EL MARAVILLOSO SILENCIO.--Nos place imaginar un convento situado en
el declive suave de una loma; arriba está el pinar, rumoroso, bien
oliente, desde donde, cuando sopla el viento, descienden hasta el llano
ráfagas perfumadas. Delante se extiende la llanura inmensa, ondulada á
trechos por los oteros y lomazos. La ciudad se perfila en lontananza,
casi en los confines del horizonte. Un río lleva en curvas amplias
su cinta de plata--entre el verde de las huertas--y acá y allá unos
enhiestos y tremulantes pobos mueven blandamente sus hojas al céfiro.
Nada se oye en la campiña. Ningún ruido denota la vida del convento. En
el convento hay un patio central con una galería abierta; destaca en el
centro el brocal--labrado--de una cisterna. El agua de la cisterna es
delgada, frígida y cristalina. Cuando el caldero de cobre sube lleno,
desde lo hondo, en el breve cristal se refleja--límpidamente--el azul
del cielo.
Detrás del convento se abre un huerto plantado de frutales y legumbres;
algún rosal muestra sus rosas bermejas ó blancas sobre el obscuro
follaje; y un vial de cipreses se recorta agudamente en el aire limpio
y diáfano. Á la noche, desde lo alto, mientras en el cielo parpadean
las eternas luminarias, se columbran, casi imperceptibles, allá
abajo los puntitos de las luces ciudadanas. Ni en el campo ni en el
convento interrumpe la paz augusta un solo ruido. En el convento, los
corredores son amplios y claros; la cal nítida de las paredes reverbera
cegadoramente en las horas del mediodía. Las celdas son chiquitas;
desde sus ventanas se atalaya el paisaje. Algún religioso, sentado
junto á la ventana, al levantar la vista del libro, ha visto en la
lejanía de un camino una caravana que se dirigía de una ciudad á otra
ciudad; acaso su corazón se ha oprimido un momento y sus ojos han
seguido el tropel hasta que se perdía en el horizonte. Hoy, al cabo
de cuatro siglos, esa ligera opresión la suscitaría tal vez el paso
vertiginoso de un convoy que deja sobre el añil del cielo un trazo
negro de humo...
Miguel de Cervantes, que tanto había caminado por el mundo, amaba
el silencio. Cervantes había vivido, durante años, en un reducido
piso donde apenas podían revolverse las personas de su familia. Era
en Valladolid. Cervantes ocupaba un angosto cuartito que se hallaba
situado encima de una taberna. Día y noche conturbarían el silencio
de Miguel el tráfago ruidoso, las idas y venidas, las vociferaciones,
las riñas, los cantos de los bebedores. Durante la noche, hasta la
madrugada, hasta el alba, Miguel, acostado en su cama, estaría oyendo,
á través del piso delgado, allí cerca de su cráneo, esas porfiadas,
estólidas, soeces, inacabables altercaciones vinarias. Y mientras las
voces resonaron en la soledad, turbando el sosiego, Miguel ansiaría
cada vez más el silencio: el silencio sedante, el silencio dulce, el
silencio que es compañero de los coloquios interiores del artista.
Cuando Cervantes en el _Quijote_ pinta la casa del caballero del verde
gabán, recordad cómo hace notar que en ella reinaba el silencio.
Recordad también cómo adjetiva ese silencio. _Maravilloso silencio_
es--escribe Miguel. Ese silencio maravilloso es el que reina en este
convento, donde mora y tiene sus soliloquios interiores un poeta.
NO HAY OTRO EN CASTILLA.--Al trazar la etopeya de nuestro poeta, del
mismo modo que necesitamos ver el paisaje, es preciso hablar de sus
compañeros. Sus compañeros, las gentes que han vivido en su mismo
ambiente espiritual, unos han pasado á la historia y son ilustres en la
literatura; otros--humildísimos--han quedado esfumados en el tiempo. La
eterna corriente de las cosas se los llevó sin dejar de ellos mas que
un ligero recuerdo. Y, sin embargo, estas figuras tienen un profundo
encanto. Santa Teresa de Jesús ha pintado con rápidos rasguños algunas
de estas figuras. Santa Teresa de Jesús tiene la frase expresiva,
plástica y popular. Hablando, por ejemplo, de su pobreza, escribe:
«Aquel día ni una seroja de leña teníamos para asar una sardina».
