles. El vino luce en las tazas («con el suave vino doy sueño

á las tristezas»). En el invierno, mientras las castañas saltan en el

fuego del hogar, los enamorados beben y retozan («echa vino, muchacho;

beba Lesbia y juguemos»). La primavera viste de alegría el campo («ya

las campañas secas empiezan á ser verdes»). Cupido, Baco, Venus van y

vienen de un verso á otro. Las pastoras se llaman--escuchad esta escala

melodiosa de nombres--: Camila, Celia, Drusila, Lidia, Filis, Flora,

Lamia, Lesbia, Licimna...

De las poesías de don Esteban Manuel de Villegas, dos han pasado á las

antologías y son citadas y comentadas en las cátedras. Una de ellas es

la dedicada á un pajarillo infortunado; otra, los célebres sáficos

adónicos. Hay en la primera una nota de delicada sentimentalidad

mezclada á un matiz de prosaísmo. El pajarito, á quien le han robado su

nido, pía plañideramente posado en un tomillo. «Dame mi dulce compañía,

rústico fiero»--dice la avecica. «No quiero»--responde, un tanto

vulgarmente, pero con sencillo realismo, el inhumano patán. En los

sáficos, el verso que da la sensación capital es el de «céfiro blando»;

cuando leemos esta poesía sentimos cómo este vientecillo, tan tenue,

tan suave, tan dulce, un vientecillo que apenas mueve las hojas de los

árboles, lleva--allá á lo lejos, á través del espacio--nuestras quejas,

nuestros dolores íntimos. Y nos impresiona este contraste entre el aura

tan sutil y nuestra pena tan recia y permanente...

Don Esteban Manuel de Villegas ha influído considerablemente en nuestra

lírica. Todo el siglo XVIII está lleno de Filis, Livias y Lisis.

Mientras eruditos, observadores y filósofos escudriñan los secretos

de la Naturaleza y de la historia; mientras, en este siglo frío y

reflexivo, se escribe de botánica, numismática, matemáticas, náutica,

física, epigrafía, embriogenia, los poetas van cantando las gracias,

primores, hechizos y retozos de Filis. De tal modo cantan Torres

Villarroel, Gerardo Lobo, Huerta, Cadalso, Forner, Sánchez Barbero,

Iglesias, Moratín, Meléndez Valdés, Arjona. Algunos de estos poetas

han cantado otras cosas, se han significado, principalmente, por otros

temas; pero ninguno ha dejado de rendir homenaje á esta galantería

alambicada y rusticana. ¿Cómo explicar esta especie de marea, de flujo

y reflujo, que en la evolución de la poesía se produce? La moda, el

contagio, hacen que en determinadas épocas, toda una generación poética

afecte determinada sensibilidad. En los tiempos presentes, por ejemplo,

la lírica se tiñe de un neo romanticismo. Se vive en una pretérita

edad. Reviven--artificiosamente--los viejos hidalgos, las callejuelas,

las tizonas, las espuelas de oro, el Cid, el arcipreste de Hita. Todo

ello es aparatoso y vacío; todo ello es tan falto de vida como el neo

clasicismo iniciado por Villegas... Poetas: observad vuestro tiempo;

sentid vuestro tiempo; amad vuestro tiempo; cantad vuestro tiempo.

«LA CELESTINA»

I

_La Lectura_ acaba de publicar en su colección de clásicos una nueva

edición de _La Celestina_. Ha cuidado del texto y de las notas Julio

Cejador--trabajador infatigable. Hagamos algunas observaciones sobre

esta nueva aparición de nuestra antigua amiga Celestina. Se referirán

nuestras notas: unas, al autor del libro; otras, á la originalidad de

_La Celestina_ en el siglo XVI, es decir, al elemento de innovación que

la obra representa en el arte; las demás, á la psicología y carácter de

la protagonista.

¿Quién es el autor de _La Celestina_? La primera aparición de la

obra fué de distinto modo á como la vemos hoy; constaba sólo de diez

y seis actos la obra primitiva; más tarde se le añadieron hasta

veintiuno. En esa forma la leemos hoy; en esa forma se la reimprime hoy

corrientemente. «¿De quién son los autos añadidos juntamente con el

_Prólogo_, en el cual alude á ellos y por ellos se escribió?--pregunta

Cejador.--Todos los críticos españoles, siguiendo á Menéndez y Pelayo,

opinan que son del mismo autor que compuso la primitiva _comedia_.»

