II

Quedamos anteriormente en que Enrique Heine ha sido quien primero

ha visto y sentido--y, por lo tanto, interpretado--de una manera

verdaderamente moderna la obra capital de Cervantes. Ha visto y sentido

así Heine el _Quijote_: Primero, porque ya se había inaugurado la

revolución romántica; es decir, porque ya se había introducido en el

arte el elemento personal, lo subjetivo (en ello se estaba en 1837),

y, por lo tanto, en la novela, el drama, el poema, etc., podía verse

el reflejo del propio yo, ó podía poner el artista el propio yo. El

romanticismo ha renovado la crítica y la manera de sentir el pasado;

recuérdese, caso análogo al del _Quijote_, lo ocurrido con Calderón y

cómo, por los críticos alemanes, compatriotas de Heine, han sido vistos

_La vida es sueño_, _El mágico prodigioso_, _La devoción de la Cruz_.

Segundo, Heine vió el _Quijote_ como lo vió por la afinidad suya moral

con el libro de Cervantes; ó sea porque su conflicto interior era

análogo al conflicto expuesto en la gran novela. El mismo Cervantes

sentía su afinidad con Don Quijote. Un hispanista italiano, en un

libro recientísimo dedicado á Cervantes (_Cervantes_, por Paolo Savi

López.--Nápoles, 1913), habla de este _oscuro senso d’affinità morale_

que une al autor con su creación, y en esa afinidad secreta juzga _che

sta appunto il più delicato fascino del libro_.

En la traducción del trabajo de Heine, motivo de estas líneas--la hecha

por _Hispania_--, el traductor ha suprimido las últimas páginas del

ensayo del poeta. Reputamos por desafortunada tal supresión. Á las

ilustraciones del _Quijote_ se refiere Heine en esas páginas. ¿Cómo han

visto los pintores y dibujantes Don Quijote? ¿Qué pintores han sido los

que han interpretado la genial figura? ¿Por qué hasta ahora--es decir,

hasta 1837--no se ha sabido interpretar ese personaje? Tales son las

cuestiones que plantea brevemente Heine. De Hamlet ha dicho un crítico

que «hay tantos Hamlets como melancolías». Muchos Quijotes existen,

pintados y esculpidos por diversos pintores y escultores; rara vez se

llegó en esas obras á la expresión feliz; cada artista, en cada país,

imagina y traza la figura del hidalgo manchego de distinta manera. La

edición á que ponía prólogo Heine, por ejemplo, iba ilustrada por Tony

Johannot. (También existe una edición española que lleva las mismas

ilustraciones.) Los dibujos de Johannot, como los de Doré, pecan de

fantásticos, idealizadores en demasía. Ese prurito de alambicamiento y

sutilidad fantasmagórica, de que alardean los dos citados dibujantes

franceses, se da también en otro compatriota suyo; aludimos á Celestín

Nanteuil y á las litografías del _Quijote_ hechas por él y estampadas

en Madrid--por «J. J. Martínez, Desengaño, 10».--(Nanteuil puso también

algunas ilustraciones á _L’Espagne_, de Cuendias y Fereal, luego

traducida al castellano é ilustrada con los mismos dibujos. La edición

francesa es de 1848.)

Heine menciona en su trabajo, entre otras interpretaciones, «algunos

bocetos de Decamps, el más original de los pintores franceses vivos».

