Estamos en 1848. Es presidente del Consejo don Ramón María Narváez;
antes lo ha sido el señor García Goyena; antes, el señor Pacheco;
antes, el señor Martínez Irujo; antes, el señor Istúriz; antes, otra
vez el señor Narváez... Paseando por las calles de Madrid hemos
llegado á la casa de una familia amiga; viven nuestros amigos en el
número 10 de la calle de la Luna. La vivienda es modesta; modestos son
sus moradores; subamos un momento á charlar con ellos. Son éstos un
anciano--el abuelo--, un matrimonio y un niño--el nieto. Tiene ocho
años ahora el chico; es vivaracho, despierto, curioso, revolvedor. Anda
y devanea por todas las estancias de la casa; se sube á los muebles;
coge los diversos trebejos y cachivaches; enreda con las figurinas que
reposan sobre las consolas. La casa no es muy espaciosa. Examinémosla.
Consta de un recibimiento obscuro, de una sala, de un despachito, de
un comedor, de varias alhanías ó alcobas. La sala--pieza principal de
la vivienda--está pintada al temple; una consola de caoba se yergue
junto á una de las paredes; sobre ella, simétricamente colocados,
aparecen dos floreros hechos con diminutas conchas, y entre ellos se
levanta, bajo un fanal, la figura de un templario--nada menos que un
templario--, con su larga capa blanca y su cruz de Malta. Floreros y
templario se reflejan límpidamente en un ancho alinde colocado sobre
la consola. Al cuerpo ofrecen descanso un sofá y ocho sillas de enea,
blancas, con vivos y dibujos en negro. De las paredes penden diez ó
doce cuadros: litografías amarillentas, litografías hechas en Lyon ó
en Málaga, que representan las aventuras de Lavalliere ó las tristes
gestas de Chactas.
Junto á la sala hay un reducido gabinete; está separado de ésta por
unas mamparas con las cortinillas de seda roja. Cuatro sillas y una
cómoda componen el menaje del gabinete. Sobre la cómoda, otro gran
cuadro: una imagen, grabada en cobre, del Cristo de los Guardias de
Corps. El anciano que vive en la casa guarda cuidadosamente en la
cómoda su ropa blanca. Dos artefactos hay también en la estancia que
sirven útilmente á este provecto morador de la vivienda. Fijaos bien:
uno es un molde de madera, á modo de cabeza humana, en que el anciano
coloca todas las noches, antes de acostarse, su peluca; otro es un
pequeño garfio ó colgadero en que pone su reloj: un reloj por el cual
este hombre ha regulado toda su vida, un reloj que ha contado durante
sesenta años sus alegrías y sus tristezas, un reloj que el día que este
anciano--su fiel compañero--expire continuará marchando, marchando con
su tic-tac impasible, inexorable.
El comedor de la casa no tiene nada de notable. La luz la recibe por
un balcón que da á un patio. Un sofá, un péndulo en su caja y una mesa
cubierta de hule (sobre cuyo hule es de suponer que se extenderá un
mantel á las horas del yantar) son todos los muebles de esta pieza.
No es menos modesto el despacho del anciano, que ya conocemos. Hay en
él un bargueño con diminutos cajones, una escribanía de bronce y un
cacharrito de porcelana lleno de obleas. El niño que anda por la casa,
muchas veces entra en este despacho, abre y cierra los cajoncitos del
escritorio, vuelca las obleas, desparrama los papeles que estaban
cuidadosamente aperdigados. Cuando ha dado sus lecciones, ha paseado
por las calles y ha devaneado por la casa, este niño ha cumplido--por
ahora--su misión sobre la tierra. Á la noche entra en su alcoba y se
acuesta en una camita con barandilla; la barandilla es para que el
pequeño durmiente no caiga al suelo en su dormir inquieto. «Porque,
según parece--escribirá este niño muchos años después--, hasta
durmiendo era yo revoltoso.»