Recordamos haber leído que, tras minuciosos exámenes, el fundamento

de esta opinión lo ponen (Menéndez y Pelayo y sus seguidores) en la

perfecta unidad y solidaridad técnica y psicológica que existe entre

unos actos--los primitivos--y otros--los añadidos más tarde. Difícil

sería no ver tales identidades técnicas y psicológicas. Figurémonos que

hoy, Eugenio Sellés añade un acto á una obra de Dicenta, ó Linares

Rivas á otra de Benavente. Dentro de tres siglos, si se ignoraran estos

añadimientos, ¿quién notaría diferencias entre una y otra técnica y una

y otra psicología? Existen indudablemente diferencias de estilo y de

observación entre los autores citados; no son completamente idénticas

sus tendencias y sus maneras de hacer. Pero esto que notamos hoy de

obra á obra, en conjunto, totalmente (y que se notará también dentro de

cien años), ¿cómo notarlo cuando se trata de una simple y accidental

ampliación ó añadido?

Sin embargo, á pesar de todo, hay notables diferencias entre la primera

_Celestina_, la de los diez y seis actos, y la posterior, la de los

veintiuno. En la primera existe más ligereza, más sencillez, más

espontaneidad; en la segunda se ha practicado una especie de taracea en

la prosa; á lo largo de las páginas han ido embutiéndose sentencias,

reflexiones más ó menos discretas, citas de autores clásicos, refranes

y proloquios traídos con mayor ó menor pertinencia. La obra, en su

segunda aparición, ha perdido soltura, gracia, ímpetu, frescor de

pasión y de sentimiento. ¿Fué el mismo autor de la primera concepción

quien modificó la obra? ¿Fué mano distinta la que hizo estos cambios?

Frecuente es el caso de que sean los mismos autores los que tales

cambios y mudanzas hacen en sus libros; hace poco, en Francia, se

han publicado, en un mismo volumen, tres versiones distintas de una

misma novela. Aludimos á la novela _Charles Blanchard_, del malogrado

Charles-Louis Philippe, publicada por la _Nouvelle Revue Française_. Y

si se quiere ejemplo más insigne--aunque no más interesante, que éste

lo es en alto grado--, ¿cómo no recordar las distintas versiones de _La

tentación de San Antonio_, de Flaubert? ¿Puede darse nada más análogo,

si bien á la inversa, que el caso de Flaubert y el del autor--si es uno

solo el autor--de _La Celestina_? Hemos dicho á _la inversa_, porque en

la obra del novelista francés, la primitiva versión es la recargada y

densa, en tanto que la última es la ligera, la tenue, la sencilla.

Julio Cejador opina que Fernando de Rojas fué el autor de los primeros

diez y seis actos de _La Celestina_, y un oficioso corrector, un

aficionado á cosas de letras--sin ser artista--, el de los restantes.

Cuando se compuso la primera _Celestina_, Rojas debía de tener, según

los eruditos, veinticuatro años. ¿Fué realmente el autor Fernando

de Rojas? ¿No lo fué? Se arguye en contra de la hipótesis á favor

de un autor de veinticuatro años el que en la obra hay visiones y

sensaciones de la realidad que parecen indicar experiencia y fatiga

del mundo. Más tarde veremos lo que tiene de exacto ese concepto de

_La Celestina_ como obra _sabia_, obra de experiencia, obra henchida

de enseñanzas. Ahora limitémonos á preguntar: ¿quién es el que puede

decir los misterios y prodigios de la intuición artística? Alfredo de

Musset, por ejemplo, que hizo una obra de análoga tensión pasional y

afectiva á la del autor de _La Celestina_--y mucho más extensa--, ¿á

qué edad la realizó? ¿Á qué edad murió nuestro Garcilaso? Y entrando

en esferas distintas, ¿no acabó sus días Larra á los veintisiete años?

No queremos decir con esto que nos inclinamos á creer que el indicado

Rojas sea el autor de _La Celestina_; ni afirmamos ni negamos. Lo que

sí, decididamente, parece cierto es que en la obra, tal como la vemos

hoy, han intervenido dos manos: una, la del primitivo autor, y otra,

la de quien añadió los actos posteriores. Las observaciones que á este

respecto hace Cejador y las pruebas que aduce son interesantísimas.