No nos detendremos en ver si Decamps era, en 1837, el más original

de los pintores franceses. Desconocemos sus pinturas sobre el

_Quijote_. Heine, cuando escribía, no podía hablar de otro vigoroso

y singularísimo intérprete del inmortal caballero. Hasta bastantes

años después Honorato Daumier no pintó sus cuadros dedicados al

_Quijote_. Un poderoso y secreto atractivo lleva á los grandes

artistas infortunados hacia el libro de Cervantes. La vida de

Daumier tiene mucho de trágica; artista de un recio nervio, de una

vigorosa originalidad, satírico violento y elocuente. Daumier trabajó

infatigablemente, vivió luchando con la pobreza, gozó de una cierta

notoriedad superficial, y sólo en nuestros días, al cabo de cuarenta ó

cincuenta años, es cuando comienza á amársele y á admirársele cordial

y reflexivamente. En 1878, ya viejo y ciego Daumier, se celebró una

exposición de sus obras con objeto de allegarle recursos; en esa

exposición figuraron los cuadros sobre el _Quijote_. En el _Daumier_,

de León Rosenthal, se dedican unas páginas á hablar de esas obras y

se reproduce una de ellas. Hay en ese cuadro, en su cielo anubarrado

y lóbrego, en la lejanía de montañas yermas, en las figuras de Don

Quijote y de Sancho, una sensación de misterio y de tragedia. El

ambiente podrá ser ó no español; pero de él se desprende un agudo

sentido de la gran novela. Á grandes rasgos, nerviosamente, con

tosquedad genial, á la manera de Goya, el pintor ha arrojado sobre la

tela las figuras de Don Quijote y Sancho Panza. «Decamps, antes que

Daumier--se lee en el libro citado--, ha tratado los mismos temas,

y ciertamente lo ha hecho con acierto. Pero por divertidas que sean

sus narraciones, ¡cómo el relato aparece mezquino y recargado y cómo

el artificio es mediocre, comparados con la epopeya incorrecta de

Daumier!» (Hagamos observar entre paréntesis, ya que hemos nombrado á

Goya, la afinidad que existe entre el pintor francés y el aragonés;

afinidad no sólo de manera y tendencia, sino también física. Maravilla

la semejanza entre la fisonomía de Goya, viejo, y Daumier, viejo,

en 1878. Champfleury, citado por otro crítico de Daumier--Raymond

Escholier, en el libro dedicado al gran pintor--, escribe: «Daumier

y Goya no se asemejan sólo por el fuego interior; me sorprenden

ciertas analogías fisionómicas. Una apariencia burguesa á primera

vista; ojillos interrogadores, y, sobre todo, un labio superior de

una amplitud particular en los dos maestros»... Escholier, el autor

de este libro, escribe también, hablando del cervantismo de Daumier:

«Frecuentemente, sus lecturas, su La Fontaine, su Cervantes, sobre

todo, le arrastran á un mundo irreal. Á través de la Mancha resecada,

en el azul país del ensueño, Daumier va siguiendo, según su fantasía,

al caballero de la Triste Figura y á su honrado Sancho Panza»).

Son raros los pintores que han interpretado originalmente el

_Quijote_. Heine aventura una explicación de este hecho. «¿Será

acaso--pregunta--que detrás de las figuras que el poeta hace pasar por

delante de nosotros hay ideas más profundas que el artista plástico

no puede expresar, de tal suerte profundas que el artista no podría

coger y reproducir de ellas sino la apariencia exterior, aun siendo

muy saliente esa apariencia, pero no su más hondo sentido?» Es posible

que eso sea lo verosímil--según añade el mismo Heine--; pero lo que

se nota examinando las pinturas consagradas á Don Quijote es un hecho

curioso. En 1837, cuando escribía Heine, ó mejor, treinta ó cuarenta

años antes, podría haber un paralelismo entre la representación

crítica del _Quijote_ y su representación gráfica. Á últimos del siglo

XVIII, por ejemplo, las láminas de la edición de la Academia concuerdan

exactamente con la manera como los eruditos ven y explican la obra de

Cervantes. Unos y otros veían el gran libro de un modo externo, árido,

sin cordialidad, sin humanidad, sin _lejanías ideales_.

Pero el tiempo ha ido pasando; á partir de Heine se inicia la

interpretación psicológica del _Quijote_; vemos y sentimos hoy la

gran novela desde un punto de vista que no es el formalista de los

eruditos. (No hay que decir que estas interpretaciones formalistas

subsisten; pero son, ó secundarias, como trabajo auxiliador, ó de

ninguna importancia.) Y mientras la interpretación _literaria_ ha

evolucionado, la _gráfica_ ha quedado estacionada. Basta ver, para

notar este fenómeno, los cuadros cervantistas de algunos de nuestros

pintores. La representación gráfica, pictórica, por ejemplo, sólo

ve en el _Quijote_ los _resultados_, los _hechos_, en tanto que la

literaria, la psicológica se atiene al proceso que da por resultado ese

hecho. Se objetará que tal diferencia radica en la índole diversa de

uno y otro arte; pero pintura existe (y ahora estamos pensando en los

dos cuadritos de la Villa Médicis, de Velázquez) que expresa sola y

únicamente, no un _resultado_, sino un estado espiritual--melancolía,

idealidad--que se refleja en el ambiente, en el paisaje, en una casa,

en una simple y desnuda pared. ¿Por qué los pintores del _Quijote_ no

han tratado de expresar esos estados espirituales en conexión con

Alonso Quijano, con sus tristezas, sus anhelos, sus ansias? ¿Por qué,

lejos de esto, se han limitado á las aventuras ruidosas y llamativas,

á los actos notorios, á los resultados? Don Quijote, en uno de esos

momentos de desesperanza, de tristeza; en uno de esos instantes--frente

á la desolada llanura gris--en que parece dudar de sí mismo y de su

noble empresa, cansado, agobiado, dice más á nuestra sensibilidad

moderna que el mismo caballero alanceando unos molinos ó recibiendo el

irónico homenaje de unos zafios é inhumanos duques...

Los valores literarios · 第 10 / 90 题