Todo está limpio en la casa. La modestia no empece ni la pulcritud
ni el orden. En este año de 1848 (presidente del Consejo don Ramón
María Narváez; antes, García Goyena; antes, Pacheco; antes, Martínez
Irujo, etc.); en este mismo año de 1848, un desaforado romántico, un
amigo de Larra y de Espronceda, don Jacinto de Salas y Quiroga, acaba
de publicar una novela; se titula _El Dios del siglo_, y ha sido
estampada en la imprenta de don José María Alonso, Salón del Prado,
número 8. En el capítulo III de esta novela el autor nos describe
minuciosamente una casa, situada «en la calle de Fuencarral, no lejos
de la Red de San Luis». Salas y Quiroga hace su poco de filosofía á
propósito de esta casa. «En la coronada villa, capital de España,
especialmente, donde todavía no ha cundido el amor á las comodidades,
y en donde se confunde el lujo con la decencia, nada hay que dé más
cabal idea de las cabezas de familia ó de las señoras, que son las que
más parte tienen, por lo regular, en estos arreglos, que la elección de
casa.»
«Viven--añade el autor--en las tertulias, en los paseos, en las
tiendas, y la casa les importa poco. Carecen de decoro doméstico,
defecto tan vulgar en España, y ni respetan á los demás ni se respetan
á sí mismos.» Salas pasa luego á describir la casa, y lo hace tan
minuciosamente como nosotros hemos descrito otra. ¿Por qué la casa
número 10 de la calle de la Luna nos ha recordado esta otra casa
situada cerca de ella, en la calle de Fuencarral, y descrita por un
novelista en el mismo año de 1848? Seguramente porque en esta vivienda
pintada por nosotros resplandecía ese _decoro doméstico_ de que, con
frase exacta, habla el amigo de Larra y de Espronceda. Decoro en la
limpieza, en el menaje, en las idas y venidas y en el gesto de sus
moradores--gente discreta--, en la solicitud y escrupulosidad con que
educan á este niño avispado y nervioso.
Este niño se llama Julio Nombela. Setenta años más tarde, al escribir
los cuatro compactos volúmenes de sus Memorias--tituladas _Impresiones
y recuerdos_--, este hombre había de comenzar evocando el recuerdo de
la casa en que transcurrió su niñez. Con amor, con viva emoción, la
casa en que viviera aquellos lejanos años ha sido descrita en estas
páginas. La vida de este hombre ha sido larga y varia. Ha conocido á
Rodríguez Rubí y ha visto pintar á Federico de Madrazo; ha escuchado
discursos políticos de González Bravo y conferencias económicas de
don Luis María Pastor; ha sentido la emoción de lo trágico viendo
representar _La carcajada_ á don José Valero; aplaudió á don Manuel
Catalina y á García Luna; se mezcló en las guerras civiles; fué
secretario de don Carlos; puso su firma en el acta de reconocimiento
de la legalidad por parte de Cabrera; en París trató á Aüer y á
Janín; escuchó esas viejas óperas que se llaman _Poliutto_, _Linda di
Chamounix_, _La muta di Portici_; escribió en los periódicos; anduvo
por las provincias... Una impresión de vida laboriosa, humilde, callada
se desprende de estos volúmenes; acaso contribuya mucho á ello el
estilo--sencillo, minucioso--en que estas Memorias están escritas. La
mejor definición que podemos dar de las _Impresiones y recuerdos_ de
don Julio Nombela es decir que nos parecen el complemento obligado de
las comedias de Bretón y de los cuadros de Mesonero.
Larga ha sido la vida de este infatigable y honrado obrero intelectual;
muchos más años le deseamos cordialmente que viva todavía. Toda
suerte de incidentes y acaecimientos han llenado esa existencia. Pero
seguramente cuando don Julio Nombela vuelva la vista á lo pretérito, no
verá ni sentirá como lo capital sus andanzas en París, ni su firma--ya
histórica--puesta en el acta de Cabrera, ni su estrecha amistad con
este general, ni sus servicios á don Carlos. No; seguramente lo que
entre lo pasado destacará será el recuerdo de aquella modesta casa de
la calle de la Luna, en que él dormía, siendo niño, en una camita con
barandilla; en la que había una consola con la figura de un templario.
Ocurría esto en 1848. Era entonces presidente del Consejo don Ramón
María Narváez; antes lo había sido el señor García Goyena; antes,
el señor Pacheco; antes, el señor Martínez Irujo; antes, el señor
Istúriz...