El autor de _La Celestina_--llámese como se llame--debía de ser un

hombre culto, erudito, libresco, y por temperamento, vehemente,

impetuoso; un hombre, en suma, intelectual y joven. Se nota bien á las

claras en el estilo en que el libro está escrito. Del autor de _La

Celestina_, dice Cejador: «El habla ampulosa del Renacimiento erudito

la pone en los personajes aristocráticos y á veces en los mismos

criados que remedan á su señor». (¿Que remedan á su señor de propio

intento, dándose cuenta de ello, por burlería? O bien, ¿que hablan

así, imitándolos, sin propósito de escarnecerlos, por creer que es más

noble este lenguaje? Y aparte de esto, ¿no será esta manera de hablar

de los criados defecto de la obra, tan defecto como el habla de los

señores... aunque menos excusable y justificado?) «Adviértase--dice

más adelante Cejador--el estilo propio del comienzo del Renacimiento

clásico, enfático,rimbombante, lleno de transposiciones y de voces

latinas.» «Nos parece afectado--añade el autor hablando de tal

estilo--, porque de hecho lo era, pero debemos agradecer al autor el

que nos lo haya tan bien remedado del natural afectado de aquellos

caballeros.» Tenemos por un poco extremoso este concepto; ábrase _La

Celestina_ por la primera página; comiéncese su lectura. «_Calisto_: En

esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. _Melibea_: ¿En qué, Calisto?

_Calisto_: En dar poder á Natura que de tan perfecta hermosura te

dotase é facer á mi inmérito tanta merced que verte alcanzase, é en tan

conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda

incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio,

devoción é obras pías, que por este lugar alcanzar tengo yo á Dios

ofrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir.» Tal es

el comienzo del libro. ¿Hablaban, efectivamente, así los caballeros

del siglo XVI? De ningún modo. Hay en la obra de arte (en el teatro,

sobre todo) un realzamiento del lenguaje cotidiano; el diálogo real es

ennoblecido, dignificado. No hay mas que ver los diálogos de las obras

en que más se alardea de realismo.

La transposición literal, exacta, de las conversaciones vulgares sería

absurda, estúpida. Pero la estilización de la prosa hablada tiene

también su límite discreto. ¿Quién fija ese límite? ¿Cómo saber en qué

medida nos hemos de apartar de lo cotidiano y cuál es la línea que en

lo noble, en lo estilizado, no debemos traspasar? Nadie puede decirlo;

no existen normas precisas sobre tal materia. Existe, de una parte,

una especie de ambiente literario que domina en toda la época, en un

determinado período histórico, especie de _temperatura espiritual_.

(Así vemos, por ejemplo, que en España, y en 1885, domina en el estilo

la nota solemne, amplia, enfática de la oratoria. Es la época en que

Castelar lo llena todo. Núñez de Arce es poeta oratorio. Cánovas crea

un estilo político de un ampuloso y artificioso casticismo oratorio.

Los artículos periodísticos son oratorios. Las crónicas literarias

son oratorias. Hay excepciones; pero el estilo, gracias á todas estas

influencias, es lo que en esa misma época se ha llamado con un adjetivo

repetido á todas horas en todas las redacciones: _brillante_. Hoy la

_temperatura intelectual_ ha variado, y no comprendemos ni sentimos

aquella prosa periodística, ni aquella oratoria, ni aquella poesía.)

Existe, por otro lado, el instinto del autor, es decir, su buen gusto,

su delicadeza, su sentido de la realidad innatos. Esos dos factores

determinan el punto en que el autor ha de situar su estilización de

la vida diaria. El autor de _La Celestina_ traspasa frecuentemente

la línea permitida al artista. ¿Es causa de ello, principalmente,

las circunstancias particulares que en el Renacimiento concurren? ¿Se

trata de una _concesión_ del autor á determinado grupo de lectores?

Afortunadamente, en _La Celestina_ alientan y palpitan otros elementos,

que son precisamente los que salvan, _á pesar de todo_, la obra y hacen

de ella uno de los libros capitales de nuestras letras.

Los valores literarios · 第 17 / 90 题