Santa Teresa de Jesús hace vivir en cuatro líneas las personalidades
de Beatriz Óñez y de fray Antonio. Al _Libro de las fundaciones_ nos
referimos. Beatriz Óñez era una mujer abrumada y angustiada por el
dolor; en sus años mozos estaba. Un mal terrible la atenaceaba. No
perdió, con todo, su serenidad. «Jamás por cosa la vieron de diferente
semblante, sino con una alegría modesta»--escribe Teresa. «Un callar
sin pesadumbre, que con tener gran silencio era de manera que no se le
podía notar por cosa particular»--observa también la santa en Beatriz.
Y luego añade: «En todas las cosas era extraño su concierto interior
y exteriormente; esto nacía de traer muy presente la eternidad». La
semblanza de fray Antonio la hace Teresa de Jesús en dos líneas: fray
Antonio se le presentó pobre y humilde. No tenía nada. «Sólo de relojes
iba proveído, que llevaba cinco.» «Que me cayó en harta gracia»--añade
Teresa. Este frailecito llevaba nada menos que cinco relojes, «para
tener las horas concertadas». Ese frailecito, con sus cinco relojes,
se nos aparece como obsesionado por el tiempo que pasa, por el tiempo
suave é inexorable, por el tiempo que todo lo trae y todo se lo lleva.
Nuestro poeta es un hombre chiquito; tiene la cabeza pequeña,
redondita, y en ella destacan unos ojos luminosos y una boca de
labios delgados. Su retrato da la impresión de una sensibilidad
hiperestesiada. Es nuestro poeta uno de esos hombres tímidos y fogosos
á la vez, uno de esos temperamentos silenciosos y delicados que vibran
fuertemente á los contactos del mundo exterior. No hay otro como él
en Castilla. «Es un hombre celestial y divino--escribe de él Teresa
de Jesús en una de sus cartas--. No he hallado en toda Castilla otro
como él.» Otros poetas, como Garcilaso, han sido refinados y cultos;
en sus versos han puesto la quinta esencia italiana; sus conceptos
amatorios han ido entremezclados de breves paisajes. Fray Luis de León
ha sido fogoso é impetuoso; tiene el ardimiento y la elocuencia de un
pagano; á veces--como en la primera _Oda á Nuestra Señora_--llega á lo
trágico en la expresión de sus dolores íntimos y de sus desesperanzas.
Nuestro poeta, San Juan de la Cruz--de cuyo _Cántico espiritual_ acaba
de publicarse una nueva edición--; San Juan de la Cruz es mórbido,
delicado, sensitivo. Ningún poeta castellano nos ofrece esta muestra
de frágil morbidez. Entre la penumbra de los símbolos, el espíritu
del poeta ondula, tiembla, gime, canta como un niño ó como una
delicada mujer. Hay momentos en que el lector de estos breves poemas
permanece absorto, indeciso, desorientado, sin acertar á distinguir la
trascendencia alegórica de la aparente realidad.
En el silencio de la blanca celda vemos--espiritualmente--al poeta
trazando sus versos, y sintiendo al trazarlos una viva emoción, una
ansiedad febril, como pocos de nuestros poetas han sentido. No hay otro
como él en Castilla.
LA FUENTE EN LA NOCHE.--El simbolismo de San Juan de la Cruz se halla
inspirado en la Naturaleza. El poeta nos habla de las montañas,
los valles solitarios y nemorosos, las ínsulas extrañas, las viñas
florecidas, la soledad sonora, las aves ligeras, las riberas verdes,
las subidas cavernas de las piedras, el canto de la dulce filomena,
el agua pura, las frescas mañanas, las tortolicas que revuelan
henchidas de amor... Oigámosle en uno de los más típicos, sugeridores,
trascendentes de sus poemas. El poeta piensa en una fuente; él sabe
dónde mana y corre. Y añade: _Aunque es de noche._ No puede decir
cuál es su origen; no lo tiene; pero todo se origina de esta fuente.
_Aunque es de noche._ No hay cosa tan bella en el universo; cielos y
tierra beben de este manantial. _Aunque es de noche._ Nunca ha sido
su claridad obscurecida; toda luz viene de ella; sus corrientes son
caudalosas; la inmensidad de las gentes se riega con ellas. _Aunque es
de noche._ Todas las criaturas son llamadas para que sacien su sed en
esta fuente; mi más ardiente deseo está en sus aguas. _Aunque es de
noche..._ Y así, el poeta--delicado y sensitivo--asocia á las tinieblas
lóbregas y perdurables de una noche la sensación de una fontana
cristalina y amorosa, que va manando casi calladamente, con un son
apacible, melódico.